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Full text of "Historia de las creencias : supersticiones, usos y costumbres"

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Presented to the 

LÍBRARY ofthe 

UNIVERSITY OF TORONTO 

by 

THE DEPARTMENT OF 
SPANISH AND PORTUGüESE 



HISTORIA 



DE LAS CREENCIAS 



HISTORIA 



DE LAS 



CREENCIAS 

SUPERSTICIONES, USOS Y COSTUiSIBRES 

(según el plan del decálogo) 

POR FERNANDO NICOLAY 

OBRA PREMIADA POR LA ACADEMIA FRANCESA 

VERTIDA AL CASTELLANO POR JUAN BAUTISTA ENSENAT 

C. de la Academia de la Hi sí orí a 



TOMO SEGUNDO 



BARCELONA 



MONTANER Y SIMÓN, EDITORES 

CALLE DE ARAGÓN, NÚM. 255 
1904 



ES PROPIEDAD 





Procesión de las Panateneas, según el iriso del Partenón 



LIBRO TERCERO 



CAPITULO PRIMERO 



FIESTAS RELIGIOSAS DE LOS PUEBLOS NO CRISTIANOS 

Nociones generales sobre los regocijos públicos. — Principales fiestas en Egipto, en Caldea, 
en Persia, en Fenicia, entre los hebreos. — Regocijos de los griegos: Panateneas, juegos 
olímpicos...; el juramento de los combatientes apor el cerdo inmolado;» el pugilato y el 
paneracio. — Relación existente entre las divinidadesy los calendarios del paganismo. — 
Meses áticos ó romanos dedicados á los dioses. — Días fastos, nefastos y seminefastos... 
-Fiestas pacíficas y juegos sangrientos de los romanos.— Fiestas del Ganges y de los 
Santos Ríos entre los indos. — ;Cuáles eran las inmolaciones en honor de la diosa Gan- 
ga?— Espantosos sacrificios á Pury: el carro matador de Vichnú.— Fiestas militares del 
Gujerate. — Descripción de las fiestas de la Labranza y de los Faroles en China: ceremo- 
nias extravagantes. - La liebre lunar. — Solemnidades sagradas en las familias anami- 
tas y chinas: gorro viril, aguja en el moño. — El Kia-pii y los altares domésticos. — Des- 
cripción de las caristias: se supone que en ellas están presentes las almas de los ante- 
pasados. — Fiesta del camello entre los persas. — Fiestas salvajes de los antiguos mexica- 
nos: el dios Vitzliputzli, ofrendas de corazones de niños. — El día de las Purificaciones 
en el Perú, etc. 



Es indiscutible que las fiestas populares tienen un origen religioso; 
hasta las más profanas, que así entre los paganos como entre los cristia- 
nos son regocijos degenerados, habían sido piadosas en un principio. 

En efecto, himnos, plegarias, holocaustos, comparsas, representacio- 
nes y misterios fueron las primeras formas de demostraciones colectivas, 
cuya necesidad sintieron todas las sociedades para rendir un culto público, 
pero austero, á sus creencias. Muy pronto, el deseo de organizar ceremo- 
nias interesantes á fin de atraer adeptos más ó menos fervientes, sugirió la 
idea de revestir aquellas manifestaciones de un relativo lujo y de organi- 
zar diversiones susceptibles de ser apreciadas por los menos celosos. 



6 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

De modo que durante las solemnidades religiosas ó después de ellas se 
celebraban regocijos que hacían las veces de intermedios ó de accesorios, que 
á menudo se confundían con las mismas y cuya licencia tocó á veces los 
límites del escándalo, ya que la alegría es contagiosa y cuando se produce 
en una muchedumbre, fócilmente crece hasta el punto de abandonar toda 
moderación. 

Así se explican ciertas fiestas exclusivamente profanas y que, sin em- 
bargo, tuvieron en su origen un carácter sagrado. 

En muchas religiones paganas fundadas en el terror, el pueblo, coma 
veremos, pretende con frecuencia apaciguar, por medio de sangrientos 
sacrificios, de inmolaciones humanas, á un dios feroz á quien supone 
siempre irritado y animado de los peores sentimientos de venganza y de 
cólera contra los pobres mortales. 

En Egipto, la mayor parte de los regocijos conmemoraban un episodio 
de la vida de los dioses, por ejemplo, la desaparición, la busca, el sepelio, 
la resurrección de Osiris; la desesperación ó la llegada de Isis, etc. En las 
fiestas de esta diosa, después de los ritos usuales, todos los presentes, 
hombres y mujeres, se golpeaban fuertemente unos á otros; pero aún ha- 
cían más los carios establecidos en Egipto, puesto que se daban cuchilladas 
en la frente en honor de una divinidad... ¿Qué significaban esas violen- 
cias? Herodoto no nos saca de dudas en este punto: «¿Por cuál dios se 
herían? Sería en mí una impiedad atreverme á precisarlo.» 

En determinados días, una inmensa muchedumbre procedente de to- 
das las regiones de Egipto bajaba por el Nilo hasta Bubastis, yendo cada 
familia en su propia barca; los hombres tocaban la flauta, las mujeres agi- 
taban carracas ó batían palmas, y todos danzaban acompañando sus dan- 
zas con cantos y clamores. Así se dirigían á presenciar los sacrificios ofre- 
cidos á la diosa Pacht (i). 

Las iluminaciones de la jornada llamada de las Lámparas ardientes, so- 
bre todo en Sais, tenían por objeto solemnizar las ofrendas destinadas á la 
diosa Neith. 

¿Quién no conoce las fiestas del buey Apis y las denominadas Nilia- 
cas^ en que se celebraba la benéfica inundación del Nilo deificado? Los 
sacerdotes decían que podían bañarse, durante siete días, en las aguas del 
río, «gracias á la tregua de los cocodrilos,» esos huéspedes terribles de los 
pantanos egipcios. 

Las fiestas caldeas íueron, al parecer, ocasión de predicciones astrológi- 
cas: el adivino era considerado como un intermediario inspirado, cuyas 
tablitas de barro anunciaban al pueblo reunido guerras, pestes, tempesta- 
des, ó, por el contrario, sucesos felices que les interesaban; generalmente 
proclamaban la necesidad de sacrificios expiatorios. 



(i) Max Dunker, Les Egyptiens. 



LIBRO TERCERO 7 

Al lado de esas reuniones sagradas, celebrábanse regocijos populares, 
como las Saceas babilónicas, en las cuales se tributaban en días determi- 
nados honores soberanos á esclavos revestidos de reales insignias. 

Merced á las inscripciones cuneiformes que se han descifrado, ha podi- 
do reconstituirse la lista de los doce meses (arahh) del calendario asirio- 
babilónico, y se ha visto que eran otros tantos nombres de divinidades: 
Nisanu, Airu, Sivanu, Duzu, Abu, Elulu, Tashritu, Arakhshamnu, Kisi- 
livu, Thebitu, Shabatu y Adduru. 

Los hebreos copiaron estos nombres de los caldeos, durante el cauti- 
verio de Babilonia, del mismo modo que nosotros hemos conservado los 
de Jano en Janvier (enero), de las Februales (i) en Fevrier (JQhxero), y el 
de Mars (Marte) en nuestro tercer mes, dedicado antiguamente al dios de 
la guerra. 

Aun en la época más escandalosa de la historia de Babilonia y de Si- 
ria vemos atendido el culto; en efecto, percibíase un impuesto sobre la 
corrupción, y este dinero impuro se destinaba al servicio de los templos ó 
se empleaba en ofrendas. 

El calendario de los persas, lo mismo que sus solemnidades, se ajusta- 
ba á sus creencias religiosas: el año se componía de seis estaciones llama- 
das «gahanbars, » nombre derivado de las fiestas prescritas en honor de 
los seis trabajos de creación del dios Ormuz; las partes del año, y hasta 
los días, se subdividían en períodos ó «gahs,» cada uno de los cuales tenía 
como protector un presidente celeste i quien se dirigían plegarias. No había 
asamblea popular que no tuviera por objeto tributar homenaje á un 
genio. 

Las famihas se reunían en banquetes, no tanto para comer opípara- 
mente como para acoger á las almas de los difuntos (feriiers), de quie- 
nes se suponía que acudían á visitar á sus parientes en los días llama- 
dos Farvadianes: en esta época era cuando se plantaban cipreses en las 
tumbas. 

¿Cómo no recordar las sanguinarias fiestas de Fenicia, sobre todo las 
que evoca el solo nombre de Moloch, es decir, Baal destructor? 

Según testimonio de los rabinos^ la estatua de Moloch era de bronce 
y estaba sentada en un trono del mismo metal; ceñía su cabeza de toro 
una corona, y sus brazos se alargaban como en ademán de abrazar á al- 
guien. Esta estatua era hueca, y cuando se quería hacerle un sacrificio, se 
colocaba á su alrededor carbones encendidos y en sus brazos de hierro se 
depositaban niños que no tardaban en ser reducidos á cenizas; en el en- 
tretanto, una música estrepitosa, compuesta de tambores y de címbalos, 
impedía que los padres oyeran los gritos desgarradores de las víctimas. 

Moisés denunció estas odiosas prácticas y las prohibió á los hebreos, 

(i) Ceremonias expiatorias cuyo nombre derivaba de la palabra Xixúwa fcbruavc (pu- 
rificar). 



8 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

castigando con pena de muerte á quienquiera que entregase su progenie á 
esa feroz divinidad (i). 

Al revés de estas prácticas, el Deuteronomio invita al pueblo hebreo á 
que se recree pacíficamente en honor del Señor y le haga ofrendas, y aña- 
de: «Allí haréis banquetes delante del Señor Dios vuestro, vosotros y 
vuestros hijos é hijas, siervos y el Levita que mora en vuestras ciudades;)) 
y más adelante: «Y vendrá el Levita que no tiene otra parte ni heredad 
contigo, y el extranjero y el huérfano y la viuda que están dentro de tus 
puertas, y comerán y se saciarán.)) Todos los que vivían bajo un mismo 
techo habían de participar de la alegría del jeíe de familia. 

Las fiestas de los hebreos tenían un carácter esencialmente religioso. 
Las tres fechas más grandes eran: la Pascua, que se celebraba en el deci- 
moquinto día del mes de nisán y era una solemnidad de siete días, en la 
cual los israelitas comían en familia el cordero sin mancha, cuya carne de- 
bía ser asada y no cocida; la Pentecostés, ó fiesta de la recolección, que se 
verificaba siete semanas después de Pascua y terminaba al ponerse el sol; 
y el día de los Tabernáculos, que concluía con la inmolación de un ma- 
cho cabrío, en expiación de los pecados. 

En estas grandes solemnidades, todos los hombres habían de presentarse 
delante del Arca, antes de la construcción del Templo de Jerusalén, y en 
éste cuando ya estuvo construido, á menos de tener algún impedimento 
absoluto. 

Las fiestas, por lo mismo que coincidían con las épocas dichosas de la 
vida campestre, despertaban el sentimiento de la gratitud hacia el Señor, 
dispensador de los bienes terrenos, por los que tanto se interesaban ya 
los judíos. 

Las mujeres, los niños, los valetudinarios y, en general, todos los que 
no podían emprender un largo viaje á pie, estaban autorizados para no ir 
á Jerusalén. 

Durante el mes anterior á estas asambleas, reparábanse los caminos 
por donde los peregrinos habían de pasar, se blanqueaban los sepulcros 
para advertir á los extranjeros que evitaran su contacto, y se arreglaban y 
limpiaban los pozos y las fuentes. 

Como los pueblos que profesan el culto de los astros tienen, por lo 
general, días feriados que corresponden á ciertos fenómenos celestes, al- 
gunos autores han afirmado que los hebreos participaban de esta supers- 
tición, citando como prueba de su aserto el salmo ClII, que han tomado 
al pie de la letra: «Hizo la luna para los tiempos.» 

Pero en esto hay una confusión: no pudiendo las ceremonias religio- 
sas ser continuas, nada más natural que tomar un hecho astronómico pe- 
riódico como recordatorio de una fecha piadosa, sobre todo cuando se 



(i) Levítico, XVIII, 21, y XX, 2 y 3. 



LIBRO TERCERO 9 

trata de un pueblo en el que sólo un pequeño grupo de hombres conocía 
bien la cronología cotidiana. 

¿Por ventura la designación de las Pascuas cristianas no está enlazada 
con una determinación lunar, aunque la fiesta en sí misma no tenga ab- 
solutamente relación alguna con un culto astral? 

Los actuales judíos observan todavía cinco fiestas señaladas ya en el 
Pentateuco: i.^, la Pascua (Pecah), que recuerda la salida de Egipto; 2/, la 
Pentecostés, que conmemora la promulgación de la ley y en la cual los 
israelitas comen, en sus casas adornadas con flores, la torta del Sinaí, for- 
mada por capas de distintas pastas; 3.'', la fiesta del Año nuevo (Rosch- 
haschana) para el examen de las conciencias; también se la denomina 
fiesta de las Trompetas, porque el sonido de estos instrumentos avisa á los 
fieles que se concentren en sí mismos; 4.% el día de las expiaciones (Jom- 
hakkipurim), en el que se prescriben el ayuno y la abstinencia; 5.'', la 
fiesta de los Tabernáculos, llamada en la actualidad Succot y consagrada 
á dar gracias á Dios por la protección que dispensó á los israelitas en el 
desierto. 

En Grecia, los cincuenta ó sesenta regocijos públicos eran exclusiva- 
mente religiosos y se celebraban especialmente con pompas, es decir, con 
procesiones en las que se cantaban himnos de circunstancias, y con repre- 
sentaciones teatrales de los mitos y leyendas que se quería conmemorar. 

Las Panateneas, ó fiestas de Atené (Minerva), se componían principal- 
mente de justas, luchas, concursos poéticos y de la carrera de ¡as antor- 
chas, que duraba una parte de la noche: el trayecto que había de reco- 
rrerse y que tenía una longitud de seis á siete estadios (unos 1.200 me- 
tros), extendíase desde el templo de Prometeo hasta la muralla de la 
ciudad, y en él se colocaban los jóvenes corredores á igual distancia uno 
de otro; á una señal dada, el que estaba más cerca del altar encendía en 
él una antorcha, y echando á correr tan de prisa como podía, se la entre- 
gaba al corredor siguiente, el cual la transmitía al tercero y así sucesiva- 
mente. Los que dejaban apagar la antorcha quedaban excluidos del con- 
curso, y los que moderaban su carrera eran entregados á las burlas y hasta 
á los golpes de los espectadores (i). 

En cuanto á la procesión de las grandes Panateneas, que reproducen 
los admirables frisos del Partenón, he aquí lo que acerca de ella dicen los 
autores: Todos los años, en esta lecha, se ofrecía á la diosa Atené un nue- 
vo peplos bordado en el que un grupo de doncellas había trabajado du- 
rante todo el año; este manto iba colgado, á guisa de vela, al mástil de un 
barco construido de manera que pudiese moverse en tierra como un carro, 
no para que flotara en el agua. Esta embarcación, especialmente consa- 
grada á la diosa, se guardaba en un lugar cercano al Areópago; según 



(i) Fr. Bernard, F(?í. ce/(?5. 



10 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

unos, era arrastrada por marineros ó por caballos, y según otros, era mo- 
vida por un mecanismo interior y parecía obedecer al impulso de sus re- 
mos y al viento que hinchaba su vela. 

Las Eleusinias, ó misterios de Deméter (la Ceres griega), daban lugar 
á iniciaciones que nadie tenía el derecho de divulgar y cuya revelación á 
los profanos se consideraba como el más espantoso sacrilegio y se casti- 
gaba con pena de muerte; todo el mundo debía apartarse del traidor y no 
había de tener nada de común con él. Refiere Suetonio que debiendo un 
día Augusto fallar en Atenas un asunto en el que se ventilaban los privi- 
legios de los sacerdotes de la diosa y podía llegarse á tratar de los secre- 
tos de Eleusis, despidió al Consejo y á la Asamblea y oyó completamente 
solo las defensas. 

A los extranjeros estábales prohibida en absoluto la entrada en el tem- 
plo; echar ai santuario una mirada indiscreta era una violación culpable. 
Un hecho de esta naturaleza fué causa de la guerra entre los atenienses y 
Filipo: dos jóvenes acarnanios habían penetrado por equivocación en el 
templo mientras se verificaban en él los misterios, y habiendo sido reco- 
nocidos por su idioma y por sus preguntas, fueron conducidos ante los 
magistrados y pagaron con su vida su curiosidad. 

Los juegos Olímpicos, que se celebraban cada cinco años en honor de 
Zeo, ocupaban quizás el primer lugar entre todas las solemnidades grie- 
gas; duraban cinco días consecutivos, y sólo podían tomar parte en los 
mismos los hombres de pura sangre helénica. Los esclavos y las mujeres 
estaban excluidos de ellos, bajo pena de ser precipitados desde un peñasco 
cercano, el monte Typeo. Las sacerdotisas eran por excepción admitidas 
al espectáculo del estadio. 

En el recinto reservado á los juegos alzábase la estatua de Zeo, delan- 
te de la cual «los atletas juraban ^or los iiiieinbros de un cerdo inmolado que 
combatirían lealmente entre si;» en caso de fraude cometido durante la 
lucha, vanos vigilantes armados de látigos (i) descargaban sobre los com- 
batientes desleales fuertes azotes. 

Los concurrentes, antes de entrar en el estadio, se hacían frotar con 
aceite á fin de contener la transpiración, y luego se echaban encima 
polvo ó arena fina cuando la lucha era cuerpo á cuerpo. Sorteábanse los 
puestos respectivos y se daba la señal por medio de un águila mecánica que 
se elevaba por los aires. 

Los juegos consistían en ejercicios de fuerza y de destreza, tales como 
las dan:(as armadas y las carreras ápie, en las cuales la distancia que debía 
recorrerse tenía por unidad el estadio (los estadios medían de 99 á 116 
pasos), que se recorría varias veces dando vuelta al hito colocado al extre- 
mo; la lucha, con facultad de cogerse por la garganta; el pugilato, para el 

(i) Mastigáforos: tambic'n estaban encargados de mantener el orden entre los especta- 
dores turbulentos, á quienes golpeaban en caso necesario. 



LIBRO TERCERO 



I I 



que se empleaba un guantelete de cuero cubierto de hierro; y el pancracio, 
asalto en el que, como el nombre lo indica, se utilizaba toda la fuerza 
para vencer, aun cuando fuese preciso asestar golpes mortales. Los desa- 
fios sanguinarios constituían la parte más importante y más apreciada de 
estos asaltos, que terminaban por sacrificios ofrecidos en acción de gracias 
á los dioses por los vencedores, acompañados de todo el pueblo y ceñidas 
las sienes con coronas del olivo de Zeo. 

Los juegos ístmicos, píticos y ñemeos se celebraban en honor de Po- 
seidón (Neptuno), Hércules y Apolo. 

Si á todas estas fiestas añadimos las especiales de cada provincia y de 
cada ciudad, tendremos que en Grecia había cien días feriados al año. 




j s^ 



Adoración de las espigas sagradas en Eleusis. (Pintura de vaso.) 



Las ceremonias de la religión dieron los nombres de los meses en el 
Ática: Gamelión (enero) era el tiempo de las fiestas de Juno ó Gamellas; 
Anthesterión (febrero) se denominaba así á causa de las Anthesterias dedi- 
cadas á Baco; Elaphebolión (marzo) correspondía á las Elaphebolias que se 
celebraban en honor de Diana; el mes de Munychión también era el de 
Diana, patrona de los deudores al templo de Munyquia... 

Lo propio sucedía con los otros meses: Memacterióii (octubre) estaba 
dedicado á Júpiter tempestuoso; Pyanepsión (noviembre) á Apolo, á quien 
se ofrecían habas cocidas el día de las Pyanepsias; y, finalmente, Posideón 
(diciembre) estaba consagrado á Neptuno. 

Las fiestas de los romanos, como asimismo las de los griegos, se ajus- 
taban á las ¡deas religiosas que sus primeros legisladores querían hacer 
prevalecer. 

Al lado de las ruidosas Saturnales ó de los aniversarios rústicos, de- 
masiado conocidos para que aquí nos ocupemos de ellos, había otros mu- 
chos días fesii que es interesante recordar; por ejemplo: las fiestas de los 
difuntos (i) y las de los aparecidos (2); las de las madres de familia (3), las 

( 1 ) Dies yarentalcs, fevalia. 

(2) Lemuria. 

(3) Matronalia, carmentalia. 



12 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

de las gentes del puerto (i) y de los marinos (2); las de las semente- 
ras (3) y del vino nuevo (4); las Quinquatrias para los médicos y los pro- 
fesores, la fiesta de Carnea, diosa de la robustez..., y tantas más, en las 
cuales se rendía culto d innumerables divinidades nacionales ó regio- 
nales. 

Todas las reuniones eran en cierto modo presididas por un dios d 
quien se alzaba un altar para implorarle ó conjurarle, y se solicitaba el 
concurso de los sacerdotes y de las sacerdotisas, ora para ofrecer un perro 
i Pan, ora para sacrificar, antes de la siega, una trucha (5) d los genios 
protectores de la agricultura. 

El calendario de los romanos nos inicia en la vida religiosa del pueblo, 
y en él se invoca en todas partes á la divinidad como protectora: Jano para 
enero, Neptuno para febrero. Marte y Minerva para marzo. Venus para 
abril, Apolo para mayo, Júpiter para junio y julio, Ceres para agosto, Vul- 
cano para septiembre, Marte para octubre, Diana para noviembre y Vesta 
para diciembre. 

El calendario indica además los muchos ritos que han de cumplirse y 
los muchos sacrificios que han de hacerse en cada uno de esos meses. 

Y no se reduce á esto la preocupación religiosa, sino que en una co- 
lumna especial del calendario, reservada á este objeto, se ve delante de 
cada día del año una letra inicial destinada d señalar el carácter fasto ó ne- 
fasto del mismo. 

La letra F significa día fasto (fastus), aquel en que puede el hombre 
dedicarse á sus negocios de interés, viajar, litigar...; la letra N quiere de- 
cir día nefasto, señalado como tal á causa de supersticiones populares que 
sería largo recordar. 

La influencia del dios podía dividirse en un mismo día, siendo fatal, 
por ejemplo, la mañana, y favorable la tarde, en cual caso las iniciales 
N P (6) precedían en el calendario á la techa que tenía tal carácter. 

Ovidio en sus Fastos nos ha transmitido poéticas descripciones relati- 
vas á las fiestas del calend'ario romano. 

Los romanos, siguiendo el ejemplo de los egipcios, dedicaron cada día 
de la semana á una divinidad; el sábado, que entonces era el primero del 
período hebdomadario, fué consagrado á Saturno y los siguientes á Apo- 
lo, Diana, Marte, Mercurio, Júpiter y Venus. 

Solemnizar los aniversarios de la vida privada era para los romanos 
como para los griegos una costumbre ordinaria. 

Desde la época homérica consagraban los helenos á Apolo los prime- 

(i) Portunalia, áe Portunus, álosxnaúno. 

(2) Neptunalia. 

(3) F erice sementincv. 

(4) Vinalia. 

(5) Porca proecidanea. 

(6) Nefastits prima (se sobreentiende /líiríej. 



LIBRO TERCERO 



13 



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1. 



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ros rizos de su cabellera (i); en Roma, los jóvenes púberes ofrecían á los 
Lares el bozo de su barba naciente (2) y la investidura de la túnica pre- 
•texta motivaba algunos actos religiosos. El romano, al llegar á la mayor 
edad, dirigíase al Capitolio, el día de las Liberalia (17 de marzo), para 
ofrecer «tortas de miel» á Liber Pater (Baco), según refieren Cicerón, Pli- 
nio, Ovidio y otros autores. En cuanto 
á las jóvenes, la deposición de las insig- 
nias de la infancia iba acompañada de la 
entrega de sus juguetes á Venus (3). 

Estas solemnidades pacíficas no eran 
óbice, sin embargo, para que la Roma 
pagana se apasionara por las luchas ho- 
micidas entre gladiadores, ó por los san- 
grientos combates contra las fieras en el 
circo. Sí, para el pueblo de Roma el ver- 
dadero placer era, como demostraremos 
en el capítulo del homicidio, ver desga- 
rrar la carne humana por los dientes y 
las garras aceradas de los leones de Nu- 
midia ó de los tigres de la India, á quie- 
nes se privaba de alimento durante mu- 
chos días á fin de excitar su rabia y ha- 
cerlos más terribles que en el desierto. Y 
estos juegos crueles estaban puestos bajo 
el patronato de divinidades á las que se 
pretendía de este modo complacer y 
glorificar. 

Por lo que se refiere á la India védi- 
ca, el primer escrito metódico que trata 
de los días excepcionales es un tratado 
religioso, el Aitareya Brahmana. 

En una de las más antiguas fiestas 
de los indos, la de los Ríos santos, dedi- 
cada al Ganges y á sus afluentes, se hon- 
raba á las aguas sagradas que con sus útiles inundaciones fertilizan las secas 
llanuras; y los que en ellas tomaban parte no se contentaban con arrojar á 
la corriente metales preciosos, monedas de oro y perlas finas, sino que 
además sacrificaban niños á [la personificación del río, á la diosa Ganga, 
que sepultaba en su seno á esas víctimas inocentes. 



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ÍL^W'/fe. 



La diosa Fortuna y las divinidades de 
los siete días de la semana, según un 
brazalete encontrado en Siria, 



(i) Odisea, XIX, 86. 

(2) Suetonio, Calig., lo.— Petronio, Satyricon, 2q.— Marcial, III, 6. -Tácito, Anua- 
les, X\\, ib. 

(3) Pers., Sat., V, 70.— Porph. ad Horat., I, 69. 



14 HISTORIA DE LAS CREENCÍAS 

Las le5'endas de la India dicen que el Ganges sale de la uña del pie de- 
recho de Vichníi. El deseo más ardiente del indo es morir á la vista del río 
sagrado, é innumerables peregrinos quieren bañarse, á lo menos una vez 
en su vida, en las aguas purificadoras de esa corriente, á la que invocan 
con el nombre de «madre Ganga.» 

Cuando los habitantes están demasiado lejos del Ganges, hacen objeto 
de su culto á los humildes arroyos, á los que se supone «en comunica- 
ción subterránea y misteriosa con el rio divino, hijo reverenciado del Hi- 
malaya.» 

No hace aún muchos años, en el Indostán, en Jaggernat (i), ciudad 
que los indígenas denominan Pury, se celebraba una fiesta en honor de 
Vichnú, á la que concurrían centenares de miles de peregrinos. El ídolo, 
groseramente esculpido, era de madera pintada de encarnado; tenía la ca- 
ra negra 5^ la boca abierta y de color de sangre, y sus ojos eran piedras 
preciosas. «Ningún cincel de escultor ha producido nunca un boceto más 
informe: la estatua no tiene piernas ni manos, y sus brazos son dos mu- 
ñones en los que se fijan á veces brazos de oro (2).» 

Esta efigie estaba colocada en un carro de más de doce metros de alto, 
debajo de cuyas ruedas se hacían aplastar legiones de sectarios de Vichnú. 

Un testigo ocular de esas espantosas escenas (3) refiere los hechos si- 
guientes: vio á un indo tenderse en el suelo boca abajo y con los brazos 
estirados en el sitio por donde había de pasar el carro; su cuerpo palpitan- 
te permaneció largo tiempo en la rodada expuesto á las miradas de los es- 
pectadores. Algunos pasos más allá sacrificóse también una mujer; pero 
esta desdichada, por un refinamiento de fanatismo, tendióse en una posi- 
ción oblicua de manera que el carro sólo á medias la aplastara, pudiendo 
vivir luego algunas horas en medio de los más atroces sufrimientos. Otros 
aguzan el ingenio para inventar diferentes torturas: unos se precipitan y se 
revuelcan sobre una especie de colchones erizados de lanzas, de sables y 
de puntiagudos puñales; otros se hacen clavar en el extremo de un colum- 
pio por medio de dos garfios de hierro que les penetran en la carne por 
debajo de los omoplatos, y elevados á una altura de 30 pies, reciben un 
movimiento de rotación de una rapidez extraordinaria que los balancea 
en el vacío; los hay que se clavan tubos de pipa en "los brazos y en los 
hombros ó que se infieren en el pecho, en la espalda y en la frente ciento 
veinte heridas, que es el número consagrado; quién se atraviesa la lengua 
con un hierro de aguda punta; quién se abre el vientre con un sable; y du- 
rante esas sangrientas escenas, la muchedumbre se prosterna y hunde la 
frente en el polvo al paso del ídolo. 

En las Narraciones indas leemos la descripción de las Fiestas militares 

(i) o Jaggrenat. 

(2) Dumont-Duiville. 

(3) M. Buchanan. 



LIBRO TERCERO I 5 

del Dassara, que se celebran en el Gujerate al final de la siega y duran 
diez dias, de los que los dos primeros se denominan Nuratri ó veladas. 

Colócanse en altares espadas, escudos y fusiles cuidadosamente bruñi- 
dos, ante los cuales los bracmanes rezan oraciones, y luego se pasean por 
las calles los caballos adornados con guirnaldas y cubiertos de brillantes 
telas. 

El décimo día del Dassara se verifica un espectáculo que recuerda la 
victoria de Rama sobre Ravana y en la que los rajahs de la India desplie- 
gan el mayor lujo. Primeramente el príncipe revista los soldados indíge- 
nas y va á saludar al comandante de las fuerzas inglesas. «Pero el número 
principal de la ceremonia, dice el autor de L'Inde des Rajahs, es un carro- 
mato de dos pisos, terminado en tres cúpulas decoradas con ricos tapices 
y arrastrado por cuatro elefantes enganchados de frente. En el carromato 
va el príncipe sentado en su trono, y junto á él, en un suntuoso estrado, 
están los magnates de la corte. Un cuerpo de cañoneros montados en dro- 
medarios marcha á los lados del soberano, y cuando éste sale de palacio 
lo acoge con ensordecedoras detonaciones. De este modo y con gran pom- 
pa dirígese la comitiva al campo de maniobras, en donde la corte ocupa 
elegantes tribunas; en el centro de la inmensa planicie hay dos tronos, uno 
para el príncipe y otro para el ídolo de plata del dios Rama; una abigarra- 
da multitud llena la explanada, no dejando libre más que un estrecho pa- 
so que va desde el regio trono hasta los pies de un maniquí, emblema de 
la guerra. Así que el sol ha desaparecido del horizonte, el raja se levan- 
ta, y asomándose al balcón grita con voz fuerte á un hombre montado en 
un camello: «Ve á preguntar á Ravana si tendremos guerra;» y el sanir- 
vala ó correo parte al galope y vuelve con la respuesta negativa del dios. 
Entonces se da la señal de los regocijos, los cañones disparan, se prende 
fuego á los petardos de que está relleno el maniquí, y el espectro de ¡a gue- 
rra se inflama, hace explosión y se derrumba entre las aclamaciones de 
los asistentes. 

El último episodio de las fiestas del Dassara es una procesión en la que 
toman parte todas las clases del Estado y el ejército: cuando la magnífica 
é imponente comitiva llega á la plaza principal de la capital, el príncipe, 
rodeado de toda su corte, se apea de su elefante de gala, se acerca á un 
altar preparado para la ceremonia y declara al pueblo que, gracias al favor 
de los dioses, se verá libre todavía durante el año del azote de la guerra. 
Después traen para la inmolación final un gran búfalo, y el príncipe con 
su ancha espada hiere al animal en la cabeza; suenan entonces de todas 
partes nuevas salvas de artillería y la multitud de indos se arroja sobre la 
víctima, procurando todos llevarse un trozo de ésta, que se considera co- 
mo un amuleto. «Este sacrificio, añade L. Rousselet, se hace en conme- 
moración de la diosa Durga, que, según ellos dicen_, mató en tal día al de- 
monio-búfalo Maheshasura.» 



1 6 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Una de las más antiguas fiestas de los chinos, la de la Labranza, que 
se celebraba ya mucho antes de la era cristiana, imponía ayunos prepara- 
torios, inmolaciones y plegarias. 

En medio de una inmensa procesión compuesta de agricultores, cua- 
renta hombres conducían una vaca de barro cocido, tan pesada que casi no 
podían con ella los que la llevaban; sobre el animal iba montado un man- 
cebo que representaba el genio de la agricultura, con una pierna desnuda 
y la otra cubierta con una especie de borceguí; cerraban el cortejo varios 
aldeanos cargados con todos los instrumentos que sirven para la labranza. 
Al anochecer, y después de muchas y variadas ceremonias, se quitaban al 
animal las flores que lo adornaban y se sacaban de él una porción de pe- 
queñas vacas, también de barro cocido, que se distribuían entre los labrado- 
res para estimularles á que se dedicaran con esmero á la crianza de ganado. 

Posteriormente dirigieron la fiesta los mismos emperadores de la Chi- 
na (i) acompañados de los príncipes y de su corte: el monarca, vestido de 
labrador, asistía al sacrificio destinado á Chang-Ti_,.dios del cielo, desde 
la cumbre de un cerro de unos cincuenta pies de altura; luego descendía 
de aquel montículo, y golpeando nueve veces el suelo con su frente, reci- 
taba himnos al dios; después le llevaban un arado dorado del que tiraban 
bueyes magníficamente enjaezados, y cogiendo con la mano derecha la 
esteva que le presentaba un mandarín, de rodillas, en tanto que otro en la 
misma postura le ofrecía un látigo, araba durante media hora y cedía lue- 
go su puesto á los príncipes de su familia y á los principales magistrados, 
quienes sucesivamente abrían sendos surcos, siguiendo el ejemplo del em- 
perador. Este, en su calidad de celebrante, estaba obligado á tres días de 
ayuno previo. 

La fiesta de los Faroles se remonta en China y en el Japón á los reyes 
de la primera dinastía, y con motivo de la misma verificábanse ilumina- 
ciones en las que se podían ver, según dice el P. Labat, faroles del tama- 
ño de casas pequeñas. Desde la víspera, los japoneses adornaban con luces 
las tumbas; durante muchos días hacían en sus hogares ofrendas de perfu- 
mes al dios Amida, en cuyo honor se quemaban arroz, mijo y habas; y 
por las calles, á lo largo de las cuales se encendían hogueras, varios hom.- 
bres paseaban un enorme dragón iluminado de veinte á treinta metros de 
largo. Los jefes de famifia^ en recuerdo de aquel día memorable, escribían 
en largos caracteres, sobre una hoja de papel encarnado ó en una tablilla 
barnizada, una piadosa dedicatoria: «Al verdadero Gobernador del cielo, 
de la tierra, de los tres límites y de las diez mil inteligencias;» esta inscrip- 
ción se ponía en un marco delante del cual se consumían palillos odorí- 
feros. 

Los chinos, como otros muchos pueblos, están convencidos de que 

(i) La invención de esta fiesta se ha atribuido al emperador Venti, que vivió hace unos 
veintiún siglos. 



LIBRO TERCERO 



17 



en épocas determinadas puede distinguirse en las manchas de la luna la 
forma de una liebre, y cuando esto sucede, parientes y amigos se regalan 
mutuamente pequeñas tortas redondas, llamadas tortas Junares, hechas de 
pasta de almendra y de nuez y en las cuales hay dibujado el perfil de aquel 
animal; estas tortas se comen á la luz del astro de la noche y al son de 
instrumentos, mientras se espera la aparición del fenómeno. 

En Anam y en China los indígenas ofrecían, en fechas determinadas, 




Templo de la Agricultura en Pekín 

sacrificios al Tien (Dios) como acto de reconocimiento, y otros á los an- 
tepasados en prueba de gratitud. 

Estos sacrificios van acompañados de banquetes íntimos ó caristias. 
Como se supone que los espíritus de los mayores asisten á estas reunio- 
nes, el jefe de familia desempeña un papel digno de todo elogio: invita á 
los parientes congregados á que le -hagan las confidencias que puedan in- 
teresar á la buena armonía, tan deseable entre ellos; delante de la divini- 
dad y en nombre del espíritu del antepasado procura que los hermanos 
enemigos se reconcilien ó que olviden los odios, los rencores, las enemis- 
tades; exhorta á unos á que den satisfacciones, á otros á que reparen una 
injusticia ó cualquiera falta de delicadeza cometidas, y recuerda d los niños 
y á los esposos las virtudes de sus mayores, relatando la edificante conduc- 
ta de éstos para que sirva de ejemplo á las generaciones futuras. 

Tomo II 2 



1 8 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Y estos consejos no son hijos de la imaginación ni del capricho, sino 
que lo mismo los anamitas que los Hijos de ¡os cabellos negros, como á sí 
propios se denominan los chinos, tienen registros especiales en donde se 
narran los hechos notables de la historia de toda la progenie. En este Libro 
de la Emilia se consignan los actos de la vida civil ó religiosa de los pa- 
dres, los juicios pronunciados en favor suyo, los sacrificios ofrecidos ásus 
manes, las biografías de las personas ilustres de quienes se desciende, y la 
apología de sus acciones memorables. 

Estos archivos domésticos, que en chino se llaman Kia-pii y que anti- 
guamente eran manuscritos, actualmente se imprimen cuando de grandes 
familias se trata, y orman á veces colecciones biográficas de treinta ó cua- 
renta volúmenes. 

La importancia de estos documentos se explica viendo los detalles nu- 
merosos que en ellos se refieren; así, por ejemplo, el chino hará constar 
en los mismos que tal día su hijo se ha puesto el gorro viril, como en otro 
tiempo se ponía el romano la toga pretexta: «Tenemos el deber de injonnar 
á nuestros mayores de que nuestro hijo, conforme á los ritos, tiene el derecho de 
llevar en lo sucesivo el gorro viril,» 

Cuando la china llega á la edad nubil, la salida de la iníancia se seña- 
la por medio de la imposición de una aguja en el moño, ceremonia que se 
celebra delante del altar del hogar; y en el Kia-pu se anotará también este 
incidente en los siguientes términos: ((Debemos anunciar á nuestros mayores 
que nuestra bija, por haber llegado á la edad de quince años, tiene derecho á lle- 
var desde este día la aguja.» 

Un magistrado de la Audiencia de Saigón, M. Lasserre, aprecia del si- 
guiente modo la influencia moral del Libro de la familia: «El padre predi- 
ca á la generación que crece en el hogar sin necesidad de recurrir á la pa- 
labra, ensalzando las glorias de los que ya no existen; pero si al hojearlas 
páginas del Kia-pu, el anciano encuentra, en el transcurso de los siglos, el 
nombre de un indigno que ha sido borrado por orden del consejo de fami- 
lia, no hace más que mostrar aquella hoja á sus hijos diciéndoles: «Así se- 
rán tratados los que hayan faltado á su honor y atraído la infamia sobre 
su familia.» 

Sobre todo en los días primero y quinto de cada mes lunar, los indí- 
genas, en el momento de ponerse el sol, ofrecen en un altar levantado cer- 
ca del dintel de la puerta de la casa, arro^, sal y papel de oro y plata, «á fin 
de que estos sacrificios regocijen á los espíritus que residen en las amari- 
llas fuentes y satisfagan á las almas que están en las nubes blancas.» La 
ofrenda ordinaria consiste en palitos perfumados, papel funerario y una 
taza de un caldo ligero. 

No sólo en las casas hay altares; los hay también en las barcas que sur- 
can los grandes ríos, para de este modo facilitar las devociones. «Hasta 
los cristianos de estos países, dice M. Bourdilleau, tienen esos altares do- 



LIBRO TERCERO 



19 



mésticos; pero en ellos los ídolos son reemplazados por la cruz ó por la 
imagen de la Virgen, la gran Señora (i).» 

A fin de acentuar bien la idea de que á las caristias asiste el antepasado 
principal, éste hállase representado en ellas por un niño llamado chi (cuer- 
po, imagen) que permanece inmóvil mientras el padre (2) le ofrece vino, 
frutas, carne ó palillos, y á quien en aquel instante solemne se considera 
como en plena posesión del espíritu de sus padres; de aquí que los asisten- 




Altar doméstico en el Japón, según una pintura japonesa 



tes escuchen con atención las palabras que de su boca puedan salir, para 
deducir de ellas presagios favorables ó adversos á los descendientes. Esta 
práctica la vemos mencionada ya por Confucio, 

A propósito de las caristias hagamos una observación de carácter general. 

Esta palabra, aplicada á los festines reHgiosos del Anam y de laChina^ 
se explica en el sentido de que se deriva de charistia (3), que quiere decir 
comida de familia de la que estaban excluidos los extraños. En efecto, del 
13 al 21 de febrero celebrábanse en Roma las fiestas de los difuntos (4), 
que terminaban en banquetes, caristias, reuniones que formaban también 

(i) Ann. propaf;. de la Foi, 29. 

(2) El jefe de familia se llama entre los anamitas tvuong-toc, y entre los chinos Kia- 
tchang. 

(3) O cara cognatio, Cicer. De o^c, I,! 17, ig.— Ovidio, Fast.. 11,617 — Marcial, IX, 5G. 

(4) Feralia, 



20 HISTORIA DE LAS CREEXClAS 

parte de las «sungenicias» de los griegos. Sin embargo, si el nombre de 
«caristias» es bastante exacto en el caso que nos ocupa, es preciso, en cam- 
bio, ponerse en guardia contra una costumbre que de día en día se gene- 
raliza entre los actuales hagiógrafos y que consiste en transportar ala his- 
toria de las religiones no cristianas, ora denominaciones bíblicas, ora ex- 
presiones de la liturgia católica, lo que puede suscitar aproximaciones de 
ideas tan fuera de lugar desde el punto de vista religioso como anticientí- 
ficas, ya que la palabra suscita relaciones de semejanza donde tan sólo hay 
una remotísima analogía. 

, Ciertamente que habría bastado con designar esas reuniones chinas con 
el nombre de «Comidas de familia;» pero la expresión caristia ha parecido 
mcás original. 

Llevando más lejos aún la asimilación, un autor, que quiere á su vez 
dejar atrás á los demás, habla en una publicación reciente «de los bajique- 
tes eucaristicos de ¡os p^ries'os:» é insiste mucho en afirmar que los comensa- 
les absorbían en ellos el pan y el vino... 

En esto descúbrese lá preocupación hostil, porque no hay festín algu- 
no del que no pueda decirse lo mismo, desde el momento en que el pan 
y el vino figuran necesariamente en todos. 

Este deseo de identificar lo más posible el paganismo con la religión 
cristiana merced á artificiosas asimilaciones, aparece con extremada inten- 
sidad en la nueva escuela. Para esos autores toda lustración ó ablución es 
«un bautismo;» una ceremonia de culto se llama «sacramento," y se da 
el nombre de «consagración» á la propiciación admitida en el moderno 
paganismo; el pebetero se convierte en «incensario;» el libro religioso, en 
una «Biblia;» y el edículo que sostiene las estatuas de los dioses, en un 
«tabernáculo ó viril de custodia;» á los espíritus favorables se les denomi- 
na generalmente «ángeles,» y á los sectarios «apóstoles;» la avatara de la 
divinidad oriental se califica de «encarnación,» y á cualquiera solemnidad 
religiosa se le aplica la denominación de «misa budista!» 

Es más, después de haber importado en las sectas no cristianas los 
nombres propios de la liturgia católica, los autores positivistas no dejan 
de hacer observar que las prácticas sagradas de tal ó cual pueblo se remon- 
tan á la más remota antigüedad (i), gracias á lo cual muchos lectores po- 
co instruidos, engañados por el falso calificativo complacientemente apli- 
cado al objeto ó á la práctica pagana, acaban por preguntarse si será el 
Cristianismo una imitación servil de los antiguos cultos. 

La seductora tentación de hacer asimilaciones ingeniosas va generali- 
zándose tanto, que muchos creyentes y hasta más de un eclesiástico caen 

(i) Recordemos que las religiones de la India han podido copiar del Cristianismo ideas 
y hasta fragmentos de liturgia, puesto que Santo Tomás llevó allí la fe cristiana desde el 
siglo I, y que en el siglo n San Panteno, jefe de la Escuela de Alejandría, que fué á predicar 
en las Indias, encontró en ellas, conservado todavía por los «cristianos de Santo Tomás,» 
el Evangelio de San Mateo 



LIBRO TERCERO 21 

en este error sin darse cuenta de que con ello hacen el juego de la impie- 
dad contemporánea. Agregúese á esto que, desde el punto de vista cientí- 
fico puro, el procedimiento tiene por consecuencia abolir la originalidad 
de los estudios y difundir apreciaciones sumamente falsas. 

La fiesta más popular entre los musulmanes del Asia central, y espe- 
cialmente entre los persas, es la del Camello (i), que consiste en pasear 
por las calles de las grandes ciudades, y al son de una música discordante, 
un camello joven adornado con campanillas y seguido por una multitud 
de curiosos que se pegan por arrancar de los ijares del animal un mechón 
de pelos que guardarán cuidadosamente. El camello, antes de darle muer- 
te, es conducido delante de una mezquita en donde se le purifica; luego 
se le mata, se le desangra y se le corta en pequeños pedazos que se distri- 
buyen entre los asistentes. 

Esta manifestación, de un carácter completamente religioso, ha sido 
constituida, según dice el Corán, para honrar el sacrificio de Abraham, 
pues la leyenda árabe afirma que el animal que el patriarca degolló en lu- 
gar de su hijo Isaac fué un camello y no un carnero. Hay motivos para 
extrañarse de este equívoco desde el momento en que la Sagrada Escritu- 
ra refiere que el animal estaba enredado por las astas en un zarzal. 

Los musulmanes escogen con preferencia un camello blanco entre 
los que han hecho un viaje á la Meca, porque creen que el patriarca de- 
golló un animal de esta clase y que de aquel color era el que montó 
Mahoma. 

Ciertos persas se reúnen el día cuarto de la luna de junio en las mez- 
quitas para celebrar sesiones sagradas en las cuales dan pruebas del más 
exaltado fanatismo. La ceremonia del Chagsé-Vagsé, que se verifica en 
Alah-Verdi, en el Cáucaso ruso, es una reminiscencia del pasado (2): en 
presencia de los mollahs ó sacerdotes, los persas se golpean el pecho du- 
rante muchas horas hasta que brota su sangre y luego se azotan con ca- 
denas; y cuando están en el paroxismo de la exaltación nerviosa, se les 
hace tomar una pildora de haschisch, se les pone una larga camisa blanca 
y se entrega á cada uno un kinjal, especie de cuchillo muy afilado. Al son 
de un tambor y de dos címbalos, danzan aullando hasta que, insensibles 
ya, imitan el suplicio de sus héroes y se hieren el cráneo con el kinjal; 
para contener la sangre que mana de las heridas se les cubre la cabeza con 
un pedazo de tela. Muchas veces se hacen incisiones en la frente de niños 
de ocho á diez meses, y en algunos casos estas pobres criatura%pagan con 
su vida el fanatismo de sus padres. 

El viernes es el día de asamblea (El Gumah) de los musulmanes, y los 



(i) Al camello, tan útil para acercar entre sí á los pueblos «separados por océanos de 
arena,» le llaman los orientales e/ buque del desierto. 

(2) Rev. Iieb., 3i de julio de 1897. Esta fiesta se celebra en conmemoración déla muerte 
de Hassán y de Ussein. 



22 



HISTORIA DE LAS CREENCIAS 



aniversarios que éstos celebran corresponden á otras tantas fechas religio- 
sas, tales como la terminación del Ramadán, el nacimiento del Profeta, etc. 

Los antiguos mexicanos, como observan Herrera y otros después de 
él, admitían un Dios supremo, objeto principal de sus creencias, y pensa- 
ban que la tierra estaba goberna- 
da por «lugartenientes del Espíritu 
superior.» 

El número de divinidades á 
quienes se veneraba, dice el his- 
toriador de la Conquista de México, 
era igual, en cierto modo, al de los 
actos usuales á que podía el pueblo 
cotidianamente dedicarse. De to- 
dos los ídolos adorados en las fies- 
tas mexicanas el más apreciado era 
una estatua extraña, modelada en 
una pasta hecha con todas las se- 
millas que sirven de alimento al 
hombre y amasada con la sanare de 
niños cuyo corazón había sido ofre- 
cido al dios de la guerra, el feroz 
Vitzliputzh. 

Las ceremonias que se celebra- 
ban era de lo más salvaje que con- 
cebir se puede: en un sitio del tem- 
plo alzábase una piedra de unos 




Vitzlipützli, 
según una llgura del Museo Nacional de México 



cinco pies de alto y cortada en escarpa, sobre la cual se tendía el cautivo 
que había de servir de víctima y al que, después de bien atado, el sacrifi- 
cador abría el vientre para arrancarle el corazón. Esta operación se ejecu- 
taba con un pequeño cuchillo muy afilado, destinado especialmente á este 
uso abominable. 

En tiempo de paz, los mexicanos se dirigían sobre todo al dios de la 
penitencia y del perdón, Tescatilputza: este ídolo, pintado de negro, esta- 
ba coronado de plumas de aves salvajes; sus cabellos, trenzados con un 
cordón de oro, dejaban al descubierto una oreja muy ancha y algo ahuma- 
da, siendo esta especie de mancha considerada como «la huella que en la 
oreja del üios dejaban al pasar las oraciones de los pecadores.» Su mano 
derecha empuñaba cuatro flechas para dar á comprender que la venganza 
del cielo amenaza á los malos_, y su izquierda sostenía un espejo de oro bru- 
ñido, significando con ello que el ídolo veía reflejarse ante sus ojos todo 
cuanto en el universo acontecía. Un tubo de cristal atravesaba su labio in- 
ferior para indicar sin duda la verdad de sus supuestos oráculos. 



LIBRO TERCERO 



23 



■' La idea de congregarse con objeto de purificarse y hacerse más digno 
de la divinidad corresponde á una forma del culto comparable con el mis- 
mo holocausto: tal era el significado de la lustración general denominada 
Citu entre los antiguos peruanos, á la que servía de preparación un aus- 
tero ayuno de veinticuatro horas para borrar al mismo tiempo las man- 
chas del alma y las del cuerpo. 
Durante la noche, amasaban unos 
panes de cancú en los que se echa- 
ban unas gotitas de sangre extraí- 
das de ligeras incisiones hechas en 
las cejas, en las ventanas de la na- 
riz y en las orejas de un recién na- 
cido, emblema de la inocencia. Al 
despuntar el día, todos se frotaban 
la cabeza y el cuerpo con esta pas- 
ta y el jefe de famifia clavaba un 
pedazo de ese pan en la puerta de 
la casa, como signo protector. 

Describir en su origen y en sus 
modificaciones sucesivas las fiestas 
de todas las razas ó sociedades equi- 
valdría á querer narrar la religión 
y las costumbres de la humani- 
dad entera. Por esta razón nos vemos precisados á limitar nuestra labor. 

Sm embargo, de los ejemplos que, entre otros mil, hemos tomado de 
la historia de los países no cristianos resulta probado hasta la evidencia 
que el deseo de venerar á la divinidad, sea por medio de inmolaciones ó 
de ceremonias apacibles, ha sido el primero y principal motivo que ha im- 
pulsado á los pueblos á reunirse en los templos ó en las plazas púbhcas y á 
suspender de una manera periódica el funcionamiento normal de su vida 
diaria. 




Escena de sacrificio. 
(De una antigua pintura mexicana.) 



CAPITULO II 



FIESTAS POPULARES DESDE LA ERA CRISTIANA 



El día de año nuevo y sus vicisitudes: años de trece y de nueve meses; días de cuarenta y 
ocho horas...— Origen de los aguinaldos: la diosa Strenia. — Decreto de lygS relativo á 
los aguinaldos. — El día primero de año en la Indo-China, entre los anamitas, en el Ja- 
pón, en el Turkestán, en Persia, entre los musulmanes... — La fiestadel asno en la Edad 
media.— Fiesta de Santa Genoveva en lygS.- La Epifanía, la torta de Reyes y el haba: 
investigaciones históricas é inéditas. — La parte de Dios y la de la Virgen.— El haba y 
Luis XIV. — Decretos del Parlamento sobre la torta de Reyes.— El Carnaval y sus oríge- 
nes. — Martes de Carnaval: el maniquí de paja.— Cortejo del buey violonné en tiempo de 
Carlos VIL — El Carnaval en Roma y en Bosnia... — Penitencias públicas del Miércoles de 
.Ceniza. — La Mi-Caréme y las lavanderas,— El Domingo de Ramos en la Edad media; los 
prisioneros. — Los garbanzos y el Domingo de Ramos en Provenza. — La Semana Santa 
en Sevilla: flagelación de los penitentes en tiempo de Carlos III. — Papas y reyes el día 
de Jueves Santo: el lavatorio de los pies. — El Viernes Santo y la ceremonia de los tu- 
mores fríos. — El Viernes Santo y el indulto de los reos de muerte en España — El Sába- 
do Santo en Nueva Granada... 



El orden cronológico del calendario es tan conocido, tan familiar y tan 
cómodo de seguir_, que nada parece más oportuno que atenerse á él para 
exponerlas particularidades que hemos recogido á propósito de las fiestas 
en uso en las naciones cristianas. 

Comencemos, pues, por hablar del día de año nuevo y de \os aguinaldos. 

En todas las épocas y en todos los pueblos la entrada del año ha sido 
celebrada con diversas demostraciones religiosas, y ¿qué cosa más natural, 
en efecto, que dar gracias al cielo por haber pasado el año que termina é 
implorar su protección para el que empieza? 

Aun cuando el año eclesiástico comienza en el primer domingo de Ad- 
viento, la Iglesia se ha asociado siempre á la celebración del día de año 
nuevo. 

Nada tan variable en la historia del calendario como la fecha de este 
memorable día: para los egipcios y los caldeos el año empezaba con el 
equinoccio de otoño; para los griegos, segián dice el astrónomo Lalande, 
en i.° de septiembre. En tiempo de Rómulo, los romanos contaban el año 
á partir del equinoccio de primavera; pero cuando se reformó el calenda- 
rio trasladóse esta fecha al primero de enero. 

También en Francia han regido fechas distintas: así en tiempo de los 
reyes merovingios la fehcitación con motivo del nuevo año se daba en pri- 
mero de marzo, y en el de los carlovingios en Navidad. Durante los Ca- 



LIBRO TERCERO 2$ 

petos trasladóse la recha á Pascua, y como esta fiesta es sumamente va- 
riable, resultaba de ello que, cambiando de aniversario el año nuevo, el 
número de días contenido en cada año experimentaba incesantes variacio- 
nes: si, por ejemplo, en 1347 Pascua cayó en i.° de abril, y en 1348 en 
20 de igual mes, el año comprendido entre ambas épocas vino á tener cer- 
ca de trece meses, ó sea exactamente doce meses y diez y nueve días, so- 
brante que se desquitó atribuyendo una duración imaginaria de cuarenta y 
ocho horas en ve^ de veinticuatro á los veinte primeros días de 1348. 

Posteriormente, para conjurar semejantes complicaciones, se hizo em- 
pezar el año en i.° de abril. 

Carlos IX fué quien, por un edicto de 1563, y á pesar de la oposición 
del Parlamento, restituyó ú primero de enero el honor de inaugurar el año. 

En Inglaterra, en donde hasta mediados del siglo xviii el año comen- 
zaba en 15 de marzo, se quiso tomar como origen la fecha del primero de 
enero, según el calendario juliano (i); y para conseguirlo fué preciso de- 
cretar que el año 175 1 no tuviera más que nueve meses, anuncio que causó 
gran sensación en todo el país. 

En 1789, Luis XVI, para favorecer el comercio de los aguinaldos, con- 
cedió por vez primera á los pequeños comerciantes el derecho de instalar 
tiendas á lo largo de los bulevares, con motivo del día de año nuevo. 

Esta merced fué, sin embargo^ de muy corta duración. 

En efecto, cualquier curioso que se teme el trabajo de hojear el 5w//g- 
tin des Lois del año 1793 encontrará en él un decreto que declara que en 
lo sucesivo quedan prohibidos los aguinaldos por ser una costumbre contra- 
ria á la ley, puesto que se había escogido el i.° vendimiarlo (2) como 
punto de partida del año republicano. 

Pero el pueblo no hizo caso alguno de aquella prohibición que no tar- 
dó en caer en el olvido, y con el Directorio reaparecieron los aguinaldos. 
Esto no obstante, Napoleón I, que restableció con pompa las recepciones 
de año nuevo, no pensó poco ni mucho en los modestos tenderos que es- 
tuvieron desterrados de los bulevares parisienses hasta 181 5. 

Luis Felipe, que les había concedido el derecho de instalarse en ellos, 
se lo quitó en 1836. 

Finalmente Napoleón III restituyó á los comerciantes el asfalto de los 
bulevares, y desde entonces su instalación no ha sufrido más interrupción 
que durante el sitio de París. 

El nombre y hasta la idea de los aguinaldos, ó estrenas, proceden, se- 
gún se cree, de los romanos. 

Atribuyese su institución al rey de los sabinos, quien, al decir de la 

(i) Año medio adoptado por Julio César y conservado por los griegos y por los rusos^ 
cuyo calendario llegó á retrasarse de trece días con relación al nuestro en i." de marzo de 
igoo. — En cuanto al calendario gregoriano, sabido es que data del papa Gregorio XIII, 
en i582. 

(2) El 22 de septiembre de I 7g2. 



26 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

leyenda, compartió el trono conRómulo: habiendo considerado como un 
buen augurio el regalo que al principio del año le hicieron de algunas ra- 
mas cortadas en un bosque consagrado á Strenia (i), diosa de la fuerza, 
fomentó en lo sucesivo esta costumbre, y los presentes que en tal época 
se hacían conservaron el nombre de Sirena, de donde el nombre de «es- 
trenas.;; Ya en tiempo de los mismos romanos las ramas de árbol y los 
ramos de verbena fueron substituidos con higos, dátiles ó miel que los 
clientes llevaban á sus patronos, añadiendo á veces una moneda de oro. 

También el pueblo ofrecía aguinaldos á sus amjos: Augusto empleó el 
dinero plebeyo que recibió el día de año nuevo en la compra de preciosas 
estatuas que figuraban divinidades. 

En todas partes, por decirlo así_, se celebra el año nuevo, y la moda 
de los aguinaldos ha dado la vuelta al mundo. 

En España no se dan los aguinaldos en i.° de enero, con motivo déla 
entrada de año nuevo, sino por Navidad. 

Mencionemos lo que pasa en el Japón, según lo refiere M. Aymé Hum- 
bert. Al amanecer, todo el mundo está ya levantado^, y hombres, mujeres 
y niños apresúranse á vestirse sus trajes de fiesta, comenzando en seguida 
las felicitaciones en el seno de las familias: la esposa ha colocado ya sobre 
las esterillas del salón los aguinaldos que destina á su marido, y en cuanto 
éste se presenta se prosterna aquélla tres veces, después de lo cual, con el 
cuerpo inclinado hacia delante, apoyada en las muñecas y con los dedos 
estirados en la dirección de las rodillas, dobla ligeramente la cabeza y fe- 
licita á su esposo. Este, á su vez, le ofrece algunos regalos, y los ofrece 
también á los diversos parientes, y la fiesta termina con un almuerzo tan 
suntuoso como la condición de la familia permite. 

En China, refieren las relaciones de los misioneros, las fiestas de año 
nuevo, del Soon-Nin duran diez^ días, distinguiéndose el día de los pájaros, 
los de los perros, de las ovejas y de los cerdos; cada una de estas denomi- 
naciones indica el manjar que será preferido aquel día en la composición 
de las comidas del Celeste Imperio. 

Ricos y pobres, mandarines y culis, escribe M. J. Dronneau, todos 
los anamitas celebran con entusiasmo el día de año nuevo según sus re- 
cursos, y por nada del mundo dejarían de cumplir los deberes que la ley 
ritual y la piedad filial les imponen. ¡Tet, tet!, es la exclamación alegre 
que en todas partes se oye... 

Durante los tres prim.eros días sobre todo, la fiesta está en su apogeo: 
los talleres permanecen cerrados, los mercados desiertos y las calles están 
llenas de gente que regocijada se encamina á la pagoda ó va á visitar á sus 
parientes y amigos. 

Pero el rasgo más curioso de esta fiesta es la parte que toman los 

(i) Diosa Strenia ó Stienua. 



LIBRO TERCERO 27 

muertos en todas las ceremonias, la evocación conmovedora de los ante- 
pasados desaparecidos, á quienes se tributan honores «que han de asegu- 
rar á su sombra el descanso en los frescos bosquecillos que le agrada visi- 
tar.» En honor de estos mayores se erigen altares y para ellos se juntan 
toda clase de oírendas. 

He aquí algunas preocupaciones usuales en el Anam que se relacionan 
con el día de año nuevo y que no son ni más ni menos ridiculas que mu- 
chas generalizadas entre nuestros campesinos: 

—Si los gatos mayan en la noche del día de año nuevo, son de temer 
los animales feroces. 

— Si la primera visita que se recibe es la de un superior, es pronosti- 
co de sucesos venturosos. 

— Si el agua del año nuevo pesa más que la del año anterior, son de 
temer las inundaciones. 

— Si los ladrones realizan alguna atrevida hazaña durante el aTet,» 
pueden e'sperar un año fructífero, 

— Si en este día hay que regañar á los servidores, será preciso amo- 
nestarles durante todo el año, etc. 

Después de las visitas famihares, las gentes se dirigen á las pagodas 
para entregarse á sus devociones: así que ha pasado la puerta del templo, 
el anamita se quita las sandalias, y descalzo, con las manos juntas y en 
actitud recogida, se adelanta hasta el altar, y una vez allí, indiferente á 
todo cuanto pasa á su alrededor, hace las tres laias de costumbre. La laia, 
que es la forma del saludo del inferior al superior, consiste primero en 
arrodillarse levantando las dos manos unidas por encima de la cabeza y 
luego en prosternarse con la frente tocando al suelo. Después de repetir 
este saludo tres veces, se levanta y coge una especie de cubilete de bam- 
bú que contiene cierto número de varitas en cuyo extremo hay grabados 
caracteres que tienen un significado cabahstico, y según sea la que saca al 
azar, así habrá de juzgarse bueno ó malo el sueño; por esto el devoto agi- 
ta el temible cubilete con viva ansiedad, temeroso de que salga de él una 
de las varitas de pronóstico funesto. 

En Indochina, especialmente en Birmania, se inaugura el año nuevo con 
un regocijo simbólico denominado Fiesta del agua, que dura [cuatro días. 

Después de cumplidos los deberes religiosos en la pagoda, en donde 
se practican una serie de variadas abluciones^ todo el mundo se disemina 
por las encrucijadas, en las cuales se desborda el entusiasmo público (i). 
En las ciudades y en las aldeas, las gentes se rocían con agua perfumada 
ó saturada de flores y se divierten arrojando desde las ventanas de las ca- 
sas, adornadas con graciosos follajes, ligeras duchas sobre los que transitan 
por la calle. 



(i) P. Cantemarche. 



28 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Alegres cuadrillas provistas de jarras de barro ó de metal llenas de 
agua recorren las calles mojando á cuantos encuentran á su paso, y quien 
no soportara una ablución por lo menos de cuando en cuando, sería mal 
visto por sus conciudadanos, pues la candida licencia de que disfruta el 
pueblo durante estos cuatro días no sólo es inofensiva, sino que además 
encierra un pensamiento moral, ya que la gente cree que con ello se pu- 
rifica de los pecados y de los malos sentimientos con que haya podido 
mancharse su alma en el transcurso del año. 

Así se comprende por qué nadie tiene gran empeño en substraerse á 
ese benéfico y piadoso lavatorio público. 

En el día de año nuevo persa, los fieles subditos del chah celebran el 
Nem'-u:(_ (i). 

Con ocasión del Neuruz despliégase gran magnificencia en la corte 
de aquel principe: éste aparece sentado en el trono sembrado de pedrería 
que Nadir (2) trajo de Delhi y distribuye á los principales personajes ves- 
tiduras de honor y presentes considerables. Los bazares de la ciudad están 
decorados y en cada tienda hay encendida una lámpara para asociarse á 
los regocijos populares, á los que no se desdeña de asistir el chah, quien 
arroja á la muchedumbre puñados de pequeñas monedas acuñadas expre- 
samente para el día de año nuevo. En este día los derviches mendigos 
tienen libertad completa de acción, de modo que se instalan sin cumpli- 
dos en las casas de los particulares, quienes no pueden desembarazarse 
de ellos sino mediante una cantidad que esos mismos huéspedes molestos 
fijan. 

La costumbre de los aguinaldos recíprocos ó nevuijeh es constante en- 
tre las gentes del pueblo. 

El Ajosa, ó día de año nuevo de los árabes, cae doce días después que 
el nuestro; los musulmanes han obtenido de la autoridad, mediante el pa- 
go de una suma, que aquel día se disparen veintiún cañonazos por la ma- 
ñana y otros tantos por la tarde. 

Cuando se encuentran por la calle se saludan y se besan en el hombro 
diciendo: «¡Dios sea loado!» Al mediodía vuelven á sus casas y el resto de 
la fiesta lo pasan comiendo en familia. Los manjares han de ser «suaves,» 
es decir, han de componerse de pescados, lacticinios, frutas y confituras, 
gracias á lo cual, en su sentir, el año será también «suave,» ó sea lluvioso 
y fecundo. 

Si, por el contrario, comiesen carne y alcuzcuz, el año sería seco y 
desastroso para los labradores. 

Los sectarios de Alá en el Turquestán se imponen un ayuno de un vies 
como preparación para la fiesta de año nuevo que se celebra el día siguiente 
del en que termina la 52." pachana ó semana lunar de los turquestanos. 

(O O Nevru;^. 

(2) Re)' de Persia fallecido en 1747, que conquistó una parte del Indostán. 



LIBRO TERCERO 29 

La multitud, silenciosa y con los ojos clavados en la bóveda celeste, 
espera que la luna aparezca señalando el comienzo del nuevo año (i). En 
previsión de este momento, hombres, mujeres y hasta niños de doce años 
por lo menos, se han sometido desde hace un mes á una rigurosa absti- 
nencia, 110 atreviéndose apenas á frailarse ni ¡a saliva, hasta la puesta del sol, 
pues por la noche pueden tomar algún alimento. 

Desde por la mañana se entregan á prácticas religiosas, después de 
haber hecho sus abluciones en agua perfectamente pura. Los moUahs (teó- 
logos) y los akhún (sacerdotes) están sujetos á una porción de prescripcio- 
nes aun más minuciosas. 

Una vez terminadas las ceremonias, el cortejo, seguido por la multi- 
tud, penetra en el palacio del emir para desear un feliz año al príncipe, el 
cual manda distribuir entre aquellas gentes buey, carnero y vino. El mo- 
mento en que se rompe el ayuno por un período de once lunas nuevas es 
el que atentamente esperan los turquestanos, saludándolo con un grito de 
alborozo acompañado de redobles de tambor y de toques de trompetas. 

La idea popular es expiar por medio del ayuno las faltas del año pasa- 
do y prepararse por la mortificación para inaugurar el próximo. 

En París, apenas terminados los regocijos de año nuevo, el pueblo 
glorifica á la pastora de Nanterre, Santa Genoveva, porque desde los tiem- 
pos de Atila conserva á esta santa doncella un culto ferviente, jamás des- 
mentido, según vamos á ver. 

Los pretendidos «Patriotas» que componían el Consejo general de la 
Comuna en 1793 no se acordaron sin duda de la fiesta del 3 de enero 
y no dictaron decreto alguno prohibiendo su celebración; pero de todos 
modos el pueblo, el verdadero pueblo, se encargó de recordarles que Ge- 
noveva había salvado á París (2). 

El día 2 de enero, víspera de la fiesta, multitud de fieles de todos los 
barrios de París y de los alrededores, particularmente de Nanterre, casi 
todos llevando ex votos, comenzaron á llenar desde la seis de la tarde la 
iglesia de San Esteban del Monte, en donde está depositada el arca que 
contiene las reliquias de la santa. La muchedumbre fué aumentando poco 
á poco y no tardó en ser tan numerosa que más de mil personas se que- 
daron sin poder entrar en el templo, viéndose obligadas á quedarse en la 
plaza, en donde pasaron la noche á pesar de que el frío era muy intenso. 
A media noche se celebró una misa solemne; el arca de las reliquias fué 
bajada del altar en donde estaba colocada y durante todo el día 3 millares 
de personas desfilaron por la iglesia, arrodillándose con fervor y haciendo 
tocar algún objeto al ataúd de la santa. Las Revolutions de París consignan 
los hechos en los siguientes términos en el número de 5 de enero de 1793: 

(i) y[. P&el, Mceurs et coutiimes. 
(2) Rev. dti Monde Catli., X, i^[)-\. 



30 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

«Por millones de veces han pasado por el ataúd de oro, el día de la fiesta 
de Santa Genoveva, camisas, pañuelos y sudarios.» 

Sin embargo, en 21 de noviembre de 1793, con desprecio de los más 
evidentes sentimientos populares, la Comuna decretaba que los restos 
de Santa Genoveva fuesen quemados en la plaza de la Greve, «para expiar 
el crimen de haber propagado el error.» 

Después de las solemnidades de año nuevo y de Santa Genoveva vie- 
ne la Epifanía, más conocida con el nombre de día de Reyes: en efecto, la 
palabra Epifanía, que en griego significa aparición, manifestación, repre- 
senta para el mundo cristiano el día en que Cristo se reveló á ios gentiles 
en las personas de los Magos. 

Este calificativo de magos es el único que el Evangelio da á los perso- 
najes que fueron hasta Belén de Judea para adorar al Niño Dios; sin 
embargo, como el versículo de un salmo (i) dice que: «Los reyes de 
Tarsis y las islas le ofrecerán dones,» se ha deducido de ello que esos ma- 
aos de ilustre condición debían ser príncipes de su país, y por esto la Epi- 
fanía ha llegado á ser en la mente popular «la fiesta de los Reyes.» 

Así se expHca la antigua costumbre de otorgar en este día la alegre 
realeza del festín. 

En ciertas iglesias, este aniversario daba lugar á la representación de 
un verdadero misterio: los magos estaban representados por canónigos 
que avanzaban por el santuario llevando los consabidos presentes; uno de 
los tres reyes mostraba con su bastón la estrella que les había guiado (en 
efecto, delante del pesebre, al pie del altar mayor, se había encendido una 
luz que figuraba esa estrella) (2) y los tres cantaban versículos apropiados 
al acto. Después se adelantaban hacia el altar mientras el chantre entona- 
ba el responsorio: Magi veniunt; luego se prosternaban adorando al Niño 
Jesús en su pesebre y cantando el Salve! princeps sacidorum, y terminadas 
estas preces, hacían la ofrenda del oro, del incienso y de la mirra. 

La torta de Reyes que en este día se distribuye en familia no es quizás 
sino un símbolo de la comunión sacramental que tomaban los cristianos 
en la festividad de la Epifanía; de todos modos, la costumbre data de an- 
tigua fecha, puesto que una carta de Roberto, obispo de Amiéns en 13 11, 
habla de ella como de una práctica constante. Esta torta debía estar he- 
cha «de una pasta de hojaldre» compuesta de manteca, harina y huevos 

frescos. 

Durante la Edad media, las corporaciones elegían el día de la Epifanía 
un rey, cuyo reinado pacífico duraba todo el año. 

(i) Salmo LXXI, 10. Los cuerpos de Baltasar, Gaspar y Melchor fueron hallados por la 
madre de Constantino, la emperatriz Elena. 

(2) En la escritura cuneiforme de Caldea, el signo que figuraba la idea de Dios era una 
estrella de ocho puntas. [WéasQM Maspero, Hist. Anc, i3q.) 



LIBRO TERCERO 3 I 

Pero ¿qué significado ha de atribuirse al haba de la torta de Rej^es? 

Indudablemente en la práctica sirve para designar al soberano impro- 
visado, lo que sería un significado razonable, ya que desde tiempo inme- 
morial, según dice Aristóteles, los sufragios se daban por medio de habas, 
equivalentes á nuestras cédulas de voto; pero, según parece, en muchas co- 
marcas se cortaba el haba en forma de crux_ ó de estrella antes de disimularla 
á los ojos de los invitados entre la pasta de la torta, y en esto hay una 
alusión evidente al astro del Pesebre que vieron los magos en el firma- 
mento. 

He aquí un uso íí propósito para retutar la opinión de los que hacen 
remontar esta costumbre á los banquetes del paganismo. Además, como 
en la Iglesia primitiva la Epifanía iba precedida de un ayuno riguroso, la 
torta fué inventada tal vez para ser comida en la cena de Nochebuena, re- 
forzándose esta opinión con la observación siguiente: las fiestas de Navi- 
dad y de la Epifanía, que á menudo se celebraban juntas, no fueron se- 
paradas por la Iglesia de Alejandría hasta principios del siglo v. 

Aquel á quien le toca el haba la ofrece generalmente á la reina á quien 
escoge, y cada vez que el rey ola reina beben, los invitados repiten á coro 
las ruidosas exclamaciones de circunstancias. Antiguamente el placer de 
la comida se aumentaba con verdaderas bufonadas, de las que bastará ci- 
tar un ejemplo típico: cuando algún comensal tímido ó distraído se olvi- 
daba de gritar «¡el rey bebe!,» sus vecinos lo embadurnaban con hollín 
transformándolo en mago negro, en recuerdo del rey negro que fué á arro- 
dillarse junto al pesebre. 

Ya se comprenderá la loca alegría que debían producir esos recíprocos 
embadurnamientos y cómo tendrían la cara los comensales después de 
unas cuantas horas de diversiones de este género. 

Si el haba es para los pueblos cristianos ocasión de regocijados pasa- 
tiempos, á los ojos de los paganos era, por el contrario, considerada como 
impura simiente que Pitágoras y Jamblico prohibían, según se dice, á sus 
discípulos (i). Al decir de Cicerón, el horror de los antiguos á las habas 
obedecía á una causa singularísima, la de «ser este grano indigesto de tal 
índole que quitaba la calma necesaria para entregarse á sueños adivinato- 
rios.» (DeDivinat., XXX.) 

Ana de Austria quería que el día de Reyes se observase una costumbre 
conservada en varias familias piadosas, que consistía en reservar para 
los pobres la parte de Dios, llamada también «parte del Niño Jesús ó parte 
de la Virgen.» «En 1649, escribe Mme. de Motteville, la reina, para di- 



(i) En las asambleas políticas, los griegos emitían su sulragio por medio de un haba 
negra ó blanca; del mismo modo eran designados los magistrados temporales, especie de 
jurados. De donde resulta que el precepto de 'P'w.&go^ViS^fabis abstine, no tiene quizás otro 
significado que el siguiente: no os ocupéis de los sufragios populares, no os mezcléis en 
política, contentaos con ser filósofos. 



32 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

vertir al rey, quiso separar la torta y nos dispensó el honor de hacernos 
participar de él. La hicimos reina del haba, porque el haba se encontraba 
en la parte de la Virgen. Mandó que nos trajeran una botella de hipocrás (i), 
que nos bebimos delante de ella, y la obligamos á beber un poco de él. 
Siguiendo la costumbre, quisimos entregarnos á las extravagantes locuras 
de aquel día, y gritamos: «¡la reina bebe!, la reina bebe!» 

En la corte de Luis XIV, el monarca, imitando en esto á sus predeceso- 
res, gustaba de celebrar la festividad de Reyes con un suntuoso banquete 
del que nos da una descripción detallada el Merciire galant: «En el salón 
había cinco mesas, una para los príncipes y señores y cuatro para las da- 
mas; la primera estaba presidida por el rey y la segunda por el delfín. En 
las cinco mesas se sacó el haba: el escudero mayor fué rey en la [mesa de 
ios hombres y la reina por él elegida fué una dama de honor. Entonces el 
rey y la reina escogieron ministros para su pequeño reino y nombraron 
embajadores y embajadoras para que fuesen á visitar á las potencias veci- 
nas y les propusiesen ahanzas y tratados. Algunos de ellos mostraron en 
sus discursos y en sus proposiciones de alianza tanto ingenio y tanta ha- 
bilidad, hicieron alusiones tan felices y bromas tan delicadas que la asam- 
blea se regocijó de veras. En una palabra,, „el rey se divirtió de tal manera, 
que quiso repetir la fiesta á la semana siguiente. Esta vez tocóle á él el 
haba de la torta de la mesa y á él se dedicaron, por ende, los cumplimien- 
tos, que acogió con aquella afable nobleza que le era propia. Una prince- 
sa, conocida en la historia de aquel tiempo por sus ligerezas, envió á pe- 
dir al rey su protección para todos los acontecimientos desagradables que 
pudieran ocurrirle durante su vida: «Se la prometo, respondió el monar- 
ca, con tal que no se los atraiga.» En la mesa de los hombres se fabricó 
un personaje de carnaval que fué paseado por el salón al compás de can- 
ciones burlescas.» 

En otro cada familia se cocía su torta de Reyes; poco á poco los pana- 
deros las fabricaron en abundancia como accesorio de su industria, pero 
los pasteleros no tardaron en alarmarse con esta competencia, protestando 
enérgicamente y hasta intentando un pleito contra los panaderos, y después 
de solemnes y apasionados debates, el Parlamento dictó, á instancias su- 
yas, en 1713 y 1717 varios decretos prohibiendo á lo'^ t>auaderos que emplea- 
ran manteca y huevos en su pasta y que fabricaran ninguna otra clase de pas- 
telería (2). Esta prohibición no causó gran efecto ni aun en la misma ca- 
pital, y todavía en nuestros tiempos los panaderos continúan invadiendo el 
antiguo dominio privilegiado de los pasteleros. 



(i) El hipocrás, bebida compuesta de vino de licor aromaüzado con especias (canela, 
clavo, jengibre, nuez moscada), era muy apreciado en la antigua Francia. En París, el pre- 
boste de los mercaderes se lo ofrecía al rey como presente de aguinaldo. 

(2) Los pasteleros, que pagaban derechos muy elevados, para ejercer su industria, que- 
rían gozar del beneficio exc lusi v o de tu privilegio. 



LIBRO TERCERO 33 

La Revolución no respetó al rey del haba del día de la Epifanía: tam- 
bién esta humilde realeza tuvo su 14 de julio y su 10 de agosto. En efec- 
to, en 30 de diciembre de 1792, á propuesta del ciudadano Escipión Du- 
roure, el Consejo general de la Comuna promulgó un decreto dispo- 
niendo que á partir del 6 de enero de 1793 la fiesta llamada hasta entonces 
Fiesta de los Reyes se denominaría fiesta de los Sans-culottes. 

«¡Enhorabuena!, decía al día siguiente el diario de M. Prud'homme. 
Mas esto no basta; cuando se quiere destruir una vieja costumbre, es me- 
nester reemplazarla con el atractivo de la novedad del motivo... Si somos 
tan buenos repubhcanos como decimos, dejaremos que los curas consu- 
midos salmodien solos en honor de los tres reyes; abolirem.os la realera 
del haba, como hemos abolido la otra, y la substituiremos con la torta de 
la igualdad, reemplazando la solemnidad de la Epifanía con una fiesta de 
la Buena vecindad. El haba serviría para indicar en casa de cuál vecino se 
celebraría el fraternal banquete al que cada uno contribuiría con un 
plato (i).» 

Manuel, que había subido á la tribuna para pedir la supresión de la 
Fiesta de los Reyes por «anticívica y antirrevolucionaria,» fué nial visto 
por el pueblo, aficionado á esta clase de regocijos, hasta el punto de que 
en Saint-Germain, escribe M. Luis Blanc, unas mujeres estuvieron á pun- 
to de colgar de un farol á un pacífico transeúnte que se parecía al Procu- 
rador general de la Comuna. 

Un documento del 4 nivoso del año III demuestra que las tortas de Re- 
yes fueron prohibidas poj razón de Estado: «El Comité revolucionario de- 
nuncia al ciudadano alcalde Nicolás Chambón que hay pasteleros que to- 
davía se permiten fabricar y vender tortas de Reyes. » 

Inmediatamente el ciudadano alcalde invita á la Policía á que cumpla 
con su deber y se dicta el siguiente decreto: «...Considerando que estos 
pasteleros no pueden tener sino intenciones liberticidas; considerando que va- 
rios particulares han encargado tortas de Reyes sm duda con el propósito 
de conservar el uso supersticioso de la fiesta de los ex Reyes...; será pre- 
ciso descubrir y suspender á los pasteleros delincuentes y las orgías en que 
se ose solemnizar las sombras de los tiranos.» 

Aunque Francia ha conocido varios regímenes republicanos, esta fiesta, 
que en el pensamiento de las masas no tiene ya una significación pohtica, 
sigue siendo tan popular y tan general como en el pasado. Por otra parte, 
los personajes ilustres á quienes se festeja en ella no son competidores 
capaces de hacer la menor sombra á la más desconfiada y celosa demo- 
cracia. 

Beranger, en una canción de circunstancias titulada El Rey del haba, 
ha escrito las estrofas siguientes sobre esta efímera soberanía: 

(1) Revolutions de París, número del 5 de enero de 179.1, tomo XV, pág. S'i.—Rev. 
M. cath., diciembre de 1894. 

Tomo U 3 



34 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Gracias al haba soy rey: 
Acepto, ¡llenad las copas! 
Corónenme mis vasallos, 
Sea envidiada mi gloria. 
No hay corazón que no ceda 
A esperanzas seductoras 
Que ante nuestros ojos fingen 
La más alta y mayor honra. 
El sombrero á nadie place. 
¡Todos desean corona! 

En Roma (i) la festividad de la Epifanía es ocasión de un culto espe- 
cial dedicado al Divino Niño. El venerado Bambino, esculpido en un blo- 
que de cedro por un monje del siglo xvi, permanece invariablemente du- 
rante la octava de Navidad en su templo, de donde no sale mientras se 
verifica la exhibición del pesebre; allí continúa el día de año nuevo espe- 
rando á los enfermos que escalan las alturas capitolinas para llevarle sus 
homenajes. El día de la Epifanía los pastores de los pesebres van vestidos 
de reyes magos, y á las cuatro de la tarde acompañan al precioso Bambino, 
á quien un prelado, ceñida la mitra, pasea procesionalmente por la iglesia 
de Santa María in Ara cceJi. Aquel día, la estatua va cubierta de oro y de 
piedras preciosas. El prelado que delante de ella camina se adelanta por 
una plataforma y la muestra á la multitud entusiasmada. Después de esta 
ceremonia, podrá ya ser llevada á la cabecera de los enfermos, conducida 
en una magnifica carroza y acompañada por un cortejo de pifferari. Esta 
carroza tiene su historia: cuando en 1848 quiso el pueblo quemar los co- 
ches de gala del papa, ocurriósele á uno de los triunviros, para salvar el 
más hermoso, regalárselo al Bambino; Pío IX, al regresar á Roma, tuvo 
escrúpulo de quitar al Niño Dios lo que le había sido ofrecido, y el Bam- 
bino conservó la carroza en que actualmente le transportan. 

«En las encrucijadas, instálanse al aire libre tiendas en las cuales se 
venden habas tostadas^ confetti, fritadas y golosinas populares; pero lo que 
más sorprende al transeúnte, lo que más parroquianos atrae son los Bam- 
bini de yeso pintado que allí se ostentan mezclados con toda suerte de 
juguetes, panderetas, silbatos de puzolana, vejigas con música, trompetas 
de hoja de lata, carracas y castañuelas.» 

En España se ha introducido recientemente, sobre todo entre las fami- 
lias de las clases alta y media, la costumbre de la torta de Reyes, con el 
haba correspondiente y el nombramiento de rey para el que la encuentra, 
el cual ha de hacer un regalo á la que comparte con él aquel reinado 
efímero. 

Pero lo que en España caracteriza verdaderamente la fiesta de la Epi- 

(i) M. de Malis, L Epiphanie á Rome. 



LIBRO TEKCERO 



35 



fanía son los presentes en dulces y juguetes que los padres hacen á sus hi- 
jos haciéndoles creer que son debidos á la munificencia de los Reyes Ma- 
gos. Desde algunos días antes, los niños escriben ó hacen escribir á los 
monarcas de Oriente cartas en que les piden los regalos que más desean, 
y en la noche 'del 5 al 6 de enero dejan en el balcón sus zapatos ó bien 
grandes cestos, ó ambas cosas á la vez, que á la mañana siguiente encon- 
trarán llenos de cuanto pueda colmar sus ambiciones infantiles; por su- 




Carroza de gala del Padre Santo, destinada al Banibino del convento de Ara ccelí 

puesto, siempre que sean estas ambiciones proporcionadas á la bolsa ó á la 
voluntad de sus progenitores. A los niños malos, desaplicados, traviesos, 
etcétera, suelen dejarles los Reyes, aparte de los juguetes y dulces, algún 
pedazo de carbón á fin de que escarmienten y se porten bien en lo su- 
cesivo. 

Siguiendo el ejemplo de los Magos y á pesar de los cambios introdu- 
cidos por la Reforma, los soberanos ingleses, hasta Jorge III inclusive, 
continuaron ofreciendo personalmente oro, incienso y mirra el día de la 
Epifanía; pero desde los tiempos de aquel monarca, el jefe del Estado se 
hace representar por dos gentileshombres de su cámara en el oficio que se 
celebra en la capilla real de Saint-James. Después de recitada la oración 
de la mañana y el símbolo de Nicea, se entona la antífona «He orado para 
obtener de vos la Sabiduría,)) y luego los dos gentileshombres, en traje 
de corte y ceñida la espada, se adelantan hacia el altar y depositan en una 



36 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

bandeja de plata sobredorada que les presenta el obispo, un saco de seda 
encarnada bordado artísticamente, que contiene tres paquetes sellados, 
uno con mirra , otro con incienso y el tercero con veinticinco soberanos de 
oro recién acuñados. Antes de 1859, ^^ lugar de monedas se daban hojas 
de oro batido. 

En Turquía verifícase todos los años el día de la Epifanía la bendición 
del mar, en el Bosforo; M. de Kervadec refiere esta ceremonia en los si- 
guientes términos: 

■ «Todos los popes, presididos por el archimandrita (i), se encaminan á 
la aldea de Makri-Kenui, en el Bosforo; detrás de ellos, va una procesión 
con ricas banderas, santas imágenes y multitud de faroles; delante, mar- 
cha un grupo de robustos hijos del país, para quienes esta solemnidad 
será dentro de poco rato fructuosa, como vamos á ver. Una muchedum- 
bre compacta, más ruidosa y alegre que recogida, acompaña á los minis- 
tros del culto. El ejército turco, que no es enteramente musulmán, puesto 
que cuenta en sus filas 3.000 marineros griegos, está oficialmente repre- 
sentado en la fiesta por una compañía con sus oficiales. Sacerdotes y pú- 
blico se dirigen á la estacada que sirve para la atracada de los buques y 
otras embarcaciones procedentes de alta mar, estacada que se halla ya ro- 
deada de una escuadrilla de lanchas llenas de curiosos... Llegado á los es- 
calones de la última escalera, el archimandrita y el clero se detienen; el 
patriarca, en torno del cual se agrupan los jóvenes de piel curtida por el 
aire de que antes hemos hablado, reza una corta oración, y cogiendo des- 
pués una rústica cruz de madera que uno de sus coadjutores le presenta, 
la arroja con fuerza á las olas. Entonces aquellos jóvenes se lanzan preci- 
pitadamente al agua, y en presencia de los impasibles sacerdotes y solda- 
dos y entre las chanzonetas de la multitud, se entabla entre los nadado- 
res un verdadero combate acuático para ver cuál recogerá y traerá triun- 
falmente la cruz de madera que las olas empujan mar adentro. Al fin 
aparece el vencedor de este torneo poco místico, blandiendo el religioso 
trofeo por él conquistado; y luego vencedores y vencidos, chorreando to- 
davía agua, se encaminan á la aldea, en donde entran en pos de ellos el 
público y los celebrantes. 

Comparemos con este espectáculo el recuerdo de una ceremonia de 
bendición del mar en nuestras costas de Francia. El clero, rodeado de 
viejos marinos y precedido por un grupo de muchachas vestidas con su 
gracioso traje, mezcla pintoresca de paño encarnado, de blancos encajes, 
de irisadas pañoletas y de cadenas de oro, procede todos los años á la so- 
lemne bendición del mar en las playas de la Mancha. En Boulogne-sur- 
Mer, por ejemplo, el espectáculo que en aquel momento se desarrolla en 



(i) Título dado á los superiores de ciertos monasterios griegos. 



LIBRO TEKCliRO 



37 



la playa es de majestuosa é incomparable belleza: el sacerdote se adelanta 
hasta la orilla, reza las oraciones del ritual, rocía el mar con agua bende- 
cida y sumerge en él el pie de la cruz, hecho lo cual hombres y mujeres 
se inclinan todos a la vez y con el agua que el cura acaba de bendecir tra- 
zan sobre su cuerpo un gran signo de la cruz. 

Como las extravagantes fiestas del asno, tan renombradas en la Edad 
media, llevan fechas diversas en el calendario de los regocijos (i), bien po- 
demos, para seguir el orden adoptado, situar el estudio de esta fiesta en el 
14 de enero, día en que, sobre todo en Beauvais, era 
aclamado por la multitud el pacífico corcel de Arabia. 

Aunque este animal, tan querido de Sileno, tiene 
fama de sobrio, paciente, laborioso y, por decirlo así, 
infatigable, no se le festejaba por estas preciosas cuali- 
dades, sino únicamente por los varios episodios que re- 
cuerda la Sagrada Escritura: en un asno huyó á Egipto 
la Sagrada Familia v en un asno entró Nuestro Señor 
en Jerusalén; y esto sin contar con la famosa burra del 
adivino Balaam. 

Por lo demás, si es cierto que el asno, tiranizado 
por el hombre, ha llegado á ser el burro terco, indócil 
y rencoroso que todos conocemos, no lo es menos que 
en otro tiempo participaba de la nobleza atribuida á la 
raza caballar; en prueba de ello, ¿novemos á los héroes 
de Homero cumplimentarse unos á otros tratándose de 
«asnos retozones?» En una palabra, si el asno ha dege- 
nerado, la culpa debe ser de su amo, con lo que resulta- 
ría justa la salida de un escritor humorístico que afirma «que el hombre ha 
comunicado al asno todos sus vicios sin haber sabido copiar sus virtudes.» 

La Fiesta del asno es originaria, según se cree, de Verona (2), desde 
donde se propagó por toda la cristiandad de la Edad media. En Francia, 
donde primero se celebró fué en Beauvais: «Después de haber escogido 
una joven de buena familia, la más guapa que podía encontrarse, hacían- 
la montar en un asno ricamente enjaezado y le ponían un lindo niño en 
los brazos; de este modo representaba á la Virgen Madre. Seguida del 
obispo y del clero, iba en procesión desde la catedral hasta otra iglesia, 
en la cual penetraba sin apearse de su modesta cabalgadura, yendo á colo- 
carse cerca del altar, del lado del Evangelio, y en seguida empezaba la misa. » 

Muchos autores afirman que era costumbre substituir las respuestas li- 
túrgicas con un rebuzno irreverente. 




Asno revestido con 
la capa pluvial (del 
friso de la archi- 
volta de la iglesia 
de San Pedro de 
Aulnay, siglo xii). 



(i) En '¿e.r\s]z fiesta del asno se celebraba el i." de enero; en Ruán,el25de diciembre... 
(2) Según ciertas tradiciones, el asno que llevó á Nuestro Señor fué á morir á esa 

ciudad. 



38 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Esta opinión ha sido sugerida por extrañas canciones que efectivamen- 
te se cantaban en ciertas localidades. En Sens, especialmente, se coloca- 
ba, según dicen, el asno en el atril y se entonaba una Prosa, de la que 
copiamos á continuación algunas estrofas traducidas del latín (i): 

De las regiones de Oriente ha venido un asno hermoso y tuerte, propio para 
llevar fardos. — ¡Hez, señor asno, hez! 

Este asno ha sido alimentado por Rubén, en las montañas de Sichem, ha 
atravesado el Jordán y saltado en Belén. — ¡Hez, señor asno, hez! 

Puede vencer en la carrera á los cervatillos, á los gamos y á los corzos; es 
más rápido que los dromedarios de Madián. — ¡Hez, señor asno, hez! 

Este asno ha llevado á la iglesia el oro de Arabia, el incienso y la mirra del 
país de Saba. — ¡Hez, señor asno, hez! 

Mientras tira de los carros llenos de bagajes, su quijada tritura un duro fo- 
rraje. — ¡Hez, señor asno, hez! 

Asno ya harto de granos, di amén, di amén, amén otra vez, etc., etc. 

Inocente en su origen, este espectáculo se fué haciendo, con el tiem- 
po, inconveniente y grotesco, y la Iglesia al fin prohibió, lo mismo á los 
fieles que al clero, que lo celebrasen en lugar sagrado. 

Mencionemos también dentro del mismo orden la fiesta de los locos 
que los clérigos organizaron durante muchos años en ciertas iglesias pa- 
rodiando las ceremonias del culto. El concilio de Basilea de 143 1 hubo 
de tomar cartas en el asunto: «El Santo Sínodo ha decretado y ordenado 
que los Ordinarios y los Pastores de las Parroquias se opongan en lo su- 
cesivo á la organización de semejantes fiestas, bajo pena de severos casti- 
gos eclesiásticos para el transgresor.» 

Admítese muy generalmente que el Carnaval se deriva de las saturna- 
les romanas, de las bacanales griegas ó de las fiestas celebradas por los 
egipcios en honor de Osiris... De todos modos, el atractivo principal de 
esta clase de regocijos consistía en una tentativa, ó mejor dicho, en un 
sueño de igualdad, pues durante algunas horas confundíanse las catego- 
rías y las clases,' hacíase burla de amos y jefes, se ridiculizaba la justicia y 
se faltaba á las leyes. 

Las mascaradas francesas de la Edad media fueron notables, sobre 
todo por sus tendencias satíricas; en ellas estaban representados á veces 
los mismos soberanos bajo disfraces burlescos, y los criados, ora cubier- 
tos de miserables harapos, ora, por el contrario, envueltos en oropeles, 



(i) Orientis pvatibus 

Adventavit asinus 
Pulcher etfortissimiis, 
Sarcinis aptissimiis: 
¡Hez, señor asno, hez!, etc., etc. 



LIBRO TERCERO 39 



parodiaban el lenguaje y los ademanes de sus amos, de quienes se mofa- 
ban «para mayor diversión del buen público.» 

Los Padres de la Iglesia condenaron en vano los groseros placeres del 
Carnaval; el papa Inocencio III se ocupó de ellos en varias decretales que 
resultaron ineficaces; también fracasaron en este intento los concilios, 
porque atacaban costumbres tan antiguas como queridas del pueblo. 

¡Qué satisfacción intima para éste la de poder decirse: «Hoy voy á ser 
el igual de mis superiores y el superior de mis iguales!» Esto sin contar 
con los atrayentes accesorios, danzas, juegos, festines y farsas que ilustra- 
ban esos días «de gran regocijo.» Por un instante, efectivamente, la auto- 
ridad quedaba desarmada, la nobleza burlada y arrollada la policía, y los 
criados se convertían en amos. Una sola diversión del Carnaval en la que 
el pueblo podía contarse y hacerse cargo de la fuerza de sus masas, influía 
más que veinte libelos en el despertamiento de las aspiraciones democrá- 
ticas que fermentaban en el fondo de muchos corazones. 

Aquel día, el rey continuaba reinando, pero no gobernaba; por lo 
menos, el monarca más firme en el trono, el más amado por sus subdi- 
tos, no se habría atrevido, en las proximidades de la fiesta, á dictar una 
ordenanza demasiado autoritaria, pues hubiera temido que estallara un 
motín. 

El pueblo, por una vez soberano, rey del día y también rey de un día, 
tomaba el desquite entre dos salidas del sol y preparaba riendo la emanci- 
pación violenta, terrible, que hizo explosión á fines del siglo xviii. 

La corte de Carlos VI puso en moda los bailes de máscaras del Carna- 
val, y sabido es que en una fiesta de este género estuvo á punto de perder 
la existencia el insensato rey, que iba vestido de oso. 

La influencia de Italia, especialmente en el siglo xvi, dio nueva vida á 
las mascaradas francesas: Enrique III con sus «miñones,» como él disfra- 
zados, recorría las calles de París «aporreando á los cmdadanos y come- 
tiendo mil insolencias.» 

Cítase también una procesión de supuestos brujos, tolerada en Car- 
naval por Enrique IV. 

El tétrico y grave Luis XIII no fomentó las locuras carnavalescas, pero 
éstas se reanudaron en tiempo de Luis XIV. Las máscaras habían estable- 
cido su cuartel general en la calle de San Antonio y allí se celebraba el 
martes de Carnestolendas. 

Entre las figuras que sacaba á escena el Carnaval, hay una de la cual 
guardará el pueblo durante mucho tiempo grato recuerdo: el buey gordo ^ 

Esta exhibición agreste, que tan gran número de curiosos atraía, tie- 
ne, según dicen, un origen antiquísimo. 

Cierto que los egipcios tenían la costumbre todos los años, en el equi- 
noccio de primavera, de llevar triunfalmente un buey escogido entre los 
más hermosos y gordos, que se convertía en ídolo durante veinticinco 



40 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

días; sin embargo, en vez de matarlo para comérselo, se le prodigaban 
los cuidados más respetuosos. 

Los griegos celebraban una fiesta análoga, pero entre ellos la causa 
principal de estos festejos en honor del buey eran los servicios prestados 
á la agricultura por el laborioso rumiante; y no obstante su concurso tan 
útil, se le sacrificaba entre danzas y gritos de alegría de los que preten- 
dían venerarlo. 

Quiérese, pues, hacer remontar á la antigüedad más remota esta diver- 
sión Carnavalesca; y sin embargo, la verdad está quizás mucho más cerca 
de nosotros. En efecto, ¿qué cosa más natural para nuestros padres, escru- 
pulosos observadores de las leyes de la Iglesia, que festejar al buey, es de- 
cir, la carne, en vísperas de entrar en el largo período de la vigilia, la cua- 
resma? El significado probable de la palabra carnaval, (cadiós á ¡a carne (i),» 
¿acaso no corrobora esta opinión, sin necesidad de evocar las muy lejanas 
leyendas de Osiris? 

En Francia, fué en tiempo de Carlos VII cuando- los nuevos maestros 
matarifes hicieron del Carnaval su fiesta especial (durante muchos siglos 
no había habido en París más que cuatro mataderos privilegiados), y como 
el buey gordo iba acompañado de instrumentos, diósele primitivamente el 
nombre de buey violonné (violinado). Montado en el animal iba un niño 
con alas que representaba «al pequeño dios Eros con su carcax (2).» Esta 
fiesta, suprimida en 1790, fué restablecida en 1805; y si bien en tiempo 
de la Restauración quiso suprimirse la cabalgata, por haberse caído y las- 
timado gravemente el niño que montaba en el buey, los matarifes, para 
que la tradición no se perdiera, reemplazaron el pequeño jinete de carne 
y hueso con un amorcillo de cartón, que se instaló en un carro adornado 
con muchachas vestidas con trajes mitológicos (3). 

El Carnaval de nuestros padres, representado por un maniquí de hin- 
chados carrillos, era paseado durante los días de Carnestolendas; pero este 
personaje tenía un competidor muy distinto, á saber, el príncipe Cuaresma 
ó Cáveme- prénant (4), cuya escolta se componía de pescaderos, en vez de 
matarifes. En un principio ese «Cuaresma,» convenientemente rellenado, 
se presentaba con una corpulencia normal; después su volumen dismi- 
nuía poco á poco, enflaquecía, se demacraba, y su cortejo se iba reducien- 
do en proporción hasta no componerse más que de un médico y de un 
boticario; por fin, el último día, caía extenuado en brazos de un enferme- 
ro, y entonces se le ataba una cuerda al cuello y se le arrastraba hasta la 
plaza de la Ore ve, en donde era entregado á las llamas. 

Las batallas de flores y de confetti de papel y de yeso, que se celebran 

(i) Caro, canüs, carne; vale, adiós. 

(2) María d'Haupt. 

(3) Loe. eit. 

(4) La palabra caréme-prénant des\gndiha. los días de Carnaval que precedían á la cua- 
resma. 



LIBRO TERCERO 4^ 

anualmente en Niza durante el Carnaval, son tan conocidas, que creemos 
conveniente citarlas sólo como recuerdo. 

En las fiestas del Carnaval de Roma, los confetti, que tantos partidarios 
tienen en Italia, están reemplazados por moccoli, especie de bujías especia- 
les cuyas torcidas están impregnadas de esencia para que resistan mejoría 
acción del viento. 

Encendidos los moccolis^. la cuestión está en apagarlos, y el pacífico 
combate que con tal motivo se traba no tiene más objeto que apagar el 
moccoli del vecino y preservar de toda sorpresa el propio. El espectáculo 
es curioso, visto desde una ventana que domina la muchedumbre: como 
cada cual, armado con su bujía, hace para defenderla gestos precipitados y 
violentos, parándose en seco ó esquivándose á toda prisa, resultan ondu- 
laciones de luz muy pintorescas y arabescos fantásticos del más gracioso 
efecto. 

En España verifícanse también desde muy antiguo las mascaradas 
carnavalescas con sus luchas de confetti y serpentinas, y en algunas ciuda- 
des con batallas de flores. Muchas semanas antes se celebran bailes de 
máscaras, y ya dentro de la Cuaresma, el domingo de Piñata, que es el que 
inmediatamente sigue al de Carnaval, se considera en algunas localidades 
como prolongación y despedida de las Carnestolendas. Lo propio diremos 
del miércoles de Ceniza, que en general se considera como día de jolgorio 
y regocijo, sobre todo la tarde, en la que suelen holgar oficinas y talleres, 
fábricas y comercio, saliendo la gente al campo á merendar, y no cierta- 
mente de vigilia. En Madrid, el entierro de la Sardina, que se verifica en la 
Pradera y en el que se baila, se come y se bebe de lo lindo, es una fiesta 
típica y nada en armonía con el caráct'^r de gravedad y recogimiento que 
la festividad tiene desde el punto de vista religioso. 

En Bosnia, dice un ingeniero que conoce perfectamente las costum- 
bres del país (i), el Carnaval dura desde Navidad hasta el martes de Car- 
nestolendas. Como en aquella época no es posible trabajar en el campo 
por estar la tierra cubierta de nieve, los jóvenes se divierten bailando y 
tocando el violín, mientras beben café, rakia ó slivovic (aguardiente de 
ciruelas), y sobre todo organizando juegos familiares, tales como el anillo 
en la capucha, el anillo en la mano, el molinero, el peregrino, el cazador, 
el lobo, la abuela y la nieta, etc. 

Para la comida del martes de Carnestolendas se preparan varios platos 
dulces: crema de harina de maíz, tortas de hojaldre, palacinkes, especie de 
pasta de buñuelos revuelta con confituras, etc. Y en cuanto á los platos 
substanciosos, consisten en grandes trozos de carne asada y en rassolnich 
con coles fermentadas. Estos son también los únicos días en que la gente 
del pueblo bebe vino. 



(i) M Bordeaux, ingeniero de minas en Foinica. 



42 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

El lunes y el martes de Carnaval, jóvenes y muchachas cantan y bai- 
lan todo el día el kolo, vestidos con su traje bosniaco, que es muy ele- 
gante con sus vistosos colores encarnados, blancos y azules, y cubierta la 
cabeza con el fez ó el turbante característicos. El kolo se baila, cogidos de 
las manos los bailarines y los jóvenes enfrente de las muchachas. Pero 
aún hay más: estos dos días son días de reconcihación entre gentes que 
han reñido durante el año, pues los bosniacos no quieren comenzar la 
cuaresma abrigando en sus corazones sentimientos de enemistad: la ini- 
ciativa de tan piadoso paso se deja á los más generosos (i). 

Siendo de todo el mundo conocidas las austeridades del miércoles de 
Ceniza, nos limitaremos á preguntarnos por qué nuestros padres cahfica- 
ban este día de «alegre.» 

Para la Iglesia era, en efecto, una fecha venturosa, puesto que en ella 
los pecadores arrepentidos comenzaban á someterse á las expiaciones que 
habían de conquistarles el perdón. Sabido es que, durante mil años qui- 
zás, se imponían penitencias públicas á los criminales por las faltas que 
habían causado escándalo. Los penitentes se dividían en cuatro clases: los 
llorosos que, puestos en fila junto á la puerta del templo, suplicaban á los 
fíeles que entraban en éste que rogaran por ellos; los oyentes, que después 
de haber pasado el tiempo prescrito para el primer grado, permanecían 
en la iglesia hasta el Ofertorio; los prosternados, que estaban de rodillas 
mientras se rezaban por ellos varias oraciones; y los consistentes, que po- 
dían rezar en unión de los fieles, pero de pie y sin derecho á hacer ofren- 
das ni comulgar en público. 

Los penitentes empezaban por confesarse y luego se presentaban en el 
templo vestidos de luto; llegados delante del obispo, le pedían que se les 
admitiera en la expiación y en la absolución, y el prelado, después de ha- 
berles puesto la ceniza en la cabeza y de haber recitado los siete salmos de 
la penitencia, les anunciaba que así como Dios había arrojado á Adán del 
paraíso á causa del pecado, él iba á alejarles de la iglesia por algún tiem- 
po, si bien invitándoles á que tuviesen confianza en la misericordia divina. 
Entonces se organizaba la procesión, y cuando ésta había llegado cerca de 
la puerta, el prelado con el palo de su cruz les seíialaba la salida. Los pe- 
nitentes no debían volver al templo hasta uno de los siguientes Jueves 
Santos, después de haber rezado las oraciones y realizado las mortifica- 
ciones, ayunos y peregrinaciones que les habían sido impuestos. La dura- 
ción de la penitencia variaba según los crímenes ó delitos: generalmente 



(i) La Sagrada Escritura dice: «Si vuestro hermano tiene algo contra vosotros, dejad 
vuestra ofrenda, salid é id á reconciliares con él.» Nada más admirable que este consejo. 
Es decir: si vuestro hermano tiene algo contra vosotros, tened la gran caridad de tomar la 
iniciativa de la reconciliación para facilitar á vuestro hermano que vuelva á congraciarse 
con vosotros y á quedar en paz con su propia conciencia. 



LIBRO TERCERO 43 

era de dos años para el robo, de siele para los actos de inmoralidad, de once 
para el perjurio, de quince para la infidelidad conyugal, de veinte para el 
homicidio, etc. 

A menudo, sea por el edificante fervor del condenado, ó con ocasión 
de ciertos aniversarios, los obispos reducían el tiempo de h penitencia pú- 
blica, y á esta merced se le daba el nombre de indulgencia. 

Una vez terminado el periodo de penitencia, los penitentes recobraban 
la gracia y volvían á formar parte de la comunión de los fieles, después 
que el obispo los había absuelto delante de todos á la puerta del templo. 

La Mi-Careme, como el Carnaval, daba en otro tiempo ocasión á ma- 
nifestaciones, piadosas unas, profanas otras. 

En este día (i), efectivamente, dos sentimientos animaban al pueblo 
cristiano: ¿había pasado bien la primera mitad de la santa cuarentena.-.., 
¿se portaría mejor durante el período final? Esto es lo que se preguntaba á 
sí mismo, al pie de los altares, lleno de recogimiento y haciendo examen 
de conciencia. 

Pero además despertábase en él otro pensamiento más humano, pero 
acaso no menos intenso: «Ya ha pasado la mitad del período de mortifi- 
cación,» decíase satisfecho, sobre todo en aquella época en que el ayuno, 
que se prolongaba hasta muy entrado el día, constituía una de las mayores 
privaciones. 

Poco á poco, la fiesta perdió su carácter religioso y fué únicamente 
motivo para entregarse á placeres gastronómicos. 

Las costumbres varían según las regiones: en el Perigord y en el Bor- 
delais celébrase la Mi-Careme confeccionando anchos barquillos muy tos- 
tados que se extienden más amarillos que el ámbar sobre relucientes mol- 
des, generalmente adornados con una cruz y varias palmas. 

En el Quercy y en el Limosín se confeccionan las doradas, finas re- 
banadas de pan blanco bañadas en yemas de huevo y aromatizadas con 
vainilla ó nuez moscada. En el Agenais, en vez de tortas, se fabrican enor- 
mes almendras garapiñadas que se parten con cuchillo ó con los dientes. 
En cuanto á los habitantes del Delfinado, saborean en famiha sus maravi- 
llas, tortas de forma extraña que se prolongan en espirales como los cuer- 
nos de un carnero; J. J. Rousseau era muy aficionado, según parece, á 
esta golosina. 

En París lo que caracteriza la cabalgata de la Mi-Careme es una exhi- 
bición de lavanderas de todas condiciones. 

Los demócratas de nuestros arrabales y los socialistas de nuestras afue- 
ras, convirtiéndose..., ¡sólo por un día!, en furibundos monárquicos, coro- 
nan ruidosa y solemnemente á la Reina de las Reinas, soberana efímera 



(i) El jueves de la tercera semana de cuaresma.— fA'. del T.) 



44 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

que majestuosa y altiva, aunque encaramada en un trono de cartón que se 
asienta sobre una porción de cubos vueltos del revés, recibe los homena- 
jes, los vivas y los aplausos de los pajes de Belleville, de los marqueses de 
Puteaux, de los duques de Rueil y de los señores de Bougival, vestidos 
con sus correspondientes trajes de seda y terciopelo, calzando en las ma- 
nos guantes de gruesa piel de búfalo blancos y en los pies zapatos con ta- 
cones encarnados. 

¡Cosa singular! Esta fiesta en nada parece una parodia sarcástica, una 
crítica malévola de la antigua Francia; muy al contrario, reina, principes 
y escuderos, todos toman en serio el papel que representan. Y sin embar- 
go, esos plebeyos, llenos de penachos y de dorados, no deberían, en bue- 
na lógica, representar aquellos personajes sino con la idea de mofarse de 
las reinas destronadas y de las instituciones abolidas. 

Pues nada de esto sucede: esos papeles de reyes y príncipes son desem- 
peñados por las doncellas de pala de fresno y por los mancebos de los la- 
vaderos con gravedad imperturbable, torpe grandiosidad y presuntuosa 
hidalguía. 

El domingo de Ramos debe su nombre á la costumbre, establecida entre 
los fieles desde los primeros siglos, de llevar en dicho día en procesión y 
durante el oficio religioso palmas ó ramos en conmemoración de la entra- 
da triunfal de Jesús en Jerusalén. 

«En el Norte de Francia, á falta de elegantes palmas, el boj presta su 
perdurable verdor á la ceremonia de los ramos bendecidos; en Provenza 
son el olivo y el laurel; en el Jura los pastores van á la montaña á cortar 
tiernos tallos de haya; en el Var se requiere el amable concurso del árbol 
de Venus, el mirto, para que avalore la fiesta con su reluciente follaje. En 
el Mediterráneo, en la península itálica, en la costa meridional de España 
y en Portugal, en las islas Baleares, en una palabra, dondequiera que luce 
el cálido sol del Mediodía, son las antiguas palmas de los galileos las que 
con preferencia tiemblan y se agitan en las manos de los fieles (i).» 

El domingo de Ramos se celebraba en la Galia y en España desde fines 
del siglo vii: en los Oficios divinos de Alcuino vemos que en dicho día ha- 
bía la costumbre de colocar el Evangelio sobre un rico sillón que era solem- 
nemente conducido por dos diáconos en la procesión á fin de representar 
el triunfo de Jesucristo por el Libro Santo. 

El domingo de Ramos se denominaba también Dominica competentium, 
«el domingo de los peticionarios,» porque era aquel en que los catecú- 
menos acudían á solicitar del obispo la gracia del bautismo que había de 
serles administrado ocho días después. A fin de prepararles para recibir 
este sacramento, se derramaban durante el oficio sobre sus cabezas grandes 



(i) M.Trolley. 



LIBRO TERCERO 45 

abluciones, de manera que á ese domingo se le dio además el nombre de 
día de lavatorio de caberas (i). 

La voz del pueblo ha consagrado asimismo esa fiesta con la denomi- 
nación de Pascua florida^ porque en la época en que se celebra un perfume 
primaveral comienza á esparcir sus dulces y penetrantes efluvios por los 
bosques y por las praderas. 

Además, la costumbre de los emperadores, de los patriarcas y de los 
reyes de conceder indultos y favores en dicho día ha sido causa de que se 
le llamara también el Domingo de las indulgencias. Las procesiones gremia- 
les del viejo París se dirigían por la mañana á Santa Genoveva del Mon- 
te, seguidas de una gran multitud de curiosos; después de los cantos de 
costumbre y de la bendición de los ramos por el obispo, la comitiva ba- 
jaba por la calle de San Jacobo hasta la puerta del Pequeño Chatelet; las 
calles estaban adornadas con follaje y tapices y á lo largo del curso había 
colocados bancos para los canónigos. 

Al llegar delante de la cárcel el obispo, revestido de sus hábitos sacer- 
dotales, entonaba el versículo «¡Abrid vuestras puertas!,» y después que 
un sargento le abría la de la prisión, entraba en ella y libtttaba á un preso, 
el cual, radiante de alegría, salía con él y le acompañaba hasta Nuestra 
Señora, aguantando la cola del manto episcopal. Luego de recitada una 
fórmula de acciones de gracias, el cautivo era conducido á la puerta de la 
basílica y el prelado le devolvía la libertad. En las Capitulares de Carlo- 
magno ya se reconocía á los obispos el derecho de reclamar, durante la 
Semana Santa, la libertad de ciertos presos dignos de interés por su bue- 
na conducta y su arrepentimiento sincero. 

Una curiosa costumbre que se perpetúa en Provenza es la de comer 
garbanzos el domingo de Ramos. El origen de la misma es el siguiente: 
en 13 18, la población de los alrededores de Antibes, de Cannes y de Fre- 
jus sufrió una miseria espantosa y la gente del campo padeció todas las 
torturas del hambre. Era ésta tan terrible á principios de 1319 en San 
Rafael que sus habitantes llegaron á alimentarse únicamente de bellotas 
silvestres. 

Llegó el domingo de Ramos; pero, en vez de la ordinaria alegría con 
que se saluda este día en la cristiandad, los infortunados habitantes de aquel 
país pidieron al cielo con lágrimas y lamentaciones que pusiera término á 
sus males. De pronto, en medio de la consternación general, saHó un gri- 
to de entre la multitud: habían sido avistados dos buques, que efectiva- 
mente se aproximaron y echaron anclas y cuyas tripulaciones saltaron á 
tierra anunciando que venían para socorrer á los desdichados proven- 

zales. 

Aquellos barcos, enviados por el rey de Sicilia, llevaban un cargamen- 



(i) Capittlaviwn. 



46 ■ HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

to de garbanzos que tué distribuido entre todos los liabitantes. Las gentes 
de San Rafael y de los alrededores vieron en aquel inesperado beneñcio 
la mano de la Providencia y conservaron la costumbre de hacer ligurar el 
domingo de Ramos en la comida de familia un abundante plato de aque- 
lla vulgar legumbre. 

Fáltanos examinar algunas ceremonias relativas á la Semana Santa. 

Es antigua costumbre española la de las procesiones durante esta se- 
mana, y la tradición hace remontar el origen de la misma á la época en 
que España fué reconquistada á los árabes. 

Hoy se celebran todavía estas solemnidades en otras poblaciones ade- 
más de Sevilla, como por ejemplo en Murcia y en Cádiz, pero en ningu- 
na revisten tanta magnificencia como en aquella capital andaluza (2). 

Dícese que en otro tiempo algunos fieles se ofrecían como víctimas 
voluntarias para representar la persona de Jesucristo y sufrir la flagelación 
por las calles á fin de conmover el corazón de los pecadores endurecidos; 
además varios hombres, con el rostro tapado y el busto desnudo, seguían 
el cortejo golpeándose con palos hasta hacerse sangre. Para acabar con 
estas demostraciones de una devoción excesivamente violenta, necesitóse 
nada menos que un decreto del rey Carlos III. En nuestros días, los peni- 
tentes españoles no se imponen otro suplicio que soportarla caperuza que 
dificulta su respiración y llevar pesados hachones de cera. Los extranjeros 
que acuden á presenciar las procesiones buscan en ellas más bien un es- 
pectáculo curioso que emociones sinceras. El Miércoles, el Jueves y el 
Viernes Santos, sería imposible conseguir de nadie en Sevilla un trabajo 
cualquiera, y está prohibida la circulación de toda clase de vehículos á fin 
de que los sevillanos puedan posesionarse tranquilamente de las calles, en 
donde con infatigable paciencia esperan el paso de las innumerables cofra- 
días que han de desfilar por delante de sus ojos. 

Uno de los episodios que más interesan al pueblo de Roma durante la 
Semana Santa es el ¡avaiorio de los pies que se verifica el Jueves Santo en 
la basílica de San Pedro delante de la capilla de los santos Profeso y Mar- 
tiniano. El papa está sentado bajo un rico dosel que domina á los fieles; 
á su alrededor se colocan los cardenales; á la derecha está el banco ocu- 
pado por los trece sacerdotes á quienes el Padre Santo ha de lavar los 
pies, y en el lado opuesto álzanse las tribunas en donde han de situarse 
los grandes personajes. El decorado del templo se distingue por sus ricos 
tapices, entre los cuales figura el que representa la Cena, de Leonardo de 
Vinci. «Después de haber bendecido el incienso, el papa se despoja de su 
capa, reemplazándola con un delantal de tela blanca adornado con encajes, 
y comienza la ceremonia. Cada «apóstol» adelanta el pie derecho y el 



(i) J. des voy., 716. 



LIBRO TERCERO 47 

papa lo lava en una jofaina de plata sobredorada, lo seca, empleando para 
cada uno una toalla nueva, y lo besa. Esos sacerdotes son designados de 
antemano, siendo con preferencia escogidos entre los más pobres, y cada 
uno de ellos recibe una medalla de oro, un ramo de violetas y una peque- 
ña cantidad en metálico. La ceremonia termina con la Cena ó banquete 
que se celebra en la galería superior de la basílica: los trece apóstoles se 
sientan en torno de una mesa magníficamente servida, y el papa escancia 
por sí mismo el vino á los invitados, conforme exige la tradición.» 

Antiguamente practicábase también en la corte de Francia el lavatorio 
de los pies el día de Jueves Santo, costumbre que fué suprimida durante 
el primer Imperio. 

En 1643, Luis XIII designó para que le representara en esa conmove- 
dora ceremonia al futuro Luis XIV, que sólo contaba entonces cuatro años. 
Bien es verdad que también él había ejercido desde muy niño estas fun- 
ciones, pues Enrique III había querido que desde la edad de seis años co- 
menzara su aprendizaje de rey; por cierto que el joven príncipe hizo bas- 
tante mal su papel, como lo prueba el curioso relato reproducido en una 
de las obras de M. Franklin: «Primeramente le preguntaron, dice Heroard, 
médico del rey (i), si quería lavar los pies á los pobres, á lo que respon- 
dió en seguida: «¡Oh, no!» No había medio de persuadirle: «¡No, excla- 
mó, no quiero; sus pies apestan!» Entonces le llevan á la fuerza, acom- 
pañado de los señores príncipe de Conde, príncipe de Conti y conde de 
Soissóns. Cuando el joven Luis se acercó al primer pobre, reconoció su 
lebrillo en donde querían echar agua para el lavatorio, lo cual mantuvo 
su malhumor^ y no se le pudo obligar á que se bajara, pues se resistía 
apartándose y llorando. Los capellanes hubieron de practicar la ceremonia 
delante de él. Cuando se sirvió la comida á los pobres, no quiso tocar nin- 
guno de los platos que le presentaban y sí únicamente las bolsas de dine- 
ro, que dio muy alegremente.» 

Y sin embargo, los pequeños indigentes habían sido escogidos entre los 
más agradables y lavados con agua perfumada; todos iban vestidos con lar- 
gas túnicas de paño encarnado que llegaban hasta el suelo como las de los 
niños de coro. 

Un precioso manuscrito (2) da los detalles del ceremonial que gene- 
ralmente se observaba: «El rey, al llegar á la iglesia, encontraba á un pre- 
lado revestido del traje episcopal, que le exhortaba á esa fiesta del Jueves 
Santo, y una vez terminado el sermón colocábase el rey delante del pri- 
mer pobre, se arrodillaba ante él, le lavaba los pies, y así sucesivamente á 
los demás... El gran limosnero ponía en el cuello del niño lavado una bol- 
sa de cuero en la que había trece escudos de oro. Después del lavatorio se le 
cambiaba al rey la ropa blanca y se hacía calzar á los pobres para sentar- 

(i) Les Medccins. — Heroard era el primer médico de I.uisXIII. 
(i) Ranf^s et prcscances. 



48 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

los á la mesa, todos en fila. Luego que el limosnero mayor había rezado 
el Beuedicite, el gran maestre, precedido de los maestresalas ordinarios y 
primeros, hacia que los príncipes y magnates tomaran las viandas_, y cami- 
nando delante de ellos, con el bastón en alto, presentaba la comida al rey 
para que éste la sirviera bonitamente á los pobres.» 

Luis XVIII también lavaba los pies á doce muchachos escogidos entre 
los hijos de sus servidores: un criado echaba el agua contenida en una 
jarra y el rey «hacía el simulacro de secar con un lienzo de fina batista.» 
Los doce elegidos eran llevados luego á un salón en donde había prepa- 
rada una mesa, y sentándose á ésta, eran servidos por el rey y por los em- 
pleados de su casa. 

Este espectáculo excitaba en alto grado la curiosidad de los cortesa- 
nos, y sólo podía asistirse á él con invitaciones especiales que era muy di- 
fícil conses¡uir. 

En Austria, según antigua costumbre, el Jueves Santo todavía lava el 
emperador personalmente los pies á una docena de viejos pobres en el sa- 
lón de fiestas del Hofburg. Todos los individuos de la familia imperial que 
aquel día se encuentran en la corte asisten á la ceremonia, á la que con- 
curren asimismo los ministros y los principales funcionarios del Estado. 
Los ancianos, casi centenarios, se sientan á una larga mesa puesta en un 
estrado, y mientras un sacerdote echa agua sobre los pies desnudos, el em- 
perador_, de rodillas, los seca con una toalla. Terminado este acto. Su Ma- 
jestad cuelga del cuello de cada «apóstol» una bolsa de seda que contiene 
treinta monedas de oro, después de lo cual se sirve una comida á aquellos 
mdigentes, quienes, por último, son conducidos, en traje de peregrinos, á 
sus respectivas casas entre las aclamaciones de la multitud. 

También en España procede el rey al lavatorio de los pies á doce po- 
bres en la Real Capilla de palacio, asistido por los grandes de España y 
con un ceremonial que supera al usado en la corte de Francia en tiempo 
de Luis XVIII, entregando después á cada pobre una limosna consistente 
en ropas y metálico y distribuyéndoles sendas cestas con platos de vigilia 
de varias clases y abundantes postres. 

La ceremonia del lavatorio se celebra asimismo con mayor ó menor 
solemnidad en todas las catedrales y parroquias mayores de la península, 
siendo respectivamente los obispos ó los párrocos los encargados de lavar 
los pies á los doce pobres, á quienes suelen obsequiar luego con una sucu- 
lenta comida. 

Nuestros padres llamaban al Vientes Santo el Vi'ernes adorado i causa 
de la adoración de la Cruz. San Agustín nos enseña que esta fiesta, como 
la de Pascua y la de Pentecostés, fué instituida por los apóstoles. Este gran 
aniversario de ios sufrimientos del Dios de los cristianos ha sido siempre 
para éstos día de oración y de mortificaciones. 

El día de Viernes Santo era costumbre que los reyes de Francia toca- 



LIBRO TERCERO 49 

sen las escrófulas, función penosa, ciertamente, pero que estaba fundada 
en la creencia popular que atribuía á los reyes el privilegio de curar a los 
individuos atacados de esa terrible enfermedad. «El rey, con la mano des- 
nuda, dice un antiguo formulario, se coloca delante del enfermo y extien- 
de su mano desde la frente á la barba y desde una oreja á otra, diciendo: 
El rey te toca, Dios te cura. Luego, el primer maestresala, ó el maestre- 
sala de servicio, toma una toalla mojada en vino y agua, que presenta al rey 
para lavarle la mano después de tan sucios servicios. Hecho esto, el rey se 
va á comer y generalmente come mal, asqueado por el olor y la vista de 
aquellas llagas y grandes fetideces; pero la santa caridad cristiana se sobre- 
pone á todo.» 

Un Viernes Santo, Luis XIV tocó, en una sola sesión, á mil ochocien- 
tos escrofulosos. 

Carlos X, al día siguiente de su coronación, tocó también ciento vein- 
te \eccs las escrófulas de los enfermos que le fueron presentados por Ali- 
bert y Dupuytren. 

Los reyes de España indultan el día de Viernes Santo á algunos conde- 
nados á muerte. En el acto de la adoración de la Cruz, el prelado celebran- 
te, dirigiéndose al monarca y señalándole los expedientes que atados con 
sendas cintas negras hay dispuestos en una bandeja, le dice: «¿Perdonáis á 
esos reos para que Dios os perdone?,» y el rey, poniendo la mano sobre 
aquéllos, contesta: «Los perdono para que Dios me perdone.^) Dichas es- 
tas palabras, se cambian las cintas negras por cintas blancas y quedan in- 
dultados de la pena capital los que no habrían tardado en ser ejecutados, 
sin esta piadosa costumbre. 

Una de las tristes particularidades del viernes de la Semana Santa en 
París consiste en los banquetes de carne (cá i jr. jo pour les citoilliens et á 
I fr. 10 pour leiirs époiises» (á i franco 50 para los ciudadanos y á r fran- 
co 10 para sus esposas), según el estilo y la ortografía de ciertos carteles 
colgados en el aparador de ínfimos figones de nuestros arrabales. En este 
día hay, pues, gentes que para distinguirse sienten la necesidad de comer 
de carne. 

Basta ver de cerca á los comensales de esos ágapes de odio y de impie- 
dad para comprender los seres sórdidos y repugnantes que puede encerrar 
la hez de la sociedad. ¡Qué espectáculo y qué gente! Imposible encontrar 
una reunión más completa de fealdades físicas y morales juntas en los 
mismos individuos; diríase, en verdad, que es aquello un festín de truha- 
nes, mendigos de profesión y fingidos lisiados de la famosa Corte de los 
Milagros: rostros embrutecidos por el vicio, tocados significativos, trajes 
harapientos, voces roncas que vomitan blasfemias, forman un conjunto 
que inspira asco. La sola vista de tales gentes es instructiva y ha sido á 
muchos provechosa. 

Por fortuna esto constituye una excepción, puesto que, á pesar de la 

Tomo i I ,1 



50 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

irreligiosidad de nuestros tiempos, el Viernes Santo sigue siendo un día 
aparte, aun en los centros más populares. 

La estadística de los mercados de París nos demostrará cuál es la opi- 
nión "eneral: en uno de los últimos Viernes Santos lleváronse á ellos 
11.332 kilogramos de carne, de los que sólo se despacharon para restau- 
rants y vendedores ambulantes, 5.700, no habiendo durado la venta más 
que tres horas; en cambio entraron 106.000 kilogramos de pescado y 15.000 
de mariscos: y á las tres horas no quedaba, según parece, ni un miserable 
gubio, y esto que el día antes habían entrado ya 50.000 kilogramios de 
pescado y 17.000 de marisco. 

De una información sumaria hecha en los principales restaurants de 
'París resulta, al parecer, que de cien consumidores, noventa comen de 
pescado el Viernes Santo; las cifras comparadas de las ventas de pescado y 
de carne corroboran esta apreciación. 

Como se ve, la protesta de los incrédulos no comprende sino una pro- 
porción mínima de los habitantes, incluso en París, la ciudad librepensa- 
dora por excelencia. 

En la marina es en donde la tradición oficial del Viernes Santo ha sido 
observada con mayor religiosidad y en la que ha sobrevivido más tiempo 
á las transformaciones políticas y sociales. 

El marino, perdido en la inmensidad del cielo, en la profundidad del 
Océano, en la altura de las olas y en las indecisas líneas del horizonte, y 
como ningún otro hombre convencido de la fragilidad humana, se con- 
serva, si no piadoso, por lo menos creyente en alto grado. 

Y es que no cuenta sólo con la brújula fiel para guiarle al través de los 
móviles desiertos sobre los cuales se balancea su existencia indecisa y 
siempre en peligro; sino que sabe que si la vela empuja el barco mar 
adentro. Dios es quien hace soplar el viento favorable ó levantar los terri- 
bles aquilones. Y entre los rudos obreros de nuestro tiempo, el marino es 
tal vez el único que ignora las abdicaciones y los desfallecimientos de un 
miserable respeto humano; y con una sencillez, á la par conmovedora y 
crrandiosa, cada vez que se embarca, delante de todos, con la cabeza des- 
cubierta y la frente alzada hacia el cielo, traza con su callosa mano un 
erran signo de cruz sobre su pecho y pronuncia en alta voz las palabras de 
la solemne y breve invocación. 

Como muestra, reproducimos el texto de una orden del día, dada á bordo 
por un almirante la víspera de un Viernes Santo: t< Mañana, á las ocho de 
la misma, los buques anclados en la rada y en el puerto pondrán su ban- 
dera á media asta y sus vergas inclinadas. Los establecimientos marítimos 
izarán su pabellón, y el comandante mayor de la rada hará disparar un 
cañonazo cada media hora, desde las diez hasta la puesta del sol. Las mis- 
mas disposiciones se observarán al día siguiente hasta el momento en que 
se echen á vuelo las campanas. En aquel momento se izarán las banderas. 



LIBRO TERCERO 5 I 

se enderezarán las vergas y se disparará en la rada una salva de veintiún 
cañonazos.» 

En Bogotá, capital de Nueva Granada (i), el día de Viernes Santo se 
colgaban, según parece, en varios sitios algunos maniquíes que represen- 
taban á Judas ó á Satanás, y en cuanto se entonaba en las iglesias el Glo- 
ria eran descolgados, entre el ruido de petardos y de campanas, y abando- 
nados al pueblo, el cual, después de haberlos arrastrado por las calles, los 
arrojaba al fuego vociferando las maldiciones que son de suponer. 

Esta costumbre se conserva, desde tiempo inmemorial, en algunos 
pueblos de la isla de Mallorca. 

La ejecución era tanto más fácil, cuanto que los maniquíes habían sido 
previamente impregnados de materias inflamables y á veces rellenados de 
fuegos artificiales que hacían explosión en el momento que se deseaba. 



(i) Actualmente Colombia. 



CAPITULO III 

FIESTAS POPULAkES DESPUÉS DE LA ERA CRISTIANA {COntimuiciÓn) 

La Pascua de los hebreos y la Pascua de los cristianos: la hierba amarga y el cordero pas- 
cual. — Pascua en la Edad media. — Historia de los huevos de Pascua: la colecta de los 
huevos.— Pirámides de huevos en el palacio de Luis XIV. —La Pascua rusa: el cordero 
de manteca. — til lunes de Pascua entre los jóvenes húngaros: el banquete de agua. — 
Origen de \o?, poissons d'avril (inocentadas): burlas históricas.- Los árboles de mayo y 
las corporaciones. — Las Fiestas mayas en España. ^Cuándo estaba prohibido pegar á 
la esposa? La cabalgata en asno, costumbre de Luxeuil. — Las procesiones del Corpus 
en 1702: relato oficial. — Descripción de la fiesta del Ser Supremo.— Fiesta de las donce- 
llas: el sombrero de rosas. — Las solemnidades de la hoguera de San Juan: ramas de no- 
gal y dientes de ajo. — Proveedor ordinario de los gatos para la hoguera de San Juan. — 
Fiestas en el Chatelet de París: los paraninfos de septiembre; las confituras de los ba- 
chilleres. — Misterios y farsas del reino de la Curia. — El día de Difuntos en Roma: el 
convento de los Capuchinos. — La fiesta de San Nicolás en Hungría. 

Siguiendo el calendario, llegamos al estudio de las fiestas de Pascua. 
Comencemos por recordar lo que era la Pascua de los hebreos, que tenia 
un carácter muy distinto de la de los cristianos. 

La Pascua judía era la única fiesta nacional en la que no se permitía 
tomar parte directa dios extranjeros^ y el pueblo de Dios la celebraba du- 
rante una semana, estando dedicados al reposo el primer día y el último. 
Todas las ceremonias de la misma recuerdan los episodios de la salida de 
Egipto: la víspera del primer día se comía la hierba amarga mojada en vi- 
nagre, para recordar la tristeza de la servidumbre; se narraban en tono 
cadencioso las diez plagas de Egipto y se comía de pie, con un palo en la 
mano, como si se tratara de emprender una marcha, el cordero pascual 
asado, cordero macho, de un año y sin ninguna mancha. Nuestro Señor, 
fiel observador de la ley, ratificó la costumbre antes de instituir la Pascua 
nueva. 

El cordero de Pascua se inmolaba al finalizar el día y por la noche se 
comía con lechugas amargas; pero no era permitido romper los huesos ni 
dejar la carne y por esta razón los israelitas se reunían en grupos para 
conformarse con estas prescripciones. Durante los siete días no comían 
más que pan sin levadura (no fermentado), al que daban el nombre de ázi- 
mo; pan de esclavitud amasado en el temor del amo y del cual dice la 
oración pascual atribuida á Esdras: (vEste es el pan de miseria con que se 
alimentaron nuestros padres en Egipto.» Y todavía hoy, después de trein- 



LIBRO TERCERO 53 

ta y cuatro siglos, los hijos de Israel siguen celebrando la Pascua, bien que 
modificada. 

En los primeros tiemipos, el jefe de familia era el sacrificador; pero 
más adelante la inmolación fué sobre todo obra sacerdotal que se verifi- 
caba con un ceremonial solemne. 

El arte musical había alcanzado, según parece, gran desarrollo entre 
los hebreos, y sabido es que la voz humana se acompañaba con los más 
variados instrumentos. Así, aun antes de Abraham vemos á Jubal inven- 
tar instrumentos de cuerda y á Tubalcaín fabricar instrumentos de percusión, 
y Moisés y el pueblo «entonaron el cántico de acción de gracias» al son 
de tambo riles. 

Cuando Jacob huye de casa de Labán, éste le dirige el siguiente suave 
reproche: «¿Por qué has querido huir sin saberlo yo, y sin avisarme, para 
que te acompañase con alegría y cantares y panderetas y vihuelas (i)?» 

En el desierto, Moisés da la señal de partida haciendo sonar dos trom- 
petas de plata, y la trompa (2) llega á ser el instrumento religioso usado 
entre los judíos. Finalmente, en las fiestas principales del tiempo de Salo- 
món, cuatro mil ftít/z/o/'í'j 3' w/w/rcj se acompañaban con cítaras, arpas trian- 
gulares (3), cornamusas (4), címbalos y ruidosas trompetas (5). Sin em- 
bargo de todo esto, no se ha conservado ni una sola línea de música. 

Los cristianos dan el nombre de Pascua (6) á la fiesta instituida en 
memoria de la resurrección de Jesucristo, que vemos solemnizada desde 
los primeros siglos del cristianismo con toda la pompa que podían permi- 
tir las circunstancias. 

En este día, como en el Domingo de Ramos, se manumitía á algunos 
esclavos, y cuando los Césares reconocieron la religión de Jesucristo, mu- 
chos emperadores mandaron poner en libertad, con ocasión de esa fiesta, 
á varios presos, especialmente á los que estaban encarcelados por deudas. 
La costumbre de bendecir un cordero asado, que después se distribuía en- 
tre los clérigos, duró mucho tiempo, según dice M. O. Haward en un 
interesante libro (7). Posteriormente el cordero fué substituido por peque- 
ños pasteles de carne de este animal que se repartían hacia el final de la 
misa. En algunas localidades, canónigos y capellanes bailaron una espe- 
cie de sardana en las mismas naves del templo: esta danza, llama berge- 
rette, se introdujo en la catedral de Besanzón en el siglo xii y subsistió 
hasta 1757, á pesar de las prohibiciones reiteradas de los concihos gene- 
rales de Viena v de Basilea. 



(i) Génesis, XXXI, 27. 

(2) O schofar. 

(3) Kinnor, el instrumento de David. 

(4) Ugab. 

(5) Ha'-\ot:{erotli. 

(6) La Pascua cae entre el 22 de marzo y el 2S de abril, lechas máximas. 

(7) Les fétes de nos peres. 



54 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Pero de todas las costumbres pascuales la más popular, sin duda algu- 
na, es la de los huevos de Pascua. 

¿Cuál es su historia? 

Sabido es que durante mucho tiempo estaba prohibido comer en cua- 
resma, no sólo carne, sino también huevos; así es que el día de Pascua 
la gente se apresuraba á ir á hacer bendecir una cantidad de ellos para 
comérselos en familia v distribuirlos como regalo á los vecinos y á los 



amigos. 



Añadamos que muchos censos feudales se pagaban en huevos y que con 
frecuencia se estipulaba que éstos se entregarían el día de Pascua, particu- 
laridad que contribuyó muy especialmente á generalizar y desarrollar la 
costumbre que estamos estudiando. 

Había además la procesión de los huevos que organizaban los estudian- 
tes parisienses: pasantes, alumnos, aprendices y otros muchachos se re- 
unían en las plazas públicas y se dirigían á la iglesia principal para cantar 
en coro piadosos himnos, dispersándose luego á fin de recoger de puerta 
en puerta los huevos que cada famiha había reservado ya para ellos. 

Esta especie de procesión, que generalmente se describe con el nom- 
bre de «colecta de los huevos,» era magnífica, según dicen las crónicas de 
la época: en las torres de las iglesias flotaban banderolas de brillantes co- 
lores; las campanas tocaban á vuelo, y el alegre cortejo, precedido de tam- 
bores, trompetas y pífanos, recorría las calles, llevando ricas banderas, 
bastones encintados, lanzas y estandartes y cantando á voz en cuello 
Laudes. Además de las falanges de jóvenes figuraba en la procesión un cor- 
tejo burgués, seguido de las corporaciones, de los artesanos y de los criados. 

Las gentes del pueblo que hacían esta colecta llevaban una vulgar 
cesta de mimbre colgada del cuello; las demás la escogían más ó menos 
adornada según su respectiva fortuna. Algunas jóvenes de las castas privi- 
legiadas se las hacían llevar por jóvenes pajes ó por perros cubiertos de 
telas de seda de distintos colores y conducidos por lacayos con trajes más 
ó menos abigarrados. En esta forma iban los peticionarios de casa en casa 
y ninguna de las personas visitadas se habría atrevido á negar los huevos 
solicitados (i), porque la mayor parte de la colecta estaba destinada á los 
hospitales de leprosos ó á los indigentes. 

Todavía hoy en ciertas aldeas del Mediodía de Francia y en todas las 
de Mallorca muchos feligreses conservan la costumbre de ofrecer á sus pá- 
rrocos una cesta de huevos con ocasión de la fiesta pascual. 

Como, á consecuencia de la rigurosa observancia de la cuaresma en 
otro tiempo, no se podían comer ni vender huevos durante el tiempo 
cuaresmal, se adoptó la costumbre de cocerlos para conservarlos, y así se 
hace todavía. 



(i) Osear Lconi. 



LIBRO TERCERO 5 5 

Hasta la época de Luis XIV no se introdujo el uso de pintarlos para la 
venta, habiendo sido un tal Solirene, establecido «en la bajada del Puente 
Nuevo, cerca de la Samaritana,» el primer industrial que vendió huevos 
encarnados. 

Esta innovación tuvo extraordinario éxito, y Saint-Simón nos dice en 
sus Memorias que era costumbre la víspera de Pascua levantar en la mis- 
ma cámara de Luis XIV verdaderas pirámides de huevos pintados que lue- 
go el monarca regalaba á sus cortesanos. 

En los siglos xvii y xviii, á la saHda de la misa de Pascua, se ofrecían 
al rey cestas de' huevos dorados ó decorados artísticamente. Dos pintores 
célebres, Lancret y Watteau, no se desdeñaron de ilustrar esas frágiles cas- 
caras, y entre las curiosidades de la biblioteca de Versalles se han conser- 
vado dos huevos muy adornados dedicados á madama Victoria de Francia, 
hija del rey Luis XV. 

Los griegos cismáticos solemnizan también grandemente el día de la 
resurrección de Nuestro Señor. «En Rusia, durante la Semana Santa y en 
previsión del día de Pascua, la mayor preocupación de las amas de casa 
es la confección de excelentes babas, bizcochos así denominados, según 
se cree, porque generalmente son obra de las babas (aldeanas). Llegado el 
día de Pascua, se cubre de manjares una inmensa masa que permanece 
dispuesta durante los tres días de la fiesta; en el centro de la misma se 
coloca sobre hojas un cordero de manteca, adornado con una banderita de 
vivos colores, y á derecha é izquierda del mismo hay varias fuentes de 
fiambre ó de lacticinios, una cesta de huevos encarnados y varios platos 
llenos de simientes de diferentes clases de trigo; por último, en los cuatro 
ángulos de la mesa, se alzan montones de suculentos babas que han de 
hacer honor á la dueña de la casa. Aunque todo el mundo tiene grandes 
deseos de romper el largo ayuno de la cuaresma, nadie se permite tocar á 
los manjares antes de que vaya á bendecirlos el pope; pero en cuanto éste 
ha echado la bendición, cada cual escoge lo que más le gusta y empieza 
la comida. Aquel día los aldeanos, vestidos con sus mejores galas, acuden 
en masa desde los más apartados caseríos á la iglesia parroquial. Las mu- 
jeres llevan todas trajes claros y hasta las que están de luto reciente se des- 
pojan para la fiesta de sus obscuras vestiduras. «¡Cristo ha resucitado! 
¡Christos vaskress! ,)) tal es la exclamación que repiten los lejanos ecos; y 
todos se dicen, besándose mutuamente: «¡En verdad, Cristo ha resuci- 
tado!» 

A media noche, un cañonazo que precede al volteo de las campanas 
anuncia la fiesta á aquellas personas que por su edad ó por sus enferme- 
dades no han podido ir á la iglesia; los sacerdotes, seguidos de los fieles, 
forman procesiones á la luz de las antorchas, y una vez terminada la misa, 
las gentes regresan á sus hogares y en cada casa se celebra el festín. Aque- 
lla noche figuran en todas las mesas los platos tradicionales: h paska, que- 



56 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

SO pascual, coronado por la cruz griega; el ladiich, bollo con pasas; el pe- 
queño cordero de manteca; los huevos encarnados que se rompen cho- 
cando cada comensal los suyos con los del vecino; los fiambres y el te 
perfumado. Durante varios días, las mesas permanecen puestas y cubier- 
tas de vituallas, y todo ruso que visita la familia es invitado á tomar parte 
en el banquete. 

Algunos califican de Pascua de los Turcos la fiesta musulmana del Bei- 
ram; pero aunque también en ésta los regocijos del rito van precedidos de 
un ayuno^ aparte de este detalle no existe relación alguna entre el Beiram 
y las Pascuas de los cristianos, ni siquiera de los cismáticos. 

En Hungría, según parece, el lunes de Pascua, los pretendientes ace- 
chan desde el amanecer á las muchachas de su aldea para llevarlas junto 
á las fuentes ó junto á los pozos, y allí jugueteando con ellas les echan en 
la cabeza, con una hberalidad de la que las chicas les harían gracia de 
buena gana, un cubo de agua. Además de esto, todavía reclaman una 
contribución: la víctima ha de darles un huevo y un beso; el huevo se da 
sin dificultad, pero el beso todas procuran escamotearlo, recurriendo á la 
astucia, buscando rodeos, huyendo y corriendo entre las risotadas de to- 
dos. Hay que hacer constar, sin embargo, que los héroes de estas escenas 
son generalmente novios, legeny (i). 

La fecha del primero de abril trae consigo la idea de los bromazos co- 
nocidos con el nombre de «poissons d'avril» («peces de abril»). 

¿Cuál es el origen de esta extraña denominación? Veamos ante todo 
las etimologías que acerca de este particular se citan. 

«Cuéntase que Francisco, duque de Lorena, á quien Luis XIII tenía 
prisionero, logró escaparse del castillo de Nancy en i.° de abril, atrave- 
sando el río á nado, lo que hizo decir á los loreneses que les habían dado 
á guardar un poisson (pescado).» Para admitir semejante explicación se ne- 
cesita una gran dosis de buena voluntad; pues la aventura de aquel du- 
que es demasiado poco conocida para haber dado origen á una costumbre 
tan general como la que nos ocupa. 

Según otros etimologistas, la palabra poisson es una corrupción de pa- 
sión, y en este caso los bromazos de primero de abril no serían otra cosa 
que una alusión sosa é indecente á uno de los episodios principales de la 
pasión de Jesucristo que en esta época se conmemora, es decir, á la ma- 
nera insultante con que los judíos enviaron al Salvador de un tribunal á 
otro, haciéndole ir «de Caifas á Pilatos,» obligándole con ello á recorrer 
varios trayectos á modo de insulto y de irrisión. 

Esta explicación parece igualmente inadmisible; consta, en efecto, que 
los poissons d'avril se practicaban en las épocas en que la fe cristiana era 



i) J. des voy., 771. 



LIBRO TERCERO 57 

objeto de los respetos del pueblo y de la protección del poder: pues bien; 
suponer que los episodios sagrados de la pasión de Jesucristo daban lugar 
á diversiones impías, á parodias blasfemas entre las poblaciones indiscuti- 
blemente piadosas,, es una hipótesis inaceptable. Si los misterios gozosos 
fueron á veces ocasión de fiestas impropias, en cambio el drama del Cal- 
vario aparece siempre rodeado de una veneración profunda, y se habría cas- 
tigado pronta, rápida é implacablemente al temerario que para divertirse 
hubiera osado asociar á parientes, amigos y vecinos á una profanación tan 
grande. 

Por otra parte, y esto resuelve la cuestión, en ningún texto vemos 
substituida la palabra «poisson» por «pasión.» 

Buscando otra etimología, he aquí lo que se nos ocurre como pro- 
bable. 

Ya hemos visto que para glorificar el día de la resurrección del Salva- 
dor se había procurado hacer comenzar el año en i." de abril, es decir, 
el principio del mes más inmediato á Pascua (i), y que Carlos IX (2) fué 
quien restituyó este honor al i.° de enero; resultó de ello que durante 
mucho tiempo el día de año nuevo, y por ende el de los aguinaldos, va- 
rió según las regiones, ya que unos aceptaron la modificación del calen- 
dario, y otros, aferrados á las antiguas costumbres, persistían en inaugurar 
el año con un alegre aleluya pascual. 

Cabe, pues, preguntarse si la malicia popular, de acuerdo en esto con 
una legítima preocupación de economía, encontraría perfectamente natu- 
ral reemplazar en i.° de abril los regalos de año nuevo con broma- 
zos, en los que la alegría y las burlas inocentes hacían las veces de pre- 
sentes onerosos, que la gente no quería hacer dos veces al año. Se obse- 
quiaban, por consiguiente, con «farsas y alegres diligencias,» pero no se 
repetía el desembolso. 

Y si se tiene en cuenta que en algunos lugares la inocentada más co- 
rriente consiste en dar á aquellos á quienes se quiere engañar algunas mo- 
nedas de poco valor destinadas á comprar cosas ridiculas ó completamen- 
te imaginarias, en tal caso la explicación que proponemos tomará alguna 



consistencia 



Destronado por el i.° de enero, que había sido declarado fecha oficial 
y legal, el i.° no se caracterizó más que por regalos ficticios y por un si- 
mulacro de aguinaldos. 

He aquí algunos ejemplos de estos poissons, ó inocentadas. En los re- 
gimientos se envía á un soldado torpe á comprar «extracto de acero para 
limpiar las cartucheras,» ó «esencia de leña para encender fuego...» En 



(i) En i347, por ejemplo, Pascua cayó precisamente en i." de abril. 

(2) Durante su permanencia en el castillo de Rousillón, en el Delfmado, Carlos IX 
dictó en 1.064 una ordenanza por la cual se disponía que el año empezara en i.°de enero 
en vez de i.° de abril. 



58 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

las oficinas públicas no falta nunca un empleado que encargue á un chi- 
quillo recadero, muchacho de buena pasta, que vaya d comprar un pa- 
quete de «polvo de patagón,» ó una botella de «aceite para despegar,» ó 
que, provisto de un metro, vaya al Tesoro á tomar la medida exacta del 
libro Mayor... 

«En Audierne mandan á buscar «la piedra de afilar la crin;» en Gi- 
nebra «una mecha de agujeros cuadrados;» en Berhn se dice á los mucha- 
chos que se procuren en la botica un frasco «de sangre de cangrejo» ó un 
pfenig de «semilla de mosquito (i)» 

Hay bromazos de estos que se han hecho célebres. Así, cierto año en 
que el i.° de abril coincidía con la Mi-Careme, un funcionario de Lyón 
llamado Lemaire se divirtió enviando invitaciones respectivas á las perso- 
nas notables de la ciudad, las cuales se encontraron de este modo invita- 
das unas en casa de otras el mismo día y á la misma hora (2). 

Saint-Simón refiere que el elector de Colonia Madoux hizo una vez 
anunciar á son de trompa y de tambor que predicaría en la catedral tal 
día, que resultaba ser el i.° de abril. A la hora señalada, la iglesia estaba 
llena de toda la gente distinguida de la ciudad... Llegó el elector, con- 
forme habían anunciado los voceros, subió al pulpito y exclamó: «¡Poisson 
d'avril!,» después de lo cual, dice Saint-Simón, desapareció. 

Famoso también es el bromazo de un jorobado de Estrasburgo llama- 
do Sulzberger, el cual, en i.° de abril de 1775, convocó por medio de 
cartas individuales á todos los hombres deformes de la población en una 
vasta sala. Todos acudieron puntualmente, y cuando estuvieron reunidos, 
apareció el bromista y les dijo: «Señores, en mi calidad de jorobado, os 
he congregado para aconsejaros que no os fiéis de los graciosos sobre todo 
en i.° de abril...» 

Citemos asimismo una pesada broma que dio al marqués de Gramont 
el conde de Tolosa, hijo de Luis XIV y de Mme. de Montespán. En la 
noche de 3 i de marzo, mientras el marqués dormía, todas las prendas de 
su traje, jubón, chupa y calzones, fueron descosidos, estrechados, vueltos 
á coser y colocados luego exactamente en el mismo sitio en donde aquél 
solía dejarlos; al día siguiente, al levantarse, Gramont quiso vestirse, pero 
¡que si quieres!, y mientras, sorprendido, sentía cierta inquietud y comen- 
zaba á creer que se trataba de un sortilegio, entró un amigo, que estaba 
en el secreto, diciéndole: «¡Cielos, marqués, qué hinchado estáis! ¿Qué 
os pasa? — No sé, en verdad..., pero el hecho es innegable, puesto que no 
puedo ponerme la ropa que ayer llevaba todavía. — ¡Bastante lo veo! 
¡Ea, acostaos en seguida, amigo mío, y enviad á buscar á toda prisa un 
médico!» 

El médico no estaba lejos; era el conde de Tolosa, que acechaba el 

(i) M. o Havard. 
(2) T. Grinim. 



LIBRO TERCERO 59 

momento favorable, disfrazado con el traje de Diafoirus, Entró en el cuar- 
to del marqués, tomó el pulso al supuesto enfermo, meneó la cabeza, pi- 
dió una hoja de papel y extendió la siguiente receta bufa y macarrónica: 
((Accipe cisalia et dissiie piirpiinctum» (toma unas tijeras y^descose tu jubón). 

Gramont comprendió que se habían burlado de él y á punto estuvo de 
enfermar de cólera, después de haber estado casi enfermo de miedo. 

Terminemos relatando otra anécdota. Un i.'' de abril, Enrique Mo- 
nier, de alegre memoria, entró en uno de los restaurants más acreditados 
del bulevar; púsose á hablar con el dueño del establecimiento, y señalán- 
dole á un buen señor que comía solo en una mesa inmediata, le preguntó, 
llevado de su buen humor: «¿Conocéis á ese individuo? ¡Es el verdugo de 
Versalles!» El fondista, armándose entonces de valor, se acercó al pacífi- 
co sujeto y le dijo humildemente: «Caballero, tened la bondad de no vol- 
ver por aquí, os lo ruego; habéis sido reconocido, y dada mi clientela, ya 
comprenderéis...^ — ¿Pero por quién me tomáis? — Os tomo por lo que 
sois..., por el verdugo de Versalles. — ¿Y quién os ha dicho tal cosa? — 
Aquel caballero, repuso el fondista desconcertado, señalando á Enrique 
Monier, que empezaba á alarmarse de veras pensando en cómo acabaría su 
pesada broma. — ¡Oh! Si es ese caballero quien lo ha dicho, exclamó enton- 
ces el falso verdugo levantando mucho la voz, no he de negarlo; él mejor 
que nadie debe saberlo, porque yo fui quien, el día antes de que saliera 
para el presidio, le puso la marca de presidiario...» Y dicho esto, se levan- 
tó, pidió la cuenta^ pagó y salió tranquilamente, lanzando á Monier una 
mirada de triunfante ironía. 

Aquella vez el terrible guasón había encontrado quien le diera quince 
y raya en materia de bromazos. 

La idea de las manifestaciones de i.'' de mayo, que tan rápidamente 
se ha propagado en los centros obreros, es nueva, y sin embargo ya anti- 
guamente era día de huelga; pero los regocijos de entonces en nada se 
parecían á las consabidas alarmantes reivindicaciones internacionales. 

En otro tiempo, los jóvenes campesinos colgaban delante de la puerta 
de la casa de su novia un ramo verde enlazado con una rama de ojiacan- 
to, y asimismo se plantaba delante de las viviendas de las personas á quie- 
nes se quería obsequiar un árbol de selecto follaje que se denominaba 
mayo. En la Edad media, esta fecha era señal de grandes fiestas en la cor- 
te de Francia, en donde los príncipes ofrecían presentes á los personajes á 
los cuales querían dar una prueba de su favor. Entre señores, era costum- 
bre cambiar entre sí «un mayo,» es decir, un reto cortés, y á esto se le 
llamaba «esmayarse.» 

En las provincias del Norte de Francia celebróse durante mucho tiem- 
po en dicho día una ceremonia campestre denominada «¡a bendición de ¡os 
trigos:» las muchachas, vestidas de blanco, y los aldeanos y las aldeanas 



60 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

adornados con guirnaldas, recorrían los campos arrojando flores y hojas 
de boj al paso del sacerdote. 

El mes de mayo era ya «el mes de la Señora Virgen,)) como se decía en- 
tonces, una de las muchas pruebas de la antigüedad de esta devoción es 
la siguiente: la corporación de los joyeros de París llevaba todos los años 
su mayo á Nuestra Señora; en 1449 ofrecióle un árbol verde, llamado 
muyo verdegueante, que, después de la ceremonia, fué colocado en la capi- 
lla de la Virgen; y en 1499 ofrecióle, además del mayo, una artística la- 
bor de arquitectura y escultura, especie de obra maestra en íorma de ta- 
bernáculo. 

En 1608, la corporación resolvió añadir al tabernáculo,, y «como ho- 
menaje á la Virgen,» algunas pinturas designadas con el nombre de cua- 
dros de mayo y firmadas por los primeros maestros de la época: por ejem- 
plo, el de 1649, que puede verse en el Louvre, es debido al pincel de 
Eustaquio Lesueur. 

Todavía en 1789, los pasantes de la Curia, siguiendo antigua costum- 
bre, plantaron un árbol en el Palacio de Justicia, denominado patio del 
Mayo. Antiguamente los curiales habían obtenido de Francisco I el privi- 
legio de ir á escoger su mayo en las haciendas reales; generalmente co- 
gían tres encinas jóvenes en el bosque de Bondy y los dos árboles que no 
se plantaban eran vendidos, sirviendo su producto para cubrir parte de los 
gastos de un festín. 

En Nimes la juventud aclama á una doncella á la que se da el nom- 
bre de Reina Maya, y á la que se coloca en sitio muy frecuentado, en una 
especie de nicho adornado con follaje y flores, mientras sus compañeras 
piden limosna á los transeúntes para formarle un dote. 

Por otra parte, la costumbre de elegir una reina de Mayo está muy 
extendida. En la Bresse, la reina ó la desposada, cubierta de ramos, de 
cintas y de joyas y dando la mano á un mozalbete, abre la marcha de una 
especie de procesión. En los alrededores de Grenoble, todavía encontra- 
mos la fiesta del i.° de mayo y «de su desposada.» 

En el condado de Borgoña, el mes de mayo era un mes privilegiado 
para las mujeres casadas, porque en virtud de una decisión de Juan de la 
Palud, señor de Luxeil, dictada en una instancia presentada en 1543 por 
las mujeres de aquella región contra sus esposos, se prohibió nuevamenie á 
los maridos pegar á sus esposas durante el mes de mayo (r). Lo propio suce- 
día en otras provincias. Y cuando algún marido olvidaba esta prohibi- 
ción, «era paseado en un asno,)) según consta en los registros de las asam- 
bleas de justicia de la aldea de Devecey, próxima á Besanzón: «Tantas 

(1) Una superstición, de la que existen todavía muclias huellas en provincias, conside- 
ra el mes de mayo como de mal augurio para las bodas. Ya Ovidio, en sus Fastos, aconse- 
jaba á las solteras y á las viudas «que no encendiesen, en este mes, la antoicha del hime- 
neo, so pena de verla convertirse pronto en antorcha funeraria.» 



LIBRO TERCERO 6 I 

cuantas veces un marido pega á su esposa en el mes de mayo, las muje- 
res del lugar han de hacerle trotar en un asno, para regocijo y diversión. 
Se le colocará entonces en una carreta y en cepo, y así será llevado por 
espacio de tres días, dándole únicamente su derecho para vivir, es á saber: 
pan, agua y queso. 

Y las mujeres de Devecey hacían efectivamente uso de su privilegio, 
puesto que en una relación de 1427, por ejemplo, vemos que cierto ma- 
rido brutal había sufrido el castigo del paseo en asno por haber adminis- 
trado en mayo una corrección manual á su esposa. De este texto resulta 
que en el resto del año los maridos violentos dislrutaban de una libertad 
relativa y que, en todo caso, no habían de temer las represalias de las 
mujeres de la vecindad. 

En España, las fiestas mayales se celebran desde tiempo inmemorial. 
Covarrubias (1) dice que «maya y mayo es una especie de representación 
que hacen los muchachos y las doncellas poniendo en un tálamo un niño 
y una niña que significan el matrimonio, y está tomado de la antigüedad 
porque en este mes era prohibido el casarse, como si dijéramos ahora ce- 
rrarse las velaciones.» En algunas provincias se substituye la pareja intantil 
por una hermosa joven que llaman maya, la cual es colocada en un estrado 
mientras sus amigas excitan á los transeúntes, con bandejas llenas de flores 
en unas partes^ en otras pasándoles un cepillo por la ropa, á que regalen 
una moneda á su maya, diciéndoles al efecto los siguientes Hsonjeros es- 
tribillos: «Echa mano á la bolsa, cara de rosa,» si es mujer, ó, si es hom- 
bre, «Echa mano al esquero, buen caballero.» Esta costumbre fué prohi- 
bida por el rey Carlos III por decretos de 20 de abril de 1769 y 21 de 
abril de 1770; imponiendo á los infractores diez días de cárcel y diez du- 
cados y demás penas que juzgase la Sala, atendida la calidad de las per- 
sonas y las circunstancias de la contravención. Igual prohibición reiteró 
el rey Carlos IV en 2 de mayo de 1789. 

En algunos pueblos de la misma península se pone en un lugar públi- 
co «un árbol ó palo algo adornado de cintas, frutas y otras cosas, adonde 
durante el mes de mayo concurren los mozos y mozas á divertirse con 
bailes y otros festejos (2).» Este cúmulo de fiestas dio sin duda origen al 
refrán: «Mayo mangonero, pon la rueca en el humero.» 

Cataluña y las Baleares han dado aspecto religioso á estas costumbres 
profanas, trasladándolas al día 3, fiesta de la Invención de la Santa Cruz, 
y substituyendo el estrado delama^'a por un altarcito adornado con flores 
y luces, ante el cual las jóvenes piden, con estribillos en verso parecidos 
á los transcritos, una limosna, que luego invierten en una merienda. 

Los reyes de Castilla y de Navarra, durante los siglos xiii y xiv, cele- 
braban la fiesta del i.° de mayo vistiendo y haciendo que vistieran los 

( I ) Tesoro de la lengua castellana. 
(i) Diccionario de la Real Academia. 



62 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

grandes y personas de distinción de sus respectivas cortes, sendas liopas 
de color verde, según resulta de algunas cédulas reales que se conservan. 

En el mes de junio encontramos la fiesta del Corpus, celebrada de una 
manera tan regular y constante, que hasta en el tumultuoso año 1792 
verificóse en pleno París la tradicional procesión con tanta pompa y re- 
cogimiento, que bien puede creerse que el odio popular de aquel tiempo 
más era contra la autoridad real que contra la idea religiosa. 

Desde los primeros días de junio la Municipalidad había dictado un 
decreto con intento de dificultar las manifestaciones piadosas del Corpus; 
pero inmediatamente se formularon enérgicas protestas, sobre todo en los 
barrios populosos. La sección de los Arcis (i) era una de las más revolu- 
cionarias de la capital, y sin embargo, habiendo ido Petión á visitarla el 
mismo día en que se había fijado en las calles el decreto municipal, fué 
recibido á pedradas hasta por los mismos sans-culottes (2), furiosos al ver 
que se trataba de impedir la celebración de aquella fiesta. El procurador 
Manuel estuvo también á punto de ser tan maltratado como el alcalde por 
haber hecho decir en los periódicos que los ciudadanos podrían, si que- 
rían, no adornar las fachadas de sus casas. 

A pesar de todo, el día señalado se celebraron en todos los barrios de 
la capital hermosas procesiones. 

El diario Les Révolidions de París, cuyos redactores rivalizaban en ateís- 
mo y demagogia con Hebert, Marat y Camilo Desmoulins, dio, sin embar- 
go, cuenta de la ceremonia en los siguientes términos, en su número de 9 
de junio de 1792: «A pesar del decreto de la municipalidad y del mal tiem- 
po, el clero parisiense no quiso desistir de su empeño y se paseó por el 
barro, teniendo la satisfacción de ver las calles alfombradas, quizás aún 
C071 más esmero que de ordinario.» 

Por su parte, el ciudadano Butard, empleado en la policía secreta, en 
un curioso parte dirigido en aquella ocasión al Ministerio del Interior (3), 
dice: «Mis primeras miradas, en este día del Corpus, han sido para las 
procesiones. En muchas iglesias he visto mucha plebe y sobre todo las es- 
posas de los sa,is-cu¡oUes. Entre las solemnidades figuraba la procesión de 
costumbre... Llego á la calle de San Martín, cerca de San Merr}^ oigo un 
tambor y veo un estandarte; todo el barrio sabía ya que de la parroquia 
de San Leu iba á salir la procesión. Salgo al encuentro de ésta y veo una 
docena de sacerdotes, al frente de los cuales iba un anciano respetable que 
llevaba el anaquel (4) bajo un dosel. Un suizo de buen aspecto precedía 

(i) La sección de los Arcis estaba limitada por las calles de San Jacobo, del Matadero, 
de los Arcis y de la Vidriería y por la orilla del Sena (Almanach roya!, 1792., pág. "ijb, — 
Véase Rev. dii M. cath., X, 1894). 

(i) Parte policiaco de Butard, por Adolfo Schmidt, tomo I, pág. 3o i. 

(3) Archivos nacionales. 

(4) El viril de la custodia. 



LIBRO TERCERO 63 

al cortejo, y delante y detrás iba en dos filas una fuerza armada de volun- 
tarios; un populacho numeroso seguía devotamente la procesión, y en 
toda la calle todo el inundo se prosternó. No vi un solo hombre que no se descu- 
briera. Al pasar por delante de la sección del Buen Consejo, toda la fuerza 
se puso sobre las armas... Espero, ciudadano Ministro, que no dejaréis 
este artículo sobre vuestra chimenea.» 

Esta recomendación de parte de la policía era, en efecto, prudente en 
aquella época. 

Sabido es que el día 8 de junio de 1794 se celebró, por miciativa de 
Robespierre, la fiesta del Ser Supremo, que, en verdad, más que un home- 
naje sincero á la divinidad, fué un reclamo ruidoso en favor de la notoriedad 
del feroz sectario. 

Convocóse al pueblo en las 'Fullerías delante de un inmenso anfiteatro 
destinado á la Convención. Muy pronto se presentó la Asamblea llevando 
al frente á Robespierre, vestido con su frac azul claro; y desde la tribuna 
pronunció este siniestro cómico el siguiente panegírico dedicado al Ser 
Supremo: «Él es quien pone en el pecho del opresor triunfante los remor- 
dimientos y el terror y en el corazón del inocente oprimido la calma y la 
altivez; Él quien obliga al hombre justo á odiar al malvado y al malvado 
á respetar al hombre justo; Él quien adorna de pudor la frente de la be- 
lleza para embellecerla aún más; Él quien infunde el cariño en los cora- 
zones maternales; Él quien inunda de lágrimas deliciosas los ojos del hijo 
á quien su madre oprime contra su pecho; Él quien acalla las pasiones 
más imperiosas y más tiernas ante el amor sublime de la patria; Él quien 
ha poblado la naturaleza de encantos, de riqueza y de majestad. Todo lo 
bueno es obra suya ó es él mismo; el mal pertenece al hombre depravado 
que oprime ó deja oprimir á sus semejantes.» 

Al pie del anfiteatro alzábase un monumento en el que estaban repre- 
sentados los enemigos de la felicidad pública: el monstruo del Ateísmo 
sostenido por la Ambición, el Egoísmo, la Discordia y la Falsa Sencillez; 
Robespierre se acercó á él con una antorcha en la mano, prendió fuego 
al grupo, que quedó reducido á cenizas, y de entre sus humeantes restos 
surgió la estatua de la Sabiduría, de tranquila y serena frente. 

Esto no obstante, al siguiente día, 21 pradial, la carreta conducía al 
cadalso el mismo número de víctimas, entre ellas un anciano de setenta y 
tres años. 

Una fiesta más sincera y verdaderamente popular del mes de mayo es 
la de las doncellas, cuyo origen es el siguiente: 

En el siglo v, San Medardo, obispo de Noyón, instituyó en Salency, 
de donde era señor, la Fiesta de la Rosa, en la cual la doncella de Salency 
que gozaba de mayor reputación de virtud, recibía solemnemente al pie 
de los altares una corona de rosas que el párroco, revestido de los hábi- 



64 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

tos de ceremonia, le colocaba en la cabeza; además, el sacerdote le daba 
al mismo tiempo en dote veinticinco libras. Según el título de la funda- 
ción, era preciso no sólo queda doncella (rosiére) observase una conducta 
perfecta, sino que toda su familia, hasta la cuarta generación, fuese irre- 
prochable bajo todos conceptos; la menor sospecha, la más pequeña tacha 
era motivo de exclusión. 

El señor tenia el derecho de escoger la doncella entre tres pretendien- 
tes designadas por la aldea con un mes de anticipación, y hacía anunciar 
cuál era la elegida en la plática de la ?Jiisa conventual de la parroquia, á fin 
de que las demás doncellas tuvieran tiempo de examinar la elección y de 
hacer objeciones á la misma si no se ajustaba á la justicia más rigurosa. 

«El día 8 de junio, día de la coronación, la doncella escogida, vestida 
de blanco, con el cabello peinado en grandes bucles y acompañada de su 
familia y de doce muchachas, también en traje blanco y acompañadas á 
su vez de doce mozos de la aldea, se encaminaba al castillo al son de tam- 
bores y violines. El señor y su baile le daban la mano, y precedidos de 
instrumentos, entraban con ella en la iglesia. Después de Vísperas dirigía- 
se á la capilla de San Medardo, en donde el párroco bendecía el gorro de 
rosas, puesto en el altar, que estaba rodeado de una cinta azul y adornado 
por delante con un anillo de plata. Después de coronada la doncella, el 
señor ó su representante la sacaba del templo mientras se cantaba el Te 
Deum y se hacían salvas de mosquete; luego iba á tomar una colación, 
que debían ofrecerle los feudatarios (i) del señorío, y después la co- 
mitiva entraba en el patio del castillo, en donde el señor bailaba con la 
doncella la primera danza. Al día siguiente, la doncella invitaba á su casa 
á las muchachas de la aldea y les daba una comida, á la que seguían va- 
rias diversiones (2).» 

Esta fiesta ha sido adoptada é imitada en muchas aldeas de Francia, 
en donde se celebra con más ó menos pompa; pero la rosiére recibe gene- 
ralmente una cantidad que puede servirle de pequeño dote, y es escogida, 
no por el señor, sino por el consejo municipal, que á veces consulta el 
parecer del párroco. 

Antiguamente el día 24 de junio, día de San Juan, los granjeros cla- 
vaban por la mañana en la puerta de los establos un nuevo haz de ramas 
de nogal, siendo destinado el del año anterior á alimentar la gran fogata 
que se encendía por la noche en la plaza de la iglesia. 

Los aldeanos del Var arrojaban en la hoguera dientes de ajo, pues el ajo 
se consideraba como preservativo contra los malos espíritus. 

En París, cada barrio tenía su fuego de San Juan, particularmente el 
de la Bastilla, del que se conocen los detalles por haberse encontrado en 

(i) Los que pagaban censo ó prestación anual á un señor. 
(2) Expilly.— Bernard, Hist. des Fétes. 



LIBRO TERCERO 6$ 

los archivos de aquella antigua fortaleza un Reglamento especial para dicho 
día. Por la mañana, el cañón debía hacer tres disparos y por la tarde 
había de disparar nuevas salvas acompañadas de un fuego de mosquetería 
que hacía la guarnición, la cual asistía con armas al acto de quemarse la 
fogata, etc. 

Pero de todas aquellas hogueras la más solemne era, sin duda, la de la 
plaza del Hotel de Ville: el honor de encenderla correspondía al Preboste 
de los mercaderes, y los reyes habían de asistir á esa fiesta por lo menos 
una vez durante su reinado, habiendo sido Luis X.V el último monarca 
que tomó parte en ella. Cuando el árbol se había quemado, los parisien- 
ses recogían cuidadosamente los tizones y las cenizas y se los llevaban á 
sus casas, convencidos de que estos residuos traían suerte. 

Siguiendo una costumbre muy antigua, suspendíase del árbol de San 
Juan un saco ó un cesto lleno de gatos destinados á perecer en las llamas y 
cuyos desesperados gritos constituían (amo de los grandes regocijos de la 
fiesta.» En los registros de la ciudad de París se lee: «Pagado á Lucas 
Pommereux cien sueldos parisienses por haber proporcionado durante 
tres años, que finieron el día de San Juan de 1573, todos los gatos necesarios 
para dicho juego, como de costumbre, y aun por haber facilitado un año, 
en que el rey asistió, una ■:(orra para dar gusto á Su Majestad, y por haber 
proporcionado también un gran saco de tela en el que estaban dichos ga- 
tos encerrados.» 

Al rey, á los señores y á las damas de la corte, así como á los magis- 
trados y ciudadanos notables presentes, se les entregaban ramos de flores; 
y cuando el fuego estaba consumido, todos ellos tomaban parte en una 
colación que la ciudad les ofrecía y cuyo menú podemos reconstituir gra- 
cias á una factura de la época citada por Sauval: «24 libras de grajeas al- 
mizcladas, 12 libras de confituras secas, 4 libras de caniichous, 4 grandes 
tortas de mazapán, 3 grandes escudos de azúcar real para la colación del 
rey, de sus hermanos y de su compañía; 2 libras de azúcar fino para las 
cremas y frutas, 275 libras de grajeas surtidas en cajas para las damas y 
los señores.» A las damas se les repartían además coronas de rosas, y 
luego se disparaba un castillo de fuegos artificiales. 

Esta fiesta fué suprimida en París antes de la Revolución á causa de 
los accidentes desgraciados que durante la misma ocurrían, y en compen- 
sación se dieron dotes á algunas doncellas ó se puso en libertad á algunos 
presos. 

La fogata no constituía la única manifestación popular característica 
de la fiesta de San Juan, sino que había además la cru^ que muchas per- 
sonas hacían bendecir en la iglesia y clavaban luego en el dintel de la 
puerta de su casa: esta cruz debía estar formada con plantas aromáticas y 
medicinales que tuvieran la propiedad de conservarse á lo menos durante un 
año hasta su renovación en la naturaleza. Tales son las hierbas de San Juan. 
Tomo II 5 



(^() HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Y cuanta más variedad de éstas habia en la cruz, tanto más eficaz se 
conceptuaba la virtud de la misma (i). 

En España existe también la costumbre de las fogatas de San Juan que 
se encienden en la noche de la víspera y para las cuales se recogen en las 
grandes poblaciones todos los trastos viejos que muchos vecinos reservan 
para esta ocasión. Dispáranse además gran número de petardos, y duran- 
te toda la noche recorren las calles más céntricas ó las afueras de la ciu- 
dad numerosos grupos que celebran la verbena rondando y moviendo al- 



gazara 



De una manera análoga, aunque generalmente con menos animación, 
transcurre en algunas comarcas la verbena de San Pedro. 

En la jurisdicción del Chatelet de Paris dábase el nombre de paranin- 
tos (2), ó también de Fiestas de toga, á ciertas ceremonias judiciales que se 
celebraban cada dos años y consistían en discursos hechos en distintas sa- 
las de audiencia por los bachilleres de licenciatura, discursos jocosos y 
críticos, «á menudo plagados de frases alegres,» á los que seguía «un 
banquete.» 

El Mercure galant de septiembre de 1709 publica la relación de uno de 
estos regocijos «en el que ilustres é ingeniosos oradores paraninfearon 
(dice el texto) con gran éxito, después de lo cual se dieron confituras á 
todo el mundo.» 

La reunión de los escribientes del Chatelet de París y del Parlamento 
constituía la comunidad de la Curia, organización privilegiada y recono- 
cida por los reyes y cuya jurisdicción era tan extensa como indiscutida. 
Esta jurisdicción, denominada Reino de la Curia, era de tal modo aceptada 
por los mismos Parlamentos, que le reservaban el conocimiento de las 
contiendas que pudieran surgir entre ocho ó diez mil curiales de su com- 
petencia. 

Delante de este tribunal disciplinario se litigaba lo mismo que en los 
juzgados de paz reales, y sus fallos motivados se dictaban bajo esta forma 
pomposa: «Dado en el reino de la Curia (3) el..., la Curia reinante.» 

La mitad de las multas impuestas á los delincuentes servía para dar 
fiestas en las más amplias salas del Palacio de Justicia, fiestas en las cua- 
les los escribientes representaron en un principio misterios piadosos que 



(1) Conocida es la frase proverbial amettre toutes les Jierbes de la Saint-Jean» (poner 
todas las hierbas de San Juan) que se emplea en la significación de hacer una cosa comple- 
tamente y con cuidado minucioso. 

(•2) En la Universidad de París, el que acompañaba á la Cancillería á los candidatos á 
la licenciatura en teología ó medicina se denominaba Paraninfo, nombre con el que se de- 
signaba en otro tiempo en Roma á los mancebos de honor en los casamientos. En Paris 
esia denominaciim acabó por aplicarse á las liestas y aun á los discursos en que se ensal- 
zaba á los licenciados después de haber alcanzado sus diplomas. 

(3) Enrique 111 «declaró abolida la Realeza de la Curia.» 



LIBRO TERCERO 67 

pronto degeneraron en comedias, íarsas y <' moralidades»... con frecuen- 
cia mu}- licenciosas. 

Muchos de estos espectcáculos organizados para recrear al auditorio 
ponían en escena, en vez de hechos de la historia sagrada, los episodios 
picarescos ó los escándalos famosos de la época, generalmente representa- 
dos por personajes tales como el Tonto corrompido ó el Toítto disoluto. 

El público se apasionaba por estos espectáculos, «pues estas comedias 
le enseñaban útilmente los desórdenes de las gentes de viso (i).» Poco 
á poco, los escribientes fundaron una especie de escena francesa y pidie- 
ron el concurso de actores de profesión pertenecientes á diversas socieda- 
des, tales como Les Enfants sans souci, Les Coqueluchars, etc. Los asuntos 
escogidos para las representaciones acabaron por ser tan escabrosos, que 
los paraninfos fueron generalmente prohibidos «por causa de pública ho- 
nestidad;» y sin embargo el paraninfo era, en su origen, simplemente un 
discurso sabio y piadoso pronunciado en honor de los jóvenes que aca- 
baban de tomar su grado de Licence (licenciatura), Hcencia que sólo tenía 
el nombre de común con la que fué preciso reprimir. 

Las diversas Salas que constituían la Justicia real del Chateíet de París 
tenían días especiales de vacaciones. 

Había vacaciones todos los lunes; el 13 de enero, día de San Hilario; 
el 22, día de San Vicente; el de San Carlomagno; el jueves lardero y el 
martes de Carnaval; el miércoles de Ceniza y el jueves de la Mi-Careme; 
toda la quincena de Pascua; el 10 de mayo, día de funerales «para los cu- 
riales difuntos;» el día de San Ivo, patrón de los abogados; y las vísperas 
de Todos Santos y de Navidad. Finalmente, las Salas del Chateíet no se 
reunían cuando se celebraban ferias tales como las de San Germán. 

Como los días, sucédense las fiestas sin parecerse unas á otras. Des- 
pués de los cantos de alegría, los himnos fúnebres; después de las ruidosas 
carcajadas, las lágrimas abundantes y los sollozos contenidos. Noviembre 
es en toda la cristiandad el mes de los recuerdos y de la piedad filial: el 
mes de ¡os Dij untos. 

«En Roma, el día 2 de noviembre la muchedumbre de fieles se dirige 
generalmente á los Capncini, convento cuya parte interesante es el cemen- 
terio subterráneo, situado fuera de la iglesia. Nada más extraño que esta 
especie de catacumbas, compuestas de siete ú ocho salas abovedadas y cu- 
yas paredes desaparecen bajo un mosaico de cráneos y de huesos. En este 
siniestro revestimiento hay practicados algunos nichos que son las tum- 
bas, siempre abiertas, de los capuchinos últimamente fallecidos, cuyos 
cuerpos están puestos en ellos de pie, en toda su rigidez cadavérica, ves- 
tidos con su hábito pardo y cubiertas las cabezas con sus capuchas; sobre 



(i) Desmazes, Hist. du Cliatelet. 



68 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

SU pecho y entre sus brazos aproximados, una pesada cruz negra destaca 
su obscuro perfil sobre el paño; las disciplinas y el rosario cuelgan atados 
al esqueleto, y un rótulo indica el nombre del difunto y la fecha de su 
muerte. Varias ventanas con rejas arrojan una luz dudosa sobre este osa- 
rio. Costillas, omoplatos, tibias, cráneos, que forman arcos, bóvedas ó 
entrepaños, sirven de marco á algún tema decorativo principal que Casi 
siempre es un reloj de arena entre dos alas de murciélago, símbolo de la 
rapidez del tiempo. El día de Difuntos, este lúgubre lugar se ilumina de 
una manera más lúgubre todavía: dentro de los cráneos se encienden cirios 
cuyas llamas siembran de puntos de oro ese recinto sepulcral y cuya luz 
esparce vacilantes claridades sobre aquellos huesos amarillentos (i).» 

Dejemos estos cuadros sombríos para contemplar las ingenuas y ex- 
uberantes alegrías de la inlancia cristiana en la época de San Nicolás. 

En Hungría esta fiesta ofrece un interesante espectáculo que recuer- 
da algo lo que se hacía en la antigua Francia: «Cuando las fatigas de una 
velada demasiado larga han acabado por dormir á esos encantadores ni- 
ños, dice un viajero, se oye de pronto llamar á la puerta que está bien ce- 
rrada; entonces la madre se apresura á despertar á los pequeñuelos, quie- 
nes, en camisa y medio dormidos, ven entrar á ün venerable anciano, de 
luenga barba de cáñamo, vestido con una túnica blanca y una mitra y 
empuñando un largo bastón encorvado á guisa de báculo episcopal. Si- 
gúele una especie de diablo, cubierto de pieles y con dos largos cuernos 
de gamuza, que lleva un saco de forma extravagante. Los chiquillos admi- 
ran al obispo y lanzan temerosas miradas á su horrible compañero; des- 
pués se arrodillan y proceden á la enumeración de sus menores pecadi- 
llos^ suphcando al santo que no permita que Satanás se los lleve á su ne- 
gra morada. ¡Oh, y qué miedo tienen de olvidarse de alguna falta! Pero 
su madre está también arrodillada detrás de sus hijitos, apuntándoles en 
caso necesario las palabras á fin de dominar el respeto humano ó las debi- 
lidades de memoria. El santo escucha gravemente, pide al niño un acto 
de contrición y luego censura en alta voz la audacia de Satanás que que- 
rría llevarse al niño bueno, y anuncia que, por el contrario, este espíritu 
maligno es quien va á hacer penitencia por su descaro. El supuesto dia- 
blo, corrido de vergüenza, huye dejando allí su saco, abierto el cual sa- 
len de él pasteles, dulces y juguetes, que los niños recogen entusiasma- 
dos y sin soltarlos vuelven á acostarse. Se corre entonces el telón, y San 
Nicolás y el diablo, despojándose de sus disfraces, vuelven á ser lo que 
realmente son, es decir, individuos de la familia ó buenos amigos de la 
casa, dispuestos á repetir la misma grata comedia al año siguiente.» 

También en España celebran los muchachos la fiesta de San Nicolás 



\,i) F. des Malis. 



LIBRO TERCERO 69 

de Barí: en algunas catedrales, y con mas solemnidad que en ninguna en 
la de Toledo, visten de obispo á un niño la víspera y día de aquel Santo 
y le hacen asistir con aquel traje á Vísperas y á misa mayor. El obispillo, 
así se llama, es durante todo el día objeto de los mayores respetos y aga- 
sajos. 

Antiguamente no eran los niños los únicos que celebraban la fiesta de 
San Nicolás. 

En efecto, este santo fué el patrono de la abogacía de París, y el nom- 
bre de bastonero, que todavía lleva el jefe del colegio, procede de que el 
abogado á quien sus colegas elegían para representarles usaba en los días 
solemnes el bastón de San Nicolás, patrón de la Cofradía de abogados 
fundada en 1342 por los compañeros curiales y procuradores. 

En 1782, el Colegio de abogados dejó de pertenecer á esa cofradía, 
pero el nombre de bastonero ha subsistido. 

Los abogados habían de asistir á la misa del día siguiente al de San 
Nicolás que se celebraba en la sala de los Pasos Perdidos, y vestirse la 
toga y la muceta de armiño como para las procesiones y las audiencias 
solemnes. 

Y no solamente se cantaba en la capilla de San Nicolás la misa de 
reapertura del tribunal ó misa roja (así llamada por el traje de los magis- 
trados), sino que todas las mañanas se celebraba en ella una misa rezada, 
á la que no dejaban de asistir la mayoría de los litigantes «antes de la 
apertura de la audiencia.» 

San Nicolás no íué el único patrono de los hombres de ley, sino que 
en 1348 se fundó en París una cofradía de San Ivo, acerca de la cual escri- 
be M. Arturo Desjardins en una monografía llena de erudición (i): «Esta 
cofradía construyó la capilla del Clos-Bruneau, en cuyas paredes aboga- 
dos, procuradores y litigantes colgaron á manera de exvotos legajos de 
pleito, del mismo modo que se depositaban en otros templos banderas 
conquistadas en los campos de batalla.» 

(i) Saint Yves, avocat des paiivres et patrón des avocats, por M. Arturo Desjardins, 
miembro del Instituto. 



CAPITULO IV 



COSTUMBRES POPULARES DEL DÍA DE NAVIDAD 

Regocijos de Navidad en nuestras antiguas provincias: el corderillo salvador del rebaño; 
bendición infantil en la cena de Nochebuena...— Representación del misterio de la Na- 
tividad en Ruán: descripción.— La Navidad en Bélgica y en España.— El Christmas in- 
glés y los glee. — Costumbres suecas y noruegas el día de Navidad: la comida de los pá- 
jaros...— Regalos simbólicos de Navidad en Rusia. — El Christkind alemán y Nicolás 
el Velludo, terror de los niños.— Procesión del salchichón en Alemania en el siglo xvi; 
una fiesta en Koenigsberg. — Los niños predicadores en Roma. — Historia del Leño de 
Navidad. — Curioso significado legal del «briborión.»— Navidades populares de diversas 
provincias.— Carolas y villancicos bilingües: varios ejemplos. — Extrañezas de los rego- 
cijos del día de Inocentes: protesta de Gersón. — Decretos del Parlamento sobre la fiesta 
de los Locos. 

¡Ya llegó Navidad! 

¡Navidad!, exclamación alegre con que antiguamente se aclamaba á 
príncipes y reyes y grito vibrante que daban los bravos caballeros al par- 
tir para la guerra ó entrar en la liza. ¡Navidad!, palabra prestigiosa que 
hace estremecerse de gozo al niño en el hogar paterno. Para el cristiano 
es un canto de regocijo, de gratitud y de redención; para el indigente, 
una palabra de misericordia y de esperanza, un radiante día de primavera 
que brilla en medio de las brumas del invierno. 

San Telesforo (i) fué quien estableció en el siglo ii de nuestra era las 
solemnes fiestas de la Natividad, que, movibles en un principio, fueron 
declaradas fijas en el siglo iv, durante el pontificado del papa Julio I, to- 
mando como lecha inmutable la noche del 24 al 25 de diciembre de cada 
año. El día de Navidad, que primeramente tuvo un carácter sencillo y 
rústico, fué aumentando progresivamente en magnificencia, y á partir del 
siglo VIII, las iglesias se adornaron con ricas colgaduras y se iluminaron 
profusamente, celebrándose la fiesta con ritos variados, tales como can- 
tos, lecturas, diálogos, misterios y escenas piadosas. En efecto, con oca- 
sión de Navidad se verificaban espectáculos al aire libre en los que figu- 
raban la Santa Virgen, San José y el Niño Dios, y hasta los humildes 
animales del pesebre. 

En Picardía un pastor engalanado con cintas y seguido de un cortejo 
de pastores y pastoras vestidos de blanco, llevaba en una cesta un cordero 

(i) Papa desde 128 á iSg.- M. Pradier, Fét. chret. Desde el siglo 11 se estableció la 
costumbre de las tres misas e¡ día de Navidad 



LIBRO TERCERO 7 I 

que era presentado en la iglesia, paseado procesionalmente al son de los 
villancicos locales, y bendecido por el sacerdote (i). Este cordero, devuel- 
to al aprisco, era durante su vida objeto de cuidados especiales y se le de- 
jaba morir de vejez porque, por virtud de una ingenua alegoría, se le con- 
sideraba como al «salvador del rebaño.» 

En otras provincias, por ejemplo en el Franco- Condado, tres niños dis- 
frazados de reyes magos iban cantando de puerta en puerta y solicitan- 
do en nombre del Niño Jesús donativos en dinero ó en comestibles que 
nadie les negaba. 

En Provenía, en la noche del 24 de diciembre, la familia se reunía en 
casa de los abuelos á fin de tomar parte en la «gran cena,» compuesta 
principalmente de coliflor y de bacalao á la provenzala y de turrón como 
postre. Antes de sentarse, el niño más pequeño bendecía con graciosa 
torpeza la comida dibujando con sus manecitas, lentamente guiadas por 
el abuelo, un gran signo de la cruz sobre la mesa de la cena de Noche- 
buena, 

Parecía la cosa más natural del mundo elegir á esa criaturita inocente 
como representante del Cristo recién nacido. 

Un manuscrito de los archivos de Riián describe una representación 
extraordinaria que se daba el día de Navidad en las siguientes condi- 
ciones. 

En medio de la nave de la catedral levantábase una especie de hogue- 
ra formada con lienzos y estopas, y después del canto de Tercia el clero 
daba procesionalmente la vuelta al claustro, situándose luego en el centro 
de la iglesia entre dos grupos que figuraban el uno los judíos y el otro los 
gentiles. En un extremo del templo había agrupados numerosos persona- 
jes destinados á desempeñar el papel de los Profetas del Antiguo Testa- 
mento. 

Los chantres comenzaban por apostrofar impetuosamente á los judíos 
y á los gentiles, quienes á su vez les contestaban con un versículo no 
menos violento; entonces aquéllos, dirigiéndose al que desempeñaba el 
papel de Moisés, decían: «¡He aquí á Moisés, el legislador!,» y un Moisés 
de luenga barba, vestido con un alba y llevando en una mano una vara y 
en otra las tablas de la Ley, entonaba un canto profético relativo al naci- 
miento de Cristo, después de lo cual un cortejo le conducía junto á la 
hoguera, cantando sus alabanzas, y el coro respondía. El mismo ceremo- 
nial se repetía para cada uno de los profetas, que eran llamados sucesiva- 
mente. 

Se ha conservado la lista de los personajes que en la representación 
figuraban: á Moisés seguía Amos, anciano barbudo con una espiga en la 
mano; venía luego Isaías vestido con un alba y ceñida la frente con una 



(O Ad. Bitard, .Voe/. 



72 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

cinta encarnada; adelantábase después Aarón, de pontifical con la mitra, y 
detrás de él Jeremías, en traje sacerdotal y llevando en la mano una pe- 
queña bola. Daniel, representado por un eclesiástico joven, vestía una 
túnica verde, y en pos de él iba Habacuc, viejo cojo, revestido de una dal- 
mática, que entre dos versículos se comía algunas raíces comestibles que 
llevaba en un jarro. Seguía Balaam, montado en una burra vieja á la que 
se esforzaba en hacer caminar, mientras un mozo, cerrándole el paso con 
una espada, le obligaba á detenerse (i). Un clérigo, oculto debajo de la 
burra, decía entonces con extraña voz: «¿Por qué me desgarráis de tal 
modo con la espuela?» A Balaam sucedía el profeta Samuel, y á éste Da- 
vid, vestido con los emblemas de la realeza. Detrás de los Profetas venía 
Zacarías, vestido de judío y acompañado de su esposa Isabel en traje blan- 
co; su hijo Juan Bautista iba descalzo y llevaba una cesta; en pos de él 
llegaba el viejo Simeón, y por último cerraba el cortejo Virgilio (!), el cual 
debía encontrarse seguramente muy sorprendido de verse en tan santa 
compañía. 

El hecho de figurar Virgilio en la procesión debíase á que se consi- 
deraba que había predicho el nacimiento de Jesucristo. Con frecuencia al 
final de este heterogéneo desfile iba, según dice el Memorial de Rouán, un 
sacerdote vestido de sibila, ostentando una corona en la cabeza y cantan- 
do versículos que contenían predicciones. 

En Bélgica la Navidad se celebra casi del mismo modo que en Fran- 
cia (2); sin embargo, en Brujas, la ciudad católica por excelencia, se ha 
conservado la tradición de los villancicos que se cantan por las calles du- 
rante toda la noche del 24 al 25 de diciembre, y que son los mismos cán- 
ticos, palabras y música, que se entonaban en la Edad media para feste- 
jar el nacimiento de Cristo y también para obtener de los ricos recursos 
con que regocijarse de la venida del Redentor. Los pobres piden cantando 
un poco de leña para calentar «á su hermanito que acaba de nacer;» todo el 
mundo comprende el verdadero sentido de esta dulce súplica, y nadie se 
atrevería á censurar el subterfugio ni á contestar con una negativa á la 
humilde petición de tal modo formulada. 

La fiesta de Navidad es también en España la fiesta del hogar por ex- 
celencia. Son muchas las familias que celebran suntuosa ó modestamente, 
según su fortuna, la cena de Nochebuena, con sus platos característicos 
que varían según las localidades: en Madrid, por ejemplo, el manjar im- 
prescindible, por decirlo así, es el besugo. 

En Cataluña no es muy común la cena de Nochebuena; pero en la 
comida del día de Navidad hay también su plato tradicional, que es el 
pavo, que también se come en tal festividad en otras regiones. 

(i) El mozo figura aquí el ángel armado de que habla la Escritura, en el episodio de 
Balaam. 

(2) M. Bitard, loe. cit. 



LIBRO TERCERO 73 

Otra de las costumbres más generalizadas en España es la de la misa 
llamada del gallo, que se dice por la noche. 

Una de las cosas que en las Pascuas de Navidad más regocijo causan á 
los niños en España es el nacimienlo, representación plástica del de Nues- 
tro Señor Jesucristo en el portal de Belén, que se forma simulando mon- 
tañas, ríos, el pesebre donde nació Jesús y otros cien detalles, que juntos 
constituyen un pintoresco paisaje animado por multitud de figuritas de 
barro que representan los principales personajes que en aquel misterio 
intervinieron, alternados... con otros de nuestros días. La verdad históri- 
ca y aun la arqueológica no salen muy bien libradas; los mayores anacro- 
mismos, sin embargo, no impiden que los tales nacimientos hagan las de- 
licias de la gente menuda y hasta el de muchas personas mayores devotas 
de las tradiciones familiares. 

Ante estos nacimientos suelen cantar los niños villancicos de una in- 
genuidad encantadora, pero inspirados en la fe más profunda y en los 
más tiernos sentimientos de amor y veneración al Niño Dios y á sus san- 
tísimos padres. 

En algunos puntos de Inglaterra los niños se reúnen para ir de cottage 
en cottage á cantar los coros de Navidad: uno de estos cantos (glee) (i), 
de ritmo animado y alegre, tiene el siguiente estribillo: 

The rnerry merry time! 

Bless the merry merry Christmas time! (2). 

En este día es objeto de gran soHcitud, por parte de los gastrónomos 
ingleses, el trozo de carne escogido, cortado del buey que sangra, es de- 
cir, el muy apreciado Sir Loin (3), «señor Solomillo,» al que Carlos II, 
en un momento de buen humor, calificó de '< Caballero» (4). Este pom- 
poso apelativo no debe sorprendernos si recordamos que á aquel bocado le 
llamaron, por su suculencia, nuestros antepasados «pieza noble.» Y hasta 
se ha supuesto que el nombre de aloyan (solomillo) se deriva de que en 
otro tiempo se le reservaba á los propietarios alodiales (allouyaiix, como 
se decía en el siglo xiv), etimología demasiado atrevida para que, á pesar 
de su verosimilitud, nos decidamos á admitirla. 

En ciertos condados, después de la comida, la gente se entrega á una 
diversión original: se ponen en una copa ancha pasas y almendras que se 
cubren con agua natural sobre la cual sobrenada una delgada capa de 
aguardiente; después se prende fuego á ese ponche de un género nuevo, y 



(O Glee, copla con estribillo. 

{2) «¡El dichoso, dichoso tiempo! ¡Bendigamos el tiempo dichoso, el tiempo dichoso 
de Navidad!»— V. Noels (Soc. Saint-August, Lilla). 

(3) Lo/h, los ríñones. 

(4) Kniglit, caballero. 



74 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

la cuestión estriba en extraer de la copa, sin quemarse, las pasas y las al- 
mendras, protegidas durante largo rato por las ondulaciones de una gran 
llama. 

En la vieja Inglaterra celebrábase también, según parece, con ocasión 
de la Navidad, una fiesta carnavalesca con caricaturas grotescas y legen- 
darias. Algunas carolas inglesas nos dan á conocer los personajes puestos 
en escena en esas mascaradas, pues en ellas se canta sucesivamente al rey 
de la Francachela, á la reina de la Locura y á la princesa Sin ra:(ón, rodea- 
das de un ruidoso acompañamiento. 

Allí encontramos asimismo la tradición del leño de Navidad, de que 
luego hablaremos, con ciertas supersticiones más particulares en el Norte 
de Inglaterra: así por ejemplo, si mientras el leño arde se presenta una 
persona bizca, coja ó descalza,, esta aparición se considera como un ma 
augurio. 

En la actualidad el Christmas sigue siendo uno de los días predilectos 
en la Gran Bretaña y no hay familia, por pobre que sea, que en tal íesti- 
vidad no tenga en su mesa pudding y oca asada. El inglés rico quiere que 
su hermano pobre se regocije el día de Navidad, y por esto no se olvida 
de los tristes asilados de los depósitos de mendicidad ó workhouses; y hasta 
los presos condenados reciben una abundante ración de porridge, de pud~ 
ding y de pie. 

Entre los noruegos, Navidad es el día indicado para los que quieren 
ofrecer una joya encerrada en un ramillete y hasta en una caja de heno. 
El que desea hacer un regalo de estos se dirige al domicilio de la persona 
á quien lo destina, y abriendo la puerta de la casa, arroja furtivamente den- 
tro de ésta un manojo de flores ó un saco lleno de menuda paja; entonces 
el destinatario ha de registrar minuciosamente la paja ó las flores para no 
encontrar acaso, en definitiva, más que un alfiler sin ningún valor. Otras 
veces el presente va envuelto en muchas fajas de papel sobre las cuales se 
ha escrito una galante dedicatoria que excita el interés y la curiosidad, 
puesto que sólo dentro del último envoltorio se encontrará al fin el mis- 
terioso objeto. 

Una bonita costumbre de la Navidad en Noruega es la de ofrecer una 
comida á los pájaros: en la mañana del 25 de diciembre, hasta los más 
pobres aldeanos decoran el remate de la fachada de la casa con una her- 
mosa gavilla de trigo puesta en lo alto de una larga pértiga y destinada á 
esos graciosos animales; y constituye un espectáculo ensordecedor, pero 
delicioso, ver á las bandadas de avecillas agitarse en torno de aquel palo 
para picotear los granos en esa época del año en que la tierra, cubierta de 
nieve, las priva del ordinario sustento que en otras estaciones encuentran 
en los surcos. 

Desde la implantación del cristianismo entre las razas germánicas, el 
día de la Natividad fué objeto de varios privilegios; así por ejemplo, se 



LIBRO TERCERO 75 

suspendían los procedimientos judiciales durante un periodo inmediato á 
esa fiesta. Esta tregua comenzaba en la noche santa y se prolongaba por 
espacio de ocho á trece días ó más, según las localidades: la ley de Gottlan- 
dia fijaba su duración en catorce días, al paso que las de Westrogotia y 
Ostrogotia lo ampliaban á veinte días. 

«En los países escandinavos, la comida de Navidad se distingue de las 
otras por el carácter tradicional de los manjares que en ella figuran: no 
hay allí cena de Nochebuena sin jamón, acompañado de arroz caliente re- 
mojado en leche fría; sin Vortbrod, especie de pan hecho con harina de 
candeal desleída en cerveza sin fermentar; y sin el indigesto lustsfisk, que 
consiste en bacalao desalado, hervido por espacio de tres días en un agua 
de ceniza y cal viva, y rellenado luego con pimienta, mostaza y rábano 
silvestre (r). 

En Rusia, Navidad es la época de los regalos y de las felicitaciones, 
practicándose también allí como en Noruega la costumbre de ocultar una 
joya costosa en una caja de paja. Además de este, se recurre á otros me- 
dios, vulgares unos, ingeniosos y dehcados otros, para ofrecer los re- 
galos. 

El árbol de Navidad goza de gran predicamento en Rusia, sobre todo 
entre la alta sociedad: el arbusto, colocado en el centro del salón, está 
lleno de luces, y de sus ramas penden frutas, flores y también saquitos, 
cajas de bombones, juguetes, encajes y hasta joyas, puesto que las perso- 
nas mayores tienen derecho á participar del reparto general. Algo de esto 
sucede asimismo en toda la cristiandad; pero existe en Rusia una costum- 
bre graciosa especial, consistente en enviar á las jóvenes desposadas un 
objeto alegórico que contiene los votos vivientes de felicidad para el por- 
venir; este objeto es una jaula misteriosa, de la cual, al abrirla, se escapa 
una pareja de blancas palomas. 

Qumce días antes de Navidad, los sacerdotes bendicen unos panes es- 
peciales que se distribuyen en el seno de todas las fam.ilias, como una 
especie de comunión fraternal. La gente se prepara para la fiesta con un 
ayuno que dura hasta la aparición de la estrella de la tarde, y entonces, 
cumplidos ya los ritos piadosos, se entrega á regocijos, como carreras de 
trineos, juegos de bolos y danzas. 

En algunos puntos de Alemania, las madres de íamilia no se conten- 
tan, en Navidad, con prometer á sus hijos, si son buenos, juguetes y dul- 
ces en nombre del Chrishindel, sino que además les amenazan, si son 
embusteros, desobedientes y coléricos, con un personaje diabólico, Nico- 
lás el Velludo, así llamado porque generalmente se presenta envuelto en 
gruesas pieles. 

«En la noche del 24 de diciembre, se dispone en una habitación bien 

( I ) Loe. cit. 



76 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

iluminada el árbol de Navidad, adornado con objetos y golosinas. Los 
niños se sienten poseídos á la vez de esperanza y de miedo...; de pronto 
se oye una campanita, se abre la puerta y aparece el Chriskindel, que es 
una joven vestida de blanco y con una peluca de cáñamo, tiene la cara 
enharinada, para que no la conozcan, ostenta una corona en la cabeza y 
lleva en una mano una campanita 5^ en la otra una cesta llena de bombo- 
nes... De repente óyese gran estrépito de hierros y un momento después 
se presenta Nicolás el Velludo, cubierto con una piel de oso, con la cara 
negra y una gran barba, el cual con voz grave y vibrante pregunta cuáles 
son los niños malos... Entonces los bondadosos padres interceden en fa- 
vor de los pequeños culpables, implorando indulgencia para ellos y pro- 
metiendo en su nombre una conducta ejemplar para el porvenir... El de- 
monio es expulsado de la casa y al poco rato no se oyen más que sonoras 
carcajadas y aplausos infantiles en torno del árbol objeto de las ansias de 
la gente menuda.» 

Esta costumbre recuerda con ligeras diferencias la de San Nicolás que 
hemos descrito anteriormente. 

«...La salchicha es mi reina y el salchichón mi rey,» dice un antiguo 
proverbio de la Alemania del Norte; pues bien,, en otro tiempo, dice 
M. C. de Monguilhem, se ponia el proverbio en acción, por lo menos 
tres veces al año, en una porción de poblaciones de Prusia, de Sajonia y 
de otros Estados. 

Entre todas las ciudades distinguíase Koenigsberg por el ardor con que 
por Navidad y en las Mi-careine festejaba á sus «Majestades los embuti- 
dos:» la salchicha que allí se paseó por las calles en 1558 tenía una lon- 
gitud de 198 anas y era llevada por 48 personas; la de 1583, que necesitó 
91 portadores, medía 596 anas y pesaba 434 libras. Todavía en 1601 los 
matarifes pasearon un salchichón que tenía 1005 anas de largo, llevándo- 
lo á palacio y ofreciendo una brazada de él al príncipe: la multitud acom- 
pañaba, al son de tambores y de pífanos, á la comitiva, á cuyo frente iba 
un maestro matarife, adornado con flores y cintas y empuñando una 
bandera verde, y que tenía arrollado al cuello un extremo del salchichón; 
el resto de éste ondulaba sobre los hombros de los compañeros de aquél, 
que eran en número de trescientos. 

En la actualidad, han desaparecido estas aparatosas costumbres, mas 
no por esto han perdido los pueblos de allende el Rhin su afición á la sal- 
chichería bajo todas sus formas. 

Los pastores de la Sabina y de los Abruzos, al acercarse Navidad, ba- 
jan de las montañas y van á anunciar la buena nueva por las calles de 
Roma, al son de una música campestre, siendo esta una de las más gra- 
ciosas tradiciones de los pasados siglos de fe (i). Los pifferari van gene- 



(i) J. des voy. 



LIBRO TERCERO 



77 



raímente en grupos de tres: un viejo, un hombre de edad madura y un 
muchacho. 

En otras partes, los niños tienen su árbol de Navidad ó las alegres 
canciones del Christmas; en Roma predican seriamente en la iglesia de 
Ara Cceli, en donde está expuesta la estatua 
del Bambino, resplandeciente de brillantes y 
otras piedras preciosas. Junto al pilar cerca- 
no á ésta se coloca un pequeño pulpito en 
donde los pequeños romanos de siete á diez 
años se ensayan á balbucir, en dulces frases, 
las alabanzas del Niño Jesús. Estos lindos 
oradores se suceden en el pulpito de Ara Coeli 
durante ocho días, desde la diez de la maña- 
na hasta las tres de la tarde, y sus sermones 
infantiles tienen el privilegio de atraer á una 
inmensa muchedumbre. 

La representación de los Misterios en las 
iglesias, sobre todo el de la Natividad, estuvo 
en otro tiempo muy en boga, especialmente 
en España. Los actores disfrazados y con ca- 
retas recitaban sus papeles acompañados de 
toda clase de instrumentos, en particular de 
castañuelas y panderetas; y como no podía 
faltar la danza, casadas y solteras se entrega- 
ban á ella llevando en la mano cirios encen- 
didos, que, una vez terminada la fiesta, eran 
recogidos y quedaban en la iglesia como 
ofrenda. En la actualidad, todavía muchas familias españolas bendicen un 
leño de Navidad rociándolo con vino y rezando el padrenuestro. 




El Bambino de Ara-Coeli 



La costumbre del leño de Navidad, existe entre todos los pueblos cris- 
tianos, sean cuales fueren la época ó la región en que los estudiemos. 

Celebrar este símbolo del hogar en un período del año tan frío como 
el á que corresponde el día de Navidad; honrar con motivo de esta fiesta 
el pedazo de leña seco y resinoso que promete cálidas radiaciones á los 
miembros ateridos por la temperatura helada, es indudablemente una idea 
tan natural, que no debemos extrañarnos de verla tan generalizada. Sin 
embargo, aparte del hecho comprobado, es conveniente investigar los orí- 
genes consuetudinarios ó legales de esta práctica que más que ninguna 
otra nos inicia en las costumbres de la Edad media. 

En nuestros días vemos en los aparadores de las confiterías y tiendas 
de juguetes unos pequeños leños de cartón, de azúcar, de yeso ó de cho- 
colate; pero en la época tendal el leño era seguramente un canon, ó me- 



78 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

jor dicho, un impuesto en productos naturales que el vasallo pagaba al señor. 

Los cánones se satisfacían en productos determinados según el tiempo 
en que se hacían efectivos: así, en Pascua, como hemos visto, la presta- 
ción consistía en cestas de huevos ó en corderos; por la Asunción el va- 
sallo daba trigo; por Todos Santos, vino ó aceite, y por Navidad, leña. 

Estos impuestos feudales variaban también de objeto según las provin- 
cias: así, en Picardía, se pagaban en granos; en Borgoña, en vino; en 
Auvernia, en ganado; en Normandía, en manzanas, etc. Los más pobres, 
los que no tenían otra fortuna que sus brazos, se eximían del pago me- 
diante un trabajo personal, como la siega, el arado, el acarreo. 

Estos usos no han desaparecido del todo, sino que en muchos con- 
tratos de arrendamiento de predios rústicos todavía encontramos consig- 
nadas cláusulas como la siguiente: «El arrendatario, además del precio 
estipulado, entregará dos pavos por San Juan, ó seis patos por San Mar- 
tin, ó cien huevos por Pascua, etc.» 

A primera vista parece que el impuesto de algunos leños constituía en 
realidad una carga insignificante; y sin embargo no era así, porque hay 
leños y leños. Para convencerse de ello, basta recordar las dimensiones 
enormes de las 'antiguas chimeneas, cuyas campanas eran tan grandes 
que debajo de su ahumado techo podía cobijarse fácilmente toda una fa- 
milia, padres, hijos y criados, sin contar los leales lebreles y los frioleros 
gatos. Por consiguiente, cada uno de los leños destinados á los hogares 
de nuestros mayores representaba por lo menos una enorme sección de 
árbol. 

Antes de salir de casa para ir á la iglesia á fin de asistir al oficio di- 
vino y á la representación del misterio, se prendía fuego al leño nuevo, 
rodeado de tizones procedentes del del año anterior que con este objeto se 
conservaban; esta función estaba reservada al hijo menor, el cual rociaba 
el leño con un poco de vino, recitando al mismo tiempo una oración que 
le apuntaba al oído el jefe de familia, el noble castellano,, el piadoso cape- 
llán ó «la gentil doncella de la casa.» 

El pequeño oficiante, en su sentida invocación, pedía á Dios un año 
clemente para los pobres, una cosecha abundante para todos y la bendi- 
ción del cielo para su familia. El hogar se disponía con el mayor cuidado 
porque si el leño se apagaba durante el oficio divino, considerábase esto 
como presagio de desgracia. 

Las prestaciones en productos de la naturaleza revestían ciertamente 
un carácter de impuesto, pero también tenían por objeto conservar, me- 
diante una manifestación externa, no sólo los derechos de los señores, 
sino además las pruebas de la liberación de los deudores, cosa de la que 
casi nunca se habla y sobre la cual se debe precisamente insistir. 

En la Edad media, los contratos, por regla general, eran verbales, y era 
natural que los contratantes temieran que, al cabo de algún tiempo, las 



LIBRO TERCERO 79 

condiciones del mismo tuesen olvidadas por negligencia ó tal vez negadas 
por mala fe. De aquí que para evitar discusiones, mantener el derecho y 
conservar las tradiciones, existieran en la época feudal multitud de prcác- 
ticas y de actos en los cuales el observador superficial sólo ve un juego 
pueril, una vejación ridicula ó una particularidad inexplicable. 

Expongamos un ejemplo típico que explicará nuestro pensamiento. 

Los antiguos autores y los libros de derecho consuetudinario nos dicen 
que en muchas regiones, en el día de Navidad, ciertos vasallos iban en 
procesión á ofrecer á su amo y sefior, no una gran carretada de leños, 
sino un briborión (i) de leña tan pequeño que cogía en el hueco de la ma- 
no... ¿Era esto una burla ó, por el contrario, una cosa seria? 

He aquí la explicación del hecho. 

Supongamos que un señor quisiera dispensar á sus vasallos de ciertos 
tributos pagaderos en trigo, en leños (2) ó en ganado... El día señalado 
anunciaba solemnemente esa remisión de deuda; pero entonces se les 
ocurría á los deudores pensar: ¿perseverará el señor en tan grato acuerdo 
en los años siguientes?, ¿no revocará esta cesión espontánea á impulsos de 
una decepción cualquiera ó de un arrepentimiento egoísta?... Otro caso: 
un señor, en su lecho de muerte (y de esto hay numerosos ejemplos) (3), 
hacía á sus «hombres» una condonación de esta especie; pero los benefi- 
ciarios podían preguntarse si los herederos del difunto respetarían en lo 
porvenir el beneficio otorgado. 

Por esto se explica perfectamente que, cuando tal cosa sucedía, algu- 
nos terrazgueros, no menos astutos, quizás, que agradecidos, al llegar el 
día del aniversario de la liberación recordaran por medio de una ceremo- 
nia oportuna (que sólo tiene de ridicula la apariencia) que en adelante 
quedaban abolidos los derechos del señor y extinguida la obligación co- 
rrelativa; y en su consecuencia, para que fuese bien notorio que ya no 
debían nada, al festejar al señor del feudo en la fecha correspondiente, 
no dejaban de presentarle un simple briborión de leña ó una brizna de paja 
ó de recrear su olfato con el olor de un ave suculenta, como veremos en 
otro capítulo. Por lo menos esta interpretación no parece dudosa cuando 
vemos á los deudores entregarse á grandes regocijos con ocasión de tales 
ó cuales de estos aniversarios. 

¿Se dirá que mejor se habría afirmado la dispensa no haciendo nada? 
De ningún modo, porque, á falta de algún signo conmemorativo, los se- 
ñores habrían podido un día ú otro pretender resucitar su derecho en 

(i) Diminutivo de brin (brizna) ó bribe (zoquete). En francés antiguo, briborión sig- 
nificaba también oración corta. 

(2) El derecho de leño era reconocido asimismo en favor de los Tesoreros de Fran- 
cia, quienes lo hacían efectivo contra los empleados que tenían á sus órdenes. 

(3) La costumbre de incluir en los testamentos liberalidades piadosas y donaciones 
caritativas era tan general, que en algunas ocasiones fueron anuladas disposiciones de últi- 
ma voluntad que no contenían cláusula alguna de este género. 



8o HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

todo SU rigor, puesto que los prestatarios solían obligarse «por ellos y por 
sus descendientes, para siempre.» 

En las iglesias, como en todos los hogares de la cristiandad, el pueblo 
cantaba el día de Navidad noels versificados en lengua vulgar. El arte^ como 
veremos^ no era ajeno del todo á estas composiciones; pero las más de las 
vtCQs eran éstas tan candidas como los pastores en cuyas bocas se ponían. 

En Italia se denominan pastorelle, poesías de pastores; en España, vi 
llancicos; en Poitou, neau 6 ñau; en Borgoña, noe, etc. Estas canciones, 
menos perfectas, desde el punto de vista literario, que las composiciones 
modernas del mismo género, tienen en cambio un encanto particular y nos 
revelan una porción de detalles deliciosos sobre los usos populares (i). 

La fiesta de Nochebuena transcurría, como se comprenderen, en medio 
de ruidosas manifestaciones de alegría. En un anuncio de los «regocijos» 
que debían celebrarse en la Bresse en la noche del 24 de diciembre se 
leía: «En esta noche se dispararán á placer petardos y todos los grandes 
morteros de hierro y habrá un estrepitoso concierto de trompetas, músi- 
cas y tamboriles; y después, en los Mercados, M. Bolear tocará el tire-lire- 
lon-lan-laire y M. Juppa con su gran viola cantará mi,fa, sol, la.» 

Las carolas (2), ó cantos con que se acompañan las danzas á la redon- 
da, pueden ser consideradas como una de las primeras formas de los vi- 
llancicos, después de los himnos litúrgicos propiamente dichos: estas can- 
ciones fueron, en un principio, escritas en latín y compuestas sin duda 
para los misterios que en los templos se celebraban. 

Véase el comienzo de una de las carolas encontradas entre las poesías 
del duque de Orleáns; la estrofa, aunque escrita en el idioma eclesiástico^ 
denota una rima evidentemente intencionada (3): 

Laudes Deo sint atque gloria! 
Hoc tempore, pra' coráis gaudio, 
Exultemus cuín Dei filio 
Misso nohis, a batris gratia (4). 

Los villancicos bilingües (noels farcis), por su misma especial factura, 
parecen haber sido un tipo de transición entre los verdaderos cantos htúr- 

(i) Los villancicos nos inician en las costumbres de la velada, de la bendición del le- 
ño, de poner forraje mejor que de ordinario en el rastel del buey ó del asno, para obsequiar- 
los lindamente y en otras cien particularidades análogas. . 

(2) La palabra carole designa antiguas canciones que acompañaban á las danzas á la 
redonda: el verbo caroler se deriva de charolare que, en el latín de la Edad media, quiere 
decir dirigir una danza. Froissart habla «de la pastorcita que canta canción muy nueva y 
se pone á ca¡-oler.» 

(3) En muchas Prosas la rima ha substituido á la medida de los antiguos versos lati- 
nos; pueden citarse como ejemplos: el Lauda Sión, el Dies Ira; y el Stabat. 

{4) En estos versos la rima resulta, gracias al modo como los franceses pronuncian el 
\?LÚn.—(N.del T.¡ 



LIBRO TERCERO 8 1 

gicos latinos y los poemas populares inspirados por la fiesta más querida, 
la Natividad. Estos cánticos se generalizaron sobre todo en la época en 
que el pueblo dejó de entender los himnos latinos. 

Entre los villancicos bilingües (noels farcis) (i) de francés y latín puede 
mencionarse el siguiente: 

Célébrons la naissance 

Nostri Salvatoris, 
Qui fait la complaisance 

Dei siii Patris. 
Ce sauveur tout aimable 

In node media 
Est né dans un étable 
De cast María (2). 

O este otro cántico de un villanciquero del Velay: 

Corapagnons eamiisl 
Faisons ¡randeainus! 

Venit Dominus: 
N'attendons pas seró, 
Serait ni mis seró: 

llíamprotiníis {^)\ 

La verdad es que esta poesía resulta un tanto tosca; mas como en la 
colección de villancicos populares podemos escoger algunas joyas, citemos 
algunas lindas coplas que forman feliz contraste con el estilo mezclado de 
las precedentes. 

Comencemos por un antiguo villancico de Besanzón que todavía se 
canta durante las veladas en las aldeas: 

Leu Messie est arrivé, 
Faut veni pour l'aidorer; 
11 est dans un petit coin 
Couché sur un lit de foin. 

Chantons, mes enfants, 

Le Dieu Tout-Puissant! 

Monsué le curé z'en tete 
Qii'en discours déjá s'appréte. 



(i) En la Edad media se denominaban también Epsholas fardes las Epístolas de cier- 
tas misas solemnes cuyos versículos eran entonados alternativamente en latín y en rimas 
de lengua vulgar. La palabra se deriva del latín/ar c/re (rellenar, mezclar): en el siglo xviii 
todavía se entonaban epístolas de estas en Aix, Reims, Dijón, etc. 

(2) «Celebremos el nacimiento de Nuestro Salvador, que complace á Dios su Padre. 
Este Salvador amable, á media noche nació en un establo, de la casta María.» 

(3) «Compañeros, ¡vamos! ¡Regocijémonos! Vino el Señor: no esperemos á la noche; 
sería demasiado tarde. ¡Es menester ir en seguida!» 

Tomo II 5 



82 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

L'y fera biau compliment: 

Cest ben lui qu'est l'plus savant. 

Monsué le mair' du village 
Tout mouillé z'arrive en nage, 
Apportant son meilleur vin, 
Róti fi'oid z'et du bon pain. 

Voici Tai d'moiselle Sophie 
Q.'aipporte un biau couvre-pié, 
Pour cacher les p'tits petons 
De ce tant joli Poupon. 

Des le souleil la couturiére 
Y viendra tout' la premiére, 
Pour taire au grand saint Joset 
Beir culott, veste et gilet. 

Chantons, mes enfants, 

Le Dieu Tout-Puissant! (i). 

Mencionemos también algunas estrofas aisladas, tomadas de aquí y 
de allí: 

Entre le bceuf et le bouvet. 

Noel, nouvelet 
Voulut Jésus, nostre maistre, 

Dans un petit hostelet 
En ce pauvre monde naistre, 

O Noel nouvelet (2). 



Boutons notre habit le plus biau 

Que j'ons quand il est íéte, 
Pour adorer l'enfant nouviau (3)! 

Aprés avoir pris moun bonnet 
Y dirai, si je n'crains; 



(i) «El Mesías ha llegado y es preciso que vayamos á adorarlo; eslá en un rinconcito, 
sobre una cama de heno. ¡Cantemos, hijos míos, al Dios Todopoderoso! El señor cura va 
delante preparando un discurso; le dirigirá un bello cumplimiento, que en verdad es él el 
más sabio. El señor alcalde del pueblo, completamente mocado, llega sudando á mares, 
trayendo su mejor vino, asado fiambre y buen pan. Aquí está la señorita Sofía que trae un 
bonito cubrepiés para esconder los piececitos de tan lindo angelote. En cuanto amanezca, 
vendrá antes que nadie la costurera, para hacer al gran San José unos calzones, una cha- 
queta y un chaleco. ¡Cantemos, hijos míos, al Dios Todopoderoso!» 

(2) «Entre el buey y el cepillo de carpintero, Navidad nuevecita, quiso Jesús, Nuestro 
Señor, nacer en este pobre mundo, ¡oh Navidad nuevecita!» 

(3) «Pongámonos nuestro mejor vestido, el que nos ponemos en los días de fiesta, para 
ir á adorar al Niño recién nacido.» 



LIBRO TERCERO 83 

Serviteur bon Dieu! nous voicy; 

Vous vous portez bien^ Dieu merci (i)! 



Pongamos ejemplos de un género diferente, pero no menos chistoso: 

L'un apportait un agneau 

Avec un grand zéle, 
L'autre, un peu de lait nouveau 

Dedans une écuelle. 
Tel, sous ses pauvres habits, 
Cachait un peu de pain bis 

Pour la Sainte Vierge 

Et Joseph, concierge (2). 

Este calificativo aplicado á San José no debe ser considerado como 
una irreverencia. Cierto que en nuestros días la palabra concierge (portero) 
es modesta como las runciones á ella anejas; pero no siempre fué así, sino 
que antiguamente el concierge (conserje) era un empleado del rey elegido 
entre los más nobles, que en algunos casos hasta gozaba del privilegio de 
alta justicia. Y cuando Luis XI modificó esta especie de judicatura, su 
ilustre médico Juan Coictier fué quien heredó el cargo de conserje-baile. 

La condición social del conserje ha descendido bastante, como se ve, 
de su antigua grandeza. 

Un hecho, que al azar escogemos entre cien, dará idea de la importan- 
cia que tenía este empleo en tiempo de nuestros antepasados: la reina Isa- 
bel de Baviera, según refieren sus historiógrafos, se hizo nombrar «con- 
serje de la conserjería del palacio.') He aquí una ambición que actualmiente 
atormentaría á pocas grandes damas. Pero sigamos pasando revista de los 
villancicos: 

Pourquoi dans cette étable 
Voulez-vous demeurer? 
Vous n'avez lit, ni table. 
Ni feu pour vous chaufier. 
Au milieu de deux bétes, 

Sauf votre respect, 
Ma íoy, bien mal vous étes, 
Sortez-en s'il vous plait (3)! 



(i) «Después de coger mi gorro, le diré, si no siento temor: Servidor buen Dios; aquí 
estamos; ;os encontráis bien? ¡A. Dios gracias!» 

(2) «Uno llevaba un cordero con gran celo; otro un poco de leche fresca dentro de una 
escudilla. Había quien debajo de sus pobres vestiduras ocultaba un poco de pan moreno 
para la Santa \'irgen y para José, el portero. n 

(3) «^-Por qué queréis permanecer en ese establo: No tenéis cama ni mesa, ni fuego 
para calentaros. En medio de dos animales, dicho sea con vuestro respeto, estáis á fe mía 
muy mal. ¡Haced el favor de salir de ahí.» 



84 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Mas lo que colma de alegría la fe popular es la idea de que la venida 
del Niño-Dios «hace rabiar al diablo, ese picaro ruin que roba las almas 
induciéndolas al mal:» 



Le grand dyable est enraigé! 

Voy va! voy va! comme il trotte! 

Le Sauveur du monde est né 

En Bethléem la cité, 

D'une vierge sans reproche... 

Le grand dyable est enraigé; 

Voy va! voy va! comme il trotte (i)! 



La siguiente plegaria, que tomamos de un villancico del Poitou, está 
inspirada en un pensamiento análogo: 

Prions le Fils par la Mere, 

Qu'en son logis éternau 

Nous loge, sans vitupere, 

Malo[i-é le dvable infernau, 

Qui toujours veut faire mau 

Par sa cautelle notoire, 

Oh! qu'il est laid le maraud (2)! 

Un poeta tuvo la siguiente encantadora inspiración: los animales más 
graciosos, los que se ciernen por encima de los fangos terrenales y viven 
en el firmamento, en una palabra^ las aves, visitan al Niño de Belén y cada 
uno le murmura las cosas más agradables y se ofrece á servirle á su modo. 

El comienzo tiene algo de solemne: 

Pour honorer les langes 
Du Rol de l'univers. 
Cent mille oiseaux divers 
Chantent avec les anges 
Répandus dans les airs, 
Et mélent leurs louanges 
Aux celestes concerts (3). 

Luego empieza el largo desfile de homenajes de esos cantores alados. 



(i) «¡El gran diablo está rabioso! ¡Anda, anda!, ¡cómo trota! Ha nacido el Salvador del 
mundo en la ciudad de Belén, de una virgen sin tacha... El gran diablo está rabioso; ¡anda, 
anda!, ¡cómo trota!» 

(2) «Roguemos al Hijo, por intercesión de la Madre, que nos aloje sin vituperio en su 
vivienda eterna, á pesar del diablo infernal, que siempre quiere hacer mal con su notoria 
cautela. ¡Oh! ¡Qué feo es el bribón!» 

(3) Loc.cit., 1 36. «Para honrar los pañales del Rey del universo, cien mil pájaros dis- 
tintos cantan con los ángeles, diseminados por los aires, y mezclan sus alabanzas en los 
celestes conciertos.» 



LIBRO TERCERO 85 

La golondrina, conmovida al ver la pobreza del establo, 

Ofíre son ministére 
Pour une autre maison: 
«Je m'entends á les faire, 
Je suis un peu macón (i).» 

La alondra, acostumbrada á perderse en las inmensidades del espacio, 

Veut finir sa carriére 

Tout auprés du berceau (2). 

^\ pin:(ón no tiene talento ni riquezas, pero sí buen corazón, y 

Dit, pour tout verbiage, 
Dans son petit langage: 
«Je vous ainie, Seigneur. .. (3).')) 

Y ahora un contraste: 

, Le coq, d'une voix fiére, 
Chante: Coquericol 
J'annonce la lumiére: 
Salut, Astre nouveau (4)! 

Siguen luego curiosas estrofas referentes al cuervo y á la abeja: 

C'est le corbeau, qui n'ose 
Faire entendre sa voix: 
II apporte une noix, 
N'ayant rien autre chose 
Digne d'un si grand Roi; 
Doucement il la pose, 
Et s'en retourne au bois. 



Une petite ahcille, 
Bourdonnant en frelon, 
S'approcha du poupon, 
Luí dísant á I'oreille: 
«J'apporte du bonbon; 
II est doux á merveille, 
Goútez-en, mon mignon (3)!» 



(i) «Ofrece sus servicios para hacer otra casa: «Sé hacerlas, porque soy algo albañil.» 

(2) «Quiere terminar su vuelo junto á la cuna.» 

(3) «Se limita á decir en su modesto lenguaje: «¡Señor, os amo!» 

(4) (iE\ gallo, con voz arrogante, canta ¡quiquiriquí! Yo anuncio la luz. Salve, Astro 
nuevo.» 

(5) «Es el cuervo, que no se atreve á dejar oir su voz: trae una nuez, pues no tiene nada 
más que sea digno di tan gran Rey; allí la deja suavemente y se vuelve al bosque... Una 
pequeña abeja, zumbando como un zángano, se acercó al Niño, diciéndoleal oído: «Traigo 
un bombón dulcísimo; ¡probadlo, nene mío!» 



86 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

¿No es realmente conmovedor el acto de esta pobre abeja que ofrece 
miel al Niño que está en la cuna y que, al morir en la cruz, no tendrá 
más bebida que «vinagre y hiél?» 

En resumen todas las aves rivalizan en gentileza y en amor hacia el 
Niño del Pesebre; y hasta el mismo pavo irá á poner á la disposición de 
la Sagrada Familia su carne suculenta: 

Par un noble abandon 
II s'oñre á la cuisine 
De la sainte maison (i). 

En calidad de villancico original y extravagante, difícilmente se en- 
contraría otro que aventajase á este: 

Allons, bergers, allons tous! 

L'ange nous appelle; 
Un Sauveur est né pour nous: 

L'heureuse nouvellel 
Une étable est le séjour 
Qii'a choisi le Dieu d'amour. . 

Courons au, zau, zau, 

Courons plus, plus, plus, 

Courons au plus vite 

A ce pauvre gite. 
Quel présent faut-il porter 

A ce nouveau maitre? 
Robín pour remmailloter 

Oíírira des Unges? 
Grosgilet, un agnelet; 
Moi, je porte avec du lait 

Le plus beau, beau, beau, 

Le plus fro, fro, fro. 

Le plus beau, le plus fro. 

Le plus beau fromage 

De nostre village (2). 

En verdad que resulta delicioso en medio de su tontería. 

Citemos, por último, un villancico tan edificante como antiguo, tra- 



(i) «Con noble abandono se ofrece á la cocina de la santa casa.» 

(2) E. Rivet, Vieitx Noels. «¡Vamos, pastores, vamos todos! El ángel nos llama. Ha 
nacido para nosotros un Salvador: ¡Ventura nueva! Un establo es la vivienda que ha esco- 
gido el Dios de amor. Corramos lo, lo, lo, corramos más, más, más, corrámoslo más de 
prisa posible á ese pobre albergue. ;Qué regalo hay que llevar á ese nuevo dueñor ;Robin 
ofrecerá ropa blanca para envolver su cuerpecito? Grosgilet, un corderito. Yo, además de 
leche, traigo el más buen, buen, buen, el más buen, el más que, el más buen queso de 
nuestra aldea.» (En Cataluña se canta un villancico muy parecido á éste, en cuanto á la 
forma). 



LIBRO TERCERO §7 

ducido al francés moderno (r), que todos los niños deberían saber de me- 



moria: 



Charmants bebés d tete blonde, 
Voici Noel! Apprétez-vous 
A féter demain á la ronde 
Noel qui donne des joujoux. 

Alors, des souliers qui, la veille 
Étaient au foyer suspendus, 
Sortira plus d'une merveille 
Dont vous resterez confondus. 

N'oubliez pas dans le partage, 
Qiie, moins favoriscs que vous, 
II est des enfants de votre age 
Qiú n'ont jamáis eu de joujoux... 

Songez-y! Noel qui vous aime 
Et vous comble de tant de bien 
A dit: «Le pauvre c'est moi-méme 
Donnez á ceux-lá qui n'ont rienl» 



L'an prochain, que le Ciel vous garde! 
Si vous donnez vos petits sous, 
Le bon Noel qui vous regarde 
Enfants, se souviendra de vous. 

Donnez! Noel vous le demande; 
Sacliez vous priver s'il le faut: 
Et le Bon Dieu qui le commande, 
Un jour vous le rendra lá-haut! 

Pour vous il sera moins sévére, 
II usera de sa bonté. 
Car il bénit ceux qui, sur terre, 
Pont en son nom la charité (2). 



(I) M. L. d'Epizy. 

(■¿) «Encantadores niños de rubia cabeza, ¡ya llegó Navidad! Disponeos a festejar ma- 
ñana en el corro á la Navidad que da juguetes. Entonces, de los zapatos que la víspera es 
taban colgados en el hogar, saldrá más de una maravilla que os dejará suspensos. En vues- 
tro reparto, no olvidéis que hay niños de vuestra edad, menos lavorecidos que vosotros, 
que nunca han tenido juguetes. ¡Pensad en ellos! Navidad, que os ama y os colma de tan- 
tos bienes, ha dicho: «El pobre es como si fuese yo mismo: ¡dad á los que nada tienen! El 
año que viene, ¡que el cielo os deje ver!, si dais vuestros céntimos, la buena Navidad que 
os contempla se acordará, niños, de vosotros. ¡Dad! ¡Navidad os lo pide; sabed privaros 
de algo, si es preciso, y el buen Dios, que manda en ella, un día os lo devolverá allí arriba. 
Será menos severo con vosotros, os , mostrará su bondad, porque bendice á los que en su 
nombre practican la caridad en la tierra.» 



88 



HISTORIA DE LAS CREENCIAS 




Medalla de plomo del arzobispo de los Ino- 
centes de la parroquia de San Fermín en 
Amiéns, año 1 120. 



Para terminar la serie de las fiestas que se celebran por el orden del 
calendario, fáltanos hablar de la solemnidad de los Santos Inocentes, res- 
pecto de la cual nos detendremos especialmente en describir y explicar la 
extravagante Fiesta de ¡os Locos, que fué la que la caracterizó durante mu- 
chos siglos. 

Los Santos Inocentes, es decir, los niños varones de menos de dos 
años que Herodes mandó inmolar en las inmediaciones de Belén, han sido 
siempre venerados y festejados como los primeros mártires del cristianis- 
mo; pero, por razones que luego explicaremos, la fiesta degeneró en ver- 
daderas mascaradas, lo que no debe 
sorprendernos teniendo en cuenta que 
los personajes fueron escogidos pri- 
meramente entre los niños de coro y 
los jóvenes clérigos, harto dispuestos 
en toda ocasión á divertirse. Ellos 
mismos elegían entre sí, como «obis- 
po de los Locos (i),» á un adolescen- 
te que con mitra y 'báculo se dirigía 
al templo bendiciendo á los transeún- 
tes. Estos mozos alborotados se entregaban á verdaderas parodias de las 
ceremonias religiosas, con el pretexto de divertirse, disfrazándose unos de 
frailes de una manera grotesca, echando otros recortaduras de cuero en 
los incensarios; en una palabra, cometiendo lo que entonces se denomi- 
naban «hbertades de diciembre.» 

La juventud es naturalmente inconsiderada; mas, á pesar de ser esta 
una verdad harto sabida, cabe preguntarse de dónde podía proceder la idea 
de tales diversiones y qué razones pueden, ya que no disculparlas, por lo 
menos explicarlas. 

A esto hay que contestar que la ingenua fe popular de la época con- 
sideraba cosa muy natural y hasta piadosa hacer locuras en honor de los 
Inocentes, nombre este que se ha conservado entre las poblaciones rura- 
les como sinónimo de locos tranquilos en oposición á los locos peli- 
grosos. 

Y aun actualmente, ¿no citan muchas personas como proverbio las pa- 
labras del Evangelio «Bienaventurados ¡os pobres de espkitu,» aplicándolas 
erróneamente á gentes privadas por completo de inteligencia? ¡Como si 
en realidad el Evangelio hubiese querido hacer la apología de la imbecili- 
dad y reservar el Paraíso á los locos y á los tontos! 

De todos modos, á pesar de la interpretación popular, el verdadero sen- 
tido del texto difiere singularmente del que aquélla le atribuye, puesto que 
se refiere, no á los pobres de espíritu, sino á los pobres en espíritu (2), es 

I ) Episcopus stultorum. 
(2) Beati paiiperes spiritii. 



LIBRO TERCERO 



89 




Obispo de los locos en el acto de bendecir. 
(Fragmento escultórico de la iglesia de 
Saint-Spire de Corbeil, cerca de París). 



decir, á los que por gusto á por superior virtud buscan la simplicidad en 
los placeres lícitos y la sobriedad estricta en la vida ordinaria. 

Y es que efectivamente puede una persona verse favorecida por la for- 
tuna y practicar el espíritu de pobrera, 
y en cambio el indigente codicioso, 
rebelde y rencoroso, puede carecer en 
absoluto de esta virtud de esencia to- 
talmente cristiana. Es más, reyes y 
princesas ha habido que, en medio de 
los esplendores de la corte y de los 
vanidosos halagos de los cortesanos, 
han dado el edificante ejemplo de 
un amor profundo y sincero á la po- 
breza: ejemplos de ello, San Luis y 
Santa Isabel, reina de Hungría. 

En la Edad media, la gente se re- 
gocijaba «locamente con los inocen- 
tes tranquilos,» al paso que exorci- 
zaba y maldecía á los furiosos, en 
quienes con facilidad veía endemo- 
niados. 

De nuestras investigaciones para ver si los historiadores habían exage- 
rado caprichosamente los usos de aquellos tiempos, resulta que los hechos 
relatados debieron considerarse, si no como generales, por lo menos como 
muy frecuentes. No ha íaltado, naturalmente, quien culpara á la Iglesia de 

los desórdenes y de las 
irreverencias cometidos 
por estudiantes y colegia- 
les; pero los que tal han 
hecho se han guardado 
muy bien de decir que la 
autoridad eclesiástica, le- 
jos de fomentar esas inde- 
cencias, se esforzaba por 
todos los medios posibles 
para refrenarlas. 
A fines del siglo xii, por ejemplo, Mauricio, obispo de París, trató en 
vano de abolirías en su diócesis; y Odón, arzobispo de Sens, intentó lo 
propio sin éxito alguno. 

El grave Gerson, escandalizado de lo que veía, lamentóse de ello viva- 
mente y excitó á los príncipes cristianos á que intervinieran para evitar ta- 
les espectáculos. El deán y el cabildo de San Vicente, de Chalóns, utili- 
zando las advertencias de aquel piadoso doctor, acudieron al Parlamento 





Medalla del papa de los locos, según Rigollot 



90 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

solicitando la abolición de semejantes desórdenes en su iglesia; y en con- 
testación á su demanda dictóse el siguiente curioso decreto, que fué el 
principio de la supresión de aquellas diversiones en los santuarios del 
reino: 

«En virtud de la queja y petición hecha ante nuestro Tribunal por el 
deán y el cabildo de San Vicente de Chalóns, ampliadas por el Procurador 
general del Rey; el dicho Tribunal, para obviar los escándalos é irrisiones 
que un día y otro han venido sucediendo y pueden suceder, y á fin de 
que el servicio divino continúe en las iglesias, catedrales, colegiatas y otras 
de la jurisdicción de dicho Tribunal, sin irreverencia é insolencia con oca- 
sión de los Santos Inocentes, este Tribunal ordena que se prohiba á los 
eclesiásticos y concurrentes á la dicha iglesia de San Vicente y de todas 
las demás iglesias de su jurisdicción hacer en lo sucesivo insolencia ni tu- 
multo en dichas iglesias el día de Inocentes y otros días. Se prohibe igual- 
mente vacar en aquélla y correr por las poblaciones danzando y con traje 
no decente para el estado eclesiástico; sino, por el contrario, hacer conti- 
nuar el Sacrificio divino con tanta modestia de costumbres y de vestidos 
como requieren los sagrados Cánones y Decretos; todo ello bajo pena de 
poner las temporalidades en manos del rey. Y á este fin el Tribunal ex- 
horta á todos los jueces eclesiásticos superiores é intima á los jueces ordi- 
narios reales que hagan guardar y cumplir rigurosamente el contenido de 
este decreto (i).» 

Eran tales el poder de la costumbre y el placer que el público encon- 
traba en esos «regocijos,» que un concifio celebrado á fines del siglo xv, 
al mismo tiempo que fulminaba sus censuras contra la indecencia de tales 
diversiones hubo de hacer la concesión de limitar «á tres cubos el agua 
que podía echarse á la cabeza del sochantre.» 

Todavía en el siglo xvii se celebraba anualmente en Provenza la fiesta 
de los Locos. 



(i) Mém. sur la Féte desfoiis, pág. 42. 



CAPITULO V 

COSTU.MBRES RELATIVAS AL DOMINGO Y Á LAS FIESTAS BALADORIAS 

El descanso del se'ptimo día, según los antiguos anales de la China.— El número siete en la 
historia.— El chabbath (sábado) de los hebreos: ;á qué distancia podia extenderse el 
paseo.'— Las treinta y nueve reglas del sábado. —El domingo y los primeros emperado- 
res cristianos.— Legislación de los trabajos serviles; confiscación de caballos ó «del buey 
déla derecha».. .—Él baile y los saltim.banquis del domingo,- Los barberos y «el día 
del Señor.»— Diversas herejías relativas al domingo: aerianosy sabbatarios...; el ayuno 
del domingo.— El decadi republicano y sus vicisitudes: extrañas decisiones del Tribu- 
nal de Casación.— Los regocijos de los decadis.— Una observación de Julio Simón.— El 
domingo en el siglo xix; los presidiarios y los reglamentos de las penitenciarías —El 
descanso délos funcionarios y el descanso de los «trabajadores.»— Las/(?s¿as balado- 
rias en la Edad media: extravagantes regocijos y decretos de los Parlamentos. — Paseo 
grotesco y procesos satíricos según los documentos judiciales. 

La Providencia, al dotar al hombre de fuerzas limitadas, le ha puesto 
en la necesidad de reparar su organismo, no sólo mediante las benéficas 
horas de un sueño reparador, sino además con ciertos días de descanso, 
so pena de ver debilitada su inteligencia, alterada su salud y anticipada 
prematuramente su vejez. No menos que el caballo y el buey necesita el 
hombre ser desuncido de cuando en cuando, y por esto el descanso fué el 
accesorio natural de las fiestas religiosas. 

Por otra parte, el deseo de recrearse, tan instintivo en el hombre, le 
ha impulsado á interrumpir su trabajo aun en ocasiones en que el reposo 
no era para él ni una necesidad física ó intelectual, ni un deber de piedad; 
de lo cual resulta que los días de descanso pueden clasificarse en dos ca- 
tegorías, la de los que van unidos á solemnidades religiosas y la de los 
que constituyen diversiones prof^mas, tales como las fiestas baladorias de 
la Edad media, que luego describiremos á título de muestra. 

Ahora bien: como en las fiestas de precepto religioso ocupa evidente- 
mente un lugar importante la historia del descanso hebdomadario y de su 
transformación provisional en Decadi, comenzaremos este capítulo con 
una ojeada retrospectiva. 

Los días feriados, no sólo se celebraron periódicamente en todos los 
pueblos con una suspensión del trabajo, sino que casi en todas partes el 
descanso se repetía cada siete días. En los libros sagrados anteriores á Con- 
íucio (que vivió 550 años antes de la era cristiana) vemos que la Divini- 



92 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

dad debía ser glorificada á cada séptima aparición del sol en el firmamen- 
to: «Vendréis á venerar cada siete días al Tien (i),» se lee en el Yking. 

Los Anales de la China de Sec-Masien (2), los textos del Chu-king y 
oíros refieren que desde tiempo inmemorial los emperadores chinos ofre- 
cían un sacrificio á la suprema Unidad Tay-Y cada siete días y prohibían 
los negocios en tal día, que se denominaba día grande (3). 

Aristóbulo, filósofo peripatético, cita diversos pasajes de Homero y de 
Hesiodo que señalaban dicho día como santo para el universo entero. 

Platón, en el libro II de las Leyes, hace la siguiente admirable declara- 
ción: «Los dioses, movidos á compasión hacia el género humano conde- 
nado por su naturaleza al trabajo, nos han proporcionado intervalos de 
descanso en la sucesión regular de las fiestas instituidas en su honor, á fin 
de que con su ayuda pudiéramos fortalecer nuestra educación que se rela- 
ja y se corrompe, bajo muchos conceptos, en el curso de la vida.» 

Es imposible expresar mejor el sentido y el alcance moral del descan- 
so periódico. 

Los indos, los persas, los caldeos y los peruanos tenían en gran esti- 
ma el séptimo día; los atenienses y los romanos también lo celebraban, y 
los druidas de Bretaña lo consideraban sagrado. 

Es indudable que, aun antes de que Moisés hiciera del reposo del sába- 
do un precepto legislativo, este día era celebrado por el pueblo, según ob- 
servan Philón (4) y Josefo (5); y lo demuestra la misma fórmula emplea- 
da por el legislador: «Acuérdate de santificar el día de sábado (6),» con 
lo que recordaba á todos la observancia de una institución preexistente. 

Y en efecto, aun antes de que se promulgara la ley en el Sinaí^ los 
hebreos se abstenían, en dicho día, de todo trabajo, incluso el de recoger 
el maná. 

El sábado, además de la idea de la oración que sugería, tenía otra ra- 
zón de ser, cual era la de conceder un poco de libertad especialmente á 
los criados; así lo dice expresamente el Deuteronomio. De modo que la 
ley del descanso sabatino era una ley humana y divina en su alcance y en 
su objeto. El número siete se nos presenta con un carácter en cierto modo 
sagrado: el diluvio comenzó siete días después del último aviso celeste y el 
arca se detuvo después de siete meses de inundación; las principales fies- 
tas judías habían de durar siete días; la de las cosechas se celebraba siete 
semanas después de la de la Primavera, y las grandes asambleas se verifica- 
ban el séptimo mes del año; á la tierra se la dejaba descansar cada siete años; 
después de siete vects siete años celebraban los judíos su jubileo. 

(i) El r/c» ó cielo supremo. 

(2) Essai sur tes Mém. diin., por el P. Tibot, pág. 38 1 . 

(3) Annal.ptiil., II, 147. 

(4) De opificio miindi et de vita Mosis. 
(3) Contra Apión, 2. 

('i) Memento ut diem Sabbati s.victiflces (Éxodo, XX, 8). 



LIBRO TERCERO 93 

Al séptimo día caen al son de las trompetas las murallas de Jericó; Da- 
vid cantaba siete veces al día las alabanzas al Señor; la Escritura habla de 
las siete lámparas del tabernáculo, del candelabro de los siete brazos de oro, 
y de los siete cángeles; los holocaustos eran de siete víctimas, según se ve 
en los sacrificios de Abraham, de Job y de David; los diáconos elegidos 
por los apóstoles son siete, siete los pecados capitales, siete los sacramentos, 
siete los dones del Espíritu Santo, siete los salmos de la penitencia y siete 
las peticiones contenidas en la oración dominical. 

También en la historia profana encontramos este número excepcional: 
los siete sabios de Grecia, las siete maravillas del mundo, los siete jefes de 
la edad heroica, etc. 

El día de reposo continúa denominándose sábado (i) entre los israeli- 
tas, empieza el viernes por la tarde para terminar al anochecer del día si- 
guiente^ y se consagra con una abstención absoluta de trabajo. Antigua- 
mente los judíos no tenían derecho en dicho día á pasear á mayor distan- 
cia de 2,000 anas de su casa: á esto se le daba el nombre de camino del 
sábado (2). 

Las tradiciones rabí nicas afirman que cierto río llamado Sabático ce- 
saba de correr el día séptimo por virtud de una maravilla incomparable, 
designando con aquel nombre un río que algunos autores sitúan en la Pa- 
lestina y cuya existencia niegan otros. Sin embargo, el historiador Josefo, 
traducido por Arnaldo de Andilly, alude á él en los siguientes términos: 
«Tito encontró un río que bien merece que nos ocupemos de él. Pasa 
cerca de Rafanea, del reino de Agrippa, y tiene algo de maravilloso por- 
que después de haber corrido seis días con gran abundancia y bastante 
rapidez, se seca de pronto y al otro día vuelve á correr seis días más co- 
mo antes, y de nuevo se seca al séptimo sin jamás variar este orden. Esto 
ha hecho que le llamaran Sabático, porque parece que festeja el séptimo 
día, como los judíos.» 

Plinio quiso referirse probablemente á ese río al decir que hay en Ju- 
dea un arroyo «que permanece seco todos los séptimos días (3).» 

La observancia rigurosa del Sábado judío ha sido objeto de treinta y 
nueve reglas distintas: está prohibido trabajar la tierra, guisar, coser, ca- 
zar, pescar, encender un hogar (4), etc.; se puede sin embargo, por vía 
de excepción, hacer encender un poco de fuego por alguien que no sea judío. 
No está permitido comprar, ni vender, ni emprender un viaje; las muje- 
res, mientras dura el sábado, mantienen encendida una lámpara que ge- 
neralmente tiene seis brazos ó por lo menos cuatro, y que á menudo arde 
durante la mayor parte de la noche; se dispone una mesa cubierta con un 

(i) OCIiabbat. 

(2) Decíase también: ca»¡/)zo /iczío. 

(3) In Judea rivus ómnibus septem diebits siccatur. 

(4) Ciirs. tlieoL, pág. 20. 



94 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

mantel blanco y se coloca en ella pan que se tapa con otro lienzo largo y 
estrecho «en memoria, según dicen, del maná que caía en el desierto y que 
tenia rocío encima y debajo.» 

Entre los israelitas, no sólo tenia el hombre el descanso sabático al 
séptimo día, sino que además se quería, según hemos dicho, que tam- 
bién la tierra participara, en cierto modo, de la conmemoración del des- 
canso de Aquel que la había sacado de la nada; por esto se la dejaba des- 
cansar cada siete años. 

■ Al cabo de siete semanas de años, ó sea después de transcurridos cua- 
renta y nueve años (i), celebrábase el Jubileo y durante el año quincuagé- 
simo se dejaba la tierra sin cultivo (2). Entonces los bienes enajenados 
durante el medio siglo precedente volvían al poder de sus antiguos due- 
ños, según explicaremos más completamente en el capítulo de la pro- 
piedad. 

La costumbre de la celebración del domin^^o, que la Iglesia substituyó 
al sábado de los judíos para glorificar el día de la Resurrección, fué san- 
cionada por los emperadores cristianos. Uno de los primeros cuidados de 
Constantino fué prohibir á los tribunales que administraran justicia en di- 
cho día; también prohibió las labores rudas á los artesanos, pero no á los 
agricultores (3), pues el trabajo de los campos parecía entonces una nece- 
sidad. Aquel emperador, al decretar el descanso dominical, lo hacía par- 
ticularmente para los paganos, porque los cristianos se regían ya por el 
precepto religioso, que el soberano quería confirmar oficialmente median- 
te una ley civil. 

Teodosio mantuvo las mismas prohibiciones, si bien autorizando las 
manumisiones de esclavos en domingo, como acto loable y grato á 
Dios (4). 

En una interesante ley de León I, emperador de Oriente en el año 
460, se lee: «Q.ue en el día del Señor, eternamente digno de honor y de 
respeto, no se realice acto alguno de procedimiento; que el deudor no sea 
requerido y que no se oiga ningún alegato; que la ruda voz del alguacil 
enmudezca; que los litigantes interrumpan sus disputas; que más bien los 
adversarios procuren reconciliarse, y que el arrepentimiento entre en su 
alma. Queremos que el domingo sea una fecha de descanso y no un día 
de placeres vulgares; suspéndanse, pues, el domingo las representaciones 
teatrales, las carreras del hipódromo y los lamentables combates de fieras. 
Y si el aniversario de nuestra coronación cae en domingo, sea su celebra- 
ción aplazada. »> 

Un decreto de Childcberto I tolera solamente, como único trabajo, la 



( 1 ) Siete veces siete años. 

(2) Levitico, XXV, XXVII. 

(3) Cod. de Feriis, 3. 

(4) Cod., I, 2. 



LIBRO TERCERO 95 

preparación de los alimentos necesarios para la vida; y en otro decreto del 
año 554 el propio principe prohibe la embriaguez, las bufonadas y los 
cantos durante las noches que preceden á las fiestas, bajo pena de cien 

azotes. 

Los Estatutos sinodiales de San Bonifacio (i), de 747, contienen, en 
el canon 23.°, una disposición notable que dice que «al hombre libre que 
labrará un campo en domingo se le confiscará el buey de ¡a derecha,» pena 
grave porque el buey de la derecha era generalmente el más vigoroso de 
la yunta y el mejor adiestrado. 

Un edicto de Carlomagno prohibe todo trabajo servil, aunque se reali- 
ce dentro de casa (2). 

En 813 se prohibió ejecutar en domingo á los reos de muerte, por- 
que no debía derramarse sangre expiatoria en un día de alegría y de resu- 
rrección. 

El concilio de Szaboles (Hungría), convocado en 1092 por el rey La- 
dislao, adoptó resoluciones análogas á las de los Estatutos sinodales de 
San Bonifacio: «Si un laico, dice el Conciho, caza en día de domingo ó 
de gran fiesta, será castigado con la pérdida de un caballo, ó en vez de 
éste dará un buey. Si el que caza es clérigo, será suspendido en sus funcio- 
nes hasta que dé satisfacción. Será también castigada con la pérdida de un 
caballo toda persona que ejerza comercio en el día del Señor. En cuanto 
al tendero que en domingo abra su establecimiento, será coftdenado á des- 
truir su tienda ó por lo menos á pagar 55 libras. Y finalmente, si un 
judío trabaja en domingo, perderá la herramienta de que se haya ser- 
vido (3).» 

A fines de 1559 los Estados generales de Orleáns elevaron al rey «sus 
quejas y reclamaciones á propósito del domingo,» y en 1560 Carlos IX 
pubHcó la Ordenanza llamada de Orleáns, cuyos artículos 23, 24 y 25 
contienen la enumeración de lo que no puede ser autorizado el día santo. 
La ley se dirigía en primer término á los jueces recomendándoles que 
no toleraran «que en los días de los domingos y fiestas se celebraran ferias 
ni mercados ni bailes públicos.» Prohibe luego el rey «á todos los que re- 
presentan farsas, á los saltimbanquis y demás, que representen en dichos 
días de domingos y fiestas, en las horas de servicio divino, que se vistan 
trajes eclesiásticos y que representen cosas disolutas y de mal ejemplo, 
bajo pena corporal.» Otras muchas sanciones más ó menos severas para 
conseguir el descanso dominical se dictaron sucesivamente hasta llegar á 
la ley de 18 14, que, como es sabido, ha sido recientemente derogada. 
Entre los antiguos Reglamentos, hay uno que merece ser reproduci- 



(i) Arzobispo de Maguncia que consagró á Pipino el Breve, 

(2) De 22 de marzo de 789 «Diem dominicum colite, opiis servilis non f adates ..» (Ca- 
itulares, libro VI.) 

(3) C. 12, ib, 16, 26. 



<-)6 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

do: el Bando de los barberos de Douai no permiiia que nadie se hiciera afei- 
tar en domingo. La fórmula textual de esta prohibición decía: «Que ningu- 
nos barberos ni barberas afeiten en domingo, si no es á un nuevo sacer- 
dote, ó nueva corona, ó á un recién nacido, ó á persona á quien la 
necesidad mande que se le haga. Que los barberos ó barberas no sean 
osados á arrojar al agua ó al río de esta ciudad la sangre de las sangrías 
por ellos practicadas, sino que la lleven á los campos con los cabellos y 
barbas que tengan, lo más lejos posible de la población, y los entierren ó 
hagan enterrar, bajo pena de diez libras de multa y de destierro de la 
ciudad (i).» 

La ley del domingo, como todo precepto religioso, había de suscitar 
refractarios, es decir, herejes. En efecto, Aerio (2), heresiarca del siglo iv, 
emitió la extraña tesis de que el domingo, en vez de regocijarse y descan- 
sar, había que hacer penitencia y «que, por el contrario, era supersticioso 
ayunar en cuaresma, sobre todo los miércoles y los viernes.» Esta secta no 
tuvo sino unos pocos adeptos en Armenia. 

Hubo también los sabatarios (3), judíos conversos ó que se decían ta- 
les, quienes pretendían conservar la celebración del sábado según las an- 
tiguas observancias de la ley judaica, afirmando que el sábado no había 
sido abolido por ninguna ley en el Nuevo Testamento y que, por consi- 
guiente, el domingo no debía ser celebrado con ninguna manifestación. 

Como consecuencia de una confusión en que se incurre á menudo, 
invócase contra la ley del domingo una violenta diatriba de Voltaire. 

Ciertamente que quien había dicho: «El pueblo necesita un aguijón y 
heno (4),» no se preocupaba gran cosa de aquellos á quienes su desdeño- 
sa aristocracia calificaba de «canallas;» sin embargo, lo que provocó las 
censuras del filósofo no fué tanto el descanso dominical como el gran nú- 
mero de días feriados que había durante la semana y que en su tiempo 
ascendían á ochenta y dos, sin contar los domingos. «Los taberneros, es- 
cribe Voltaire (5), son indudablemente los que han inventado este núme- 
ro prodigioso de fiestas: la religión de los aldeanos consiste en emborra- 
charse el día de un santo á quien sólo por este cwlto conocen. En esos 
días de ociosidad y de desorden es cuando se cometen todos los crímenes; 
las fiestas son las que llenan las cárceles y hacen vivir á los arqueros, es- 
cribanos, magistrados de lo criminal y verdugos. ¡Lo que se necesita es el 
trabajo! ¡Sólo él santifica.» 

(i) Archivos de la ciudad de Douai. Cartulario, í'olio 18, armario 17.— M. Desmaze 
Curios, des anc. Just. 

(1) Aerio, nacido en el Ponto, fundó una nueva secta después de haber seguido en un 
principio los errores de Arrio. 

(3) O sabatarianos. 

(4) Voltaire. 

(5) Dictionnaire philosophique. 



LIBRO TERCERO 97 

La crítica no es tan lógica como á primera vista parece; por lo menos, 
para que sea justa es menester restringirla.- En efecto, Voltaire no tuvo 
en cuenta que, al multiplicarlas fechas piadosas, la Iglesia había obedecido 
á una idea de caridad en favor de los siervos, conformándose con los de- 
seos del Deuteronomio, que quería el descanso en interés de los servidores, 
según hemos antes indicado. 

La institución de las fiestas de guardar fué primeramente un beneficio 
para el pueblo y sobre todo para los habitantes del campo. El hombre de 
la gleba, ligado á la tierra, sometido á dura servidumbre, que trabajaba no 
para él, sino para su amo, a quien había de seguir en las diversas gue- 
rras de castillo á castillo que entre sí se hacían los señores durante la 
anarquía del leudalismo, había de ver con alegría la frecuencia de las fies- 
tas, que para él eran ocasión de descanso y durante las cuales los seño- 
res veíanse obligados á suspender las hostilidades á fin de observar la tre- 
gua de Dios. «Pero cuando el vasallo fué manumitido, cuando cultivó la 
tierra por su propia cuenta, entonces se lamentó del número cada día 
mayor de las fiestas de guardar, que antes habían sido una felicidad 
para él (i).» 

Como la legislación francesa relativa á la observancia de los domin- 
gos y fiestas legales se fundaba evidentemente en los preceptos del cato- 
licismo, los jefes de la Revolución pusieron gran empeño en substituir al 
calendario gregoriano el calendario republicano y al domingo el decadi, 
término de un período de diez días llamado década. 

En el nuevo calendario (2) los días no se designaron con nombres de 
santos, sino con palabras cualesquiera, sacadas de los tres reinos de la na- 
turaleza. 

Así, entre las denominaciones ratificadas por el decreto de 3 de bru- 
mario del año II, leemos las siguientes que designan los días del año: ca- 
ballo, asno, buey, oca, pavo, cerdo, conejo, pato, mulo, cangrejo...; zanahoria, 
potirón, calabaza, nabo, salsifí, berro, achicoria, coliflor, acedera, estiércol, es- 
pinacas, murajes, amargón, espárrago, camomila, chalote, lenteja...; y final- 
mente, en el orden mineral había: pitarra, hulla, granito, sal, hierro, esta- 
ño, plomo, cinc. . . 

Los cinco últimos días del año se llamaban sansculóttides en honor de 
los «sans-culottes,» nombre con que los revolucionarios habían pretendi- 
do designar á los «buenos ciudadanos,» en oposición á las clases aristo- 
cráticas. 

El legislador había abolido el domingo; mas como no se había supri- 

(i) Dal., Rep.jus., loó. Un decreto de 29 de germinal delañoX no reconocía más fies- 
tas legales, «aparte de los domingos, que Navidad, la Ascensión, la Asunción y Todos Sar.- 
tos.» En efecto, los artículos orgánicos no preven más que el domingo como día feriado 
(Art. 41.) 

(2) Un decreto de 5 de octubre de 1792 «fija la era de los franceses á partir del 22 de 
septiembre de 1792.» 

Tomo II _ 



98 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

mido la íatiga engendrada por una labor continua, hubo de escoger nece- 
sariamente otra fecha de descanso. 

Los días de la década se denominaban prímidí, duodí, tridí, quartidi, 
qiitntidi, sextidi, octidi, nonidi y decadí. El partido antirreligioso no sólo 
quería oponer el decadí al domingo, sino además hacer de él una institu- 
ción contra la Iglesia, á cual efecto el convencional Poultier publicó unos 
cuadernos de Discursos ó Sermones decadarios que vendía á doce sueldos y 
que estaban destinados, según él, á reemplazar las predicaciones de los sa- 
cerdotes. 

El i.° de nivoso del año III (21 de diciembre de 1794), Mario José 
Chenier propuso «substituir á las misas la lectura de decretos, sermones 
cívicos y bailes;» pero después de haber escuchado un discurso de Gregoi- 
re, la Convención nacional pasó á la orden del día. El proyecto fué repro- 
ducido por Eschasseriaux, en 11 de enero de 1795, «para combatir por 
medio de solemnidades nuevas los criminales manejos de los sacerdotes 
ianáticos,» como escribía el representante Lequinio, que apoyó calurosa- 
mente la idea. 

Un decreto del Directorio ejecutivo, techado en 14 de germinal del 
año VI (i)^ ordenó que se vigilara á íin de que las ferias, los mercados, 
las salidas de carruajes públicos, etc., se rigiesen por el calendario repu- 
blicano sin tener para nada en cuenta en lo sucesivo los domingos y las 
fiestas. 

El artículo 3.° de este decreto, que se declaró que había sido dictado 
«contra los enemigos de la Libertad,» contiene esta sorprendente disposi- 
ción: «Las Municipalidades se dedicarán especialmente á romper toda re- 
lación entre los mercados de pescado y los días de abstinencia designados por el 
antiguo calendario.» 

El artículo 7.° manda á todas las administraciones «que cambien sin 
tardanza la apertura de las esclusas y de las corrientes de agua fijadas se- 
gún el calendario gregoriano;» y finalmente, en virtud del artículo 15, las 
Municipalidades venían obligadas «á arrancar los carteles y quitar los anun- 
cios de las casas por alquilar cuyas fechas no se ajustaran al calendario re- 
publicano.» Asimismo se ordenó á los Comisarios del Directorio ejecutivo 
que requirieran á los jueces de pas á fin de que en sus audiencias se rigie- 
ran únicamente por la década. 

Pero, por más que los decretos proclamasen que los decadí eran los 
únicos días de descanso para la República; por más que se hiciera obser- 
var cuan fácil era en los usos familiares explicar la semi-década «gracias 
á los cinco dedos de la mano (2),» el pueblo permanecía fiel á sus tradi- 
ciones seculares y el domingo conservaba, á pesar de todo, una aparien- 
cia de fiesta. 



(i) 3 de abril de 1798. 

(2) Instruct. sur le nouveau calendrier, primera parte, párrafo 5, núm. 



LIBRO TERCERO 99 

Entonces el gobierno, temeroso de que sus instituciones cayesen en 
ridículo, adoptó medidas aún más severas y dictó otro decreto, en 17 de 
germinal, prohibiendo los bailes y los espectáculos en domingo; estas diversio- 
nes se consideraban licitas, sin embargo, si el domingo coincidía con un 
decadí. 

Además, la ley de 17 de therniidor del año VI mandó que se cerraran 
en decadí las tiendas, almacenes 3- talleres, y prohibió que en dicho día se 
trabajara en los sitios públicos; en caso de reincidir en la contravención 
corríase el riesgo de verse condenado á una multa de 300 francos y á una 
década de cárcel (r). 

Esta manera de castigar con la prisión d los que querían trabajar re- 
sulta bastante extraña tratándose de un legislador que había suprimido el 
descanso del domingo por ser atentatorio á la libertad individual... Mas, 
sea como íuere, es lo cierto que el decadí carecía de prestigio, y si despo- 
jó al pueblo del derecho de divertirse en domingo, no por esto le resolvió 
á celebrar el décimo día. Entonces se promulgó la ley de 13 de fructidor 
del año Yl, destinada á embellecer y realzar el esplendor del decadí, que 
disponía que, en adelante, las Municipalidades acudieran en dicho día á la 
plaza pública en traje oficial, que se organizara un cortejo con los profeso- 
res y alumnos de las escuelas, y que, para recrear al público, se le leyera 
el Boletín de las Leyes y un artículo instructivo, por ejemplo sobre las artes 
mecánicas (2). 

Para alegrar al concurso, era lícito añadir á aquellos entretenimientos 
«la lectura de las actas de nacimiento, de divorcio y de defunción regis- 
tradas durante la década.» 

...He aquí unas distracciones que, á lo menos, no eran muy á propó- 
sito para enardecer las imaginaciones juveniles. 

Increíble parece el rigor con que la justicia aplicó en tiempo del Direc- 
torio la ley del año VI: en Chalóns (3) fueron condenados siete abaste- 
cedores simplemente por haber dejado ver úgunos géneros expuestos en 
su tienda junto á las ventanas. En 20 de fructidor del año VI, varios comer- 
ciantes que habían sido procesados sólo por haber entreabierto las puertas 
de sus tiendas fueron absueltos por el Tribunal de Policía, «dado que era 
de notoriedad pública que no habrían podido ver claro en sus casas si no 
hubiesen abierto las contraventanas;» mas, á pesar de esto, el Tribunal de 
Casación (como se le denominaba) consideró tal razón insuficiente y anu- 
ló el fallo absolutorio. 

Habiendo varios matarifes sacrificado en decadí cerdos y otros ani- 
males para el consumo público, el Tribunal de Casación revocó la sen- 
tencia del Tribunal de Policía de Gerbevillers (Meurthe), que les había 



(i) 17 de thermidor del año \\ '4 de agosto de 1798), art. 8. 

(2) Arts. I, 2, 3. 

(1) M. Rubinet de Clery, Loi de 181 4. 



100 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

absuelto, porque aquel acto no podía ser incluido en la venta tolerada 
para los comestibles (i). Asimismo fué casada una sentencia del Tribunal 
de Policía de Trojes, que absolvió á un carretero acusado de haber lleva- 
do dos cerdos á un carnicero en día de decadí (2). 

En el cantón de Pouilly (Loiret), un aldeano, d quien tenía sin cui- 
dado la Década, había creído que podía permitirse moler mijo dentro de su 
casa (3); denunciado por este hecho, el Tribunal de Policía de Pouilly le 
absolvió, pero el de Casación declaró nulo el íallo «considerando que el 
niido del molino, aunque procedente de un trabajo ejecutado en el interior, 
había sido oído por los viandantes y, por consiguiente, el trabajo debía ser 
considerado como realizado en sitio público (4).» 

Finalmente, el Tribunal de Policía de Chantilly llegó á condenar á un 
individuo por haber jugado á la raqueta (5). 

Nos parece estar soñando cuando pensamos que á pretexto de libertad 
se abrogó la ley tradicional del domingo. 

Por lo que toca á la repugnancia que sienten ciertas personas en sos- 
tener la tesis tan democrática del descanso dominical por temor de apare- 
cer como obedientes á los deseos de la Iglesia, he aquí lo que acerca de 
ella piensa Julio Simón: «Los que tienen miedo de designar con la pa- 
labra domingo el día de reposo, me hacen el mismo efecto que esos indi- 
viduos que por todo el oro del mundo no quieren decir el «arrabal de 
San Antonio,» sino el «arrabal de Antonio.» No he podido comprobar si 
también dicen «la noche de Bartolomé» en vez de «la noche de San Bar- 
tolomé,» ni si al hablar del barrio de la Cruz Roja de Lyón dicen simple- 
mente «la Roja.» En cuanto á mí, digo resueltamente: arrabal de San 
Antonio, calle de San Martín y calle de San Dionisio; voy á veces á la fe- 
ria de Pascua, y prometo á mis hijos un paseo en domingo... Y no por 
esto soy más clerical que los demás; soy simplemente algo menos ne- 
cio (6).» 

¿Qué conclusiones deduciremos de la historia del decadí que substitu- 
yó al domingo? Q_ue la suspensión periódica del trabajo es una necesidad 
que no puede ser desconocida sin disminuir las energías del hombre. 

Además, la objeción que podría hacerse desde el punto de vista eco- 
nómico ha de caer por su base si se demuestra que, gracias á un reposo 
bienhechor, se produce lo mismo en menos tiempo; pues bien, Inglaterra 
y los Estados Unidos, que observan el descanso dominical, ocupan el pri- 
mer puesto entre todas las naciones en punto á industria y á comercio. 

(i) Sect. crim., 19 de nivoso del año VI, concl. con!. 

(2) 4 de ventoso del año VI. 

(3) Actas de .¡o y 3o de ventoso y 10 de germinal del año VIII. 

(4) Sect. crim., 6 de pradial del año VIII. 

(d) Sect. crim., ib de pradial del año VIL Justo es decir que tal decisión fué revocada 
«porque ninguna ley considera como delito este juego.» 
(6) 7"e»¡jps, 10 de agostode 1891 . 



LIBRO TERCERO lOI 

Por lo que se refiere á los obreros que por razón ele su reducido sala- 
rio se hallan imposibilitados de reservar del salario semanal lo necesario 
para el domingo, diremos que si se generaliza el pnncipio del descanso 
dominical, forzosamente verán (y de ello hay cada día más ejemplos) co- 
mo en el pago hebdomadario se incluye el jornal del domingo (i). ¿Y 
qué mejor cosa pueden desear esos infelices? 

A los que sostienen que el hecho de señalar un día especial para la 
suspensión de los trabajos es atentatorio á la Hbertad, puede contestárseles 
de una manera decisiva diciéndoles que, en virtud de la ley (2), ministros, 
diputados, magistrados y profesores, todos huelgan actualmente en do- 
mmgo; pues bien, desde el momento en que se ha encontrado justo el 
descanso de los funcionarios , con mayor razón debe proclamarse el reposo 
de los obreros, que si los jefes de oficina, magistrados y diputados están á 
menudo cansados de estar con harta frecuencia sentados, muchos de sus 
subalternos están fatigados de permanecer siempre de pie. 

Y en realidad, ¿hay algo más legítimo que esta reivindicación? Veá- 
moslo con una reflexión sola. 

Cuando los individuos sentenciados por el Tribunal de los Assises por 
homicidio, incendio ó asesinato, logran escapar á la expiación suprema y 
tienen la suerte de no subir al patíbulo, se les envía á cumplir su pena á 
los antipodas; allí los presidiarios trabajan, ciertamente, seis días por se- 
mana, pero gozan de toda su hbertad el domingo, según disponen los 
reglamentos de las Penitenciarías (3). Ahora bien: ¿es admisible que el 
obrero honrado, el digno y respetable padre de familia sea peor tratado 
que aquéllos? 

En una palabra, la labor de la semana es el trabajo del hombre libre 
y del ciudadano emancipado; por el contrario, la del domingo es el tra- 
bajo del hombre-máquina de funcionamiento continuo, el producto del 
hombre turbina, el trabajo del obrero humillado cuya trente permanece 
siempre inclinada sobre la herramienta ó sobre la tierra, como el buey que 
ara, sin tener nunca tiempo de respirar con desahogo, de mirar al hori- 
zonte y de contemplar al cielo... ¡Atrás semejante servidumbre! jVer- 



(i) A la objeción «lo misino se come en domingo que en los demás días,» puede con- 
testarse: «Precisamente porque el obrero no puede prescindir de comer en domingo, las 
administraciones habrán de pagar salario por los días feriados lo mismo que por los otros 
á íin de que los pobres trabajadores puedan tener el pan de cada día. Así lo hace especial- 
mente la ley suiza de ferrocarriles al declarar que no se podrá retener nada de los salarios 
por razón de los días de reposo. Añadamos que en la mayoría de los casos, el obrero, cuan- 
do no le contiene ningún freno moral, se bebe el lunes el dinero que debiera comerse el 
domingo para vivir. 

(2) «El descanso de los funcionarios públicos será en domingo.» De todas las disposi- 
ciones legales, ;no es esta tal vez la que mejor se cumpleí 

(3) La ley de i3 de diciembre de 1894 declara asimismo que los concesionarios ha- 
brán de empleará los condenados, «con excepción de los domingos y días de fiestas legales." 
(Art. 16 ) 



102 HISTORIA DE LAS CREEKCIAb 

güenza para quienes la aceptan sin necesidad ó la imponen por tiranía! 
¡El trabajo del domingo es el trabajo del esclavo! 

Algunas parroquias de la antigua Francia habían tenido la malhadada 
idea de atraer á los fieles prometiéndoles para después de Vísperas «el es- 
pectáculo de bailarines;» y fué preciso, para reprimir este abuso, la inter- 
vención enérgica de varios concilios, especialmente del celebrado en 1310. 
El poder real, por su parte, prohibió danzar y bailar (i) los domingos 
y días de fiestas religiosas, pudiendo citarse, entre otras disposiciones dic- 
tadas en este sentido, las Ordenanzas de Francisco I y de Carlos IX en 
1520 y 1560 respectivamente. 

También un edicto de Felipe II de España, de i." de junio de 1387, 
promulgado en cumplimiento del sínodo de Cambrai, reglamenta los pla- 
ceres públicos y no tolera la danza en las horas del oficio, «ni siquiera tra- 
tándose de una boda (2).». 

Y con posterioridad, la Ordenanza del Teniente general de policía, 
fechada en 30 de abril de 1778, decreta la pena de 500 libras y la confis- 
cación de los instrumentos de música «contra todos los maestros de baile 
ó los taberneros que hagan funcionar salas de baile los días de domingos y 
fiestas.» 

En estas condiciones, la juventud, tan apasionada por «los bailes y 
carolas (3),» encontraba numerosos obstáculos para entregarse á su pla- 
cer favorito, que era combatido al mismo tiempo por la autoridad religiosa 
y por la potestad civil; y entonces, para no faltar abiertamente á la ley, se 
inventaron en varios sitios regocijos proí^uios, es decir, bailes públicos 
ó fiestas baladorias, á los que se daba distintos nombres según las loca- 
lidades. 

Estas fiestas, en las que se bailaba con plena libertad, acabaron por ser 
muy licenciosas, por lo que un decreto de Reglamento dictado en los 
Grands Jours de Clermont, en 14 de diciembre de 1665, y al que siguie- 
ron otras disposiciones análogas, trató de abolir radicalmente «las fiestas 
baladorias» que se habían convertido en pretexto para verdaderos distur- 
bios y escándalos. 

En efecto, el buen humor francés inventaba entonces, según parece, 
diversiones tan atrayentes y que tanto apasionaban á la multitud, que los 
días piadosos perdían su importancia y su prestigio yendo acompañados 
de tales mascaradas y bufonerías. De ello podrá juzgar el lector por los deta- 
lles que vamos á dar y que, tomados de los mismos decretos de los Parla- 
mentos, presentan, á pesar de su extrañeza, un carácter de autenticidad 
absoluta. 



(i) Hablando ¡del mono, dice Lafontaine que sabe dan:^ar y bailcr (Fábulas, IX, 3.^). 

(2) Rep. de Jiir. de Guyot, ?5o. 

(3) Ya hemos dicho que carola significaba danza en corro. 



LIBRO TERCERO 10 



-) 



En muchas parroquias de Picardía (i), al día siguiente de la fiesta pa- 
tronal, celebrábase una fiesta baladoria^ llamada «del retrasado,» en la que 
un habitante, «montado en un burro con la cara mirando á la cola de 
éste, escoltado por varios jóvenes armados de bastones y precedido de 
tambores, iba de puerta en puerta pidiendo víveres y dinero;» el grupo 
obstruía la calle y á los transeúntes que querían proseguir su camino les 
obligaba á dar una cantidad. Un decreto de 22 de mayo de 1776 condenó 
á los contraventores á 50 libras de multa. 

En la jurisdicción del ducado de la Rochefoucault, la fiesta baladoria 
consistía en lo siguiente. Los habitantes, reunidos en el mercado, consti- 
tuían un tribunal que se instalaba en torno de una mesa en plena plaza 
pública; ante él comparecía un supuesto culpable llamado el barón, acu- 
sado de los delitos más extravagantes, á quien se condenaba, por virtud 
de una sentencia jocosa, «á ser arrojado al río.» He aquí algunas de las 
absurdas acusaciones que contra él se dirigían: se le denunciaba como cul- 
pable (.(.de haber llevado agua efi un cedazo al campo de tulano para ahogar 
con mala intención á las liebres» ó ((de haber hecho arder peces en el rioy) 
(textual). 

Por estos datos puede juzgarse hasta qué grado de alegría intensa_, de- 
lirante, podían llegar tales debates sostenidos por un acusador y un abo- 
gado escogidos convenientemente. 

Dictada la sentencia por los improvisados jueces, se arrojaba con pres- 
teza al agua al condenado, aunque naturalmente se le echaba una pértiga 
salvadora; pero evidentemente el culpable imaginario había sido elegido 
entre aquellas personas contra las cuales la gente del país tenía motivos de 
queja y de las que todos querían, por consiguiente, vengarse con tales 
burlas. 

El barón, después de salir del baño (porque era preciso prolongar las 
diversiones de la fiesta), ofrecía flores á los espectadores por un precio que 
él mismo fijaba, y á los que no querían comprárselas ó le daban una can- 
tidad insuficiente, los cogía «y con ayuda de los bachilleres los arrojaba 
al agua entre los aplausos del populacho.» 

En la parroquia de Genac, una vez al año, «era costumbre al salir de 
la iglesia gritar ¡al agua! á los que se habían casado dentro del año» y 
arrojarlos á ella realmente «á menos que los interesados gritaran ¡al vino!, 
en cual caso les acompañaban procesionalmente á la taberna, en donde 
habían de pagar generosamente unas copas á sus acompañantes.» Fué ne- 
cesaria la intervención del Parlamento, que, para poner término á estas 
vejaciones, decretó contra los delincuentes una pena de cincuenta fibras 
de multa. 



(i) Con el nombre de bailada ó balade designábase en muchas aldeas la fiesta del pa- 
trono de la parroquia, día feriado, de donde deriva la frase picarda de s'aller balader {irse 
á pasear). 



104 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Este decreto del Parlamento de París, que lleva la fecha de 4 de mayo 
de 1 78 1, dice: «...Considerando que están suprimidas las fiestas balado- 
rias y otras semejantes, el Tribunal prohibe á todas las personas, de cual- 
quiera condición ó estado que puedan ser, que se agrupen y que, en tal 
día, arrojen nunca más á nadie á los ríos.» 

El contenido mismo del decreto demuestra que no se trataba de una 
broma aislada, sino de una costumbre bastante general. 




Sepulcro rebano, según dibujo de una estela funeraria. (Museo de Bulaq.) 



LIBRO CUARTO 



CAPITULO PRIMERO 



EL CULTO DE LOS ANTEPASADOS DESDE LOS TIEMPOS PREHISTÓRICOS 

Sentimiento universal de los pueblos y de las legislaciones sobre el amor filial y el amor 
paternal comparados. — El salvaje, cimsiderado como hijo y como padre. — ;Existía la 
piedad filial en los tiempos prehistíSricosí Lo que revela la antropología. — Las sepultu- 
ras de la edad paleolítica: actitud de los cadáveres y diversos modos de inhumación. — 
Ritos funerarios en la edad de piedra: incineración é inhumación, — Esqueletos pintados 
de encarnado: significación probable; costumbres análogas^entrelos batekés. — Primeros 
monumentos en honor de los muertos.- La trepanación de los cráneos prehistóricos: 
significación. — Culto de los muertos en Egipto: las entrañas y el corazón. — Detalles 
acerca de los procedimientos de momificación y de los ritos funerarios. — De la condi- 
ción de las almas en el Amenthi; palabras de justificación y juicio. — El sentimiento 
filial entre los hebreos. — El luto entre los griegos: cabellos rasurados, crines cortadas, 
tañedores de flauta... — Hijos y padres, según Platón. --Los antepasados adorados entre 
los romanos: reglas del culto del Hogar. — Descripción de los entierros, según las cos- 
tumbres y las leyes.— Asociaciones funerarias para perpetuar el culto. — Banquetes ale- 
gres en honor de los difuntos. — Teorías de los antiguos relativas al «último aliento.» 



Nos proponemos abrir una información lo más completa posible acer- 
ca de la interesantísima cuestión del Culto de ¡os antepasados desde los orí- 
genes de la humanidad. 

«El amor á los padres, escribe el conde de Gramont, es considerado 
en todas las legislaciones y en todos los pueblos como más respetable que 
el sentimiento instintivo que sienten hacia sus propios hijos, en una pa- 
labra, como más sagrado que el mismo amor paternal (i).» Así los salva- 
jes, en general, valen infinitamente más como hijos que como padres. 



(i) Comm. on vient. Hetz 



I06 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Hay negro que sin escrúpulo y como la cosa más corriente trafica con 
sus hijos, como podría hacerlo con las cabezas de su rebaño, y que, sin 
embargo, jamás se atrevería á hacer de su padre un objeto de comercio, 
por grande que sea su codicia y por mucha que fuese su indigencia. 

Los mdígenas de América, entre los cuales había adquirido el carácter 
de costumbre la destrucción y el abandono de los hijos, prodigaban, en 
cambio, sus atenciones y sus leales cuidados, no sólo á sus padres, sino 
además á los padres de la tribu, á los ancianos, como les llamaban. Tam- 
bién los chinos, que, como es sabido, se excusan de educar á sus hijos, 
llevan hasta la abnegación, según veremos, el respeto á sus padres. En 
suma, en todos los pueblos y en todas las edades los atentados contra la 
vida del padre ó de la madre han sido clasificados entre los crímenes ho- 
rribles y en el orden de gravedad vienen inmediatamente después de los 
cometidos contra la divinidad; y efectivamente, el parricidio trae casi uni- 
versalmente consigo una agravación de penalidad que ha sido reconocida 
hasta por los legisladores menos civilizados y por los príncipes más in- 
humanos. 

De todos modos, es cierto que en la opinión general las obligaciones 
de los hijos para con los padres son consideradas como más absolutas, más 
sagradas, que las de los padres para con sus propios descendientes. Se pue- 
de admirar, aunque ello estremezca, á Bruto sacrificando á sus hijos en 
aras de sus deberes de ciudadano; pero un hijo que hiciera morir á su pa- 
dre, aun siendo éste el peor de los hombres, inspiraría una reprobación 
indignada y universal (i). 

La primera cuestión que se plantea al comienzo de este capítulo es la 
siguiente: ¿ha podido la ciencia, por medio de juiciosas y concordantes in- 
ducciones, darse cuenta de los sentimientos que los hombres han sentido 
desde su origen hacia aquellos á quienes debían la existencia? 

¿No nos preguntamos con viva curiosidad mezclada con un profundo 
respeto si nuestros antepasados de la época prehistórica conocían el senti- 
miento de la piedad filial, es decir, si experimentaban los goces y las ter- 
nuras familiares aun antes de haber sentido las influencias de la primera 
civilización? Por ejemplo, ;dedicaban á los despojos. mortales de sus padres 
un culto y una veneración que implicaran de su parte la fe en otra vida?.. 
Graves problemas son estos, ciertamente, y bien merecen toda la atención 
de los creyentes y de los filósofos. 

Un sabio húngaro, M. Wosenski, ha agrupado documentos de toda 
clase para tratar de averiguar, por los resultados de las recientes excava- 



(i) Si en su drama Poiir la coiironne ha logrado M. Coppée, á fuerza de talento, ha- 
cer menos odiosa la persona del parricida Constantino, es porque ha puesto buen cuidado 
en escoger como victima á un padre culpable de la más negra, de la más repugnante de las 
infamias: la traición de la patria. Y, á pesar de esto, el autor no ha intentado en modo al- 
guno excusar un cri-nen que moralistas y legisladores declaran inexcusable. 



LIBRO CUARTO 



107 



ciones, cómo los primeros hombres inhumaban á sus padres y si existían 
algunos ritos especiales relacionados con esta práctica. 

Las más antiguas sepulturas exploradas son las de la época paleolítica; 
pues bien, lo que caracteriza el primitivo sistema de inhumación es la acti- 
tud especial dada al cuerpo del difunto, que consistía en las piernas encogi- 
das y los brazos cruzados por detrás y sirviendo de apoyo á la cabeza, 
como en el acto del sueño (i). El cuerpo se mantenía en esta posición 
replegada por medio de ligaduras todavía reconocibles, y el difunto, dis- 
puesto de esta suerte, unas veces era colocado debajo de bóvedas ó de 




Interior^de un sepulcro babilónico antiguo 



anchas losas y otras comprimido en grandes ánforas de barro ó de piedra 
cubiertas á su vez por otra jarra mayor, todo ello con el propósito de con- 
servar los despojos mortales del difunto para una resurrección ulterior. 

Esta costumbre'^de la edad de piedra era también la costumbre funera- 
ria en Caldea, en el Qiiersoneso, en el Brasil, en California y entre los ca- 
nacos; y finalmente, en las excavaciones practicadas para descubrir el pa- 
lacio de Nabucodonosor se encontraron asimismo grandes jarras que con- 
tenían esqueletos enteros. «Si, como creo, dice M. Wosenski, lo que ha 
dado origen á esta costumbre es un sentimiento religioso, forzosamente 
hemos de ver en ella un indicio de la creencia en una vida futura.» 

La actitud del simple sueño en su más ordinario abandono, dice 
Chantre, es también una prueba de que los sobrevivientes creen que no 
todo ha terminado para el muerto con la vida de este mundo (2). 

Es un hecho constante que, á partir de cierta época del periodo cua- 
ternario (3), se encuentran sepulturas perfectamente auténticas que reve- 

(i) ..Nonmcrtmts, sed dormit. 
Í2) Rech. anthrop. dans le Caucase. 
(3) Rev. quest. sc.,XX\,2&b. 



lOS HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

lan prácticas significativas- y ritos definidos, lo cual corrobora de un modo 
evidente la creencia en un elemento espiritual del ser humano. 

En efecto, venerar la nada sería un contrasentido. 

Los primeros hombres probablemente arrancaban la carne de los di- 
funtos y llevaban luego los esqueletos á unas grutas sepulcrales ó los guar- 
daban en sus propias viviendas. En diversos puntos de Australia se han 
encontrado los huesos pifttados de encarnado, lo que demuestra que la des- 
carnadura previa del esqueleto era también costumbre entre aquellas apar- 
tadas tribus. Los huesos, unas veces estaban desarticulados y puestos unos 
al lado de otros, y otras se mantenían en su posición normal mediante 
ciertas ligaduras; en otras ocasiones eran introducidos por un orificio es- 
trecho en una excavación. Es decir, que existían otras tantas preocupa- 
ciones evidentes para disputar á la destrucción, por el mayor tiempo po- 
sible, esos restos venerados. 

¿Por qué se pintaban de encarnado los esqueletos? 

Si acerca de esto fuera menester formular una teoría, dice un sabio 
especialista (i), diríamos que en aquella época, y siempre por el deseo 
piadoso que dejamos indicado, el hombre pintaba los huesos humanos 
con una substancia sin duda venenosa, para evitar que fuesen devorados 
por los animales carnívoros. Y en cuanto á la carne, hay que suponer 
que, una vez arrancada, era enteramente destruida por el fuego, con el 
mismo objeto; pues sabido es, en efecto, que aun antes de la Edad metá- 
lica se practicaba en Europa la incineración. 

Actualmente, en las regiones que bañan los afluentes del Congo infe- 
rior, entre los varios pueblos africanos, como los batekés, agricultores que 
viven en chozas de troncos y hojas de palmera, existen análogos procedi- 
mientos funerarios. Al difunto se le da una mano de pintura que se deja se- 
car durante tres ó cuatro días, transcurridos los cuales se procede al en- 
tierro, que se verifica de noche. La tumba, en vez de estar dispuesta ho- 
rizontalmente para tender en ella el cadáver, está cavada verticalmente 
formando un agujero cilindrico, en el que se coloca al difunto de pie y 
rodeado de sus dioses fetiches. 

Acabamos de decir que la incineración, por lo menos la de las carnes, 
debió de ser un procedimiento de los más antiguos, ora para evitar la 
profanación, ora en cumplimiento de una idea religiosa. En la India, sobre 
todo, si la cremación está en gran predicamento, es porque la hoguera 
constituye «la purificación necesaria;» en cambio, los cuerpos de aquellos 
á quienes se tiene por santos son arrojados al río, «pues el agua basta 
para lavar las manchas ligeras.» 

Esto no obstante, según el Dr. Brauwens (2), todos los monumentos 
de la época neolítica demuestran la preponderancia de la inhumación, y si 



(i) Loe. cit. 

(2) Les rites fiinevaires, por el Dr. Brauwens. 



LIBRO CUARTO 



109 



se encuentran, en muy remotas fechas, ambas formas empleadas al mis- 
mo tiempo, este hecho puede explicarse por razones locales: cuando no se 
podía asegurar la conservación del cuerpo por medio de protecciones na- 
turales, por ejemplo cuando faltaba la piedra, el hombre se decidía á que- 
mar los cadáveres para substraerlos á los dientes de los animales ham- 
brientos. 

Por otra parte, decir, como muchos afirman, que todos los pueblos 
civilizados de la antigüedad quemaban los cadáveres, es una exageración; 
pues si los indos, los etruscos, los griegos y los romanos empleaban este 
procedimiento juntamente con el de la inhumación, en cambio los egip- 




Dolmen de Assier, departamento del Lot 



cios, los persas, los-medas, los asirlos, los hebreos y los tenidos no le- 
vantaban hogueras funerarias. 

Desde muy antiguo, escribe un autor concienzudo, tuvo el hombre la 
piadosa idea de perpetuar el recuerdo de sus antepasados erigiéndoles 
monumentos cuya imponente masa pudiera resistir la acción de los si- 
glos (i): estos monumentos son los megalitos (grandes piedras) que du- 
rante mucho tiempo han sido designados con el nombre de dólmenes ó 
mesas druídicas, suponiendo erróneamente que procedían de los celtas. 
La arqueología prehistórica, sin embargo, les ha restituido el puesto que 
en la historia de la humanidad les corresponde. 

El estudio comparado que de tales monum.entos se ha hecho ha dado 
resultados interesantísimos: «Desde las costas del Atlántico hasta las mon- 
tañas del Ural, desde las fronteras de Rusia hasta el Océano Pacífico, des- 
de las estepas de Siberia bástalas llanuras dellndostán, álzanse estos mo- 
numentos ante nuestra vista con las mismas disposiciones de construc- 
ción; sea, pues, cual fuere el punto de vista en que nos coloquemos, es 
difícil desconocer la importancia de este hecho (2).» 

Y no sólo encontramos los megalitos en Europa, en Argelia, en las 
dos Américas, en Marruecos, en la India, en Ceylán, en el Japón y en 

(i) L'homme prehist., por M. Fliche. 

(2) M. de Nadaillac, Monum. des peuples px'liist., 14+. 



I 10 



HISTORIA DE LAS CREENCIAS 




W ^C, % 



Australia, sino que, además, en todas estas regiones presentan ¡as mismas 
formas: dólmenes y caminos cubiertos, menhires y cromlechs, todos con- 
servan, á centenares y millares de leguas de distancia, su fisonomía típica, 
todos tienen, segiin la frase feliz de M. de Mortillet, un aire de familia. Y 
así vemos que algunos detalles que podrían parecer resultado del capricho 
de alguna tribu son, sin embargo, comunes á las piedras sepulcrales de 
las regiones más opuestas. 

Algunos autores suponen que estos monumentos habían sido edifica- 
dos por los bárbaros del Norte, «tri- 
bus de rubios cabellos y grandes ojos 
azules,» que debieron de bajar hacia 
el Mediodía en ignorada fecha; pero 
en tal caso sería preciso suponer una 
invasión de toda la tierra por estos 
desconocidos, puesto que estos me- 
galitos se encuentran en las cinco par- 
tes del mundo. 

Desde el punto de vista de la uni- 
dad de la especie humana fi), esto cons- 
tituye un argumento favorable á las 
afirmaciones por tal doctrina susten- 
tadas; pero de todos modos, por lo 
que atañe á nuesíro estudio especial, 
los hechos citados, es decir, el núme- 
ro prodigioso de estas piedras nos da 
una demostración material y científi- 

Cromlech de la provincia de Constantina ca del CultO de los antepasados en las 

épocas más remotas. 

Tenemos, pues, el derecho, por decirlo así, de invocar el testimonio de 
la humanidad entera como manifestación solemne y constante del senti- 
miento filial al través de las edades. 

Digamos algo acerca de la trepanación de los cráneos, que probablemente 
merece ser incluida, como vamos á ver, en la categgría de los ritos fune- 
rarios prehistóricos. 

Por vez primera expuso en 1873 el Dr. Prunieres á la consideración del 
mundo científico la curiosa práctica de la trepanación: este sabio había 
descubierto debajo de los dólmenes del Lozere cabezas humanas en las 
cuales se había recortado del parietal y arrancado luego del cráneo un 
pedazo de hueso redondo del diámetro de un duro; y una vez hubo lla- 
mado la atención sobre este hecho, se hicieron descubrimientos análogos 
en los más diversos países, siendo, en su consecuencia, considerada la tre- 



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(O Teoría monogenista. 



LIBRO CUARTO 



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panación como una costumbre antiguamente muy generalizada. Losaínos, 
predecesores de los japoneses, la practicaban, lo propio que los primeros 
habitantes de Argelia; también fué conocida por los primeros pobladores 
del Perú y de los Estados Unidos. 

De las diversas condiciones en que han sido encontrados los cuerpos 
se desprende que la cortadura de los discos óseos del cráneo se practicaba 
unas vecits después de muerto el individuo y otras cuando aún vivía. 

¿Qué significaba esta costumbre.^ 

Sabido es que los cirujanos practican actualmente la trepanación cuan- 
do un cuerpo extraño que ha atravesado el 
hueso amenaza penetrar en la substancia 
cerebral y desorganizarla; pero los antiguos 
recurrían á la trepanación preventiva en 
caso de contusión en la cabeza á fin de 
conjurar los síntomas inflamatorios: «En 
Roma se usaba especialmente en caso de 
epilepsia, que se consideraba como «enfer- 
medad divina.» La operación tenía un ca- 
rácter religioso y los que salían bien de ella 
eran reputados seres superiores, amados de 
los dioses; así es que los discos craneanos 
extraídos por medio del taladro venían á 
ser como una especie de amuletos (i).» 

Estos hechos han dado lugar á que se 
creyese que la trepanación practicada en los 
cadáveres era tal vez para las familias un 
medio de conservar algunas reliquias de los difuntos, ya que esos discos, 
por su pequeño tamaño y por su forma, podían entrar en la fabricación de 
los collares, tan comunes entre los pueblos no civilizados. 

Otros sabios, partiendo de puntos de vista diferentes (2), han conside- 
rado esta ablación como un rito religioso, mal definido todavía, pero positi- 
vo: en concepto del Dr. Prunieres, especialmente, la trepanación postuma 
confirma la creencia universal en la su pervive] ici a del alma, y de esta nfis- 
ma opinión es el marqués de Nadaillac. 

En cuanto al significado concreto del hecho, pueden formularse varias 
hipótesis: ¿constituía una especie de consagración de la divinidad? ¿Suge- 
ría, tal vez, la creencia en la inmortalidad la idea de practicar esa abertura 
en la cabeza (considerada como residencia del alma) para que merced á 
esa operación supersticiosa pudiera el espíritu del difunto salir sin dificul- 
tad de su perecedero tabernáculo? 

Esta suposición no parecerá inverosímil sise recuerda que aun en nues- 

(i) Albert, Les médecins grccs á Rome. 
{¿) Broca, Prunieres, etc. 




Cráneo trepanado del antiguo Perú. 
(Museo de Washington.) 



112 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

tros días ios pueblos que creen en la Iransniig ración de las almas estiman 
como un deber estricto colocar cerca del moribundo y hasta en contacto 
inmediato con él el animal que suponían había de ser habitado en la otra 
vida por sus padres difuntos. A este fin apartan también todo obstáculo 
material que pueda dificultar la emisión del alma al salir de su humana en- 
voltura, ora practicando una salida en sus chozas, ora instalando al mori- 
bundo al aire libre para que su aliento salga y vuele más fácilmente hacia 
la otra vida; al mismo tiempo que arman un estrépito espantoso en torno 
del. lecho mortuorio con objeto de ahuyentar á los malos espíritus que 
trataran de oponerse á su viaje á la eternidad. Nadie extrañará seguramen 
te que formulemos con toda clase de reservas nuestras hipótesis sobre una 
cuestión poco conocida todavía, pero que los progresos de la antropología 
seguramente esclarecerán. ¿No vemos también, por ventura, cómo ciertos 
salvajes se hacen incisiones en la carne y clavan en ellas amuletos para 
obedecer ciegamente á prescripciones tan extravagantes como crueles? Pe- 
ro, por brutales que sean estas aberraciones, no por ello dejan de cons- 
tituir una afirmación religiosa muy positiva. 

Examinemos ahora el culto de los difuntos en la época histórica. 

Hay en la antigüedad un país por demás ilustre, el Egipto, que debe 
una parte de su celebridad á la importancia de sus magníficos sepulcros. 
«No puede darse un paso en esta tierra sin encontrar uno de estos monu- 
mentos. ¿Vemos una columna? Pues es una tumba. ¿Vemos una construc- 
ción subterránea? Pues es una tumba también. Y cuando la luna, eleván- 
dose en el firmamento por detrás de la gran pirámide, aparece en el vértice 
de ese sepulcro inmenso, diríase que surge el faro mismo de la muerte (i).» 

En un principio creyeron los egipcios, según parece, que el ser humano 
era doble y que una de estas duplicaciones, denominada Ka, continuaba vi- 
viendo después del entierro. Si después del peso de las almas realizado por 
Anubis (ó Anopú) y Horo, el alma era juzgada culpable, se la entregaba á un 
monstruo con cabeza de hipopótamo y se veía sometida á tormentos durante 
siglos; en cambio, si se la consideraba buena y justa, entraba en el Amen- 
thés, desde donde, después de una serie de pruebas, iba á «reunirse con 
los dioses y á confundirse con ellos Í2).» Finalmente, si durante su pere- 
grinación postuma quería el alma volver á su cuerpo para reposar en él, 
podía encontrarlo momificado en la mansión del doble, como se denomina- 
ban las sepulturas en tiempo del antiguo imperio. 

El célebre egiptólogo Mariette y otros después de él han descrito los 
grandiosos monumentos que la piedad filial de los habitantes de las dos 
márgenes del Nilo consagraba á los difuntos (3). 

(i) Chateaubriand. 

(2) M. Seignobos, Civil, anc. 

{i) Marieue, Tombesde Vane, Egypte. — V. M. Maspero, Hist. anc, 62 y. sig. 



LIBRO CUARTO 



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Las tumbas del antiguo Egipto, á lo menos las que están completas, 
se dividen en tres partes: una capilla exterior, un pozo y cuevas subterrá- 
neas; la capilla es una construcción cuadrangular que vista de lejos se ase- 
meja á una pirámide truncada; su puerta, practicada generalmente en la 
pared del Este, está coronada unas veces por un tambor cilindrico y otras 
adornada, en sus lados, con bajos relieves que representan al difunto, y 
se termina en una ancha losa con una inscripción que contiene una ple- 
garia y una nota de los días consagrados al culto de los mayores. 

El interior de la capilla no contiene, por lo general, más que una sola 







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Zá^¿^^. 



Piedra tumbal representando al muerto y su esposa sentados delantedelamesa desacrificio 
cubierta de panes y de carne. (Museo de Oxford.) 

cámara, en el fondo de la cual, es decir, en el sitio de honor, y siempre 
orientada hacia el Este^ álzase una estela cuadrangular, de gran anchura, 
á cuyo pie se encuentra con .bastante frecuencia una mesa de alabastro, 
granito ó piedra caliza, que sirve para las ofrendas y está puesta directa- 
mente sobre el suelo. Otras veces hay en la capilla dos altarcitos para re- 
cibir los donativos de panes sagrados, licores y demás vituallas de que se 
habla en el libro del ritual. La inscripción, después de una oración á Anu- 
bis y á los demás dioses del Amenthés (i), región de las almas, relata los 
títulos del difunto, describe sumariamente su vida y enumera los reyes á 
quienes sirvió y que le apreciaron «más que á ningún otro servidor.» 

En esta cámara se congregaban, en los días indicados, los descendientes 
y los sacerdotes adscritos al culto funerario, á fin de rendir homenaje al 
antepasado, á quien volvían á encontrar allí rodeado de todo cuanto había 
alegrado su existencia terrena. Detrás de una de las paredes, en un estre- 



(i) Amenthés ó Amentí. 
Tomo II 



114 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

cho espacio practicado entre la obra de mampostería, estaban reunidas las 
estatuas de los difuntos: esta pequeña pieza generalmente no comunicaba 
con la cámara, sino que quedaba encerrada dentro de la pared; algunas 
veces existía entre ambas una especie de tubo de comunicación, pero tan 
estrecho que apenas podía mtroducirse por él la mano. En determinados 
días, los parientes iban á murmurar oraciones y á quemar perfumes junto 
á ese orificio sagrado, y era creencia general que por allí llegaban perfu- 
mes y oraciones directamente al muerto (i). 

• El pozo que baja al subterráneo está en algunos sepulcros en un rin- 
cón de la cámara, pero comúnmente para descubrir la boca del mismo es 
preciso subir á la plataforma de la capilla exterior. Este pozo es cuadrado 
ó rectangular y está construido de grandes y hermosas piedras hasta el si- 
tio en que penetra en la roca; en el fondo del mismo, en la pared Sur, se 
abre un corredor que conduce á la cámara funeraria propiamente dicha y 
tan bajo de techo que para andar por él es preciso agacharse. La cámara 
funeraria está practicada en la peña viva y carece de adornos; y en su cen- 
tro álzase un gran sarcótago de caliza fina, de granito rosa ó de basalto 
neo-ro, en donde hay grabados los nombres y las cualidades del difunto. 

Después de haber sellado la tumba, los obreros dejaban en el suelo los 
trozos de un buey recién sacrificado en la cámara de arriba, y varios jarros 
de barro encarnado llenos de cenizas, hecho lo cual tapiaban cuidadosa- 
mente la entrada del pasadizo y colmaban el pozo con trozos de piedra 
mezclados con arena y arcilla, materiales que, abundantemente regados 
con agua, formaban, al cabo de algún tiempo, una especie de cemento casi 
impermeable cuya dureza ponía al cadáver al abrigo de toda profanación. 

Una de las más importantes descripciones que se han publicado es la 
relativa á la mansión mortuoria de un rico particular descubierta por 
Champollión. 

Llegábase á la primera sala del sepulcro por un pozo de varios pies de 
profundidad... Una puerta daba acceso á una sala, completamente intac- 
ta, que tenía ocho pies de ancho por diez de largo y en cuyo centro había 
un triple sarcófago de madera, todo él pintado por fuera y por dentro, y 
con numerosas inscripciones jeroglificas: en el ataúd interior estaba la 
momia. Se han encontrado las ofrendas hechas al difunto, consistentes en 
la cabeza y la espalda de un buey, dos fuentes de legumbres cocidas y de 
pastas, varias ánforas de vino y algunas piezas de algodón y de lana. A de- 
recha é izquierda del sarcófago alzábanse unas figuras de madera de dos 
pies de alto que representaban á la esposa y á la hija del difunto, llevando 
en la cabeza un cofrecito con las ofrendas para el difunto y en la mano 
una urna. Al lado de cada figura hay una barca de dos pies de largo; en 
el centro de la primera se ven un dosel destinado á cobijar la momia 3' va- 



I Loe. cit., S, g. 



LIBRO CUARTO 



II> 



rias mujeres que, entre tanto, lavan la túnica del muerto; en la segunda ha 
sido colocada ya bajo el dosel la momia, sobre la cual se inclinan la espo- 
sa y la hija, desesperadas, cubierto el rostro por los cabellos y con la ex- 
presión del más vivo dolor; diez y seis marineros, empuñando los remos, 
están preparados para comenzar el viaje del difunto á través del lago por 
el cual va á ser transportado en su caja (i). 

Cuando se trataba de enterrar, no á opulentos personajes, sino á po- 



Aft1^lgl^3 







I ¡Resto de 
llrevesti- 



Cnmara subterránea 



Corte transversal de la gran pirámide con las crujías } compartimientos del interior 
I. Cámara del rey.— 2. Cámara déla reina, — 3. Vestíbulo.— 4. Ventiladores. 

bres gentes del pueblo, los cadáveres eran encerrados en hipogeos (2) co- 
munes, en vastas galerías que formaban necrópolis, después de haber sido 
untados con betún, tosco embalsamamiento que entre los indigentes reem- 
plazaba á los preciosos aromas y á los perfumes de subido precio, pero que 
respondía del mismo modo que éstos á la preocupación constante de pre- 
servación. 

Refiere Diodoro que los habitantes de Egipto consideraban la vida 
como cosa muy corta y creían que el tiempo que sigue á la muerte había 
de ser muy largo, indefinido. «Por esta razón, añade, calificaban de hospe- 
derías las habitaciones de los vivos, ya que en ellas sólo residimos unos 
pocos días, al paso que daban el nombre de habitaciones eternas á las tum- 

(i) Champollión. 

(2) Construcciones subterráneas. 



Il6 HISTORIA DE LAS CREEXCIAS 

bas porque los muertos viven en el Amenthés un tiempo ilimitado. De 
aquí que no se esmeraran en la construcción de sus casas, al paso que edi- 
ficaran con extraordinario cuidado sus sepulturas (i).» 

Un gran número de pequeñas pirámides que se ven todavía en Egipto 
y en Nubia sirvieron indudablemente de sepulcros, según lo demuestran 
cumplidamente los sarcófagos que contienen y que han sido respetados 
por la devastación árabe. 

Al lado de los vastos y costosísimos monumentos que sólo los prínci- 
pes podían permitirse, «como vana é insensata prueba de su poder y de 
su riqueza,)) según dice Plinio, hahia pirámides portátües de uno ó dos pies 
de alto únicamente, adornadas con pinturas funerarias ó inscripciones, 
que eran destinadas á los difuntos menos ricos. 

El emblema, aunque reducido y económico, era de todos modos un tes- 
timonio piadoso de la familia demasiado pobre para ofrecer al difunto un 
edificio digno de su memoria, y en el fondo significaba: «Querido difun- 
to, nuestra indigencia no nos permite glorificar tu memoria como á tus 
méritos correspondería; sabe, sin embargo, quesería grato á nuestro cari- 
no elevar para ti un rico mausoleo como este cuyo humilde modelo está 
colocado junto á ti.» 

Las familias que disfrutaban de suficiente fortuna tenían interés en 
asegurar el reposo de sus difuntos instalándolos en abrigos indestructibles, 
abiertos en bloques de granito, para lo cual, después de encerrado el cadá- 
ver en una caja de madera más ó menos preciosa, se encerraba ésta en 
una especie de cajón de piedra cuya pesada tapa se ajustaba tan sólidamente 
á la parte inferior que no era ya posible abrir la sepultura sin romperla. 
Los sarcófagos unas veces eran cuadrangulares, otras recordaban la forma 
del cuerpo humano. A menudo se encuentra al pie de las momñas la ima- 
gen de Isis y en la parte de la cabeza la de Nut, diosa del cielo. En la tapa 
del sepulcro había pintadas ó grabadas, además de varias indicaciones, ora- 
ciones á Osiris, «á fin de que admita el alma á la purificación; á fin deque 
el difunto vea como ven las almas piadosas; á fin de que oiga como éstas 
oyen y de que esté sentado como están sentadas,» sentimientos todos ins- 
pirados en el más puro esplritualismo. En el ataúd se encerraban los objetos 
y utensilios que el egipcio había usado preferentemente en vida, así como 
la lista é inventario de sus bienes; y no se olvidaban nunca las familias en 
encerrar también en él un rollo de papiro que contenía el rito del entierro, 
es decir, una copia de las oraciones que el difunto había de elevar á los in- 
fiernos, la confesión de los pecados, la justificación del muerto y, por úl- 
timo, el recordatorio del destino en el Amenthés, «mansión de las almas 
que, al abandonar la vida terrena, iban á habitar en las regiones reserva- 
das á los buenos ó las destinadas á los malos como castigo. Las almas, des- 

(i) Diodoro, I, 3i. 



LIBRO CUARTO 



117 



pues de haberse presentado sucesivamente á otras divinidades, compare- 
cían ante Osiris, juez supremo, quien, sentado en su trono, ecliaba en una 
balanza las acciones del difunto y dictaba su sentencia, asistido de los 
jurados, de la diosa Justicia-y-Verdad y del dios Thoth, su escriba di- 
vino (i).» 

Con ocasión del entierro, un solemne cortejo se encaminaba á la cá- 
mara sepulcral que á menudo se había hecho construir en vida el mismo di- 




Tumbas de Beni Hassán, practicadas en las peñas 

funto, decorándola con esculturas y pinturas á propósito para dar idea de su 
origen, de sus riquezas y de los principales acontecimientos de su vida, es 
decir, transmitiendo á la posteridad su historia por medio de símbolos que 
eran una especie de «armas parlantes.» Abrían la marcha los empleados 
del templo, llevando los instrumentos del sacrificio y un toro joven desti- 
nado á la inmolación; seguían luego varios amigos ó criados del difunto 
conduciendo las insignias de éste, si había sido sacerdote ó funcionario, 
ó su carro de guerra si había desempeñado algún mando militar; venían 
después las plañideras alquiladas, según costumbre oriental, para dejar oír 
sus mercenarios lamentos, varios hombres con palmas, los criados y los 
sacerdotes, y finalmente el sarcófago en medio de una barca colocada en 
un trineo arrastrado por bueyes, porque, á imitación del dios sol, el alma 
había de hacer en una embarcación el viaje á los infiernos (2). Cerraban 

(i) Chainpollión. 

(2) Wilkinson, Manners and Customs, II, 41 i. 



Il8 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

la comitiva la íamilia enlutada y los amigos. Después de haberse inmola- 
do un toro y quemado incienso en honor de los dioses, se ofrecían liba- 
ciones al mismo difunto, el cual desde aquel momento se convertía en un 
espíritu y en compañero de Osiris, y se le ensalzaba, no porque descen- 
diera de una raza noble, sino porque había sido instruido cual conviene y 
mostrádose piadoso para con los dioses y justo y moderado para con sus 
semejantes. Luego la multitud mezclaba sus voces con las de los parien- 
tes y celebraba al difunto que iba á entrar «con las almas piadosas en po- 
sesión de la vida (i);« y por último se colocaban junto al sarcófago algu- 
nas vasijas llenas de agua y algunas tortas sagradas, y se cerraba la cáma- 
ra funeraria (2). El muerto había entrado en su mansión postrera... 

Las escenas reproducidas en los monumentos y en los sarcófagos nos 
inician en la vida íntima de los egipcios: jugaban éstos al ajedrez, tenían 
sus combates de toros y sus sesiones de escamoteo, de enanos y de monos 
amaestrados; sus mujeres gustaban especialmente de la música, del baile 
y del juego de pelota; y conocían varias industrias y oficios y toda clase 
de instrumentos: así, por ejemplo, en un sepulcro que se remonta, según 
dicen, á catorce siglos antes de la era cristiana (3), vemos á un egipcio 
que se sirve de un sifón para vaciar una gran jarra difícil de manejar. 

Gracias también á los papiros y á las escrituras hieráticas, consistentes 
por lo general en Rituales funerarios, han sido reconstituidas en gran par- 
te las costumbres egipcias. Cualquiera puede ver el magnifico ejemplar 
que se conserva en el museo del Louvre: este manuscrito de lujo, con ri- 
cas viñetas, que debe consultarse partiendo de la parte inferior y por el 
lado izquierdo, representa en primer lugar al difunto que comparece ante 
Osiris, pintado de verde y coronado con una diadema blanca; en la segun- 
da viñeta, el alma boga, detrás de Anubis, en la barca del sol; más ade- 
lante se ve la confesión del alma en presencia de los cuarenta y dos jueces, 
ante los cuales procura justificarse. Este ritual no lleva nombre alguno, 
de lo que se ha deducido que era un ejemplar preparado de antemano y 
que no llegó á utilizarse 14); en otros papiros, en cambio, se observan ras- 
paduras y añadidos, lo que hace creer que un mismo texto podía servir 
varias veces después de haber sido enmendado pot los escribas. 

Ya hemos dicho que los egipcios ponían gran empeño en impedir todo 
lo posible la descomposición del cuerpo, porque éste, celosamente dis- 
putado á la corrupción mediante la momificación, había de gozar de eterno 
reposo en un asilo seguro. 

Para el embalsamamiento seguíanse reglas precisas, establecidas por 
los sacerdotes. El procedimiento, según Herodoto, era el siguiente: en 



(i) Diodoro, I, 92. 

(2) V. Max. Dunker, Les Egyptiens, pág. 246. 

(3) Tumba de Amunoph II. 

(4) M. de Rouge. 



LIBRO CUARTO II9 

primer lugar, se extraia el cerebro por la nariz, por medio de pinzas encor- 
vadas; luego el escriba del templo señalaba exactamente el sitio en donde 
había de hacerse una incisión para sacar las entrañas, objeto impuro, ope- 
ración para la cual se empleaba una pequeña piedra cortante; después de 
extraídas las visceras, se lavaba el cadáver con vino de palmera y se relle- 
naba el vientre con mirra y otros aromas. El cuerpo, sumergido, durante 
treinta días como mínimiO y setenta como máximo, en un baño de sosa, 
de natrón, era cuidadosamente purificado, untado con goma y luego en- 
vuelto en largas y estrechas vendas. Generalmente se colocaba sobre el pe- 




Momia egipcia encerrada dentro de su envoltura. (Museo Británico.) 

cho del cadáver el escarabajo de Ptah, emblema del mundo, ó el ojo abier- 
to, símbolo de Osiris, aludiendo al despertar del alma. 

Por las ventanas de la nariz se inyectaba en el cráneo betún que, al en- 
friarse, se endurecía y' soldaba en el sitio que se deseaba los ojos de esmalte 
introducidos en las órbitas. Todas estas prácticas eran otras tantas cere- 
monias rehgiosas que requerían la presencia del sacerdote y el rezo de 
oraciones que han llegado hasta nosotros en el Ritual del embalsamamiento. 
Las vendas, fabricadas en los templos por la casta sacerdotal, llevaban teji- 
dos los nombres de las divinidades apropiadas. 

Junto á la momia, encerrada á veces en cuatro ó cinco ataúdes, meti- 
dos uno dentro de otro (i), se colocaban algunas estatuitas sagradas; den- 
tro del cuerpo, lleno de hojas perfumadas, se introducían minúsculas figu- 
ritas religiosas; y, por último, no se dejaba nunca de poner al lado del 
cadáver un ejemplar del Libro de los Muertos, guía del alma para salvar los 
obstáculos del gran viaje y para contestar convenientemente á los jueces 
en la Sala de la Verdad, ó sea el pretorio divino. 

Champollión, por su parte, ha dado los siguientes detalles de la ope- 
ración minuciosa llamada momificación: «Llenábase la cabeza hasta la mi- 
tad del bálsamo más escogido y á veces se extraían los ojos á fin de reem- 
plazarlos con otros artificiales, y se doraba toda la cara. Rodeábase al 
cuerpo de algodón mezclado con bálsamo y luego se envolvían con finas 
vendas los dedos de los pies y de las manos, cuyas uñas se doraban 

(i) El rey Myceris hizo enterrar á su hija «en el interior de una vaca de madera do- 
rada.» 



120 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

también en algunos casos, ó se encerraban los dedos en sendos estuches 
de oro. 

«Por medio de largas tiras de lienzo se procuraba dar al cadáver sus 
formas naturales y proporcionadas. La cabeza era objeto de cuidados es- 
peciales: he encontrado sobre el rostro de una momia una muselina finísi- 
ma en varios dobleces y debajo de ella una capa de yeso que moldeaba la 
cara y se hallaba cubierta á su vez de una hoja de oro. Echando luego en 
esta mascarilla yeso fino, se obtenía la imagen exacta del difunto y hasta 
el relieve de sus pestañas. El cuello del cadáver ostentaba un collar for- 
mado con granos y cilindros de vidrio de varios colores, entremezclados 
con figuras de divinidades de tierra esmaltada.» 

Porfirio refiere que antes de embalsamar el cuerpo se encerraban las 
entrañas en un jarro hecho expresamente para este objeto, y en el mo- 
mento de arrojarlas al Nilo se recitaba la siguiente oración: «¡Oh rey He- 
lios y vosotros, dioses que dais la vida! ¡Acogedme y recibidme en la com- 
pañía de los dioses eternos! — Desde un extremo á otro de mi vida he 
honrado á los dioses hacia quienes mis padres me han conducido. — No 
he dejado nunca de honrar á mi padre; no he matado á nadie; no he vio- 
lado nunca un depósito; ni he cometido ninguna otra mala acción. — Si 
en mi vida he pecado por haber comido ó bebido lo que estaba prohibido, la 
culpa no es mía, sino de lo que hay aquí dentro (las entrañas) (i).» Dichas 
estas palabras, se lanzaba el jarro al Nilo, en la creencia de que éste, con 
su virtud purificadera, lavaba todas las manchas. 

Conocemos las Palabras de justificación que, según el Ritual, pronun- 
ciaban las almas delante de Osiris, disculpándose, no sólo de faltas graves, 
sino hasta «de haber hecho llorar á su prójimo ó de haber perdido el 
tiempo en palabras superfluas.» Estas justificaciones concuerdan con la 
oración que Porfirio reproduce. 

Además, los monumentos nos han conservado la famosa máxima 
egipcia: «¡Que la justicia sea con su espíritu, la falta con su vientre!,» frase 
altamente filosófica que equivale á esta razonable idea: ¡Oh, Dios! Déjate 
conmover y muéstrate clemente en tu juicio. ¡Acuérdate de que el alma 
que se presenta ante tu tribunal tenía el deseo de obrar bien y de practi- 
car el bien! ¡Acuérdate de que estaba asociada á un elemento corpóreo, al 
que groseros apetitos impulsaban de continuo al desmayo! ¡Sé, pues, in- 
dulgente y bueno! ¡Dígnate perdonar y dar asilo á su Espíritu en las mis- 
teriosas regiones de la Justicia! 

El corazón era encerrado en vasos de alabastro ó de arcilla llamados 
canopes; se le separaba del cuerpo como un elemento personal, porque ha- 
bía de comparecer como testigo ante Osiris. Este corazón, ¡hermosa idea!, 
era la propia conciencia del hombre que en el día solemne del juicio se 



(i) PovCw'io, De Absiinentia, IV, lo. 



LIBRO CUARTO 



121 



presentaba á declarar con toda sinceridad ante la Justicia suprema: «¡Oh, 
corazón!, exclama el difunto. ¡Corazón que recibí de mi madre, corazón 
de cuando yo estaba en la tierra, no me inculpes ante el Dios Grande!» 
Y entonces el alma, según vemos en un dibujo del Libro de los Muer- 
tos, coloca por si misma en la balanza su coraTión encerrado en un vaso, mien- 




Cabeza de la momia de Ramesces II 

tras una estatua de la Verdad forma contrapeso en el otro platillo; y 
Thoth, el de la cabeza de Ibis, está allí atento, con el estilete en la ma- 
no, para tomar nota de la sentencia. 

Quizás ningún pueblo ha puesto tanto cuidado ni se ha tomado tanto 
trabajo como los egipcios para conservar de una manera digna los despo- 
jos mortales de los difuntos á íin de que nada hubiesen de temer de la 
corrupción, ni de las fieras, ni de una mano criminal ni de las armas del 
enemigo: un recinto fresco en un país ardiente, y un reposo profundo, 
«á esto tenían derecho los que habían entrado en otra tierra (i).» 



(i) Esta es la frase empleada en la estela de Antuf. V. Rcv. de Vhist. des Relif;. 



122 



HISTORIA DE LAS CREENCIAS 



Max Dunker nos explica también la razón de la solicitud de los egip- 
cios para con sus difuntos: «La destrucción de la momia era, en realidad, 
considerada por ellos como una segunda muerte; de modo que la salva- 
ción del alma dependía, desde cierto punto de vista, de la conservación 
del elemento que al mismo había estado asociado, á saber, el cuerpo hu- 
mano.» 

En muchos sepulcros se han descubierto pequeñas escaleras destinadas, 
según dice Maspero, «á salvar la distancia que separa los dos pisos del 

mundo.» Todavía en la época greco- romana se 
colocaba junto á las momias una reducción de 
esas escaleras simbólicas. Creían unos que la es- 
calera necesaria para escalar en cierto modo el 
cielo estaba colocada de una manera estable en 
el ribazo occidental de la tierra; otros, en cam- 
bio, suponían que cada muerto debía colocarla 
por sí mismo ó bien lograr, por mediación de las 
oraciones de sus parientes, que fuese especialmente 
aplicada para él. De modo que se invocaba á los 
habitantes de la Gran Mansión «que colocan la 
escalera y con sus propias manos aguantan los 
montantes de la misma á fin de que por este me- 
dio llegue el hombre sin obstáculo;» y por esto 
había en los rituales una invocación para las di- 
vinidades caritativas «que traen la escalera (r).» 
¿Por qué razón había de recurrir el difunto 
á las oraciones de los parientes y pedir la inter- 
vención «de los habitantes de la Gran Mansión? 
Porque, una vez exhalado el último aliento, el 
alma, que se dirigía «á la puerta de los Corredores, no podía nada para sí 
misma, sino que había de esperarlo todo de la piedad de sus amigos y de 
sus deudos ó de su previsión de prepararse en vida un viático y como un 
peculio (2).» 

¿Debe extrañarnos esta conformidad entre la te cristiana y la filosofía 
del Libro de los Muertos, entre el cielo de los Elegidos y el Duant místico 
de los egipcios?.. En modo alguno, porque ello prueba tan sólo, como 
hemos demostrado en las primeras páginas de esta obra, que así como 
existen necesidades comunes á todos los hombres, así también hay nocio- 
nes comunes á todas las edades, en cuanto proceden de la razón y de la 
fe universales. Pues bien: acaso no hay noción más evidente que esta: 




Canope del sepulcro de Netk- 
muft, existente en el Mu- 
seo Británico. 



(i) Lelivre des Morts, por M. Maspero, Rev. de l'hist. des Relig., 1887 El autor ha 
encontrado en las necrópolis de Akhmim varias de estas escaleras que pueden verse en el 
museo de Bulaq. 

(2) Loe. cit., pág. 1 7. 



LIBRO CUARTO • 123 



terminada la prueba, es decir, la vida, cesan con ella los méritos y los de- 
méritos, «puesto que entonces el alma ha rendido sus cuentas.» 

Los preceptos vigentes en el pueblo judío nos demuestran el respeto 
con que eran considerados los padres: «Quien maldice á su padre y a su 
madre, dice el libro de los Proverbios, apagada será su candela en medio 
de las tinieblas (i).» «Hijo mío, dice también el Eclesiástico, ampara la 
vejez de tu padre y no le contristes en su vida; y si le faltare el sentido 
perdónalo y no le desprecies en tu valor, porque la limosna del padre no 
quedará en olvido. Pues por el pecado se te pagará con bien, y se edifica- 
rá para ti en la justicia, y en el día de la tribulación se hará memoria 

de ti (2).« 

¡Cosa extraña! Las Sagradas Escrituras no recomiendan en ningún 
pasaje á los padres que amen á sus hijos y en cambio recuerdan con insis- 
tencia la piedad filial; porque el afecto más fácilmente desciende de padres 
á hijos que sube de hijos á padres. 

La verdad es que el hijo no comprende bien lo que á su padre debe 
hasta el día en que los deberes paternales ó maternales pesan sobre él... 
Su ingratitud relativa sólo puede invocar una especie de excusa diciendo 
que el amor paterno es una letra hbrada por el abuelo contra su hijo y á 
favor de sus nietos; y es tal la solidaridad de los vínculos de famiha, que 
con harta facilidad se considera el hombreen paz con su principal acreedor 
cuando ha pagado su deuda á su propia descendencia. 

Si es fácil darse cuenta bastante exacta del sentimiento filial en Roma, 
por razón de la constitución misma de hjamilia romana, no cabe decir 
otro tanto de Grecia, pues respecto del pueblo griego sólo se consiguen los 
datos necesarios espigando en las obras de los antiguos autores. 

En Grecia, el jefe de familia no venía, en un principio, obfigado á criar 
á sus hijos, sino que era dueño, ú quería, de abandonarlos en la calle. En 
Lacedemonia, el padre en persona llevaba al recién nacido á unos sitios 
llamados Leschés, galerías en donde los más ancianos de las tribus com- 
probaban la buena constitución del niño sometido á su examen; si era 
enclenque ó contrahecho, lo mandaban arrojar á unos barrancos llama- 
dos Apothetes. Por fortuna, con el tiempo se suavizaron estas cos- 
tumbres. 

A fin de robustecer á los niños acostumbrándoles á la acción del frío 
y del sol, se les quitaba la túnica cuando cumplían doce años, dejándoles 
sólo el manto, y durante toda su juventud iban descalzos. Su alimenta- 
ción era tan limitada como insípida, por temor de que se pusieran obesos; 
periódicamente los éíoros los revistaban para cerciorarse de que no engor- 

(i) Prov., XX, 20. 

(2) EccL, III, 14, ib, 16, 17. 



124 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

daban, y gracias á los violentos ejercicios gimnásticos se conservaban ági- 
les y esbeltos. 

El joven griego, á pesar de estar sometido á una férrea disciplina y de 
vivir bajo la dependencia de un padre cuya omnipotencia no tenia, en su 
origen, más limitación que su capricho, no por esto dejaba de proíesar un 
sentimiento filial conmovedor, y consideraba que debía tener para con el 
padre difunto la misma deferencia que la que le mostraba cuando manda- 
ba como dueño en el hogar. 

■ Cuando ocurría una defunción, los griegos exponían el cadáver á la 

puerta de su casa; si el rostro del muerto era demasiado lívido, le ponían 

colorete en las mejillas^ y si estaba descompuesto, lo tapaban con un velo. 

Junto á él había un jarro I/eiio de a^ua luslral con ¡a que se rociaba á ¡os que 

asistían al entierro. Estas aspersiones se hacían con una rama de olivo. 

En la ceremonia cristiana sucede lo contrario: el invitado echa agua 
bendita sobre el ataúd. ¿Por qué? Porque, según los preceptos de la Igle- 
sia, el fiel tiene el deber de caridad de asociarse con sus oraciones y con 
sus actos á la purificación litúrgica de que es objeto el alma en el mo- 
mento en que va á comparecer delante de su Juez. La noción de los grie- 
gos es diferente: el difunto no es una alma pecadora separada del otro (es 
decir, del cuerpo), según frase de Platón, sino que es un espíritu conver- 
tido en una especie de divinidad, á la que se invoca como á un genio tu- 
telar. 

Los griegos, para ponerse luco, se vestían de negro, excepto en los sa- 
crificios del noveno y del trigésimo día, en que se presentaban de blanco y 
coronados de flores. La mayor prueba de dolor era cortarse los cabellos so- 
bre la tumba de las personas á quienes se lloraba; y esta costumbre la 
practicaban ciudades enteras en las épocas de calamidades públicas: así, 
por ejemplo, todos los habitantes de Atenas se cortaron la cabellera des- 
pués de la batalla de Q_ueronea, y lo propio hicieron cuando Lisandro, 
general de Lacedemonia, se hubo apoderado de aquella ciudad y estableci- 
do en ella los treinta Tiranos. Era también muestra de tristeza y de pesar 
entre los griegos cortar las crines de sus mulos y de sus caballos á la muer- 
te de las personas queridas. 

En la mayor parte de sus ciudades habían instituido en honor de sus 
difuntos una fiesta solemne que se celebraba en febrero, llamada Anthes- 
terion, es decir, el mes privado de flores. Mientras duraba esta solemni- 
dad, manteníanse cerrados los templos de las demás divinidades; cesaba el 
culto de éstas y no se celebraba en aquellos días matrimonio alguno. 

Nada tan frecuente entre los griegos como las consagraciones domés- 
ticas: los hijos dedicaban á sus padres difuntos honores divinos; les erigían 
mausoleos, les levantaban altares, cantaban en su honor himnos sagrados, 
ponían en sus habitaciones las imágenes y las estatuas de aquellos seres 
queridos al lado de las de los dioses, y les hacían sacrificios propiciatorios. 




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126 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Para enterrarlos, colocábanlos en literas y de este modo los conducían 
á la tumba, figurando en todos los entierros de los griegos un grupo de 
flautislas que iban detrás del cortejo. En las piras donde se quemaban los 
cuerpos (i), y que se erigían junto al sitio mismo en donde debían ser 
sepultadas las cenizas, se arrojaban flores, miel, armas, leche, manjares y 
pan. El entierro propiamente dicho se verificaba nueve días después de la 
muerte, es decir, que se guardaba el cadáver durante siete días, al octavo 
se le quemaba y al noveno eran enterradas las cenizas. Los atenienses, al 
poner los cadáveres sobre la pira, los colocaban de cara á Occidente, y des- 
pués de la incineración se apagaba con vino el fuego que para ésta había 
servido y se hacían con vino también aspersiones sobre las tumbas. La 
ceremonia terminaba siempre con una comida que se verificaba en casa 
de alguno de los parientes para celebrar la memoria de aquel á quien se 
lloraba. 

Una vez realizadas las formalidades fúnebres, estábales prohibido á los 
extraños volver á acercarse al sepulcro; pero los parientes podían visitarlo 
tantas cuantas veces quisieran, siendo consideradas sus visitas como actos 
piadosos. La prohibición relativa á las personas ajenas á la familia obede- 
cía al temor de que fuesen allí á recoger osamentas para emplearlas en 
profanaciones y sobre todo en sortilegios. 

A los que habían muerto en la guerra en servicio de su patria se les 
cubría de ramas de olivo y de otros árboles; á los que habían prestado 
grandes servicios al Estado ó merecido la más alta estimación, se les en- 
volvía en un paño encarnado. 

Entre los lacedemonios sólo podía ponerse nombre en los sepulcros de 
los hombres fallecidos en la guerra ó de las mujeres consagradas á la reli- 
gión. Con írecuencia, en vez de inscripciones, se dibujaban simplemente 
los instrumentos del arte que había ejercido el difunto, y en algunos casos, 
además, emblemas que recordaran su humor y su carácter, ó símbolos de 
lo que más había amado. Sobre las tumbasy sobre las columnas y estatuas 
que las decoraban arrojábanse aceites y esencias, práctica que se consideraba 
como un verdadero acto religioso; y en el interior de aquéllas, junto á los 
despojos mortales depositábanse las más preciosas /o);^^.- sólo en las excava- 
ciones llevadas á cabo en Micenas en 1876 por Schliemann, el número 
de objetos de oro recogidos, máscaras, collares, brazaletes, broches, fuen- 
tes, copas y vasos, fué tan considerable, que equivalía á un lingote de oro 
de 125.000 francos. 

Esta costumbre de que manos piadosas escondieran «el metal de los re- 
yes y de los dioses,» el oro precioso^ en las obscuras é inviolables man- 
siones sepulcrales donde nunca más habían de penetrar las miradas de los 

(i) Se han descubierto recientemente en Kleusis varios hornos crematorios con res- 
tos de cenizas. La cremación no era general en todas las tribus de Grecia; los aqueos, por 
ejemplo, á diferencia de los jonios, no quemaban sus muertos. 



LIBRO CUARTO I 27 

padres y de los amigos, ¿podía obedecer únicamente al deseo de honrar 
esa cosa horrible y repugnante que se llama un cadáver? 

¡Qué testimonio más elocuente en favor de la fe en un más allá! 

Lo que dice Platón acerca de los deberes de los jóvenes para con sus 
padres y para con los viejos, merece ser recordado. Suponiendo el caso de 
un hijo puesto en peligro de muerte por su padre ó por su madre, el ilus- 
tre discípulo de Cratilo y de Sócrates niega á aquél el derecho de legítima 
defensa contra éstos. Y aún dice más: no permite ninguna violencia con- 
tra los ancianos que, en un momento de arrebato, se hiciesen culpables de 
alguna agresión, debiendo todo joven griego considerar como anciano á 
quienquiera que tuviese veinte años más que él. He aquí las propias palabras 
del filósofo: «La ancianidad es mucho más respetable á los ojos de los dio- 
ses que la juventud... Por esto dicto los siguientes reglamentos: que todos 
honren de palabra y de obra á los que sean más viejos que ellos; que mi- 
ren y respeten como padre ó madre propios á aquel ó á aquella que tenga 
veinte años más que ellos. Por honor á los dioses que presiden el naci- 
miento de los hombres, que jamás pongan la mano en una persona que 
tenga edad bastante para poder ser el autor de sus días.» 

¿Qué diremos de la piedad filial entre los pueblos del Lacio? Tan ca- 
pital era su importancia, que se ha creído ver en el culto á los muertos la 
propia religión de los romanos, y en cierto modo el culto primordial de los 
mismos. En sentir de los que así opinan, á esta religión privada de los 
lares ó penates agregóse más tarde una segunda religión pública, consisten- 
te en la adoración de los fenómenos psíquicos y de las fuerzas naturales, 
personificadas y divinizadas. 

«De estas dos religiones, escribe M. Fustel de Coulanges, la primera 
tomaba sus dioses en el mismo hogar y en el alma humana; la segunda 
los tomó en la naturaleza física. Estos dos órdenes de creencias dieron lu- 
gar á dos cultos que duraron tanto como las sociedades griega y romana 
y compartieron el imperio sobre el hombre: el culto de los dioses del Olim- 
po y el de los héroes y de los manes jamás se contundieron.» 

M. Broglie se adhiere plenamente á esta teoría, pero á condición de 
que se admita que la religión de los antepasados, como la de los dioses, 
procede de un monoteísmo anterior del cual han salido todos los cultos, 
puesto que cada una de las religiones es uno de los aspectos del esplritua- 
lismo primitivo que contenía la noción del Dios único y la de la inmorta- 
hdad del alma. «Antes de decir: la muerte es un Dios, era preciso tener 
ya la idea de la Divinidad (i).» 

Esta juiciosa observación puede, á lo que parece, conciliaise sin difi- 
cultad con la citada teoría, que considera sobre todo la religión romana 



(i) Prob. et Concl., por el P. de Broglie. 



128 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

en sus manifestaciones externas, dentro de su carácter de institución pú- 
blica. 

Además, el culto á la Divinidad, aun considerado en sus más depura- 
das formas, no aparece en modo alguno como substituto, entre los pueblos 
civilizados, del culto á los antepasados, sino que, por el contrario, coexis- 
te con él y con él marcha paralelamente; por otra parte, los ritos más con- 
cretos de la piedad filial entre los salvajes no excluyen en manera alguna la 
religión dedicada al Gran Espíritu. 

Y nada más lógico que esto, porque para todos los pueblos existen dos 
entidades metafísicas distintas: el alma humana que gobierna al cuerpo, y 
por encima de ella, según frase de Lamartine, el alma del Universo, Dios, 
que ordena los mundos. 

Para los romanos, los manes no eran solamente espíritus; eran ade- 
más «seres divinos (i),» y Cicerón lo da á entender claramente cuando 
dice «que todos debemos considerar como dioses á los padres á quienes he- 
mos perdido (2).» Asimismo la tumba paternal es un altar en el cual se 
hacen libaciones y sacrificios; y finalmente, muchas inscripciones demues- 
tran que á los difuntos se les daban los nombres de dioses y diosas en este 
culto especial (3) que se les profesaba y que tal vez era más importante 
que el reservado á los dioses del Olimpo. 

La fe en la supervivencia del alma era general en Roma, como lo de- 
muestran abundantes pruebas de toda clase: así, por ejemplo, al terminar 
la ceremonia mortuoria, hijos y padres repetían tres veces este saludo sig- 
nificativo: «¡Goiar de buena salud!» 

Al pasar por delante de un sepulcro se recitaban las fórmulas tradicio- 
nales: ((¡Que la tierra te sea leve....' ¡Que tus huesos descansen en pa:(^!,» ó bien: 
((¡Adiós, alma pura (4)!^> 

Podemos citar, entre mil, una ó dos frases que confirman positivamen- 
te la creencia délos romanos en la inmortalidad del alma. Cicerón dice: 
«■Permanere ánimos arbitramur consensu nationum omniump^ y en otro lugar 
escribe lo siguiente, en donde se ve demostrado aún más concretamente 
lo que dejamos sentado: «En cuanto á mí, creo, como creían nuestros 
mayores, que el alma es imperecedera; y ciertamente nuestros padres no 
habrían prodigado á sus difuntos tantos deberes piadosos si hubiesen creí- 
do que esto no interesaba á los muertos.» 

¿No es curioso oir á un autor pagano hablar de esta suerte de la efica- 
cia de la oración por los difuntos? 

El culto privado sólo podía ser tributado por la propia ñimilia y por 



(1) Dii Manes. 

(2) Cicerón, Deleg., II, 9. 

(i) Siib sepulcro consecrat i. 

(4) Terra Ubi sit levis.'—Molliter cubent ossa.'-Ave, anima candida .. (M, Boissier, 
La Relig. rom.) 



LIHRO CUARTO 



129 



los propios antepasados; admitir en él á un extraño habría sido una espe- 
cie de profanación. No podía creerse que el muerto aceptara una ofrenda 
de un desconocido, de un indiferente; y por esto los nombres con que 
griegos y romanos designaban este culto son sumamente expresivos (i): 
el dios es el antepasado, y el sacerdote, el pariente más próximo. 

Cuando decimos que el antepasado era para el romano una divinidad, 
no exageramos; en electo^ en todas las naciones que descienden de los 
arios, pueblo primitivo de la India, entre los persas, celtas y germanos 
como entre los griegos y los romanos, encontramos la idea de que las al- 




Pira fúnebre, según un bajo relieve del tiempo de Nerón 

mas de los padres sobreviven invisibles 3^ ocultas y tienen un carácter divi- 
no, y de que su tumba es un templo y tienen derecho á un cuito filial. 

A los espíritus de los difuntos privados de sepultura se les conceptúa 
errantes y, en su consecuencia, se les cree irritados contra su descenden- 
cia culpable; de aquí la necesidad de enterrar á los muertos y de venerar 
sus almas, á las que los griegos llamaban Ijéroes ó demonios, y los latinos 
lares, manes, genios (2). 

Cualquier alumno de segunda enseñanza habrá traducido párrafos como 
el siguiente: «Tal general fué castigado con la última pena por no haber 
enterrado á los muertos en el campo de batalla.. .;.> y sin embargo, los ro- 
manos, en su afán de conquistas, no debieron preocuparse gran cosa, se- 
gún parece, de la cuestión de higiene. Lo que les preocupaba en casos 



(i) Los griegos decían patriadjein y los romanos parentare. 

(2) Los Genios eran divinidades tutelares que protegían á cada hombre ó á cada ciu- 
dad. — Los Lares y los Manes eran al mas de los antepasados unidas á la ciudad ó á la casa. 
— Los Penates eran los dioses domésticos que presidían á los aprovisionamientos. — Los 
Penates públicos se ocupaban de las subsistencias necesarias á cada ciudad. 

Tomo II () 



130 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

como el citado era «el destino de los difuntos,» pues creían que desde el 
momento en que un individuo no había sido inhumado, según los ritos, 
su alma se convertía, á partir de aquel mstante, en una larva (1), en un 
genio maléfico que se vengaba de la indiferencia de los vivos. Y creían 
que sucedía lo propio si cesaba de arder el fuego en el altar del Hogar ó 
si se olvidaban de las comidas fúnebres; las almas paternales abandona- 
das se convertían también en Larvas vengativas que castigaban á sus hijos 
ingratos causándoles toda clase de males. 

Por esto todos los pueblos de origen ario que proíesaban tales creen- 
cias consideraban el matrimonio como cosa de capital importancia, sobre 
todo porque perpetuaba el culto de los antepasados. 

En efecto, la falta de descendientes interrumpía los ritos sagrados que se 
consideraban necesarios para el reposo de las almas y destruía la felicidad 
de los antepasados «como por una serie de parricidios múltiples,» según 
enérgica expresión de un autor; y en tal caso temían las gentes que caye- 
se una maldición implacable sobre aquellos que no cuidaban de dejar á su 
muerte un sacerdote en el hogar. 

Como muchas personas no podían, á causa de su indigencia, pagar 
los gastos mortuorios, organizáronse en Roma asociaciones funerarias (2), 
verdaderas sociedades de seguros^ cuya caja común los sufragaba. 

La costumbre exigía que los miembros de la familia acudieran á besar 
al moribundo, después de haberle dado un supremo adiós (3); y apenas 
había exhalado aquél el último suspiro, se le llamaba en alta vo^por su 
' nombre (4) á fin de que, si este llamamiento quedaba sin respuesta, fuese 
notorio á todos que «el espíritu» realmente había volado. El cadáver, cui- 
dadosamente untado con aceite por el pollinctor, era expuesto durante una 
semana en el atrio; y el entierro era anunciado por heraldos que iban al 
frente del cortejo con los flautistas y las plañideras (5). Varios mimos de- 
clamaban poesías que contenían alusiones más ó menos ingeniosas, y por 
fin el muerto, tendido en una cama de respeto, era conducido al Foro_, en 
donde un pariente pronunciaba su oración íúnebre antes de procederse á 
la cremación, que era más frecuente que la inhumación (6). 

Durante el Imperio, los romanos adoptaron» como color de luto el 
blanco. 

Consultando el almanaque romano, encontramos una serie de fiestas 
celebradas por la piedad filial, tales como las Parentales y la fiesta de los 

(i) Con el nombre de Lares se designaba á los espíritus benéficos y con el áe Larves 
á los genios contrarios. 

(2) Collegia temiiorinn. Los gastos de ios entierros (funeraticiwn) variaban desde 200 
sextercios (40 francos) á 3oo (60 francos). 

(3) Extremitm vale! 

(4) Conclamabant. 
ib) Pr ce fie ce. 

(G) El sitio en donde se alzaba la pira se llamaba iistrinitm. Las cenizas, depositabas 
en el ossuarium, se guardaban en salas denominadas columbaria. 



LIBKO CUARTO 



131 



difuntos (feralia), sin contar los aniversarios... Las tumbas, que estaban 
consagradas á los Manes, ostentaban por esta razón en su cara principal 
las letras D. M. (i). Si se habían omitido algunos ritos mortuorios ó 
exorcismos, la reparación del olvido consistía en la inmolación de una 
trucha, porca. 

Hemos dicho que los romanos tenían grandísimo interés en asegurar- 
se un culto postumo; el estudio de las heredades funerarias (2) nos pro- 
porciona los datos más exactos acerca de esto: el romano comenzaba por 
asegurarse la perpetuidad del terreno, y para esto hacía declarar fuera de 











HliHiüiiaai 



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Urnas cinerarias romanas. (Museo del Louvre.) 



comercio la parcela del campo destinada á recibir los mortales despojos, 
y aquel terreno, convertido en locus religiosus, era inalienable, existiendo 
este carácter sagrado por el solo hecho de la inhumación (3). Esta con- 
sagración, sin embargo, no podía existir cuando había fraude; por ejemplo, 
si se había realizado ocultamente el entierro en una propiedad de un vecino. 
Cuando se hubo generalizado la costumbre de la cremación, se inven- 
tó el procedimiento de mezclar un poco de tierra en las cenizas de la pira, 
lo cual era un medio indirecto de constituir un sitio inviolable; un aviso 
puesto en el mismo monumento indicaba la intransmisibilidad de la here- 
dad funeraria y de cierta superficie alrededor de la misma (4J. 

(i) Diis manihus. 

(2} Por M. P. Allard, Ruán, 1879. 

(3) Inhumatus. 

(4) Hoc monumentwn hoeredem non sequetur; en otros términos: el terreno dejaba de 
lormar parte de los inmuebles libres ó enajenables, llamados /ocfjci/r/ (Digesto, XI, VII, 2). 



132 HISTORIA D1-: LAS CREENCIAS 

Los célibes y los viudos sin hijos (i), á quienes preocupaba el porvenir, 
unas veces manumitían á algunos esclavos, con la condición de que en 
tales ó cuales días fuesen á venerar sus cenizas, otras legaban diversas su- 
mas á varias corporaciones (2), las cuales, en cambio, se encargaban de 
celebrar la memoria del difunto con iluminaciones ó banquetes conme- 
morativos, que se verificaban en la sala especial á tales fiestas destina- 
da (3). Estas comidas no tenían de fúnebres más que el nombre, porque 
en el festín familiar (4) con que terminaba la fiesta de los difuntos (5) no 
se excluía el buen humor; y aun, al decir de las inscripciones, era preciso 
acudir á ellos «con semblante risueño (6) y alma resignada (7).» 

Para el romano, el ñliimo aliento de un moribundo era como un ver- 
dadero ser, capaz de sobrevivir durante cierto tiempo; y Virgilio y Cicerón 
nos dicen que uno de los más próximos parientes del agonizante había de 
inclinarse sobre éste para recoger su aliento supremo. Esta misma idea 
encontramos entre los indígenas de Nias y entre los antiguos habitantes 
de la Florida, para quienes ese aliento es un animálculo denominado 
eheha, gracias al cual se transmiten al través de las generaciones las tradi- 
ciones de familia. 



( I ) Orbi. 

{■¿) Collegia et sodalitia. 

i3) Schola. 

(4) Charistic. 

(5) Parentalia, fiesta anual que duraba desde el i3 hasta el 22 de febreiv 
(()) Hilaris. 

( ) Sine querela, sine bile. 



CAPITULO II 

PIEDAD FILIAL Y RITOS FUNERARIOS (eUROPA Y ASIa) 

Particularidades del duelo y de la cremación en Francia. — Entierros á bordo.— El senti- 
miento filial en las leyes inglesas, en el país de Gales y en Irlanda: el Senchus Mor — 
Costumbres extrañas de los antiguos noruegos.— La autoridad materna en los códigos 
austríacos y rusos.— Pérdida de la autoridad paterna por virtud de disposiciones judi- 
ciales.— Los árboles.— Ataúdes en la antigua Sajonia. -Ceremonial funerario entre los 
mahometanos; luto verde ó encarnado.— El luto de los hijos en China; el bastón del 
llanto; el remiendo del fardo; costumbres piadosas chinas— El gorro viril y el joven 
chino.— Ataúd ofrecido como regalo. — Descripción de un cortejo fúnebre en el Celeste 
Imperio.— Cómo honran á sus padres los indígenas de la Cochinchina.— Privilegios 
concedidos por el código anamita al buen hijo. — Hijos y padres siameses: ceremonia 
del tupé afeitado. — Fiestis mortuorias en Siam: carreras, teatros, fuegos artÜíciales... 
— Catafalco de lomo de elefante en Birmania: embalsamamiento por medio de la miel. 
— Ritos funerarios de las tribus andamanianas; collares de huesos, danza del llanto... — 
Sumersiones piadosas en el Indostán.— Perros sepulcrales de las regiones caspianas.— 
Extraña tarifa de la felicidad celeste para los indos. -Culto filial en el Japón; los gatos 
y la vela de los difuntos... 

A primera vista diriase que nada tienen de variado ni de original las 
costumbres actualmente observadas en Francia á la muerte del padre ó de 
la madre; y sin embargo, podría escribirse un libro voluminoso con la 
descripción de los usos en tal caso practicados. Citemos sólo, á título de 
ejemplo, lo que se hace en los distritos rurales del Tarn-y-Garona y en 
algunas otras regiones. 

Así que íallece el padre, los hijos se apresuran á parar los relojes de la 
casa (i) y á tapar los espejos con un crespón. En algunas casas se clava 
en la puerta un mochuelo y allí permanece el ave fúnebre hasta que la 
acción del tiempo la seca. 

El día de la muerte del amo, se les quitan á los caballos los cascabeles 
y á las vacas las campanillas, y los labradores, segadores y vendimiadores, 
aficionados á cantar mientras ejecutan sus diversos trabajos, suspenden 
sus acostumbrados cantos hasta que se ha celebrado en la iglesia el oficio 
de aniversario. 

Además quitan á los bueyes y á las vacas el velo mosquero que les 
sirve para espantarse las moscas substituyéndolo por una venda negra, y 

(i) Les deitils domestiques, por H. CailhaL -Cuando Luis XIV murió en Versalles, 
sus deudos pararon inmediatamente el reloj de la habitación en donde exhaló el último 
aliento. 



134 lllüTOKIA DE LAS CREENCIAS 

en el bosque adonde van á pacer numerosos rebaños de ovejas, no se ol- 
vidan los pastores de rodear con un -crespón negro el cuello del carnero padre. 
También se cubren con un fúnebre velo las colmenas de abejas que hay 
cerca de la casa. 

En diversas localidades, durante la novena que sucede al fallecimiento, 
no se comen más que legumbres y lacticinios y se creería ultrajar la me- 
moria del difunto si se comiese carne... En cambio, se piensa en procurar 
á las abejas una comida escogida, coloccándose un plato de arro^ delante de 
su colmena. ¿De dónde viene esta costumbre? ¿Será tal vez un recuerdo 
lejano de los manjares que los antiguos colocaban y que todavía algunos 
pueblos salvajes colocan sobre la tumba de sus difuntos? ¿O es que nues- 
tros aldeanos quieren con ello consolar á los pobres insectos del luto for- 
zado cuyas insignias han llevado durante nueve días? Difícil es decirlo. 

Una innovación notable en nuestras costumbres funerarias es la intro- 
ducida por la ley orgánica de 1887 sobre «la libertad de los entierros (i),» 
nombre muy poco justificado, como vamos á ver. 

En Francia, desde tiempo inmemorial, la familia ó el ejecutor testa- 
mentario, con exclusión de toda otra persona, cuidaban de la inhuma- 
ción; pero la nueva ley permite á ciertos grupos de individuos (2) regla- 
mentar el entierro y substituir hasta á los padres, hijos, madre ó esposa. 

En efecto, existe acerca de esto una organización particular en nues- 
tras grandes ciudades, en las que algunas sociedades del Librepensamien- 
to han reivindicado el derecho de intervenir en aquel acto para hacer 
cumplir lo que pudiéramos llamar «pólizas de seguro contra el arrepenti- 
miento.» 

Efectivamente, el que entra en estas asociaciones se obliga á rechazar 
á todo ministro del culto, cualesquiera que puedan ser los sentimientos 
que se abriguen en el instante fatal; además, por temor de «faltarse á sí 
mismo,» como dicen los estatutos, se encarga á un miembro de la socie- 
dad que en la hora suprema no se mueva de junto al lecho del moribun- 
do á fin de impedir que se acerque á éste un sacerdote... Y si el enfermo, 
sintiendo despertar en su alma sentimientos del todo contrarios á este 
miodo de pensar, pretende recobrar su independencia, tan á la ligera en- 
cadenada; si al llegar á los umbrales de la eternidad y al preguntarse, 
como dice Bossuet, «si se cuenta todavía entre los vivos ó se halla ya en- 
tre los muertos,» quiere reconquistar su libertad y su conciencia, teme- 
rariamiente encarceladas entre las hojas de una disposición testamentaria, 
la expresión verbal de su voluntad, por muy categórica que sea, resultará 
impotente y vana (3). 

(i) i 5 de noviembre. 

(i) Art. 3." 

(3) La ley (art. 3 ") exige que la disposición sea revocada «en la rnisma forma en que 
fué expresada;» de manera que, en semejante caso, el paralítico ó el moribundo, obligados 
á revelar sus pensamientos más íntimos en una especie de confesión pública y laica, ha- 



LIBRO CUARTO I35 

Las mujeres y los menores de edad pueden ingresar en esas asociacio- 
nes, y hasta hay para ellos una tarifa reducida. La cuota varía de uno á 
cinco francos. 

Para que el cortejo de los entierros civiles sea numeroso, los miem- 
bros de esas sociedades se obligan, bajo pena de multa, á figurar en ellos, 
aunque no conozcan ni de vista al muerto, sorteándose á los que habrán 
de formar parte de la delegación. 

¡Quiéxi no ha presenciado alguno de estos entierros! ¡Quién no los ha 
visto desfilar escoltados por esos individuos de las clases más heterogéneas 
que llevan en el ojal una siempreviva para protestar á su modo contra la 
creencia en la inmortalidad! ¡Tal es la lógica de los incrédulos! 

Como las plañideras de la antigüedad ó de la China, acuden por obli- 
gación al entierro; pero en vez de gemir y lamentarse, siguen desordena- 
damente, con regocijado aspecto y muchos con la pipa en la boca, el coche 
mortuorio hasta la fosa común, esperando el momento de echar el liltimo 
trago "á la salud del difunto.» 

Si consultamos las estadísticas oficiales, podremos convencernos de 
los rápidos progresos del ateísmo contemporáneo: en un solo año ha ha- 
bido en París 12.000 entierros civiles, y en un distrito, la proporción lle- 
ga al 40 por roo. 

De estos 12.000 entierros 8.400 han sido gratuitos, cifra que se expli- 
ca por un procedimiento que vamos á divulgar. 

Cuando los cadáveres de los indigentes ñtllecidos en los establecimien- 
tos hospitalarios eran reclamados por la familia, era preciso, no hace aún 
muchos años, pagar un derecho de quince francos. Varios grupos de libre- 
pensadores se dirigían á los parientes y les ofrecían pagar esta cantidad, 
así como los gastos de entierro, y de esta manera se procuraban el pretex- 
to necesario para las manifestaciones antirreligiosas que organizaban con el 
concurso de cierta prensa. 

Desde hace poco tiempo, como es sabido, nuestros cementerios han 
sido secularizados; la cruz de los pobres, la cruz doblemente sagrada de 
la fosa común, ha sido en muchas localidades suprimida, y la razón que se 
alega para justificar esta medida vale la pena de ser consignada: «Es me- 
nester, ha escrito uno de los más ardientes promotores de esta supresión, 
que la pesada cruz de los vecinos no prive á los muertos de su parte de 
sol ni de la ligera y verdeante sombra de los sauces... Importa mucho no 
encontrarse en el cementerio con mala compañía...» 

Pues bien; no ocultaremos que lo que á nosotros nos parecería temi- 
ble sería encontrarnos en vida en compañía de gentes que tales ideas pro- 
fesan; porque, según opinión de Juan Jacobo Rousseau, «después de Dios, 

brán de llamar á un notario ó de redactar un escrito, ya quee! legislador asimila de esta 
suerte los sentimientos del alma y las secretas emociones de la conciencia á los objetos 

que están en el comercio. 



136 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

sólo un ser hay á quien debemos temer y es el hombre que no le teme.» 

Digamos algunas palabras acerca de la cremación recientemente admi- 
tida por nuestras leyes, á imitación de las edades paganas, y que consiste 
en quemar los cadáveres hasta su completa incineración. 

El horno crematorio- construido en el cementerio del Padre Lachaise 
es un edificio amazacotado, de 50 metros de largo por 20 de ancho, que 
tiene el aspecto de un modesto teatro de provincia... En el centro hay un 
corredor para la familia y los invitados, y en la parte inferior tsxi el hor- 
no crematorio, que es de ladrillos refractarios y que se cierra con una do- 
ble puerta de hierro. Se estira una plancha de metal, se coloca en ella el 
cadáver y después de cerrado el horno se prende fuego á la pira dispuesta 
á su alrededor. 

En la puerta hay una ventanita para que los herederos, que tengan va- 
lor para ello, puedan seguir con la mirada la espantosa destrucción de 
lo que fué habitáculo de un alma... Según parece, la dilatación de los ga- 
ses en ese foco de calorintenso determina cosas horribles cuya descripción 
repugnante ofendería la delicadeza de nuestros lectores; á pesar de lo cual, 
los aparatos que funcionan en el Padre Lachaise han quemado 3.000 ca- 
dáveres. 

El sistema de la cremación, tan contrario á nuestras tradiciones, oíre- 
ce también graves inconvenientes desde el punto de vista social. En efecto, 
¡cuántas veces, en casos de envenenamiento ó de asesinato, ordena el tri- 
bunal que sean exhumados los cadáveres! Pues bien: destruido el cuerpo del 
delito, no hay medio de comprobar si ha habido crimen ó muerte natural. 

Terminada la incineración (i), la familia puede reclamar las cenizas 
del difunto. ¿Quieren saber nuestros lectores qué cantidad de ceniza se 
obtiene como residuo del cadáver? Quince libras. 

La tarifa para las incineraciones varía de 50 á 250 rancos, según las 
clases; en este precio va comprendido el derecho de ocupar por cinco años 
un compartimiento del colmnbariitm municipal, en donde se introducen 
las urnas compradas por las familias. La tarifa de la concesión perpetua 
para depositar en un cementerio la urna funeraria, es de 369 trancos. 

¿Acaso la opinión pública reclamaba la incineración? En modo algu- 
no; y los sepultureros ven más de una vez cómo gentes del pueblo se ade- 
lantan al cortejo fúnebre para preguntar con ansiedad, con terror, si serán 
entregados al destructor aparato los cuerpos de los seres que les tueron 
queridos. Uno de ellos, confirmando esta repulsión general, añadía que, 
en su concepto, la cremación «era uno de los mayores fiascos.» 

Y tenía razón sobrada, porque para nosotros el cementerio es y debe 
seguir siendo el gran dormitorio respetado en donde nuestros difuntos re- 
posan en paz hasta el día del despertar grandioso. 

i) La operación dura por término nTjdi(j una hora y treinta minutos; tratándose de 
un niño, la mitad de este tiempo. 



LIBRO CUARTO 1 37 

En Gotha tué en donde se instaló el primer crematorio de Alemania. 
Habían precedido á la instalación tres pruebas practicadas á petición espe- 
cial de otras tantas familias; y habiendo dado los ensayos buenos resulta- 
dos, adoptóse la incineración como procedimiento /flc/Jtó/fw. La crema- 
ción se verifica en un edificio de 50 metros de largo que contiene la vi- 
vienda de los guardianes, la sala del horno, tres piezas para los fogoneros 
y otra para las ceremonias religiosas de los protestantes ó judíos. 

La primera vez se quemó con el cadáver el ataúd, y á los tres cuartos 
de hora no quedaban más que los huesos reducidos á ceniza, excepto dos 
ó tres íragmentos: la humedad de la madera de la caja mortuoria había 
sido causa de que la operación fuese más larga. Dos horas después, el apa- 
rato se había enfriado lo suficiente para que la familia pudiera recoger las 
cenizas. Los gastos de cada incineración se elevan á unos 80 marcos. 

En Hamburgo se ha construido recientemente un monumento cre- 
matorio. 

Los italianos, con el fin de fomentar esta innovación, emplean hornos 
portátiles que se transportan de una ciudad á otra: ahí puede decirse «que 
se quema á domicilio.» 

El crematorio de Woking, en Inglaterra, comienza á ser utilizado. En 
Zurich es muy poco apreciado este procedimiento. En cambio, en los Es- 
tados Unidos hay de veinte á treinta edificios destinados á la cremación, 
y en el Japón este sistema está muy generalizado; sólo en la ciudad de 
Tokio han sido reducidos á cenizas en tres años cerca de treinta mil ca- 
dáveres. 

La Curia Romana, consultada sobre la incineración, ha declarado que 
era una práctica censurable (2) y una costumbre contraria á las tradicio- 
nes de la liturgia cristiana. Además, el voto de la Iglesia se resume en es- 
tas palabras, tan á menudo repetidas, refiriéndose á los muertos: Requies- 
cant in pace! 

Sí, dejemos que la obra de destrucción ó transformación de los ele- 
mentos corporales se consuma poco á poco, silenciosamente, en la som- 
bra, y no nos precipitemos á substituir las secretas energías de la natura- 
leza con las odiosas manipulaciones de una cocina macabra. 

En la conmovedora solemnidad de los entierros á bordo, las sentidas 
plegarias y los piadosos respetos contrastan afortunadamente con las tris- 
tes prácticas de lo que el pueblo de Belleville llama cínicamente, pero no 
sin cierta razón, «la pastelería del Padre Lachaise.» 

(2) ...Detestabilem abiisum (Decisión de la Congregación del S. O., de octubre de 1889.) 
Apoyándose en esta decisión, el clero parisiense no quiso conceder las ceremonias del 
culto á un. difunto católico, el senador P. Casimiro Perier, que había dispuesto en testamen- 
to que su cadáver fuese incinerado en el Padre Lachaise; pero recientemente han prevale- 
cido otras decisiones más tolerantes, cuando las circunstancias han demostrado que no 
había habido intención irreligiosa premeditada. 



138 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Cuando ocurre una defunción durante una travesía marítima, la lúgu- 
bre é impresionante ceremonia de arrojar al mar al pasajero fallecido se 
verifica por la noche, á la hora de la oración. 

«Así que uno de nuestros enfermos ha exhalado el último aliento, es- 
cribe un médico de marina (i), se le transporta á un camarote obscuro del 
entrepuente, llamado cámara de reposo, y se le tiende sobre una cama de 
hierro, cubierta con una estrecha tabla. El cadáver es cosido en un saco de 
lona, y á un extremo de este paquete de forma humana se ata una gran 
piedra: á nuestra salida habíamos hecho la provisión necesaria de piedras 
destinadas á este triste uso. El segundo comandante, uno de los oficiales 
y un piquete de marineros tributan las honras fúnebres al que va á separar- 
se de nosotros... Rézase en el puente la oración de la noche; la hélice cesa 
un momento de dar vueltas para que sus aletas no destrocen el cadáver; 
ízase la bandera á media asta, y el capellán, revestido del sobrepelliz, pe- 
netra en la cámara de reposo, seguido de un grumete que lleva el agua 
bendita, mientras dos timoneles alumbran la escena con faroles de seña- 
les. Algunos soldados y algunos marineros amigos del difunto permane- 
cen á la puerta del camarote mortuorio; cuatro hombres cogen el muerto, 
colocan la tabla sobre la cual está tendido delante de la porta de batería 
abierta, con los pies hacia delante, y levantan suavemente el extremo 
opuesto, donde está la cabeza, con lo que el cadáver se desliza y desapa- 
rece... A menudo, el cráneo choca, al pasar, con la parte superior de la 
porta demasiado estrecha, produciendo un sonido que daña á quien lo oye. 
Finalmente, percíbese en las olas el ruido de un objeto que cae...; ciérra- 
se la puerta, y todo ha terminado aquí, en este mundo.» 

En este caso ¡ay!, la pobre familia no tendrá el supremo consuelo de 
arrodillarse sobre la losa sepulcral que cierra la tumba de nuestros muer- 
tos; y para dar al difunto una prueba de amor y un cariñoso recuerdo en el 
aniversario, hará tal vez lo que una joven viuda de un marinero de Bolo- 
ña á quien sorprendimos un día arrojando desde lo alto de la escollera 
una crucecita de madera á la cual había atado una minúscula medalla de 
la Virgen venerada, y que nos dijo sollozando estas palabras, sublimes en 
su misma sencillez: «Ya ve usted, el mar es la tierra del marino... ¡Oh, 
Virgen bondadosa!, ¡haced que las olas lleven ese recuerdo hacia donde 
está mi pobre Pedro!» 

Como el respeto y la asistencia á los padres son preceptos generales, y 
como las legislaciones ó las costumbres relativas á este deber no hacen, 
después de todo, más que recordar el mandamiento del Deuteronomio: 
Honora paireiii tintm et matrem tiianí (2), nos concretaremos á relatar los 
hechos que ofrecen cierta originalidad. 

(i) El Dr. Bernardo de Cannes. 
(2) Deut,, V, 6. 



LIBRO CUARTO I 39 

En la campiña del País de Gales existe una tradición que, aunque 
algo caída en desuso, merece ciertamente mención especial: nos referimos 
al siucater (el que come pecados). Un pobre diablo cualquiera de la parro- 
quia «toma á su cargo todas las íaltas no expiadas del sinful, es decir, del 
pecador difanto,» mediante un pan, un gran jarro de cerveza y una can- 
tidad que varía de seis peniques á dos chelines. Como en aquel país se 
admitió durante mucho tiempo la substitución en caso de delito, el pue- 
blo sintióse inclinado á hacer extensiva esta facultad á las faltas de las que 
sólo ha de responder la conciencia. 

Algunas veces también se pone sobre el busto del cadáver un plato 
lleno de sal ó de rapé; pero el significado de este símbolo nos es desco- 
nocido. 

Según el antiguo derecho irlandés, todo contrato «firmado por un in- 
dividuo cuyo padre vivía» era en principio un acto nulo, lo mismo si re- 
sultaba ventajoso que perjudicial. En este punto el hijo era asimilado 
al esclavo^ al loco ó «al fraile que contratase sin el concurso de su abad;» 
sin embargo, con el objeto de estimular al hijo á que mantuviera ó ampa- 
rara á sus ancianos padres, la antigua ley irlandesa, el Senchiis Mor, de- 
claraba válidos los contratos provechosos al hijo, á condición de que el 
contratante tuviese á su padre á cargo suyo (i). 

Esta disposición del derecho consuetudinario irlandés es notable: el 
legislador, en interés de los padres, aceptaba como regular todo convenio 
que enriqueciese al buen hijo, el cual había de encontrar en ello una re- 
compensa de sus sentimientos piadosos y al propio tiempo una nueva fa- 
cilidad para mejorar el régimen de vida de sus ascendientes. En el viejo 
idioma del país, el hijo que tomaba á su cargo á su padre se llamaba 
niac gor (2). 

La ley señala ciertamente algunas circunstancias en las cuales el padre, 
aunque viejo, no está á cargo del hijo; pero la obligación no tiene excep- 
ción alguna si el ascendiente está enfermo ó se halla debilitado de inteli- 
gencia, porque entonces más que nunca necesita de cuidados solícitos. 

Los antiguos noruegos tenían costumbres análogas, y además, para 
que los ancianos pudiesen hallar en los jóvenes ayuda y asistencia, fo- 
mentaban y facilitaban la adopción, que se realizaba por medio de for- 
malidades alegóricas: el jefe de familia daba un festín, para el cual se ma- 
taba un buey de tres años, al que se quitaba la piel del muslo izquierdo á 
fin de fabricar con ella un zapato que se ponía al lado de una fuente con 
tres grandes medidas de cerveza. «El adoptante metía entonces el pie en 
este zapato, y después de él el adoptado; y luego todos los miembros de 
la familia acudían sucesivamente á calcarse el mismo :(apato, con lo que 

(i) D'Arbois de Jübainville, Puissance patern. en dr. irlaiidais. 
{1) Anc. laws of Ireland, III, 60. 



140 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

cada uno de ellos era testigo de la declaración del padre adoptivo (i). 
No eran «muchas cabezas en el mismo gorro,» como dicen los labrie- 
gos, sino muchos pies en el mismo zapato. Este símbolo de la admisión 
del recién ingresado en la familia tiene su tradición, pues recuerda mu- 
cho las prácticas del derecho judaico originario que exigía, como veremos 
en el libro VII, que se calzara la sandalia del vendedor en prueba de rati- 
ficación del contrato celebrado. 

No hace aún muchos años, la autoridad del «jefe de familia» ó «de- 
cano,» nombres con que en Rusia se designa al padre, recordaba la orga- 
nización de la familia romana en la época clásica: en su casa, en su izba, 
decíase antiguamente, el padre es señor «como el zar lo es de la nación 
y el jan lo es en Crimea (2).» El hijo ruso puede ser encerrado en una 
casa de corrección, si es indisciplinado; pero el Código polaco reemplaza 
el encierro por la facultad de los ascendientes «de castigar á su antojo á 
sus hijos, mientras no resulten comprometidos con ello la salud ó los es- 
tudios de éstos.» 

En los gobiernos de Tchernigof y de Poltava los padres pueden rene- 
gar de sus hijos (3), si éstos les han pegado ó robado ó «si han omitido el 
socorrerles en las circunstancias difíciles» (art. 167). 

Entre los antiguos campesinos rusos, el matrimonio no emancipaba al 
hijo, el cual permanecía en la izba paterna sometido al padre decano hasta 
que á su vez tenía hijos llegados á la edad de hombres. En realidad, hace 
apenas un cuarto de siglo, el mujik disponía en su hogar de un poder des- 
pótico, que hoy está suavizado por las leyes y las costumbres, gracias á la 
paternal y poderosa influencia del emperador Alejandro III y de su su- 
cesor. 

Los homenajes tributados al jeíe de familia dentro de la clase noble 
rusa han perdido algo de su solemnidad; esto no obstante, como costum- 
bre singular puede citarse la que exige que los hijos, después de las comi- 
das, besen la mano á sus padres (4). 

Así como en Francia sólo el marido ejerce la autoridad paterna, en Ru- 
sia están con ella investidos el padre y la madre^/wn/oí ('5): en caso de 
contradicción, dice la ley^ prevalece la opinión del padre, pero por lo me- 
nos el legislador eslavo ha establecido y reconocido sabiamente el princi- 
pio de la intervención materna; lo cual encierra un pensamiento muy res- 



(i) M. Dareste, Anc. lois de ¡a Norvege, 1881. 

(2) El Jan ó Kan es el principe soberano entre los turcos, los tártaros y los persas. 
Para acentuar esta soberanía, asi que el jan había comido, un heraldo anunciaba en alta 
voz, ses^ún dice Montesquieu, que ya podían, si les parecía bien, ir á comer los dermis prín- 
cipes de la tierra. 

(3) Otretchicia. 

(4) A. Leroy-Beaul eu, L' Emp. des Tíars. 
('-') Dr civ. riisse, por M. Lehr. 



LIBRO CUARTO 14 f 

petable y recomendable en grado sumo desde el punto de vista del respe- 
to que la madre merece y de la deferencia que le ha de mostrar el esposo. 

La ley austríaca también dispone que «el padre y la madre tienen el 
derecho de dirigir las acciones de sus hijos (i).» ¿Se dirá que de hecho el 
padre obrará, á pesar de todo, á su antojo abusando de la preponderancia 
que le otorgan las costumbres?.. Pues razón de más para no olvidar que 
existe la madre, y precisamente porque la autoridad de la madre es más 
débil ha de ser tanto más afirmada y protegida por el legislador. 

Si la madre rusa está convencida de que la voluntad del padre puede 
perjudicar á sus hijos, tiene siquiera derecho, según el Código báltico, 
para hacerse conceder por el juez la educación exclusiva de los mismos. 

Las leyes rusa y polaca, concretando más completamente que otras le- 
gislaciones el deber filial, después de haber prescrito «respeto, sumisión, 
abnegación y amor,» advierten al hijo que ha de hablar á sus ascendientes 
con miramientos, escuchar sus consejos y reprensiones con deferencia, 
prestarles todos los buenos servicios en el hogar y por último venerar re- 
ligiosamente la memoria de los padres difuntos (2). 

El código austríaco da al padre y á la madre el derecho personal de 
corregir moderadamente al hijo, valiéndose de palmetas; pero el padre pró- 
digo, loco ó condenado á un año de cárcel, pierde el ejercicio de su patria 
potestad (3). Inspirándose en análogas ideas, el legislador francés, en una 
ley de 24 de julio de 1889 (4), decreta la pérdida de toda autoridad para 
los ascendientes condenados por ciertos delitos que les hacen indignos de 
su noble misión de educadores. 

En 1846 descubriéronse en el monte Lupfen, en Sajouia, varios sarcó- 
fagos, á los que después se ha designado con el nombre característico de 
Todtenbaume (árboles ataúdes, ó más exactamente, árboles de los muertos), 
y que eran, en efecto, troncos enteros de encina ó de peral partidos exac- 
tamente en el sentido de su eje y vaciados interiormente para recibir al 
cadáver; una vez juntadas de nuevo las dos mitades de manera que lo en- 
cerrasen, el conjunto volvía á tener el aspecto de un tronco natural del 
que se hubiese simplemente arrancado la corteza. Esta obra era de una 
labor basta y había sido ejecutada probablemente á hachazos. 

La índole especial de la tierra en que estaban sepultados ha asegurado 
la conservación de los sarcófagos de esta clase que eran de encina; en 
cuanto á los demás, de maderas menos resistentes, aparecieron casi total- 
mente carcomidos. 

Según refiere un misionero inglés, también emplean esos árboles ataú- 

(i) Art. 144 del Código Civil austríaco. 

(2) Dr. civ. ritsse. 

(3) Cod. austríaco, art. 176. 

(4) Ley sobre protección de los niños. 



142 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

des los indígenas del archipiélago de la Reina Carlota (América del Nor- 
te) conocidos con el nombre de indios haidad; cuando la muerte penetra 
en sus moradas, comienzan por derribar un árbol y lo ahuecan; luego 
meten dentro de él el difunto, cierran el tronco y ¡o colocan derecho delante 
de ¡a puerta de su cho/^a, procurando que el cadáver quede situado á unos 
tres metros sobre el suelo. Para guardar los despojos de un personaje no- 
table, de un jefe, se escogen los árboles más hermosos y más grandes, 
cuyo tronco es luego adornado con esculturas y plantado cerca de la puer- 
ta de la cabana del muerto, de manera que una parte del ataúd íorme sale- 
dizo en el interior. 

El árbol ataúd de los haidad no es como el de los francos, germanos 
y sajones, puesto que no sólo no es enterrado, sino que, por el contrario, 
es á menudo elevado á 20 metros de altura; además los hay, según pare- 
ce, que encierran familias enteras. 

El derecho musulmán (i) nos enseña lo que debe hacer un discípulo 
de Mahoma cuando está á punto de fallecer uno de sus padres: ponerle la 
cara hacia la Meca 3^ quitar todos los objetos de hierro que hubiese sobre 
la cama del enfermo. Inmediatamente después de la muerte, es obligato- 
rio el lavado del cadáver, empleándose para ello un cocimiento de cedro, 
agua alcanforada y, por último, agua j)ura, y debiendo empezar la opera- 
ción por el lado derecho. 

El cadáver del musulmán ha de ser envuelto en tres clases de lienzo, 
toalla, camisa y mortaja, estando prohibido el empleo de la seda y délos 
bordados; la cabeza del muerto se ceñirá con un turbante, y si es una mujer, 
con un velo, y la mortaja se coserá con hilo sacado de la trama de la misma 
tela, evitando el humedecerlo con saliva. Es costumbre enviar á buscar pla- 
ñideras que dejan oir algunos cantos, acompañados por el ruido sordo de 
los tamboriles, á los cuales se les ha quitado previamente las piezas metá- 
licas. 

Las ropas de luto son generalmente de rayas verdes y blancas; el color 
azul está rigurosamente prohibido para el interior de la mezquita. El ser- 
vicio religioso corre á cargo de un imán, ó sacerdote.musulmán, y el ritual 
que recita el celebrante es interrumpido de cuando en cuando por la ex- 
clamación: «¡Dios es grande! ¡Dioses infinitamente grande!,» que repiten 
el acóhto y los asistentes al acto. El imán, después de haber pedido para 
el difunto la misericordia de Alá, invoca en favor de aquél el testimonio de 
la concurrencia, la que con voz unánime responde: «¡Era virtuoso!» 
Antes de la inhumación se levanta el cadáver tres veces y luego se le des- 
liza en la tumba con la cabeza hacia delante, si es hombre, y de lado, si es 
mujer. Después se le coloca siempre de cara hacia el templo de la Meca y 

(1) Querry, II, 27, pág. 96. 



LIBRO CUARTO I 43 

con el cuello apoyado en un ladrillo; 3/ finalmente, se derrama agua alre- 
dedor de la sepultura, empezando por la cabeza. Los parientes no arrojan 
tierra en la tumba y sólo rasga/: sus vestiduras, en señal de dolor, los que 
lloran la muerte de un padre ó de un hermano. 

En China las leyes se basan en el principio de la piedad filial, y el ma- 
yor de los crímenes para un habitante del Celeste Imperio es faltar á este 
deber. «Es impío, dice la ley china, el que insulta á sus más próximos 
parientes, el que les pone pleito, el que no respeta su memoria, el que 
olvida los cuidados debidos á aquellos de quienes ha recibido el ser y que 
le han criado, protegido y socorrido. Las más terribles penas están reser- 
vadas al crimen de impiedad: el delator de su padre ó de su madre, de su 
abuelo ó de su abuela, de su tío ó de su hermano mayor, es condenado á 
cien golpes de pan-tsee y á tres años de destiero, aun siendo cierta la dela- 
ción; si es falsa, el delator es estrangtdado. El hijo ó el nieto que omite el 
acudir en ayuda de su padre ó de su madre, de su abuelo ó de su abuela, 
es condenado á cien golpes de pan-tsee; si osa levantar la mano contra 
ellos, es decapitado; y si les hiere, es atenaceado en vida y luego despe- 
dazado (i).» 

Para comprender la teoría china de los fines últimos importa conocer 
la idea que de la psicología se tiene formada en el Celeste Imperio. El 
alma, huén, se compone de tres partes: el alma intelectual, que está en la 
cabeza (2); el alma sentimental, que reside en el corazón, y el alma mate- 
rial, que se encuentra en el vientre (casi la teoría platónica). Cuando so- 
breviene la muerte, el alma se separa del cuerpo y es juzgada según haya 
vivido ó no de conformidad con la razón (tao), y únicamente la tercera 
alma, el hieí, desciende con el cuerpo al sepulcro para permanecer en él 
mientras subsistan los despojos mortales,' con tal, sin embargo, que el en- 
tierro se haya celebrado según los ritos; pues de lo contrario, trataría de 
reencarnarse para tomar venganza de la impiedad de la familia que ha aban- 
donado. 

Del culto que estrictamente se debe á los difuntos resultan importan- 
tísimas consecuencias sociales: así el temor de verse privado de sepultura 
hace que el chino piense con verdadero miedo en la posibilidad de morir 
fuera de su casa; y los desterrados, los funcionarios y los militares que fa- 
llecen fuera de su provincia de origen han de ser conducidos á ella, cueste 
lo que cueste. Cualquier chino preferirá la pena capital á cualquier otro 
castigo menor, si éste había de excluirle más adelante de los sacrificios 
fúnebres; y aun se da el caso de que haya quien se ponga en el lugar de 
los condenados á muerte, con tal de asegurarse un culto postumo. 

El respeto á los cadáveres es tan extremado, que impide casi en absolu- 

(i) P. Girard, misionero en China. 
(2) El /o^os de Platón. 



144 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

to las investigaciones anatómicas, y la inviolabilidad de los sepulcros cons- 
tituye un obstáculo punto menos que insuperable para la construcción de 
carreteras, canales y ferrocarriles. ¿Quién creería que la línea telegráfica 
de Woosung á Shang-hai ha sido cortada varias veces bajo el pretexto de 
que la proyección de la sombra de los alambres sobre las tumbas equivalía á ¡a 
violación de sepultura prevista por la ley (i)? 

Asimismo ningún monumento puede tener más de ^^ pies de altura «á 
fin de no dificultar la circulación de los buenos espíritus que se ciernen á 
cien pies en el aire.w 

Añadamos que los sentimientos profesados hacia los antepasados son 
tal vez la principal dificultad que oponen los chinos á la difusión del cris- 
tianismo: hacerse bautizar, dicen, es abandonar la religión doméstica y tal 
vez comprometer la suerte de los difuntos; ordenarse de sacerdote es, por 
razón del celibato, romper para el porvenir todo culto familiar. Por esto 
hay familias chinas cuyos individuos se convierten todos, excepto uno de 
los hijos, á quien el padre reserva con la esperanza de perpetuar por medio 
del mismo la religión de los manes y de conjurar con ello la irritación de 
éstos. 

En suma, la autoridad paterna gravita muy pesadamente sobre los chi- 
nos, aun sobre los que han llegado á la edad viril. 

El hijo de familia acomodada es separado, á la edad de siete años, de 
su madre, y no ha de volver á comer en la misma mesa que ella; cuando 
cumple los quince, recibe con gran pompa el gorro de hombre, que le hace 
figurar desde entonces en el sexo fuerte y le da derecho á llevar por pri- 
mera vez vestiduras masculinas, es decir, adornadas con seda y pieles. El 
ritual de esta ceremonia recuerda el de la investidura de la toga entre los 
romanos. 

Las formalidades que emplean los chinos para esta emancipación son 
las siguientes: «Los miembros de la familia y un grupo de amigos se re- 
unen en la casa paterna del joven, y uno de los parientes, elegido para des- 
empeñar las funciones de maestro de ceremonias, coloca en la cabeza del 
recipiendario el gorro viril y le hace comprender la importancia de sus 
nuevos deberes y el cambio radical que desde aquel* momento ha de ope- 
rarse en sus costumbres y en sus gustos. El hijo, sin embargo, continúa 
bajo la dependencia de su padre. 

Esta iniciación, dice M. Grosier, no deja de tener su utilidad, puesto 
que el joven indigno se ve privado de ella, lo cual constituye para él una 
vergüenza. 

Entre los libros sagrados de la China, el Li-ki, que un sabio profesor 
de Oxford ha traducido (2), contiene las Reglas del ceremonial impuesto á 
todos con minuciosidad inverosímil: en él se prevé cuándo será preciso 

;i; Véase Philastre, Cod. Ann., \\, i3y , art. 2.^b. 

(2) M. James Legge. Véase Cevemon. en Ciiine, por M. Arvede Barine. 



LIBRO CUARTO 1^5 

desligarse al andar, ó cuándo, por el contrario, se habrá de andar apoyán- 
dose en los tacones...; cuándo procede «dejar arrastrar la túnica como agua 
corriente» ó «echar la barba hacia delante como el tejado de una casa,» 
para producir, con su actitud, «una impresión de virtud,» etc. 

Fijémonos únicamente en las demostraciones respetuosas impuestas á 
los hijos. «El hijo llega á casa de sus padres, les pregunta con dulce acen- 
to cómo se encuentran y pone una cara alegre ó triste según que la salud 
de aquéllos sea buena ó mala.>^ Si sienten algún dolor, «los frota respetuo- 
samente.» Hablando con ellos, cuidará de no tratarlos de aviejos.» Si tie- 
nen el rostro sucio, «hará calentar agua que haya servido para limpiar arroz, 
y les suplicará que se laven.» El hijo vigila los aHmentos de los padres 
(porque hay una ciencia de la alimentación) según las estaciones, no sien- 
do en modo alguno indiferente guisar las viandas agrias ó acidas, amargas 
ó saladas. El Li-ki contiene las instrucciones necesarias para ello y da una 
porción de recetas culinarias que se consideran como canónicas. 

Al frente de las Leyes del Celeste Imperio encontramos la enumeración 
de los distintos trajes de luto admitidos en China, concediéndose este puesto 
de honor á las insignias fúnebres con objeto de «ilustrar su importancia,» 
según dice el texto. 

Esta importancia, en electo, es grandísima, puesto que la medida y la 
duración de la pena aplicada en casos de delitos contra las personas se de- 
termina por el grado de luto existente, á tenor de la ley, entre el agresor y 
su víctima (i). 

Esto requiere una explicación. 

El legislador chino ha tomado por base de sus apreciaciones, en punto 
á grado de culpabilidad, ora la relación de parentesco, por razón de los 
afectuosos sentimientos que supone, ora la dignidad de la víctima, es de- 
cir, el respeto á que tenía derecho; y partiendo de estas dos ideas combi- 
nadas, ha establecido, en su consecuencia, una escala de criminalidad, de 
suerte que la misma falta, el mismo dehto, resultan castigados con penas 
muy diferentes, según que la relación entre el culpable y la víctima impli- 
que tal ó cual luto, según el cuadro oficial existente. 

¡Curiosa singularidad! En los códigos anamita y chino el grado de pa- 
rentesco se designa por el traje de luto que la persona está obligada á lle- 
var (2); así, en vez de titularse pariente en primero, segundo ó tercer gra- 
do, el chino se denominará «pariente del período completo...; pariente de 
la túnica recortada...; pariente de la túnica orlada...; pariente de la gran 
obra...;» nombres que corresponden á las diversas categorías de la vida 
legal. 

(i) Coi. ^»»¿7)?z/fó, por Philastre, I, págs. 71 y 72; Leyes y Decretos del Imperio de 
Hoang-Viet. 

(2) Hay cinco trajes de luto que corresponden á cinco generaciones distintas; y el lulo 
comprende cuatro grados llamados traje verdadero, traje del deber, troje aumentado, traje 
disminuido. 

TOiMO II 10 



146 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Para no salimos de nuestro asunto, nos limitaremos á dar á conocer la 
reglamentación oficial del luto impuesto al hijo como testimonio público 
de su piedad filial. 

La túnica del huérfano no ha de ser orlada, sino corlada (i), será de tela 
de cáñamo crudo burdo y el borde estará cosido al revés de manera que la 
costura sea visible por la parte exterior; sóbrela espalda se adherirá un pe- 
dazo de siete pulgadas en cuadro, llamado el remiendo del fardo, para indicar 
que en lo sucesivo debe soportar el hijo el peso de su dolor y de sus pe- 
sadumbres. 

En el pecho, en el mismo sitio del corazón, se pondrá el huérfano otro 
pequeño remiendo, llamado como el vestido, ihoi, como símbolo de la he- 
rida que en el corazón han de tener los que han perdido á su padre; y, 
por último, debajo de los sobacos se reunirán dos pedazos de tela en for- 
ma de cola de golondrina. 

El sombrero del huérfano ha de ser de papel engomado y ha de estar 
sujeto á la oreja por medio de una cuerdecita que dé vuelta ala nuca, con- 
siderándose como grave irreverencia el llevar un gorro de tela, de cual- 
quiera clase que ésta fuese. Se ceñirá el hijo una cuerda en la cintura, usa- 
rá como calzado sandalias de hierbas de tallo hueco, y se apoyará en un 
bambú de nudos exteriores, que se denomina bastón del llanto. 

¿Y por qué un bambú precisamente? Los comentaristas, que siempre 
tienen dispuesta una explicación, responden «que el bambú no cambia 
nunca á pesar de las estaciones, y que así debe ser el dolor de un hijo que 
llora á su padre.» 

Para un luto de madre el bastón ha de ser de madera de dong (2), cu- 
yos nudos están en el interior á diferencia de los de bambú: la mitad su- 
perior del bastón estará cortada en forma redonda, «que es la del cielo,)' 
según dicen los chinos, y la inferior en forma algo cuadrada, «que es la de 
la tierra (?).» 

Mas sea cual fuere la clase de madera empleada, según que el hijo llore 
á su padre ó á su madre, el bastón se llevará, contra lo acostumbrado, con 
el extremo grueso hacia ahajo; la longitud del mismo ha de ser tal que, apo- 
yado en el suelo y aplicado á lo largo del cuerpo, Ihegue precisamente ii la 
altura del cora^ión del hijo. La causa de esta recomendación es, al decir de 
los intérpretes, que «siendo el bastón el apoyo natural de los enfermos y 
residiendo en el corazón la enfermedad del huérfano, la longitud del palo 
ha de ser determinada por la altura del corazón.» 

Todo esto explica por qué en Francia el nombre de chinoiserie (chine- 
ría) ha llegado á ser sinónimo de insignificante bagatela y de minuciosi- 
dad excesiva. 

Si no hubiésemos hecho comprobar estas reglamentaciones tan rcspc- 

(i) Leyes y decretos, loe. cit. 
(2) El dong ó eritrina. 



LIBRO CUARTO I47 

tables y conmovedoras como complejas, nos resistiríamos á darles crédito; 
pero, en realidad, son exactísimas. 

El Li-ki ó Libro del Ceremonial en China dice además: «Así que mue- 
re un padre, el hijo debe mostrarse completamente abrumado, como si 
no supiese dónde está; cuando el cadáver ha sido encerrado en el ataúd, 
ha de lanzar en torno suyo miradas rápidas y afligidas, como si buscase algo 
que no encuentra; una vez terminado el entierro, ha de tener el aspecto 
alarmado y agitado, como si esperase ci alguien que no llega. Terminado el 
primer año del luto, se mostrará triste y contrariado, y al final del segun- 
do podrá contentarse con un aire vago é inquieto.» 

La pena del hijo ha de alcanzar el máximo de su intensidad en el mo- 
mento preciso de volver del entierro; si su corazón no está conmovido, si 
encuentra alguna dificultad para elevarse al grado conveniente de dolor, 
el Li-ki viene en su ayuda por medio de dos procedimientos cuya acción 
irritante sobre los nervios permite al menos sensible lograr una aflicción 
decente: uno de ellos consiste en lamentarse en alia vo^ y en horas deter- 
minadas; el otro, en desnudarse el pecho y ejecutar saltos. Y á fin de que 
el huérfano no abuse de estos estimulantes, se adoptan varias precaucio- 
nes: «El número de estos actos, dice el Li-ki, es limitado y existen para 
ellos reglas graduadas.» 

Los «grados del pesar» se determinan según los sentimientos natura- 
les que se suponen: así, las lamentaciones por parientes próximos se veri- 
fican en público, no pudiendo en ellas escamotearse nada; cuando se trata 
de amigos ó de simples conocidos^ la gente va á llorar al campo, y el dolor 
queda, por ende, encomendado á su buena ie; si la pena es por un profesor, 
el discípulo se encierra en su cuarto, en donde es de presumir que se ocu- 
pará de todo menos de lamentarse. Hay asimismo saltos más ó menos ex- 
citantes según lo que «el decoro» exija. Por la muerte de un gobernador se 
salta de verdad durante siete días; por la de una tía segunda se hace ver 
que se salta, «pero los pies no se apartan del suelo (i):» se considera que 
una pequeña pena es suficiente... 

Al cabo de algún tiempo más ó menos largo, según el grado de paren- 
tesco y el rango del diñ:nto, cesan las lamentaciones y los saltos; se comen 
nuevamente cosas buenas; se reanuda la música, si bien ((coiiien:(ando por 
dar algunas notas falsas para mostrar la turbación del alma (2);» se pueden 
enseñar los dientes riendo, y así sucesivamente hasta el día en que se 
abandonan las vestiduras de luto. Entonces, el muerto ha sido llorado se- 
gún los ritos. 

Por lo mismo que los chinos llevan hasta un grado excepcional el senti- 
miento filial, los detalles del entierro han de tener, como se comprende- 



(i^i Loe. cit. 
(2) Loe. cit. 



148 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

rá, especial importancia; en efecto, esta ceremonia es una de las más no- 
tables ocupaciones de la vida privada de este pueblo. 

En primer lugar, según hace observar M. O. Girard, así como en to- 
dos ios países el ataúd es un objeto fúnebre que se procura ocultar á las 
miradas de las gentes, en China, por el contrario, existe la costumbre de 
adquirirlo en vida, escogiéndolo el interesado á su gusto y tan rico como 
su posición se lo permita; así hay chino previsor que lo guarda á veces 
veinte años en su propia casa. Regalar á ¡os padres ¡a caja mortuoria en don- 
de han de dormir el último sueño es un rasgo de amor filial muy estimado 
en China. 

Es allí cosa muy corriente que los hijos cariñosos se vendan ó se alqui- 
len para asegurar á sus padres un ataúd bueno y distinguido. 

Cuando el padre fallece, ó «saluda al mundo,» según la notable frase 
empleada, otórganse á sus despojos honores, homenajes, muestras de res- 
peto y cuidados infinitos. La cal, los aromas, los barnices y el algodón 
sirven para una especie de embalsamamiento provisional, pues es costum- 
bre esperar tres veces siete días para proceder al sepelio del cadáver y aun 
se citan casos en que, por piedad filial, algunos hijos han ogrado que la 
autoridad les permitiera guardar á su lado durante tres ó cuatro años el 
cuerpo de su padre. 

El ataúd es expuesto en una sala enteramente colgada de blanco, color 
del luto de los chinos, y delante de él colócase sobre una mesa el retrato 
del difunto rodeado de flores, de perfumes y de luces; los amigos que 
acuden á ver el cadáver se prosternan y golpean el suelo varias veces con 
la frente. 

«El hijo mayor del difunto, que junto con sus hermanos permanece 
detrás de una cortina puesta al lado del ataúd, sale de su escondite arras- 
trándose por tierra, y en esta actitud prosternada devuelve á todos los visi- 
tantes que se presentan los saludos que éstos han dirigido al inanimado 
cuerpo de su padre; y cada vez que en esta íorma abandona el sitio en 
donde lo ha relegado su tristeza para dar las gracias á los amigos de la fa- 
milia, se oye cómo las esposas y las hijas del difunto, instaladas en el lado 
opuesto al de los varones y también ocultas detrás de una cortina, lanzan 
repetidos y acompasados gemidos. Después se hace entrar á los visitantes 
en otra pieza de la casa, en donde un pariente lejano ó un amigo de la 
familia, encargado de hacer los honores, les ofrece el te y una colación.» 

El hijo del difunto, vestido con un saco de cáñamo y apoyado en un 
bastón, pónese al frente del cortejo, con el cuerpo encorvado, pues así lo 
requiere la etiqueta; siguen lyego las hembras conducidas en sillas cubier- 
tas de telas blancas y dejando oir sus lamentaciones, á las que se agregan 
los gritos de las plañideras de profesión, alquiladas en gran número para 
que el acompañamiento sea más lucido 3' más grande la manifestación del 
dolor filial. 



LIBRO CUARTO I^C) 

Si el muerto es de familia ilustre, el hijo manda construir cerca de la 
sepultura una barraca en donde permanece uno y hasta dos meses junto 
al cadáver, del cual no se aparta para indicar con qué dolor se separa del 
venerado ascendiente. 

Las tumbas, situadas siempre en parajes aislados, están pintadas de 
blanco ó de a:(id y rodeadas de cercas para que los transeúntes ó los anima- 
les no puedan profanarlas. Estos monumentos son sagrados y por nada del 
mundo puede tocarse á ellos; antes que consentir en una exhumación sa- 
crilega, preferiríase hacer dar un rodeo á un camino proyectado ó renun- 
ciar á la explotación de una mina: la sepultura de los antepasados es más 
inviolable aún que un altar. 

Los entierros se verifican en China con el mayor lujo, sobre todo 
cuando quien preside el duelo es un hijo (i): de ello podrá juzgarse por 
la siguiente enumeración de todo lo que compone el cortejo fúnebre de un 
chino de la clase media: «Banderas é insignias de duelo. — Estandartes de 
seda de varios colores. — Tambores de metal. — Licensario para quemar los 
perfumes. — Ofrendas de carne para los bonzos ó lamas. — Orquesta de 
trompetas y otros instrumentos músicos. — Rica caja conteniendo una ta- 
blita en donde están escritos los nombres del padre, del abuelo y del bis- 
abuelo. — Papeles destinados á ser quemados, — Parihuelas para el ataúd. 
— Grupo de parientes próximos con un saco ceñido al cuerpo por medio 
de una gran cuerda, zapatos de paja y pendientes de algodón en las ore- 
jas, — Parientas del diíunto en sillas cubiertas.— Bonzos ó lamas que acom- 
pañan al muerto tocando varios instrumentos. — Amigos del difunto ves- 
tidos de luto, es decir, de blanco.» 

No son raros los entierros en que se gastan de lo.ooo á 15.000 
piastras (2). 

Al shing-shang, ó sacerdote que ha presidido el entierro, corresponde 
señalar el sitio en donde ha de ser sepultado el difunto; y si declara que 
sus cálculos no permiten que se proceda inmediatamente á esta ceremo- 
nia, el cadáver es embalsamado, encerrado en un ataúd de plomo y trans- 
portado á un lugar especial, en donde se guarda hasta que el astrólogo 
pueda indicar el sitio de la sepultura definitiva. Este período de espera se 
prolonga á veces algunos años durante los cuales se supone que el shing- 
shang consulta los Libros del Destino, que sólo pueden comprender los 
hombres de su profesión. Al propio tiempo se ofrecen sacrificios á los 
dioses para atraerse su favor. 

Los chinos gastan cuantiosas sumas en la construcción de soberbios 
mausoleos que ocupan grandes espacios y que son cuidados con gran es- 
mero, porque la ley castiga severamente la menor negligencia en este pun- 
to. Como el egipcio, cree, al parecer, este pueblo que la salubridad y el 

(]) P. Dobel, Stjoiir en Chine. 
(-') De 43.000 á 67.500 francos. 



150 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

ornato de las habitaciones tienen mucha mayor importancia para los muer- 
tos que para los vivos; en efecto, así como éstos habitan generalmente en 
regiones bajas y pantanosas, las moradas de aquéllos están situadas en lu- 
gares secos y bien ventilados desde los cuales se goza de hermosas vistas. 

Las tumbas tienen la forma de media luna en la que hay trazadas, ins- 
cripciones en caracteres encamados, y sus dimensiones varían según la for- 
tuna de la familia; la gente pobre coloca sobre la cabeza del cadáver una 
modesta piedra con su inscripción también en letras encarnadas. 

■ En las casas de los ricos hay capillas dedicadas á la memoria de los 
individuos de la familia fallecidos, á quienes se tributan anualmente los 
honores fúnebres en una tiesta especial que se celebra en el mes de Ei- 
Yonit, ó sea el segundo del año chino, considerado, á causa de esta so- 
lemnidad, como el más importante de todos. Las ofrendas que en esta 
ocasión se hacen consisten en arroz, carne, pescado y frutas, y en torno 
de la tumba, sobre la cual se quema papel de oro y de plata, se encien- 
den unas bujías llamadas ¡ap-chock, de unas tres pulgadas de largo y de 
color encarnado, cuya mecha consiste en una varita de madera de abeto 
envuelta en algodón, que se prolonga por abajo formando una punta 
que, clavada en el suelo, sirve para aguantar la bujía sin necesidad de can- 

delero. 

Las ceremonias que observan los chinos cuando van á tributar home- 
naje á las tumbas son las siguientes: el hijo primogénito ó el individuo más 
viejo de la familia se adelanta hacia el lugar de la sepultura seguido de 
los demás parientes, que se ponen en fila detrás de él, y entonces comien- 
zan las oraciones, durante las cuales los asistentes se arrodillan á menudo 
y se prosternan tres, seis ó nueve veces pidiendo alas divinidades que pro- 
tejan y salven el alma del difunto. Sobre la tumba se deposita una peque- 
ña parte de las ofrendas, y el resto, cuando se trata de gente acomodada, 
se distribuye entre los pobres; si la familia es indigente se lo lleva á 

su casa. 

En la relación de un misionero leemos pintorescos detalles acerca de 
las prácticas de brujería china que se ejecutan con relación á los muertos. 
«Cierto día, escribe, me detuve en una aldea para tomar una taza de arroz 
en ocasión en que había allí precisamente un brujo ocupado en actos supers- 
ticiosos que verificaba delante de una mesa con objeto de apaciguar los ma- 
nes de los antepasados... Figuraos un hombrecito de cara repulsiva, con 
grandes anteojos, que con una mano golpeaba un tambor y una especie de 
címbalos y con la otra volvía las hojas de un libro mientras cantaba: «Te da- 
mos carne, te damos te y te servimos; es menester, pues, que no nos cau- 
ses daño.» Y en efecto, poniendo en ejecución esta promesa, mataron un 
cerdo, dispusieron una mesa y echaron te en las tazas. Entonces sonó de 
nuevo el tambor y sus pesados golpes se mezclaron con los agudos chilli- 
dos del animal sacrificado, y aquel hombre, armado de un sable, levantó" 



LIERO CUARTO I5I 

se con gravedad, entró en la casa y comenzó á dar golpes á derecha y á 
izquierda y á lanzar gritos espantosos para ahuyentar al diablo. La cere- 
monia terminó con una comida en la que figura el cerdo que el Espíritu 
se había negado á comer, á pesar de haberle sido ofrecido y de haberle 
suplicado que le hiciera honor (i).» 

El contraste que, viniendo de la China, ofrece el país iibetano es com- 
pleto: allí no hay cementerios ni sepulcros diseminados en los campos ó 
en la pradera, lo cual se debe á que el punto principal déla religión budis- 
ta en el l'ibet es la creencia en la transmigración, la que, al decir de los 
lamas, no puede verificarse sino después de la destrucción completa del 
cadáver. De aquí el empleo de diversos procedimientos para desorganizar 
más ó menos rápidamente las carnes, á fin de que el alma, libre de su pe- 
recedera envoltura, pueda volar más de prisa. Los medios de destrucción 
más completos y más rápidos son, naturalmente, los más costosos, y por 
esto los lamas han inventado diversas clases de entierros. 

Monseñor Biet, misionero en el Tibet, divide en varias categorías los 
servicios fúnebres: «los de primera clase con el concurso ¿t perros enterra- 
dores ó por medio del despedazamiento por los buitres; los de segunda cla- 
se con incineración; y, finalmente, los de tercera con sumersión de ¡os ca- 
dáveres. » 

Cerca de las grandes lamaserías del Tibet hay, tocando al convento, 
un edificio especial rodeado de altos muros de piedra; allí se mantienen 
unos perros, del tamaño de los de los Pirineos, de enorme cabeza, ojos 
sanguinolentos, hocicos colgantes, pelo largo y espeso y de movimientos 
torpes y pesados que les dan más bien el aspecto de osos. Estos animales 
recuerdan los perros sepulcrales á los cuales entregaban, según se dice, sus 
difuntos los habitantes de las regiones del mar Caspio... 

En el Tibet es preciso disponer de una suma considerable para disfru- 
tar del privilegio de ser devorado por esos perros; pero los tibetanos devotos 
no retroceden ante ningún gasto con tal de facilitar al muerto una trans- 
migración rápida, y la verdad es que con este procedimiento en pocas ho- 
ras los cadáveres son devorados y los huesos triturados por las formida- 
bles mandíbulas de aquellos mastines. Si quedan aún trozos de cráneo ó 
de fémur, los lamas guardianes de los perros machacan en un mortero estos 
fragmentos demasiado duros, y este polvo de huesos, mezclado con una 
buena ración de te con manteca, completa la comida de esas bestias á 
quienes está encomendada la obra de la transmigración. 

«En Lythang, escribe Monseñor Biet, visitamos la lamasería, en donde 
fuimos muy cortésmente recibidos por grandes dignatarios que nos ofre- 
cieron te y tsampa (harina de cebada tostada) y que nos dijeron que si 



(i) Huang-si (China), Miss. catii.; L.yón, 435. 



152 HISTORIA DE LAS CREliXCIAS 

queríamos ver un espect;iculo raro, dentro de dos días debía verificarse 
el entierro del Kembo ó superior de la lamasería, muerto el mes anterior, 
cuyo cuerpo había de ser despedazado y abandonado á los buitres (uno de 
los sistemas funerarios de la primera categoría). Alas nueve próximamente 
de la mañana del día indicado, con un frío de 25 grados bajo cero, púsose 
en marcha la inmensa procesión: los lamas músicos llevaban una veinte- 
na de caracoles marinos, clarinetes cuyo sonido se parece mucho al de la 
cornamusa de los montañeses, flautas hechas de huesos humanos, una doce- 
na de panderetas, un bombo, cuatro ó cinco pares de címbalos y grandes 
trompetas de dos á tres metros de largo con un pabellón de 50 centíme- 
tros de diámetro, instrumento este último cuyo manejo requiere dos 
lamas.» 

Apenas suena la música, ciérnense grandes cuervos por encima de la 
procesión, y muy pronto los buitres, abandonando sus observatorios, acu- 
den también de todas partes atraídos por aquella lúgubre armonía que les 
anuncia un festín sangriento. 

Detrás de los músicos van las parihuelas sobre las cuales yace el cadá- 
ver rígido, cubiertas con un paño encarnado y conducidas por cuatro la- 
mas cuyos brazos ostentan unos brazales hechos con dos maná IbuJas huriumas. 

En pos del catafalco cabalgan los grandes dignatarios de la lamasería 
que tienen el titulo de doctor ó de lama, con su gran banda encarnada, y 
detrás de ellos va la masa enorme y bastante bien ordenada délos monjes 
inferiores con sendos cascos amarillos y formados en apretada fila de veinte ó 
treinta de fondo cuando caminan por las carreteras. 

Al llegar al sitio designado para el despedazamiento, los lamas se apean 
y permanecen de pie formando un semicírculo y dando escolta al nuevo 
Kembo, quien se sienta en un sillón adornado con pieles de panteras. A los 
pies del lama hay un mortero que servirá para moler los huesos del difunto. 
La música se coloca enfrente de los grandes dignatarios y á unos cincuenta 
metros de distancia de éstos. El cadáver, sostenido por dos lamas, yér- 
guese delante del trono del Kembo, y mientras los religiosos cantan exor- 
cismos é imprecaciones con acompañamiento de música, dos monjes ar- 
mados de cuchillos cortan pedazos de carne del difunto y los entregan al 
gran lama, el cual á su vez los ofrece á los buitres que se ciernen en las 
alturas y que revoloteando acuden á tomarlos. Después de sacada toda la 
carne_, varios monjes inferiores desarticulan los huesos, que luego son re- 
ducidos á pasta en el mortero. De esta pasta, mezclada con hojas de te 
untadas con manteca y con harina de cebada ó tsampa, se hacen unas bo- 
litas que también son presentadas al gran lama para que éste las dé á los 
buitres. Y cuando ya nada queda, se declara que se ha operado la transmi- 
gración. 

La segunda clase de entierros es la cremación: así que el enfermo ha 
expirado, la familia manda á buscar un lama, el cual consulta la suertes 



LIBRO CUARTO I 5 3 

con objeto de saber cuántos días hay que esperar antes de encender la ho- 



guera. 



Sin más tardanza, se trae una cesta de banibií ó de cuero de un metro de 
alto por uno de ancho y en ella se mete el cadáver encogido, con las ro- 
dillas levantadas á la altura del pecho, los brazos colgando y la cabeza in- 
clinada entre las rodillas á fin de que pueda cerrarse la cesta; y si la colum- 
na vertebral es demasiado rígida y dificulta la operación, se practica en ella 
una incisión con un cuchillo para darle la flexibilidad conveniente. 

Por regla general se embadurna el cuerpo con una gYues:i capa de man- 
teca á fin de acelerar la combustión. Si el día en que ha de formarse la ho- 
guera está lejano, se sala el cadáver en una cesta y se envuelve el todo en 
una piel de yac humedecida, que se cose con cuidado de manera que la 
piel, al secarse, se encoja y forme una envoltura hermética. 

Al pie del montículo elegido para la incineración los lamas se ponen 
en fila, de espaldas al viento, y comienzan una salmodia lenta y entrecor- 
tada, acompañada de su lúgubre música; y después de colocada la cesta 
en la hoguera^ los parientes ó criados de la casa prenden fuego á ésta, acti- 
vándolo luego de cuando en cuando con bolas de manteca y madera seca. 

Por último, los lamas hacen constar que las carnes se han consumido 
y que la transmigración debe de haberse realizado en buenas condiciones. 

El pueblo bajo, categoría á la cual pertenecen la mayoría de lostibeta- 
nos, emplea un medio más sencillo y menos caro para hacer desaparecer 
los cadáveres: este medio es h siiiiiersiÓJi, cuando cerca de la casa mortuo- 
ria hay un torrente, ó un río, y consiste en arrojar el cadáver, después de 
quitarle las ligaduras que lo sujetaban, á la corriente, en donde, gracias á 
la gran impetuosidad de los ríos tibetanos, desaparece muy pronto, encar- 
gándose los peces de su destrucción. 

En el Tibet está prohibido matar buitres y cuervos, porque ayudan á 
la transmigración hartándose de carne humana; esta prohibición es obser- 
vada rigurosamente hasta por los soldados chinos, y de aquí que abunden 
tanto en ese país aquellos animales. 

Por la misma razón está prohibida la pesca en ciertos sitios; pero como 
los cadáveres son arrojados en los mismos parajes, abundan en éstos los 
peces, tentando continuamente á los soldados chinos, quienes, según pa- 
rece, fácilmente se procuran en una hora todos los que pueden vender ó 
comer. 

«Cuando residíamos en Bathang, dice un misionero, esos hombres 
astutos habían notado nuestros días de vigilia y nuestro período de Cua- 
resma, y nunca dejaban de traernos pescados de su pesca, diciéndonos: 
«Padre, comprad mis pescados; son gordos, os lo aseguro, porque nunca 
pasan hambre, sino que todos los días comen. ¡Son muy buenos! No va- 
ciléis en comprarlos.» 

Cuando los ríos están helados y es impracticable, por consiguiente. 



154 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

la sumersión, los lamas conducen en unas parihuelas el cadáver al campo 
de los muertos, planicie distante uno ó dos kilómetros de toda vivienda 
humana. 

Una vez en aquel lugar, se planta una estaca en tierra, se quitan al 
difunto sus vestiduras, se le pasa una cuerda por el cuello y se le ata á la 
estaca, a fin de que los perros puedan comérselo allí mismo y no lo lleven 
nuevamente á poblado, cosa que sucede en algunas ocasiones cuando la 
cuerda no es bastante fuerte y se rompe. 

Después los lamas operadores soplan con fuerza en su caracol marino, 
y despertados por aquellos sonidos estridentes y profundos, los perros sal- 
vajes, escondidos en los repliegues del terreno, acuden de todas partes al 
oir aquella señal que tan bien conocen; al propio tiempo, los buitres, que 
al principio no se dejan ver, ciérnense en los aires y bajan á tomar parte 
en el festín. Entonces los lamas se alejan^ dejando el campo libre á aque- 
llos carnívoros. 

Entre los ba-hnars de la Cochiiicbina occidental, apenas fallece un pa- 
dre, su íamilia prorrumpe en lamentos acompasados y acompañados de 
golpes de gongo y de tam-tam. Se pone al cadáver un traje sin mangas y 
se le adorna el pecho con multitud de collares de perlas, y en el entretan- 
to se mata un búfalo, un buey ó un cerdo y se preparan jarras de vino. 
Todos los miembros de la íamilia y todos los amigos invitados cogen un 
pedazo de carne, llenan de vino un pequeño tubo de bambú é introducen 
uno y otro en la boca del difunto, diciéndole: «Has muerto y te doy de 
comer y de beber. — Ya ves que te amo. — No nos causes mal. — Sé bueno 
para con nosotros y haznos vivir mucho tiempo.» Junto al cadáver se co- 
locan una tacita de tierra, algunos utensilios, perlas, su sable y su cuchi- 
llo, objetos que luego se encierran con el cadáver dentro de una misma 
estera arrollada y atada sóHdamente; y sobre la tumba se depositan una 
marmita de tierra, una íeulopa, especie de calabaza llena de agua, una pipa, 
una ballesta y varias flechas puestas en una pequeña banasta llamada hriiij. 

A partir del día del entierro un hijo ó un pariente próximo va cada 
tarde á llorar sobre la tumba, y después de haberse kmentado algunos ins- 
tantes, echa agua en la tacita, y encendiendo fuego al lado de la sepultura, 
fuma en la pipa del difunto, hecho lo cual se acurruca junto al fardo fúne- 
bre y soplando en el fogón de la pipa arroja por el tubo el humo, que se 
supone llega hasta el muerto. 

Al principio de todos los meses lunares se verifica la ceremonia del 
Glomín por, que celebran sobre todo los buenos hijos y que consiste en lo 
siguiente: por la mañana se va al cementerio y se coloca sobre la tumba 
una hoja de banano que contiene arroz, gueiixongs (langostinos) y carne 
de cerdo ó de gallina; luego, en un agujero practicado en el suelo precisa- 
mente en el sitio en que reposa la cabeza del difunto, se echa vino de 



LIBRO CUARTO I 5 5 

mijo ó de maíz, que se supone va á parar á la boca del pariente á quien 
se llora. 

Esta fiesta lúgubre se observa todos los meses hasta el día del aniver- 
sario de la defunción, denominado Mute-Kiek, palabra que significa cen- 
trada en la mansión de los muertos.» 

Pero aun después de esta fecha y por superogación se ofrecen á veces 
sacrificios á los manes paternos, por ejemplo cuando se quiere conjurar 
una desgracia imputada á su cólera vengadora. Tal sucede con la supers- 
ticiosa práctica del Kíml que me ha, que existe especialmente entre los hap'is 
y de la cual expondremos un caso. Supongamos que un salvaje compra 
un búfalo ó un buey y quiere llevárselo á su aldea; pero, por más que tira 
de la cuerda, el animal se resiste á andar. ¿A qué viene esta resistencia?, se 
preguntará el indígena; y la contestación que él mismo se dará será que 
ello es debido á que los padres difuntos reclaman un sacrificio expiatorio 
y no quieren, por venganza, dejar que el animal camine hasta tanto que 
les sea hecha la ofrenda. Entonces el salvaje no vacilará: comenzará por 
procurarse un bambú flexible que rajará en cuatro en la mayor parte de 
su longitud, y hecho esto clavará en el suelo el extremo no rajado, y do- 
blando simétricamente las ramas opuestas, las hundirá en la tierra de ma- 
nera que formen como un minúsculo parasol abierto, con lo cual aquel 
objeto se convierte en el médium de hagú evocador. En la punta de este 
aparato primitivo colocará una calabaza desportillada con vino de mijo ó 
de maíz, dos pequeños tubos para beber y algunos pedazos de carne cla- 
vados en dos palitos; de estos tubos y de estos palitos uno está destinado 
á su madre y otro á su padre. El conjunto está adornado con astillas de 
bambú. Después, el operador evoca los manes de sus padres, cuidando de 
nombrar primero á la madre, y esta invocación comprende los detalles si- 
guientes: «El comprador del animal recalcitrante suplica á sus padres que 
tengan compasión de él: ¡Oh, madre mía; oh, padre mío! ¡Tened un 
poco de piedad de mí!... ¡Ved mi apuro! He comprado un búfalo que se 
niega á seguirme porque sin duda vosotros ¡o retenéis. ¡Alma de mi madre, 
alma de mi padre, venid á beber ese vino y á comer esa carne que os 
traigo! Calmaos y ordenad á mi búfalo que me siga... Terminada su ple- 
garia, el indígena hagú se retira, dejando allí su ofrenda, que se repartu-án 
los cuervos; y si después de esto el búfalo todavía se resiste á andar, el 
pobre hombre acaba á veces por abandonarlo, convencido de que no hay 
medio de calmar á los manes irritados del difunto y de que el animal esta 
poseído por un espíritu vengador (ij.» 

El Código auamiía dispone que todo aquel que excite á un nulo de sie- 
te años á rebelarse contra sus padres sufrirá el mism«> castigo que sufriría 



(i) M. Guerlach, misionero. 



I 5 ^ HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

el adolescente culpable; lo cual obedece á la idea de que es justo que el 
que ha sido instigador del mal sea castigado, pues desde e! punto de vis- 
ta moral él es quien ha cometido el delito, aún más que el niño (i). 

Cuando están en la indigencia los padres de un condenado, éste tiene 
siempre el derecho de rescatar su libertad sometiéndose al bastoneo; y el 
Código anamita añade (art. XVII) que el culpable adulto verá suspendida 
su pena, por grave que sea, si justifica la necesidad de su presencia en el 
hogar ((para asistir A sus padres enjennos ó de setenta años cumplidos de edad, 
por lo menos.» 

He aquí algunas disposiciones muy sabias y que seria bueno imitar, 
siquiera en parte, en nuestras leyes. 

Según el Código chino, el hijo que descuida el deber de asistir á sus 
padres viejos ó impotentes, es castigado con 8o golpes de truong (bastón); 
si los abandona, la ley permite apoderarse del ingrato y obligarle á que 
vuelva á su lado para mantenerlos y cuidarlos cual corresponde. 

El mismo castigo se aplica si el hijo de un condenado á muerte da 
muestras de tan mal corazón que se asocie á un festín alegre, sea en su 
casa, sea en casa ajena, ó se dedique á la música: en ocasión semejante, no 
le está permitido á un hijo alegrarse; sería esto un escándalo público. Al 
contrario, lo que ha de hacer es ocultarse y llorar en silencio la falta que 
deshonra á la familia. 

Finalmente, en virtud de ciertos decretos que encontramos en la legis- 
lación anamita, el empleado encargado de alguna función pública podrá 
obtener dispensas de servicio si demuestra que sus padres están á su cargo 
por un motivo cualquiera. 

Dícese que los jóvenes camhoyanos son dóciles, obedientes y muy res- 
petuosos: en efecto, cuando sus padres les piden algún objeto, se lo pre- 
sentan con las dos manos é inclinándose ligeramente; no comen con su 
padre si éste no les invita; no se sientan á su lado ni á su mismo nivel, 
porque es conveniente que los hijos estén siempre colocados debajo de su 
padre (apuc), que es también el amo de la casa (machas-phtea). Esta pala- 
bra «machas» quiere decir señor y también príncipe. El respeto á la ma- 
dre, aunque menos expresivo, es quizás más duradero; persiste en los hi- 
jos y en las hijas mucho tiempo después del matrimonio, y entre las 
mandarinas y en el mismo palacio reviste á veces formas de veneración 
conmovedoras. Afírmase que el último rey de Camboya no se presentaba 
nunca delante de su madre sin saludarla de rodillas y sin tributarle los 
mismos honores que á él le tributaban sus mandarines (2). 

La antigua pena del chheu-sandos estaba reservada en Camboya á los 
que habían pegado á su padre ó á su madre, á su abuelo ó á su abuela, á 

(1) Cod. auam , 1S7. 

(i) M. A. Lcúbre, Míuiirs dií CamboJge. 



LIBRO CUARTO I 57 

SU suegro ó á su suegra, ó también á su profesor, por lo menos si qucdr- 
ban visibles las heridas ó contusiones. 

Desde luego, apenas íormulada la queja, el culpable era detenido, en- 
cerrado en una jaula y conducido al tribunal, en donde le sacaban de su 
encierro para juzgarle; y si se le declaraba culpable, se le ponía una argo- 
lla, una cadena al cuello y esposas en los pies, después de lo cual cubrían- 
le la cabeza y la cara con una cesta de bambúes trenzados, y en tal estada 
lo llevaban a la plaza pública al son del tamtam, y lo ataban de pie á un 
poste clavado en el centro de aquélla. Entonces comenzaba el suplicio del 
chheu-sandos: un verdugo, armado de un arco y situado á una distancia 
siete veces de la longitud de éste, disparaba sobre él cincuenta pequeñas fle- 
chas de madera ligera, pero muy agudas, que, si bien producían heridas 
dolorosas, no podían ocasionar la muerte del hijo culpable (i). 

Según el código penal francés (art. 380), el robo cometido por un hijo 
en perjuicio de sus padres no es objeto de una sanción penal, sino tan 
sólo de una reclamación civil, como acontece también en caso de robo en- 
tre esposos. 

En Cambo}^ este delito da lugar á procedimientos tan singulares co- 
mo interesantes para el moralista. 

Si un mal hijo comete un hurto en el hogar paterno, no sólo habrá de 
sufrir la pena señalada por la le)-- del país, no sólo habrá de restituir el va- 
lor de la cosa substraída, sino que esta restitución se descompondrá de la 
manera siguiente: el padre recobrará su dinero ó el valor del objeto, me- 
nos una décima parte (ó Khuat), y el hijo recibirá tantos golpes de crin de 
búfalo seca cuantos sean los bat (moneda pequeña) que entren en el va- 
lor de aquel décimo. Y aunque haya habido arreglo ó perdón completo de 
parte de los interesados, nada podrá dispensar de este castigo al hijo cul- 
pable, á pesar de ser á menudo redimibles los castigos corporales: esta 
pena, dice el texto de la ley, habrá de ser de todos modos sufrida por el 
hijo, como castigo á su ingratitud. 

¿Y por qué el padre solamente recobrará los nueve décimos del valor de 
la cosa hurtada? 

Recordando varias disposiciones de antiquísimas leyes chinas é indas, 
creemos poder dar de este hecho la siguiente interesante descripción: el 
padre que tiene un hijo ladrón, algo debe indudablemente echarse en 
cara á sí mismo, porque, si no culpable, es cuando menos responsable 
de hecho de la mala educación de aquél; por consiguiente, bien merece 
una saludable advertencia. 

Los hijos siameses demuestran gran afecto á sus padres, por más que 
éstos puedan pegarles, encadenarlos y hasta venderlos como simples escla- 
vos. Si una familia tiene deudas, el padre no repara en hacer dinero de 



(r) Latíkliana Sang-Krey, ait. 18. 



158 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

uno Ó dos de sus hijos para pagarlas; por esto se consideran más ricos 
aquellos que con más hijos cuentan. En la clase pobre, la mayoría de las 
muchachas son vendidas á los que las piden en matrimonio, á pesar de lo 
cual no son consideradas como esclavas, sino como esposas legitimas (i). 
A los niños siameses se les rapa casi todos los meses para vigorizar su 
cabellera, pero cuando llegan á la edad de cuatro años se les deja crecer 
en lo alto de la cabeza un tupé redondo que no se corta hasta la época de 
la adolescencia, en señal de emancipación. Cuando llega el tiempo de for- 
zar el tupé, la familia regala frutas y tortas á los parientes y á los conoci- 
dos invitados d esta fiesta intima. Aquel día anunciase la hora de reunión 
con un disparo de fusil; los talapoins (2) recitan oraciones en intención 
del adolescente, que lleva encima todos ios adornos y todas las joyas que 
sus deudos han podido procurarse, en tanto que la orquesta deja oir ale- 
gres tocatas: después de lo cual todos los convidados felicitan al joven ra- 
pado y cada uno de ellos deposita, en su honor, una ofrenda en dinero 
en una gran fuente de oro ó de cobre. Esta colecta, que á veces asciende 
á una cantidad considerable, es para los padres. En tal ocasión, la mesa 
está constantemente puesta y la gente come, bebe, fuma, masca betel y 
juega á los naipes ó á los dados; los ricos hacen además representar co- 
medias y prolongan la fiesta dos ó tres días. El rey de Siam, con motivo de 
celebrarse esta ceremonia para su hijo, mandó construir en una gran plaza 
una montaña artificial con un sendero que conducía á la cumbre en don- 
de se alzaba un pabellón, y quiso que se organizara una procesión com- 
puesta de mandarines, de soldados y de muchos centenares de niños rica- 
mente vestidos, que llevaban flores de ninfea. El joven príncipe, cargado 
de collares y de brazaletes de oro, fué paseado en su silla al son de instru- 
mentos, y cuando el cortejo hubo llegado delante de las habitaciones del 
rey, fué á prosternarse á los pies de su padre, el cual cogióle de la mano y 
le condujo al templo en donde están depositadas las cenizas de los ante- 
pasados, que el príncipe veneró. Durante tres días consecutivos volvió al 
templo, y al cuarto, allí le cortaron el tupé; entonces se puso un languti 
blanco, en vez del encarnado que llevaba, y luego la procesión se dirígió 
hacia la montaña. El príncipe se lavó en un lebrillo colocado al pie de ésta 
y después subió al pabellón, acompañado de cuatro grandes señores, para 
celebrar alguna ceremonia supersticiosa acerca de la cual se guardó el más 
absoluto secreto. 

En resumen, cuando un niño siamés «no lleva ya tupé,» es señal de 
que está emancipado, 

Hace algún tiempo, falleció el padre de un soberano rey de Siam, y 
éste, cuya desesperación fué inmensa, quiso que el cadáver fuese incine- 
rado con l a mayor pompa posible. «A este efecto mandó construir en la 

(i) M. Pdllegoix, Siam. 

(2) Sacerdotes de Siam y del Peni. 



J.113RÜ CUARTO 159 

ciudad una montaña de rocas artificiales; un balcón con los tableros de 
espejo rodeaba el quiosco central, á cuyo alrededor ocho construcciones do- 
radas formaban la deslumbrante aureola del mausoleo; en torno del cata- 
falco habíanse colocado diez y ocho parasoles de cinco pisos. La armazón 
de papel mascado, que sólo para las rocas tenía una altura de 125 pies, es- 
taba revestida de hojas de plata, de oro, de platino y de antimonio. El 
cadáver, puesto en lo alto de la pira, permaneció allí por espacio de tres 
días. La ciudad de Bangkok estaba llena de una multitud inmensa, que 
había acudido desde todos los puntos del reino. El entierro, de un esplen- 
dor sin precedentes, costó 500.000 libras esterlinas y hubo en él, según 
costumbre budista, procesiones, torneos, carreras de caballos, luchas y hasta 
representaciones teatrales, justas y íuegos de artificio (i).» Durante tres 
días, el rey distribuyó á la multitud moneditas siamesas de oro y plata y 
bilJclcs de lotería que arrojaba desde un balcón de su palacio; y en el entre- 
tanto los sacerdotes budistas permanecían en las gradas del catafalco gigan- 
tesco entonando los himnos dedicados al elogio del difunto. 

Finalmente, en la tarde del tercer día, el soberano, escoltado por pla- 
ñideras, sacerdotes y niños, prendió solemnemente fuego a la pira, á la 
cual se acercó arrasado en lágrimas, arrojando su antorcha de resina en 
medio de un montón de materias inflamables. Al día siguiente, las cenizas 
fueron echadas al río, y los huesos no consumidos, reunidos y colocados 
en urnas de oro, se depositaron en los subterráneos del templo reservados 
á la familia real. 

En los territorios del goljo de Bengala, cuando muere un padre, su fa- 
milia entierra con él los instrumentos, útiles y utensilios de su uso perso- 
nal. Una costumbre cruel exige que la esposa se haga cortar una falange 
en señal de duelo, y si se niega á dar á su difunto marido esta prueba de res- 
peto y de amor, se hace en una de las vigas de la casa una muesca profun- 
da que quedará como testimonio escandaloso del ultraje inferido á la me- 
moria del esposo muerto. Esta mutilación no se exige á los hijos; para 
éstos es potestativa. 

«Estando en Cornicobar (2), dice M. Jorge Hamilton, asistí al entie- 
rro de una vieja isleña: la casa mortuoria estaba llena de mujeres ocupa- 
das en rodear el cadáver de hojas y telas; en el entretanto, los hombres de 
la aldea, reunidos en una casa próxima, bebían siira, licor fermentado que 
se extrae de los botones y de las flores del cocotero, y dos jóvenes cava- 
ban una fosa cerca de la vivienda de la muerta. Cuando las mujeres hubie- 
ron concluido el amortajamiento, lanzaron todas á la vez un grito espan- 
toso y en seguida reunióse la gente alrededor de la sepultura, mientras 
cuatro hombres penetraban en la casa para coger el cadáver, que el hijo 
fingió disputarles largo rato... Apenas depositados en la fosa aquellos des- 

(i) B. H. R., J des Voyages, núm. 294. 

(2) Isla del golfo de Bengala. Viaje d¿ M G Hamilion. 



*l60 HISTORIA DE LAS CREEKCIAS 

pojos mortales, sacrificáronse seis cerdos y otras tantas gallinas que habían 
pertenecido á la vieja y que con ella fueron enterrados. >> 

En Tiirmania, los religiosos de los conventos budistas, más respetados 
que los propios padres, son objeto de un verdadero culto que se manifies- 
ta en todo su esplendor sobre todo el día de su entierro. Un testigo ocu- 
lar escribe: «Vimos el ataúd de un sacerdote de Buda conducido por un 
(rigantesco dejante artificial, hecho con una armazón de bambú cubierta de 
papel do4-ado ó pintado y puesta sobre una plataforma movible que era 
arrastrada por las calles. Sobre los lomos del elefante instalóse un sober- 
bio catafalco ó ffp3Mthet,» bajo el cual yacían, dentro de un ataúd de ma- 
dera de cedro, los restos embalsamados del reverendo foongio. Detrás de 
este grandioso carro fúnebre iban numerosos vehículos con figuras simbó- 
licas ó religiosas y luego una larga procesión de monjes con túnicas ama- 
rillas, de sacerdotes y de acóHtos de todas categorías que cantaban las ala- 
banzas á Buda (i). En el sitio escogido para la cremación del cadáver 
habíase erigido la pira, imponente edificio de madera artísticamente cortada 
y coronado por una pequeña pagoda, en la cual y bajo un rico dosel fué 
depositado el cuerpo del difunto. La base del catafalco había sido untada 
con resina y pez á fin de que ardiese con más facilidad. Terminados los 
himnos y las plegarias, prendióse fuego á la pira y el cadáver quedó rápi- 
damente consumido. 

Cuando ocurre un caso de estos, todas las aldeas vecinas contribuyen 
al pago del entierro: para ello se disponen unos carros con gigantescas 
figuras de hombres ó de mujeres, de dragones ó de otros animales fantás- 
ticos, que hacen las veces de alcancías en las cuales todo transeúnte depo- 
sita una moneda, mientras los que siguen el cortejo cantan y bailan al son 
de los más chillones instrumentos. Las luchas atléticas, las carreras de po- 
neys, las representaciones teatrales y ks exhibiciones de polichinelas se 
prolongan hasta hora muy avanzada de la noche (2). El principal ingre- 
diente que emplean los birmanos para impedir la corrupción de los cadá- 
veres es la miel. 

* 

Entre las tribus andamanianas del mar de las Indias, los muertos son 
enterrados en medio del campamento ó expuestos en una especie de es- 
trado construido en los árboles. 

El fallecimiento de un niño ofrece particularidades especiales: la madre 
empieza por afeitar la cabeza del hijo muerto, untándola luego, lo propio 
que el cuello, el pecho y las rodillas, con ocre y arcilla (3), después de lo 
cual cúbrese el cadáver con anchas hojas que se sujetan por medio de só- 



(i M. B. Guliet. 

(2) Viajes del mayor Lymes. 

(3) J.des Voy. i855. 



LIBRO CUARTO l6l 

lidas cuerdecitas. A su vez los parientes y los amigos, en testimonio de 
pésame, se pintan con una pasta de arcilla de color de aceituna y se ponen 
en la coronilla «un pedazo de la misma pasta,» que es su señal de luto 
habitual. Los padres soplan dos ó tres veces sobre el rostro del muerto, 
que es descendido á la tumba con las piernas dobladas sobre el cuerpo; 
la madre coloca junto al cadáver una concha con algunas gotas de su leche 
«á fin de que el espíritu del niño pueda refrigerarse.» La familia del difun- 
to, para no turbar el reposo de éste, acampa durante varios días en sitio 
apartado de su ordinaria vivienda y rodea su cabana de guirnaldas de ca- 
ñas para indicar que aquel lugar es sagrado y debe ser respetado. 

Transcurrido cierto tiempo, regresan los padres á su choza, y después 
de haber ejecutado «la danza del llanto (i),'> se quitan el luto, es decir, 
el pedazo de tierra que se habían puesto en la cabeza. Entonces se exhu- 
ma el cadáver del hijo, y el padre limpia cuidadosamente los huesos y los 
divide en fragmentos á propósito para formar con ellos un collar. El crá- 
neo, pintado de amarillo, es envuelto en una red, y la madre se lo cuelga 
en el cuello en recuerdo del que ya no existe (2); si se trata de un adul- 
to, el cráneo «lo llevan sucesivamente durante algunas horas los distintos 
miembros de la tribu.» 

En el hidostán, el carácter sagrado atribuido á los ríos explica por qué 
algunos difuntos indigentes son arrojados al agua. Antiguamente millares 
de hombres, anticipando la hora de su muerte, iban á Benarés para aho- 
garse, víctimas de una locura religiosa, «en las santas ondas del Ganges.» 
Lo propio hacen los siameses y los indos, hasta el punto de que las po- 
tencias han tenido que intervenir por razones de salubridad pública, pues 
los cadáveres en putrefacción infestaban los ríos. Para el asiático, aun para 
el civihzadü, el lecho de un río es el asilo más honroso que puede darse 
á los difuntos, pues estando todas las corrientes de agua, según creencia 
popular, en comunicación con el Océano por las regiones infernales, se 
supone que por ellas son los muertos conducidos á su última morada. 

El indo, dócil al consejo de los Vedas, recurre también á la hoguera 
para quemar sus muertos, sobre todo cuando pertenecen á la casta gue- 
rrera; pero unas veces, según la secta, las cenizas han de ser definitiva- 
mente arrojadas á un río, «porque el agua sucede ú fuego,» y otras el ca- 
dáver es enterrado, para evitar los animales carnívoros, y los huesos mon- 
dados son después recogidos en un vaso de arcilla y llevados á la orilla 
más próxima. Además, allí como en otras partes el culto de los antepasa- 
dos ha fundado fiestas periódicas, entre otras los banquetes anuales que 
los karens de las montañas de la India ofrecen á sus mayores. 

Ya en la India aria una solidaridad íntima unía á los vivos y á los muer- 

(i) Llamada í/ío-/<J/H^a. 

(2) Según M. Mau, citado por M. de Quatrefages. 

Tomo II 1 1 



1 62 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

tos, cuyo espíritu permanecía junto á su descendencia para pr4)tegerla, si 
ésta, fiel á su memoria, le proporcionaba la comida de los dijuntos, el srad- 
dah, que se suponía era devorada deliciosamente por el alma. Así lo dis- 
pone la ley, y Manú da los detalles de la composición de este manjar fú- 
nebre: «¿ue el jete de la casa haga con arroz, leche, raíces y frutas el 
sraddah á fin de atraerse la benevolencia de los manes;» pero si los vivos 
no se acuerdan de los muertos, la sombra de éstos, abandonada, «enviará 
maleficios para castigar á los sobrevivientes.» 

Los entierros indos son siempre solemnes, y cuando se trata de un 
ascendiente, existen ceremonias de surerogación denominadas «crad- 

dhas (i).» 

Una vez terminada la cremación, interésale al hijo piadoso «Ubertar el 
alma paterna que se conceptúa errante (2);» para esto se le ofrecen, du- 
rante diez días consecutivos, tortas que la alimentan y le comunican fuer- 
zas «para realizar el viaje de los cielos.^) Al undécimo día comienzan los 
ritos especiales (craddhas ó pitri-yadjnas), que consisten en ofrendas de 
arroz, harina y césped sagrado y en recitaciones de himnos ó manirás re- 
petidas durante muchos días seguidos al aire libre, á fin «de apresurar la 
marcha de losantepasados hacia el cielo, en donde han de descansar eter- 
namente.» 

Estas atenciones piadosas se consideran provechosas sólo para los parientes 
hasta el décimo grado, y se repiten una vez «en cada luna» durante el pri- 
mer año de la muerte y después el día del aniversario del fallecimiento 
del padre ó de la madre. 

Estas manifestaciones fihales ofrecen un interés á la vez religioso y po- 
sitivo, porque constituyen un medio de probar el rango que se ocupa en 
la familia, como también los derechos á la herencia; así el que desde el día 
de la muerte y durante los diez días siguientes ha sido admitido á presen- 
tar el sacrificio de la hola de arro^ (3) al alma errante ó preta, es considera- 
do como heredero reconocido é indiscutible. 

Según las creencias profesadas por los indos, los manes paternos ex- 
perimentan una satisfacción más ó menos duradera según la índole de los 
presentes: por ejemplo, son feHces durante un mes entero con una ofrenda 
de arroz, de cebada, de raíces y de frutas; la carne de pescado les causa 
placer durante dos meses; la de los animales salvajes, durante tres; la de 
carnero, durante cuatro; la de las aves cuyo uso es permitido, durante 
cinco; la de cabrito, durante seis; la de ganso, durante siete; la de gacela, 
durante ocho; la de ciervo, durante íiueve; la de jabalí ó de búfalo, durante 
dicTj y la de liebre ó tortuga, durante once. La ofrenda de una medida de 

(i) Religious thoiight and Ufe in India, Monier William, profesor de sánscrito en la 
Universidad de Oxford. — Bartolomé Saint-Hilaire, Journal des Savants, i885. 

(2) O sea, en el estado de preta. 

(3) O pinda. 



LIBRO CUARTO I 63 

leche ó de arroz les es grata durante un año, y la de un macho cabrío blan- 
co, de largas orejas, durante doce años. Finalmente, los cangrejos, la car- 
ne de rinoceronte y la miel ofrecidos en sacrificio les causan un placer 
eterno (i). 

En cuanto ñillece un toda (2), su cadáver, según parece, es colocado 
por sus hijos en un tronco de árbol ahuecado y expuesto fuera de la caba- 
na, cubierto enteramente por las filiales manos de hojas escogidas, de 
donde el nombre de entierro verde. Los hijos se ponen luto, los hombres 
se afeitan la cabeza, las mujeres se cortan el cabello á la mitad de su lon- 
gitud normal, y la familia se ocupa del sitio en donde habrá de verificarse 
la cremación. 

Cuando se ha extinguido la hoguera, los huesos que el luego ha respe- 
tado son envueltos en el traje del difunto y conservados para el entierro 
seco, es decir, para el aniversario de la muerte. Antiguamente era costum- 
bre inmolar todo el ganado del difunto, pero el gobierno inglés declaró 
que sólo toleraría en lo sucesivo el sacrificio de un búfalo por individuo y 
de dos, por excepción, cuando se tratase de un jefe. 

En el Japón, cuando un padre ó una madre padecen una grave enfer- 
medad y se ha perdido toda esperanza de restablecimiento, los hijos han 
de empezar por trocar sus vestidos por otros nuevos, hecho lo cual se en- 
teran de las últimas voluntades del moribundo y las consignan cuidado- 
samente por escrito. Así que el enfermo ha exhalado el postrer aliento, 
su cuerpo es llevado á otra habitación y cubierto con un velo, puesta la 
cabeza hacia el Norte y la cara hacia el Oeste. Sus hijos y sus criados ve- 
lan el cadáver para evitar que se le acerquen los gatos, pues los japoneses, 
muy supersticiosos en este punto, creen que si uno de estos animales sal- 
tase por encima del muerto ó sim.plemente le tocase, éste se incorporaría 
de repente y volvería á la vida y al sufrimiento, y entonces, para quitarle 
esta existencia anormal, sería preciso «golpearle con una escoba.» Esta 
creencia se tunda probablemente en la observación de ciertos fenómenos 
de electricidad que puede producir el contacto de una piel de gato. 

Con el mayor esmero se procede al arreglo del cuerpo del difunto, 
cortándole las uñas de las manos y de los pies y vistiéndole distintas ropas 
según sea la estación. Las túnicas, así las de los hombres como las de las 
mujeres, se abrochan de manera que el lado izquierdo quede debajo, es 
decir, lo contrario de lo que se hace en vida. Cuando el cadáver está ves- 
tido, se le expone en medio de la sala, colocado sobre una estera, con la 
cabeza inclinada entonces hacia el Sur, y se pone á su alcance una mesa 
llena de manjares, procurando que en ella no figuren la vajilla del difun- 

(i) Curs.theol., pág. 2i5. 

(2) La tribu de los todas habita en los montes Nilgherios, en el Indostán. — V. M. De- 
llaye. 



164 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

to, ni ningún utensilio dorado, plateado ó adornado de cualquier modo 
que sea. 

El primer período del luto dura cincuenta días, durante los cuales es 
obligatorio permanecer en casa y abstenerse de comer carne, pescado, 
aves y en general de coda clase de animales, alimentándose únicamente 
de arroz, legumbres y frutas. 

Pasado aquel período, los parientes pueden afeitarse, cortarse las uñas, 
cambiarse las ropas y abrir la puerta de su casa á los extraños, cosas 
hasta aquel momento prohibidas. Después van á ver á las autoridades para 
decirles que ha terminado el tiempo del gran luto, y á hacer visitas de 
gracias á cuantos honraron el entierro con su presencia, á quienes se en- 
vían luego sendas cajitas de arroz estofado. 

La segunda parte del luto dura hasta el centesimo día, en el que el 
hijo reúne de nuevo á los parientes. Al cabo del año les da un banquete 
de aniversario, que ha de repetirse periódicamente el 3.°, 7.°, 13.", 25.°, 
35.°, 50.°, 100.° y 150." año..., por lo menos mientras queden descen- 
dientes de la familia. La última parte del luto propiamente dicho no ter- 
mina hasta después del tercer año, y durante este período los hijos vienen 
obligados á ir anualmente cuatro veces, es decir, en cada estación, á lle- 
var ofrendas á la tumba de sus padres (i). 



(i) Cérémoniesjaponaises, por M. Tit-sing. 



1 



CAPITULO III 

PIEDAD FILIAL Y RITOS FUNERARIOS (ÁFRICA, AMERICA, OCEANÍa) 

Procedimientos empleados con los padres moribundos en Senegambia. — Colección de 
mortajas de los congoanos. — Costumbres fúnebres en el Gabón: creencias supersticio- 
sas. —;Han existido salvajes que se comieran á sus padres: Masajctas, calados y tribus 
del Cáucaso. — Los sacerdotes de Ifa y los muertos en Guinea; el sacrificio del «babala- 
woi) y la ofrenda de una gallina aadie irana.n — Kl genio «abiku» y las enfermedades 
conjuradas. — Culto de los muertos en Cafrería.- Ofrendas á las sombras paternas en el 
Zanguebar: el «mzimu;» las estatuitas sepulcrales —La autoridad del jefe de familia en 
Wo-pokomo. — Efectos de la maldición paternal en Madagascar. — Procedimientos de 
inhumación entre los africanos. — Cadáveres ahumados entre los americanos.— Grutas 
sepulcrales de los incas. — La cremación en América: el sudario de amianto. — El «lan- 
zamiento al mar» de los difuntos en Oceanía: estudio sobre las canoas mortuorias. — 
Entierros en los árboles entre los polinesios — Un entierro en Nueva Caledon'a. — Mu- 
tilaciones por piedad filial en Nueva Zelanda. — El luto en Australia: la mortaja de kan- 
guro.— Apéndice. El culto de los antepasados y la teoría del hombre-mono: estudio 
crítico sobre el transformismo. 

«En una aldea del Senegal, en donde residí, escribe un misionero, 
existe una costumbre salvaje: cuando un pariente está á punto de expirar, 
una de las matronas de la vecindad le pone ¡a mano sobre la boca á fin de 
que el agonizante muera más de prisa... (i).» ¿A qué viene esta costumbre 
bárbara? La intención de los que así proceden es libertar sin tardanza al 
moribundo de sus sufrimientos; el senegalés, considerándole irremisible- 
mente perdido, encuentra muy natural abreviar los terrores de la ago- 
nía. Una vez comprobada la muerte, los parientes hacen algunos disparos 
de fusil y el tam-tam deja oir luego sus Kigubres sones á fin de que los 
amigos del difunto acudan á rezar su oración fúnebre. Las espesas y las 
hijas gritan y lloran,, y si la pena no arranca de los sobrevivientes lágri- 
mas bastante abundantes, los negros recurren, según dice el viajero Lo- 
yer, al silicastro, ó pimienta indígena, introduciéndose en la nariz algu- 
nos granos de él que les producen gran escozor. 

«Se unta al muerto con manteca y grasa para conservar la flexibilidad 
de sus miembros, se le peina cuidadosamente y se le viste con sus mejo- 
res ropas; y después de haberle abierto los ojos, se le sienta aguantándole 
un individuo la cabeza por detrás. Entonces los parientes y amigos entran 
en la choza, y dirigiéndose al difunto le hacen toda clase de preguntas. 



(i) R. P. Remont. 



1 66 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

como por ejemplo: «¿Por qué has querido morir?.. ¿Acaso no te amába- 
mos?.. ¿Por ventura tus mujeres no te preparaban bien tu alcuzcuz?.. 
¿Quizás no molían bien tu arroz?, etc." Para suplir las respuestas del 
muerto, la persona que lo sostiene le hace inclinar la cabeza y mover las 
manos como si viviera... Terminada esta singular audiencia, se le quitan 
al cadáver los adornos que se le han puesto y se le mete en una estera atada 
con cuerdas para enterrarlo; cuatro hombres lo colocan en unas parihue- 
las, y si es padre de famiha, se arranca el frágil tejado de la cabana, que 
varios hombres sostienen á modo de dosel sobre el muerto en el trayecto 
de la aldea al cementerio. Mientras dura la conducción del cadáver, varios 
jóvenes de la comitiva hacen numerosos disparos de fusil. Después de la 
inhumación, el tejado sirve para cubrir la tumba, y bajo este mismo abri- 
go irán á «reposar» más tarde, á su vez, los demás miembros de la fa- 
milia.» 

Las modas funerarias del Gabón, escribe el R. P. Tristant, misionero 
entre los adumas, tienen un verdadero sello de originalidad: cuando alguien 
cae gravemente enfermo, su familia hace fetiche, que es la manera de rogar 
por él y de conjurar el enfado del Gran Espíritu; y si después de estas 
plegarias el enfermo no mejora, se juntan los parientes en torno de su le- 
cho y todos rivalizan para ver quién gritará más y quién molestará más al 
enfermo, tirándole unos de los brazos y otros de las piernas. 

Un miembro de la familia, armado de un fusil, permanece en la puerta 
de la cabana para hacer un disparo así que el enfermo haya exhalado el 
último suspiro, «á fin de espantar á los malos espíritus.» 

M. L. Walcke, que exploró durante cinco años las orillas del Congo, 
hace el siguiente relato á propósito de los basundos. «El acto en que me- 
jor se revela su carácter es el del entierro. El negro, que durante toda su 
vida va vestido de informes harapos, compra, sin embargo, constantemente 
tejidos de toda clase. ¿Qué hace de ellos? Guardarlos para ser enterrado 
dignamente, «embellecerse» para la otra vida. Cuando muere uno de sus 
parientes, lo coloca en posición sentada, á la turca, con las piernas reco- 
gidas debajo del cuerpo, y después de pintarlo de encarnado para dar á su 
cutis un bello tinte cobrizo, lo envuelve en buenas nnortajas. Hl problema 
consiste en formar con un hombre^ en la postura que acabo de describir, 
un lío cihndrico, para lo cual se introducen entre las tiras de tela algunas 
hojas secas; hecho esto, se empuja el paquete hacia la mejor habitación, 
reservada á tal objeto, y luego se le pasea por toda la aldea y por los po- 
blados vecinos, porque es un honor ser enterrado con muchas telas. Cuan- 
to más voluminoso es el fardo, tanto más poderoso parece haber sido el 
jefe, y este sentimiento se lleva á tal extremo, que los amigos regalan te- 
jidos de varias clases para aumentar el lío fúnebre, del mismo modo que 
en otras partes se ofrecen coronas ó flores.» 

Al decir de Cavazzi, los negros del Congo creen firmemente que el 



LIBRO CUARTO I 67 

hombre, cuando muere_, abandona una existencia miserable para entrar 
positivamente en otra vida llena de felicidades y de placeres. 

Esta creencia explica tal vez los malos tratamientos que infligen á sus 
enfermos para acelerar su muerte. El citado viajero italiano dice haber 
visto más de una vez á los parientes de un negro en la agonía «tirarle de 
la nariz y de las orejas con todas sus íuerzas, darle puñetazos en la cara, 
sacudirle violentamente los brazos y las piernas y taparle la boca para aho- 
garlo más pronto. Otros le cogían por la cabeza y por los pies y lo deja- 
ban caer al suelo; otros, arrodillándose sobre su pecho, se lo apretaban 
hasta rompérselo.» Ya hemos dicho que estos desgraciados creen estar 
obligados á obrar de este modo en virtud de un extraño sentimiento de 
compasión, á fin de librar más prontamente al moribundo de los dolores 
supremos; á lo menos tal es la opinión del autor antes mentado. 

Por esta misma razón, en ciertas tribus de la América del Norte (i) los 
padres ancianos, según se afirma, son enterrados vivos ó abandonados en 
lugares solitarios. 

Pero todavía hay más: algunos autores muy formales han asegurado 
que ciertos salvajes, por una extraña aberración, mataban y se comían á sus 
badres viejos... ¿Qué puede haber de verdad en esta afirmación? 

Aun suponiendo en esto una exageración probable, cabe admitir, sin 
embargo, que algún fundamento tiene lo que acerca del particular se re- 
fiere de los masajetas, de los calacios de la antigua India, de las antiguas 
tribus del Cáucaso y de los derbicios. 

Cuando estudiemos el canibalismo, veremos en efecto que una de 
las convicciones más generalizadas entre los pueblos no civilizados es la 
de que el alma del difunto pasa al cuerpo del que de él come, aunque no sea 
más que un pedacito. Además, dicen, devorando ciertas partes especiales 
de una persona, como la mano, la oreja, el corazón, el cerebro, etc., se 
apropia uno tales ó cuales cualidades de la misma. 

Hay en esto, según parece, el principio de una explicación aceptable, 
si admitimos como constantes estas horribles prácticas, que se inclinaría 
á negar a priori quien no conociese la extravagante metafísica profesada 
por los pueblos salvajes. 

¿Es menester recordar lo que refieren los historiadores acerca de los 
indígenas de Venezuela que molían los cadáveres desecados hasta reducirlos 
á polvo y se tragaban luego este polvo paterno poco á poco mezclado con 
sus bebidas?.. No hace aún muchos años, en Cayena los vecinos de un 
difunto respetable, enterrado en el centro de la taberna en donde había vi- 
vido, desenterraron sus huesos, los quemaron ^'y guardaron la ceniza para 
tragársela en los días de fiesta (2).» 

Según Mindana y otros autores, los isleños de las Marianas bebían vino 

(i) M. Leo Quesnel. 

(2) Viaje de Frogre. Usag. des Peuples, III, io-¿. 



1 68 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

de coco mezclado con huesos humanos pulverizados y comían también 
sesos de persona. 

Cuéntase que los esedones, antiguo pueblo de Sarmacia (i), cortaban 
en forma de copa el cráneo de su padre para servirse de él en sus comidas, 
y que los samoyedos llevaban encima, como talismán, un hueso de su pa- 
dre. En Bantam (2), cuando muere un indígena, no pocas veces su familia 
se reparte sus cenizas, que sirven para diversos encantamientos. 

Asimismo, no tanto por coquetería como por cálculo supersticioso, 
cuelgan los salvajes de su cuello y de sus brazos dientes ó huesos de ani- 
males audaces y fuertes á fin de ser como éstos. 

En cuanto un negro de Guinea ha cerrado los ojos á su padre, manda 
á buscar á un sacerdote de lía, un babalaiuo, el cual, después de haber sa- 
crificado palomas y gallinas, consulta á su fetiche para saber si habría 
modo de conjurar los peligros que pudieran amenazar al difunto ó á su 
descendencia; y si la respuesta de Ifa es afirmativa, el babalawocoge un ca- 
brito, le abre el vientre rodándolo con aceite de palma^ y metiéndolo en 
una cesta ó en una jarra de tierra, lo hace llevar fuera de la población, á 
una encrucijada en donde se crujan tres caminos; de esta manera los genios 
malos podrán tomar una senda que los conducirá muy lejos de la casa 
mortuoria. 

«Después el babalawo prepara una especie de agua lustral con la baba 
de grandes caracoles, rocía con ella la cámara mortuoria y á los asistentes, 
sirviéndose de una rama fetiche, y ruega al difunto que salga despacio y 
sin ruido, diciéndole al mismo tiempo: «¡Que Dios te indique el buen 
camino! ¡Que nada malo encuentres en tu viaje!» 

Mientras una parte de los parientes guisan gallinas y diversos alimen- 
tos, los demás comienzan á arreglar y á vestir al cadáver: lo lavan con un 
cocimiento de plantas aromáticas ó con aguardiente, si el difunto es bas- 
tante rico; le cortan el cabello, envolviéndolo luego en una tela blanca 
que se entierra detrás de la casa; le ponen el chokoto, especie de calzonci- 
llos que los indígenas llevan á modo de pantalón, y en la cabeza un cas- 
quete; y le colocan las manos sobre el pecho, con los dos pulgares atados 
juntos, lo mismo que los dos dedos gordos de los pies. Si la que muere es 
la madre, la pintan con un polvo rojizo mezclado con manteca vegetal y 
substancias aromáticas. 

El cuerpo es envuelto en un gran número de paños, á veces más de 
cuarenta, puesto que cada pariente regala uno, y luego se le expone, ten- 
dido en una estera íúnebre, á la puerta de la casa en donde ha de perma- 
necer tres días. Las hijas y las hermanas del difunto se acurrucan á ambos 
lados provistas de abanicos para espantar las moscas. En la cámara mor- 
tuoria se cava la fosa, consistente en una profunda zanja en cuyo fondo 

i) Región de la Europa oriental. 
(2) Isla de Java. 



LIBRO CUARTO 1 69 

hay una galena subterránea en forma de cueva, de manera que el muerto, 
al ser inhumado, tenga la cabe^fi juera del inuro de la casa y los pies en el 
interior de ésta. 

Al tercer día, después de una abundante comida, unos cuantos negros 
cargan sobre sus cabezas el ataúd, adornado con un hermoso paño, y re- 
corren la aldea, mientras los parientes arrojan cauris (^i) á la multitud que 
les sigue atropellándose para recogerlos. Entonces se procede al entierro; 
el ataúd se cubre de esteras de lianas entretejidas y se rocía con sangre de 
un macho cabrío degollado al borde mismo de la tumba, y los negros echan 
á la fosa cauris mezclados con puñados de tierra, y se despiden del muer- 
to diciéndole: «¡Buen viaje! ¡Que Dios te haga llegar en paz! ¡Q.ue no te 
extravíes á derecha ni á izquierda!..» 

En algunos puntos no se entierra la cabeza, sino que más tarde la re- 
coge la familia y la transporta á una cabana-fetiche para llevarle otrendas. 

Los negros sacan de sus chozas las esteras, calabazas, vasos y utensi- 
lios pertenecientes al difunto y las queman ó las rompen fuera de la aldea 
para hacer comprender al muerto que va á vivir definitivamente en regio- 
nes nuevas y que, no teniendo ya nada suyo en su morada, no debe vol- 
ver á ella. Reunidos á orilla del c:ir\úno,\os^^úeniQS matan una gallina, y 
después de haber lanzado al viento sus plumas, la cuecen y se la comen: 
á esto llaman ellos adie-irana, ó «la gallina que compra el camino;» se su- 
pone, en efecto, que precede al difunto en su viaje misterioso y le indica 
el camino que ha de seguir, pues consideran que este animal listo tiene la 
facultad de salvar todos los obstáculos. 

Mientras dura el entierro, los habitantes de la cabana no se lavan ni 
se peinan en señal de duelo. 

De cuando en cuando los negros hacen libaciones y ofrendas sobre las 
tumbas y por medio de sortilegios consultan á los difuntos en las circuns- 
tancias más importantes de su vida (2). 

Los actuales habitantes de Guinea (3) creen que existe un genio espe- 
cial, Abiku, que reside en el pecho de los niños; por esto los que mueren 
antes de la edad de diez ó doce años no son enterrados, sino arrojados 
en los matorrales. «Hay en los bosques y en los desiertos, dicen, un gran 
número de espíritus malos, Abiku y Eleré, que estando privados de todo, 
tienen grandes ganas de gozar de ciertas dulzuras de las cuales disfrutan 
los mortales en este mundo; de aquí que espíen el nacimiento de los ni- 
ños para instalarse en el recién nacido y coexistir con él.» 

Por esto, cuando un niño grita y sufre, creen los negros que algunos 
espíritus hambrientos ó vengativos, que se han introducido subrepticia-l 



(i) El cauris es una pequeña concha que hace las veces de moneda en la India y en el 
Senegal. 

(2) R .P. Baudin, Fetichisme. 

(3) R. P. Baudin, Religión des négres déla Guiñee. 



I yo HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

mente en su alma, luchan con él; y si enflaquece y se cría ruin, dicen que 
es porque los malos genios le devoran por dentro todos los alimentos que 
comen. En este caso, para jugar una mala partida al genio maligno, le 
ofrecen un sacrificio, y mientras se le supone atareado en hartarse de su- 
culentas ofrendas, se atan á los pies de la criatura unas campanitas cuyo 
tañido destruye las malas influencias ó, por lo menos, las tiene alejadas. 

Efectivamente, es bastante común ver negritos con los tobillos carga- 
dos de cascabeles y hierros sonoros que constituyen una carga superior á 
las fuerzas de los pobres pequeñuelos. Si el niño á quien se cree poseído 
enferma y se pone á morir, su madre no vacilará en practicarle incisiones 
en el cuerpo y en introducir en ellas pimienta, en la creencia de que de 
este modo hace sufrir al espíritu malo y le obliga á abandonar al chiqui- 
llo, pues, en su concepto, el sufrimiento no procede de nuestra naturale- 
za física, sino de una causa sobrehumana. 

¡En cuántas interpretaciones falsas incurriría el viajero que no tuviese 
tiempo para estudiar las razones secretas y el porqué de estas sorprenden- 
tes aberraciones! 

Las poblaciones del Alto-Ogowé proceden con gran respeto al entie- 
rro de sus parientes. Cuando fallece uno de éstos, se interroga á los feti- 
ches para saber «quién se ha comido el alma del difunto,» después de lo 
cual se unta el cadáver con una materia encarnada y se le cierran los ojos; 
las orejas, la boca y la nariz se tapan con la misma materia que ha servi- 
do para pintar el cuerpo. Si se trata de un rico, se le envuelve en un paño 
de seda; los pobres tienen por ataúd una estera. Encima de la cama de res- 
peto se cuelgan los fetiches, es decir, campanillas, pieles de gato tigre, 
cuernos de búflilos y de antüopes y conchas de caracol: las mujeres, pin- 
tadas de blanco, que es el color de luto, y sentadas en corro alrededor del 
lecho, lanzan gritos lúgubres. 

Ya de noche, se saca el cadáver de la cabana, suena el tam-tam, y por 
la aldea y alrededor de la encañizada mortuoria se entona un canto triste 
y monótono, se baten palmas acompasadamente y se ejecutan saltos ex- 
traños; al despuntar la aurora éntrase de nuevo el cadáver en la choza, y 
esta ceremonia se repite varias veces. 

Al atardecer del día del entierro, varios hombres, con el cuerpo unta- 
do de blanco, se cargan en hombros al difunto y se dirigen cantando á lo 
más espeso de un bosque. 

En caso de muerte imprevista, se presencian las escenas más repug- 
nantes: «Todo el mundo se arroja sobre el cadáver cuchillo en mano y lo 
descuartiza para averiguar la causa del fallecimiento; después, los presen- 
tes se reparten los miembros, todavía palpitantes, los despedazan, echan 
los trozos de carne á un montón y meten los huesos mondados en una 
marmita de agua hirviendo. Al lado, en otro fuego, hay dispuesta una se- 
gunda marmita en la que se cuecen carne de carnero, gallinas, bananos y 



LIBRO CUARTO lyi 

mandioca que se supone serán comidos por el N'goi (i) y que en realidad 
sirven para una suculenta comida con que se obsequian los iniciados... 
Las mujeres no tienen el derecho de pronunciar la palabra «N'goi,» y si 
alguien dice el nombre de este fetiche delante de ellas, se tapan los oídos 
y echan á correr como alma que lleva el diablo. 

Entre los cafres, por lo general, los cadáveres arrollados en esteras son 
confiados á la tierra conforme á los ritos ordinarios, que consisten en can- 
tos y en golpes de tam-tam, y junto á ellos se deposita una gran copa y 
una calabaza y se levanta una pn'ámide de piedras (2): un mashona no 
pasará jamás por delante de uno de esos cairns sin añadir piadosamente 
su piedrecita. Igual costumbre, inspirada en una idea semejante, existió 
durante muchos siglos en el Norte de Europa y existe todavía en varias 
localidades... Entre los sechuanas, un hombre no debe morir en su cabana, 
así es que la familia del enfermo se apresura á sacarle de ella en cuanto 
empieza la agonía; y si esta operación se ha realizado demasiado tarde, la 
casa es abandonada, pues nadie querría ya habitarla. 

Un sentimiento análogo indudablemente impulsa á los matabeles á 
transportar á los moribundos lejos del campamento cuando se ha perdido 
toda esperanza de curación. 

En la región del Zanguebar, cuando un indígena ve en sueños á uno 
de sus ascendientes difuntos, ó cuando sus hijos están atacados de ciertas 
enfermedades, dícese que la Sombra del pariente pide ofrendas; lo propio 
sucede en casos de epidemia, de sequía ó de hambre. 

Entonces, por lo general, se construye una pequeña cabana, bien en 
una encrucijada cerca de un baobab, de un ficus ó de un euforbio, bien 
en el fondo de un bosque ó en una gruta, y en el interior de la misma se 
depositan como ofrendas un poco de arroz, huevos, ropas blancas ó en- 
carnadas, pombé, especie de cerveza africana, etc. Además se organizan 
danzas especiales, se dan comidas, y el hijo bueno ha de cuidarse en lo 
sucesivo de la conservación de ese templo de la piedad fihal. Todo esto 
tiene por objeto fijar la sombra en aquel sitio, desde entonces consagrado 
por los presentes propiciatorios que le están destinados. 

«Para mejor retener al alma errante, escribe el R. P. Le Roy, algunas 
tribus antropófagas se creen obligadas á oírecer al difunto banquetes de 
carne humana, figurándose que la sombra en cuyo honor se sacrifica á 
un hombre puede estar mucho más satisfecha que si se le sacrificase un 
gallo (3).» 

Otros grupos, como los luaxaramos, no se contentan con construir la 
pequeña cabana de costumbre, sino que además colocan en ella una es- 
tatuita de madera ó de tierra pintada de rojo y adornada con vidrios y pc- 

(0 Fetiche principal de los hombres. V. R. P. Davezac, superior de la Misión. 

(2) Marqués de Nadaillac, Le Mashonaland. 

(3) El R. P. Le Roy, Le Zanguebar. 



172 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

dacitos de tela, ante la cual depositan sus ofrendas; existiendo entre ellos 
la creencia de que en esa figura de forma más ó menos humana fijará su 
residencia el mximu, ó espíritu del antepasado. A menudo ponen en esa 
estatuita recortaduras de uña, pestañas y cabellos del difunto. 

He aquí la descripción de esas estatuitas encontradas en una choza 
funeraria: la tosca figurita representa un hombre acurrucado y apoyando 
en sus rodillas sus manos de largos y separados dedos, para indicar sin 
duda el reposo y la inacción de la tumba. Los ojos y la nariz nada tienen 
de anormal; en cambio falta por completo la abertura de la boca «porque 
los muertos no hablan;» las orejas, por el contrario, presentan un des- 
arrollo extraordinario y tienen una longitud casi igual á la de toda la 
cabeza. 

Estas dimensiones excesivas de las orejas tienen una significación sim- 
bólica, porque se cree que los muertos oyen las súplicas de los vivos. 

Dada la idea fetichista que ve en la imagen una realidad, la figura 
del antepasado está provista de esas orejas enormes á fin de que el Espíri- 
tu paternal divinizado pueda percibir los menores deseos de sus hijos y 
ser de esta suerte tanto más un Poder tutelar y bienhechor para éstos. 

En el Zanguebar los niños varones de Wa-pokomo, cuando llegan á 
cierta edad, son objeto de una especie de emancipación que se les conce- 
de á fin de inspirarles bravura; desde aquel momento, el padre los consi- 
dera como hombrecitos. 

Al efecto, los niños de diez á doce años son encerrados durante algún 
tiempo en un recinto especial rodeado de una cerca, en donde se les pre- 
para el régimen viril que les espera. «El día indicado, los barobaro (los 
menores de edad, los jóvenes) salen de su retiro cuidadosamente lavados, 
untados de aceite de pies á cabeza y á veces pintados de rojo, adornados con 
cadenitas, cristales, cuentas de vidrio y collares de todas clases y vestidos con 
las mejores ropas que desde hacía tiempo se guardaban para esta circuns- 
tancia. De este modo engalanados, colócanse en fila uno detrás de otro y 
se encaminan á la plaza pública, en donde les espera la población reunida, 
y uno á uno desfilan muy lentamente por delante del consejo de los An- 
cianos, al que saludan al pasar. Terminado el desfile, ejecutan una danza 
guerrera: un coro de mujeres marca el compás y canta, y luego todas ellas, 
levantando los brazos por encima de la cabeza, baten palmas cadenciosa- 
mente; los hombres dan vueltas en corro y golpean el suelo con los pies 
con formidable violencia. Los barobaro se mezclan con sus hermanos 
mayores hasta el mediodía y después se celebran los banquetes en honor 
de los emancipados.» 

En Madagascar, los dos castigos más grandes, que muya menudo bas- 
tan para corregir á los más reacios, son la pérdida de su sitio en la tumba 
de los antepasados y la maldición paterna, que trae consigo la exclusión 



LIBRO CUARTO 1 73 

del seno de la familia. El hova, como el chino, estima en más una hon- 
rosa sepultura que la misma existencia: seria ya una gran desgracia para 
él sucumbir demasiado lejos para que sus despojos pudieran ser deposita- 
dos junto á los de sus padres; pero ¡qué irreparable desdicha si se veía 
excluido de aquella sepultura por causa de indignidad! De aquí que esta 
sola idea sea generalmente para él un freno en medio de los más grandes 
desórdenes (i). 

Teme asimismo más que nada la maldición paterna, que haría pesar so- 
bre él y sobre su posteridad un estigma indeleble. Vamos á citar un ejem- 
plo convincente: «Un hombre llamado Ramazava tenía dos hijos, de los 
cuales el uno se hizo mendigo y el otro ladrón. El primero fué siempre 
pobre y el segundo llegó á ser rico, mas al fin el culpable fué preso, juz- 
gado y condenado á muerte. Antes de la ejecución, el padre del reo pidió 
que le dejaran hablar, y delante de la familia reunida maldijo á aquellos 
de sus descendientes que no se conformasen con la ley que iba á impo- 
nerles: «Hijos y nietos de ese hijo ladrón, exclamó, y todos los que de 
ellos naciereis, mendigaréis de puerta en puerta hasta las últimas genera- 
ciones...» Pues bien: esos descendientes, enriquecidos por medios lícitos, 
forman una casta poderosa; y sin embargo, por respeto á la maldición 
paterna salen dos veces al año de su país y van de puerta en puerta pidiendo 
limosna Imsta la capital. Yo mismo les he visto y oído y les he dado una 
moneda de plata, logrando así que me refiriesen su historia (2).» 

La inhumación está muy generalmente admitida entre las tribus de Áfri- 
ca, muchas de las cuales rodean inmediatamente al cadáver de tierra de 
hormiguero ó de tierra fina y amontonan piedras encima de él; y todos 
los que pasan por aquel sitio depositan sendas piedras en el túmulo así for- 
mado. Los vazimbas y los hovas de Madagascar construyen grutas artifi- 
ciales destinadas á sepulturas y meten en ellas á los difuntos entre cuatro 
losas puestas perpendicularmente; una quinta piedra sirve de cubierta y 
completa el monumento. 

Los damarras cosen el cadáver en una piel de buey antes de inhumarlo. 

Entre los negros es muy frecuente bajar el cadáver al fondo de un agu- 
jero y colocarlo en la actitud acurrucada característica de las edades pre- 
históricas. 

De los varios procedimientos admitidos por las antiguas tribus (\e Amé- 
rica para rendir un tributo á los parientes muertos, la desecación de los ca- 
dáveres es el que, al parecer, ha reemplazado la exposición de los mismos; 
por lo menos este era el método seguido por los indios cariscos, cabucos 
y tapinambares que habitaban al Sur de la provincia brasileña de Pernam- 
buco. Esta especie de momificación se obtenía disponiendo en torno del 

(i) EIR. P. Piollet. 
(2) Loe. cit. 



174 HISTORIA DE LAS CREENXIAS 

cadáver un gran fuego, de modo que el diíunto era literalmente ahumado 
como una carne en conserva. Al cadáver se le inyectaba resina para evitar 
la descomposición, y preparado de esta suerte se le colgaba de la pared ó 
se le conservaba dentro de la casa metido en una hamaca. 

Los personajes ilustres eran embalsamados, y en sus fiestas solemnes 
los peruanos hacían llevar á la plaza pública las momias de sus emperado- 
res, que de este modo presidian personalmente los regocijos públicos. En 
cuanto á los individuos de más baja condición, los indios de la cordillera 
peruana de los Andes procuraban dejarlos en lugares escarpados. 

M. Wiener, encargado de una misión arqueológica en el antiguo im- 
perio de los Incas, se expresa en los siguientes términos: «Entre Taparoso 
y Colpa, á nuestra derecha y á nuestra izquierda, elevábanse enormes ma- 
sas de rocas, unas negras y otras grises. En las vertientes esquistosas de 
la cordillera vimos grutas que servían para enterrar á los muertos. Si las 
movedizas arenas de la costa borran la huella de las necrópolis indias po- 
niéndolas de esta suerte á salvo de toda violación, también se hallan pro- 
tegidas contra todo ataque esas grutas situadas muchas de ellas á cien y 
doscientos metros sobre el nivel del valle y á la misma considerable dis- 
tancia del borde de la alta meseta.» 

¿Cómo ha sido posible transportar los cadáveres á la mitad déla altura 
de ese muro de piedra casi vertical? Sólo de un modo puede explicarse es- 
to. Después de haber llegado á la cumbre por caminos extraviados, los in- 
dios descendían por una capa inclinada de los esquistos, cuidando de des- 
truir, á medida que avanzaban, el estrecho sendero que dejaban atrás; y des- 
pués de haber depositado el muerto en una gruta natural ó en una caver- 
na que ellos mismos abrían, continuaban su peligroso descenso, rompien- 
do siempre la roca por donde acababan de pasar, y así llegaban al valle y 
el cadáver se quedaba en su morada inaccesible. 

Los pieles-rojas, al morir sus padres, practicaban una abertura en su 
cabana á fin de que pudiera salir el alma del difunto; de esta manera se 
aseguraba al espíritu una salida especial para que no se encontrara con los 
sobrevivientes al pasar por la puerta común. 

Bajo el imperio de análogas preocupaciones perforaban los iroqueses 
en cada tumba un agujero que permitía al alma del muerto salir y volver 



a entrar a su antojo. 



Asimismo los hurones colocaban cerca del moribundo una tórtola para 
que el espíritu, al abandonar el cuerpo, encontrara un asilo, y en cuanto 
había aquél exhalado el postrer suspiro, soltaban el ave á fin de que selle- 
vara hacia lo desconocido al alma emancipada. 

¡Qué curiosa serie de pruebas en apoyo de la universalidad de la fe en 
la supervivencia del alma después de la descomposición del cuerpo en la 
tumba! 

Actualmente se generaliza mucho en América la cremación. Una nota 



LIBRO CUARTO 175 

leída en el congreso de Hartford (i) refiere lo siguiente á propósito de la 
incineración entre los indios: «Trájose de la aldea el cadáver, que fué de- 
positado en una cavidad llena de leños muy secos. Los parientes llevaban 
los rostros pintados de negro. Cubrióse el cuerpo del difunto con haceci- 
llos de menuda leña y con los vestidos que en vida le pertenecieran, y lue- 
go se prendió fuego á la hoguera. Al cabo de un rato acercóse un viejo 
provisto de un largo bastón puntiagudo, con el cual sacó ¡os ojos al muerto 




Momia peruana envuelta en vestiduras 

y los ofreció al sol mientras rezaba una plegaria. Añadiéronse nuevos ha- 
cecillos y se conservó la pira en actividad durante tres ó cuatro horas; y 
cuando el fuego se hubo apagado se desparramaron los tizones con objeto 
de recoger los huesos medio quemados, que fueron colocados en un jarro 
de tierra cocida.» 

Antes de la llegada de los españoles, y aun mucho tiempo después^ los 
indios del Perú rompían la espina dorsal á los enfermos incurables, paia 
apresurar su redención, sin que nadie, ni siquiera los que de ellas eran 
víctimas, reprobase tales prácticas. 

Mencionemos á título de curiosidad científica un nuevo procedimiento 
de incineración inventado en América. Este procedimiento, que excede no- 
tablemente en rapidez á todo cuanto se ha imaginado hasta el presente, ha 



(i) Congreso de la Asoc. Amer, 



176 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

sido empleado, según parece, hace poco cerca de Filadelfia. El cadáver, 
envuelto en un sudario de amianto, es puesto sobre una mesa de ladrillos 
refractarios; junto á la cabeza y á los pies se disponen dos planchas de co- 
bre que constituyen los dos polos eléctricos de una potente dínamo, y se 
hace circular la corriente al través del cuerpo que, en cierto modo, des- 
empeña un papel análogo al de un carbón incandescente en una lámpara 
eléctrica. La carbonización se opera con tanta más facilidad cuanto que el 
aire ambiente que baña libremente el cadáver favorece el fenómeno de la 
combustión. Con semejante invento no habría ya que discutir la persisten- 
cia de la vida en el reo ejecutado, puesto que éste quedaría en cierto mo- 
do volatilizado... ¿No es todo esto de un realismo ofuscador? 

En Patagonia, así que nace un niño, el padre y la madre deciden si le 
conservarán ó no la vida (i). ¡Ay del que viene al mundo enclenque! Los 
padres le dejan morir y abandonan su cadáver á los perros vagabundos y 
á las aves de presa. 

La cuna reservada al iníante patagón bien constituido consiste en una 
tabla á la cual lo atan con correas, y de este modo la madre puede llevar- 
lo más cómodamente. 

A los cuatro años el niño conquista su puesto en la tribu mediante 
una especie de iniciación: un personaje importante le agujerea las orejas y 
hace á cada uno de los invitados una incisión en la primera falange del ín- 
dice, y las gotas de sangre que de estas incisiones salen son ofrecidas á 
una divinidad; desde aquel día el joven patagón sale de las manos de las 
mujeres para pasar á las de los guerreros, que le enseñan á montar á ca- 
ballo. A los cmco años se sostiene bastante bien en la silla para acompa- 
ñar á la tribu en sus lejanas razzias, y poco después su padre le enseña el 
manejo de diversas armas de caza y de guerra, tales como el la^o de cue- 
ro que se arroja para coger, por medio de un nudo corredizo, á un ene- 
migo ó un caballo; las bolas, piedras esféricas fijadas en el extremo de una 
larga correa que se lanzan con violencia como un proyectil, la honda, el 
arco, etc. A esto queda Hmitada la educación juvenil en Patagonia. 

En Oceania, el hijo vacía un tronco de árbol á .hachazos, ó dispone 
grandes cortezas en forma de tosca canoa para encerrar en ella el cadáver 
de su padre; pero en vez de colocarlo delante de su vivienda, como hacían 
los antiguos sajones, contía al mar ese ataúd sui géneris, que la corriente 
arrastra mar adentro hasta perderse en el horizonte. 

La causa de que procedan así los salvajes de aquellas islas es la creen- 
cia que profesan de que el país de los antepasados, el origen de la huma- 
nidad, está en una región del Océano de donde vinieron sus padres para 
ocupar las tierras de la Oceania, y el deseo, por consiguiente, de que el 

(i) C. Amero, J. des Voyages, 699. 



LIBRO CUARTO 1 77 

difunto, empujado por oins propicias, pueda arribar, «allende el Océano,» 
á las playas de la madre patria. En ciertas islas de la Polinesia y de la Me- 
lanesia, como en la Patagonia, encontramos este sistema de sepelios: el 
hijo no sepulta en tierra, sino que lanza al mar los mortales despojos de 
su padre, habiendo llegado á ser sinónima de fallecer la pintoresca frase de 
ser puesto á la vela. 

En las islas de Sandwich no se embarca realmente á los difuntos, sino 
que se coloca cerca de las tumbas un resto de canoa; en Nueva Zelanda, el 
cadáver es encerrado en un ataúd cu forma de barco, pero sepultado en 
tierra. 

Poner en una embarcación á los muertos para enviarlos á reunirse con 
sus antepasados es un hecho importante en favor de la unidad de la espe- 
cie humana, y esta observación es tanto más interesante cuanto que en 
muchos lugares de América la inhumación parece haber ido precedida del 
embarque, como rito originario. Podemos citar principalmente á los chonos 
de Patagonia, que, imbuidos en esta idea, entierran sus cadáveres en los 
canales inmediatos á la playa; á los araucanos, que sepultan á sus jefes en 
laucJkis, y á los pieles rojas, que los colocan en piraguas atadas á dos árbo- 
les. De todos estos pueblos, los polinesios se consideran como desterrados, 
como colonos venidos por mar en una fecha desconocida y de una tierra 
ignorada; en tanto que los pueblos del continente tienen, por el contrario, 
un interés capital en llamarse autóctonos (i), en crearse una antigüedad 
tahulosa y en no admitir, casi todos ellos, más que la restitución al suelo 
natal de los elementos que de él proceden, «siendo el cadáver como una 
semilla enterrada para nacer á nueva vida.» 

En las primeras edades de la historia, los difuntos, según hemos visto, 
eran depositados en la tierra, ocultados en monumentos ó momificados 
para preservarlos lo más posible de la destrucción; pues bien, en algunas 
partes de la Polinesia se cuelga á los muertos de los árboles délos bosques 
y se deja que las aves de presa devoren su carne, como hacían en otro 
tiempo los iberos, al decir de Estrabón. 

;No vemos en esto una contradicción con la idea de conservación ple- 
namente justificada, por otra parte, por la fe espiritualista de los pueblos? 

Se nos contestará, con el apoyo de varios autores, que los salvajes 
consideran el esqueleto, la armazón humana, como el único elemento in- 
dispensable del ser, y las carnes como accesorio sin consistencia que se 
reconstruye fácilmiente, en su concepto, si el alma quiere algún dia reani 
mar su antiguo habitáculo. Con frecuencia hasta las aves que descarnan 
los cadáveres expuestos á la intemperie son por ellos reputadas «mensa- 
jeros divinos,» en lo cual su creencia recuerda la de los antiguos persas, 
que tenían por malditos, es decir, por pertenecientes á un malvado, á un 

(i) Llámase /)Z(ií^e)2¿í al individuo nacido en un país, como los criollos en las Anlillas, 
y aborigene ó autóctono al hombre del pais mismo que no ha llegado á él por inmigración 
Tomo II 12 



lyS HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

corrompido, los despojos mortales que las aves carnívoras no habían queri- 
do devorar. 

En la tribu de los belep, de Nueva Caledonia, así que el moribundo ha 
cerrado los ojos, la familia paterna prepara un t^:{(\\iqiq\ác perlas -moneda 
que envía á los parientes por parte de madre: «á esto le llaman ba-mabut 
(perlas de los ojos cerrados). Entonces estos últimos acuden en seguida y 
oírecen un presente, al que se ha dado el nombre de ba mandien niit (per- 
las de la estera), ó sea el precio de la mortaja (i).» Reunidos en torno 
del lecho mortuorio, lloran todos juntos, mientras los sepultureros arrollan 
el cadáver en la estera que sirve de sudario, y después la familia se reparte 
las riquezas del difunto, es decir, las perlas-monedas. Los tonkineses po- 
nen en la boca del difunto algunas monedas de plata para el caso de que 
en la otra vida las necesite. 

Una costumbre que no se observa únicamente en Nueva Zelanda, pero 
que en ninguna parte está tan generalizada como allí, consiste en inferirse 
heridas en el cuerpo y hasta en la cara, para demostrar el dolor que se ha 
experimentado en el momento de perder á los padres. 

«En esta isla, escribe Cook, vimos muy pocas personas que no tuvie- 
ran cicatrices ocasionadas por esta singular costumbre. Las heridas eran 
á veces muy anchas y profundas y había algunos individuos casi desfigu- 
rados por ellas (2).» 

Estas mutilaciones de los sobrevivientes, al parecer muy generales en 
la Polinesia, se inspiran en un verdadero culto filial. Dícese que los natu- 
rales de las islas Viti, al morir su padre ó el rey, están obligados á cortarse 
un dedo, sea de los pies, sea de la mano izquierda, y que los que no cum- 
plen este deber son considerados C0mo cobardes y despreciados por todo 
el mundo. 

Los habitantes de Ticú (3), cuando fallecen sus padres, se desgarran 
la piel hasta hacerse sangre. También las otahitianas recurrían á procedi- 
mientos análogos para demostrar su pena; pero como les interesaba no 
afearse, no se mutilaban el rostro, sino que se limitaban á cortarse la piel 
de la cabeza. 

Muchas costumbres de estos pueblos referidas per los autores son me- 
nos violentas, pero en extremo conmovedoras: así los huérfanos recocen en 
un pedazo de tela las lágrimas que derraman, para ofrecerlas como exvoto 
al espíritu que ha abandonado la tierra. 

Las mujeres, dice el citado viajero, se clavan en la piel de la cabe:^a los 
dientes acerados del tiburón y se contienen la sangre con trapos que luego 
depositan sobre el cadáver; casi esto mismo hicieron los hunos que, á la 



(O La tribu des Belep, por el R. P. Lambert. 

[i) Esta costumbre data de la más remotaanligüedad, pues ya en el Deuteronomio lee- 
mos: «... no os sajaréis, ni os haréis calva sobre un muerto.» (XIV, i.) 
{'i) lin el Océano Indico. 



LIBRO CUARTO 1 79 

muerte de Atila, se cortaron la mitad de sus cabellos y ((se sacaron sangre 
de la cara» á fin de honrar mejor á aquel guerrero famoso. Cuando se en- 
tierra á un circasiano, los parientes se hacen incisiones en el cuerpo con 
guijarros cortantes. Los insulares de Mindanao y los georgianos se conten- 
tan con afeitarse la harba y las cejas. 

Las costumbres del duelo exigen también que el australiano, al morir 
su padre, se corte una falange, ó se hiera con un arma cortante ó por lo 
menos se arranque uno ó dos dientes. En cuanto á las mujeres, se pintan el 
rostro con una tierra blanca llamada tarar y entonan con acento quejum- 
broso las siguientes lamentaciones: «¿Porqué haber arrebatado á ese hom- 
bre lo que más quería en el mundo, la vida?>^ — «¿Qué crimen había come- 
tido para ser tan severamente castigado?» — «¿Quién, pues, le ha causado 
tan grave daño?..» 

Sentadas en torno del lecho fúnebre, cada una de ellas, en señal de 
dolor, apoya la cabeza en el hombro de la que está á su lado. Después se 
piensa en dar sepultura al cadáver, y parientes y amigos acuden á cavarla 
fosa, que, abierta en dirección de Levante á Poniente, es deform.a ovalada 
y tiene unos cinco pies de profundidad. La tierra se cava con el nana y 
otras herramientas puntiagudas y se extrae por medio de un pedazo corto 
de madera cóncavo llamado inircal, que les sirve á la vez de plato, de reci- 
piente para beber y de instrumento de trabajo. 

Dispuesta la fosa, los indígenas encienden en ella una pequeña hogue- 
ra como medio de purificar la tumba, aproximan un tizón ardiente á las 
puntas de los dedos del muerto y le arrancan las uñas, que depositan en 
un agujero practicado junto á la sepultura. «Esta operación, escribe el Pa- 
dre dom Beranger, ha de servir para reconocer al difunto cuando vuelva 
á este mundo (i).» Después, con hojas de pataca, hierba filamentosa, le 
atan fuertemente las muñecas de manera que los dos pulgares se toquen, 
y le atan también las piernas por encima de las rodillas. El cadáver, pre- 
parado de esta suerte, es envuelto en pieles de kanguros y colocado con 
infinitas precauciones en el centro de la tumba, con la cabeza vuelta hacia 
Oriente; luego se le doblan los miembros inferiores hacia atrás, de mane- 
ra que los talones toquen á la parte baja de la espalda, y en esta posición, 
el muerto espera, según la bella expresión de los indígenas. 

En resumen, la conmovedora veneración que en todos los tiempos han 
tenido los hombres por las tumbas, y el culto constante que consagran á 
los despojos mortales ó á las cenizas de sus antepasados, son una prue- 
ba directa y en cierto modo científica de la creencia general en la existencia 
del alma. 

En efecto, los hombres protohistóricos (lo mismo que los salvajes del 
continente negro), prácticos ante todo y egoístas por necesidad, no se ha- 



( I ) La Nouvelle Murcie. 



1 8o HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

brían interesado poco ni mucho por sus muertos si no hubiesen tenido en 
el corazón esa noción formal de la supervivencia del espíritu que triunfa 
de la nada por medio de la inmortalidad. 

«¿Acaso conocen los animales lo que es un ataúd, ni se preocupan de 
sus cenizas? ¿Qué le importan los restos mortales de sus padres, ó mejor 
dicho, saben quiénes son sus padres una vez cesadas las necesidades de su 
infancia? ¿De dónde nos viene, pues, la potente idea que tenemos de la 
muerte? ¿Merecerían acaso nuestros homenajes unos cuantos granos de pol- 
vo?.. Seguramente que no. Si respetamos las cenizas de nuestros mayores, 
es porque una voz nos dice que no todo se ha extinguido en ellos; y esta 
voz es la que consagra el culto fúnebre en todas las naciones de la tierra, 
porque todas están igualmente persuadidas de que el sueño no es eterno, 
ni siquiera en la tumba, y de que la muerte no es más que una gloriosa 
transfiguración (i).» 

Y sobre todo, ¿no es de una intensidad poderosa y de una evidencia 
patente esa creencia espiritualista de los pueblos que constantemente, sin 
vacilación y sin equívoco, consideran á los difuntos dotados de mayor poder 
que los hombres llenos de vida y les atribuyen en la existencia ultraterre- 
na una virtud prestigiosa, gracias á una asociación, á un comercio con una 
tuerza divina? 

He aquí un credo universal que entona el hombre desde el origen de las 
edades; he aquí una afirmación solemne y permanente que invoca en su 
favor, bien podemos decirlo, la unanimidad incontestable de los testimo- 
nios humanos que repiten á una y con voz vibrante, en todos los idiomas 
y en todas las tierras, esta frase que ennoblece y que consuela: «¡Creo en 
el alma!» 



(i) Génie du Chnst. 



APÉNDICE 

EL CULTO DE LOS ANTEPASADOS Y LA TEORÍA DEL HOMBRE-MONO 

Estudio critico sobre el transformismo 

Para ciertos sabios que afirman que descendemos de un antepasado de 
orden inferior, antropopiteco ó pitecántropo (i), en otros términos, que 
el liombre, según una frase famosa, «no es más que un cabo de porvenir 
en el ejército de los monos,» el culto de los antepasados no tiene evi- 
dentemente justificación alguna. Si el ser humano, tal como le vemos, no 
íuese otra cosa que el último tipo de un animal evolucionado y no una 
criatura de naturaleza y origen superiores, es evidente que la humanidad 
sería ridicula dedicando una piedad respetuosa al recuerdo de sus mayores 
é imponiéndose ritos sagrados en memoria de los mismos. 

Como se ve, el problema del ascendiente del /w;;//'/'^ tiene capital impor- 
tancia desde el punto de vista del presente estudio; por esto queremos con- 
sagrarle algunas páginas que son el fruto de un trabajo profundo y de con- 
cienzudas investigaciones practicadas en las obras de los autores más espe- 
cialistas de Francia y del extranjero. 

En primer lugar, fíjense bien en esto nuestros lectores, ese famoso pre- 
cursor del hombre, el homosiniiano (ú hombre mono), lo mismo que el an- 
tropopiteco, es más que una verdadera entidad, un vocablo latino ó una 
palabra compuesta griega: estas dos revesadas denominaciones designan, 
y en esto conviene insistir mucho, no un ser indiscutible por alguien des- 
cubierto, sino más bien una hipótesis fundada en las afirmaciones menos 
justificadas, en los fragmentos más discutibles, y según la feliz expresión 
de un antropólogo contemporáneo, «se ha impuesto un nombre á un niño 
cuyo nacimiento dista mucho de ser cierto y que tal vez no nacerá 
nunca (2).» 

«¡Conforme!, responden algunos sabios. Es verdad que no tenemos la 
prueba positiva de que ha existido una raza homosimiana; pero se encon- 

(t) Antliropos, homhi-e; pitliekos, mono.— Ssgún Darwin, los primeros ascendientes 
del hombre debían ser velludos y tener las orejas puntiagudas y movibles; los dos sexos 
debían tener barba y el macho debía estar armado de grandes dientes caninos que le sir- 
vieran de armas {Descend. de Vli.). 

(2) M. de Mortillet. 



1 82 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

trará seguramente, porque un bípedo andador ha debido reemplazar á los 
monos.» 

¡Extraña ambición! Singular vanidad esta que, anticipándose á las ex- 
cavaciones, descontando imprudentes resultados que confunden, aspira á 
envilecer al hombre y manifiesta la mayor precipitación para persuadir al 
mundo desconcertado de que desciende de una progenie puramente animal. 

En cambio, los pueblos antiguos, con objeto de realzar su prestigio, se 
ingeniaban para mostrar que descendían de una raza divina. 

Los adversarios no cejan, sin embargo, y dicen: «De todos modos, 
cuando los descubrimientos no proporcionan pruebas de la existencia de 
prácticas funerarias, estamos plenamente autorizados para decir que el 
hombre de aquella época carecía por completo de religiosidad.» 

Nada más injustificado que este razonamiento. Los mincopios, por 
ejemplo, tienen, según ha hecho observar QuatreLages, fe absoluta en la 
inmortalidad y hasta en la resurrección, no obstante lo cual no entierran 
á sus muertos y se limitan á distribuirse entre sí los huesos rotos cuando 
en ellos no queda rastro de carne; de suerte que dentro de millares de 
años un antropólogo poco experto podría erróneamente deducir de la au- 
sencia absoluta de toda sepultura regular entre los mincopios y los hoten- 
totes, la carencia de creencias espiritualistas en estos pueblos. 

Pero aún hay más. 

En efecto, el contemporáneo del reno, el hombre cuaternario, tan há- 
bil en el arte de cortar la sílice, practicaba ritos funerarios, según lo de- 
muestran las excavaciones de Furfooz, Spy, Soiutré, Mentón, Cro-Ma- 
gnon, etc. (i). 

Otra escuela positivista, aun admitiendo que el hombre es un ser es- 
pecial, supone que el esplritualismo no es sino un fetichismo trans- 
formado. 

A los que admiten en hipótesis un culto fetichista en las primeras eda- 
dades, un especialista les contesta «que esto es tomar como punto depar- 
tida aquello que sería preciso demostrar,» y que el fetichismo, que es 
simplemente una superstición, es muy diferente de la religión (2); igua- 
les conclusiones presentan Wilson, el sabio hierógr;ifo, Gladstone y otros 
muchos. En una palabra, según frase de Max Müller, que citaremos á 
pesar de los cambios de su autor, «el fetichismo es un parásito que se ha 
desarrollado sobre la religión; pero jamás ha sido el primer producto del 
corazón humano.» 



(i) M. Arcelin, secretario perpetuo de la Academia de Macón (Coiíg. scient., 1894, pá- 
ginas 38 y 60). 

(2) Orig. et devel. de la i-eligión, por Max Müller: «A medida que he ido avanzando en 
mis estudios, me ha sorprendido más y más un hecho, cual es el de que en vano se buscan 
huellas de fetichismo en los más antiguos documentos religiosos que hasta nosotros han 
llegado, al paso que los vemos mitltiplicsirse en las épocas posteriores.)) Véase tambie'n 
R. P. Van den Gheyn (Science des Relig.). 



LIBRO CUARTO 1 83 

Por regla general se cree, en efecto, que al estado inferior de la civi- 
lización había de corresponder evidentemente la infancia de las creencias; 
pues bien, tal creencia no es exacta, ya que algunos pueblos, según queda 
demostrado, tienen ideas religiosas de un orden elevado, aun siendo com- 
pletamente extraños á toda cultura intelectual (i). 

Y viceversa, los griegos se distinguían por una literatura y unas artes 
refinadas, y sin embargo, sabido es que la religión de los judíos era muy 
superior á la suya. 

Asimismo la relación que se supone existente entre el desarrollo indus- 
trial y las ideas de un pueblo, no es tampoco proporcional en manera al- 
guna... Escojamos, por ejemplo, á los salvajes iíueguinos, á quienes se ha 
clasificado casi al nivel de las bestias, á pesar de lo cual su lenguaje, lejos 
de parecerse al grito de los animales, cuenta con un vocabulario de unas 
20.000 palabras: «Ahora bien, dice Max Müller, los notables restos de los 
dialectos de los fueguinos y de los hotentotes nos revelan construcciones 
intelectuales que hoy sería imposible superar. 

En este mismo sentido ha podido escribir Renán: «El lenguaje, desde 
su aparición, fué tan completo como la Razón por él representada.» 

Las colecciones de cráneos humanos recogidos por la paleontología 
¿nos presentan acaso tipos muy inferiores? Los especialistas cuyo testimo- 
nio constituye autoridad, han estimado en 1.200 centímetros cúbicos la 
capacidad craneana de las más antiguas cabezas humanas descubiertas; es 
decir, que el cerebro estaba tan desarrollado en el hombre fósil como en 
muchos individuos pertenecientes á diversas razas modernas, hasta más 
de lo que lo está en algunos parisienses, según las investigaciones del doc- 
tor Topinard. 

Se ha señalado con razón la presencia del sentimiento artístico en el 
hombre prehistórico, sentimiento del cual no hallamos huellas en los mo- 
nos; únicamente el hombre ha tenido la idea de reproducir en la piedra, 
en la madera ó en el marfil los espectáculos que impresionan su imagina- 
ción. Como ejemplos de ello citaremos los dibujos de la gruta de Auren- 
sán, los grabados del magnífico bastón de mando encontrado en Mond- 
gaudier, etc., que son manifestaciones estéticas de orden superior, es de- 
cir, un trabajo sin ningún provecho ni ventaja material que compense el 
esfuerzo empleado, el arte por el arte, el amor instintivo á lo bello. 

Añadamos una observación de sentido común: si el hombre es la últi- 
ma forma del supuesto antropoide, ¿cómo no existen en el mundo ejem- 
plares vivientes del tipo de transición?, ¿y cómo se encuentran todavía 
monos en los países en donde nacen y se reproducen hombres perfecta- 
mente distintos de la especie simiana? 

(i) La falsedad de la tesis de un estado salvaje primitivo ha sido demostrada por Max 
Müller apoyándose en el origen del lenguaje; y Mvchow, á su vez, ha puesto dé manifiesto 
que el salvaje es un degenerado. 



184 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Por Otra parte, para tener el derecho de afirmar que existen en estado 
fósil seres intermediarios que enlazan los dos anillos extremos de la cade- 
na, sería preciso mostrar algo más que los fragmentos de tal ó cual ejem- 
plar que quizás en su tiempo no fué otra cosa que un ser excepcional, 
esto aun suponiendo esos huesos al abrigo de toda discusión en punto á su 
autenticidad estratigráfica. 

No, mientras no se demuestre que el supuesto precursor del hombre 
ha existido en estado de ra^a, los vestigios aislados que son materia de diser- 
tación no autorizarán para formular en buena lógica una conclusión et- 
nográfica. No cabe admitir aquí las modificaciones por influencia de me- 
dio ambiente, puesto que se trata de seres que viven uno al lado del otro 
en la misma región; es, por ende, evidente que, estando todos puestos en 
idénticas condiciones, hubieran debido experimentar las mismas transfor- 
maciones puesto que coexisten en las mismas :(onas. 

Y sin embargo, ¡qué infranqueable distancia 110 media entre el rnono 
más escogido, más inteHgente y el negro más vulgar! 

Si el hombre no es más que un mono perfeccionado, ¿por qué de cuan- 
do en cuando no vemos que los descendientes de hombres inferiores, con- 
forme á la ley común, vuelvan al tipo primitivo, al mono originario? 

Efectivamente, en el caso de que la teoría que combatimos fuese fun- 
dada, deberíamos ver á mujeres degeneradas dar á luz monos y á jóvenes 
bachilleres tener por padre una chimpancé de lo más distinguido en su 
clase. 

Ciertamente sería muy temerario quien formulara en nuestros días una 
teoría categórica sobre el estadio prehistórico de la humanidad (i); por lo 
menos, lo que puede decirse es que los documentos más antiguos perte- 
necientes á la historia revelan ya una civilización sorprendente, casi inve- 
rosímil. 

Fijémonos, si se quiere, en los descubrimientos realizados en Caldea 
hace algunos años (2) por M. de Sarzec, vicecónsul de Francia; los obje- 
tos allí encontrados datan, según se dice, de 4.400 años antes de la era 
cristiana. ¿Y qué nos enseñan esos vestigios de la más remota antigüedad? 
¿Nos presentan, á 6.300 años de distancia de nosotros, seres groseros, in- 
cultos, sin creencias, sin ideales? 



De ningún modo. 



«Ya en aquella fecha lejana en que pueden oirse las primeras invoca- 
ciones religiosas á orillas del Eufrates, el hombre es maravilloso, lleno de 
ensueños infinitos, sabe nianifestar sus pensamientos por medio de la es- 



(i) Por lo que toca á la edad del mundo, los geólogos tienen toda la latitud que quie- 
ran, puesto que la palabra dííz empleada en el Génesis designa períodos indeterminados 
en punto ó duración. No habiendo sido el sol creado hasta el c/í£i)-ío día, es evidente que 
esta palabra no puede designar un periodo de 24 horas. 

(2) E.xcavaciones de Tello, 1876-1880; Colección Sarzec. 



LIBRO CUARTO 



185 



critura y exteriorizar su fe en formas esculturales de la divinidad, canta, 
edifica y trata de reproducir á su manera la belleza, como hace el hombre 

moderno (i).» 

Añadamos que lo que coloca al hombre en una categoría aparte es su per- 
fectibilidad, es decir, la facultad de hacer las cosas mejor que sus antccc- 




Cráneo de un hombre de la época de la piedra pulimentada, encontrado por Topinard 
en la gruta de Gro-Magnón (visto de trente y de perlil) 

sores, facultad innegabley que por sí sola constituye la reiutación más de- 
cisiva. 

Sí, el hombre es de todos los seres el único que progresa y que perfecciona 
sus obras. 

El animal permanece estacionario y nunca se aprovecha de la expe- 
riencia de los demás. 

Ponedle junto á uno de esos habitáculos construidos por sus congéne- 
res y casi terminados: ¿sabrá utilizarlo en provecho propio? No, sino que 
en vez de apropiarse el trabajo preparado, comenzará estúpidamente al 
lado de éste otro igual. ;Y por qué? Porque no es inteligente en el verda- 
dero sentido de la palabra, porque es reh'actario á todo progreso, porque, 
en suma, no delibera, sino que sigue un instinto ciego é irreflexivo. 

Es bestia y obra bestialmente; y esto está en el orden natural de las cosas. 

En cambio, tómese un niño perteneciente á una raza humana notoria- 
mente inferior (experimento que se ha hecho mil veces), póngasele en una 
escuela de nuestras colonias y se tendrá la prueba cierta de que su organi- 
zación intelectual es fundamentalmente idéntica á la nuestra. «Las razas 
más atrasadas no tardarían en igualársenos si las ayudase una civilización 
benéfica y cristiana; porque en este casóla humanidad parece volver en sí 
y recobrar una ley perdida (2).» 

(i) M. Ledrain. 

{■¿) Arist. iJupont, Populat yrim. 



1 86 HISTORIA DE La¿ CREENCIAS 

Además de la religiosidad, de la inoralidad y de la perfectibilidad, hón- 
rase el hombre con otro atributo especihco: goza del lenguaje articulado. 

Así como los seres inferiores o-nYflí;z, él es el único que Ijahla, y su pa- 
labra tiene el privilegio de traducir, por medio de sonidos inteligibles, los 
pensamientos abstractos que concibe fuera del m.undo que sus sentidos le 
revelan. 

Un profesor de la Universidad de París, prescindiendo de toda idea 
preconcebida, se propuso hace algunos años enseñar á su perro (un perro 
de aguas de los mejores), no á leer, sino simplemente d articular las vo- 
cales; mas, á pesar del azúcar y del palo, hubo de renunciar á su proyecto, 
después de seis meses de infructuosas tentativas, «pues el alumno no ha- 
bía aprovechado ni poco ni mucho las persistentes lecciones de su maestro.» 

Es inmensa, en efecto, la diferencia que existe entre «el grito emocio- 
nal del animal» y la expresión articulada del verbo humano, único capaz 
de generalizar y de abstraer. 

El lenguaje surgió: ¡transformó el mundo! 
Y la distancia afirmó del bruto al hombre (i). 

Algunos han pretendido sostener que en una época había vivido el 
hombre sin palabra. Por el simple descubrimiento de la mandíbula de la 
Naulette (2) y á falta de suficiente examen, había Haeckel imaginado un 
tipo primitivo de hombre mudo (homo alaius); esta hipótesis tenía, siquie- 
ra para su autor, la ventaja de aproximarnos á los monos, pero no tardó 
en caer, y con justicia, en el más merecido descrédito. 

¿Deberemos recordar, á este propósito, la historia de un profesor de Cin- 
cinnati, M. Garner, que después de haber escrito en 1891 un trabajo tra- 
tando de demostrar que los monos tienen formas vocales, un idioma es- 
pecial que les permite hablar entre sí, anunció pomposamente la publica- 
ción de un Diccionario del lenguaje de los monos? 

Conocer una conversación de monos sería la revelación más chocante; y 
si el hecho era constante, el abismo inmenso que desde este punto de vista 
separa al mundo animal de la humanidad, disminuida considerablemente. 

¿Cuál podía ser la extensión de la jerga del animal simiano? ¿A qué 
género de ideas pertenecían las despertadas por sus gritos agudos ó por sus 
aullidos espantosos? 

Aquel naturalista concedía graciosamente que las generalizaciones y las 
nociones metafísicas y morales escapaban á los inteligentes cuadrumanos; 
pero juzgaba á los monos «capaces de conversar sobre el tiempo que hace, 

(i) Delille. 

(2) En la mandíbula de la Naulette (Bélgica) no se había encontrado, en el primer mo- 
mento, apófisis alguna, de donde se deducía que el hombre primitivo no tenia el uso de la 
palabra; pero el Dr. 'i'opinard, después de lavado el hueso, ha comprobado en él la existen- 
cia de apófisis. 



LIBRO CUARTO 187 

sobre los incidentes que á su alrededor ocurren, sobre las locuras ó las 
tretas de sus compañeros, etc.» 

El profesor, después de haber anunciado con gran aparato que partía 
para ir á vivir durante algún tiempo en los bosques habitados por los pite- 
eos y dedicarse á un minucioso estudio de su vocabulario, permaneciendo 
entre ellos encerrado en una jaula protectora, no tardó en abandonar su 
empresa. 

Por lo que toca á la comprobación de la existencia de ciertos gritos que 
entre los monos corresponden á tales ó cuales emociones actuales, no tie- 
ne el valor de un descubrimiento: los cacareos que en el gallinero se oyen 
ó los ladridos de los perros en la perrera tienen también su significado;. 
pero de esto á un verdadero lenguaje, capaz de expresar abstracciones,, 
media un abismo. 

Y la palabra articulada continúa y continuará marcando la insondable 
sima que separa al ser humano de las especies animales corporalmente más- 
afines á él. 

Consideraciones generales sobre la evolución y el iransjcniíisnio 

Ciertos transformistas no sólo pretenden descubrir en los ascendientes 
de la humanidad un tipo conjuntivo, un animal previo, sino que además, 
avanzando en este camino, tratan de reemplazar á Dios con la Evolución, 
jactándose de explicar las criaturas sin una creación, y las armonías del 
universo sin un Ordenador, por más que el mismo Darwin advirtiera que 
no era esta en modo alguno la consecuencia obligada de su sistema, re- 
producción del de Lamarck. 

En efecto, en el capítulo II de su obra E! origen de las especies, recono- 
ce Darwin «que la pregunta relativa á ia existencia de un Dios, creador 
y ordenador del universo, ba sido conlesíada ajir ¡nativamente por las más altas 
inteligencias que en el mando han vivido;» y en el capítulo último vuelve á 
hablar textualmente «de las leyes impuestas á la naturaleza por el Creador 
y de las diversas energías otorgadas por el Creador á un reducido número 
de formas.» Es, por consiguiente, falso que la evolución lleve necesaria- 
mente al ateísmo. 

La teoría del naturalista inglés que admitía la transformación de espe- 
cies actuales en otras especies, ha sido abandonada casi por todos los sa- 
bios, por más que haya gozado de gran importancia hasta 1882, fecha de 
la muerte de Darwin. Al presente la hipótesis que 'prevalece es la de la 
evolución partiendo de ascendientes comunes. 

Lejos de nosotros la pretensión de exponer aquí la razón última del 
grave problema del transformismo; pero en las siguientes, á las que hemos 
consagrado un gran esfuerzo de síntesis y un cuidado excepcional á causa 
de su importancia extraordinaria, creemos, por lo menos, suministrar al 



l8S HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

lector explicaciones satisfactorias en las cuales teólogos, filósofos y sabios 
podrán encontrar lo que llamamos solución provisional susceptible deponer 
de acuerdo las creencias religiosas con los últimos datos que suministra la 
ciencia. 

Sentemos ante todo el principio de que es preciso abstenerse cuidado- 
samente de dar como fórmula definitiva lo que sólo se encuentra en esta- 
do de estudio. Admitamos, sin embargo, puramente en hipótesis, que el 
hombre pueda llegar á la verdad integral sin que Dios se haya reservado 
ningún misterio, y que el iradidit niundiini dispntationi no se aplique d es- 
te orden de ideas; es más, concedamos hasta que día vendrá en que sere- 
mos capaces de saber acerca de la creación tanto como el Creador, y que 
no encerrarán para nosotros ningún secreto ni siquiera las edades caóticas. 
Y hechas estas concesiones (siempre para las necesidades de la discusión), 
planteemos lealmente el problema afrontando las objeciones que la evo- 
lución puede suscitar. 

I. Observaremos: 

I." Que en lo concerniente al conflicto especial entre los fixistas (i) 
y los evolucionistas^, la Iglesia no enseña nada absolutamente doctrinal, 
como fórmula. Lo que exige la ortodoxia es que no se quiera, reemplaiar la. 
intervención divina y ¡a acción del Todopoderoso con fenómenos de or- 
den puramente natural: este es el punto esencial. En cuanto á lo demás, 
seria una torpeza hablar de contradicción entre la ciencia y la ortodoxia y 
oponer á Moisés tal ó cual sabio: en este más que en ningún otro punto 
cabe recordar el principio in duhiis libertas, tanto más cuanto que entre 
los sabios favorables al transformismo resfrino^ido pueden citarse católicos 
convencidos y hasta miembros del clero (2), 

2.° Además, el Génesis no es un curso de historia natural, y resulta casi 
inocente exigirle que esté en armonía con los programas de nuestros cursos 
de geología y de antropología, ciencias que datan de algunos años tan só- 
lo, y cuyo vocabulario, apenas fijado y francamente griego, únicamente 
es inteligible para los iniciados. 

¡Extraña contradicción! Cuando los positivistas estudian los antiguos 
escritos de Egipto, de Caldea, de China ó de la India, los admiran ó los 
encarecen de un modo desmesurado; en cambio, cuando se trata de la Bi- 
blia, le exigen una precisión técnica comparable á la que encontramos en 
las publicaciones académicas. 

3.° Tal vez también en la interpretación de los textos bíblicos (de 
los que se han hecho varias traducciones sucesivas, detalle digno de tener- 

(i) Se Ua.maJ¡xistas á los que creen en la permanencia de las especies. 

(2) Saint-Georges-Mivart, en Inglaterra; d'Halloy, en Bélgica, y en Francia Gaudry, de 
Maisonneuve, el R. P. Delsaut, el P. Arduin, el Padre americano Zahm, el P. Guillemet, 
etcétera. La herejía cierta consistiría en englobar el í7/míi en el sistema. 



LIBKO CUARTO 



189 



se en cuenta) conviene no ceñirse tan estrictamente, como liasta aliora se 
ha venido haciendo, al texto literal, puesto que las Sagradas Escrituras se 
preocupan más de ser entendidas por el pueblo que de satisfacer á lasexi- 
aencias de los sistemas científicos... ¿Acaso la Biblia, con objeto de ser in- 
teligible, no habla, por ejemplo, de que el sol sale y st pone, expresiones 
inexactas, es cierto, pero que todavía se emplean en la Oficina de las Lon- 
gitudes, lo propio que en el Observatorio, cuando se usa el lenguaje co- 






'i^^ 



Diferencias entre el esqueleto del hombre y los del gorüa y del chimpancé 

rriente para ser mejor comprendido por la generalidad? De la misma ma- 
nera que la palabra que traducimos por la expresión restringida de especies 
animales significa asimismo, en el primitivo texto, clase, variedad, catego- 
ría y aun más bien forma (i). 

4.° Queriendo llevar la argumentación hasta el fin, diremos á los 
partidarios sistemáticos de la evolución general: aun siendo cierto que las 
especies pudieran modificarse por la voluntad persistente de los individuos 
que se esforzaran, bien en desembarazarse de formas molestas, bien, por 
el contrario, en enriquecerse con aptitudes complementarias, la teoría 
transformista daría lugar á importantes objeciones (2). 

(i) Ya hemos dicho que tampoco hemos de interpretar de un modoestricto la palabra 
íiííis de la creación, sino que, por el contrario, debemos considerarlos como periodos. No 
olvidemos que <da letra mata y el espíritu vivifica. « 

(■¿) Los partidarios de la lijeza de las especies hacen observar también que actualmen- 
te hay regresiones, y en muy poco tiempo, al tipo primitivo: así, por ejemplo, los hijos de 
una loba y de un perro vuelven á ser francamente perros ó lobos por virtud de una rever- 
sión fatal'á uno ó á otro de los ascendientes de quienes han salido, en lo cual, dicen, se con- 
tiene una ley innegable que establece la irreductibilidtid de las especies. 



190 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

En efecto, suponiendo que voluntad, selección y medio ambiente bas- 
ten para conquistar cualidades y perfeccionamientos oportunos, ¿por qué 
los habitantes del Norte, que tanta necesidad tienen de defenderse contra 
los ataques del frío, no están cubiertos de una espesa piel (i)? ¿Por qué 
el hombre, siempre y en todas partes tan interesado en salvar el espacio, 
no ha logrado tener, siquiera en estado rudimentario, el sistema tan prác- 
tico de locomoción de los pájaros? Finalmente, si el hombre fuese la últi- 
ma forma de los seres y en cierto modo el compendio de los tipos ante- 
riores, habría de ofrecer en si mismo el resumen compleío, la síntesis feliz 
de todas las facultades útiles y deseables, conquistndas durante los estados 
intermedios por los cuales habría pasado, facultades y ventajas provecho- 
sas que evidentemente habría querido conservar y transmitir. Pues bien, 
el ser humano corre menos que el ciervo, no ve tanto como el lince, tie- 
ne el olfato menos desarrollado que el perro y posee una fuerza muscular 
y una resistencia muy inferiores á las que distinguen á muchos animales. 
No, su verdadera superioridad procede de otra causa, del alma racional, 
que es privilegio exclusivo suj^o. 

5.° Por último, aun dando por sentado que todos los seres inferiores 
han procedido unos de otros, «por la evolución de un protoplasma ó blas- 
tema primordial,» esto no sería óbice para que el hombre fuese una espe- 
cie aparte, dotado, como hemos visto, de religiosidad, libre arbitrio, mora- 
lidad, lenguaje y perfectibilidad, atributos gloriosos 3' típicos de nuestra 
naturaleza superior. Sí; aunque estuviera probado, que no lo está, que el 
hombre ha salido de un barro, evolucionado, es decir, de una materia ya 
organizada, tendríamos el derecho de decir que Dios ha diferenciado entre 
todas una criatura privilegiada, derramando sobre ella (.'■un soplo de vida,r> 
es decir, un alma inmortal agregada á la vida animal. De modo que hasta 
dentro de la hipótesis extremada y atrevida de un barro seleccionado que 
sirviera para formar al hombre, como algunos autores han supuesto, la 
narración de Moisés acentuaría aún, á pesar de todo, la espiritualidad del 
ser humano así como la acción divina ejercida sobre él. 

6.° Por otra parte, para el esplritualismo, después de todo, es de un 
interés secundario que Dios creara varias categorías de seres de ítn solo gol- 
pe ó, por el contrario, por el camino más lento de la evolución, bajo la 
influencia de causas segundas, que también son obra suya; porque en una y 
en otra hipótesis es necesaria, quieras que no, una causa primera. Así, cuan- 
do los transformistas sistemáticos, con la esperanza de eliminar al Crea- 
dor, imaginan gratuitamente una materia increada y por consiguiente 
eterna, recurren, mal que les pese, á un expediente inútil, porque en tal 



(i) Este problema puede ser legíti mámente planteado á los transformistas desde el 
momento en que Darwin ha admitido de una manera positiva que la primera humanidad 
pudo, por un sentimiento persistente de coquetería, despojarse de la piel que, según él, la 
adornaba como á los monos. 



LIBRO CUARTO 



191 



caso se encuentra, á pesar de todo, en presencia de una eternidad muclio menos 
comprensible que la de Dios. Efectivamente, dentro de la hipótesis de una 
materia eterna, el orden en el mundo y la inteligencia en los seres serían 
el producto inexplicable de una masa tan ciega como inconsciente: lo 




Sirena del Japón (de fotogralía) 

menos produciría lo más. Lejos, pues, de resolver la dificultad, no hacen 
más que agravarla. 

Y luego, cuando nos remontamos al origen de los hechos alegados en 
muchos trabajos sobre «lo prehistórico )i ó sobre la evolución, nos queda- 




Radiogratía de la Sirena del Japón, en que se descubre la armadura de alambre 

mos estupefactos al ver cuántos ruidosos descubrimientos no han tenido á 
menudo otra base que un detalle minúsculo é incierto ó una particulari- 
dad aislada y de las más discutibles. 

Podríamos citar mixtificaciones inverosímiles de que han sido cruel- 
mente víctimas hombres tan respetables como sinceros (i). Es precisa, 

(i) Citemos un solo ejemplo entre cien que podríamos referir. En ciertos museos de 
provincias puede verse un animal extraordinario llamado Sirena del Japón, que ha sido 



192 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

pues, una extremada desconfianza antes de generalizar los hechos y sobre 
todo antes de imponer conclusiones. 

II. Dejando ahora el terreno de la discusión, supongamos que el 
transformismo es una ley comprobada, cierta, positiva; 3^ pregúntemenos 
si aun en este caso existiría necesariamente un conflicto entre el Génesis y 
la ciencia. Antes de contestar á la objeción, pongamos un ejemplo de pal- 
pable interés. 

El sarcástico Voltaire ha sido uno de los que se han burlado de la crea- 
ción, que, en su concepto, era el colmo de la ignorancia y del absurdo... 
¡Cómo! «El Génesis pone la aparición de la luz en el primer día, cuando 
hasta el cuarto no apareció el sol. ¿Hay nada más ridículo? ¿De modo que, 
tuera del sol, podría existir la luz?» 

¡Sí, perfectamente!, responden los hombres de ciencia: la luz es inde- 
pendiente del astro central, y aun antes de las demostraciones decisivas del 
P. Secchi, se sabía que la luz de las estrellas, la de las auroras boreales y 
la de las erupciones volcánicas nádale deben al cuerpo solar. Además nada 
nos impediría admitir la existencia de una luz difusa proporcionada por la 
íosforescencia de regiones superiores y suficiente para el desarrollo vegetal; 
así parece probarlo la semejanza de las plantas del período carbonífero en 
todas las latitudes. Pero, de todos modos, la presencia del sol como gene- 
rador necesario de la luz es una idea anticientífica. 

De manera que el Génesis, cuando parecía decir una simpleza que tan- 
to hacía reír á Voltaire y á sus amigos, decía una verdad científica y se 
adelantaba á los filósofos que le atribuían una necedad, en su concepto 
evidente (i)... Esto debe servir de lección á los que atacan la narración 
bíblica, sea para contradecirla ligeramente, sea para criticar su supuesta 
insuficiencia. 

Pues bien: ¿es una idea inadmisible suponer que el porvenir reserva 
quÍTjis igual triunío al texto sagrado en lo concerniente al transformismo? 

De ningún modo, puesto que hay dos argumentos de texto sobre los 
cuales se puede llamar la atención de los especialistas para que vean si por 
casualidad encontrarían en ellos la solución del problema perseguido y la 
refutación perentoria de las dificultades promovidas por los impacientes 
discípulos de Darwin. 



presentado en conferencias sensacionales como uno de los tipos conjuntivos del hombre y 
de la bestia. Pues bien: el tal animal es una farsa y se compone de elementos de varios ani 
males montados sobre un cuerpo de un gran pez disecado, habiendo podido comprobarse, 
gracias á los rayos X (véase La Nature de cS de julio de 1897), que el esqueleto de aquel 
animal falsificado consistía en una armadura de alambre... Cierto que fraudes tan impru- 
dentes como este son raros, pero á lo menos dan idea de la poca confianza que debe otor- 
i;arse á los ejemplares excepcionales, adquiridos de segunda ó de tercera mano; no preten- 
demos dar otro alcance á nuestra crítica, que sería injusto generalizar. 

(i) Cuando la ciencia de la época señalaba, en apoyo de la tradición del diluvio, la pre- 
sencia de conchas marinah en las montañas, Voltaire contestaba con gran aplomo á los geó- 
logos: «Son sencillamente conchas de peregrinos.» Y los incrédulos íe aplaudían. 



LIBRO CUARTO I93 

A propósito de la doctrina transformista, dos particularidades extraor- 
dinarias del relato del Génesis han impresionado á ciertos sabios. 

En primer lugar, cuando se trata solamente de vegetales ó de anima- 
les, el texto se limita á decir que Dios ordenó á los elementos que los produ- 
jeran: «Produzcan las aguas reptil de ánima viviente y ave que vuele (i).» 

Como se ve^ Moisés asocia hasta á las aves y á los reptiles como sali- 
dos del mismo medio: diriase que presentía la estrecha analogía que nues- 
tros modernos zoólogos y paleontólogos encuentran entre estos dos géne- 
ros de seres (2). Asimismo, según el Génesis, la tierra y las aguas son las 
encargadas de producir (proditcat ierra..., producant aqtia); en otros térmi- 
nos: la Causa primera habría encomendado á las causas segundas la misión 
de producir y reproducir los seres de una categoría inferior, partiendo de 
tipos originarios que habrían luego evolucionado en virtud de la energía 
y del germen secreto de que Dios les dotara de una sola vez. Así lo admi- 
ten, por otra parte, San Agustín (3), Santo Tomásy Suárez, que aceptan 
la idea de «formas derivadas.» 

Pero cuando se trata, no ya de modificaciones, sino de creaciones 
propiamente dichas, entonces aparece la intervención directa y personal 
del divino Obrero. 

Lo que presta gran importancia á estas observaciones es que_, al decir 
de muchos hebraizantes, las mismas palabras de que se sirve la Biblia va- 
rían según los casos, empleando unas veces el verbo barah, crear, y otras 
el hasah, hacer. Pues bien: según se ha hecho observar, el vocablo crear 
sólo se emplea tres veces: 

En el primer versículo para la creación de la materia; 

En el 21 cuando se trata de la aparición de los animales; 

En el 27 á propósito del hombre. 

Es decir, cada vez que se trata de sacar de la nada un elemento ó un 
ser verdaderamente distinto. 

Y siendo esto asi, ¿en qué se opondría el texto mosaico á todas las plas- 
ticidades (4) reclamadas por los transformistas? ;Dónde estaría el antago- 
nismo denunciado como irreductible, fatal, entre la Fe y las hipótesis de 
la Ciencia?.. 

He aquí, pues, por lo menos una «solución provisional digna de la 
atención de todos los hombres sinceros.» 

De todos modos, dado el estado actual de los conocimientos, esta so- 

(i) La circunstancia de estar las palabras en singular dejan en libertad de admitir la 
existencia de un prototipo originario de donde habrían salido otras formas de animales 
por vía de evolución. 

(2) ;Quién no creería que el autor sagrado ccmocía las nuevas especies intermedias en- 
tre estas dos clases de vertebrados^ Algunos fósiles, como el Compsognatiis y el Archceopte- 
ria, atestiguan, al parecer, una comunidad de origen entre las aves y los reptiles. 

(3) Per omnia elementa insunt quoedam occultce seminarice rationes. 

(4) V.\áva7í?.t plasticidad á la aptitud de los seres para modificarse bajo la intluencia de 
las circunstancias ó de las necesidades. 

Tomo II i 3 



194 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

lución puede calmar las legítimas preocupaciones de los creyentes más es- 
crupulosos sin contradecir los desiderata de la ciencia más exigente y aun 
de la más atrevida. 

Si; si los sabios,, por una parte, en vez de sentar conclusiones prema- 
turas, en vez de querer resolver como metafísicos problemas de orden físi- 
co, se mantienen dentro del vasto campo de los hechos y de las leyes que 
son de su atribución legítima; y, por otra, los filósofos no exigen de ellos 
soluciones ajenas á su positiva competencia, entonces no serán de temer 
decepciones, confusiones ni conflictos de doctrinas. En una palabra, se- 
gún dice el proverbio árabe: «No pretendamos encontrar granos de trigo 
en un filón de oro, por rico que éste sea;» pues haciéndolo así, ni la cien- 
cia se equivocará ni el espíritu se verá en la alternativa de abdicar de sus 
creencias ó de considerarse esclavizado. 



AIOA^.TOScDPEAPPIOSEAPAM/v\ATE.. 
AIOKI-E^CEPXE 

.AOXSENTEIBOYl-EIKAITOIAEMO.AKA.ANT EYE. .O. 

NETOSEAPAMMATEYEEYOIAIKO TATE. .E. . .ANESE.PE.O. 

APAKONTOSNOMONTOMnEPrTO"! . .OAN.APA.5A.T N. . .AOE 

STONNOMONHAPAIABONTESPAPA lOI .ATEO 

STEÍBOYUEíESTEl-EIPIOINEÍKA. .A.A.r.T. . . , . . . . . .E.STO 

ASTESBASI UEIASOIAEPOPETAI A.OM MO 

NOlfiEEtl-ENO T"A MIAIAONTONTOA ... - - 

PPOTOSAXSON 

KAlEAM.EK.PO^C..£.T ,.. I 

Fragmento de un decreto ateniense, que contiene la ley de Dracón sobre el asesinato 



LIBRO QUINTO 



^ 



APITULO PRIMERO 



OJEADA HISTÓRICA SOBRE EL HOMICIDIO Y EL ASESINATO 

La venganza de las primeras edades. — Modalidades de la ley del taiión.— El homicidio en 
Grecia: la ley de Rhadamante. — Maleñcios mortales de los romanos. — til precio de la 
sangre entre los birbaros: curiosas composiciones de la ley sálica. — Tarifa de las heri- 
das en diversos pueblos. — La primera ley contra el asesinato. — Lo que valia la vida en- 
tre los godos y en la legislación grussiniana (Rusia). — La imagen de la Virgen y el su- 
puesto derecho de venganza. — Antiguas costumbres de Irlanda en caso de asesinato: 
carta de San Patricio. — El homicidio y las heridas ante las jurisdicciones eclesiásticas. — 
;Cuáles eran los derechos de los obispos sobre los clérigos.'— Análisis de las penas ecle- 
siásticas: excomunión, penas públicas, peregrinaciones, ayunos... Descripción del ce- 
remonial del anatema.— De las diversas clases de penitentes. — ;Podia lanzarse la exco- 
munión por motivos humanos'— Qué debe entenderse por excomunión de los animales: 
textos y visentencias de muerte.»— El derecho de asilo y el homicidio.— La ficción del 
templo ambulante y los culpables. 

I. En el estado de barbarie, en la época en que existía la competen- 
cia vital no sólo entre los animales, sino también, en cierto modo, de 
hombre á hombre, la fuerza material se nos presenta como el único medio 
originario de repeler las agresiones. 

El hombre primitivo, que no se ve defendido por ninguna organización 
social, se hace justicia por sí mismo, y, obedeciendo en ello á un senti- 
miento instintivo, ejerce contra quienquiera que le ofende una venganza 
desproporcionada y hasta desmedida. ¿Por ventura la inclinación natural 
no impulsa á rechazar el ultraje con los golpes y éstos con una agresión 
mortal? Sí; en naturalezas violentas como lo fueron las de las primeras 



196 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

tribus, el asesinato inmediato debió ser muchas veces la contestación di- 
recta á una sencilla ofensa. 

Así obra el salvaje cuando ha sido robado ó maltratado por algún in- 
dígena de su vecindad; no pudiendo fácilmente hacerse administrar justi- 
cia, mata á su enemigo para procurarse la seguridad. 

En los más antiguos documentos del derecho indio encontramos este 
sentimiento; en ellos vemos que está permitida la violencia para proteger 
los intereses sagrados y para asegurar la propia vida; en ellos hallamos 
una aplicación del derecho primordial de legitima defensa, á falta de otra 
protección. 

Cuando las sociedades empiezan á organizarse, díctanse leyes positivas 
que limitan la venganza á una pena exactamente igual al perjuicio causa- 
do, y enfrente de las represalias sin tasa, la ley del tallón sienta el siguien- 
te principio que, á pesar de su dureza, constituye un progreso innegable: 
«ojo por ojo, diente por diente, herida por herida, quemadura por que- 
madura, vida por vida (i).» Esta ley del tahón es la primera restricción 
puesta á la pasión salvaje de venganza, que los poetas paganos han glori- 
ficado llamándola «el placer de los dioses.» 

Moisés formuló un conjunto de disposiciones relativas al homicidio y 
á sus modalidades (2). El atentado contra la vida se reputaba inexcusabley 
ni siquiera el templo dejerusalén podía ser asilo protector del asesino (3). 

En el Antiguo Testamento vemos aphcada la pena del tallón en varias 
circunstancias; pero en cuanto aparece el Cristianismo se deja sentir la in- 
fluencia del espíritu de caridad. Al fin se suavizan poco á poco las cos- 
tumbres de los pueblos y vemos generalizarse la teoría de la indemniza- 
ción ó «composición,» que substituye á las penas corporales una penalidad 
pecuniaria variable. 

Es indudable que esta compensación, en lugar de la violencia particu- 
lar, practicábase desde hacia mucho tiempo en Roma y entre los germa- 
nos; pero la Iglesia, considerándola más humana, la favoreció de mil ma- 
neras y contribuyó poderosamente á difundirla por el mundo. 

En resumen,, á la vengan:(fi individual y arbitraria sucedió una vengan- 
za restringida ó ley del talión, que muy pronto se transformó en una can- 
tidad de dinero conocida con el nombre genérico de comtiosición (4), de 
la que vamos á ocuparnos. 

No es todavía el procedimiento de oficio en nombre de la moral pública 
ofendida; pero sí son sanciones útiles que, desde lejos, preparan la obra 
de los legisladores modernos. 

(i) Oculum pro oculo, denlem pro dente... (Éxodo, XXÍ; Üeuteronomio, XIX). 

(2) Éxodo, XX\, 12 á 1 3. 

(3) Ab altan meo evelles eum, ut moriaíur. (L'Ixodo, XXI, 14). 

(4) La etimología de la palabra composición se encuentra en la expresión latina com- 
ponere, que significa «entenderse, entrar en arreglos con la parte ofendida.» La irase «traer 
á alguno á composición» no es más que un recuerdo evidente de antiguas costumbres. 



LIBRO QUINTO 1 97 

En la primitiva Grecia la persecución del homicidio voluntario no era 
de la incumbencia de la autoridad, sino que la guerra de familia reempla- 
zaba á las sentencias de los tribunales; pero este sistema de represión era 
tan peligroso, tan desigual, que hubo necesidad de substituirlo por una 
transacción en virtud de la cual los parientes se comprometían á respetar 
la vida y los bienes del culpable, mediante que éste pagase una indemni- 
zación de los daños y perjuicios. 

Homero habla de esto como de una costumbre ordinaria, y al descri- 
bir una de las escenas representadas en el escudo de Aquiles, dice: «Pro- 
muévense en la multitud violentos debates: se trata del rescate de un asesi- 
nato, y uno dice haber pagado el precio de la sangre que otro niega haber 
recibido. » La Iliada (i) y la Odisea (2) recuerdan en varios pasajes este con- 
venio denominado -oivr,. 

El pago se hacía en oro ó en productos naturales, y sólo en caso de 
discusión sobre la calidad de la multa intervenía el magistrado; ó dicho 
de otro modo, la justicia estatuía, no sobre el delito, sino sobre la cantidad 
pedida por la parte civil, como se diría actualmente. 

M. Dareste nos dice que el pariente más próximo tenía el derecho de 
reclamar dinero con exclusión de los demás, á los cuales era preferido lo 
mismo que en el caso de sucesión. Si la víctima carecía de familia, diez 
conciudadanos la representaban y obraban en su lugar y derecho, á fin de 
que el asesinato no quedara impune. 

Más adelante, los atenienses castigaron el homicidio accidental con un 
año de destierro; si había habido emboscada, lo castigaban con la pena ca- 
pital. Tres distintos tribunales juzgaban los homicidios: el Palladium co- 
nocía de las muertes involuntarias; el Delfinium, de los homicidios vo- 
luntarios excusables; y, finalmente, el Areópago, del crimen de asesinato. 

El derecho de legítin¡a defensa se denominaba en Grecia «ley de Rha- 
damante (3).» El gramático Apolodoro nos refiere á este propósito una 
singular venganza de Hércules: éste, queriendo aprender á tocar la lira, 
había ido á Tebas para pedir á Linos, hermano de Orfeo, que le diera 
lecciones de música. Cierto día el maestro, impacientado sin duda por las 
distracciones ó por las torpezas del alumno, que demostraba mayores 
aptitudes para las luchas violentas que para el arte musical, le impuso 
una corrección rigurosa, y Hércules, en un arrebato de cólera, cogió la lira 
y con ella, según la leyenda, golpeó tan fuertemente á Linos que lo dejó 
muerto. Procesado bajo la acusación de asesinato, iba á ser condenado, 
cuando se le ocurrió invocar la ley de Rhadamante, que Apolodoro cita 
en los términos siguientes: «Oue el hombre que ha castigado al que le irrita- 
ba, sea inocente;» y habiendo los jueces admitido este medio de justiíka- 

(i) Iliada, XVIII, 407; IX, 632. 

(2) Odisea, XXIII, 35; VIH, 329. 

(3) Véase Apolodoro en su libro La Biblioteca. 



198 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

ción Ó más bien de excusa absolutoria, Hércules fué entonces absuelto. 

Atribuyese á Numa Pompilio la primera ley romana sobre el homici- 
dio; y asi como la composición era permitida por robo, incendio ó inju- 
ria (i), no estaba autorizada cuando había habido muerte de hombre. 

En principio, el asesino era condenado á la última pena, si la víctima 
era persona libre; cuando el homicidio era resultado de una imprudencia, 
era preciso inmolar un carnero como expiación religiosa y social, pero no 
se incoaban procedimientos criminales, estimándose el hecho como una 
desgracia, no como una falta. Desde los tiempos de Tulio Hostilio, el 
culpable es colgado á un árbol después de haber sido fustigado en público. 

La Ley de las XII Tablas y otras califican de parricidio (palabra que 
es de notar) todo homicidio cometido en una persona de condición libre. 
Además, según la misma ley, existía también parricidio en el sentido jurí- 
dico si se recurría á actos de brujería, á sacrificios impíos (2), á impreca- 
ciones (3), capaces de determinar la muerte de alguien: tal fué, por ejemplo, 
el malum carmen, el maleficio que se dijo había empleado Pisón para ase- 
gurar el éxito del envenenamiento de Germánico, según refiere Tácito (4). 
Al decir de este autor, se podía cometer un homicidio denunciando á la 
víctima á los manes infernales, «enviándola á los demonios» mediante 
sortilegios de cierta índole. 

En el año 671 de Roma, la ley Cornelia, De Sicariis (5), establece al- 
gunas distinciones: los ciudadanos ilustres culpables de asesinato eran de- 
portados; los de la clase media, decapitados; y las gentes del pueblo, cruci- 
ficadas y entregadas luego á los animales. La crucifixión no era la expiación 
suprema, sino una pena infamante accesoria, una especie de suplicio de 
ignominia que posteriormente los emperadores cristianos, por respeto al 
misterio de la Redención, reemplazaron con horcas á las que era atado el 
paciente (6). 

Es evidente que lo que vemos en nuestro tiempo no da la menor idea 
del modo como estaba organizada la justicia de los pueblos bárbaros. Sólo 
dos categorías de criminales, dice Tácito, eran castigadas por los germa- 
nos en nombre del orden público: los traidores eran ahorcados; los cobardes, 
ahogados. 

Todo atentado contra la propiedad ó contra la vida de los ciudadanos 
es, en concepto de los pueblos civilizados, una perturbación grave que 

(i) L. L. 17, 7, párrafo quinto. Digesto, De Pactis, II, 14. 

(2) Mala sacvijicia, impía sacra. 

(3) Malum carmen, dirce prcecationes. El texto de la Ley de lasXIl Tablas dice: Qui 
malum carmen incantassit yr.alum venenumfascit... parricida esto. 

(4) Annales, II, fjg. 

(5) Paulo, Sentent. libro V , título 33, párrafo 5. La palabra sicario viene Ac sica, pe- 
queña espada encorvada como un puñal que se podía llevar oculta entre los pliegues de- 
la toga. 

(6) DepceniSyLXXWm. 



LIBRO aUlNTO 199 

interesa á la sociedad entera; las antiguas tribus germánicas no opinaban 
de este modo, y cuando un hombre era herido ó muerto, el autor del he- 
cho no había de temer ningún procedimiento de parte de la justicia: su 
delito era simplemente un delito privado. La sociedad nada tenía que ha- 
cer ni que decir; sólo la familia gozaba de la facultad de protestar y de 
obrar, pero desde el momento en que se había llegado á un acuerdo sobre 
la indemnización ó composición que debía pagarse á los herederos, todo 
estaba terminado y la sanción quedaba extinguida. 

Ora se tratase de atentados contra la persona, ora contra los derechos 
del individuo, la teoría era siempre la misma: á cada cual incumbía la 
protección de su cuerpo y de sus bienes, por su cuenta y riesgo; cada cual 
debía vengarse, «por medio de la fuerza, de la ofensa recibida ó del perjui- 
cio sufrido.» De aquí la frecuencia con que los germanos, según refieren 
Veleyo Patérculo (i) y Pomponio Mela (2), zanjaban, á falta de justicia 
social, con las armas en la mano hasta las contiendas civiles y las más vul- 
gares cuestiones de propiedad. 

El precio de la sangre, ó satisfacción, se pagaba á menudo en productos 
naturales, entregando varias cabezas de ganado (3); de suerte que median- 
te el sacrificio de algunos carneros, por ejemplo, le era permitido á cual- 
quiera desembarazarse de un enemigo, de un rival y hasta de un pariente 
importuno. 

La tasa de la composición, que, según frase de Tácito, «evitaba que 
las disputas fueran eternas,» daba lugar desgraciadamente á tratos vergon- 
zosos y á escandalosas especulaciones, á causa de las exigencias de los he- 
rederos; y como éstos tenían hasta un interés pecuniario en ver sacrificar 
á su autor, fué preciso reglamentar esas transacciones penales, admitidas 
por todos los pueblos de origen germánico. 

La falta de uniformidad en las tarifas tenía su razón de ser, pues cada 
tribu fijaba las indemnizaciones según las riquezas locales y también según 
el rango social atribuido á la función del perjudicado. Veamos algunas ci- 
fras tomadas de diferentes leyes bárbaras. 

El asesinato de los eclesiásticos estaba tarifado del modo siguiente: por 
un obispo, entre los francos ripuarios, 900 sueldos de oro (solidi); entre 
los alemanes, 960, tanto como si se tratara de un duque; por un presbíte- 
ro, en estos diversos pueblos, 600 sueldos, lo mismo que por un conde; 
por los diáconos y subdiáconos, 500 y 400 sueldos. 

La evaluación de los artesanos y de los industriales era proporcionada 
á la importancia de su oficio y de su arte: un esclavo borgoñón que traba- 
iara en oro vaha 150 sueldos; si sólo trabajaba en plata, 100; si era mensa- 
iero ó servidor, 55; si se dedicaba á la forja, 50. 

(i) Libro II, cap. XVIII. 

(2) Libro III, 2. 

(3) Liiitur etiam homicidium certo armenforum ac pecoviim numero (De more Germ. 



200 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

A medida que se descendía en la escala social, disminuía proporcional- 
mente la cifra: así t\ pastor alemán que guardaba 8o carneros, el albéiiar 
que cuidaba doce caballos, el primer cocinero (ayudado por un joven mar- 
mitón, á lo menos) y el gañán que vigilaba cuarenta porceles, eran consi- 
derados iguales unos á otros, y la vida de cada uno de ellos sólo se esti- 
maba en 40 sueldos. 

La ley de los frisones consagraba la venganza arbitraria por parte de 
la familia, salvo dos restricciones que merecen ser mencionadas: i.^, el 
culpable cuya muerte se había jurado no podía ser agredido en su propia 
casa; 2.% se violaba la ley si se le hería mientras se encaminaba á la iglesia 
ó al tribunal. 

Es decir, existía el derecho de matarle, pero no de dificultar el ejerci- 
cio de su fe á la obra de la justicia. 

Los bastonazos resultaban excepcionalmente baratos entre los frisones: 
cuando no había efusión de sangre, la composición era de medio sueldo; 
en la ley sálica, la tarifa era de 15 sueldos si había corrido sangre, y de 
tres tan sólo por los bastonazos menos violentos. 

La ley sajona estimaba en seis chelines ciiati'o dientes rotos, de los de 
delante de la boca, y en tres un desgarrón en la nari:{. 

Las ideas germánicas sobre el derecho de vengan:(a. privada que van á pa- 
rar á una sanción pecuniaria, reaparecen en la ley sálica, la cual determi- 
na los medios de llegar á un arreglo en los casos de los asesinatos más 
odiosos mediante un simple pacto (i). La única intervención de la auto- 
ridad consistía, según dice Tácito, en percibir en nombre del fisco una 
parte del dinero (2), generalmente el tercio. 

La parte correspondiente á la víctima se llamaba /íx/í/a (3), y la del 
fisco elfrediini, los f reda (4). El magistrado local que percibía el fredum 
por los señores ó también por su propia cuenta en virtud de una delega- 
ción superior, tenía, sobre todo en este último caso, gran interés en que 
subsistiera la práctica de las transacciones, porque percibía el íredum sin 
siquiera tener que juzgar el litigio; y si los interesados transigían á espal- 
das suyas para defraudar al fisco, el magistrado podía declarar nulo el pac- 
to convenido, á fin de recobrar la parte fiscal de que fraudulentamente se 
le había privado. 

Más adelante tendrá en Francia el magistrado derecho, como benefi- 
cio de su cargo, á cierta remuneración, á la que se dará el nombre áeépi- 
ces, como veremos en otro capítulo. 

Tomemos un ejemplo de las legislaciones modernas para poner bien 

(i) Homicida compositio. 

(2) Parteni muletee. 
3) Del antiguo vocablo alemán F<'/2¿íe, guerra, contienda. 

(4) De Friede, paz. — La indemnización propiamente dicha zanjaba la contienda entre 
las partes, y la porción correspondiente al fisco aseguraba la intervención de la autoridad 
para, en caso necesario, hacer respetar \ci pa:^ pactada. 



LIBRO QUINTO 201 

de relieve lo que eran la «faida y el f redum» entre los bárbaros, en caso de 
homicidio voluntario. Supongamos que en nuestros días una persona re- 
sulte herida á consecuencia de una tentativa de asesinato: esta persona ten- 
drá el derecho de provocar el castigo del culpable y además el de reclamar 
daños y perjuicios mostrándose parte en causa, y los jueces, á su vez, con- 
denarán á una pena corporal, á una indemnización y á una multa á favor 
del Estado. Pues bien: la indemnización corresponde á la faida y la multa 
al f redum. 

Pero si el herido ó su familia no reclaman dinero ó ni siquiera se que- 
rellan, el ministerio público podrá, sin embargo, y es más, deberá exigir 
que se proceda contra el agresor, aun cuando la víctima, por miedo ó por 
bondad, quisiera perdonarle. Esto era lo que no existía en ningún grado 
entre las tribus germánicas: la vindicta pública, según frase consagrada, 
fué entre ellos desconocida, y el mismo asesinato no era punible en nom- 
bre de la moral. 

En preciosos manuscritos (i) que resumen las composiciones disemi- 
nadas en la ley sálica, se encuentra una tarifa que varía según los diversos 
casos de muerte enumerados por el legislador. 

Son varias las reproducciones caprichosas que se han publicado de las 
disposiciones de la ley; por lo que hace á nosotros, hemos recogido las in- 
dicaciones siguientes en los textos mejor comprobados: 

Por asesinato de un romano tributario, 45 sueldos; de un romano li- 
bre, ICO; de un comensal del rey, 150. 

Por infusión envenenada propinada en brebaje (2) ó por asesinato de una 
doncella (3), 200 sueldos. 

Por asesinato de nn niño que tenada cabellos, es decir, ya grande (4), ó del 
huésped á quien se acoja bajo el propio techo, ó de un grafión ó conde, 
jefe de provincia, 600 sueldos. 

Por el homicidio de una joven madre de familia, 700 sueldos; por el 
de un antrustión (51, 1.800. 

En tiempo de guerra, las cantidades, por regla general, se triplicaban, 
pues entonces las agresiones eran más censurables que en otras circuns- 
tancias. 

Las heridas^ como la vida, tenían también su tarifa en la ley sálica: así, 
se pagaban 15 sueldos de oro por la pérdida del dedo medio ó del meñi- 
que (6); 35 por cortar una oreja ó mutilar el dedo índice, porque servía pa- 
ra disparar el arco, unde sagitiatur ; ^^ por la ablación del pulgar ó por he.. 

(i) Pardessus, 3^g, Loi saligiie. 

(2) Si qiiis alio herbas dedcrit bibere uc moriatur. 

(3) Si qiíis piiellam ingenuam occiderit. 

(4) Pueriim crinitiim. 

(5) Esta palabra designa á un franco que íormaba parle del trust 6 compañía particular 
del rey. 

(G) . . mediano aut minimo dido (dtdo por digital. 



2C2 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

rida en una mano ó en una nariz, si quis nasitm capulaverit; lOO por arran- 
car la lengua, es decir, lo mismo que por un infanticidio . En efecto, sólo 
cuando el niño contaba algunos años, cuando tenía cabellos (crinitum), se- 
gún hemos visto, se juzgaba conveniente señalar, para proteger su vida, 
una multa de 600 sueldos. 

Es verosímil que cualquier delito fuera reprimido según las tariílis lo- 
cales. En los varios textos que tenemos á la vista léense particularidades 
como la siguiente: se debía tal composición si se merodeaba en el campo 
del vecino, si se robaba un cordero ó un porcel (i); en este último caso 
la pena era de un sueldo, pero se triplicaba si se robaba una trucha que 
criara (2). Por último, «si se cortaban los cabellos á un niño sin autori- 
zación de sus padres (3),« había que pagar á la familia 45 sueldos, ó sea 
lo mismo que si se cortaba una nariz. ¿Por qué esta severidad si la cabe- 
llera, á diferencia del apéndice nasal, podía volver á brotar? 

La razón de esto estriba en el grande aprecio en que los trancos tenían 
las cabelleras largas y abundantes, glorioso adorno de los guerreros; los 
esclavos eran ignominiosamente afeitados. 

El dinero de la composición lo proporcionaban, en caso necesario, los 
parientes; de modo que el que contaba en su familia algún individuo ren- 
coroso, batallador, vengativo, estaba expuesto á tener un día ú otro que 
constituir ó que contribuir al precio de la transacción exigida por una vio- 
lencia cometida por aquél. Esta solidariedad pasiva que obligaba á la fa- 
milia del asesino á pagar por él_, lleva en el capítulo LXI de la ley sálica 
el nombre de Chrenecruda (4), y fué abolida por Childeberto II, el cual 
dispuso que en lo sucesivo sólo el asesino había de pagar la composición 
de su crimen (5). Esto no obstante, la costumbre ha subsistido hasta el 
siglo XIII en el Hainaut (6). Había, sin embargo, un medio de ponerse al 
abrigo de las reclamaciones, que consistía en separarse de la familia del cul- 
pable y renegar de ella en público. 

La curiosa fórmula que en tal caso imponía la ley era: «Si alguien 
quiere renunciar á su parentesco, acudirá á la asamblea pública, y una vez 
allí, en presencia del magistrado, romperá sobre su cabera cuatro palos de 
sauce (7) y los arrojará al campo de la asamblea diciendo: Me separo de 
mi parentela.» 



( 1 ) Procellinn por porcellitm. 

(2) El texto habla del puerco lactantem, no lactentem; de modo que no se trata de un 
porcel que mama, sino de una trucha que amamanta á sus pequeños, lo cual aumenta el 
valor del animal. 

(3) Siquispuerinn crinitum totunderit sine consilio farention, solides XLV culpabilis 
iudicetiir. 

{4) O chrenechrunda. 

(5) Edicto de 5g5. 

(6) Véase el decreto del Parlamento de 1278, Olim, II, 482. 

(7) Qiiatiior fustes salicimis siiper caput siium frangere debet (LX: De eo (jiia de se pa- 
rentibiis tollere vult). Manuscrito de Munich. V. Pardcssus, Loi saliqíie, 216. 



LIURO QUINTO 2O3 

Mediante esta renuncia, nada había de pagar á los herederos del ase- 
sinado; pero en cambio, si uno de sus parientes fallecía ó era asesinado, 
no recibía nada de su herencia ni de la suma pagada por el asesino; y si 
él mismo era asesinado ó moría, su composición ó su herencia no perte- 
necía á los suyos, sino al fisco ó á quien éste se la adjudicara. 

Sabido es que la ley romana, sin tener en cuenta los vínculos de la 
sangre, permitía también excluir á ciertos miembros de la familia por un 
procedimiento que recuerda el usado por los francos. 

El simple perjuicio material, aparte del delito mismo, era un motivo 
para «componer:» cuando un buey ó un caballo aplastaban ó herían á un 
transeúnte, el propietario había de pagar la mitad de la composición y 
además cedía el animal como indemnización por la segunda mitad. (Ley 
sálica, XXXVI.) 

En el derecho germánico de la época franca, la suma debida por el au- 
tor de un delito es el Wehrgeld, nombre que lleva la «composición» entre 
los alemanes. 

El que no pagaba la multa en que había incurrido era declarado War- 
gus (fuera de la ley), y cualquiera que lo encontrara á su paso tenia el de- 
recho de darle muerte. También algunas veces, sobre todo en caso de 
insolvencia fraudulenta, era entregado á la fiímilia de la víctima, la cual se 
vengaba, como mejor le parecía, con implacables represalias. 

En 532 íué decretado por Childeberto, en nombre de la seguridad 
pública, la pena capital contra los asesinos (i); y todos los legisladores que 
le sucedieron consideraron como un deber estricto el castigar los atenta- 
dos contra la vida de los ciudadanos. Una ordenanza de 1557, exagerando 
todavía el rigor de las leyes anteriores, prohibe otorgar cartas de indulto 
en caso de homicidio: tanto había crecido el número de los atentados. 

Estudiando el derecho consuetudinario de la Gotia (2), se encuentra 
en él un cuadro instructivo que permite apreciar cómo tarifaban los hom- 
bres del Norte en el siglo xiii á los extranjeros víctimas de violencias en su 
país (3). La vida de un sueco valía, según la escala de multas, 13 marcos; 
la de un danés ó de un noruego, 9; la de un inglés, 4 solamente, estan- 
do, por consiguiente, asimilado en cierto modo á los esclavos cuya vida 
valía 3 ó 4 marcos, según su fuerza ó su talento. 

El homicidio por imprudencia era objeto de diversas disposiciones. El 
que hería mortalmente á otro con un arma ó el que aplastaba á alguien a 

(1) Baluze, i- 17.- Véanse también las Ordenanzas de i5 3o y el edicto de 1547. 

(2) Pane meridional de Suecia. Igual costumbre existia en Ostrogotia, en Vestrogotia 
y en Gotlandia. 

(3) La multa aettarbot pagada por la familia del asesino se distribuía entre los here- 
deros del difunto hasta el sexto grado. «F.n un sentido análogo debe interpretarse la trase 
de Tácito: recipit satisfactionem universa domiis » (De more Genn., 2 i ). Si la familia acep- 
taba el trato, quedaba saldada la deuda de sangre. 



204 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

consecuencia de la caída de un árbol, pagaba 9 marcos de multa; si al- 
guno caía debajo de la rueda de un molino que lo chafaba, el molinero 
había de pagar 3 marcos; cuando alguien moría en una trampa para ca'^ar 
osos, ó á consecuencia de las cornadas de un toro ó de las mordeduras de un 
perro, el propietario satisfacía 3 marcos. 

El Codex Antiqíiior (i) contiene una particularidad digna de ser men- 
cionada. Si un individuo era asesinado en la sala en donde se celebraba un 
banquete, los comensales podían optar entre hacer entrega del asesino ó 
pagar una multa de 9 marcos; en virtud del principio de responsabilidad 
colectiva, cada cual debía contribuir con su parte alícota ala reparación del 
escándalo que hubiera debido evitar (2). Lo mismo sucede en nuestros 
municipios, á quienes la ley declara responsables de los perjuicios causados 
y de las violencias cometidas en su territorio por los agrupamientos. 

En Georgia, la Grusia de los antiguos rusos (3), también se calcula- 
ban las cantidades según la gravedad de los casos. La indemnización má- 
xima se pagaba por el asesinato y luego había la proporcionalidad siguien- 
te: «un tercio de la tasa por una mano; un cuarto por un ojo; la mitad 
por los dos ojos, las dos manos ó los dos pies; un sexto por el pulgar; un 
noveno por los otros dedos; un quinto si la herida dejaba señales inde- 
lebles.» 

Entre los ossetas, como en Georgia 5' en otras regiones del Cáucaso, 
la importancia de las heridas se evaluaba tomando (da longitud de un grano 
de cebada como medida (4).» 

Los golpes ó las heridas producidas en el cuerpo, en los sitios cubier- 
tos por la ropa (por ejemplo, puñetazos), eran considerados como sim- 
ples injurias verbales, si no había fractura de miembro (5); lo mismo regía 
si los dientes rotos eran caninos ó molares; pero «si el diente roto era inci- 
sivo, >} se pagaba el doble. 

La reclamación de pago del precio de la sangre correspondía á la fa- 
milia, y en tanto que no se satisficiera la reclamación, era licítala vengan- 
za; sin embargo, por virtud de una hermosa disposición (6) de laleygru- 
siniana, v-la facultad de la venganxa quedaba en suspenso por la presencia de un 
sacerdote que llevara Id imagen de la Madre de Dios (7).» 

Delante de la figura de la Virgen dulce y clemente, las represalias ha- 
brían sido una profanación sacrilega: semejante evocación piadosa había 



(1) Codex antiqíiiorjuris Vest7-of;otici. 
(i) Niiov. Rev. Hist. Dr. , 11b, 1887. 

(3) La Georgia, provincia meridional del Imperio ruso al Sur del Cáucaso, denomina- 
da también gobierno de Tiflis. 

(4) Dareste. 

(5) La tarifa de la injuria era de 3oo monedas de plata, de 1 5o ó de 3o solamente, se- 
gún que se tratase de una víctima «ilustre, mediana ó popular.» 

(6) Corpus jiivis Georgici. 
('/) Dar., loe. cit. 



LIBRO aUlNTO 205 

de despertar en las almas un pensamiento, no de odio vengativo, sino de 
caridad y de perdón. 

La ley sueca permitía, en caso de crimen, que el heredero más inme- 
diato de la victima matara al asesino cogido /;/ fraganti ó dentro de las 
veinticuatro horas siguientes al atentado; pero, una vez transcurrido este 
tiempo, cesaba el derecho de venganza directa, y el crimen había de ser 
denunciado d la Asamblea del pueblo, que se denominaba lirig y se com- 
ponía de seis jurados por lo menos. 

Entonces se intimaba al culpable á que confesara su falta ó se remitie- 
ra al rey; en este último caso, la ley le concedía el plazo de un mes para 
irá ver al soberano, «y además 14 noches para volver.» 

La historia judicial de la antigua L'landa nos dice que «el precio de un 
hombre (i)« era de valor invariable, al revés de lo que vemos en otros paí- 
ses; y hasta en el uso corriente este precio servía de unidad para valorar 
una propiedad cualquiera; así se decía, por ejemplo: ((Tal tierra vale tan- 
tos hombres,» como los antiguos pastores decían: «Mi campo vale tantas 
ovejas.» 

El «precio del honor,» en caso de ultraje, se estimaba separadamente. 

¿Qué valía, pues, un hombre, comercialmente hablando, si es lícito 
expresarse en estos términos? 

En el lenguaje del derecho irlandés, el precio de un hombre corres- 
pondía al de siete mujeres esclavas, «siendo el valor de cada mujer tres ani 
males de cuernos» (sic). 

Los textos repiten muchas veces esta sorprendente valoración compa- 
rativa; de suerte que en Ldanda la vida de un hombre (considerada como 
moneda) equivalía á siete esclavas ó á 21 animales de cuernos. 

Esta tarifa extraordinaria, llamada también «precio del cuerpo, « era 
admitida como cesa tan corriente, que el célebre apóstol de Irlanda en el 
siglo V, queriendo dar una idea de las limosnas distribuidas por sus ma- 
nos á los indigentes irlandeses, para estimular con ello la caridad de sus 
fieles, declara en su manuscrito (2) haber repartido en subsidios «el pre- 
cio de quince hombres.» Si aplicamos la tarifa legal, veremos que San Patri- 
cio había entregado á los pobres una suma equivalente á 315 bueyes, ó 
quince hombres (3). 

Así como la Iglesia multiplicaba los días feriados á fin de aumentar las 
horas del reposo en favor de los siervos, así también inventó el expedien- 
te de las treguas con objeto de disminuir el número de los días homicidas. 
Esto requiere una breve explicación. 



(i) Pretiiim liomiiiis. V. M. d'Arbois de Jubainville sobre el Scncluis Mor. 

(2) La confesión de San Patricio. 

(3) Censeo non miniis quam pvetiiim quindecim liominum distribiiisse, dice San Pa- 
tricio. 



206 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Las guerras privadas, lachas fratricidas continuas, diezmaron al pueblo 
tal vez más que las grandes empresas exteriores. 

En una época en que la fuerza era lo único que resolvía los litigios en- 
tre los señores que la autoridad del rey era impotente á dominar, todo 
conflicto entre príncipes vecinos y á menudo hasta toda contienda ú oiensa 
entre nobles castellanos, se zanjaba con las armas en la mano, es decir, 
con efusión de sangre. 

En vano fué que Carlomagno legislara en una Capitular de 802 contra 
esas luchas intestinas que el feudalismo consideraba como un derecho in- 
herente á su misma existencia, pues sus esfuerzos resultaron impotentes. 

Viendo que el abuso, á pesar de todo, subsistía y que la vida humana 
era sacrificada tanto por gloria cuanto por interés, la Iglesia, á fin de con- 
jurar el mal que cada día iba en aumento, ó cuando menos de reducir las 
empresas homicidas, ideó la suspensión de hostilidades durante los días con- 
sagrados á alguna solemnidad religiosa: Adviento, Cuaresma, Cuatro Tém- 
poras, Domingos y Vigilias. 

Entonces, después de los siglos de anarquía, de sorpresas, de depreda- 
ciones y de emboscadas, los obispos promovieron en todas partes asam- 
bleas con objeto de poner término á esas luchas sangrientas y de plantear 
como regla general la cesación de las hostilidades privadas mediante un 
desarme temporal; tal fué el origen de la Paz^de Dios, que se convirtió en 
Tregua de Dios en 1401. Por virtud da esta tregua que Europa aceptó en 
parte, admitióse que durante doscientos treinta días del año no se podría co- 
meter homicidio. 

Los señores leúdales, considerando que esto era un atentado directo 
contra «su derecho de batalla,» protestaron de tales restricciones y mu- 
chos se negaron á someterse á ellas. 

En tiempo de San Luis, dióse una ordenanza llamada de Cuarente- 
na (1245), en la que se disponía que durante los cuarenta días siguientes 
á la ofensa habría tregua de muerte; esto no obstante, en este período po- 
dían ser detenidos y juzgados el agresor ó el asesino. De modo que el po- 
der real, haciendo suyo el sentimiento de la Iglesia, trataba de suspender 
la venganza privada, en primer lugar para dar tiempo á que se calmaran 
las pasiones, y en segundo para dejar á la justicia social un medio de in- 
terponerse entre el ultraje y las represalias individuales. 

El rey Juan, á su vez, renovó en 1353 la ordenanza del santo monar- 
ca, y la autoridad real, más fuerte cada día, comenzó á hacer prevalecer 
poco á poco los debates judiciales sobre los combates niortíferos. 

II. ¿Cuál era en otro tiempo la práctica de las jurisdicciones eclesiás- 
ticas en lo concerniente al homicidio, á las heridas 3' á la violencia? 

Esta cuestión puede ser estudiada desde dos distintos puntos de vista, 
según que se tratase de crímenes ó delitos correspondientes á la jurisdic- 



LIBRO QUINTO 2O7 

ción del clero, por haber sido cometidos por clérigos, ó, por el contrario, 
hechos criminosos sometidos á los jueces de derecho común. 

En el primer caso, los tribunales eclesiásticos, hostiles por principio, 
á las crueldades de la época, substituían, para los reos por ella juzgados, 
las torturas, las mutilaciones 3^ la cárcel, por la excomunión, las peniten- 
cias públicas, las peregrinaciones, el ajamo y las penas pecuniarias, á fin 
de evitar los castigos corporales que, lejos de moralizar al individuo, lo 
embrutecen y degradan. 

Cuando, por el contrario, el culpable no dependía de sus jurisdiccio- 
nes, la Iglesia, según veremos al hablar del derecho de asilo, también inter- 
venía en nombre de la piedad para negociar el perdón en interés del de- 
lincuente á quien juzgaba susceptible «de arrepentimiento por el pasado 
y de buenos propósitos para el porvenir.» 

En efecto, la Iglesia, aun en los períodos más tristes de su historia y 
á pesar de los abusos particulares y de las faltas cometidas por algunos de 
sus ministros, dio pruebas de una organización muy superior á la de las de- 
más instituciones coexistentes; así, unas veces, por boca de sus papas, cen- 
sura á la potestad civil que, como hemos visto, ordena, por ejemplo, la 
excisión de los labios ó la ablación de la lengua, otras deja oir su voz con- 
tra la tortura ó anatematiza á cuantos intervienen en las homicidas luchas 
del duelo, y otras finalmente se manifiesta «santamente ahorradora de la 
vida,» aun de la de un culpable cuando no desespera de volverle al buen 
camino. 

Es indudable que en más de una ocasión fieles ó pastores contrariaron 
con su conducta estas doctrinas de caridad y de dulzura; pero, al hacerlo 
así, obedecían á su sentimiento propio, á su prejuicio individual, á su pa- 
sión, pero no á la idea que informaba á la ley religiosa cuyo espíritu de 
indulgencia menospreciaban. 

El origen de los tribunales eclesiásticos se remonta á la justicia tem- 
poral de los obispos que, después del triunfo del cristianismo, fué oficial- 
mente organizada por las Constituciones de los emperadores, como anti- 
guamente lo fuera á petición espontánea de los primeros cristianos. De 
suerte que al poder espiritual de los pastores añadióse una competencia de 
orden humano: primeramente el arbitraje en las contiendas suscitadas en- 
tre los ciudadanos, y á fines del siglo viii la represión de los crímenes y 
delitos imputables á los clérigos. 

Una capitular del año 794 organizó la justicia de los obispos en dos 
grados, en materia criminal. Los procedimientos en todos los hechos pu- 
nibles eran dirigidos á petición del obispo, el cual fallaba en primera ins- 
tancia, pudiendo apelarse de su decisión ante el metropolitano, asistido 
de sus sufragáneos. Nada contribuyó tanto á extender las jurisdicciones de 
la Iglesia como esta facultad que se ofrecía al sentenciado de reparar, gra- 
cias á la apelación, el error de una primera sentencia ó la poca habilidad de 



208 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

una defensa deficiente. Los tribunales laicos fallaban siempre en única ins- 
tancia. 

De aquí que cuando una causa era mixta, es decir, cuando interesaba 
á la vez á clérigos y laicos, y hasta cuando no lo era, los interesados se 
ingeniaban para dar al proceso una apariencia eclesiástica, á fin de evitar el 
juicio de los señores feudales. 

«El clero, como observa un sabio jurisconsulto, M. Pardessus, no ne- 
cesitó emplear la violencia ni la astucia para atribuirse el poder judicial, 
como algunos han supuesto, sino que este poder le fué ofrecido en nom- 
bre de las mismas necesidades del pueblo (i).» De ello resultó que los 
señores feudales formularon las más duras recriminaciones contra los 
«hombres de Iglesia,» que veían cómo el pueblo acudía á ellos para tener 
mayores garantías de equidad. 

Entre los manuscritos notables que recuerdan estas protestas encon- 
tramos un acta de confederación que en 1247 juraron los altos barones de 
Francia para la destrucción de aquellos pretorios rivales: los firmantes de 
ese manifiesto se quejan amargamente de que la justicia secular sea mo- 
nopolizada por hijos de siervos, y dicen que si su influencia como jueces 
laicos está á punto de perecer, la culpa de ello la tiene la «superstición 
de los clérigos (2), quienes no tienen en cuenta que si Francia salió del 
error de los paganos, fué gracias á la guerra y á la sangre de los señores.» 
Finalmente, los jefes de la confederación terminaban imponiendo la confis- 
cación loiú de los bienes y la mutilación de un miembro (3) á todo el que 
acudiera ante un tribunal eclesiástico, salvo en los casos de herejía, usura 
ó matrimonio. 

Como se comprenderá, estas alarmantes amenazas aún desacreditaron 
más á los jueces seculares que empleaban un lenguaje tan apasionado. 

La absorción de la justicia «del siglo» por la otra era indiscutible, pero 
los barones cometían la torpeza de querer prohibir á hombres libres que 
escogieran, de común acuerdo, los arbitros que habían de zanjar sus cues- 
tiones. Por otra parte, si hubo jurisdicciones eclesiásticas que de buen 
grado aceptaron la avocación de asuntos civiles en provecho suyo, justo 
es decir también que su extensión exagerada fué combatida por la autori- 
dad superior, es decir, por los concilios de Constanza, de Basilea y de 
Trento. 

Con ocasión de sus visitas pastorales, los obispos no sólo confirmaban 
á los fieles y visitaban los establecimientos benéficos, sino que también im- 
ponían penas canónicas en tribunales temporales que se constituían con 
motivo de su paso por un lugar. 

Un libro rarísimo da detalles acerca de las costumbres episcopales de 



^ I ) Essai sin- lesjiirisdictions. 
(j.) Clericoriim stiperstitio. 
(3) Lavir, 11,473. 



LIBRO Q.U1NTO 209 

Otro tiempo (1). Dos ó tres días antes de la llegada del obispo, su visita 
era anunciada á las parroquias por el archidiácono delegado, á fin de que 
pudiera constituirse sin tardanza el ((Tribunal de Cristiandad;» y si los ca- 
sos delictuosos estaban á punto de ser fallados, imponía acto continuo á 
los delincuentes las penitencias apropiadas. 

A partir del siglo ix los obispos nombran magistrados auxiliares, /wm- 
torcs synodi, con objeto de ayudar á lo que actualmente denominamos iiii- 
nisierio público. 

Mientras el obispo no fué más que «justiciero de paso,» el temor á las 
represalias hacía que nadie quisiera constituirse en acusador benévolo^ y 
la obra de la justicia encontraba, desde el punto de vista práctico, los más 
graves obstáculos. 

¿Qué hicieron entonces los Pastores para estar al corriente de los deli- 
tos cometidos por los clérigos? Escoger entre los fieles congregados cierto 
número, generalmente siete, de los más respetables y dignos, á quienes 
hicieron prestar juramento de que revelarían los delitos que llegaran á su 
conocimiento. Estos delegados, como harían actualmente los jueces de 
instrucción, recogían las declaraciones y buscaban los testigos útiles para 
instruir las causas sinodales que, por lo general, comprendían el robo sa- 
crilego, el perjurio, el falso testimonio y el homicidio. 

Una sociedad cualquiera, religiosa, civil ó comercial, obra legítima- 
mente cuando por razones de disciplina excluye de su seno á los miem- 
bros que han quebrantado las obligaciones por ella impuestas. 

No es, pues, de extrañar que la Iglesia cristiana haya aplicado, si bien 
transformándola, la censura de la excomunión que ya se empleaba en las 
sinagogas cuando se quería expulsar á una persona censurable ó compro- 
metedora. 

Efectivamente, una de las sanciones más en uso en los tribunales ecle- 
siásticos fué la excomunión, pena espiritual en su esencia, pero reconoci- 
da y ratificada por los mismos emperadores. Así Constantino aprobó á 
este propósito el canon séptimo del concilio de Arles (2); Carlomagno, á 
su vez, en su capitular de 801 dispuso que la excomunión del obispo pro- 
dujera efectos temporales hasta en los laicos, etc. (3). 

La consecuencia del anatema era separar al pecador del cuerpo de la 
Iglesia como miembro indie;no. Por esto vemos que los canonistas y los 
Padres de la Iglesia, especialmente Tertuliano, llaman á la excomunión 
relegatio, es decir, destierro de la Iglesia; asimismo los antiguos cánones 
y las epístolas empleaban por analogía la expresión «confinar, desterrar, 

(i) De synodalibiis causis et discipUnis ecclesiasticis, por Reignon, abad de Prüm, 
fallecido en gi5. 

(2) Orig-. eccles., Bingham, II, cap. IV 

(3) C. XLVII. 

Tomo II I4 



210 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

cxteniiiuarc,» como sinónimo de excomunión (i); y ya hemos visto que 
este latinismo, mal comprendido por muchos, había dado lugar á acusa- 
ciones de intolerancia feroz en circunstancias en que la critica era de todo 
punto infundada. 

Las consecuencias de estos anatemas eran múltiples: los excomulgados 
eran borrados de los dípticos (2), es decir, de la lista de los fieles vivos 
que se debía leer en el oficio; estaba prohibido casarse con ellos y sus es- 
critos eran entregados á las llamas; y finalmente, después de muertos, no 
podían esperar la conmemoración de los fieles. 

Después de varias amonestaciones previas y sólo en el caso de que los 
hechos imputados tuvieran un carácter escandaloso, el obispo, vestido de 
luto y rodeado de su clero, dictaba en el templo su sentencia en estos tér- 
minos: «Por la autoridad de Dios y de la bienaventurada María, de todos 
los Santos y con aprobación de la asamblea, te excomulgo.» 

Durante la ceremonia las campanas doblaban á muertos é inmediata- 
mente después de lanzada la sentencia, se quitaban del altar mayor todos 
los ornamentos, se ponían en el suelo la cruz, las reliquias y los vasos 
sagrados, se cerraba la iglesia con cadenas de espinas y se rociaban con agua 
bendita las paredes. En las excomuniones procedentes de Roma, los sa- 
cerdotes llevaban en una mano un bastón y en la otra un cirio encendido; 
después de fulminada la sentencia, arrojaban el cirio al suelo y lo apaga- 
ban con los pies, simbolizando con ello el alma que caía en las tinieblas 
del anatema, y al final se salmodiaban las Vísperas de los difuntos. 

Las penitencias, frecuentemente denominadas «bautismo laborioso,)) es- 
taban determinadas por un código especial, ó cánones penitenciarios (3), 
cuyo espíritu hemos resumido al hablar de las solemnidades de la época 
cuaresmal, 

A más de un jurisconsulto moderno ha extrañado la desigualdad, la 
desproporción de las penas eclesiásticas impuestas en casos idénticos; pero 
es preciso tener en cuenta que la Iglesia se colocaba en un punto de vista 
muy distinto del en que se sitúan nuestros legisladores, puesto que aten- 
día más á los sentimientos del culpable que á la índole de la falta y al mal 
causado; por esto se mostraba unas veces muy indujgente y otras muy se- 
vera, según el grado de arrepentimiento ó de perversidad que creía descu- 
brir en el autor del hecho punible. 

Cuando, más adelante, los progresos de la autoridad real permitieron 
organizar tribunales seculares, á tenor de las formas protectoras estableci- 
das por el derecho canónico, los pretorios eclesiásticos quedaron reserva- 

(1) Excomulgar de la iglesia era desterrar de la sociedad de los fieles. La etimología 
de !a palabra anatema, que también se empleaba, significa asimismo separación del común 
de los fieles. 

(2) Dípticos ó tablitas en forma de libro, reunidas por una charnela. 

(3) Los cánones penit.mciarios ó Reglas de penitencias públicas, muy en uso en la 
Iglesia griega, no han sido mantenidos por el concilio de Tremo (ses. 14, cap. \"II1). 



LIBRO QUINTO 211 

dos Únicamente para las materias religiosas: «construido el nuevo edificio 
del orden judicial, dice M. Pardessus, ya se podía arrojar y romper la ar- 
mazón que había servido para levantarlo.» 

Los canonistas opinan que no es permitido someterse, por previo con- 
venio, á las monitorias ó censuras eventuales de excomunión; semejante 
pacto se considera ilícito. Sin embargo, la costumbre pudo más que la re- 
gla; así es que los notarios apostólicos que extendían los contratos y las 
obligaciones de orden eclesiástico ó laico, inscribían con frecuencia en sus 
escrituras la siguiente cláusula: «Si el deudor no paqa su deuda á la primera 
intimación (i) que se le hiciere, declara por el presente someterse á ¡a sen- 
tencia de exconutnión que á falta de pago proceda. » 

Esta estipulación se denominaba «cláusula de Nisiy» porque con esta 
palabra comenzaba la fórmula satisfactoria (2). Y en efecto, ciertas juris- 
dicciones eclesiásticas, abusando de las armas de que disponían, amenaza- 
ban con censuras eclesiásticas á los deudores de mala fe ó simplemente re- 
calcitrantes; mas como ello entrañaba extralimitación de poder, la autori- 
dad religiosa prohibió que se hiciera uso profano de los rayos del anatema 
para asegurarse un beneficio ó una restitución. 

La excomunión puede formularse directamente contra personas deter- 
minadas ó de una manera general contra los que tomen parte en la ejecu- 
ción de tal medida punible á los ojos del clero; también puede incurrirse 
en ella ipso facto cuando el fiel se permite hacer algo expresamente prohi- 
bido por la Iglesia y penado con esta sanción. 

En la última fase de la jurisprudencia eclesiástica vemos que la Iglesia, 
al decretar la exconmnión, evita en lo posible nombrar á las personas, so- 
bre todo cuando la causa de aquélla, por estar relacionada con la política, 
podría ocasionar conflictos graves. Citaremos dos ejemplos: cuando, en 17 
de mayo de 1809, Napoleón I declaró suprimido el poder temporal y re- 
unidos á los dominios nacionales los Estados Pontificios, Pío VII exco- 
mulgó de una manera general á «los autores del hecho, « sin designar de 
otro modo al fogoso signatario del decreto; y en un caso análogo Pío IX, 
cuando se vio despojado de sus provincias, fulminó en parecidos términos 
la excomunión contra los que de algún modo contribuyeron al despojo. 

Las penitencias más comúnmente aplicadas comprendían: i.", el ayuno 
durante un cierto número de días cada semana ó los viernes durante toda 
la vida, ayuno que se observaba á pan y agua hasta la hora de vísperas (3X 
generalmente las seis de la tarde; 2.", Vi privación de sepultura para los due- 
listas y ladrones que no hubiesen restituido, para los suicidas y usureros 



(1) Esta intimación se llamaba monitoria. Antes de apelar al rigor, era precisa la ad- 
vertencia: moneat priiisquamferiat. 

(2) Nisi debitar satisfecerit statim post demtntiationem sentencia: excomunicationis... 
nisi solverit. ([Jupin, Dr. publ. Eccl., pág. ij.) 

(3) Dr. Canon.., .Migne, 347. 



212 HISTORIA DE LAS CREEXCIAS 

y también para los religiosos que á su muerte dejaran un peculio, faltando 
así á su voto de pobreza (i); y 3.°, las peregrinaciones. 

Nada más natural, como pena eclesiástica, que estos viajes piadosos; 
pero es interesante hacer constar que el mismo poder civil recurría á los 
ayunos y á las peregrinaciones^ y en vez de encarcelar á un culpable con- 
denándole á una inacción tan mala para el alma como para el cuerpo, le 
obligaba á visitar un santuario lejano. 

En ciertas regiones hasta era permitido hacerse reemplazar por una 
tercera persona. 

Dicen los Olim (2) que Herberto, llamado el Escritor, «á consecuen- 
cia de una injuria inferida á Girard le Boucher, de Compiegne, hizo que 
sus hijos realizaran, como expiación de aquel hecho, la peregrinación á 
Santiago de Galicia (3).» 

Si alguien, en un momento de cólera, cometía una violencia, se le per- 
mitía enviar á otro en su lugar á un altar venerado; así los archivos de Ru- 
pelmonde (4) refieren que en 1 301, «conforme al fallo recaído en un pro- 
ceso á instancia de parte, el heredero de Juan Borluat envió á uno en 
peregrinación á Roche-Madour, antes de San Martín, por el bajetón que 
dicho Juan Borluat había dado á Juan de Bruñe.» 

Los registros del Parlamento de París contienen varias decisiones pa- 
recidas. Esta jurisdicción, considerando las penalidades eclesiásticas más 
útiles que las otras, se las apropiaba cuando lo creía necesario; así en 24 de 
julio de 1327, el Parlamento dictó el siguiente decreto: «Resultando que 
se acusa á Martín Blondel de haber pronunciado un feo juramento, escu- 
pido y vihpendiado la cruz, y roto, por despecho, dos imágenes, una de 
Dios y otra de la Santa Virgen María...; de lo que pide gracia al Tri- 
bunal... 

j^Leído todo y considerado, y estando de acuerdo los presentes, el Tri- 
bunal ordena que Blondel ayune todos los viernes de un año á pan y agua, 
empezando el viernes próximo, día de San Juan; ítem que para la fiesta de 
Nuestra Señora, en septiembre venidero, vaya á pie á Nuestra Señora de 
Boulogne-sur-la-mer en peregrinación. — Y de esto traerá los testimonios 
(las pruebas) de haber estado aüí; ítem que pague al rey 50 francos de 
oro (5). — Y á esto le ha condenado el Tribunal. — Y él ha jurado por los 
Santos Evangelios de cumplirlo de buena fe y sin fraude.» 

En las declaraciones de agosto de 1671 y de 16 de enero de 1686 se 



(i) Dr. Canon., c. 2. Derapt.; De sepult., c. 1 1; De iisiir , 3, 5; De stat. mon., 2, 4. 

(2) Oliyn, nombre dado á la Compilación de los Edictos del Parlamento de París. La 
palabra Olim, que se encuentra al frente del segundo volumen, por el cual parece haber el 
autor comenzado su obra, ha dado nombre á la colección. 

(3) Olim du Parlement, II, pág. 2^7. 

(4) Ciudad de Bélgica en la Flandes oriental. 

(5) El franco.de oro, acuñado por vez primera en i36o, tenia un valor real de unos 
1 2 '6 5 francos. 



UBRO QUINTO 21 3 

decretaban las penas de argolla, de azores y de galeras contra los que co- 
metían un fraude en el cumplimiento de la peregrinación impuesta; como 
la comprobación de este cumplimiento era difícil, de aquí el rigor extre- 
mado de la represión. 

También las Cruzadas fueron consideradas por los Parlamentos como 
un medio de reparación legal (i). 

Finalmente, la confesión pública fué una pena común á las jurisdiccio- 
nes civiles y eclesiásticas y que el delincuente debía cumplir «de rodillas, 
en camisa, á la puerta de las iglesias, con la cuerda al cuello y un cirio de dos 
libras encendido en la mano, pidiendo en alta voz perdón á Dios y á los 
hombres (2).» 

Un gran papa, Gregorio VII, en una carta al emperador León el Isáu- 
rico hace un paralelo digno de atención entre la justicia de los reyes de la 
tierra y el sistema penitenciario de la Iglesia: «Si alguien te ha ofendido á 
ti, príncipe, te apoderas de su casa, de sus bienes, de su persona, le ahor- 
cas, le decapitas ó lo encierras en un calabozo, lejos de su familia... Los 
pontífices no obran así: cuando alguien ha pecado y confesado su falta, en 
vez de cortarle la cabeza, ponen sobre ella el Evangelio y la cruz; en vez 
de tenerle en una prisión incomunicado, lo relegan entre los catecúmenos; 
imponen á sus entrañas el ayuno, á sus ojos las vigilias, á su boca la ora- 
ción, y cuando, merced á ejercicios apropiados, le han corregido, podado; 
cuando han restaurado ese vaso de elección al estado en que se hallaba 
antes d^ su caída, lo restituyen á Dios y á la sociedad, ya inocente y pu- 
rificado.» 

No podemos pasar en silencio ciertos procedimientos extraordinarios 
llamados «excomuniones contra los animales,» de las que pueden citarse al- 
gunos ejemplos. 

Por un sentimiento de justicia absoluta (tal era, por lo menos, la idea 
que inspiraba estas medidas) se quería que la obra de equidad fuese inte- 
gral y se extendiese, siquiera en la forma externa, á todos los seres respon- 
sables ó no, que habían intervenido ó sido ocasión del delito ó del perjui- 
cio causado (3). 

En este sentido han de ser interpretadas esas maldiciones oficiales á que 
se ha dado abusivamente el nombre de «excomunión» aun en aquellos 
casos en que sólo se referían á animales. He aquí textualmente una de esas 
extravagantes decisiones; la parte dispositiva de una sentencia dictada en 
1 5 16 contra las orugas termina del siguiente modo: «Oídas las partes, y 
haciendo justicia á instancia de los habitantes de Villenoxe, amonestamos 
á las orugas para que se retiren dentro de seis días; y si no lo hacen, las 



(i) Parlamento de Tolosa, 

(2) VI. Selden, De Synedriis \, cap. VII; M. de Pastoret, II, óy. 

(3) «Si un buey acorneare á un hombre ó á una mujer, y murieren, será apedreado: y 
no se comerán sus carnes.» {Éxodo, XXI, 28.) 



214 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

declaramos malditas y excomulgadas (i).» La frase «oídas las partes» apli- 
cada á orugas parecerá singular; pero hay que tener en cuenta que en cir- 
cunstancias como esta se nombraba un procurador encargado de represen- 
tar á los ausentes y que desempeñaba de oficio este papel. 

En realidad, la palabra excomunión no es en este caso, y nadie puede 
dudar de ello, más que el equivalente de maldición; de todos modos, para 
ciertos espíritus de la época, maldecir y excomulgar eran considerados como 
términos similares; y ¿acaso la excomunión no era una maldición, lamas 
enérgica de todas? 

Respecto de las personas no sometidas á su jurisdicción^ la Iglesia uti- 
lizó el derecho de asilo á fin de suavizar las costumbres judiciales y de pro- 
teger á los acusados contra las ejecuciones sumarias; por lo menos, así fué 
durante un largo período. Entendíase por derecho de asilo la protección 
asegurada contra todo procedimiento civil ó criminal á quienquiera que se 
refugiase en los lugares ó edificios privilegiados. 

El derecho de asilo es anterior á la constitución del cristianismo; de 
aquí que deba hacerse una distinción esencial. 

Si los primeros fundadores de ciudades aseguraban protección á los que 
con ellos se juntaran, era no sólo para atraer á los extranjeros, sino tam- 
bién para utilizar en provecho de su dominación y de sus empresas á los 
audaces que se refugiaran dentro de los muros de aquéllas, pues en un 
momento dado, un bandido puede ser extraordinariamente útil á quien 
no es escrupuloso en punto á medios para lograr un fin. Y en este caso 
se encontraron la mayoría de los jefes de ciudades: Cadmo, Teseo, Ró- 
mulo... Los asilos estaban cerca de los templos, de las tumbas ó de los 
baños sagrados. 

Muy distinto fué el derecho de asilo en la sociedad cristiana. Dada la 
antigua y persistente tradición de la venganza individual y dados los peli- 
gros que corría el acusado de ser inmolado antes de que se realizara una 
investigación y antes de toda posibilidad de justificarse, la Iglesia se apro- 
pió, modificándola, de la costumbre de los antiguos asilos, no para poner 
obstáculos á la justicia, sino en interés de la libertad individual y del dere- 
cho de defensa. 

Imagínese, en efecto, cuál era en otro tiempo la espantosa situación 
de un individuo á quien la voz popular, con razón ó sin ella,- acusaba de 
un crimen capital, cuando el denunciador quizás obedecía únicamente á 
un sentimiento de odio ó de implacables represalias. 

En muchos casos no hay nada más inicuo, nada más ciego, nada más 
locamente apasionado que la llamada justicia del pueblo, que grita sin sa- 
ber por qué y que hiere... porque otros ya han herido. Lógica inepta y 
brutal, pero contagiosa hasta el punto de transformar á veces en sanguina- 

(i) Sentencia del provisor de Troyes, de i 5 i6. — Desmaze, Les penal, anc, 3i, 3-2. — 
Igual decisión contra las orugas de Laón en 1 1 20. 



LIBRO Q.U1NTO 



215 



rias fieras á los hombres más pacíficos, á quienes el instinto de imitación 
impulsa lo mismo á aullar con los lobos que a rebuznar con los asnos. 

La Iglesia, preocupándose de los derechos del individuo desarmado, 
favoreció, por consiguiente, el derecho de asilo de igual manera que había 
facilitado las transacciones pecuniarias, con objeto de disuadir de la ven- 
ganza privada. El hombre acosado podía, gracias al asilo, preparar su jus- 
tificación ó por lo menos su defensa, y el acusador, por su parte, tenía 
tiempo para dejar enfriar su cólera, ponerse sobre sí y pesar la gravedad 
de su delación, calculando Lis consecuencias que ésta podría tener para él 




Joven griega librándose de sus perseguidores en las gradas de un altar. 

(Pintura de un vaso.) 



mismo en el caso en que su palabra fuese temeraria ó injusta. Pero desde 
que el derecho de venganza quedó convertido en una acción pecuniaria (i), 
desde que el asunto pasó á ser civil, los hombres de Iglesia ya no tenían 
el derecho de proteger al acusado, puesto que el ofendido no podía em- 
plear en lo sucesivo ninguna violencia. 

Por graves que fueran los crímenes, daban lugar á esta salvaguardia 
temporal (2), durando la protección el tiempo necesario para que el dela- 
tor pudiese retirar su querella ó para que el acusado rescatase la pena cor- 
poral gracias á una cantidad que obtuviera de su familia ó que se ganara 
con un trabajo moralizador. 

De suerte que la Iglesia no protegía inconsideradamente á los crimina- 
les, como se complacen en afirmar ciertas obras poco sinceras, sino que, 
amparando la causa de los débiles y poniéndose frente á frente de la fuer- 
za, decía á ésta: «Mira ante todo á quién vas á herir; mira si hay motivo 
siquiera para que hieras.» 

(i) Véase Pardessus, I oí sal., 65G. 

(2) Si libar quantumque gravia maleficia ferpetravcvitj non est violenter ab ecclesia 
extrahendús. G. VI, De immiin. (Migne). 



21 6 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Este procedimiento dilatorio ofrecía en la pnáctica un interés tan evi- 
dente, que los emperadores romanosy las Capitulares de los reyes trancos 
lo consagraron legalmente con sus formales disposiciones; y de ello tene- 
mos pruebas en la aprobación dada por Clodoveo al concilio de Orleáns 
de 511, en Eginardo (i) y en el título III de la ley de los alamanos. 

Y A propósito de esto repetiremos que si la Iglesia se aprovechaba de 
la situación en interés de su influencia, á lo menos no se ponía en contra- 
dicción con la moral ni se rebelaba contra las leyes; y para todo aquel 
que haya estudiado sin prevención el estado de las costumbres de enton- 
ces, es evidente que sin esta intervención de parte de la Iglesia para dul- 
cificar la vindicta pública ó privada, á todos los atentados habría seguido 
casi siempre el asesinato del acusado, ora fuese culpable, ora inocente, en 
cual caso, en vez de existir un esbozo de reglamentación, habría habido 
una vida salvaje con toda su feroz atrocidad. 

¿Cuáles eran los lugares á los que iba anejo el derecho de asilo? 

La inmunidad existía primeramente en el mterior de los conventos, 
basílicas, oratorios, cementerios y hospitales; y en segundo lugar, en las 
gradas de estos edificios y aun en un radio de 30 pasos alrededor de la igle- 
sia y de 40 si se trataba de catedrales. Actualmente casi sucede lo mismo 
con los extranjeros, quienes son inviolables en el interior, en los patios ó 
en los jardmes de la morada de su embajador. 

Sostienen algunos que la famosa Corte de los Milagros, antigua guari- 
da de los truhanes de París (2), gozaba del «privilegio de asilo» en favor 
de los terribles habitantes de ese pandemónium, como la llama Víctor Hu- 
go; pero nada menos probado que la existencia de tal derecho. A lo que 
parece, la inmunidad resultaba solamente del miedo justificado que sentían 
los prebostes de París y los soldados de la ronda á penetrar «en aquella 
ciudad de mendigos y rufianes que hacían desaparecer á los alguaciles que 
en ella se aventuraban (3).» 

¡Detalle conmovedor é interesante contraste! El sacerdote que llevara el 
Viático fué asimilado á un templo ambulante; de modo que los desdichados 
que á su lado iban podían atravesar impunemente hasta las propiedades 
de su enemigo mortal. 

¡Qué pincel podría reproducir tan admirable cuadro! 

Ved bajo el pórtico de la iglesia entreabierta á ese humilde sacerdote 
revestido de su rica estola: solemnemente desciende paso á paso las gra- 
das del santuario, y con la oración en los labios y la mirada hundida en 
el infinito, en una fijeza extática, se dirige, descubierta la cabeza, al través 
de la plaza pública y en actitud de recogimiento pasa por delante de un 
grupo de piadosos fieles que se persignan 3^ se prosternan. En sus manos 

(1) Epist. xwm. 

(2) En el barrio de Montorgueil. 

(3) Wclor l\\is,o, Notre-Dame de Paris. 



LIBRO aUlXTO 217 

temblorosas, que lleva enlazadas para mejor sujetarlas, sostiene á la altu- 
ra de sus labios el Viático, encerrado en un pequeño copón de plata en- 
vuelto en una tela de oro... Inmediatamente, los asesinos 5^ ladrones, va- 
gabundos, salteadores de caminos y bandidos, abandonando las gradas del 
templo que son su refugio habitual, se levantan y se agrupan para seguir 
al ministro de los altares hasta la vivienda de un pobre moribundo. To- 
dos van confiados, porque saben que nada han de temer: una aureola de 
inmunidad acompaña á sus pecadores puestos bajo el amparo de Aquel 
que desata y perdona; la sombra del sacerdote, misterioso y viviente ta- 
bernáculo, transforma en tierra sagrada el fugitivo suelo que cubre al pa- 
sar, al mismo tiempo que tiende á su alrededor una especie de velo de ca- 
ridad para ocultar las faltas á las vengativas miradas de los hombres. Y si 
por casualidad algún arquero demasiado celoso hubiese osado poner su 
mano sobre uno de los miserables que formaban aquel extraño cortejo, el 
sacerdote le habría recordado sin duda el respeto al derecho de asilo, di- 
ciéndole: «¡Soldado del rey! Deja pasar al Dios de misericordia que no 
rechaza la escolta de los pecadores.» 

La Iglesia, ejerciendo el derecho de asilo, no sólo oponía un obstácu- 
lo á las tradiciones de venganza personal, sino que además consideraba 
que castigar al culpable corporalmente era menos importante que enmen- 
dar su alma despertando en él esa virtud de los culpables que se llama el 
arrepentimiento. En efecto, el resultado directo de la acción del sacerdote 
era generalmente convertir á los criminales «en vez de permitir que los 
enviaran á dar cuenta á Dios de su alma ruin en estado mortal,» según 
escribían los antiguos canonistas. ¿Acaso no vemos en nuestros días cómo 
el legislador autoriza al juez para que suspenda la pena impuesta, á fin de 
evitar que se deshonre de una manera irremediable á un desgraciado que 
tal vez ha sido víctima de un arrebato pasajero (i)? 

Reprimir el mal es útil; pero aún es mejor conjurarlo para el porvenir. 
¿Por ventura la cárcel que ha recibido á un delincuente vulgar no restitu- 
ye por lo general á la sociedad, en vez de un hombre arrepentido, un cri- 
minal rencoroso, exasperado, implacable? De cien delincuentes, más de 
cincuenta reinciden. 

Fácil es comprender, sin embargo, que la protección del derecho de 
asilo debía á la larga originar grandes abusos. Efectivamente, llegó día 
en que los criminales se dieron cita en las inmediaciones de los monumen- 
tos eclesiásticos y allí se entregaron á toda suerte de depredaciones; para 
ellos la tentación era tanto mayor cuanto que, según costumbre estableci- 
da, los conventos, cabildos ó seminarios en cuyo territorio se había insta- 
lado un delincuente, tenían obligación de mantener al malhechor (2). 

(i) Ley Beranger. 

(2) Nec directe níc iiidirecte indc extrahe possunt, et propterea illis ncc alimenta, ncc 
qiiiescendi comoditas negari potest.—V . Memoire dii clevgé de France, V, pág. 1627. 



2l8 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Refieren los historiadores que muchas veces los bandidos perseguidos 
por la guardia se ponían á bailar como locos y á entonar canciones burles- 
cas á la vista de los soldados; algunas pequeñas estacas al ras del suelo ó 
un ligero surco trazado en éste constituían una muralla legahnente infran- 
queable. 

La licencia y los desórdenes adquirieron proporciones tales, que los 
papas fueron los primeros en restringir la extensión de ese privilegio, te- 
merosos de que la bondad y la indulgencia llevadas al exceso acabaran por 
convertirse en una especie de complicidad. En su consecuencia, Grego- 
rio XIV y Benedicto XIIÍ declaran excluidos del derecho de asilo: á los 
ladrones de caminos reales, á los homicidas, á los asesinos y á sus cóm- 
plices, á los falsarios y á los monederos falsos (i). Mas no bastando esto, 
varias bulas ordenaron á los superiores eclesiásticos (2) que supiimieran 
la inmunidad, si bien añadiendo que no debía entregarse á los delincuen- 
tes, sino despedirlos con caridad. 

( 1 ) Bula de Gregorio XI\': Qiiod si giiis. 

(2) Constitución de Gregorio XIV, modificada por la de Benedicto XIII en el 
de Roma de 1723. 



CAPITULO II 

SUICIDIO Y parricidio; documentos chinos sobre el infanticidio 

Las religiones y el suicidio.— Inñuencia. del panteisir.o y de la metempsicosis en los suici- 
dios "colectivos: India, Japón...- Kl suicidio por venganza en China.— Diferencia entre 
la muerte voluntaria entre los hebreos, los griegos y los romanos. — La muerte de 
las viejas entre los godos: la roca de los antepasados entre los visigodos.- Opinión 
de los concilios y de los Padres de la Iglesia sobre el suicidio.— Curiosos textos de la 
ley sálica respecto de los ahorcados. — Procesos á los cadáveres de los suicidas. —;Ls pu- 
nible la complicidad del suicidio? Episodios judiciales. — Los clubs del suicidio durante 
la primera República.— Refutación del supuesto derecho de morir.- La muerte volun- 
taria según las estadísticas recientes: influencia de la edad, del sexo y de la profesión. 
—Célibes y casados; generes de muerte pve(evidos. — E[ parricidio entre los hebreos.— 
Singular penalidad de la Ley de las doce tablas. — Cómo se castigaban en Francia los pa- 
rricidios antes de lyu'.— Actual ceremonial de la ejecución délos parricidas— Horrible 
suplicio del Kiao en China.- Leyes y libros chinos sobre el infanticidio.— Edictos so- 
bre la anegación de las doncellas.— Relato sobre la venta de los niños chinos. --Testi- 
monio del general Tchen-Ki-Tong.— Una información sobre el infanticidio en Cantón. 

En el presente capítulo trataremos: i.°, del suicidio; 2.°, del parricidio y 
y en la última cuenta extractaremos algunos preciosos documentos chinos 
sobre el infanticidio. 

I, El suicidio. — El suicidio, interesante en sumo grado para los des- 
tinos del hombre en la otra vida, está intimamente enlazado con las creen- 
cias religiosas y con los sistemas filosóficos de los pueblos. 

En la India, los libros de los bracmanes enseñan que el hombre no es 
más que una parte integrante del Gran Todo; por esto el panteísmo de 
los antiguos y el de los orientales han sido una de las causas más activas 
de la multiplicidad de los suicidios en aquellos pueblos. Desde el momen- 
to en que se hacía del hombre una emanación de la Divinidad impersonal 
con la cual se confundía, se incitaba, según hace notar el Dr. Moreau de 
Tours en una razonada monografía, á los individuos desalentados ó has- 
tiados á librarse del dolor ó del tedio, para ir á absorberse pasivamente 
en una especie de nada libertadora. Las consecuencias desastrosas de estos 
dogmas y de estas prescripciones se comprenden fácilmente, bastando re- 
cordar esas odiosas hecatombes humanas que desde tantos siglos se han 
sucedido sin interrupción en los vastos territorios del Indostán, de la Chi- 
na, del Tibet, del Japón y del reino de Siam. 

A propósito de las fiestas paganas que se celebran en la ciudad de Jag- 



220 HISTORIA DE LAS CREIZNCIAS 

grenat, en el Indostán, hemos hablado de las repugnantes escenas de sui- 
cidios colectivos bajo las ruedas del carro de Vichnú; por consiguiente no 
hemos de insistir sobre ellas. 

¿Quién no recuerda el suicidio por el fuego á que se entregaban, no 
hace aún muchos años, las mujeres indas con objeto de dar una prueba 
de su íe conyugal confundiendo sus cenizas con las del difunto esposo? 
De él nos ocuparemos detalladamente en el capítulo de los sacrificios hu- 
manos, porque, en realidad, las solemnidades de que aparecían rodeadas 
Jas suííias (i) y la opinión que en cierto modo las imponía, las diferencia, 
bajo muchos conceptos, del suicidio vulgar. 

Refieren algunos viajeros que en el Japón, los adoradores del dios 
Amida se figuran que anegándose en honor de esta divmidad tienen la 
certeza de lograr una beatitud inmensa en la otra vida. Es allí bastante 
frecuente que un devoto se arroje al agua para dar una prueba indubitable 
de su piedad; pero previamente, y á fin de dar mayor esplendor al cum- 
plimiento de su resolución, procura reunir prosélitos resueltos á acompa- 
ñarle al otro mundo, á cual efecto predica en todas las encrucijadas el 
desprecio de los falsos bienes terrenales, describe elocuentemente las mi- 
serias que afligen la existencia del hombre y traza un cuadro seductor de 
las magníficas recompensas que á Jos que mueren por Amida les están re- 
servadas. A menudo el orador encuentra algún fanático dispuesto á apro- 
vechar esta ocasión para morir con gloria, y entonces las víctimas volun- 
tarias se encaminan hacia un río ó hacia el mar, escoltados por sus parien- 
tes y amigos y por un gran número de bonzos. La comitiva sube á una 
barca reservada para esta ceremonia y adornada con dorados y telas de 
seda, y el adorador de Amida, después de haber manifestado su alegría 
bailando al son de instrumentos músicos, se ata al cuello y á la cintura 
algunas piedras de gran tamaño y se arroja al agua de cabeza. 

Hay otra manera de sacrificarse en honor de Amida y consiste en ente- 
rrarse vivo. La víctima escoge una gruta que tengii aproximadamente la for- 
ma de una tumba y tan estrecha que apenas le sea posible sentarse en 
ella, y allí se encierra; después de lo cual se tapia la entrada dejando sólo 
un pequeño respiradero para evitar la asfixia inmediata. El dios á quien 
se pretende honrar con tan horribles prácticas es representado general- 
mente con cabeza de perro y montado en un caballo de siete cabezas, 
«emblema de los siete mil siglos.» 

Varios sistemas filosóficos de Oriente han fomentado el suicidio, unos 
•suprimiendo la idea de un dios remunerador ó vengador y otros persua- 
diendo á los crédulos mortales de que, gracias á la metempsicosis, á la trans- 

(i) Se ha censurado á la nación inglesa porque habla permitido oficialmente las siittias; 
pero hay que tener en cuenta que esta costumbre secular no podía ser abolida en un día. 
Ala administración de lord Guillermo Hentinck se debe la prohibición de estos sacrificios 
■humanos. 



LIBRO QUINTO 22 1 

migración de las almas, el que se destruye en ciertas condiciones tiene la 
esperanza de mejorar su suerte más allá de la tumba. Y realmente, para 
quien está imbuido de la doctrina «de los nacimientos sucesivos,» refu- 
giarse en la muerte cuando se está afligido es volver á empezar una par- 
tida perdida con probabilidades menos desfavorables. 

También los materialistas, cifrando el supremo bien en el goce y en 
los placeres, inspiraron la repugnancia hacia una vida en la que la felici- 
dad jamás existe completa. 

Aun hoy en día es el suicidio una verdadera calamidad en China, en 
donde no sólo se mata la gente por disgustos domésticos ó por malos ne- 
gocios ó á consecuencia de accesos de furor, de tsi ó «hartazgos de cóle- 
ra,» según la expresión china, sino además por venganza, procedimiento 
de suicidio que, según parece, es un medio muy corriente de represalias. 
Si dos mercaderes se hacen la competencia, el que se siente incapaz de 
luchar se traga una fuerre dosis de opio y va á morir en la tienda de su 
competidor; si un litigante pierde un pleito, se apresura á ahorcarse en la 
puerta de la vivienda del que lo ha ganado, y esto se hace porque el sim- 
ple hecho de tener un muerto en casa trae consigo comprometedoras dis- 
cusiones con la justicia y además hace pesar sobre el depositario del cadá- 
ver una especie de maldición fatal, puesto que los chinos creen que todo 
el que muere fuera de su domicilio se convierte en espíritu maléfico, ven- 
gativo. Nada más frecuente asimismo que ver á un deudor insolvente sui- 
cidarse, «ya que todas las cuentas han de quedar saldadas antes de fin de 
año, bajo pena de ser considerado como estafa el que así no lo haga.» 

Algunos emperadores han sido los primeros en dar ejemplo de muerte 
voluntaria por razones de índole política; y esta manera de poner término 
á la vida es la más distinguida que puedan encontrar una viuda ó una jo- 
ven desposada cuyo prometido fallezca antes de haberse celebrado la boda. 

Relatemos un hecho entre mil que podríamos referir: «Una doncella de 
Fu-tchéu que se encontró en este caso resolvió no sobrevivir al que había 
de ser su esposo, y sus padres, al verla tan decidida á quitarse la existen- 
cia, le pidieron que realizara este acto de un modo solemne que pudiese 
atraer la atención sobre su familia y cubrirla de honra. En efecto, el día 
elegido, la joven fué conducida en palanquín á la casa de su difunto novio, 
en el centro de cuya principal habitación habíase levantado un estrado al 
que subió la doncella después de haber adorado las tablitas de sus antepa- 
sados y ofrecido un sacrificio á sus manes. La familia y los amigos habían 
acudido allí para presenciar el espectáculo: los padres del muerto fueron 
los primeros en prosternarse ante aquella á quien habían escogido por 
nuera y á la que presentaron luego te y dulces. Entonces la muchacha 
subió á un escabel é introdujo el cuello en el nudo corredizo de antemano 
preparado; los presentes dejaron tranquilamente que se ahorcara, después 
de lo cual la depositaron en un ataúd que fué enterrado junto al de su 



222 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

prometido. Su nombre se inscribió en las tablitas de su nueva familia, y 
ahora esos infelices paganos la adoran como á una divinidad (i),» conti- 
nuando así las tradiciones de los antiguos chinos. 

Entre los hebreos, en cambio, el suicidio fué en cierto modo descono- 
cido, pudiendo apenas citarse en este pueblo ocho ó diez muertes volun- 
tarias en el espacio de cuatro mil años; y es porque creían en un Dios per- 
sonal y en una suerte definitiva más allá de la tumba. 

El autor del Droii de ¡a nature (Derecho de la naturaleza) (2), hacién- 
dose eco de varios teóricos, ha afirmado «que no es imposible que obre 
cuerdamente el que abrevia sus días para preservarse de un gran mal;» y 
otros, avanzando aún más en esta errada senda, sostienen que ni la ley 
religiosa ni las Sagradas Escrituras prohibían de una manera positiva li- 
brarse de la carga de la vida. 

A esto contestaremos que el precepto non occides, «no matarás,') no 
puede ser más categórico ni más general, y qneniatarse también es matar. 

Cítanse las muertes de Abimelec, de Sansón, de Saúl y de Eleazar 
como otros tantos suicidios; pero, en primer lugar, la Escritura refiere los 
hechos sin decir si los pone como ejemplo; y en segundo, estas defun- 
ciones ofrecen caracteres muy singulares: el golpe mortal que Abime- 
lec (3) recibe de su escudero es el justo castigo de los delitos por él come- 
tidos; Saúl sucumbe también en virtud del castigo anunciado (4!; y en 
cuanto á Sansón y á Eleazar (5), lejos de darse la muerte de los cobardes, 
€l uno se sacrifica noblemente para vengar á su patria y el otro para liber- 
tar á su pueblo (6). 

Griegos y romanos preconizaron el suicidio. «No debe censurarse al 
que sucumbe, dice Platón, sino cuando se destruye sin autorización de los 
magistrados ó sin haber sido impulsado á ello por la desgracia íy).» Lu- 
crecio (8) opina lo mismo que Platón. En Grecia, como entre los celtas, 
había sitios públicos destinados á los que querían perecer: basta recordar á 
este propósito los nombres de Léucade y de Ceos. 

Cicerón, en su tratado De la República, escribe que el suicidio es una 
impiedad, y que no tenemos el derecho de salir de la cárcel de nuestro 
cuerpo, sin permiso del cielo, porque de lo contr<ario parecería que nos 
negamos á cumplir el deber que pesa sobre nosotros aquí en la tierra (9)... 
No es posible expresarse mejor; pero como el propio orador romano dice 

(i) El R. P. Cothonay, misionero en Fo-Kien. 

(2) Barbeyrac. 

(3) Jueces, IX, 56. 

(4) I Revés, XXXI. 

(5) Jueces, XVI, 28. 

(6) / Mácateos, VI, 44. 

(7) De las leyes, WhA^. 

(8) Derer.nat.,\\\,'6^,^. 

(9) Piis ómnibus retinendus est animus in custodia..., ne munus humanum assignatum 
ii Deo defugisse videamini. {De Rep., VI, 8). 



L1I5KO Q.U1NTO ■ 223 



en otia parte (i) que «este permiso para destruirse puede resultar simple- 
mente de un deseo justo de morir, deseo en el cual el verdadero sabio está 
autorizado para ver la indicación de una voluntad divina, « de aquí que que- 
pa afirmar que Cicerón admite la legitimidad del suicidio. 

Séneca el filósofo (2), Marcial y Juvenal nos dicen que los suicidios ro- 
manos se perpetraban especialmente por ahorcamiento, caída y absorción 
de carbones encendidos ó de cenizas ardientes (3). 

Plinio considera la facultad de quitarse la vida cuando se estime con- 
veniente, como una prerrogativa del hombre sobre los animales y aun so- 
bre la divinidad (4). 

Los godos creían que los que fallecían de vejez ó de enfermedad esta- 
ban condenados á pudrirse eternamente en lugares infectos y sombríos, al 
paso que los que morían en los combates ó en empresas atrevidas habían 
de distrutar de todas las exquisitas delicias del paraíso de Odín. 

La muerte vulgar de los que sucumbían á las fatigas ó á la decrepitud 
se llamaba Kerlingedande, es decir, la muerte de las viejas, que era una 
muerte sin honor alguno. 

Los visigodos tenían un peñasco elevado, llamado Roca de ¡os antepa- 
sados, desde lo alto del cual se precipitaban los ancianos cuando estaban 
cansados de la vida (5). Las mujeres estaban por regla general excluidas 
del Walhalla ó paraíso de Odín; había, sin embargo, una excepción en 
favor de las viudas que seguían á sus esposos al sepulcro dándose volun- 
tariamente la muerte (6). 

De muchos pueblos antiguos, tracios, hérulos, brusios y serrios, se 
dice que al llegar á viejos se herían ó hacían herir mortalmente á fin de 
precipitar el momento de gozar de una existencia mejor, aberración que de- 
muestra, á su manera, las creencias espiritualistas de aquellas tribus incultas. 

Desde que la idea cristiana se difundió por el mundo^ el suicidio, que 
tanto arraigara gracias á los elementos greco-romanos y germanos, tendió 
á disminuir de un modo muy sensible. Entre los Santos Padres, San Agus- 
tín combatió con vehemencia la teoría de la muerte voluntaria (7); y los 
concilios protestaron enérgicamente contra los que «se deshacían de la vi- 
da:» el concilio de Arles celebrado en 452 calificó de «obra del demonio 
la muerte por el suicidio;» el de Brague, en 563, declaró «excomulgados» 
á los que dispusieran de su existencia; y el de Auxerre, en 578, y el de 
Troyes, en el siglo jx, reprodujeron las mismas prohibiciones... (8). 



(i) Tmtciil., lih. I. 

(2) De Providentia. 

(3) Ardentes bibcre favillas... Haiistus if;nis... 

(4) Mori optimum in tantis vit(V paenis. (Natiir. Hist.j 

(5) Obras del Caballero Temple, pág. 1 1, 

(6) Keysler, Ant. select., pág. 141 (1720). 

(7) De civitateDet, lib. I, cap. XVI. 

(8) Concihum Arelatense. — Concil. Bracavens. — M. B. de Boismont, Du suic, 24. 



224 HISTORIA DH LAS CREENCIAS 

Sabido es que en muchas regiones la gente del pueblo, cuando se en- 
cuentra por casualidad en presencia de un ahorcado, creería comprometerse 
si cortara ¡a cuerda no estando delante un funcionario judicial; y en cam- 
bio, si se trata de auxiliar á una persona que se ahoga oque quiere lanzar- 
se en el vacio, no hay nadie que no procure con laudable celo impedir se- 
mejante desgracia... ¿A qué es debida esta abstención sistemática en caso 
de ahorcamiento? La explicación de este hecho es, en nuestro concepto, 
la siguiente: 

Durante toda la Edad media, cuando se cogía á un espía ó á un criminal 
cualquiera en flagrante dehto, los jefes militares no perdían mucho tiempo 
en la instrucción del proceso, ni lo sometían á juicio contradictorio ante 
una asamblea de jueces, sino que, por el contrario, se colgaba al delincuente 
del primer árbol que se hallaba al paso, y el ejército proseguía su marcha. 

A menudo también la justicia criminal mandaba ahorcar á los conde- 
nados en los árboles de los caminos, y hasta el siglo xiv, en tiempo de 
Felipe el Hermoso, no hubo en París un lugar especialmente destinado á 
las ejecuciones y un cadalso oficial en las horcas patibularias de Montmar- 
tre levantadas por Enguerrando de Marigny. De suerte que hasta entonces 
los que daban un paseo recreativo se exponían á encontrarse impensada- 
mente, en algún agradable sitio solitario, frente á frente de un ahorcado. 
El primer impulso, como es de suponer, debía de ser socorrer al infeHz y 
cortar la cuerda con la esperanza de volverle á la vida; pero ¿qué habría 
sido entonces de la justicia? La ley sálica había previsto el caso en su títu- 
lo LXIX, artículo i.°: «El que saque de la horca á un hombre vivo y lo 
deje escapar, incurrirá en una pena que variará desde la multa á la pena 
capital (i).» y en los artículos siguientes st prohibe hasta descolgar un muer- 
to (2) sin orden ó permiso del juez (3). 

De modo que quien descolgaba á un ahorcado corría el riesgo de ser 
responsable del crimen por el cual había sido condenado á muerte el de- 
lincuente. El eco de esta amenaza de la ley sálica ha llegado, á lo que pa- 
rece, hasta nuestros días, y aunque ahora en Francia, á diferencia de los 
pasados tiempos, no haya más estrangulaciones que las voluntarias, la 
gente del pueblo se dice, como en el siglo v: «No toquemos á un ahorcado 
sin antes avisar á la justicia.» Este es sin duda uno de los más singulares 
ejemplos de la persistencia de las tradiciones, tanto más cuanto que, atri- 
buyendo la superstición á la cuerda de ahorcado la virtud délos tahsmanes, 
aquella gente debiera desear aprovecharse de la ocasión de adquirirla. 

Desde el siglo v al xii, es decir, durante el período en que la Iglesia 
reina como soberana lo mismo en las almas que en los cuerpos, el suici- 

(i) Titulo 69: «Z)e eo qiii hominem viviim cíe fiara tulerit.Sí (Isambert, I, y Pardessus, 
Loisaliqíte, texto de Herold, pág. 261.) 
{í) Hominem moríiim dcponcre. 
(3) Sme volúntate aiit consilio judiéis..., de ramo ubi incrocatiir. 



LIBRO QUINTO 22 5 

dio parece haber desaparecido casi por completo, siendo muy raros los 
ejemplos que de él se encuentran; pero con el siglo xiii, cuando la trans- 
formación operada en las opiniones, en la literatura y en las artes hace 
presentir el Renacimiento, la afición al suicidio se despierta como remem- 
branza de los tiempos paganos. En el siglo xvi se agrava notablemente la 
manía de la muerte voluntaria, y esta recrudescencia corresponde á la re- 
gresión délos estudios hacia la antigüedad, al relajamiento délas creencias 
religiosas y al libre examen. Finalmente, en el siglo xviii, el mal, favore- 
cido por el escepticismo, que en cierto modo es la característica de la épo- 
ca, adquiere alarmantes proporciones y la gente se mata por vanidad, por 
afectación, por amor al reclamo. 

Algunos legisladores de la antigüedad creyeron que debían decretar 
procedimientos infamantes contra los suicidados. 

Vengarse en un cadáver del escándalo que pudo dar á la sociedad y á 
la moral no parece medio muy eficaz para disuadir á los desesperados de 
la obsesión que les acosa, porque quien no tiembla ante la idea de salir al 
encuentro de la terrible aventura de la muerte, según la gran frase de Bos- 
suet; quien no se preocupa del dolor ni de la ignominia que han de pesar 
sobre la familia á la que abandona; quien, por último, se ríe de los ana- 
temas de la religión, no desistirá de su resolución homicida por el temor 
de que en su memoria sea entregada á una infamia postuma. 

Y, sin embargo, antiguamente en Francia el cadáver del suicida era 
arrastrado en un serón por las calles de la ciudad. 

Nuestra antigua legislación admitía los procesos al cadáver: «Puesto que 
se estima justo, dice un antiguo autor_, tributar honores postumos á un 
hombre de bien, ha de ser legítimo^ en el caso contrario, cubrirlo de ig- 
nominia (i).>í 

Por otra parte, esta práctica se remonta al origen de las sociedades. Sa- 
bido es que en el Egipto de los Faraones la momia de un hombre ilustre, 
antes de ser encerrada en el ataúd, era conducida á la presencia de los sa- 
cerdotes y del pueblo reunidos, quienes, por una especie de sufragio uni- 
versal, difamaban ó celebraban la memoria del difunto. Ni siquiera los 
reyes se libraban de ese juicio popular, cuya solemnidad y grandeza nadie 
podrá desconocer. Bien puede llamarse á esto el proceso de la memoria (2). 

Más adelante, no se estimó suficiente la pública censura, sino que se 
llegó á aplicar el suplicio al cadáver del criminal: podemos citar el caso de 
Cleomene, rey de Esparta, que después de su suicidio fué crucificado por 
orden de Ptolomeo Filopator, contra quien había conspirado el monarca 
espartano (3). 

(i) Ayraut. 

(2) Nouv. Rev. hist., 1879. 

(3) Plutarco, Af^is y Cleomene, I, XX. 

TcMO II 1 5 



226 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Refiere Plutarco que en su tiempo se intentaban írecuentemente en 
Grecia procesos después de la muerte de los culpables y á veces hasta se 
aplicaba la mutilación, cortando, por ejemplo, ¡a mano del suicidado. De 
este modo fué llevado á los tribunales un tal Frinico, acusado de traición 
y juzgado después de haber sido desenterrado (i). En Esparta fué proce- 
sada la memoria de Lysandro, á quien se acusaba de haber conspirado con- 
tra la República, y lo propio sucedió en Siracusa con el cadáver del tirano 
Dionisio (2). 

En tiempo de los primeros reyes de Roma los cadáveres de los suici- 
das eran entregados á las fieras ó expuestos en una picota ignominiosa, y 
aunque luego desapareció esta costumbre, reprodújose durante el reinado 
de Marco Antonio, en que ¡cosa extraña! se condenó á ¡a pena capital (3) al 
cadáver de Cneo Calpurnio Piso, que se había suicidado mientras se in- 
coaba contra él un proceso por envenenamiento de Germánico. Tito Livio 
cita el ejemplo de otras tres personas juzgadas después de su muerte. 

Hemos dicho que en la Edad media se incoaron numerosos procesos 
post morteni, especialmente contra suicidas. En tiempo de San Luis, los 
muebles del difunto eran confiscados en provecho del barón (4), «si suce- 
día que alguien se ahorcara, se anegara ó se matara violentamente.» 

En tiempo de Felipe el Largo, «los que se habían deshecho de la vida 
á si mismos,)) como dice el texto, eran entregados á las llamas; más ade- 
lante se les colgó «con la cabera hacia alhajo para mayor ignominia (5).» 

La Ordenanza de 1670 contiene una verdadera legislación sobre esta 
materia (6). Anteriormente, las penas contra los cadáveres eran impuestas 
cuando al juez le parecía bien; pero la ordenanza las restringe á los casos 
de «lesa majestad divina ó humana, de duelo, de homicidio de sí mismo 
y de rebelión.» 

Se entendían como crímenes de «lesa majestad divina:» la herejía, los 
sortilegios, el sacrilegio y la blasfemia (7); en cuanto al crhnen de «lesa 
majestad humana,)) era la felonía, es decir, el atentado contra el rey, el 
tomar armas contra la patria, ó el complot contra el Estado, que tenía lu- 
gar siempre que se intentaba «desposeer al príncipe de su corona,» según 
expresión feliz de la época. 



(i) Plutarco, Vida de Alcibiades. 
(■2) Vida de Timoleón. 

(3) Capitis (Suetonio). 

(4) Establecimientos de San Luis. 

(5) Una sentencia del Parlamento de Burdeos, de mayo de i56i, dispone que «el di- 
funto ,1. Mesnade, que en vida fué un sedicioso y un fautor de herejías, tendrá su cuerpo 
quemado y reducido á cenizas, y de sus bienes se tomarán <Soo libras para perseguir las he- 
rejiasque pululan en Saintonge.» (Desmaze, Curiosit. des ano. Jiist., 322) —Se observará 
que el Parlamento se interesaba por la persecución de herejías: el poder judicial no hacía 
más que amoldarse al sentimiento general que prevalecía en aquella época. 

(o) Ordonn. crim., agosto de ibjo, titulo XXII. 
(7) Jousse. 



LIBRO QUINTO 227 

Merlin refiere que, habiéndose ahogado un día en el Marne cierto indi- 
viduo culpable del crimen de lesa majestad, «su cuerpo fué extraído, des- 
cuartizado por cuatro caballos y puesto en cuatro cuartos, sobre cuatro 
ruedas en las cuatro principales avenidas de París.» 

Preciso es reconocer que en la práctica la ley era con frecuencia eludi- 
da, desde el momento en que la presunción de locura quedaba suficiente- 
mente determinada. En caso de duda había de admitirse la perturbación 
mental, idea que acentúa el derecho consuetudinario de Bretaña cuando 
dice: que sólo debe ser ahorcado y arrastrado en serón, como asesino, el 
que se ha matado «conscientemente,» es decir, con propósito deliberado. 
A tenor de lo dispuesto en la citada ordenanza, también había de ser 
objeto de procedimientos postumos el que había muerto en estado de re- 
belión. 

¿Quién representaba al diíunto en el proceso? Un miembro de su fa- 
milia, si lo había, y si no, se nombraba de oficio un procurador ó curador 
del muerto que defendiera los intereses «de la memoria procesada (i).» 
Y á tal extremo llegaba el formalismo, que no sólo se seguía contra el 
muerto el procedimiento de costumbre, sino que antes de la audiencia su 
cadáver debía ser «metido en la cárcel, en la prisión baja,» mientras es- 
peraba la ejecución, la mutilación ó la exposición en la picota. 

A veces se enterraba provisionalmente al difunto acusado hasta el día de 
la vista, ó bien se le embalsamaba, ó simplemente se «le salaba» á fin de 
impedir la putrefacción. A título de ejemplo citemos una sentencia dicta- 
da por el Parlamento de París (2) en las siguientes circunstancias. Un tal 
Luis Martín, acusado de robo, había sido detenido por la jurisdicción del 
mariscal de Orleáns y encerrado en la cárcel. Ocho días después le encon- 
traron ahorcado en su calabozo, é inmediatamente los funcionarios de la 
mariscalía levantaron acta, dieron parte del hecho, y mientras se incoaba 
el proceso ((mandaron salar el cadáver;» pero habiendo surgido un conflic- 
to de competencia, el asunto quedó aplazado para larga fecha... En el en- 
tretanto, y en vista de que la descomposición dejaba sentir sus efectos (á 
pesar de que el hecho ocurría en el mes de octubre), el tribunal se vio 
obligado á decretar la inhumación provisional del cadáver «en tierra pro- 
fana, hasta tanto que otra cosa fuese ordenada (3).» Por fin el Parlamen- 
to se conformó con las conclusiones del Procurador general del rey, Joly 
de Fleury, el cual había declarado que, en su concepto, «dada la infección 
del cadáver y su putrefacción, la ley quedaría satisfecha sólo con que se 
castigase la memoria del culpable.» 

Según la Ordenanza de 1670 (4), el juez no designaba de oficio, para 



(i) Véase el estudio de M. J. Bregeault. 

(2) Decreto de reglamento de 2 de diciembre de iy3-j (loc.citat.), Nouv. rev.hist., 1879. 

(3) Jousse, III, 545. 

(4) Art. 3. 



228 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

representar al difunto, más que á un curador «instruido, es decir, que su- 
piera leer y escribir,» el cual prestaba juramento deque desempeñaría fiel- 
mente su fúnebre cargo. La fórmula del nombramiento del curador comen- 
zaba así: «Considerando que se trata de un crimen cuya venganza pública 
ha de ejercerse contra el cadáver. ..y) (Rep. de Guyot.) 

Este mandatario especial representaba al difunto en todas las actuacio- 
nes; sin embargo, en el acto de la vista, permanecía «de pie y no sentado 
en el banquillo de los criminales.» 

Todavía en tiempo de Pothier el cadáver contra el cual se había dic- 
tado sentencia condenatoria era paseado, en un serón y puesto bocr. abajo, 
por los callejones de la ciudad, y luego colgado de una horca con los pies 
hacia arriba. 

Por lo que se refiere á los procesos incoados contra «la memoria so- 
la,» se diferenciaban poco de los anteriores, pero no había en ellos el apa- 
rato ofuscador que dejamos descrito y que constituía un espectáculo tal 
vez más malsano aún que terrorífico. 

Existía un procedimiento especial contra los culpables en rebeldía, y 
era la ejecución en efigie, acerca de la cual contiene la Ordenanza numero- 
sas disposiciones. En concepto del legislador de aquellos tiempos, era pre- 
ciso impresionar la imaginación del pueblo con el aparato del castigo me- 
recido; por esta razón se fabricaban maniquíes de paja y hombres de esto- 
pa en quienes se vengaba la justicia impotente, cuando el acusado había 
podido substraerse á la vindicta pública. 

A veces al (.(.hombre de paja» se le ahorcaba, pero por lo general era 
quemado por mano del verdugo, después de haberse leído en alta voz la 
sentencia ante el pueblo congregado. De aquí proviene la expresión popu- 
lar de «hombre de paja» con que se designa á un mandatario aparente, á 
un falso representante inventado por gentes de mala fe. 

Es curioso que en el código civil francés se conserve la írase «senten- 
cia por efigie,» para indicar el fallo dictado contra una parte no presen- 
te (i); en esto el legislador no ha hecho más que consignar una reminis- 
cencia del pasado. , 

En la época de las guerras de la República y del Imperio constituyó- 
se en Francia y en Prusia un Club de suicidio, cuyos afiliados se compro- 
metían á darse muerte en ciertas circunstancias y en determinadas fe- 
chas (2). El último representante de esa extravagante sociedad, cuyo re- 
glamento decía que «todos los años se elegiría al miembro que estaría obli- 
gado á destruirse (3),» falleció, según parece, en 1809. 

Esta idea no era nueva; en efecto, desde los tiempos de Marco Anto- 
nio y Cleopatra gozaba el suicidio en Egipto de tal favor, que se tormo 

(i) Cod. civ., art. 27. 

(2) M. Schaen, Statist. de la Civilis., pág. 1 5 i. 

(3) De rUnitation contagieuse, tesis de M. Próspero Lucas, pág. 32. 



LIBRO aUINTO 229 

una Academia ó sociedad de Synapothumenos (i) en la que se reunían las 
personas resueltas á sucumbir juntas. Después de la batalla de Actium, 
Marco Antonio y Cleopatra fueron los jefes de aquel grupo, cuya princi- 
pal ocupación consistió en buscar los medios más suaves y más ingeniosos 
para terminar agradablemente la existencia. Sabido es cómo murieron 
Marco Antonio y la hermosa egipcia, y aunque algunos autores han tor- 
turado su imaginación para demostrar que la picadura del áspid no puede 
producir la muerte, nosotros nos atendremos á la doble afirmación de 
Horacio y de Propercio (2), contemporáneos de aquella reina ilustre. 

En Francia nunca se preconizó el suicidio en nombre de una idea re- 
ligiosa; en cambio, en Rusia, ya en tiempo de Pedro el Grande un impor- 
tante grupo fanático había recomendado la muerte c<libre» como medio de 
santificación: los filopofíchinos entendían que el mejor medio de no pecar es 
destruirse. ¡Como si el quitarse la vida no fuese la menos reparable de las 
faltas! Tales sectarios se dejaban morir de hambre ó se hacían enterrar vivos . 

Todavía en 1897 la policía descubrió en el gobierno de Kherson, á tres 
kilómetros de Tiraspol, varios grupos de cadáveres de fanáticos que se ha- 
bían hecho emparedar en vida para no ver al Anticristo anunciado poruña 
especie de profetisa llamada Vitaba. 

Un tal Kovaleí, rico aldeano de aquella región, confesó ante el juez 
de instrucción haber prestado su concurso á aquel suicidio colectivo en el 
que perecieron, según parece, veintiséis personas. Kovalef cavó todas las 
tumbas: en la primera hizo entrar á cinco hombres, tres mujeres y dos ni- 
ños, cerrando luego la entrada con ladrillos y cal; cuando se abrió esta 
sepultura, pudo comprobarse que los niños habían intentado substraerse 
á la muerte y que, con sus dedos crispados, habían conseguido arrancar 
cierta cantidad de tierra. En la segunda había tres personas adultas y tres 
niños; en la tercera cuatro mujeres, entre ellas la hermana del propio Ko- 
valef, el cual refirió luego que las cuatro presenciaron la operación de ca- 
var la fosa y que, después de terminado su trabajo, les dijo tranquilamente: 
«Ya está todo dispuesto; bajad, pues, si no habéis mudado de opinión.» 
Así lo hicieron aquéllas, y Kovalef tapió la entrada. En la cuarta sepul- 
tura, que había sido decorada, estaban los demás cadáveres, á saber: la 
profetisa, la madre de Kovalef, su hermano y tres mujeres. 

Desde el punto de vista legal y crítico, el suicidio plantea graves pro- 
blemas que no podemos pasar en silencio: así, cuando un hombre presta su 
concurso á un desesperado que quiere morir, ¿es cómplice de asesinato, se- 
gún nuestro código penal, como lo es ante la conciencia y la ley religiosa? 

El autor de la Sociología criminal (3) afirma, en una tesis especiosa, que 
el hombre tiene todo él el derecho de destruirse «y por ende el de hacerse 



(1) M. Buonafede, pág. ?o.— De auvar.oOuw, matar juntos. 

(i) Odas, I, XXXI, 25; y los versos de Propercio que empiezan zs\: Brachia spectavi... 

(3) l^Inrique Ferri. 



230 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

matar, si bien le parece, a condición de que el que mata obre, no sólo con 
el consentimiento y á ruegos de la- víctima, sino también por motivos mo- 
rales y humanitarios (tales como la piedad, la amistad, el amor); en este 
caso, se atreve á sostener el autor, el derecho de morir y de hacerse ma- 
tar concuerda con la acción benéfica del agente, cuyo acto, en tales con- 
diciones, ha de merecer la absolución y hasta la aprobación.» Por fortuna 
la enormidad del sofisma es tan manifiesta, que atenúa considerablemente 
las consecuencias de tan escandalosa teoría. ¿Cómo puede ser legítimo un 
crimen sólo por haber sido cometido por dos? 

En las siguientes líneas, J. J. Rousseau ha puesto perfectamente de 
relieve los poderosos motivos que, aparte del sentimiento religioso, han 
de disuadir al hombre de cometer tal cobardía; «El suicidio es una muer- 
te furtiva y vergonzosa, un robo que se hace al género humano. ¿Te crees 
inútil al mundo, filósofo de un día? ¿Ignoras, por ventura^ que no pue- 
des dar un paso en la tierra sin encontrar algún deber que cumplir? Si en 
el fondo de tu corazón queda un átomo de sentimiento de virtud, ven á mí 
para que yo te enseñe á amar la vida. Cada vez que te sientas tentado de 
abandonarla, dite á ti mismo: ¡Hagamos todavía una buena acción antes de 
morir! Y luego vé en busca de un indigente á quien socorrer ó de un des- 
dichado á quien consolar ó de un oprimido á quien devolver la libertad.» 
En nuestra legislación, el suicidio no es un delito, por consiguiente en 
derecho no cabe complicidad, es decir, participación criminal en el hecho, 
por censurable que sea, de alentar á un desesperado á que realice sus fu- 
nestos proyectos. Sin embargo, si existe la más leve cooperación, no ya 
intelectual, sino activa, por parte de un tercero, aun siendo á petición reite- 
rada y hasta por orden formal de la víctima, el auxiliar resulta legalmente 
responsable. En efecto, prestar un concurso benévolo á la ejecución de una 
obra de muerte es una complacencia inexcusable: esta supuesta compasión 
no es otra cosa que una connivencia criminal, á pesar de los argumentos 
que se han invocado para justificarla, para poetizarla. 

Algunas legislaciones modernas castigan hasta la tentativa de suicidio: por 
ejemplo, el artículo 1473 del Código penal ruso de 1866, el párrafo 174 
del Código penal del Estado de Nueva York y la ley inglesa (i). Más de 
una vez se consigue burlar la ley alegando la enajenación mental, es de- 
cir, la irresponsabilidad del que ha querido matarse; esto no obstante, en 
la estadística judicial de Inglaterra encontramos en un solo año ciento seis 
personas, setenta y seis hombres y treinta mujeres, procesadas por «ten- 
tativa de suicidio (2),» y ochenta y cuatro fallos condenatorios, siendo en 
algunos la penalidad señalada de cinco y seis meses de cárcel. Finalmen- 
te, en el Japón, el Código de 1886 (3) castiga con seis meses á tres años 

(i) M. Steplen, Digest of the criminal Law. 

{2) A ttempt to commit. 

(3) Código de 1880, revisado en 1886 por M; Boissonade. 



LIBRO QUINTO 23 I 

el tradicional harahri, es decir, los actos cometidos con el propósito de 
quitarse la vida, sea directamente, sea mediante el concurso ajeno. 

Mencionemos algunos rasgos de la mtervención de terceras personas 
en actos de suicidio. El coronel Combes mató de un pisioletaxp á uno de 
sus compañeros de armas gravemente herido en el campo de batalla, que 
le pedia, en nombre de la amistad, que lo rematara. La condesa Bathyani, 
yendo á visitar á su marido en la cárcel, entrególe una cortaplumas con 
el cual se cortó las venas á fin de no comparecer ante los jueces (Holzens- 
dorff, Mord iind Toddcsstrafe, Berlín). El mismo caso ocurrió en 1882 con 
el conde Paella, de la Universidad de Bolonia, quien, procesado por ase- 
sinato, recibió de su esposa un veneno mortal. Un tal Lefloch, que compa- 
reció ante el tribunal de assises del Finisterre, había consentido en herir 
mortalmente á un amigo, cediendo al deseo por éste expresado, pero tenien- 
do la precaución de pedirle ¡a orden escrita de que ¡e matase. El tribunal de 
Casación, que hubo de resolver este caso, declaró que ninguna voluntad 
particular podía absolver ni hacer lícita una violencia, en sí misma culpa- 
ble; y que el consentimiento de la persona no podía en manera alguna 
constituir la excusa legal de provocación. No sólo el asesinato ordenado 
ó solicitado «no es excusable,» sino que las simples heridas causadas á 
otro no dejan de ser un delito punible aunque lo hubiesen sido por común 
acuerdo (i). 

El ejemplo más delicado que pueda encontrarse en esta materia es tal 
vez el siguiente: «¡Cuan bello sería morir juntos!,» se dijeron en cierta 
ocasión un muchacho llamado Copillet y su prometida, cuyos amores, 
exaltados por las más apasionadas novelas, encontraban en sus respectivas 
familias una oposición tenaz. Un día, víctimas de una especie de daltonis- 
mo moral, el azul de sus ensueños, transformándose en culpable locura, 
hizo que todo lo vieran rojo, y adoptaron la criminal resolución de dispa- 
rar el uno sobre el otro á fin de poner término á una existencia que les 
parecía intolerable. Puesto en práctica el proyecto, Copillet disparó contra 
Juliana hiriéndola mortalmente, pero la bala de Juliana no tocó á su cóm- 
phce. Siguióse entonces un proceso contra el sobreviviente por asesinato 
voluntario, y aunque el tribunal acusatorio se dejó conmover por lo sin- 
gular de aquel drama sentimental y dictó un auto de sobreseimiento, el 
Tribunal Supremo, ante el que acudió en casación el ministro de Gracia 
y Justicia, anuló aquel fallo peligroso por falsa aplicación de la ley (2). 
M. Dupín, en una acusación magistral, sostuvo la siguiente tesis: el con- 
curso prestado á la comisión de un suicidio es en sí mismo un acto ho- 
micida que jamás puede constituir una complicidad de suicidio; en el 
caso de autos, para que hubiese habido doble suicidio habría sido preciso 

(1) Art. 309. Puede citarse también el ejemplo de algunos quintos que se hacen mu- 
tilar por algunos amigos con la esperanza de eludir el servicio militar. 

(2) 2? de junio de i838. Cassat. 



232 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

que cada uno se hubiera destruido por un acto personal, al paso que el que 
acepta la función odiosa de dar muerte á otro, es culpable de asesinato y 
como tal debe ser castigado. 

Podríamos citar otras decisiones contorraes con esta jurisprudencia, 
plenamente justificada desde el punto de vista moral. Desde el punto de 
vista médico, es verdad que la herencia puede, hasta cierto punto, predis- 
poner al suicidio; mas no hay que dar á estas tendencias una importancia 
excesiva, ni que exagerar el atavismo en este orden de ideas. Es indudable 
que algunos individuos se han matado á la misma edad y de la misma ma- 
nera que se matara su padre, pero ¿es seguro que esto sea consecuencia 
directa y fatal de una transmisión fisiológica? ¿Acaso no corresponde bue- 
na parte de culpa á la educación recibida en el hogar, al recuerdo pertur- 
bador que persigue á los hijos de la víctima voluntaria, y sobre todo á la 
influencia del medio en que se vive? Naturalmente que no deben negarse 
las causas predisponentes; esto no obstante, un especialista, el Dr. Pablo 
Moreau, de Tours, considera con razón que las verdaderas sugestiones del 
suicidio son, en primer término, causas morales que enumera en esta for- 
ma: la facilidad délos placeres, las malas lecturas, los espectáculos escan- 
dalosos, el ejemplo tan contagioso del vicio, la vista continua del lujo y la 
ausencia ó el debilitamiento de los principios rehgiosos y morales. 

Quizás no haya estudio social más instructivo que la historia de este 
atentado contra la moral, contra la sociedad y contra sí mismo, que se 
denomina el suicidio: veamos algunas pruebas convincentes de este 
aserto. Si investigamos las opiniones religiosas de las víctimas, veremos que 
los católicos se suicidan cien veces menos que los incrédulos, y que los ju- 
díos son los que más apego tienen á la vida. La explicación de este hecho 
es la siguiente- la doctrina de la Iglesia y sus anatemas en este particular 
son de índole muy á propósito para disuadir de la idea de cometer seme- 
jante falta; y en cuanto á los judíos, todo el mundo sabe que no son de 
los que menosprecian los bienes terrenales y que, además, rara vez se ven 
en la miseria, causa de unos mil suicidios anuales sólo en Francia, Según 
las estadísticas, el sexo débil es el que menos se destruye, es decir, el que 
más fuerte se muestra contra el dolor: tomando un período de quince 
años, encontraremos que de setenta y nueve mil casos, sesenta y tres mil 
suicidas son varones y die^y seis mil hembras. Y la razón de esto es que la mu- 
jer conserva en su corazón principios religiosos que la fortalecen útilmen- 
te contra la desesperación suprema. El hombre no es más que valiente; la 
mujer tiene el verdadero valor, el de la resignación y del sufrimiento. 

Es curioso comparar los géneros de muerte preferidos. La mujer se en- 
venena, se asfixia y sobre todo se arroja al agua; el hombre se ahorca ó 
se levanta la tapa de los isesos. Reproduzcamos algunas cifras proporcio- 
nales relativas al modo de matarse escogido por mil hombres y mil mu- 
jeres suicidas: estrangulación, 468 hombres y 311 mujeres; armas, 35 y 



LIBRO Q.UINTO 233 

28; veneno, 15 y 37; anegamiento, 254 y 423, etc.. Estas cifras, que 
sólo se refieren d las clases de muerte elegidas por un número igual de 
suicidas de uno y otro sexo, en nada contradicen el hecho de que, exa- 
minada la proporción, resulta que la mujer se mata tres veces menos que el 
hombre. 

En Europa, el suicidio por envenenamiento se realiza siempre por me- 
dio de tóxicos químicos; en Oriente, en cambio, el veneno animal es uno 
de los medios que más se emplean para inocularse un virus mortal. El 
envenenamiento por el veneno de víbora ha sido objeto de una memoria 
premiada por la Academia de Medicina, y en ella hace observar su au- 
tor (i) que este tóxico determina prim.eramente una excitación muy pro- 
nunciada, á la que sigue una especie de sopor que persiste hasta el mo- 
mento supremo, lo cual hace que sea preferido á los demás. De todas las 
serpientes de picadura mortal, ninguna tan terrible como la especie de naja 
ó cobra (2), más peligrosa aún que los crótalos, los trigonocéfalos del 
Nuevo Mundo, hasta el punto de que las relaciones oficiales demuestran 
sólo en la India inglesa una mortalidad anual de 200.000 personas, cau- 
sada, accidentalmente ó no, por este veneno. El director del Instituto bac- 
teriológico de Saigón (3) ha podido hacer interesantes experimentos sobre 
esta materia!.. Un anamita que había logrado capturar diez y nueve ser- 
pientes, las envió á Saigón, adonde llegaron vivas catorce en el barril en 
que iban encerradas, y habiéndose diluido en agua destilada el veneno 
extraído de las glándulas de estos reptiles, se introdujo una gota de este 
líquido en las venas de la oreja de varios animales, que sucumbieron al 
cabo de cinco minutos (4). 

En todos los países los célibes son los que mayor contingente dan al 
suicidio, siguiéndoles después los viudos; los casados son los que menos se 
matan, á pesar de que las cargas y las preocupaciones de la familia debie- 
ran, al parecer, hacerles más difícil la existencia. Tomando como ejemplo 
los hombres, veremos que la proporción de los suicidas es de unos 270 
casados por 420 solteros. 

Otra observación que contradice la opinión común es la siguiente: 
en noviembre, diciembre y enero, es decir, en los meses más duros y pe- 
nosos del año, es cuando menos gente se suicida; en cambio, en el her- 
moso julio la cifra mensual de los suicidios sube de 460 á 800 ó 900. 

El número de suicidios debidos á la miseria es relativamente pequeño; 
por el contrario, son en cierto modo incalculables los llamados pasionales. 

(i) M. Kauílmann. 

(2) Naja tripudians ó Cobra capello, especie de culebra con caperuza. 

(3) M. Calmette, véase iíei». Scientif., 23 de abril de 1892. Este sabio indica el cloru- 
ro de oro como materia que neutraliza la mordedura. 

(4) ;Cuál es exactamente el principio activo de este veneno sutil.' M. Gautier cree que el 
veneno de estos ofidios es una exageración de la ptialina que se mezcla con los elementos 
de la urea. Véase también el estudio de M. Calmette, Archives de Medecine. 



234 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

El suicidio es más frecuente en los grandes centros que en el campo, 
siendo París la ciudad de Europa en que se mata voluntariamente más 
gente... ¿Será porque nuestra capital es la que ofrece el máximo de place- 
res imaginables? 

La complaciente publicidad dada á los suicidios famosos es tal vez la 
causa más activa de los numerosos ejemplos de que todos los días somos 
testigos: la prensa, sin darse cuenta de ello, los propaga con sus sensacio- 
nales noticias y con los trágicos detalles que le agrada reproducir. Con 
estas emocionantes lecturas se exalta la sensibilidad enfermiza de muchos 
y la imaginación se enardece reavivando decepciones, desalientos ó do- 
lores que horas antes todavía dormitaban sin constituir peligro alguno. 
De medio siglo á esta parte el número de suicidios ha cuadruplicado: des- 
de 1827 á 1830, la proporción anual era de cinco^ox cien mil habitantes; 
desde 185 1 á 1855, esta proporción se eleva á J/g;{; desde 1871 á 1875, sube 
á quince; llega á die:^ y siete desde 1876 á 1880, y pasa de veintidós en 
1890... Actualmente en Francia el promedio de los que se quitan la vida 
es de nueve mil personas al año. 

En 18 1 5, hallándose Napoleón I á bordo del Northumberland que lo 
conducía á Santa Elena, varios amigos del ilustre prisionero le hablaron de 
la vaga esperanza que tenía Inglaterra de que, al verse vencido, se suici- 
dara antes de sufrir la cruel humillación del destierro (i), á lo que respon- 
dió el emperador con acento emocionado: «En mi concepto, el suicidio es 
el más repugnante de todos los crímenes; mi razón no encuentra nada que 
lo justifique. ¿Cómo puede un hombre pretender tener valor si no lo tiene 
contra el infortunio? El verdadero heroísmo consiste en sobreponerse á 
las desdichas de la vida: sean éstas de la índole que sean, es preciso arros- 
trarlas ó combatirlas.» No está de más recordar este noble lenguaje en 
una época en que el suicidio hace estragos en todas las esferas sociales, 
hasta entre los escolares. Este delirio inverosímil en un niño; este hastío 
de la existencia antes de haber tenido tiempo de conocerla; este desaliento 
antes de la lucha; esta saciedad antes del banquete, son ya una reahdad 
dolorosa que adquiere las proporciones de una enormidad social y de un 
escándalo público. Tales son, por desgracia, los frutos de una educación 
sin Dios: el niño impío que ya no cree en nada, que no encuentra que la 
vida «valga la pena de vivir,» que busca la noche antes de que acabe el 
día, que blasfema de la luz del sol, sueña con la muerte y aspira á la nada 
«para que no le riñan ni le fastidien más, » según la frase típica de uno de 
estos pequeños desgraciados que apenas había visto ocho primaveras. 

II. Del PARRICIDIO. — El parricidio, por -razón de su carácter odioso, 
ha sido en todo tiempo castigado con las penas más severas. Entre los he- 
breos, la ley de Moisés condenaba á muerte al parricida (2). La legislación 

(i) Correspondencia del Dr. Warden, médico á bordo del Northumberland. 

(2) Éxodo, XXt, 17: «Qh2 percusserit patrem suum aut matrem, morle moriatur.') 



LIBRO QUINTO 235 

de la antigua Roma no contenía al principio ninguna pena contra los pa- 
rricidas, pues el legislador no quería suponer que tal crimen pudiera ser 
cometido; esta es, por lo menos, la explicación que dan los autores de 
esta omisión en la ley. Y, efectivamente, el parricidio si no fué descono- 
cido en Roma, quedó impune hasta el año 302 de la fundación de esta ciu- 
dad. Pero, habiéndose multiplicado esta clase de delitos á consecuencia de 
la corrupción de costumbres, la ley de las Doce Tablas señaló para ellos 
una pena excepcional, á saber, arrojar al mar al culpable metido en un saco 
de cuero cosido. Esta sanción se agravó más adelante: el saco de cuero 
contenía, además del culpable, ciertos animales, un mono, una víbora, un 
perro y un gallo, á cuyo furor era entregado el delincuente (i); éste, ade- 
más, había sido previamente azotado hasta que sangrara y degradado pú- 
blicamente si era ciudadano romano. Cicerón admiraba la ingeniosa com- 
binación de este refinado castigo (2^. Posteriormente modificóse la penali- 
dad en el sentido de que, por virtud de una constitución del emperador 
Adriano, cuando el mar distaba mucho del lugar en que la sentencia se 
había dictado, el culpable era entregado á las fieras ó quemado vivo. Cons- 
tantino restableció el primitivo procedimiento de suplicio, sin la introduc- 
ción de animales en el saco empleado en la ejecución. 

En Francia, antes de 1791 (3), el hijo parricida, después de haber he- 
cho confesión pública, con la cuerda al cuello, era condenado por la ju- 
risdicción ordinaria á la amputación de ¡a mano derecha; luego, puesto en la 
rueda, se le rompían los huesos en vida, y finalmente, su cuerpo debía ser 
quemado y aventadas sus cenizas. Cuando era una hija la que se hacía cul- 
pable de este crimen, se la ahorcaba ó quemaba, pues las mujeres, por ra- 
zón de decencia pública^ no podían ser sometidas al suplicio de la rueda. 

El Código de 1791 se concretó á dictar contra los parricidas la pena de 
muer.e, sin oira condición que la de que el reo llevara la cabeza y la- cara 
tapadas hasta el momento de la ejecución. Añadir á la pena tormentos pre- 
vios parecería, dentro de nuestras actuales costumbres, un acto bárbaro 
capaz de desacreditar la autoridad de la ley, y aun de desarrollar instintos 
crueles en el pueblo que presenciara los castigos. Sin embargo, el Código 
penal de 1810 quiso, á fin de aumentar la represión, que al que había dado 
muerte á su padre se le cortara la mano antes de sufrir la pena capital, mu- 
tilación que no se suprimió hasta 1832 en que el Código fué revisado. 

En un museo de Amberes hemos visto el tajo de los parricidas que sir- 
vió para esta amputación mientras rigió la ley de 18 10: es un trozo de 
encina de setenta centímetros de alto por unos doce de grueso; en uno de 



(i) L. 9. Ad. leg. Pomp. {De Parricid.) .-L. itnic. en el cap. De his qui parr.- Instit. 
(de pub.jud.) 

(2) Pro Roscio, 71 — Juven., Sat. XIU,\-. i .='4.- Quint., Instit. crat.,\\\, ii. 

(3) Muyard de Vouglans, pág. 17G.— Jousse, tomo IV, pág. ¿o.— Parlamento de París, 
16 de diciembre de 1767.— Dalí., XIV, 594. 



236 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

los extremos de esta masa de madera, que es una especie de taburete alto, 
montado sobre cuatro pies oblicuos, hay un corto montante escuadrado 
cuya parte superior está en forma de canalón en donde el asesino colocaba 
brazo. En el tajo había un cuchillo pesado con el cual el verdugo cortaba 
la muñeca del reo de un solo golpe. Una profunda muesca en el canto 
superior demostraba que el instrumento había servido y que se había en- 
rojecido con la sangre de un hijo impío. 

Todavía en nuestros días el castigo del parricidio se conserva rodeado 
de. un ceremonial y de un aparato especiales, á propósito para herir viva- 
mente la imaginación de los asistentes al acto: según la ley actual, el con- 
denado es conducido al lugar de la ejecución en camisa, descalco y con la 
cabera cubierta con un velo negro, y de este modo se le expone en el cadalso 
mientras el alguacil lee en voz alta la sentencia del tribunal. 

Esta agravación de penalidad es insignificante, comparada, por ejem- 
plo, con la espantosa tortura que imponen al parricida las leyes del Ce- 
leste Imperio. En efecto, si los chinos no tienen muy desarrollado el sen- 
timiento de la maternidad, como lo prueba el abandono frecuente de los 
hijos, la piedad filial, en cambio, es para ellos el principio fundamental 
de la sociedad y de la familia, hasta el punto de que, asimilando el parri- 
cidio al crimen de lesa majestad, se reserva al culpable la muerte lenta ó 
<^suplicio de los cuchillos , y) conocido con el nombre de kiao. Vamos á des- 
cribir someramente este suplicio, pero aconsejamos á los lectores impre- 
sionables que pasen por alto el relato si quieren evitar la descripción de 
un cuadro verdaderamente horrible. La pena del Idao consiste en despeda- 
zar vivo al parricida (i). En una plaza pública hay una picota reservada al 
hijo asesino, el cual es atado á ella con las manos y los pies inertemente 
apretados y el cuello sujeto por una argolla. Junto á la picota se ve una 
cesta tapada y llena de cuchillos, en cada uno de cuyos mangos está de- 
signada la parte del cuerpo que con él ha de herirse; de modo que la casua- 
lidad, ó más bien la crueldad ó la humanidad del magistrado encargado 
de entregar sucesivamente esos cuchillos, es la que prolonga ó abrevia los 
sufrimientos indescriptibles del paciente, el cual puede considerarse dichoso 
si sale desde un principio del cesto íatal el cuchillo. que ha de herirle en 
el corazón poniendo término á su agonía. Pero hay una primera y cruel 
operación que no puede eludir: en efecto, la ejecución empieza siempre 
por la desolladura de la cabeza. El verdugo separa totalmente la piel del 
cráneo, salvo una tira es trecha que queda adherida sobre la frente, y la 
deja caer sobre la cara á modo de sangrienta careta, después de lo cual, 
armado de los cuchillos que sucesivamente pasan por sus manos, va cor- 
tando y arrancando lentamente las partes del cuerpo que aquéllos indi- 
can. Con frecuencia el odioso despedazamiento cesa por cansancio del 



(1) M. Girard. Fr. et Chine, I, 1141. 



LIBRO QUINTO 237 

verdugo, en cual caso el resto de la horrible faena es confiado á la feroci- 
dad del populacho que acaba lo que el ejecutor de la justicia no ha podido 
concluir (i). 

Echemos un velo sobre las lúgubres y penosas imágenes que este estu- 
dio de las penalidades chinas ha hecho desfilar ante nuestros ojos, y ha- 
gamos votos porque la ley del Evangelio deje sentir su benéfica y dulce 
influencia en la legislación y en las costumbres de aquel inmenso imperio, 
III. El infanticidio en China. — La obra tan popular «de los peque- 
ños chinos» es demasiado célebre para no haber llamado la atención de 
esos detractores sistemáticos que se ocupan de todas las instituciones ca- 
tólicas con objeto de dificultarlas ó destruirlas. Según ellos, esta obra de 
rescate es una verdadera estafa, una descarada explotación de la creduli- 
dad europea. Invocar el testimonio de los misioneros para demostrar la 
existencia del infanticidio en China seria, por consiguiente, apoyarse en 
autoridades que, por muy respetables que sean, habrian de ser calificadas 
de sospechosas, á fuer de interesadas. Por esto nos proponemos hacer nues- 
tra demostración refiriéndonos casi exclusivamente á documentos chinos 
de inestimable valor, que prueban hasta la evidencia que la triste costum- 
bre que nos ocupa está muy generalizada en el Celeste Imperio y que de 
ella son principalmente víctimas las niñas. 

Ordinariamente el procedimiento mortal consiste en sumergiries ¡a 
cabera en un lebrillo de agua y tenerias de este modo y colgadas por los pies 
hasta su total asfixia. Por este medio «los habitantes de debajo del cielo» 
se libran de criar á los hijos que les molestan. 

Comencemos por citar, como prueba, las reprensiones de un célebre 
libro de moral taoíca, el Gan-shU-tang-tchu-hai (2): «¡Corazones duros! 
¡Cómo! ¿Escucháis sin piedad los gritos de esas pobres criaturas que de- 
ploran la suerte á que se las condena anegándolas en un lebrillo de agua? 
¡Ay, ay! ¡Oh dolor! Quieren hablar, pero ¿cómo podrian hacerio? Ape- 
nas se ha propagado en ellas el alma de su madre y se rompe ya el hilo 
de su destino. El cielo quiere que vivan y los hombres quieren matarias. 
El tigre y el lobo no causan daño alguno á sus pequeñuelos, ¿y será el 
hombre el único que se muestre sin afecto para sus hijos, poniéndose por 
debajo de los animales feroces? Porque éstos no hacen ningún mal á sus 
semejantes.» 

En un Hbro destinado á las escuelas (3) se lee lo siguiente: «Hay una 
clase de mujeres que no se conforman con la ley natural ni con el dere- 
cho, que se deshacen de los hijos del sexo femenino sumergiéndolos en el 
agua y matándolos de esta manera. Pues bien: toda mujer que ahogue á 



(il Loc.cit. 

(2) Es decir: Comentario explicativo de la lu^ de la casa. 

(i) El Hio-tang-kiang-iu.-VéansQ los Etiides sur la Chine, por Monseñor de Harlez, 
profesor de la Universidad de Lovaina. 



238 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

una niña ocasionará con ello la muerte de un muchacho; si da muerte á 
dos, verá morir á dos de sus hijos varones; y el marido que no haya sabido 
prender á su mujer culpable, verá acortada en diez años su vida.» Tales son 
las amenazas con las cuales se pretende aterrorizar á los padres desnatura- 
Hzados, lo que demuestra que la frecuencia de los infanticidios es un he- 
cho constante é innegable. 

Hay otra obra cuyo título significativo es: «Cuentos con láminas para 
disuadir á los padres de que ahoguen á sus hijas.)) Otro libro, el Kiang-nau- 
tie-lei-tu-sin-pien, afirma que «en todas las aldeas muchas gentes practican 
la costumbre de asfixiar á las niñas y llegan hasta el extremo de ahogar á 
los muchachos.» El letrado Ho-tong-tse, de Sang-hai, comienza un tratado 
con estas palabras: «La costumbre de ahogar á las niñas ha llegado á exce- 
der la maldad de los lobos y de los tigres. » El mal es tan general que los 
prefectos chinos y los soberanos se han visto obligados á castigar cruel- 
mente estos infames homicidios. Podríamos citar algún edicto imperial que 
prohibe este crimen con calculada candidez á fin de no herir la sensibili- 
dad de los subditos: «Habíamos oído decir que en nuestro Imperio existía 
la costumbre de anes^ar á las niñas, mas no habíamos podido creerlo.» Y obliga- 
do á rendirse ante la evidencia, aquel monarca protesta contra esa «costum- 
bre detestable del infanticidio.» Otro emperador impone la pena de 60 bas- 
tonazos á los padres «anegadores de hijos. ^^ Por último, un libro reciente, el 
Te-i-lu, sienta esta conclusión formal: «Si se consultan con sinceridad los 
Anales, severa que el infanticidio reina en todas las provincias de China.» 
Estas afirmaciones son categóricas y su importancia no puede ser 
puesta en duda; por esto es difícil expficarse cómo ha podido M. Euge- 
nio Simón afirmar que el abandono y la exposición de niños en China 
son mucho menos frecuentes que en Francia (i). En efecto, el capitán 
de fragata M. E. Humann, que residió en China tres años como ayudante 
del vicealmirante Roze y que visitó precisamente los asilos de huérfanos 
de la procura de Ning-po, en donde era cónsul M. Simón, dice: «Estos 
establecimientos estaban atestados de jóvenes chinos, la mayoría de ellos 
arrancados á la muerte desde su inñmcia. Este mal de la exposición públi- 
ca no puede ser reprimido por las autoridades como convendría, y esta 
confesión se le escapó en mi presencia al propio gobernador de Cantón.» 
Una relación muy poco conocida, escrita en latín en 1577 y cuya tra- 
ducción damos á continuación, dice que en aquella época los padres chi- 
nos eran libres de disponer de la vida de su hijo ó de comerciar con él: «Vender 
á sus hijos para subvenir á sus necesidades es cosa tan permitida á las viu- 
das chinas pobres, que muchos mercaderes hacen con ello gran tráfico, 
comprando á las niñas, á quienes enseñan á cantar y á tocar diversos ins- 
trumentos, y haciendo aprender un oficio á los niños, á los cuales sus ma- 



(i) L'cnfant en Cliine, por el P. Largent, pág. 10. 



LIBRO aUlNTO 239 

dres venden por necesidad, y obligándoles, cuando lo han aprendido, á 
servir á su amo durante cierto tiempo (i). 

Se recordará que hace algunos años un periódico parisiense muy co- 
nocido (2) afirmó que el infanticidio chino sólo existía en la imaginación 
de unos ó en la estúpida credulidad de los demás, por lo que fué conde- 
nado por el Tribunal del Sena como difamador de la Obra de la Santa 
Infancia; y aunque la difamación es, en derecho, independiente de la ver- 
dad de la imputación, siempre resulta que los testimonios que dejamos ci- 
tados tienen una importancia capital para fijar con certeza los hechos de 
infanticidio que, á pesar de la expresada condena, podrían en rigor ser 
puestos en duda. 

A todos los nombres que hemos citado añadiremos el de un agregado 
militar chino en París, el coronel Tchen-Kitong (3), el cual reconoce «que 
las misiones chinas sostenidas por la colecta de los cinco céntimos han 
fundado establecimientos que prestan grandes servicios á los niños aban- 
donados.» 

En los fangosos y desiertos senderos que se extienden á lo largo de 
los muros de tierra de una aldehuela próxima á Cantón, escribe el marqués 
de Beauvoir (4), vemos á tres pasos de nosotros un pequeño paquete de 
esteras, cosido por su abertura y dentro del cual parece moverse algo ha- 
ciendo subir y bajar la ligera esterilla. Abrimos con un cuchillo la basta 
envoltura y encontramos una criaturita lívida y helada de frío, que podrá 
tener veinticuatro horas y que deja oír vagidos plañideros. A los pocos 
instantes otros gritos parecidos le responden desde un matorral cercano, 
en donde otro niño lucha contra la muerte: éste ha sido sin duda arroja- 
do por encima del muro, porque parece estropeado. En un espacio de qui- 
nientos metros á lo largo de aquel sendero contamos en poco tiempo has- 
ta siete moribundos que sólo tienen unas horas de edad: unos tienen la 
lepra, otros están completamente rígidos, y uno presenta una puñalada 
en un costado. Imposible expresar la indignación, la piedad y la cólera 
que de nosotros se apoderan á la vista de aquellos niños que yacen allí he- 
ridos ó paralizados.» 

Falta ahora explicar por qué las niñas son especialmente escogidas co- 
mo víctimas de la crueldad china. Indudablemente en China, como en 
todas partes, la colocación de la hija resulta más difícil; pero además hay 
otras causas que motivan la destrucción particular de las criaturas del sexo 
femenino. En efecto, el chino, como los antiguos romanos, tiene esencial 
interés en continuar el culto de los antepasados y sólo el hijo varón puede 

(i) Viaje á China por los PP. Martin de Herrade y Jerónimo Marin, en \b-]-] . Traduc- 
ción de 16 14. 

(2) Le Siecle, condenado por la Sala octava del Tribunal del Swna,cn 23 de diciembre 
de 1873. 

(3) La Cliinc et les Chinois. 

(4) Relato de su viaje alrededor de! mundo. 



240 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

tributar en el hogar los honores á la memoria de su padre. Por otra parte, 
la metempsicosis favorece también esos asesinatos, porque «el chino, sa- 
cando de un cuerpo femenino el alma de su hija, abriga la esperanza se- 
creta de que esta alma errante irá á buscar fortuna á otros sitios y tal vez 
encontrará una suerte mejor que la que como hembra le estaba reserva- 
da... Para los chinos, el único destino envidiable es ser muchacho.» Men- 
cionemos, finalmente, como hecho significativo, la existencia de una So- 
ciedad protectora de la infancia de que nos habla el Wei-Pao, periódico 
de Sang-hai, y cuyo Reglamento consigna en el articulo 12 que la sociedad 
ha sido principalmente íundada «para impedir la anegación de los niños. « 

Monseñor Favier, vicario apostólico de Pekín, que durante cerca de 
cuarenta y dos años estuvo de misionero en China, enumera los hechos 
siguientes: «Un europeo que cierta mañana, muy temprano, se paseaba 
por la ciudad, vio varios perros que se disputaban los pedazos de carne de 
una niña de tres ó cuatro años, á la que aquellos animales se habían me- 
dio comido ya cuando él llegó. En otra ocasión presenció cómo algunos 
milanos y cuervos despedazaban en un talud el cadáver de un muchacho 
de cuatro ó cinco años. Estos casos no son raros y con mucha frecuencia 
podría presenciarse este triste espectáculo, si no recorriese los diversos ba- 
rrios de la ciudad un chirrión tirado por un buey que sirve para recoger á 
los niños muertos. Entre estas criaturas abandonadas se encuentran á ve- 
ces algunas vivas. Cuando un niño es enfermizo, raquítico, cojo ó joro- 
bado, el chino, menos sensible que el europeo al afecto paternal, no tiene 
ningún reparo en contarlo como muerto y abandonarlo. Las nueve déci- 
mas partes son niñas.» 

Aunque el Celeste Imperio es tristemente célebre por la frecuencia de 
los infanticidios que en él se cometen, no es por desgracia el único país 
en que existe esta costumbre. En el reino de Assinia, en la costa de Mar- 
fil, el décimo hijo de cada familia, según refiere M. Reichenbach, es irre- 
vocablemente condenado á muerte, lo propio que todo niño que tenga la 
desgracia de padecer alguna imperfección física. En ambos casos se quita 
á la madre el recién nacido, y después de haberlo pintado de rojo, los pa- 
rientes de aquélla se lo llevan al bosque, en donde ¡o entierran vivo. 

Francia, cuya acción civilizadora se deja sentir en aquellas regiones, no 
puede amparar con su bandera tamaños delitos; pero se necesitará el trans- 
curso de muchos años para que puedan ser enteramente extirpadas tan 
inveteradas costumbres. 



CAPITULO III 



SUPLICIOS CAPITALES EN LOS DIVERSOS PUEBLOS 

Necesidad social de la represión de los crímenes. — Castigos de los antiguos egipcios: el 
istilham y el chamgat— La lapidación de los hebreos: ;quién arrojaba la primera pie- 
drar — La decapitación, la sierra, el anegamiento, el aplastamiento, la flagelación, el su- 
plicio de la cruz.— Extrañas penalidades aplicadas entre los persas.— Entre ios griegos: 
el veneno, el báratro... — Estrangulación en Roma, hacha, precipitación, gemonias, m- 
terdicción del agua y del fuego. — Pena de muerte entre los bárbaros. — «Muertes» viles 
é innobles en la Edad media y muerte de los hidalgos. — Significación feudal de las pi- 
cotas. — Sentencias contra «los hombres de paja.»— Sistemas de ejecución de la e'poca 
moderna: la Convención y la guillotina de Schmitt.— El hacha y la espada en Alemania. 
— El garrote en España. — La pena de la ergástula entre los italianos — La horca en In- 
glaterra; el molino de disciplina. — Electrocución, gasocución y linchamiento en los Es- 
tados Unidos. — El condenado- verdugo en Benín.— La trituración ó tahrys en el país del 
Nilo, y el palo de los persas. — Los suplicios en el Tonkm —Una ejecución capital en 
Pekín; el pan-tse, la canga, la muerte lenta.— Los acusados delante de sus jueces en Can- 
tón: acta de una audiencia. — Fisonomía típica de los criminales según la ciencia. — Cri- 
minalidad comparada del hombre y de la mujer. 

I. Por lo mismo que en todas las épocas ha habido hombres violen- 
tos y criminales, capaces de atentar contra la libertad, contra los bienes y 
hasta contra la vida de sus semejantes, la sociedad se ha visto obligada á 
señalar penas graduadas para castigar á los culpables, y también para inti- 
midar á los que^ impulsados por la codicia ó por el deseo de venganza, se 
sientan incHnados á imitarles. Pero asi como los legisladores modernos 
se preocupan, con razón, de no recurrir á los castigos nicas que en la me- 
dida estricta requerida- por el interés público y por la defensa de los dé- 
biles, los jefes de los antiguos pueblos, por el contrario^ compensaban la 
insuficiencia de su justicia con la barbarie de sus medios represivos. 

Exceptuando la jurisdicción eclesiástica, no existe en el pasado código 
alguno que no haya juzgado inevitable, como medida de precaución, la 
pena capital. 

En Egipto, en otro tiempo, las ejecuciones se verificaban por medio 
del sable, es decir por decapitación; pero la ley admitía también el íslilbaiii 
ó dilaiiiación, en la que el condenado era despedazado vivo por el verdugo. 

También había para los asesinos el suplicio del chamgat, del que el je- 
que Mohamed ibn-Omar el-Tousy hace la siguiente espantosa descrip- 
ción: se llenaba un gran recipiente de barro cocido, poco hondo, con es- 
topa empapada en pez y en brea; se ataban los brazos del condenado á un 

Tomo II 16 



242 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

largo bastón, que pasando por encima del pecho llegaba hasta la punta de 
los dedos, y se le ponía en el cuello una argolla de hierro de la que pendían 
cuatro ó cinco largas cadenas. Vestíase luego al infeHz con ropas empapa- 
das también en resina y se le sentaba en el recipiente de barro, que se su- 
jetaba fuertemente á la silla de un camello, después de lo cual se colocaban 
en el bastón varias mechas resinosas encendidas. La cara del condenado 
era untada asimismo con pez y brea. Los gemidos espantosos que lanzaba 
el paciente demostraban los inauditos sufrimientos que le torturaban. Este 
horrible espectáculo era paseado por las calles, mercados y plazas púbHcas 
de la ciudad. 

Estas atrocidades, cometidas especialmente en tiempo de los mamelu- 
cos, causaban profundo terror en las poblaciones. La última víctima que 
sufrió en el Cairo la pena del chamgat fué una mujer llamada Djindyah 
que había cometido varios asesinatos. 

La anegación se aplicaba sobre todo á las mujeres egipcias, porque la 
ley religiosa exigía que se las substrajera á las miradas curiosas. Se las en- 
cerraba en un saco y se las arrojaba al agua con una gran piedra para im- 
pedir que sobrenadaran; no podía darse, pues, procedimiento de ejecución 
más modesto ni más seguro. 

La estrangulación llegó á ser, dentro de las costumbres de Oriente, 
privilegio de los culpables ilustres. En cuanto al bastón, fué en el país de los 
Faraones un instrumento ordinario de educación y de gobierno, porque, 
según las máximas que han podido leerse en varios monumentos, «£"/ 
joven tiene una espalda para ser apaleado y escucha cuando se le pega.» 
U. Máximo du Camp (i) hace observar que en este punto no ha variado 
el sentimiento de los antiguos escribas: encontrándose un día delante de 
las grandiosas ruinas de Tebas preguntó cómo había podido construirse todo 
aquello, y su guía, señalándole una palmera, le respondió: «Con cien mil 
ramas rotas sobre las espaldas de los hombres que llevan desnudo el busto 
se pueden edificar muchos palacios y muchos templos.» 

Entre los suplicios llamados capitales en la legislación de los hebreos, 
el más ordinario era la lapidación, que consistía en matar á pedradas á los 
culpables de ambos sexos. La ejecución se verificaba fuera de las murallas 
de la ciudad, y según el Levítico y el Deuteronomio (2), los testigos «de 
cargo» venían obligados á arrojar la primera piedra: el que denuncia un 
delito, al recordar el hecho punible de que ha sido testigo, ha de experi- 
mentar un sentimiento de indignación tal, que no puede vacilar en ser el 
primer ejecutor del casdgo que ha hecho caer sobre el pecador (3). El 
Levítico ordena que el condenado sea conducido lejos del campo y que su 



(i) Le Xil 

(2) Lei'it., XXIV, 14; Números, XV, 35; Deuteron., XUI, 9; XVIII, 5 y 7. 

(3) Conocida es la frase de Jesucristo: «El que entre vosotros esté sin pecado, tire con- 
tra ella Ja piedra el primero.» 



LIBRO aUlNTO 243 

\:adáver sea enterrado el mismo día. De este modo fué muerto, según se 
cree, el profeta Jeremías. 

La pena del fuego consistía unas veces en ser arrojado á una caldera, 
otras asado en un horno encendido, como se hizo con los Macabeos (i) 
(Rafael ha representado en un hermoso cartón este cuadro impresionante), 
y otras quemado en una hoguera. En algunos casos se enterraba al crimi- 
nal en estiércol y se le echaba en la boca plomo derretido (2). 

La decapiiación, de la que la Escritura cita numerosos ejemplos, se prac- 
ticaba con el hacha ó con la espada (3). 

Cuando el legislador no había determinado un modo especial de in- 
molación, la estrangulación era el procedimiento del derecho común (4). 

A veces también sq precipitaba á los condenados desde lo alto de una 
torre ó de un peñasco (Santiago fué arrojado desde el terrado del templo 
al valle profundo que al pie de éste se extendía), ó se les anegaba en el 
mar, ó se les ahogaba con ceniza, ó se les hacía triturar bajo los pies de 
los animales ó por medio de trilladoras. 

Así como la estrangulación se aplicaba, en principio, á los criminales, 
li flagelación era el procedimiento normal para la represión de los delitos. 
Los jueces mandaban atará una columna ó tender en el suelo al culpable, 
el cual no había de recibir más de 40 golpes; y para no pasar de esta cifra, 
el funcionario que presidía la ejecución ordenaba al verdugo que se parase 
después del trigésimo noveno: así se hizo con San Pablo, según puede 
verse en su segunda Epístola á los Corintios (cap. XVII). Sin embargo, en 
caso de acumulación de delitos ó de reincidencia, el número de golpes 
podía elevarse á 79 (5). Si después de haber sufrido tres flagelaciones un 
incorregible cometía una cuarta falta, se exponía á ser encerrado en un 
calabozo, en donde se le hacía morir de inanición. 

Finalmente, la muerte por la sierra estaba reservada generalmente á los 
prisioneros de guerra; sin embargo, de esta manera sucumbió Isaías por 
orden de Manases (6), á quien el profeta había echado en cara su impie- 
dad y mala conducta. La sierra era á veces reemplazada por carros con 
hoces. A todos estos castigos se añadían otros accesorios, tales como las 
esposas, los collares y los grillos de madera ó de hierro (7). 

Y al llegar aquí surge un problema interesante: ¿utilizaban los hebreos 
la cru^^ como instrumento ordinario de suplicio? Según M. Pastoret, hay 
que responder á esta pregunta negativamente, proviniendo, en su concep- 
to, el error de que muchos traductores han confundido la crucifixión con 



(i) II Macabeos, VII, 3. 

(2) Véase la Mischna, IV, iSy. 

(3) Libro de los jueces, IX, 5. -San Mateo, XiV, 8, 10. 

(4) V. de Pastoret, Hist. de la légisLitión, tomo IV, pág. i35. 

(5) Deuteron. XXV, i -3. —Salden, De Synedr., II, i3, párrafo G.° 

(6) San Jerónimo sobre Isaías, cap. XV. 

{7) Dom Calmet, Dissert., \, pág. 25 i. — Mencquio 



244 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

la horca ordinaria; ahora bien, este último suplicio consistía en atar á unos 
maderos acodillados el cuerpo de un culpable después de su muerte, siendo, 
por ende, una pena infamante; y frecuentemente, añade el citado autor, 
allí donde se ha creído ver una crucifixión, los textos hablaban simple- 
mente «de atar la víctima á la madera (i),» es decir, de exponerla. En la 
crucifixión, por el contrario, el verdugo torturaba cruelmente á un hom- 
bre lleno de vida. Sin embargo, las Sagradas Escrituras refieren varios 
ejemplos de crucifixión, por ejemplo el de los cómplices de los moavi- 
tas (2) y el del rey Hai, clavado en la cruz por orden de Josué. Los roma- 
nos crucificaban de varias maneras: á los sediciosos se les ponía con la 
cabeza abajo; otros, dice Séneca, eran tendidos sobre una cruz y se les 
rompían los brazos y se les hería en un costado con una lanza (3). A ve- 
ces se envolvía á los individuos en pieles de animales todavía frescas y se les 
exponía á las mordeduras de los perros furiosos. 

El despotismo inventó en Oriente, sobre todo entre los persas, tor- 
mentos extraordinarios. 

Ciertas personas eran ejecutadas por sofocación: encerradas en un redu- 
cido recinto lleno hasta la mitad de ceniza que una rueda aventaba, acaba- 
ban por morir asfixiados. 

A los condenados se les desollaba vivos, ó se les arrancaban los ojos, 
llenando luesío las órbitas de ceniza ardiente á fin de aumentar el dolor. 
Cambises condenó á un juez prevaricador á un tormento de este género, y, 
detalle curioso, la piel del paciente, después de curtida, «sirvió para cu- 
brir la silla en que se sentó el sucesor del ejecutado:» con ello quiso el 
hijo de Ciro recordar á la magistratura el respeto que debía á su elevada 
función. En esto los persas imitaban los usos asirlos, según se ve en uno de 
esos preciosos boletines de campañas que Assurnazirhapal, 882 años antes 
de nuestra era, hacía inscribir en las paredes de su palacio: «He mandado 
desollar á los je/es de la rebelión y he cubierto esta pared con su piel; algunos 
han sido emparedados vivos; otros, crucificados ó empalados, y á muchos 
los hice desollar en mi presencia, y con su piel se cubrió la muralla.» Y 
el rey feroz agrega esta descripción de su macabro triunfo: «Mandé reunir 
sus cabezas en forma de coronas, y los cadáveres; atravesados de parte á 
parte, fueron dispuestos en guirnaldas humanas (4).» 

Pero nada más refinado, quizás, que el suplicio de las artesas: se colo- 
caba al criminal con los pies por alto en una especie de caja, y después de 
haberle atado fuertemente por las cuatro extremidades, se le cubría con 
una artesa, quedando, sin embargo, fuera de ésta la cabeza, los pies y las 
manos que salían por unos agujeros hechos ad hoc. El infeliz, á quien para 



(i) Dom Calmet, tomo I, Dissert., I, pág. 243.-Menoquio. 

(i) Los Números, XXV. 

(3) L'espi-it des usages, por Demeunier, III, 187. 

(4) Civil anc,, Seignobos. 



LIBRO QUINTO 245 

prolongar más el tormento, se le obligaba á comer, era expuesto á los ra- 
yos del sol ardiente con la cara y las extremidades untadas de miel, y así 
lo devoraban los insectos, las moscas y los gusanos, no sucumbiendo sino 
al cabo de quince ó veinte días de indecibles torturas (i). 

La legislación ateniense prodigaba la pena de muerte, sobre todo para 
los delitos contra la cosa pública ó contra la religión (2), en los que ade- 
más se arrasaba la casa del culpable. En la Edad media era quemada, á fin 
de suprimir á la vez al criminal y la vivienda que le había albergado. 

Las penas principales eran la decapitación por medio de la espada y la 
lapidación (3), que Esquilo estuvo á punto de sufrir por haber escrito un 
drama ofensivo para la Divinidad (4). Según Platón (5), los magistrados 
que habían dictado la sentencia estaban obligados á arrojar la primera pie- 
dra, como prueba de la sinceridad de su fallo. El veneno figuraba también 
como castigo de aquellos á quienes se acusaba de haber ultrajado á la pa- 
tria ó al culto; este género de muerte fué el que se reservó á Sócrates. Ha- 
bía además el bastón, que consistía en apalear al culpable hasta que mo- 
ría (6), y el abismo, sima ó báratro, íosa profunda adonde eran arrojadas 
las víctimas; Milciades vióse condenado á esta pena, que le fué conmu- 
tada á última hora (7). 

En materia criminal no se admitía ningún procedimiento, á no ser que 
la denuncia fuese escrita por el delator; esta denuncia se fijaba en un pe- 
queño cuadro. Cuando se ponía precio á la cabeza de un enemigo de la 
patria, un heraldo anunciaba cuál era la suma que se ofrecía y el dinero 
se colocaba en el altar de una divinidad. 

La manera de pronunciarse los fallos en materia penal varía según las 
épocas: en un principio cada juez cogía nn peqneño guijarro y lo deposita- 
ba silenciosamente en una de las dos urnas puestas en un lugar retirado de 
la asamblea, que se denominaban «Urna de la muerte» la una, y la otra 
«Urna de la misericordia.» Este sistema de recoger los votos ofrecía todas 
las garantías de seguridad, pero disgustó á los treinta Tiranos que, deseo- 
sos de conocer la opinión de los magistrados y de ejercer sobre la concien- 
cia de éstos una presión política, decidieron que en lo sucesivo los jueces 
depositarían á la vista del público sus votos, es decir, «sus guijarros,» en 
dos mesas llamadas mesa de vida y mesa de muerte, lo que permitía averi- 
guar el sentimiento de cada uno de ellos. Esos «cálculos» fueron primera- 
mente pedazos de conchas m:iún:{s, fichas de nácar que se entregaban á los 

(i) P. Receveur. 

(2) De Pastoret, Hist. de la Legis., IV, pág. ^8o. 

(3) Demóstenes, De laCorona; y Cicerón, De offic, 3, párrafo 2.° 

(4) Eliano, Hist. div., cap. XXIX. 

(5) Platón, Leyes, g. 

(6) Lysias c. Agoratus. 

(7) Platón en las Gurgias. 



246 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

miembros del tribunal en el momento de entrar en sesión. Posteriormente 
esas conchas fueron substituidas por piezas de metal denominadas espóndi- 
los, de los cuales los que significaban condena eran negros y agujereados 
en el centro, y los otros blancos y enteros. 

En las causas criminales se seguía el doble procedimiento siguiente, 
que recuerda algo el de nuestros tribunales de asises: por una primera de- 
cisión se declaraba al acusado culpable ó inocente, y por un segundo fallo 
se fijaba la pena en que éste había incurrido. Antes de este último se diri- 
gía al culpable una pregunta que parece extraordinaria y que, sin embar- 
go, se explica perfectamente: el presidente, dirigiéndose al reo, le invitaba 
siempre, exceptuando en las causas capitales, á declarar por su alma y por 
su conciencia qué casíigo opinaba haber merecido... Si reconocía que había 
cometido «una gran falta, w el tribunal se mostraba indulgente; pero si le 
parecía hábil estimar la sanción en menos de lo justo, los jueces eran más 
severos, porque con ello daba la medida de su perversidad y denotaba la 
falta de todo arrepentimiento. 

Antes de llevar á la víctima al lugar de expiación, se borraba su nombre 
del cuadro de los ciudadanos, de modo que mediante un subterfugio legal no 
se ejecutaba á un ciudadano y no recaía la infamia sobre esta calificación 
gloriosa (i). 

Como penalidad secundaria había los estigmas que se aplicaban con un 
hierro candente en una parte del cuerpo: á los esclavos se les grababa el 
nombre del dueño en la frente; á los soldados se les incrustaba en las ma- 
nos de un modo indeleble el de su general. 

Finalmente, al esposo culpable se le imponía un castigo original, con- 
sistente en arrancarle los cabellos, lo cual, en primer lagar, les causaba 
gran dolor, y en segundo hacía más difíciles en lo sucesivo sus empresas 
galantes (2). 

En Roma, un sistema de ejecución muy usado era la estrangulación: 
así perecieron los cómplices de C. Graco y los de Catilina, Este supli- 
cio, el único secreto (3), se ejecutaba en el Tullianum, mazmorra situada 
á diez pies debajo del suelo y cuya construcción se remontaba al tiempo 
del rey Tulio. 

Al que era condenado á hacha, el lictor le cortaba la cabeza: por este 

(i) Meursius, filólogo holandés, T/iem. attic, lil, cap. XII. 

(2) En diversas órdenes del día del primer Imperio vemos que los generales, para des- 
embarazarse de las muchas mujeres que seguían á los ejércitos, les hacían cortar los cabe- 
llos Y pintar de negro el rostro con una tintura corrosiva y duradera, «después de lo cual 
desfilaban por delante de las tropas al son de la música. Asimismo se «rasuraba» á las can- 
tineras culpables de hurto ó se las bañaba en cubas infectas. Citemos, entre otras, las deci- 
siones de 27 de nivoso del año II, en Macón, y de 8 de germinal del año \\ en el cuartel 
general de Villach. 

(3) Varrón, libro VI, yFesto. — Véase también M. Alb. de Boys, Hist. du Dr. Crim des 
peuples anciens, pág. 49. — Tito Livio, I, 26; II, 5. 



LIBRO Q.U1XT0 



247 



procedimiento fueron ejecutados, cuando la expulsión de Tarquino, los 
hijos de Junio Bruto y tantas otras víctimas. 

La precipitación consistía en arrojar al reo desde lo alto de la roca Tar- 
peya, al pie de la cual había gran número de puntas agudas empotradas 
en la peña, que desgarraban los cuerpos de los desdichados cuando sobre 
ellas caían (i). 

Los ajusticiados romanos no tenían, por regla general, derecho á la 
sepultura; los que habían perecido por estrangulación eran sacados del 




El Tuliano 

calabozo por medio de grandes garfios y expuestos luego en las gradas de 
las gemonías, siendo por último sus cadáveres arrojados al Tíber. 

La interdicción del fuego y del agua era una fórmula delicada para 
indicar el destierro: en efecto, privar á un hombre de agua y de fuego, 
cosas necesarias para la vida, equivalía á obligarle á huir á fin de buscar 
en el extranjero los medios de existencia que le negaba su patria. Este 
expediente se inventó para no ejercer violencia directa sobre un ciudada- 
no romiano; en vez de conducirlo d la frontera se le hacía imposible la 
permanencia en su país. No le expulsaban; ¡se iba! Pero esta discreta evic- 
ción fué considerada insuficiente y los emperadores no vacilaron en apli- 
car la deportación ó relegación, á pesar de la inviolabilidad teórica que prote- 
gía al ciudadano. 

Los delincuentes que habían de sufrir la flagelación eran apaleados con 



(i) Apiano, De bel!, civ., libro II 



248 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

bastones (fiisíibiis), ó con varas flexibles (virgis) ó con látigos (flagcllis): 
del primer modo se azotaba á los soldados, del segundo á los ciudadanos 
y del tercero á los esclavos. En los últimos tiempos de la República las 
varas fueron abolidas para los ciudadanos en virtud de la ley Porcia (i). 

Por último, existía la multa, pena accesoria ó de ínfima categoría, que, 
por lo menos en su origen, se limitó al valor de dos bueyes ó treinta car- 
neros (2). 

La legislación de los bárbaros, que en el siglo v se establecieron en 
nuestro territorio, fundiéndose poco á poco con la población primitiva, 
comprendía dos categorías de delitos públicos, castigados casi todos con 
pérdida de la vida, bajo la forma de descuartizamiento ó de pena del 
fuego. Los delitos privados no tenían otra sanción penal, según ya hemos 
explicado, que las «composiciones pecuniarias.» 

El descuarti'^amiento era la dislocación del criminal, «de quien tiraban 
cuatro caballos;» después de haberle arrastrado por las calles expuesto á 
todos los ultrajes, el condenado era «hecho pedazos sin misericordia.» 

Tácito nos dice que los gennanos tendían debajo de un encañizado á 
los cobardes, á los perezosos y á los afeminados; y en esta forma los aho- 
gaban en un cenagal. 

La legislación de los borgoñones condenaba al que robaba un gavilán 
al castigo siguiente: se le tendía boca arriba, y descubriéndole el pecho, se 
ponían encima de éste (3) seis on^as de carne fresca de un animal cualquie- 
ra cortada en pedacitos; después se le acercaba un gavilán, al que se ha- 
bla tenido un día entero en ayunas, y el animal hambriento y furioso cla- 
vaba su acerado pico en los trozos de carne que estaban á su alcance, no sin 
causar, como se comprenderá, dolorosas heridas en el cuerpo del paciente. 

El que robaba un perro había de abrazar de rodillas y en público por 
el lomo al animal substraído. 

Entre las penas aplicadas en la Edad media citaremos la espada, la 
horca y las galeras. 

Los hidalgos tenían el privilegio de ser decapitíidos y no ahorcados, pues 
la horca se calificaba de «muerte vil,» la de los villanos, la del pueblo. 
Las personas ilustres se hallaban libres de esta muerte llamada innoble, es 
decir, no noble. 

Las horcas patibularias y la picota eran los signos exteriores de la justi- 
cia señorial, y el número de picotas fúnebres era proporcionado á los de- 
rechos jerárquicos: el justicia menor sólo tenía M«a; el justicia mayor tuvo 
dos; el castellano, tres; los barones y condes, cuatro. El número máximo 
de picotas se fijó en seis (4). 



(i) Cicerón, contra Yerres, 3, 29; Tito Livio, 10, 9. 

(2) Tito Livio, 4, 3o. 

(3) v.Super testones.» Additamentum I, tit. 10 y 1 1 (íirt. p. 33). 

(4) Championniere, núm. 3i8. 



LIBRO QUINTO 



249 



Las ejecuciones de los criminales de la jurisdicción de París se verifi- 
caron durante mucho tiempo en Montfaucón (i), y los reos se dirigían al 
iugar del suplicio á pie, deteniéndose cosa de media hora en el patio del 
convento de las Filles-Dieu, en donde la caridad de las religiosas tenía 
preparada una mesa con pan y vino destinados al «pecador digno de lásti- 
ma. » Más de una vez la sentencia extremó su dureza hasta el punto de man- 
dar que el culpable «fuese ejecutado inconfeso, y) es decir, sin sacramentos; 




Descuartizamiento de un regicida en Francia en lySy 
(De un grabado de la Biblioteca nacional, París) 

pero en 12 de lebrero de 1396 se concedieron confesores á los condenados, gra- 
cias á la intervención de Fehpe de Mezieres, preceptor de Carlos VI, y de 
Pedro de Craón, el cual hizo además colocar cerca de la horca una cruz 
al pie de la cual se arrodillaban los condenados para confesarse, y dejó un 
legado á los franciscanos, que eran los que desempeñaban tan misericor- 
diosas funciones. 

¿Por qué se privaba de los auxilios de la religión á los que más nece- 
sitados estaban de ellos y que acaso sólo esperaban la presencia de un 
sacerdote para dar pruebas de un sincero y profundo arrepentimiento? El 
poder quería á toda costa que la expiación suprema del reo fuera terrorífi- 

(i) Esta horca, en la que podían ser colgados sesenta reos, estaba instalada entre la 

Villctte y las Buttes-Chaumont. 



250 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

ca; mas, á pesar de todo, aquella prohibición resulta siempre lamentable. 

A los hombres de armas se les reservaba e\ potro, instrumento de co- 
rrección y de muerte. Gran número de cristianos de la Iglesia primitiva 
sufrieron esta clase de martirio, que consistía en permanecer sentado sobre un 
caballo de madera cuyo lomo, en extremo agudo, hacía sumamente cruel 
la posición del reo. Esta arista era más ó menos cortante según la medi- 
da de sufrimiento que se quería infligir. 

Durante los siglos de feudalismo, la expiación por el fuego (i) se apli- 
có hasta á las mujeres: citaremos de ello dos ejemplos. El 13 de julio 
de 1333, u'^'^ vendedora de candelas, Jacobita la Cerera, fué «condenada 
á la pena del fuego;» otra mujer, Catalina de Roquier, fué también «puesta 
en la picota y quemada (2).» 

Hasta fines del siglo xvi los monederos falsos eran ejecutados por el 
procedimiento del agua hirviendo. La siguiente cuenta del Ordinario de París 
detalla los gastos que este suplicio ocasionaba: «Pagado á Esteban de Bre, 
ejecutor de la alta justicia de Nuestro Señor el Rey, 12 sueldos por tres 
albañiles y sus ayudantes que hicieron el trípode para aguantar la caldera 
en que fueron hervidos tres monederos falsos; cuatro sueldos parisis por cuatro 
sacos de yeso para hacer dicho trípode; cuatro sueldos para el que blan- 
queó este trípode antes de que los albañiles quisieran trabajar en él; veinte 
sueldos por un centenar y medio de haces de leña y medio ciento de cha- 
marasca que se quemaron en dicho día para hacer hervir el agua en la cal- 
dera; ocho sueldos por una cola (3) y dos moyos en los que se puso el 
agua, los cuales durante la noche de la ejecución fueron robados; tres 
sueldos por una cola de agua con la que fueron hervidos aquéllos.» Hay 
también un edicto de Ruán fechado en 22 de diciembre de 1 581, que con- 
dena á Nicolás Salcede, famoso monedero falso, á ser ahogado en agua 
caliente. Esta clase de muerte no siempre se ha aplicado exclusivamente á 
esta clase de ladrones; FeHpe Augusto, por ejemplo, mandó en 1 198 ane- 
gar en una cuba de agua hirviendo á cuatro sujetos que por venganza, des- 
pués de haber maltratado á una mujer, la untaron de miel^ la empluma- 
ron y la pasearon montada de espaldas en un caballo. 

En las sociedades actuales la legislación criminal está fundada sobre 
bases racionales y equitativas, de suerte que la penalidad sólo se modifica 
de cuando en cuando y en puntos de detalle. Después de nuestro Código 
de 1 8 10 son poquísimos los delitos que se han añadido á los que en él 
se preveían. En cambio, en nuestra antigua legislación los castigos varían 
sensiblemente de una época á otra. Así, según el procurador general Du- 

(i) «El dicho Robín fué puesto y atado con la chamarasca y el fuego prendió allí para. 
quemar, y fué ajusticiado y quemado; y allí acabó sus días.» Rcgist. cr. du Chátclct, tomo 
I, pág. 567. 

(2) Loe. cit., tomo I, pág. ^j.—Jusiice de Saint-Martin des Cliamps, XCIV. 

(3) La cola de agua era un tonel de una capacidad de un moyo y medio aproxima- 
damente. 



LIBRO Q.U1NTO 



251 



pin, había en 1670 once penas llamadas capitales, á saber: los hierros, la 
rueda, el descuartizamiento, la decapitación para los nobles, la horca para 
los villanos después de haber sido arrastrados sobre un encañizado, las ga- 
leras á perpetuidad, el destierro perpetuo, la reclusión por toda la vida y 
la confiscación de cuerpo y bienes. A estas hemos de añadir las sanciones 



tfii 




Instrumentos de castigo á principios del siglo xvi. 
Facsímile de un grabado de la primera edición del «Código criminal» de Carlos V (i532) 

corporales accesorias, que eran: el tormento previo (i), la quemadura ó 
amputación de la mano, el labio partido ó atravesado con un hierro can- 
dente, los azotes hasta producir efusión de sangre, la suspensión por los 
sobacos, galeras, picota, argolla, jaulas de hierro (2) y calabozo. 

En fecha más próxima á nosotros, al que era condenado á galeras se le 
marcaban en la espalda las letras GAL; al ladrón se le señalaba con una 
V (volear); una W significaba reincidencia. 

(i) Véase también la obra poco conocida de Agustín Nicolás, presidente del Parlamen- 
to de Dijón, titulada: Si la torture est un moyen sur de vérifier les crimes secrets; Amster- 
dam, 1G82... En cuanto á los tormentos, no quiere, dice, describir esc aparato de carnice- 
ría, verdadera invención del Diablo.»— Véase también Montesquieu, Lcttres Persanes y 
Esprit desLois, lib. VI y XII.— Rousseau, Coutv. íocí'í?/.— Beccaria, etc. 

(2) Sobre todo en tiempo de Luis XI. 



252 HISTOKIA DE LAS CREENCIAS 

En tiempo de la Revolución aún existía en la ley la decapitación en 
efigie. Entre otros casos, puede citarse una sentencia del bailío de Pon- 
tarlier que declaraba á Mirabeau «acusado y convicto de rapto» y le con- 
denaba «á la pena de decapitación, que se ejecutará en efigie, y a más a 
cinco libras al rey y á 40.000 libras de daños y perjuicios.» No hacía, por 
otra parte, mucho tiempo que en la plaza de la Greve habían sido quema- 
dos «hombres de paja ó maniquíes rellenos de heno por no haber sido co- 
gidos los culpables.» 

II. Examinemos ahora las modalidades típicas de las penas capitales 
en la época moderna. 

El empleo de la guillotina data de la Revolución francesa. «Aunque 
parezca ser uno de los recuerdos más tristes de aquella época, dice M. Ed- 
mundo Bouquet, puede figurar entre las innovaciones relativamente hu- 
manas, si se tienen en cuenta los géneros de suplicios que, gracias á este 
invento, desaparecieron.» Pero ¡qué espantoso abuso había de hacer de 
ella la política jacobina! A propuesta del doctor Guillotin, diputado por 
París, decidió la asamblea, por decreto de 21 de enero de 1790^ que en 
todos los casos en que la ley impusiera la pena de muerte, el castigo se- 
ría igual para todos, sin distinción de condición ni de rango social. Y aña- 
de el decreto, previendo la construcción de la fatal báscula: «El criminal 
será decapitado y lo será por medio de una sencilla máquina. Un fabri- 
cante de clavicordios, un alemán llamado Schmitt, encargóse, bajo la di- 
rección del Dr. Louis (i), de la construcción del nuevo aparato, al que á 
menudo se denomina ¡a Louisette (!a Lnisita);y en abril de 1791, el doctor 
escribía á Roland, ministro del Interior: «El martes se verificaron en Bic- 
tre los experimentos de la máquina del Sr. Schmitt en tres cadáveres^ ios 
cuales han sido tan perfectamente decapitados que todos hemos quedado 
sorprendidos de la fuerza y de la celeridad de la acción del aparato.» Esta 
máquina recordaba por su forma la mannaia, instrumento que se usaba en 
Italia en el siglo xvi y que se empleó en Tolosa en 1632 para la ejecución 
del duque de Montmorency, cuando pagó con ¿u cabeza el apoyo que 
había prestado al partido de la corte contra el cardenal RicheHeu (2). 

Muchos se han preguntado cuál podía ser la persistencia de la vida en 
el cuerpo del ajusticiado. Según los experimentos de Regnard y Loye, dos 
segundos después de la decapitación no pudo comprobarse ningún signo 
consciente; pero los movimientos reflejos, como el de los párpados, son 
posibles hasta el sexto segundo; los latidos del corazón persisten durante 
25 minutos en los ventrículos y una hora en las aurículas; durante los dos 

(i) El doctor Louis, secretario déla Academia de Cirugía, encargado de estudiar los ex- 
perimentos de decapitación que se realizaban en los cadáveres de Bicetre, declara en su 
memoria que para asegurar la caída de la cuchilla es preciso que la máquina tenga, por lo 
menos, 14 pies de altura. 

2) ün el antiguo castillo de Nuremberga puede verse un instrumento que se parece á 
]a guillotina y que, al decir del cicerone, data de más de dos siglos. 



LIBRO QUINTO 



'5: 



segundos que siguen á la decapitación, los ojos permanecen abiertos y la 
boca fuertemente cerrada; la cabeza, como el cuerpo (y esto está proba- 
do actualmente), no ejecuta ningún movimiento espontáneo; al cabo de un 
minuto el rostro comienza á palidecer, y á los cuatro aparece completa- 



mente exsangue. 




En las regiones del Norte y 
del Noroeste de Alemania, las 
ejecuciones se verifican por me- 
dio del hacha; en las del Este se 
empleaba «la espada de dos ma- 
nos» ó montante; y en las del 
Sur, una guillotina muy pareci- 
da á la de Schmitt. El articulo 
13 del Código penal alemán dis- 
pone que á todo condenado á 
muerte se le corte la cabeza. 

La decapitación no se ejecu- 
ta en público, sino en el interior 
de la cárcel, y á ella asisten dos 
jueces, un escribano, los miem- 
bros de la sala, un ministro del 
culto, el abogado y todos los 
presos. Además se invita al Con- 
sejo municipal ( Gemeinderede ) 
del lugar del suplicio á que nom- 
bre doce delegados escogidos 
entre las personas notables de la 
población. 

El condenado á la pena de 
hacha es conducido,, en mangas 
de camisa y con las manos y los 
pies atados, al patíbulo en don- 
de está el ataúd lleno de serrín; 
al llegar allí se arrodilla, pone 
la cabeza sobre un tajo cubierto 

con un paño negro, y el verdugo (Scharfrichler), después de haberle h 
la sentencia, le corta la cabeza, hecho lo cual los presentes saludan. 

En la muerte por medio de la espada se suprime el tajo: el condenado 
se arrodilla con el busto erguido, y el ejecutor, blandiendo el arma de arri- 
ba abajo y describiendo con ella un semicírculo, hace saltar la cabeza á 
algunos pasos atrás. 

El garrote es el procedimiento de expiación suprema que se usa en Es- 
paña, en Portugal y en algunas colonias. Veinticuatro horas antes de la 



La primitiva guillotina, ó Louiscttc, 
según un grabado de la época 



leído 



2 54 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

ejecución el reo es puesto en capilla, en donde le asisten sacerdotes y en 
algunos puntos hermanos de cofradías especiales que le prestan los auxi- 
lios espirituales, y en la mañana del día fatal recibe los sacramentos, si así 
lo desea, y oye misa. Poco después entra el verdugo en la capilla, pide per- 
dón al reo y le viste una hopa negra; en seguida es conducido el senten- 
ciado al patíbulo, que actualmente se levanta en la misma cárcel, y es eje- 
cutado delante de muy contados testigos designados por la ley. La ejecución 
se verifica por medio del garrote: el reo se sienta en un banquillo detrás 
del cual se alza un poste con una argolla que se ajusta al cuello de aquél 
y un torno al que da vuelta el verdugo, produciendo la estrangulación y 
la rotura de la columna vertebral. 

Aunque en tiempo del rey Humberto la pena de muerte ha sido en 
Italia substituida por la ergástula, no vacilamos en describir ésta en el ca- 
pítulo de los suplicios capitales, porque en las condiciones en que se aplica 
equivale de hecho á la supresión del culpable^ sea que pierda completa- 
mente la razón, sea que sucumba en el transcurso del espantoso régimen 
celular á que se le somete durante mortales años. Juzgúese, si no, por los 
siguientes datos. La ergástula es una prisión especial impuesta al que, ha- 
biendo incurrido en la pena de prisión perpetua, «se fibra de este modo de 
la muerte que en principio merecería.» Por espacio de diez años, el con- 
denado permanecerá solo en un calabozo casi sin luz, sin ver siquiera á 
sus guardianes, los cuales le pasarán á través de un ventanillo los alimen- 
tos estrictamente indispensables para que no se muera de hambre, es decir, 
pan y agua; no podrá recibir ninguna visita, ni siquiera la de un sacerdote; 
le estará prohibido leer, escribir y dedicarse á ningún trabajo, y no podrá 
pronunciar una sola palabra, pues el reglamento niega á los condenados 
el derecho de hablar en alta voz aunque sea consigo mismos. Si quebran- 
tan esta última prohibición, su régimen, ya tan terrible de suyo, se agrava, 
puesto que seles encierra en un calabozo completamente obscuro, ó se les 
pone una camisa de fuerza, ó se les encadenan las manos y los pies de ma- 
nera que hayan de estar con el cuerpo doblado, ó se les coloca en una ca- 
ma de fuerza, que es una caja de madera parecida á un ataúd, con dos 
agujeros por donde se pasan los pies, impidiendo con ello el movimiento, 
en tanto que una camisa de fuerza mantiene inmóviles los brazos. Finalmen- 
te, por un refinamiento de severidad, se adoptan todas las medidas nece- 
sarias para que el condenado no pueda darse cuenta del tiempo transcurrido, 
ni de los días ni de las horas. Este castigo equivale á condenar á un de- 
lincuente á la locura; no hay, en efecto, casi ningún ejemplo de que la 
razón de un hombre haya podido resistir la atrocidad de semejante régi-. 
men. Si los que se titulan humanitarios no pueden compensar la eficacia 
de la pena capital más que con tan refinadas crueldades, es preferible aún 
el sistema de la cuchilla. 

En Inglaterra la muerte cruenta ha sido reemplazada por el ahorcamien- 







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256 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

io: «En calidad de capellán católico de una cárcel de Su Majestad Britá- 
nica, escribe un sacerdote, había de estar presente en el acto en que el 
juez lee una sentencia de muerte, y por esta razón conocí una costumbre 
de la que nunca había oído hablar. La ley exige que en cuanto el presiden- 
te se cubre la cabeza con un velo negro para imponer la pena capital, el ca- 
pellán se acerque y permanezca de pie á su lado á fin de que el reo tenga 
delante de sus ojos las dos justicias: la de los hombres, que habla de con- 
denar, y la de Dios, que en la persona del sacerdote guarda silencio, pero 
está dispuesta á pronunciar palabras de perdón y de consuelo.» La fór- 
mula de la sentencia termina con estas palabras: «¡Que Dios haga miseri- 
cordia á vuestra alma!,;> y todos los presentes responden: «¡Amén!» La 
ejecución se verifica generalmente á las ocho de la mañana del lunes si- 
guiente al tercer domingo después de la condena. La pena de horca se 
aplica lo mismo á los hombres que á las mujeres; ejemplo de ello María 
Ansell, que en junio de 1899 íué ejecutada por este procedimiento por ha- 
ber dado á su hermana una torta envenenada. 

Preguntada acerca de los sentimientos expresados por las mujeres con- 
denadas á muerte, mistres Fry, una de las caritativas visitadoras de las cár- 
celes de Londres, respondió: «He de confesar con dolor que su preocu- 
pación principal consistía en saber qué vestido les pondrían para subir á 
la horca.» ¡Extraña preocupación al pie de un patíbulo! 

El treadniill aplicado por medio del aparato ó molino que vamos á des- 
cribir, constituye una verdadera tortura. Este castigo especial en nada se 
parece á nuestros trabajos forzados ni á la esclavitud penal que para nues- 
tros vecinos de ultra-Mancha trae consigo la traslación á un presidio. Los 
presidiarios son hombres privilegiados si seles compara con los individuos 
castigados al «molino penal;» este hard ¡aboitr (i) es tan duro, que la au- 
toridad se ve obligada á presenciar de cerca su aplicación; esta pena, que 
generalmente se impone á los reos de ataque nocturno á mano armada, 
había sido suprimida, pero fué preciso restablecerla en vista del número 
cada día mayor de las agresiones. Limediatamen;e después de dictada sen- 
tencia, estos condenados se visten el traje de «convicto,» consistente en 
un pantalón y una chaqueta llenos de arriba abajo de tréboles estampados, 
y son encerrados en una celda en donde una tabla les sirve de lecho. Por 
la mañana ¡os pesan, pues es preciso que enflaquezcan en el tiempo que 
dura la pena, y los llevan al molino de disciplina (2), rueda especial cuyos 
radios tienen cuatro metros de longitud y cuya circunferencia está dividi- 
da en paletas parecidas á las de los antiguos buques de vapor. En la parte 
superior de la circunferencia, estas paletas van á parar á unas celdas estre- 
chas en las que, pasando sucesivamente delante del condenado, vienen á 
ser como los escalones fugaces de una escalera movible. El paciente, en- 

(i) Es decir, trabajo duro. 

(2) Treadmill, de to tread, pisar, y mili, molino. 



LIBRO QUINTO 257 

cerrado en una de estas celdas,, tiene que suspenderse con ambas manos 
de unas anillas que cuelgan encima de su cabeza, y que apoyarse con todo 
el peso de su cuerpo en las paletas que se deslizan á sus pies, haciendo de 
esta suerte funcionar, por medio de una deambulación simulada, el aparato 
que él ni siquiera ve. Si se detiene, la rueda, en un movimiento continuo, 
le golpea rudamente los pies ó las piernas; y si tropieza, se expone á pa- 
gar su debilidad con un golpe violento y hasta con la fractura de un miem- 
bro. El funcionamiento del atread mili» produce un cansancio tan abru- 
mador, que los condenados sólo están sujetos á este ejercicio tres horas al 
día, una y media por la mañana y una y media después de comer; y aun 
durante la hora y media se les conceden cinco minutos de descanso por 
cada diez de movimiento. Y si el condenado se niega á ejecutar esta labor de 
ardilla, puede tener por seguro que le aplicarán la pena disciplinaria del 
látigo, llamado ^íz/o de nueve colas (r). Este cat es una especie de discipli- 
nas con nueve tiras delgadas de cuero, trenzadas y reforzadas con nudos 
separados unos de otros por una distancia de cinco centímetros. Este lá- 
tigo, que maneja un verdugo especial, al primer golpe penetra en la carne 
y generalmente el reo se desmaya al golpe octavo ó décimo. En una de las 
sesiones del tribunal de asises de Londres de 1896 vemos impuesta esta 
pena siete veces á individuos que hablan de recibir 20 ó 25 golpes. 

La América del Norte ha conservado algo de las tradiciones de la pena 
del Tallón, «ojo por ojo, diente por diente,» que constituye el código cri- 
minal primitivo de todas las naciones. La ley de lynch toma su nombre 
del de Juan Lynch, coronel irlandés de la Carolina del Sur, que, siendo 
legislador y jefe de justicia en aquel Estado en el siglo XVII, vióse investi- 
do por sus conciudadanos de poderes tan absolutos, que hacía juzgar, con- 
denar y ejecutar acto continuo á los criminales sorprendidos en flagrante 
delito y á aquellos cuya culpabilidad era manifiesta (2). ¿Era indispensa- 
ble esta justicia expeditiva, brutal, para desembarazar á la naciente colonia 
de los malhechores que á ella afluían? Tal vez sí; pero su aplicación ac- 
tualmente en la América del Norte, que tiene leyes sabias y disfruta de 
una Constitución liberal, no sólo es una negación de la justicia, sino que 
además constituye un atentado contra el derecho individual desde el mo- 
mento en que priva al acusado de los medios de defensa que han de pro- 
teger á todos los ciudadanos. La ley de Lynch no existe oficialmente; pero 
en realidad, cuando es aplicada justamente y sin barbarie por el pueblo, 
las autoridades judiciales cierran los ojos; á lo sumo, los magistrados re- 
claman al culpable al pie de la horca, pero como la multitud se niega siem- 
pre á entregárselo, se retiran para extender un acta y no pasa nada más (3). 



(i) Las sentencias terminan con estas palabras: Witli liar d laboiir, and... sirokeswith 
the cat. 

(2) Lynch law. 

(3) Moeitvs des differ. peiiples 

Tomo II 17 



258 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Citemos un ejemplo de esta ley de Lynch. Un barbero negro, llamado 
Covington, que había asesinado á dos habitantes de la población de Os- 
ceola (Arkansas), logró ocultarse en una ciudad próxima; y habiendo sido 
denunciado y detenido conforme d ley, suplicó que no lo mandaran á 
Osceola, en donde le constaba que había dejado muchos é implacables 
odios: «Si me llevan allí, decía al sheriff, estoy seguro de que me habrán 
matado al cuarto de hora de mi llegada.» Y en efecto, en el desembarcade- 
ro le esperaba un numeroso grupo de blancos y negros, que lo arrancaron 
de manos de los guardias para proceder contra él á la ley de represahas, 
cuya dureza agravó la multitud, pues en vez de colgarle de un árbol, se- 
gún costumbre, y de poner término á sus suplicios lo más pronto posible, 
le sujetaron los pies y el cuello con cuerdas y ataron éstas á los arneses de 
dos vigorosos mulos, que, excitados por varios latigazos, partieron al galo- 
pe en direcciones opuestas, despedazando al desdichado negro. 

Matar á un hombre sin formarle proceso, sin dictar sentencia y sin más 
fundamento que lo que de público se dice del crimen, es, en primer lu- 
gar, una usurpación de los derechos del Estado, y en segundo, una impru- 
dencia grave, dado que la pasión popular se inflama tan fácilmente y se 
muestra tan incHnada á juzgar sólo por las apariencias. 

En marzo de 1899, en Montreal (Canadá), una tal Cordelia Porier, 
organista en aquella ciudad, acusada de asesinato, pidió á las autoridades 
que le llevaran su órgano á fin de poder ejecutar por sí misma la parte 
musical de sus propios funerales antes de ser ahorcada; y habiéndole sido 
concedido este favor, se distribuyeron más de 400 invitaciones, pero la 
condenada cayó presa de un desmayo al ponerse delante del instrumento. 

Para un indio de la América del Norte saber scalper (i) constituye á la 
vez una ciencia y un arte, y no todo el mundo arranca la piel del cráneo 
con la misma destreza, elegancia y seguridad. El cuchillo que para esta 
operación se empleaba consistía en un guijarro cortante ó en una concha, 
y con este instrumento primitivo se practicaba una profunda incisión alre- 
dedor del cráneo del enemigo, y de un golpe seco se desprendía la piel 
con el cabello á ella adherido. La scalpa tenía sus reglas, de las que estaba 
absolutamente prohibido apartarse; así, por ejemplo, sólo estaba permiti- 
do mutilar á guerreros de una tribu enemiga, de manera que un indio no 
habría arrancado el cuero cabelludo á un hombre de su propia tribu ó de 
una tribu amiga. Tener colgadas en la cabana á modo de glorioso trofeo 
las cabelleras de los enemigos á quienes se había dado muerte era para un 
salvaje la mejor de las patentes. 

Los indios de la América del Norte, más que ningún otro pueblo, han 
debido sostener incesantes luchas para defender su vida y sus propiedades; 
y todavía en 1704, en el Massachussetts, por ejemplo, se ofrecía una re- 



(i) Del ingliis sCíí/jc, pericráneo. 



LIBRO aUINTO 259 

compensa d todo el que presentara indios vivos ó cuando menos scalpas de 
indios. La cantidad prometida era de 70 dólars por cada prisionero de diez 
años y del doble por los de más edad. No de otro modo se procede en 
nuestras provincias cuando se ofrece un premio por la destrucción de lobos 
ó de otros animales dañinos (i). 

Aunque el boxeo constituye tan sólo una costumbre criminal asimilable 
al duelo, creemos que se leerá con interés la descripción de uno de estos 
combates (jights), á veces mortales, que tanto apasionan á los habitantes 
de Inglaterra y también á los del Nuevo Mundo. Después de haberse estre- 
chado las manos derechas, dice un periódico americano (2), los dos famo- 
sos campeones Tom Hyer y Jackson, se pusieron en guardia... Los prime- 
ros golpes sólo produjeron ligeras heridas á uno y á otro; al cabo de cinco 
minutos, Tom recibió un golpe violento que le hizo tambalearse, y en 
aquel momento, al ver que se ponía lívido de cólera, los asistentes com- 
prendieron que no tardaría en tomar el desquite. El boxeador americano, 
vigilando atentamente los movimientos de su adversario, esperó largo ra- 
to un instante propicio, hasta que de pronto, saltando como una fiera, 
descargó un puñetazo espantoso sobre las mandíbulas de Jackson, el cual 
cayó en brazos de su «partner,» quien le friccionó la cara con brandy y le 
dio á beber algunos tragos de este licor confortante. En el entretanto, el 
partner Tom Hyer tenía fijos los ojos en su reloj y esperaba que transcu- 
rrieran cinco minutos, pues, según costumbre, pasado este tiempo, el bo- 
xeador herido que no se levanta para reanudar la lucha es declarado ven- 
cido. Jackson, sin embargo, se levantó y asestó un golpe tremendo á su 
contrario, cuyo pecho resonó como al choque de una maza; pero en el 
mismo momento, Tom Hyer, con el puño cerrado, vació un ojo á Jack- 
son, quien, apoyándose en el hombro de un amigo, lanzó un rugido de 
dolor. Transcurridoslos cinco minutos, aprestóse á la continuación {round), 
y el combate volvió á empezar. «¿Describiré detalladamente, dice el cro- 
nista, las escenas de este repugnante espectáculo?.. No; sépase únicamen- 
te que Tom Hyer sostuvo gloriosamente la reputación de su país, es de- 
cir, que rompió ocho dientes á Jackson, le dislocó el bra:(o y le produjo en la ca- 
be/^a dos profundos desgarrones, por los cuales salía á borbotones la sangre, 
que mojó el suelo. Tom Hyer resultó con varias heridas, y aunque decla- 
rado vencedor, pudo darse por satisfecho con salir del palenque sin más 
graves daños; en cuanto á Jackson, fué transportado moribundo al yole 
que le condujo á bordo... Entonces regresamos á Charlestov^ai, en donde 
Tom Hyer, evitando las ovaciones de sus admiradores, tomó el tren más 
directo para Nueva York. Jackson estuvo dos meses en el hospital, de don- 
de al fin salió curado después de muchos sufrimientos; pero no le queda- 
ron ganas de repetir el pugilato, porque aparte del daño sufrido en el ojo 

( 1 ) Gabriel Marcel, La vie sauvage. 

(2) Xeyv-York Herald, M. H. Revoil. 



26o HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

y en el brazo, había perdido una apuesta de doscientas libras esterlinas. 
Su afortunado rival renunció también á tan peligrosas luchas y se conten- 
tó con vender licores en una taberna que, por la celebridad de su nombre, 
tuvo muchos parroquianos. 

La América del Norte ha tomado la iniciativa de las ejecuciones capi- 
tales por medio de la electricidad, innovación introducida en 1887, que 
se conoce con el nombre de electrocución . En el acta de una de las ocho 
primeras ejecuciones vemos que un tal Jnylor recobró completamente la 
sensibilidad después de la primera aplicación de electrodos, á pesar de ha- 
ber ésta durado cincuenta y dos segundos. Habiendo un accidente de la 
máquina obligado á suspender la primera corriente por espacio de una 
hora V ocho minutos, administróse al condenado una invección de mor- 
fina, que no bastó á contener sus gritos y sus estremecimientos, siendo 
preciso emplear el cloroformo antes de la segunda prueba. 

Recientemente cuatro condenados fueron ejecutados por medio de una 
corriente eléctrica de intensidad excepcional, y aunque sólo la extremada 
rapidez del procedimiento podría justificar la innovación, por el humanita- 
rio deseo de disminuir el dolor, fué preciso el transcurso de sesenta segundos 
para producir la muerte en el primer ajusticiado; solamente la primera des- 
carga duró veintiséis segundos. El segundo culpable no sucumbió hasta 
después de la tercera aplicación de la corriente; el tercero fué sometido á 
tres pruebas de veinte segundos cada una, y al cuarto hubo que hacerle 
tres aplicaciones de quince segundos. 

De modo que en la electrocución la muerte no es instantánea, sino 
aparente durante cierto tiempo, de lo que resulta que mediante la respira- 
ción artificia], como se practica con los ahogados, sería posible en muchos 
casos reanimar la vida del organismo que parece muerto, y en el cual, sin 
embargo, no ha habido paralización definitiva, sino simplemente suspen- 
sión de las funciones de los pulmones y del corazón. En apoyo de este 
aserto se ha hecho observar que se necesita una corriente de 2.500 voltios 
para matar un conejo, y que la corriente de ejecución empleada varias ve- 
ces en los Estados Unidos no pasaba de i .500. Si esto es cierto, resulta 
equivocada la prudencia de los filántropos que preconizan la ejecución 
eléctrica como más humanitaria que la cuerda ó la guillotina. De todos 
modos, como la autopsia ha seguido inmediatamente á las ejecuciones de 
este género, hemos de admitir que en realidad los ajusticiados no han si- 
do enterrados vivos; pero siempre queda una duda muy formal sobre la ra- 
pidez de la muerte provocada por las corrientes eléctricas, pues los resul- 
tados de la electrocución en el Nuevo Mundo no son muy satisfactorios. 
En Nueva York se ha intentado un experimento de perfeccionamiento su- 
puesto, bajo la dirección de M. Mac Donald, quien quiso ensayar en el 
asesino Elvaine la aplicación en las manos de la corriente que hasta enton- 
ces se había aplicado en la frente y en las piernas; pero no consiguió otra 



LIBRO QUINTO 201 

cosa que producir atroces convulsiones; y después de cuarenta y nueve 
segundos de tormento fué preciso volver al procedimiento antiguo, loque 
exigió nuevos preparativos... Mientras éstos se verificaban, el reo espera- 
ba; al fin puso término á este martirio la segunda operación, y pudieron 
anunciar los médicos que Elvaine había muerto, izándose entonces en la 
cárcel la bandera negra. 

La primera mujer ejecutada eléctricamente en Nueva York fué una tal 
Place; la ejecución se llevó á cabo en 21 de marzo de 1899 en la cárcel de 
Sing. La Place había sido condenada á muerte por asesinato de su hijastra, 
y al serle notificado que la sentencia se cumpliría al día siguiente, respon- 
dió: «Estaré dispuesta; entrego mi alma á Dios 3- moriré con valor.» Dur- 
mió tranquilamente, y al despertarse púsose á leer la Biblia; después al- 
morzó con buen apetito, recibió la visita del ministro del culto y entró se- 
rena en la pieza de la silla fatal. Sentáronla en ésta y á los pocos segun- 
dos establecióse la corriente. A la condenada le habían cortado el cabello, 
haciéndole una pequeña tonsura en el sitio en donde había de aplicársele 
el electrodo. Una doctora y una enfermera presenciaron la ejecución de 
aquella mujer, que no sucumbió inmediatamente; entre la primera y la 
segunda descargas no veía ni oía nada, pero 7nurniuraba una oración. En 
el momento de la segunda descarga, la doctora y la enfermera volvieron 
la cabeza y luego comprobaron la muerte. La primera corriente había sido 
de 1.760 voltios durante cuatro segundos, reducida después á 200 y con- 
tinuada por espacio de cincuenta y seis segundos; la segunda íué también de 
1.760 voltios, disminuyendo gradualmente hasta su extinción. 

En aquella misma cárcel fué preciso, en 26 de febrero de 1900, aplicar 
cinco veces al condenado italiano Señora la corriente eléctrica transmitida 
por potentes dínamos, 3^ aun á la quinta la muerte no fué instantánea, pues 
hasta transcurrido un cuarto de hora no murió el ajusticiado. 

De lo dicho resulta que no es posible cumplir al pie de la letra la ley 
americana, que dice: «Para ejecutar la pena capital se hará atravesar el 
cuerpo por una corriente eléctrica de una intensidad bastante fuerte para 
suprimir la vida, debiendo la aplicación ser continua hasta que se produz- 
ca la muerte.» Pues bien, de hecho, una sola aplicación de la corriente es 
insuficiente para matar en seco, y aun en muchos casos ni siquiera deter- 
mina un estado de muerte aparente. 

En vista de los resultados engañosos de la electrocución en los Estados 
Unidos, algunos norteamericanos han hecho una campaña (i) en favor 
de un nuevo procedimiento de muerte por asfixia: \o. gasocucióit. Según 
este método, el paciente sería introducido en una celda herm.éticamente 
cerrada á la que se haría llegar gas del alumbrado bajo presión; y como 
este gas al mismo tiempo que asfixiante es anestésico, el reo pasaría de la 



'i) Kspecial mente en el Sci'iit. Amcric, 



202 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

vida á la muerte sin crisis demasiado violenta. Tal es el sistema que se 
sigue en París para matar á los perros vagabundos. 

En el reino de Benín, en África, son bastantes los culpables que pre- 
fieren ser sus propios ejecutores y mutilarse á sí mismos, antes que entre- 
garse al verdugo cruel. «Un negro de Benín (i) que quería vengarse de 
un individuo á quien acusaba de haberle robado dátiles, le cortó el pie á 
la altura del tobillo; detenido inmediatamente por la multitud, fué con- 
ducido ante el jefe, quien acto continuo le impuso la pena del taitón, es 
decir, le condenó á que le cortaran el pie á la misma altura que el de su 
víctima. En su consecuencia, los agentes del obi ó hechicero dispusieron 
en la plaza del Gato, situada á poca distancia del jío, un espacio en don- 
de había de colocarse el paciente, sujetado por los parientes del mutilado 
mientras uno de ellos le practicaría la mutilación. Mas como las costum- 
bres de Benín permiten al condenado rechazar la intervención de los pa- 
rientes vengadores con tal que se mutile conforme á la decisión dictada 
contra él por el jefe de la aldea, único juez en las contiendas civiles y cri- 
minales, el culpable, á quien acaban de conducir á nuestra presencia, te- 
miendo un aumento de sufrimientos producido por una lentitud preme- 
ditada, pidió que le dejaran cumplir á él mismo la sentencia, gracia que 
le fué otorgada. Compareció, pues, acompañado de su mujer, llevando 
entre los dos en hombros un enorme haz de leña, que dejaron en el sue- 
lo, y encendiendo un gran fuego, permanecieron acurrucados á algunos 
pasos de distancia de la hoguera hasta que la leña se redujo al estado de 
carbón incandescente. En el entretanto, el negro lumaba con la mayor in- 
diferencia y su mujer permanecía inmóvil á su lado, con una plancha de 
cobre en la mano... Al cabo de algunos instantes de estos preparativos 
cuyo significado no acertábamos á explicarnos, la esposa, á una seña de 
su marido, colocó por medio de unas tenazas de hierro en el brasero ar- 
diente la plancha de cobre que inmediatamente se puso al rojo; en seguida 
la mujer se sacó del taparrabos un paquete de varias hierbas y las machacó en 
el íondo de una calabaza, mezclándolas con aceite de palma. Cuando todo 
estuvo preparado, el negro, siempre impasible, hizo señas á su esposa para 
que se aproximara y le cogiera el pie sujetándolo bien con ambas manos; 
y entonces el verdugo voluntario, sacando un cuchillo muy afilado y cal- 
culando el golpe, se desarticuló el tobillo de dos movimientos circulares 
vigorosamente aplicados, y el pie ensangrentado cayó al suelo... Inmediata- 
mente su esposa, cogiendo la plancha de metal, aplicósela quemando so- 
bre la horrible llaga, cubriendo luego la herida con el ungüento de aceite 
y de hierbas que había preparado, sujetando el emplasto con una larga 
tira de tela. El operado, en tanto, había encendido nuevamente su ciga-' 
rro, dejando á su mujer el cuidado de curarle. Tanta sangre fría, tan gran 



(i) Voyage sur les rives dii Niger, por M. Jacolliot. 



LIBRO QUINTO 



26: 



menosprecio del dolor, sólo los había visto yo entre los faquires indos.» 

Aun d pnncipios del siglo xix vióse en Egipto y en Túnez machacar á 
hombres condenados á muerte: á esta ejecución, la más horrible que la 
imaginación puede concebir, se le daba el nombre de tahrys y consistía en 
atar fuertemente al condenado, meterlo en un mortero de cuatro mazos, 
análogo á los que se usan en el Cairo para moler café, y hacer funcionar 
estos mazos movidos por cuatro hombres hasta que el cuerpo del infehz 
quedaba convertido en una masa informe. En presencia de tan bárbaro 
procedimiento, cabe preguntarse si no merece el que en tal forma admi- 
nistra justicia la misma execración que el criminal. 

Hace pocos años el empalamiento era cosa muy común: consistía en 
atravesar de abajo arriba el busto del reo con una estaca de madera ó con 
un palo de hierro puntiagudo. Ha habido casos en que el ajusticiado por 
este sistema sobrevivía tres días á este atroz tormento. En Persia, en Tur- 
quía y en las regiones vecinas todavía se aplica este suplicio ¿d palo (r) 
en toda su originaria barbarie. 

En Oriente, más quizás que en nmguna otra parte, una de las preocu- 
paciones de la autoridad es la idea de impresionar á las masas con una 
represión aparatosa; así se comprende que á un chah de Persia se le ocu- 
rriera substituir el silencioso golpe de la espada con un estruendoso caño- 
nazo. La víspera del día designado para la ejecución construyóse en el 
Campo de iVIarte de Teherán un sólido andamiaje en forma de estrado en 
cuyo centro se amarró un cañón de grueso calibre (2). Apenas comenzó 
á anochecer, una multitud enorme invadió la plaza pública, y cuando ama- 
neció, había allí una muchedumbre compacta esperando la hora del dra- 
ma judicial. El reo Djahl-Agha, al llegar al pie del estrado, arrodillóse y 
oró devotamente; luego el verdugo y sus ayudantes le ataron fuertemente 
á la boca del cañón, de manera que no tuviese más apoyo que el orificio 
de éste... Terminados estos preparativos, la multitud, que se había colo- 
cado delante del estrado, se replegó en los lados, empujada por la tropa 
que despejaba las inmediaciones del patíbulo; y á una señal del coman- 
dante, el verdugo aproximó una mecha brillante al oído del cañón con 
tanta indiferencia como si se tratase de encender una pipa. Sonó el caño- 
nazo y el cuerpo de Djahl-Agha, despedazado instantáneamente, íué lan- 
zado al aire para volver á caer en seguida á los pies de los espectadores. 

Los afghanes admiten el principio de que todo hombre tiene derecho á 
tomarse la justicia por su mano, y á pesar de los esfuerzos de los moíahes 
ó sacerdotes para que estas ideas se modifiquen, el honor continúa orde- 
nando imperiosamente que se venguen las injurias, constituyéndose el 
injuriado en ejecutor de sus enemigos. Sería para el ofendido una ver- 

(i) Hn términos de heráldica palo indica una p.staca que divide el escudo en sentido 
lont^itudinal. 

(2) M. Enrique Revoii. 



264 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

güenza faltar á los preceptos de la costumbre, y su familia y su tribu tienen 
el deber de recordárselos en caso necesario. Tal es el poder de ese código 
no escrito, el del vhonor afghán,» que á cada instante invocan aquellos 
orgullosos montañeses. 

M. C. Amero describe una de esas ejecuciones privadas llevada acabo 
en virtud de la ley del talión por el hermano de un indígena que había 
sido herido mortalmente. El asesino, á pesar de que era sólo culpable de 
una imprudencia y no de un crimen, fué entregado al hermano de la víc- 
tima, y en medio de un concurso de gentes siempre ávidas de asistir á ta- 
les espectáculos, el vengador tendió á sus pies al hombre sobre quien le 
daban el derecho de vida y muerte, desenvainó un puñal acerado, y po- 
niendo ia rodilla sobre el pecho del asesino involuntario, lo mató sin emo- 
ción y sin apresuramiento. 

A principios de enero de 1861, escribe el mismo autor, un joven mi- 
sionero, el padre Venard, fué enviado á Hanoi, antigua capital de los 
reyes del Tonkín, encerrado en una jaula de madera, medio de trans- 
porte que los mandarines anamitas preconizan cuando se trata de hacer 
viajar á un cautivo célebre ó á un gran criminal. En la jaula metido, per- 
maneció á la puerta de la vivienda misma del prefecto, vigilado por una 
compañía de soldados; muchas personas de todas categorías, conmovidas 
por su suerte y temblando por él, acudían á visitarle y á conversar con él 
amistosamente. Los indígenas estaban persuadidos de que era un médico 
hábil ó un astrónomo famoso; pero los jefes habían decretado la muerte 
del santo varón, cuyo apostolado emancipador contrariaba su despotismo. 
«Llegó el día de la ejecución... El cortejo, formado por dos elefantes y dos- 
cientos soldados mandados por un jefe superior, se dirigió al sitio elegido, 
que distaba media hora de la ciudad. El padre Venard, dando pruebas 
de admirable constancia y de sobrehumana resignación, entonó con voz 
varonil y fuerte algunos cantos piadosos que prolongó hasta la salida de 
Hanoi, y llegada la comitiva al lugar del suplicio, los soldados formaron 
un 2:ran círculo, echando fuera de él á todos los curiosos. Quitósele al mi- 
sionero la cadena haciendo saltar con un martillo y una cuna de hierro 
los clavos que sujetaban las argollas del cuello y de los pies, y el verdu- 
go, un jorobado llamado Tue, que acumulaba las funciones de comedian- 
te y de ejecutor de la justicia, comenzó por preguntar al sacerdote qué 
recompensa le daría si le ejecutaba hábil y rápidamente, á lo que contestó 
aquél con las siguientes palabras, llenas de heroísmo y de íe: «Cuanto 
más dure la prueba, tanto mejor para mi alma. — Vuestra muerte ha de 
ser horrible, le replicó el verdugo para probarle; tendré que cortaros las. 
articulaciones y partiros el cuerpo en cuatro pedazos.» En seguida el mi- 
sionero fué amarrado á una estaca de bambú y recibió un sablazo que no 
le causó más que una ligera herida; pero el segundo golpe, asestado con 
gran fuerza, le cortó la cabeza casi á cercén, derribando al mártir junto 



LIBRO aUlNTO 



265 



con la estaca á que estaba sujeto. Entonces el verdugo, viendo que su sa- 
ble se había mellado, cogió otro, dio tres tajos más á fin de desprender 
completamente la cabeza, y cogiendo ésta por la oreja, la levantó en alto 
para enseñársela al oficial que presidía la ejecución. Los cristianos de la 
localidad pusieron gran empeño en encontrar la preciosa cabeza de su mi- 
sionero, que había sido arrojado al río, y habiendo al fin conseguido ha- 
llarla, la escondieron como una verdadera reliquia. 

Las costumbres de las poblaciones de la Cochinchina han llegado á 




Una decapitación en China 

ser relativamente pacíficas y entre ellas son raras las penas capitales. Para 
los indígenas se ha adoptado el sistema de la decapitación, xQÚñcándosehs 
ejecuciones generalmente en Saigón en una plazoleta situada al extremo 
del puerto. El paciente se pone de rodillas con los ojos vendados y las 
manos atadas á la espalda. El anamita contempla casi siempre impasible 
los últimos preparativos del suplicio, y aun á veces espera el golpe fatal 
fumando tranquilamente cigarrillos; pero el sentimiento á que obedece, 
más que heroísmo, es una pasividad extraordinaria, hija de su irreductible 
creencia en la fatalidad que le hace pensar: «Había de suceder.» 

Los verdugos suelen ser muy diestros; se sirven de un montante que 
manejan con las dos manos, y por lo general no han de repetir nunca el 
golpe. Después de la ejecución, el verdugo, impasible, limpia su espada, 
mientras un soldado mete la cabeza en un cesto, en cuyo fondo hay una 
capa de sal. La familia del ajusticiado se aproxima para recoger el cuerpo 



266 HISTORIA DE LAS CKEEXCIAS 

de éste; en cuanto á la cabeza, es enviada el mismo día á la capital de la 
provincia que fué teatro de los crímenes del culpable, para ser allí expues- 
ta en día de mercado, clavada en una larga pica y de cara á la multitud. 

El castigo que con más frecuencia se aplica en China es el del apalea- 
miento, que no sólo se emplea como medio de corrección, sino también 
como procedimiento de instrucción en el curso del proceso «si las respues- 
tas parecen insuficientes, las confesiones demasiado prontas ó la denun- 
cia sobrado precisa (i).» El juez chino tiene delante de él una especie de 
estuche grande que contiene varios bastoncillos de color en los que hay es- 
critas diversas cifras; á su lado, en las gradas del estrado, está el verdugo 
vestido con una túnica encarnada y cubierta la cabeza con un sombrero de 
alambre, empuñando con una mano un gran sable curvo y apoyando la 
otra en un roten; sus ayudantes aguantan los distintos instrumentos de tor- 
tura que pueden necesitarse. El acusado, con una cadena al cuello, per- 
manece al pie del estrado. Cuando se trata deimponer el apaleamiento, el 
juez no se toma la molestia de dictar una sentencia, por corta que ésta 
haya de ser, sino que se limita á escoger en el estuche tal ó cual baston- 
cillo y á echarlo á los pies del verdugo, el cual, después de haber leído ei 
número de golpes que ha de aplicar y que está escrito enla punta de aquél, 
hace seña á sus ayudantes y pone inmediatamente manos á la obra. El apa- 
leamiento se ejecuta con el pan-tsee, ó palo de bambú algo achatado en un 
extremo y liso y más delgado en el otro, á fin deque pueda ser manejado 
con más comodidad. Esta pena sirve para castigar las faltas ligeras y las 
más de las veces no es infamante, no siendo raro que el mismo emperador 
la imponga á algunos de sus cortesanos, lo cual no es óbice para que luego 
les reciba con el mismo favor que antes. El mínimo de golpes es general- 
mente de veinte, considerándose entonces la pena como simple corrección 
paternal; el mismo apaleado viene obligado, después de la ejecución, á 
prosternarse ante el juez «}' á darle las gracias por la lección indulgente que ha 
tenido á bien administrarle. y> Si el castigo excede de veinte golpes, el pacien- 
te queda dispensado de toda manifestación de gratitud. En otras circunstan- 
cias, el apaleamiento tiene todo el rigor de una pena grave, puesto que el 
número de golpes del temible bastón puede llegar á ser de cincuenta, de 
ochenta y hasta de cien. 

La canga, instrumento peculiar de la China, consiste en dos trozos de 
madera escotados por el centro, que se colocan sobre los hombros del pa- 
ciente y se juntan de manera que sujeten el cuello de éste. El peso de este 
collar varía según los delitos ó crímenes que se quiere castigar; general- 
mente es de cincuenta ó sesenta Hbras, pero los hay que pesan mucho 
más. El desgraciado á quien se pone no puede ni siquiera llevarse la mano' 
á la boca, siendo preciso que alguna persona caritativa le dé el alimento 



(¡) M. Girard, France ct Cliine, pág. l->32. 



LIBKO QUINTO 



267 



necesario, pues de no ser asi moriria Je inanición. Este suplicio se sufre 
siempre en público 3^ viene á ser la pena de argolla de la China. 

La pena de muerte se aplica en aquel país de tres maneras distintas: 
por estrangulación, por decapitación y por muerte lenta ó suplicio de los cu- 
chillos (r), que hemos descrito ya en un capítulo anterior como castigo 
ejemplar de los hijos rebeldes. La estrangulación se verifica por medio de 
una cuerda de dos metros de largo. Cuando el culpable es un chino ilus- 
tre, se emplea para estrangular- 
le, no una cuerda de cáñamo 
basta, sino un rico cordón de seda 
de varios colores. En verdad que 
choca esta preocupación del lujo 
en tan grave trance. La muerte 
por decapitación es la más ig- 
nominiosa de todas y se aplica 
á los asesinos vulgares: el ver- 
dugo, adornado con un delantal 
de seda amarilla, que es el color 
imperial, siega la cabeza del con- 
denado con una destreza extra- 
ordinaria y una seguridad de ma- 
no poco común. El ejecutor no 
es un funcionario ni un asalaria- 
do cualquiera, sino que se le es- 
coge entre los soldados del so- 
berano á quien representa. Los 
comerciantes de mala fe son con- 
denados á la pena del bamboleo, que consiste en permanecer más ó menos 
tiempo colgados en el aire por medio de cuerdas. Si un individuo de clase 
inferior flilta al respeto á un miembro de una clase superior, se le clava por 
una oreja á un poste. 

En Kiam-Tcheú, provincia de Chan-Si, un concusionario convicto de 
malversaciones había sido condenado al aplastamiento «á fin, decía la sen- 
tencia, de hacerle vomitar todo el oro y la plata que había robado á los que 
habían sido sus administrados;» pero Min-Si, que tal era el nombre del rico 
ladrón, consiguió, gracias á las gestiones de su influyente familia, autoriza- 
ción para poner en su lugar á un desdichado llamado Chting-Po, que, 
cansado de la miserable vida que llevaba, se vendió á Min-Si, con la con- 
dición de que éste se encargaría de su hija. Este contrato fué sometido á 
la ratificación del juez-mandarín de la provincia de Chan-Si, quien puso 
en libertad al concusionario y encarceló al infeliz substituto, el cual acaso 




Criminales chinos condenados á la pena 
de la canga 



(i) Este suplicio se denomina Kiao. 



268 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

pensaba, en su candidez, que no tendrían valor para inmolarlo injustamen- 
te. Pero se equivocó Chting-Po; en efecto, una mañana le sacaron de la 
cárcel y fué inútil que pidiera gracia^ pues hubo de sufrir el horrible mar- 
tirio en que había consentido; y después de haber disfrutado durante al- 
gunos días de todo el bienestar que el oro del verdadero culpable le ase- 
gurara, fué aplastado por los verdugos en virtud de la sentencia dictada. 

Un testigo presencial de una ejecución capital en Pekín (i) escribió 
la siguiente carta: «En la plaza de Pekín un estremecimiento agita á la 
multitud: es que acaba de aparecer el condenado, á quien empujan tres 
hombres; lleva las manos atadas detrás de la espalda, y sus íacciones páli- 
das y cansadas ostentan Las huellas de largos padecimientos. Lleva encima 
un cartel con su nombre y con la expresión del crimen por él cometido; 
después que le han leído la sentencia, los guardias lo entregan al verdugo 
que le espera. Por el camino le arrancan las ropas que lo cubren, de modo 
que llega delante del verdugo con el torso desnudo. El ejecutor, armado 
de un sable cuya gruesa hoja brilla al sol, se adelanta, y empuñando el 
arma con ambas manos, la deja caer á plomo separando de un solo tajo 
la cabeza del tronco. Entonces un ayudante coge la cabeza y se la lleva al 
mandarín; 5^ cuando está á unos diez pasos del mandarín, hinca la rodilla 
en tierra, y mostrando en la mano puesta en alto el sangriento despojo, 
dice: «La cabeza del culpable está cortada.» 

M. Michel, á su vez, describe en los siguientes términos una sesión de 
un tribunal chino: «Llego al tribunal en donde dos mandarines, acompa- 
ñados de varios escribanos, interrogaban á los acusados, que iban desfilan- 
do uno tras otro, atados todos por una cadena que les sujetaba el cuello. 
Cuando el acusado llega delante del juez, le obligan á arrodillarse para oir 
el acta de acusación, leída la cual le intiman á que confiese su delito, y si 
se niega á ello, le golpean fuertemente los talones con una barra de ma- 
dera. El infeliz grita y se resiste, pero acaba por confesar; entonces cesan 
los golpes, y el escribano, mojándole co7t tinta el dedo índice, le hace poner la 
punta de éste en la sentencia, á modo de sello natural (2). Y hétele condenado 
conforme á las reglas; y mañana será decapitado. Comparece otro y se si- 
gue con él el mismo procedimiento... Si también se niega á confesar, se 
pone un caballete apoyado en una pértiga, y colocando al paciente de es- 
paldas á aquél, se hace pasar su trenza por un agujero del mismo, se le 
suspenden las manos por los pulgares y se le tira de los pies por los dedos 
gordos. A su lado un tercer infeliz es metido á otro suplicio: su trenza cor- 
tada indica que se trata de un reincidente, pues todo ladrón es condenado 
á perder este apéndice que tanta importancia tiene en China. Y todo esto- 



(i) M. Jorge d'Arnoux. 

(2) Ksta manera de firmar es muy corriente en China. Por este medio se reproducen 
exactamente las lineas de la pulpa y el grano de la piel del dedo. Asi firman los que no sa- 
ben escribir. 



LIBRO Q.UIXTO 



269 



se hace en público, delante de los curiosos que entran libremente en la sala 
del tribunal. Varios niños ayudan á los verdugos á arrastrar á los conde- 
nados tirando de sus cadenas... Un prisionero exhorta lo mejor que sabe 
a sus cómplices para que sufran el tormento con paciencia: «Estáis col- 
gados por los dedos, les dice; pero más vale perder los dedos que la 

cabeza.» 

Según la ley china, para la aplicación de la pena capital es preciso lo- 




Castigo del aplastamiento en China 

grar la confesión del acusado, confesión que á veces se arranca á inocen- 
tes por medio de sufrimientos indescriptibles, tales como clavarles en la 
carne clavos enrojecidos al fuego, sumergirlos hasta el cuello en un depó- 
sito de cola, hacerles tragar agua en tal cantidad que se hinchan como 
odres, ó arrodillarlos sobre una mezcla de arena, vidrio triturado y sal... 
M. jMichel refiere que durante su estancia en Cantón se descubrió quedos 
ricos comerciantes, acusados de asesinato y recientemente ejecutados, no 
eran culpables; el injusto tormento á que se les había sometido (aplasta- 
miento de los dedos) les había impulsado á hacer la confesión exigida por 
la ley. 

La muerte lenta ó despedazamiento en vida del paciente no se aplica en 
la actualidad en China más que como excepción en los crímenes de alta 
traición, de lesa majestad y de parricidio. M. León Rousset, que presen- 
ció una ejecución en Fu-Tcheú, refiere que en el momento en que el ver- 



270 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

dugo dejó caer su sable sobre el reo, la multitud prorrumpió en alaridos 
salvajes; y habiendo preguntado la causa de ello, le contestaron que aquel 
estrépito tenia por objeto «ahuyentar el espíritu del criminal é impedir que 
su alma malvada se quedara en la región.» 

Los condenados á muerte no tienen derecho á ser enterrados: su ca- 
dáver es arrojado á una especie de pozo profundo en donde no tardan en 
penetrar bandadas de famélicos cuervos; y únicamente su cabeza perma- 
nece expuesta en un cesto colgado de una percha en el mismo lugar de la 
ejecución. 

En tiempos normales, el número de penas capitales que se imponen es 
muy reducido; según la regla establecida, han de recibirla sanción del em- 
perador, el cual antes de darla observa un ayuno (i). 

«En Hanoi, el reo sube á un estrado en donde hay un palo de bambú 
en el que está fijada la sentencia; el mandarín, Oiian-an, ó su delegado pre- 
side y da las órdenes oportunas (2). El condenado tonkinés se arrodilla 
delante de aquel palo y el verdugo le despeja la nuca levantando los ca- 
bellos á lo alto de la cabeza, todo ello muy lentamente y con minuciosi- 
dades de escultor que hace adoptar á su modelo una actitud académica. 
El reo, con docilidad absoluta, obedece á la menor presión; estos hombres 
desprecian la muerte. Y cuando las piernas están debidamente apartadas, 
el pecho bastante saliente y el cuello estirado todo lo que se necesita, el 
ejecutor se echa en la mano un chorro de saliva enrojecida por el betel que 
masca y señala en la nuca del reo el sitio en donde el arma habrá de he- 
rirle; hecho esto, da un paso atrás, el mandarín hace una señal, y tres re- 
dobles de gongo llaman la atención de la multitud. Un silencio..., un relám- 
pago lanzado por el acero... y una cabeza que rueda por la arena. ;j 

En otro tiempo, las mujeres chinas condenadas á la expiación suprema 
eran conducidas, atadas de pies y manos, á una plaza para ser aplastadas 
por un elefante, cuyo cornac le enfurecía estimulándolo con un acerado 
aguijón. 

Terminemos con la descripción de algunos otros procedimientos de 
tortura que son una vergüenza para el Imperio del Medio, hz jaula de 
madera ó de hierro, demasiado baja para estar en ella de pie y demasiado 
corta para poder tenderse. El cepo, especie de canga doble para los pies, 
que quedan sujetos un poco más arriba del tobillo y completamente in- 
movilizados. El odioso suplicio de los bofetones es también de invención 
china; se aplica con suelas de cuero, compuestas de cuatro planchas cosidas 
entre sí. Dos ejecutores cogen al acusado y le obligan á arrodillarse, y 
mientras uno de ellos, puesto detrás del reo, sujeta á éste por los cabellos, 
el otro descarga vigorosamente las suelas sobre el rostro del infeliz. Cua- 



(i) Barry 

(2) El funcionario encargado de la justicia sí llama un Quan-an y el que está á sus ór- 
denes un De-doc. 



L115KO Q.UIXTO 



271 



tro Ó cinco golpes bastan para hacer perder el conocimiento al condenado 
y con frecuencia le rompen los dientes (i). Finalmente, hay en China el 
castigo de las cien llagas, cuya sola descripción horroriza. Tales son las 
pruebas y las torturas que afrontan nuestros misioneros cuando se niegan 
á renegar de la cruz de Jesucristo. A propósito de esto, un documento re- 
lativo á la beatificación de los cuarenta y nueve mártires de las misiones 
extranjeras verificada en 1900, nos hace ver á qué subterfugios apelan los 




Una audiencia en un tribunal chino 

mandarines para tratar de vencer la resistencia de los cristianos. Con la 
esperanza de hacer apostatar al beato Javier Can, un gobernador hizo m- 
irecrii^ar dos pedazos de madera (en chino el signo + , que recuerda la X 
romana, significa el número diez), y dirigiéndose al catequista, le dijo 
como si de un simple capricho se tratara: (^Pisotea la letra die:(_y quedarás 
libre,y> pero el santo varón, comprendiendo la estratagema, respondió: 
«Antes morir que renegar del objeto de mi culto. — Pues bien: cierra los 
ojos y salta simplemente por encima, yéndote después á que tus sacerdo- 
tes te perdonen. — Un crimen cometido con los ojos cerrados, replicó 
Javier Can, no deja de ser un crimen: prefiero suírir el martirio que co- 
meter tamaña infamia.» 



(i) Entre los mártires beatificados en 1900 puede recordarse el nombre de un santo 
anciano octogenario, Pedro Liéu, catequista de la misión del Kuy-Tchéu, el cual sufrió el 
suplicio de los bofetones sin exhalar una sola queja. 



272 HISTÜKIA DE LAS CREENCIAS 

Según el Código anauíita, los niños, los ancianos y los astrónomos 
pueden recibir el precio del rescate de su pena (1). Esta disposición sig- 
nifica que en principio todo condenado ha de sufrir la pena corporal con- 
tra él dictada; sin embargo, ciertos culpables tienen dos medios para saldar 
sus cuentas con la justicia, bien rescatando la falta con dinero, bien «re- 
cibiendo el precio del rescate.» Pero ¿qué significa esa palabra anfibológica 
recibir? La explicaciones muy curiosa: recibir el precio de su falta no es cier- 
tamente percibir una prima, sino sufrir el apaleamiento. La diferencia, como 
se ve, no es poca. En una palabra, recibir el precio de su falta quiere decir 
recibir bastonazos como equivalente, como precio del castigo impuesto; 
así por ejemplo, un individuo condenado á prisión podrá eximirse de ésta 
aceptando, en cambio, la pena de azotes: «Sus espaldas pagarán por su 
mano.» Esto implica dos ventajas: primera, que.si bien la represión es más 
dura, á lo menos es más rápida; y segunda, que el Estado se evita el tener 
que alimentar y vigilar en las cárceles á un ejército de delincuentes, con 
lo que economiza dinero y sacos de arroz (2). El rescate se hace median- 
te golpes de truong, en virtud de una conmutación de pena y según una 
tarifa determinada. El truong constituye una pena superior á la del roten 
ó xuy: éste consiste en una varita flexible, al paso que aquél es una espe- 
cie de bastón bastante grueso cuyos rudos golpes llenan de contusiones el 
cuerpo del paciente. Las mujeres sólo son condenadas á la pena de roten. 
El roten mide dos pies y siete pulgadas de largo por cinco décimas de pul- 
gada de circunferencia; al paso que el temido truong tiene dos pies y ocho 
pulgadas de largo y una pulgada y dos décimas aproximadamente de cir- 
cunferencia (Código auaiiiita, pág. 71). La aplicación del truong tiene cin- 
co grados: sesenta golpes, setenta, ochenta, noventa y cien, que es la pena má- 
xima en esta clase de represión. 

Los antiguos códigos del Cambóla previeron contra los grandes crimi- 
nales veintiuna maneras de muerte lenta (llamada por los camboianos tram- 
gian-hau) á cual más abominable. Imagínese todo lo más repugnante y 
salvaje que pueden ofrecer el despedazamiento, .el descuartizamiento, el 
desollamiento de las carnes y la trituración de los huesos; añádanse á esto 
peines de hierro y acerados garfios, dardos agudos, barras calentadas al 
rojo y aceite hirviendo, es decir, los medios de tortura más bien pensados, 
de más refinada crueldad, y se tendrá idea de lo que era, no hace aún mu- 

(i) Código anamita, págs. i 10, 112. Los comentaristas dicen: <(E1 talento merece cier- 
tas consideraciones; por esto el astrónomo culpable puede generalmente rescatar su pena 
recibiendo cien golpes de truong y pagando el exceso» (pág. 71, loe. citj. Sabido es cuánto 
honraban los chinos al astrónomo, á quien confundían con el astrólogo. — Véanse los es- 
tudios de los RR. PP. üaubil y Amiot. 

(2) Podríanlos citar multitud de procesos criminales en Francia, en los que los gastos 
judiciales han subido á 100.000 francos. Los gastos de la justicia criminal pasan de cinco 
millones al año... ¡Cuántos delitos podrían evitarse si esta cantidad se empleara caritativa- 
mente en poner á los pobres al abrigo de destallecimientos! Se votan créditos enormes pa- 
ra reprimir, sin pensar que sería mucho más útil precaver el mal. 



LIBRO QUINTO 2/3 

chos años, la pena de muerte en aquel pais... Tenemos á la vista los deta- 
lles de estos horrores y no podemos decidirnos á reproducir aquí esos cua- 
dros repulsivos que ofenderían con razón la delicadeza de nuestros lectores. 

En la actualidad el sistema de pena de muerte que se aplica es la de- 
capitación; sin embargo, todavía se estila la muerte por ¡a ¡an:^a cuando se 
trata de un soldado desertor, ó insubordinado, ó simplemente culpable de 
una falta grave en el servicio. 

Las mutilaciones, como sanción de los delitos ordinarios, eran de seis 
clases: se cortaba una mano ó las dos, hs orejas, los labios ó cierto número 
de dedos, ó se rajaba la boca masó menos, á veces hasta las orejas. Las pe- 
nas accesorias comprendían: la cadena en los pies, en los ríñones ó en el 
cuello, los grillos y las esposas. 

Los suplicios de los salvajes se caracterizan por una crueldad feroz que 
denota bien su temperamento. 

Los indios de la Florida llevan al culpable á los pies del jefe de la tri- 
bu; el verdugo lo tiende en el suelo, y apoyando el pie izquierdo sobre su 
espalda, lo mata de un golpe de maza ó de clava (i), como podríamos 
hacer nosotros con una víbora que nos saliera al paso en medio de un 
bosque. 

Los iroqucses atan el extremo de los músculos de su prisionero á bas- 
tones de madera dura y los enrollan en ellos (2). 

Los negros de Juida despanzurran cantando á su víctima y luego le 
arrancan las entrañas, que arrojan á la multitud; este procedimiento re- 
cuerda el del cazador que después de haber matado al jabalí echa á la 
jauría el sangriento botín mientras las trompas lanzan al aire sus alegres 
notas. 

Los antiguos cosacos del Don ataban á los criminales á un carbol y los 
acribillaban á flechas; también les ataban á la cola de un caballo hacién- 
dolos arrastrar por caminos escabrosos. 

Según Gmelín, los siberianos enterraban vivos á los culpables; él mismo 
vio aplicar este castigo á una mujer. 

Un criminalista, el Dr. Lombroso, y otros después de él, han afirma- 
do que los grandes culpables presentaban ciertos signos fisiológicos ó anató- 
micos tan evidentes como constantes, de manera que sería posible dar la 
filiación por la cual se reconocería á los criminales, y adivinar fácilmente 
la precocidad ó la profundidad del mstinto vicioso, mediante una inspec- 
ción médica que en cierto modo reemplazaría las investigaciones de la jus- 
ticia y las declaraciones de los testigos. Esta escuela exagéralas verdaderas 
consecuencias de las disposiciones hereditarias, del atavismo. Si su doctri- 
na fuese exacta, seria preciso abrir las chnicas y cerrar las cárceles, por- 
que constituiría una irritante injusticia castigar á un hombre que sólo sería 

(i) L'esprit des usages.. , por Demcunicr. 
(2) Viaje de la Potherie. 

Tomo II i« 



274 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

instrumento inconsciente de un organismo vicioso. En efecto, fundándose 
en esta tesis, el acusado tendría dereclio á decir d sus jueces: «Estoy pre- 
destinado al mal; en mí se resumen los diversos atributos constitutivos de 
esa enfermedad congénita que se llama criminalidad; el impulso brutal á 
que pasivamente he obedecido está justificado por los signos siguientes, 
cuyos caracteres presento por completo (según podrán comprobarlo los se- 
ñores jurados) y que científicamente se denominan: prominencia de los 
cigomas, aspecto pteleiíorme de la abertura nasal, etc. (i)... ¡Sí, he ma- 
tado, he robado! Pero no es culpa mía, la naturaleza es la única culpable.» 

Si los partidarios de la irresponsabilidad recibiesen una puñalada ó se 
viesen robados por algún malhechor que presentara los citados caracteres 
fisiológicos, ¿dirían que son víctimas de una fatalidad impulsiva? Séanos 
permitido dudarlo. Y, sin embargo, la lógica imperiosa exigiría que en 
vez de querellarse dijeran caritativamente: «Es cierto que me ha herido; 
es cierto que me ha desbalijado; pero se trata simplemente de una víctima 
de enfermizas tendencias: ¡absolvedle!» 

La teoría lombrosiana, aun cuando es excesiva, contiene una parte de 
verdad que sería injusto desconocer; así, por ejemplo, el volumen excep- 
cional de las mandíbulas lo encontramos con frecuencia en los bandidos, 
á quienes comunica un aspecto bestial. Asimismo del examen comparado 
de las cabezas (cefalometría) parece resultar que los hombres honrados 
tienen desarrollada la frente, al paso que en los criminales el resto del crá- 
neo es proporcionalmente mayor que la parte frontal (2), asiento, como 
€s sabido, de las facultades superiores. 

Sólo de algunos años á esta parte han sido los tipos de criminales ob- 
jeto de profundos estudios. Según el Dr. SoUier, no existe un signo fisio- 
lógico absoluto que revele la perversidad de los individuos; pueden si se- 
ñalarse algunos rasgos característicos; así, por ejemplo, los criminales tie- 
nen más bien el cráneo irregular en el lado izquierdo; también hacia la 
izquierda desvíase su nariz al decir de Ottolenghi; y en general, sus brazos 
son excesivamente largos, su barba escasa y á menudo hasta sin pelo, etc. 

El Dr. Bordieu (3) ha tenido á su disposición treinta y seis cráneos de 
asesinos y ha examinado su expediente judicial comiparándolo con el ex- 
pediente anatómico. ¡Hecho paradójico!, escribe M. de Parville; la me- 
dición del volumen de estos cráneos ha puesto de manifiesto que los ase- 
sinos tienen la cabeza más grande que el término medio de los demás hom- 



(i) Generalmente se indica el estado del cerebro y de las fosas occipitales como signo 
de criminalidad. VA inconveniente, en el orden práctico, estriba que muchos de los fenó- 
menos llamados reveladores no pueden ser reconocidos de una manera segura sino des- 
pués de la muerte. 

(2) El director-médico de establecimientos penitenciarios en Rusia, M. Bajenoíf, dice 
que los jóvenes honrados son frontales, mientras que los criminales son parietrJcs y occi- 
pitales. 

(3) Recherchcs sur ¡a tete des assassins. 



LIBRO QUINTO 275 

bres; pero la noble región írontal carece de desarrollo, al paso que los 
costados de la cabeza presentan una extensión característica. 

Aunque el hombre más obtuso, el más brutal (pero no loco), sepa, sin 
que pueda caberle ninguna duda, que hacer el nial es obrar vial; aunque 
desde el momento en que hace el mal ha de dar cuenta de sus crímenes á 
la sociedad, de todos modos debe observarse que los hombres pervertidos 
presentan entre sí sensibles analogías: en cien cráneos de asesinos sólo se 
encuentran ocho que sean absolutamente normales y treinta y tres com- 
pletamente irregulares. «Un individuo, escribe un especialista (l), siénte- 
se más ó menos inclinado al mal; pero, á pesar de ello, puede en gran mane- 
ra luchar contra las propensiones ó las solicitaciones culpables. No es ne- 
cesario, en efecto, ser muy instruido ni estar dotado de cualidades excep- 
cionales para comprender que no es licito atentar contra la vida ó los bie- 
nes del prójimo.» 

No, el mal no es fatal en principio, según en otro libro hemos demos- 
trado (2); pero lle^^a á serlo en cierto modo cuando no se hace nada para 
-reaccionar; y con mayor razón aún cuando el individuo, sintiéndose incli- 
nado al desfallecimiento, sale al encuentro de las tentaciones. He aquí por 
qué moral y legalmente la verdadera responsabilidad se remonta alas con- 
cesiones voluntarias que seguramente habían de preparar crímenes ú otros 
.actos punibles, para los cuales sería demasiado cómodo reivindicar una 
impunidad escandalosa. 

A pesar de la opinión de Platón (3), está probado que, en igualdad de 
proporciones, la mujer es considerablemente menos criminal que el hom- 
bre, por lo menos en los países modernos. Si se establece real y razo- 
nadamente un término medio, se ve que en nuestros días la inclinación 
al crimen está de cinco á seis veces más desarrollada en el hombre que en la 
mujer (4). 

A continuación damos una estadística de naciones europeas que ex- 
presa la proporción de los dos sexos (5) en cien crímenes: 



Inglaterra.. 
Dinamarca. 
Holanda. . 
Francia. . . 
Austria. . . 
Prusia. . . 
Rusia.. , . 



79 hombres criminales, 

80 » 
Si » 
83 » 
85 » 
8) » 
91 • 



solo 21 


mujeres 


20 


» 


19 


» 


17 


» 


17 


» 


IS 


» 


9 


» 



(i) M. Bordier. 

(2) Les en/anís mal eleves, estudio critico por Fernando Nicolai (Perrin cdit., París). 

(3) «El sexo femenino, dice Platón, es menos inclinado que el nuestro á la virtud » 
/Leves, VI.) 

(4) MM. Guillot, Quetelet y otros encuentran aproximadamente la misrna proporción. 
(3) Journal ofStaí. Society. 



276 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Otro cuadro trazado recientemente en Berlín ofrece la proporción si- 
guiente entre hombres y mujeres: 



Inglaterra.. . 


. 20 


mujeres, 


por 


ICO 


h 


3mbres condenados 


Alemania. . , 


. 19 


» 








» 


Francia. . . . 


. 16 


» 








» 


Austria. . . . 


• U 


» 








» 


Hungría. . . 


. II 


;) 








» 


Italia 


5 


» 








» 



En Escocia, la culpabilidad de la mujer está en la proporción de 37 por 
ICO hombres. En cambio, las rusas y las italianas cometen muy pocos delitos. 

Si examinamos la criminalidad femenina desde el punto de vista délas 
categorías sociales, la proporción es totalmente distinta según se trate de 
las ciudades ó del campo. En la clase agrícola, la mujer no vale más que el 
hombre, porque su vida se parece mucho á la de su marido: el aislamien- 
to, la ignorancia y los rudos trabajos comunes constituyen el régimen que 
destruye en ella sus deHcadezas nativas. En la ciudad, por el contrario, aun 
siendo muchas las degeneraciones morales, el término medio de culpabili- 
dad femenina (por lo menos en lo que se refiere á infracciones reprimidas 
por la ley) está muy por debajo del que encontramos entre las campesinas. 

Un estadista se ha dedicado á contar el número de delitos de palabra 
cometidos por los dos sexos en Francia^ y de sus trabajos resulta: que de 
3.186 procesados por difamación, 2.222 son hombres y 964 mujeres; de 
430 por amenazas, 379 y 51 respectivamente; y que por el delito de inju- 
ria han sido encausados 11.625 de los primeros y 1.647 de las segundas. 

«Lo que distingue á las criminales de las mujeres normales y sobre to- 
do de las locas, dice el Dr. Lombroso (á quien dejamos la responsabilidad 
de la afirmación), es la extremada abundancia de su cabellera: de 122, te- 
nían opulentos cabellos 39; no he encontrado ninguna calva, y de 122 
homicidas sólo 3 tenían el cabello blanco (i).» Tranquilícenselas mujeres 
que tienen abundante cabellera, dice M. Proal respondiendo juiciosamen- 
te á esta observación; y no se apresuren las calvas á atribuirse el monopo- 
lio de la virtud: la doble observación del Dr. Lombroso se explica perfec- 
tamente, porque las mujeres criminales son casi siempre jóvenes.» 

¿Qué razones pueden darse de la relativa perversidad masculina? En 
otros términos, ¿por qué la mujer resiste mejor que el hombre las tenta- 
ciones? El sentimiento más intenso del deber, comprobado en las mujeres, 
procede de sus convicciones religiosas: «Así, como ellas conservan en su 
mayoría sus creencias espirituales y cristianas, escribe M. Proal (2), mu- 
chos hombres las pierden sin encontrar nada con que reemplazarlas.» Esta 
explicación está plenamente confirmada por la experiencia. 

(i) El hombre criminal. 
(2) Le crime et la peine. 



CAPITULO IV 



EL HOMICIDIO EN LA GUERRA 

Descripción de las primeras armas. — El hombre prehistórico y las hachas de piedra. — Re- 
lación entre el genio de los pueblos y sus procedimientos belicosos. — De cómo la artille- 
ría es anterior á la fabricación de la pólvora. — Las primeras armas de fuego en la gue- 
rra.— Inventos y procedimientos de destrucción: elefantes armados, carros, fuego grie- 
go. — Talismanes de batalla y espadas encantadas; fórmulas llamadas cabalísticas «para 
ser invulnerable.!)— Leyes de Moisés sobre la guerra. — Organización de los ejércitos en 
Egipto, Grecia y Roma: sorteo, duración del servicio, castigos... — Los cobardes entre 
los germanos y los romanos. — Cómo combatían los galos. — Condición de los soldados 
en tiempo de Carlomagno. — La hueste y la cabalgada en los Establecimientos de San 
Luis. — Un llamamiento á las armas durante el feudalismo; jinetes y «lanzas proporcio- 
nadas.»— Canto guerrero «del batallador.»— Los reyes, las soldadas y los ejércitos per- 
manentes.— Instrumentos de destrucción en las guerras modernas: ;cuáles están prohi- 
bidos?— Bombardeo, heridos, rehenes...— Sectas que prohiben llevar armas.— ^- Es la 
guerra un mal necesario.' 

El hombre, lo mismo en sus combates fratricidas que en sus luchas 
contra los animales peligrosos, considerando insuficiente su vigor muscu- 
lar, ha recurrido desde su origen á instrumentos especiales para aumentar 
su energía y la violencia de sus ataques. Comprendiendo su relativa debi- 
lidad en medio de la naturaleza, ha buscado los modos de compensar con 
su ingenio y su inteligencia la fuerza que le faltaba para librarse de los 
múltiples peligros que le rodeaban ó para acometer victoriosamente em- 
presas contra los seres con cuya sujeción soñaba; y de este cálculo instin- 
tivo proviene el invento de las armas destinadas á conquistar ó á conser- 
var las cosas necesarias, útiles ó simplemente agradables. Para el hombre 
prehistórico, una piedra recogida, del suelo ó un bastón debieron ser los 
primeros instrumentos que empleara; después, la experiencia, auxiliada 
por cierta industria, le hizo inventar la clava, las flechas con puntas de sí- 
lice ó de huesos cortantes, y el hacha de piedra desbastada ó pulimenta- 
da (i) (y posteriormente de bronce), puesta en un trozo de madera que 
servía de mango. Para fijar el hacha propiamente dicha, los primeros hom- 
bres la ataban por medio de cordeles al mango hendido en uno de sus ex- 
tremos; pero su inteligencia les sugirió también la idea de hacer penetrar 
la sílice por un agujero practicado debajo de un nudo de una rama de ar- 
busto: de este modo la savia subía poco á poco y se extendía por la heri- 

(i) La época neolítica es la de la piedra pulimentada y sucede á la llamada paleolítica, 
.que se caracteriza por la piedra desbastada toscamente. 



278 



HISTORIA Í)E LAS CREENCIAS 



is-, '^' 



/ 



da, y cuando se secaba alrededor de la piedra, la soldaba con la madera 
haciendo que formara con ésta una sola pieza. El arma, pues, brotaba en 
cierto modo del seno de la tierra; y como debió ser muy considerable el 
número de hachas que un hombre gastaba al cabo del año, empleándolas 
ya para su trabajo, yapara fines guerreros, hay que suponer que habría al- 
gunos bosquecillos ó sotos cuyos árboles sostenían en sus ramas piedras 
mortales escondidas bajo alegre follaje y tal vez entre flores... ¡Extraño 

contraste! El hombre escogía ramas vivas para 
injertar en ellas la muerte. 

El sentimiento natural de la conservación 
no tardó en inspirar al hombre la idea de in- 
ventar también ingeniosas armas defensivas para 
preservarse de los golpes de sus adversarios. 
Gracias á los dibujos y bajos relieves que tene- 
mos de los caldeos, de los babilonios, de los 
asirlos y de los egipcios, todos los cuales re- 
presentan ideas belicosas, conocemos las ar- 
mas protectoras que llevaban los soldados de 
los antiguos imperios orientales, á saber: el 
casco con yugulares, el coselete de planchitas de 
acero cosidas á una tela recia (i), y las cani- 
lleras. El escudo, redondo por arriba y por 
abajo cuadrado, tenía en la parte superior un 
agujero que permitía al soldado egipcio darse 
cuenta del terreno y observar al enemigo sin 
descubrirse. Los griegos se resguardaban por 
medio de la coraza ó coselete de escamas, de la rodela, de las canilleras (2) 
y del casco. En las colecciones de armas puede observarse que muchos 
cascos tienen la forma de cabezas de animales feroces, lo cual no obedece 
simplemente á un capricho, sino que es el recuerdo exacto de lo que en su 
origen era esta protección. En efecto, los guerreros se ponían á guisa de 
casco una piel de animal y la plástica antigua representa á más de un hé- 
roe cubierto con una piel de león, puesto en la cabeza el hocico, atadas al 
cuello las patas y el resto sobre la espalda á manera de capa. «Este tocado 
de cuero natural, dice Suidas, servía al mismo tiempo de defensa y de pro- 
tección contra el frío.» Cuando constituía el casco el despojo de una fiera, 
se ponía gran empeño en conservar el aspecto de la cabeza del animal y 
en disponer los dientes de modo que tuviera una expresión amenazadora. 
Muchas veces el cuero se reforzaba con planchas de metal y se adornaba 
con recamados de oro. 



'1 



Puntas de Hecha de sílice 



(i) En los museos se ven cotas de escamas de bronce que se remontan á la dinastía 
XVllI, es decir, á unos mil años antes de nuestra era. 
(2) O cnémidas. 



LIBRO aUlXTO 



279 



Leyendo d Homero se viene en conocimiento de que el casco de bron- 
ce de sus héroes les cubría á la vez los ojos, la boca y la nariz, hasta el 
punto de que el que lo llevaba sólo por algunos signos exteriores podía ser 
reconocido. Los cascos ostentan cimeras con enormes penachos, múltiples 
pompones y abundantes crines que caían sobre los hombros. «Los solda- 
dos persas,' escribe Herodoto, llevaban gorros de fieltro abatanados, lla- 
mados tiaras; los sacios (pueblo escita) usaban gorros análogos a éstos 



■/;i''!ii.t'.;»i\i;;i".'!í';ifm 




Hachas de sílice de la e'poca neolítica 

terminados en punta; y los etiopes se ponían en la cabeza pieles de frente 
de cabaüo, arrancadas con orejas, que se mantenían derechas, y crines que 
servían de plumero (i).» 

El legionario romano preñrió para la cabeza una prenda más sencilla 
y más práctica, consistente en un casquete de bronce con cubre-nuca y 
frontal y en lo alto un anillo ó botón metálico. En cuanto á los adornos, 
sólo podían llevarlos los centuriones, para distinguirse de los soldados. 
«Los astarios, dice Polibio, clavan en su casco un penacho encarnado ó 
negro, fotmado por tres plumas derechas y de un codo de altura, lo que, 
unido á sus otras armas, les hace parecer más altos y les comunica un as- 
pecto grande y formidable... Por lo que hace á los vélites, su casco sin 
crines está á veces cubierto de una piel de lobo ó de otro animal, tanto 
para protegerlos como para que sus jefes puedan recordar á los que se han 

(i) Libro \'II, cap. LXl y LXX. En el mismo libro Herodoto habla también de cascos 
de madera que llevaban los habitantes de la Cólquida. 



28o HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

distinguido en los combates (i).» Los adornos del casco y sus emblemas 
tenían, pues, un significado como en el lenguaje del blasón. 

En Francia, el yelmo, casco de forma cilindrica, se alargó en el si- 
glo XIII, descendiendo hasta la barba y practicándose en él unos agujeros á 
la altura de los ojos, de la boca y de las orejas; más adelante este accesorio 
fué movible y se denominó ventalla ó visera. «La visera y ventalla, cuyos 
nombres se derivan de vista y de viento, dice Fauchet (2), podían subirse 
3' bajarse para tomar viento y respirar. Sin embargo, era muy pesado y tan 
incómodo que á veces una lanzada bien dirigida contra el nasal, ventalla 
ó visera, ponía lo de delante atrás.» Más adelante, cuando los yelmos re- 
presentaron la cabeza de un hombre, fueron denominados «borgoñotas» 
por haber sido los borgoñones sus inventores. Y en efecto, la frase cabera 
horgoñona fué sinónimo de casco, según lo prueba este pasaje de Isambert 
(Anciennes ¡ois, XIII,' 127): «El arquero llevará: cabeza borgoñona, cora- 
za, codal, escarcela y lanza.» 

Posteriormente el casco recobró la forma de cono combado en el sen- 
tido de la altura, fijándose en él un pedacito de tela rica con los colores 
del caballero, que se denominaba lamhrequin. Debajo se colocaba la cime- 
ra, adorno de fantasía, generalmente de cuero hervido ó de cartón bar- 
nizado, pintado con colores brillantes. 

El bacinete era un casco ligero y, por decirlo así, de media gala, que 
se llevaba yendo de viaje ó en actos de poca importancia. 

La cota de mallas, prenda distintiva de la nobleza, consistía en una tú- 
nica de mallas que llegaba hasta un poco más arriba de la rodilla. 

Los antiguos tenían dos clases de escudos, que los latinos designaron 
con los nombres de clypeits y de sciitinii: el primero, que los griegos ad- 
mitieron, fué un disco, en un principio de mimbre y después de madera, 
cubierto de pieles, con un círculo metálico alrededor de éstas. Los escudos 
de los etíopes orientales estaban fabricados con pieles de grullas^ que eran 
de solidez excepcional (3), y tenían en el centro una plancha de metal 
que formaba prominencia (4) y estaba adornada con figuras simbólicas ó 
armas que representaban un animal temible, una constelación, ó un em- 
blema tomado de la naturaleza. Alrededor había grabadas divisas del gé- 
nero de las que cita Esquilo: (f-Incendiaré la ciudadp'i aEl mismo Marte no 
me venceríap^ ^Yo soy la Justicia.-» El tahalí originario que sostenía el es- 
cudo al cuello del legionario fué substituido más adelante por unas pie- 
zas de hierro en forma de X que permitían cogerlo por el centro; pero los 
romanos, cuando colgaban sus escudos en los templos á manera de cxvo- 



(i) Libro V, fragmento 5. 

(2) Traite de la Milice. — Un yelmo colocado en lo alto de un castillo significaba que 
el castellano daba hospitalidad. 

(3) Herodoto, VIH. 

(4) Umbo. 



LIBRO CLüIXTO 



281 



tos, después de una importante victoria, tenían buen cuidado, á fuer de 
hombres prudentes, de quitarles esas empuñaduras d fin de que no pudiesen 
los escudos ser utilizados el día en que estallara una revolución en Roma. 
Muy pronto los romanos tomaron de los samnitas el sciitum, escudo cuva 
forma convexa se adaptaba al cuerpo y evitaba mejor los golpes. Polibio 
lo describe en los sioruientes términos: «Este escudo, que llevan los asta- 
rios, tiene dos pies y medio de ancho por cuatro ó cuatro y un palmo, á 
lo sumo, de largo; se compone de dos planchas pegadas con gelatina de 
toro y cubiertas de tela y de cuero de becerro; sus bordes están adorna- 




Guerreros egipcios 

dos de hierro para recibir los golpes de tajo y también para evitar que el 
contacto con la tierra los pudra. La parte convexa va protegida asimismo 
por una plancha de hierro (i).» Vegecio hace observar que cada cohorte 
tenía escudos diferentemente pintados á fin de que los soldados romanos 
pudieran reconocerse entre sí en medio de la batalla; y en cada uno de 
ellos estaban escritos el nombre del soldado, el número de su cohorte y 
el de su centuria (2). En cuanto á las tropas ligeras, esta pesada arma de- 
fensiva les habría estorbado en sus evoluciones; por esto los vélites no 
usaban más que un escudo de poco peso llamado parma y hecho de mim- 
bres y de cuero, que en nada dificultaba la rapidez de su marcha. 

A las primeras cora'^as de gruesas telas sucedieron blusas de pieles, 
guarnecidas de planchas, de lengüetas ó de escamas de metal, de hierro y 
hasta de oro (3). Cuando la coraza era de bronce, se ajustaba tan perfec- 
tamente á la forma humana, que llegaba á marcar los detalles de la mus- 



(i) Libro V, fragmento 3. 
(i) Libro II, cap. XVI í. 

(3) En la batalla de Platea el ¡ef^ de la caballería llevaba una de estas cotas que le hizo 
invulnerable. * 



282 



HISTORIA DE LAS CREENCIAS 



culamra; se fijaba por medio de tirantes sobre los hombros y de hebillas 
en los costados. A veces se componía sólo de dos piezas unidas por una 
charnela que se cerraban como una caja: á esta coraza la denominaban 
los griegos «la coraza que se aguanta de pie (i).» Los romanos no qui- 
sieron encerrarse ni inmovilizarse de este modo dentro de tan pesados 
aparatos. La verdadera coraza del legionario se compuso de tiras de hie- 
rro forjado (2) de unos seis centímetros de ancho, 
que parecían otros tantos cinturones sobrepuestos 
de manera que cubrieran de hierro el cuerpo del 
soldado sin paralizar sus movimientos. El conjunto 
de estas tiras se llamaba pcctoraJ. Otras tiras articu- 
ladas hacían las veces de espaldares (3) y se ajusta- 
ban al pectoral de modo, que los brazos quedasen 
completamente libres. 

También se usaban las corabas de ¡ana: «Con la 
lana, dice Plinio, se hace el fieltro que mojado en 
vinagre resiste al hierro (4).» En la Edad media, 
todavía se encomiaban las propiedades de las telas 
avinagradas: «En un combate librado por Isac TAn- 
ge (5), Conrado de Montferrato, aliado del empe- 
rador, luchó sin escudo, dice Nicetas; pero llevaba 
una tela de lino que, saturada de vinagre y sal, ha- 
bía adquirido, después de prensada en esta mezcla, 
tal fuerza de resistencia, que no había nada mejor 
para proteger contra los dardos.» {Isaac V Auge, 
VIH, cap. IX.) Añade el autor, sin embargo, «que 
la tela se componía de diez y ocho dobleces que 
podían contarse,» lo cual debía ser probablemente 
tan útil como la citada infusión. 
Las falanges macedónicas tenían una media coraza destinada d cubrir 
únicamente el pecho; el porqué de esta forma merece ser mencionado: 
«Queriendo Alejandro, dice Polyano, impedir que los soldados empren- 
dieran la fuga, les armó con medias corazas que dejaban al descubierto la 
espalda; de este n-;odo podían resistir de frente; pero si intentaban huir, 
se exponían á los golpes del enemigo (6).» 

Los galos, que se jactaban de afrontar la muerte y de despreciarla, no 

(i) Thorax-statos. 

(2) Lamina?. 

(3) Hiimeralia. 

(4) Libro VIII, 73. 

(5) En 18,4.3, la Academia de Inscripciones y Bellas Letras recibió una Memoria sobre 
el pilima ó fieltro usado en otro tiempo como arma defensiva; un griego, M. Papadopoulo 
Vretos, pretendía haber encontrado el procedimiento de fabricación de ésta tela y lo pro- 
ponía á los ejércitos modernos. 

(6) Estratagemas, IV, cap. III. 




Guerrero romano cubierto 
con una piel de león 



LIBRO aUINTO 



283 



conocieron las corazas de ninguna clase y más de una vez en el momento 
del combate arrojaron su largo escudo y hasta su túnica para caer más li- 
bremente sobre sus enemigos. 

Strada, historiador de las guerras de Flandes del siglo xvi, refiere tam- 
bién que en la batalla de Malinas ^«los escoceses se quitaron sus vestiduras, 
quedándose por todo uniforme guerrero con la camisa sola (1).» 

En la Edad media, las armas protectoras de nuestros antepasados ha- 




Guerreros samnitas 



bían llegado á ser tan pesadas «que la armadura mataba tanto como las 
heridas;» de aquí que más de un combatiente «se deshiciera de esas cosas 
tan graves como embarazosas,» según se decía entonces. Tavannes escribe 
en sus Memiorias: «La imaginación, parte de nuestro espíritu, está tan uni- 
da á nuestro cuerpo, que disminuye con el trabajo excesivo del mismo. 
Ahora bien: á capitanes tan cubiertos de hierro les es difícil permanecer 
en la misma posición, ver, oir, galopar, según lo que requiera la necesi- 
dad, la cual querría, sin embargo, que el general y el mariscal de campo 
volasen y aun tuviesen varios cuerpos para dictar órdenes en todas partes.» 
Estas armaduras parecían tan insoportables á los guerreros, que en vano 
Luis XIII, en 1638 y 1639, y Luis XIV, en una ordenanza de 6 de marzo 
de 1675, ordenaron á todos, caballeros c hidalgos, que se cubriesen con 



(1) Cii¡-. iniliit. 



284 



HISTORIA DE LAS CREENCIAS 



armas protectoras; todos preferían exponerse á un golpe mortal á extenuar- 
se un día y otro día en una fatiga intolerable. 

En Francia ya no usan la coraza y el casco más que algunos cuerpos 
de caballería: en realidad, estas vestiduras de acero, muy eficaces contra 
los golpes de arma blanca, han perdido una gran parte de su importancia 
gracias al papel preponderante que desempeña la artillería en los moder- 
nos campos de batalla. 

Ocupémonos ahora de las armas ofensivas posteriores á la Edad de pie- 
dra. Las armas de este segundo período (llamado 
Edad de bronce) encontradas en las excavaciones, son 
principalmente hachas y cuchillos de dos filos, pun- 
tas de lanza y jabalinas. Sabido es que una parte del 
armamento de los egipcios consistía en bastones herra- 
dos, espadas de un solo filo, arcos de grandes dimensio- 
nes y hondas de varios sistemas. El museo de Berlín 
contiene una daga de bronce que se remonta á la 
más remota antigüedad egipcia. 

Las espadas de los primeros griegos fueron de 
bronce y se iban ensanchando desde la guarda hasta 
el último cuarto de su longitud, en donde se forma- 
ba bruscamente la punta. En tiempo de Homero, lá 
espada se llevaba colgada de un tahalí que descendía 
desde el hombro hasta el muslo; los soldados de á 
pie la llevaban á la izquierda, los jinetes á la derecha. 
Homero nos dice que en la vaina iba colocado un 
puñal ó cuchillo que servía, no tanto para combatir, 
como para cortar la carne en los festines. Los circa- 
sianos usan todavía unos cuchillos semejantes. Los 
lacedemonios usaban un sable encorvado y muy corto; así eran también 
las espadas de los persas y de la mayoría de los bárbaros, según se ve en 
la columna de Trajano. 

Los sables de los galos eran de hierro, largos y sin punta, de modo 
que únicamente podían herir por el filo; y sus hojas estaban tan mal tem- 
pladas, que á los primeros golpes se doblaban, ds manera que el soldado, 
para poder seguir utilizándolas, tenía que apoyarlas contra el suelo y en- 
•derezarlas con el pie. Esta inferioridad de sus armas fué causa de su de- 
rrota en la batalla de Telamón: «Los romanos, dice Polibio, instruidos 
por sus tribunos militares y armados de espadas puntiagudas y bien afila- 
das, les hirieron con la punta, y no con el filo, en el pecho y en el ros- 
tro, cubriéndolos de heridas (i).» 

Las armas familiares á los romanos eran la ¡an:^a, el hacha y la espada. 




Soldado persa 



(i) L. II, cip. VI. — V. Ciir. mil. 



LIBRO QUINTO 



285 



Esta última fué, en un principio, muy parecida d las hojas que tenían los 
griegos y los etruscos; pero en la época de las guerras de Aníbal adopta- 
ron las de los españoles, cuya fabricación constituía ya una industria fa- 
mosa entre los celtiberos. Usaron además un puñal que, según el historia- 
dor Joseío, llevaban al lado derecho. 

La francisca ó hacha de dos filos era el arma predilecta de los francos: 
«Para ellos, dice Sidonio Apolinario, es cosa de juego lanzar rápidamen- 
te el hacha por el aire con tanta seguridad y precisión que de antemano 
indican el sitio exacto en donde se clavará.» Tenían ademas un cuchillo, 
llamado scramasax, con profundas muescas 
llenas de un jugo emponzoñado: Sigiberto 
fué asesinado con un cuchillo de esta clase, 
según refiere Gregorio de Tours. El monje 
de Saint-Gall nos ha dejado la siguiente des- 
cripción de la espada que ostentaba un cau- 
dillo franco un día de ceremonia: «Un ta- 
halí sostenía una espada, la cual bien en- 
vuelta primeramente en una vaina, después 
en una correa y, por último, en una tela 
blanca encerada, estaba reforzada en el cen- 
tro con crucecitas muy salientes á fin de 
dar con mayor seguridad muerte á los gen- 
tiles (r).» 

El propio autor habla en su segundo li- 
bro (cap. XXVIII) de una espada de buen 
temple presentada por unos enviados nor- 
mandos á Carlomagno, «quien doblóla des- 
de la punta á la empuñadura, como si hubiese sido de junco, dejando lúe 
go que recobrara su primera forma.» 

Ignórase á qué época cierta se remontan las espadas de dos manos deque 
se habla á menudo en las crónicas medioevales: de este género fueron las 
espadas célebres, la Jocosa de Carlomagno y la Durindana de Rolando. 
Por terribles que se supongan ser los golpes de las espadas «de doble 
mano,» es difícil creer que los historiógrafos de Godofredo de Bouillón no 
exageran algo la hazaña cuando refieren que este bravo guerrero «hendió 
un día de tal suerte á un sarraceno, que una mitad del cuerpo cayó á un 
lado del caballo y al lado opuesto la otra mitad.» 

En la Edad media, la ¡an::^a fué durante mucho tiempo el arma distin- 
tiva de los caballeros y «gentes de armas;» generalmente era de madera 
de fresno y muy larga, y terminaba en un hierro puntiagudo; pero hacia el 
siglo XIV la acortaron y a la vez la hicieron más fuerte: el hierro tomó una 




Guerrero griego. (Pintura de vaso. 



(i) L. i, c. XXXVI. — Duchesne, Rcc. des hist. de France, tomo lí, pág. 12 r. 



286 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

forma parecida á la hoja de un puñal, por lo que se le dio el nombre de 
machete con que Froissart la designa. Finalmente,, para que pudiera ma- 
nejarse con más facilidad, se la adelgazó un poco más arriba de su extre- 
mo inferiory se le puso en este sitio una rodaja de metal que servía de guar- 
da y protegía la mano del caballero. 

A partir del siglo xi, generalizóse mucho la terrible ballesta, que Annio 
Comneno en su Alexiada describe en los siguientes términos: « Es una espe- 
cie de arco por el estilo del de los bárbaros; el que se sirve de ella se tiende 
en el suelo boca arriba, y apoyando los pies en el semicírculo, tira de la 
cuerda con las manos. En el centro de la cuerda hay un tubo en forma de 
semicilindro, dentro del cual se introducen unos dardos muy cortos cubier- 
tos de hierro; cuando se suelta la cuerda, el dardo sale del tubo con una 
impetuosidad á la que nada resiste, llegando á atravesar, no sólo el escudo, 
sino además la coraza y hasta un hombre de parte á parte. El que por es- 
tos dardos es alcanzado muere antes de sentirse herido. El invento de esta 
máquina parece enteramente digno de la malicia del demonio (i).» Esta 
arma, de la que se habla en muchas crónicas del siglo xii (entre ellas en la 
Vida de Luis VI, por Segur, y en la de Carlos eVBueno, conde de Flandes, 
por Gualberto), fué prohibida como demasiado mortífera por el articulo 
decimoctavo del concilio general de Lerrán, en 1139: «Prohibimos, dice, 
bajo pena de anatema que en los combates entre cristianos se ejerza el arte 
de los ballesteros (ballisíarionim) y de los arqueros (sagitíarioniiii), arte 
funesto y á los ojos de Dios odioso. j> Los dardos que más comúnmente se 
arrojaban con la ballesta eran: el cuadrillo, de madera ó de nietal, el vire- 
tón y el virote; este último, mucho más largo y fuerte que los otros, ter- 
minaba en una gran pieza de hierro puntiaguda, y á causa de su peso era 
preciso armar la ballesta por medio de un cric ó de un torniquete. 

La honda se empleó hasta fines del siglo xvi. En la relación del famoso 
sitio sostenido en Sancerre por los protestantes, se lee lo siguiente: «Duran- 
te el asalto, los viñadores de la ciudad, que en gran número estaban distri- 
buidos en distintos sitios de la brecha y en otros parajes con sus hondas 
(á las que llaman pistolas de Sancerre) y á quienes las mujeres y los cria- 
dos llevaban gran cantidad de piedras, hicieron maravillas; y habríais vis- 
to caer los guijarros y las piedras que arrojaron, más espesos que granizo, 
sobre los asaltantes (2).» Según Aubigné, se dio entonces á las hondas el 
nombre de arcabuces de Sancerre. 

Wálter Scott (3) dice que en el siglo xvi los escoceses llevaban una 
lanza de diez y seis pies de largo, y cuando querían cerrar el paso al ene- 
migo, se apretaban unos contra otros, la primera fila con una rodilla do- 
blada en tierra y con la punta de la lanza dirigida contra el adversario; los 

(O L. X, c. VI, irad. del presidente Cousin. 

(--i) Rélation dii sicgede Sancerre, Bourges, 1845, in 8.°, pág, 83. 

(3) Ilist. deVEcosse, I, 26. 



LIBRO Q.UINTO 



287 



que estaban inmediatamente detrás de ellos se encorvaban un poco y los 
demás permanecían erguidos, presentando las armas por encima de las ca- 
bezas de sus compañeros y con la punta mirando también hacia los con- 
trarios... Esta descripción recuerda la de la falange macedónica. 

Muchas armas blancas, como la lanza y la espada, forman parte toda- 
vía del armamento moderno, á pesar de que el invento de la pólvora ha 
cambiado por completo las condiciones de las batallas. 

La palabra artillería, que en nuestros tiempos se aplica á las armas de 
fuego de grueso calibre, tales como obuses, cañones y ametralladoras, era 




Arquero y hondero romanos (de la columna de Trajano) 

muy conocida iiiiicho tiempo antes del invento de la pólvora. Como esta afir- 
mación parece poco verosímil, conviene justificarla con algunas pruebas. 
Antiguamente con el nombre de artillería, ars telorum, se designaban sim- 
plemente las armas de ataque lanzadas por los combatientes, flechas, ar- 
cos ó ballestas, y según una antigua descripción, «el oficio de artillería es 
el de hacedor de arco.)) En cuanto á la etimología directa, la encontramos 
en el verbo «artillar,» armar, que todavía en el siglo xm figuraba en el 
vocabulario de la marina, diciéndose entonces «buque artillado» para de- 
signar un buque armado (i). El señor de Joinville habla de un tal Juan 
l'Ermín, «artillero del rey, que había ido á Damasco para comprar puntas 
y ligas de ballesta (2).» La definición precisa la encontramos en una poesía 
francesa, que traducida dice así: «Artillería es el carro que por cuenta de 
duque, conde, rey ó algún señor de la tierra, va cargado de cuadrillos (3) 

(i) Brachet. Etymol. 

(2) Chr., 224. 

(i) Flechas de cerca de dos metros disparadas por medio de las ballestas 



288 HIS'IORIA DE LAS CREENCIAS ■ 

de guerra, de ballestas, de dardos, de lanzas y de tarjas (i).» Todavía, se- 
gún Brantome, «el maestro artillero es el que se dedica á fabricar dardos, ba- 
llestas y flechas, que he visto elaborar por ellos con mucha habilidad (2).» 
Por esto cuando en el sigío xiv se quiso establecer una distinción entre 
los dos géneros, las armas nuevas fueron calificadas de artillería de pólvora, 
en oposición á la antigua artillería llamada de mano. Los primeros tubos 
, mortíferos ó cañones de madera con aros de hierro (que reemplazaron al 
fuego griego y á los cohetes incendiarios de que más adelante hablare- 
mos) iban puestos sobre carretones, y en el momento de la acción se les 
colocaba en caballetes clavados en el suelo. De esta clase eran los tres 
cañones de Crecy y los que, según Froissart, utilizaron los ingleses en el 
sitio de Saint-Malo de 1378. 

Hombres como Alberto el Grande, muerto en 1280, y Roger Bacón (3), 
fallecido en 1294, no se dieron, al parecer, enteramente cuenta del poder 
de destrucción de la pólvora, cuando ya los sultanes de Marruecos la uti- 
lizaban en sus armas desde hacia años. En una ocasión quedaron dentro 
de un mortero cerrado con una piedra cierta cantidad de salitre y algunas 
materias combustibles; y habiendo penetrado una chispa en aquel reci- 
piente, la piedra fué violentamente lanzada al aire: de aquí el nombre de 
«morteros-^ dado á las primitivas bocas de fuego (4). En la Biblioteca Na- 
cional existe un manuscrito árabe, cuyo autor, Nedjm-Eddin-Assan-Abram- 
mah, fallecido en 1295, da la fórmula de fabricación de la pólvora, di- 
ciendo que hacía mucho tiempo que la había aprendido de su padre. En 
efecto, el nuevo explosivo, siguiendo el camino que le trazaban las con- 
quistas de los árabes, parece haber sido utilizado en el sitio de Niebla 
(1257), en el que, según un historiador, los sitiados arrojaron con má- 
quinas al canipo de los cristianos piedras «j' iiros de trueno con fiiego,^^ perí- 
frasis que indudablemente describe los cañones de entonces. 

El texto de una Provvisione de la república de Florencia, fechada en 1 1 
de febrero de 1325, «concede á los priores y á los doce bons-hommes (5) la 
facultad de nombrar dos oficiales encargados de la fabricación de balas de 
hierro y de cañones de metal (6).» 

Un estudio de M. Lacabane reproduce un documento de 2 de julio de 
1338 relativo á la fabricación de la pólvora en Ruán: «Sepan todos que 
yo, Guillermo du Moulin de Bouloigne, he tenido y recibido de Tomás 

(i) Escudos pequeños. 

(2) Paiith. litt., \, 578. — Cur. mil., loe. cit. 

(3) Bacón habla de la pólvora simplemente como un petardo curioso: «A consecuen- 
cia de la fuerza de esta sal, llamada salitre, se produce un ruido tan terrible que sobrepuja 
al l'ragor del trueno.» (Opus, majiis, in-fol., 474.) 

(4) P. de Courton. 

(ó) Llamábanse bons-hommes c\t\-lo?, religiosos florentinos. Tambie'n en Inglaterra ha- 
bía fundado el principe Edmundo, en i25(j, una orden de este nombre. 

(6) Cañones de hr'<¿i//ü.— Bibliothcque de l'Ecole des Chartes, 11." serie, I, 28, Memo- 
ria de M. Lacabane. 



LIBRO aUlNTO 



289 




Fouques, guardia de las galeas del Rey nuestro señor en Ruán, un bote 
de hierro, una libra de salitre y media libra de azufre vivo, para hacer pól- 
vora..., con las cuales cosas me considero bien pagado y prometo devol- 
vérselas al Rey ó á quien él me mande, siempre que sea menester.» En 
aquella época el cañón figura ya en todas 
las empresas militares, especialmente en 
los sitios de Cambrai (septiembre de 1339), 
del Q.uesnoy (:34o), del castillo de Ri- 
boult, en el Artois (1342), etc. 

La Escocia, dice Froissart, conoció la 
artillería de fuego en el sitio de Sterling, 
de 1 3 41; y según Spelmann, los ingleses 
emplearon cañones en la batalla de Cre- 
cy (i3/]6), hecho que confirma el relato 
de Villani (i): «El rey de Inglaterra puso 
en orden sus arqueros... Las bombardas 
lanzaban balas de hierro con fuego para es- 
pantar y dispersar á los caballos de los 
franceses. Los disparos de estas bombardas 
producían tan gran trepidación y estrépito, 
que parecía que en el cielo tronara, y cau- 
saban considerables bajas de hombres y 
carnicería de caballos (2).» 

En un principio, los bastones de hierro ó cañones (de canna, tubo) lan- 
zan flechas de base cuadrada denominadas cuadrillos, y se disparan pren- 
diendo fuego con un hierro al rojo á un reguero de pólvora que va á parar 
á la chimenea y que es suficientemente largo para que haya tiempo de 
ponerse á cubierto antes de la explosión. Varias viñetas representan al ar- 
tillero enrojeciendo en un fogón colocado al lado de la pieza el trozo de 

hierro que ha de producir la deflagra- 
ción de la pólvora. Primitivamente 
también la culata era de madera (li- 
gnea), según puede verse en el Petrar- 
ca (3) y en otros autores. Durante 
mucho tiempo, la artillería que se 
llevaba en campaña consistía princi- 
palmente en ribadoques ó ribadoqui- 
nes que más adelante se denominaron órganos. «Estos ribadoquines, dice 
Froissart, son tres ó cuatro pequeños cañones alineados de frente sobre 
altas carretas, á manera de carretillas delante, sobre dos ó cuatro ruedas re- 



Ribadoquin 




Ribadoquín 



(i) Fallecido en 1348. 
(2) Muratori, XÜI, 947. 
(i) De remediis, 1,99. 
Tomo II 



19 



290 



HISTORIA DE LAS CREENCIAS 




forzadas con tiras de hierro, con largas picas de hierro delante, en la punta.» 
Las ordenanzas reales no tardaron en distinguir el «bastón de fuego» 
de la bombarda. En 1354, en cumplimiento de la primera ordenanza rela- 
tiva al servicio de artillería, se comenzó á construir en Francia piezas de 
grueso calibre, de las que las había de dimensiones enormes, sobre todo 
para los casos de sitio. Según afirma Froissart, los ganteses en el sitio de 
Oudenarde, «para mejor pasmar á los de la guarnición, mandaron hacer y 
funcionar una bombarda maravillosamente grande que tenía cincuenta y 
tres pulgadas de boca y arrojaba cuadrillos maravillosamente grandes 5- 

muy pesados; y cuan- 
do esta bombarda dis- 
paraba, se la oía per- 
fectamente de día á 
cinco leguas de dis- 
tancia y de noche á 
diez; y armaba tal es- 
trépito al dispararse, 
que parecía que por 
allí anduviesen todos 
los diablos del infier- 
no.» 

Desde la prime- 
ra mitad del siglo xv 
la artillería francesa 
realizó notables progresos: el carácter de las bocas de fuego de aquella época 
es asegurar á la defensa una gran superioridad sobre el ataque, porque más 
que nunca prevalecen los grandes calibres, difíciles de ser trasladados de 
un punto á otro; así vemos bombardas que disparan piedras de 600 á 
1.500 y hasta 1.800 libras. En el sitio de Orleáns de 1429, maese Juan 
Lorrain había sacado buen partido de las culebrinas para el ataque, bajo 
el impulso de Juana de Arco, que maravillaba al duque de Alenzón, 
«asombrado de que se condujese tan sabiamente en materia de guerra y 
sobre todo en lo referente á la artillería.» 

Los turcos, cuando pusieron cerco á Constantinopla, emplearon un 
cañón gigantesco que se tardaba dos horas en cargar. En el mes de enero 
de 1453, Mahometo II íué á Andrinópolis para probar ese cañón. «El 
fundidor lo hizo arrastrar delante de la gran puerta del palacio que Maho- 
meto había hecho construir y lo cargó con un enorme proyectil de piedra. 
Anuncióse entonces que al día siguiente sería disparado, por miedo de que, ' 
por no estar prevenidos, algunos perdiesen la palabra, ó de que las mu- 
jeres se murieran de espanto... Aplicado el fuego á la pólvora, salió la 
piedra con un ruido espantoso, en medio de una espesa y negra humare- 
da. El estampido se oyó hasta cien estadios y la piedra llegó hasta una 



Ribadoquín 
(Orígenes de la Artillería francesa, por Loredán Larchey) 



LIBRO aUINTO 



291 



milla, y en el sitio en donde cayó hizo un agujero de una toesa de pro- 
fundidad.» iMahometoII, satisfecho de aquella prueba, ordenó que el cañón 
fuese transportado á Constantinopla, para lo cual fueron necesarios sesenta 
bueyes... Cuando después de mil trabajos llegó la pieza á su destino, hizo 
más ruido que buenas obras, ya que al realizarse el ataque de la plaza no 
tarde en reventar, causando numerosas víctimas entre los que la servían. 
Hacia el año ^^yy aparece el tratado de artillería más antiguo que has- 
ta nosotros ha llegado. El libro manuscrito, ó Secret de Vart de V artillerye 
et canonnerye, enumicra las «Condiciones, costumbres y ciencias que debe 
tener todo el que se dedique á dicho arte de cañonería: Primeramente, ha 





Cañones del siglo xiv. (Museo de Artillería, París. 



de honrar y amar á Dios y tenerlo siempre delante de los ojos y sentir el 
temor de ofenderlo más que las otras gentes de guerra, puesto que siempre 
está en peligro de ser abrasado por la pólvora. ítem, saber leer y escribir, 
porque en su memoria no podría retener todas las materias, confecciones 
y otras cosas pertenecientes á dicho arte...» 

La supremacía decisiva de la artillería francesa en Europa data de 
1494, año de la expedición de Carlos VIII á Italia. Ociio mil caballos, 
conducidos por cuatro mil carreteros y arrastrando doscientos cañones de 
bronce atravesaron los montes, mientras se transportaban por mar á Spez- 
zia ciento cuarenta grandes piezas embarcadas en Marsella. 

En cuanto á la historia de la artillería y de la balística modernas, es de- 
masiado especial para que pueda ser descrita en una obra como la presente. 

Dediquemos algunas líneas al examen de varias curiosidades relativas 
á los procedimientos inventados por los pueblos antiguos para destruirse 
mutuam.ente con mayor seguridad. 

El empleo de los elefantes (1) en la guerra data de muy remota anti - 



(i) Cur. mil., loe. cit., yS. 



292 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

güedad en los pueblos de Oriente^ en particular entre los indios; pero has- 
ta la expedición de Alejandro no hubo de combatir contra ellos un ejérci- 
to europeo. Después que el príncipe macedonio hubo atravesado el Hy- 
daspe (327 antes de J. C), encontró en la orilla opuesta á Poro al frente 
de un ejército en el que se contaban doscientos elefantes que cubrían el 
cuerpo de batalla y se apoyaban en trescientos carros de guerra distribuí- 
dos delante y alrededor de las alas del mismo. Los elefantes comenzaron 
por dispersar á las tropas ligeras que precedían á la falange. «Lo que más 
asombraba á los macedonios, dice Quinto Curcio, era ver cómo aquellos 
animales cogían con sus trompas á los hombres completamente armados, 
y por encima de la cabeza los entregaban á sus conductores. Esto movió 
á los macedonios á ser más circunspectos, y como tan pronto atacaban á 
esos terribles adversarios como huían, el combate permaneció indeciso du- 
rante una gran parte del día, y quién sabe cuándo habría terminado si no 
les hubiesen cortado las piernas á hachazos. También tenían fuertes espa- 
das llamadas copidas y encorvadas en forma de hoz, con las cuales corta- 
ban las trompas de aquellas bestias á las que temían más que á la muerte, 
y nada descuidaban para protegerse contra su furor.» 

El coronel Armandi, en su Histoire ¡nilitaire des éléphants (Historia mili- 
tar de ¡os elefantes) , dice que, para dar á esos grandes paquidermos un aspec- 
to más repugnante, se les adornaba de una manera extraña, con gualdra- 
pas encarnadas, color que se creía á propósito para excitar su ardor. A ve- 
ces les ponían además tapices de oro y plata; así iban los de Antíoco en la 
batalla de Magnesia; también les pintaban la frente y las orejas de blanco, 
azul ó rojo, porque se había observado que cuando aquellos animales se 
enfurecen, alzan sus anchas orejas de una manera que da miedo, y cu- 
briendo aquellas partes de su cuerpo con colores brillantes, querían que 
éstas fuesen aún más visibles. Finalmente les adornaban con grandes pe- 
nachos, banderolas y cascabeles ruidosos, porque á los elefantes les gusta 
efectivamente que los engalanen, y cuando se ven cargados de oropeles 
muéstranse orgullosos y valientes. Vemos en la Táctica de Arriano (i) que 
para hacer más mortífero el efecto de los colmillos de los elefantes se apli- 
caban á ellos puntas de acero, y que para proteger á esos animales contra 
los golpes de los enemigos, se les cubría de planchas de hierro. Además, 
según parece, les ponían en el pecho estacas herradas ó fuertes picas que 
les servían para romper las líneas enemigas, «como la proa corta el agua 
del mar. En los días de batalla dábanse á los elefantes bebidas embriagadoras 
é infusiones propias para estimularlos: en Europa, vino aromatizado mezcla- 
do con incienso; en Oriente, un licor íermentado que se extraía del arroz 
y de la caña de azúcar y en el que se ponía en maceración mirra; en Ceylán 
se utilizaba para este objeto el opio. Quinto Curcio alude probablemente 



(i) Historiador griego del siglo 11. 



LIBRO Q.UJNTO 



293 



al estado de embriaguez de los elefantes de Poro cuando dice que los ha- 
bían enfurecido intencionadamente. Déla historia de los Macabeos sedes- 
prende también que ya los sirios y los egipcios empleaban ciertos prepa- 
rados para excitar á esos animales al combate.» 

En la época de la guerra de Troya, la caballería era casi desconocida 
de los griegos y de los pueblos del Asia Menor: Homero sólo habla de ca- 
rros en los que iban generalmente varios guerreros, de los cuales uno em- 
puñaba las riendas mientras los demás echaban pie á tierra para combatir 
cuerpo á cuerpo. 

En tiempo de Alejandro, los carros de guerra estaban muy generaliza- 
dos en la India, al decir de Quinto Curcio; los cartagineses también se 
servían de ellos en sus expediciones, así cuando 
la guerra de Agatocles en África el ejército que 
le opusieron contaba 2.000 carros armados. Res- 
pecto de los romanos, dice Vegecio (r) que se 
defendían de la manera siguiente contra los 
carros armados de hoces: en el momento del 
combate sembraban el campo de batalla de tram- 
pas con aceradas puntasen las cuales necesaria- 
mente habían de lastimarse los caballos de los 
carros que á escape se lanzaban á la pelea (2). 

Por la correspondencia de Voltaire sabemos Elefante con su cornac. (Re- 

/ 1 1 1 verso de una tetradracina 

que se intento hacer adoptar un carro de guerra ¿^ Yuaurta ) 
inventado por él. En 18 de junio de 1754 es- 
cribía al duque de Richelieu la siguiente carta: aDaos el gusto, os lo rue- 
go, de haceros explicar por Florián la máquina cuyo dibujo le he con- 
fiado; la ha ejecutado y está convencido de que con seiscientos hom- 
bres y otros tantos caballos se destruiría en terreno llano un ejército de 
diez mil hombres. Le dije mi secreto en el viaje que el año pasado hizo á 
las Delicias, y habló de él á M. deArgensón, el cual mandó ejecutar inme- 
diatamente el modelo. Si, como creo, este invento es útil, ¿á quién mejor 
que á vos se puede confiar? Nos hace falta un hombre de genio y ¡hétele 
encontrado! Sé muy bien que no soy yo quien ha de meterse en la mane- 
ra más cómoda de matar á los hombres, y me confieso ridículo; pero en fin, 
si un fraile, con carbón, azufre y salitre, transformó el arte de la guerra 
en todo este picaro globo, ¿por qué un emborronador de papel no había 
de poder prestar algún pequeño servicio incógnito? Figuróme que Florián 
os ha comunicado ya esa nueva cocina. De ella he hablado con un excelen- 
te oficial que está para morirse y que, por consiguiente, no podrá hacer 
uso de la misma, y no duda del éxito, añadiendo que sólo cmcuenta ca- 




(i) F.scritor latino, autor de un tratado de arte militar (siglo iv). 

(z) L-i trampa, compuesta de cuatro puntas, tenía siempre una en alto, sea cual fuere 
la posición en que cayese. 



294 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

ñones disparados con acierto podrían impedir el efecto de mi bagatela. Pa- 
ra haceros cargo de lo que es, ensayad solamente dos de esas máquinas 
contra un batallón ó un escuadrón; apuesto la vida que éstos no resisti- 
rán.» Aunque Voltaire garantizaba «con su vida» el éxito de su máquina 
de muerte, temía, sin embargo, que las personas competentes la juzgasen 
de muy distinto modo; de aquí que en i8 de julio siguiente escribiera á 
Mme. Fontaine: «Ningún general se atreverá á servirse de ella por miedo 
al ridículo en caso de un éxito desgraciado; se necesitaría un hombre ab- 
soluto á quien el ridículo no asustara, que fuese algo maquinista y que 
sintiera afición por la historia antigua.» No sin gran sentimiento renunció 
el filósofo á encontrar un jefe de ejército dispuesto á ensayar su «bagatela.» 
Según los historiadores bizantinos, fué en 673, en tiempo de Constan- 
tino IV y del sitio de Constantinopla por los árabes cuando Calinico, ar- 
quitecto de Heliópolis, llevó á los griegos el fuego griego. «Gracias á este 
invento, añaden los propios historiadores, la flota árabe fué incendiada y 
destruida en Cizico.» Tal es el relato sucinto del origen y de la primera 
aplicación del luego griego. Este descubrimiento que hoy denominamos 
fuego griego ó grecisco (grégeois), como le llamaba Joinville (i), recibió de 
los autores bizantinos varios nombres, de los que los principales son: fuego 
marítimo, á causa de su empleo en el mar; fuego líquido, denominación 
más comúnmente usada, fuego meda ó de artificio, fuego enérgico, etcé- 
tera. Los emperadores griegos comprendieron en seguida la importancia 
de este producto, y su preparación fué solemnemente incluida entre los 
secretos de Estado por Constantino Porfyrogenetes, quien, en su «Tratado 
de administración del Imperio,» entregó á la maldición del cielo y de los 
hombres á quienquiera que se atreviese á descubrirla á los extranjeros. Sus 
sucesores se sometieron fielmente á sus mandatos, y el secreto fué escru- 
pulosamente guardado, hasta en la ocasión en que los reyes de Occidente 
obtuvieron de los emperadores el concurso de los buques griegos provis- 
tos de dicho fuego. De aquí que resulte aún ahora un problema la cues- 
tión de su composición; sin embargo, recordando que el nombre defíiego 
liquido era la denominación más usual, se han preguntado muchos si se 
trataría simplemente de una especie de petróleo, porque del fuego griego 
se decía que ardía incluso en el agua. Era arrojado «por medio de tubos 
de bronce é incendiaba los barcos envolviéndolos en humo,» y su empleo 
resultaba fácil, ya que un solo hombre bastaba para manejarlo. Por regla 
general, en cada barco no había más que un tubo; pero andando el tiempo 
se instalaron varios, según lo demuestra la siguiente relación de una bata- 
lla naval librada por Alejo Comneno contra los písanos: «El emperador, 
dice Anneo Comneno, sabiendo cuan hábiles eran los enemigos en los • 
combates por mar, colocó en la proa de cada buque cabezas de animales 



(i) .\'emoire sur lefeii grégeois, Correard. 



LIBRO aUINTO 



295 



salvajes con las fauces abiertas y los hizo dorar á fin de darles un aspecto 
aún más terrible; después mandó preparar el fuego que por medio de unos 
resortes había de ser lanzado al través de dichas fauces con objeto de que 
pareciese vomitado por los leones y demás animales. Esta estratagema dio 
excelente resultado, porque los bárbaros huyeron presa del mayor es- 
panto.» 

Es opinión muy extendida la de que el ignis volatilis, á fuego difundi- 
do, no era precisamente un hquido, sino un compuesto de sahtre, azufre 
y resina, dispuesto en un principio á ma- 
nera de « cohete volador, » que fué el mo- 
do como se empleó la pólvora origina- 
riamente, mientras no se conocieron las 
bocas de fuego que permiten dirigir el 
tiro por medio de la puntería y lanzar 
proyectiles mortíferos. Por su parte Ni- 
cetas (i) escribe las siguientes líneas á 
propósito de lo que el emperador León 
denomina «botes con fuego de artifi- 
cio,» especie de bombas evidentemente 
distintas de los simples cohetes incen- 
diarios: «Arrojóse sobre las casas de los 
desgraciados habitantes de la playa un 
fuego líquido que, durmiendo dentro 
de botes cerrados, estallaba repentina- 
mente en rayos y quemaba los objetos 
que tocaba.» 

Hasta la época de las cruzadas los griegos fueron, según parece, los 
únicos poseedores de este procedimiento de destrucción. Joinville, que 
conocía todos los estragos causados por el fuego griego y el. terror que 
inspiraba á los cristianos, lo describe en estos términos: «Esta clase de fue- 
go era tal, que por delante era tan grande como un tonel de agraz, y la 
cola de fuego que de él partía era también tan grande como una gran espada. 
Hacía tanto ruido cuando se acercaba, que parecía el rayo del cielo; pare- 
cía un dragón que volara por el aire y arrojaba tanta claridad que se veía 
como si fuera de día. Tres veces nos lanzaron fuego griego aquella noche.» 
A partir del siglo xvi, ya no se hace mención del fuego griego. 

La antigua costumbre de los talismanes de batalla para asegurarse la 
victoria ó preservarse de peligros, estaba muy extendida en la Edad me- 
dia: después de haber empleado en los duelos judiciales «palabras encan- 
tadas que tenían gran virtud contra el hierro y contra el fuego,» según 
frase de Brantome, los combatientes encontraron natural recurrir á ellas 




Máquina para lanzar el fuego griego 



(i) Nicetas Acominatus, muerto en 1216, autor de los Anales, 



296 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

en los casos de guerra. Lo mismo en pleno combate que delante de un 
solo enemigo, como observa M. E. Le Blant (i), «el hombre ponía su 
esperanza en fuerzas desconocidas, dueñas del éxito.» 

En el siglo vii, un edicto de Rothavis condenó el empleo de los hechizos 
5^ talismanes en los combates singulares, y esta prohibición se reprodujo 
en la Ordenanza de Felipe el Hermoso, de 1306. Lo que podían ser estos 
tahsmanes lo sabemos por más de un testimonio, habiéndolos muy censu- 
rables desde el punto de vista religioso, porque pertenecían á la categoría 
de fórmulas mágicas: «Muchos, dice un Hbro antiguo, se ponen para ir á 
la guerra una camisa pintarrajeada con horribles figuras, que se llama 
«camisa de infierno,» y los que la llevan debajo de sus vestidos creen que 
de este modo se hacen invulnerables.» Viejos tratados, más ó menos ca- 
balísticos, enumeran algunas de estas recetas cuyas fórmulas se componen 
generalmente de palabras extrañas y hasta faltas de sentido, á lo menos en 
apariencia.» Había, sin embargo, talismanes hechos con oraciones respe- 
tables ó con versículos de las Sagradas Escrituras que se consideraban efi- 
caces contra cualquiera clase de peligro. Tal era un pasaje en que San 
Lucas refiere cómo el Señor escapó de los judíos que querían precipitarlo 
desde lo alto de una montaña: a-Jesus autem transiens, per medimn eoriiiii ibat.» 
El que, estando en peligro, pronunciaba estas palabras ó las llevaba escri- 
tas encima, quedaba, así lo creían, inmune, como lo había sido el mismo 
Jesucristo entre sus enemigos. 

El Enchiridion Leonis (2) es una colección que contiene gran número 
de textos apara conjurar toda clase de armas ,y> entre ellos contra las espadas, 
los cuchillos, las hachas de guerra, las lanzas, las flechas, los proyectiles 
de honda y las catapultas. Más adelante, el pueblo creyó que hasta las ba- 
las de cañón se evitaban diciendo: ^Conjuro te lapidem! per beatum Stepha- 
nmn primiim martyrem qiiem makdicti Jiidai lapidaverunt, ut non possis lader 
me, famulum Dei N...!» ¿Por qué invocar las piedras de la lapidación de 
San Esteban con objeto de evitar los proyectiles?... Sencillamente porque 
las primeras balas no eran de metal, sino de piedra dura. Las palabras Deas 
homofactus est, que encontramos escritas en pedazos de pergamino de la 
época, tenían también, en concepto del vulgo, la misma virtud que el tan 
repetido versículo <^ Jesús autem trajísiens...» 

La Iglesia tenía oraciones de la liturgia oficial para atraer sobre los com- 
batientes el auxilio del cielo, y la bendición de las armas era un acto de 
piedad muy común. La Iglesia pedía al Señor: «Que el casco de tu omni- 
potencia (galea tuce virtutis) protegiera la cabeza del guerrero, cuya espada 
leal bendecía el sacerdote.» También los santos debían ampararlo con su 
patronato. Referíase en tiempo de Gregorio de Tours que un hueso del 

(i) Acad, des Insc et B. í-eííres, XXXIV, segunda parte. 

(2) Colección que se ha querido atribuir al papa León III (Biblioteca del Arsenal, nú- 
mero 1 336). — Está probado que Juana de Arco no quiso que le licchi:yaríin la herida. 



LIBRO aUlNTO 



297 



pulgar de San Sergio había hecho casi siempre invencible al príncipe que 
lo llevaba, y la Canción de Rolando habla dos veces de reliquias incrustadas 
en el puño de las espadas. El puño de c<Darandal, hermosa y santa,» con- 
tenía un diente de San Pedro, sangre de San Baudilio, cabellos de San Dio- 
nisio y un fragmento del vestido de la Virgen; en el de la «Alegre» de 
Carlomagno estaba soldada una astilla de la lan:(a que atravesó el costado 
de Cristo (i). Pero el pueblo aseguraba que además de las reliquias había 







Pro}-ectiles de honda con inscripciones encontrados en Asculum (Ascoli) 

ciertas palabras (éstas sí que eran cabalísticas) que grabadas en la hoja de 
la espada bastaban para impedir que el dueño del arma fuese herido, y 
«hacían al hombre duro,» según expresión familiar de los soldados de 
aquel tiempo. El P. J. B. Thiers, en su Traite des superstitions {2) (Tratado 
de ¡as supersticiones), recuerda esta creencia en los siguientes términos: 
«Para impedir que las armas de fuego hieran, llévese encima un pergami- 
no que contenga las palabras Ibel + Labes -f Chabel -j- Habel + Rabel.» 
M. E. Le Blant cita como fórmula enigmática para encantar las espadas 
las siguientes inscripciones encontradas en dos espadas antiguas: 

KNDXOXGHWDNCHORHD t 
t NFADNRADNRADNRADNR t 



(i) Clians. de Rolcnd, versos 2^44 y siguiente; -ibo'i y siguiente. 
(2) Tomo I, pág. 410. 



298 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

La abstinencia que en ciertos días se observaba era considerada_, según 
parece, como un medio para ser invulnerable en los combates. Juan Ger- 
main, obispo de Nevers, fallecido en 1460, habla de «gentes que ayunan 
y no comen carne el miércoles ú otro día, afirmando que absteniéndose 
no serán jamás heridas en batalla. ■>-> 

Estudiemos someramente los sentimientos que señalan y caracterizan 
el genio belicoso propio de los diversos pueblos. 

Las leyes de Moisés sobre la guerra son dignas de la mayor atención. 
Antes de entrar en campaña, cada oficial había de ponerse al frente de las 
tropas y preguntar en alta voz: «¿Quién es el hombre que ha edificado una 
casa nueva y no la ha dedicado?.. ¿Quién es el hombre que ha plantado 
una viña y que todavía no la ha hecho común para que todos puedan co- 
mer de ella?.. ¿Quién es el hombre que se ha desposado con una mujer 
y no la ha recibido?.. ¿Quién es el hombre medroso y de corazón des- 
pavorido (i)?» y todos los que se encontraban en uno de estos casos po- 
dían retirarse. Esas interpelaciones encierran una filosofía superior, un 
análisis profundo y un conocimiento admirable del corazón humano, con- 
junto de egoísmos y de generosidades, de debilidades y de virtudes. En efec- 
to, el que ha soñado con una casa propia y ve llegar el ansiado momento de 
inaugurar la deseada vida...; el que espera impaciente los frutos de su viña 
perezosa, que serán la recompensa de su trabajo perseverante...; el que 
está desposado y cuyo corazón arde en deseos de pasar largos días junto 
a la esposa elegida...; el que tiene el alma pusilánime...; en una palabra, 
todos aquellos á quienes una preocupación personal absorbe y mueve á cálcu- 
los interesados, no tienen la aptitud ni la abnegación necesarias para ser 
los audaces, los valientes, los intrépidos que forman las falanges invenci- 
bles, los ejércitos victoriosos. Se les considera incapaces de abnegación 
absoluta é indignos de la gran obra de la guerra... ¡Sahd de las filas, reti- 
raos! ¡Id á refugiaros en vuestras casas! ¡Trocad el hierro de la lanza por 
la cepa de la viña! ¡Guardad vuestro corazón para la desposada, ya que no 
podéis darlo entero á la Patria! ¡Huid lejos, caracteres timoratos cuya flo- 
jedad sería contagiosa y cuyo ejemplo sería pernicioso para todos! Con- 
servad vuestras vidas para vosotros mismos; que el Dios de los ejércitos 
sólo acepta el holocausto voluntario de los valientes y el sacrificio espon- 
táneo de las almas escogidas. ¡Sí, partid! No sois dignos de morir por él. 
Así nos imaginamos que debe ser la verdadera paráfrasis del hermoso texto 
que acabamos de citar. 

Cuando vemos el número de hombres que acompañaban á ciertos con- 
quistadores antiguos; cuando pensamos, sobretodo, en lo que debían ser 
entonces las comunicaciones, en la dificultad délos transportes y en la es- 



(i) Deuteronomio, cap. XX. 



LIBRO aUlNTO 



299 



casez de los campos cultivados, que, además devastaba el enemigo al re- 
tirarse, nos preguntamos cómo podían tan numerosas tropas encontrar 
con qué alimentarse en territorio de tal modo asolado. 

Uno de los ejércitos de Sesostris contaba 600.000 infantes y 27.000 ca- 
rros, y con él recorrió aquél una parte del Asia. Los guerreros constituían 
en Egipto una casta privilegiada, como la de los sacerdotes, hasta el punto de 
que las familias sacerdotales se unían con las familias militares sin por ello 
denigrarse. Una vez terminada la guerra, se licenciaba á todos los soldados. 
Aunque el antiguo Egipto se go- 
bernaba «por el palo,» los castigos 
corporales no se aplicaban á los 
hombres de armas: la sanción de 
las faltas por éstos cometidas con- 
sistía en reprensiones, lo cual de- 
nota la existencia de ideas de ho- 
nor y de una organización militar 
seria. 

También los persas reunieron, 
al parecer, muy importantes mili- 
cias: el rey Jerjes partió para Gre- 
cia al frente de un millón de hom- 
bres, y en una sola batalla, en 
Platea, hizo entrar en combate á 
350.000 contra sus adversarios co- 
ligados. 

Los griegos combatían en pe- 
queños cuerpos de ejército; así en 

Leuctra, quizás su batalla más importante, sólo entraron en acción por am- 
bas partes 40.000 en junto. Mas como Grecia era un país pequeño rodeado 
de enemigos temibles, el servicio militar tuvo allí una duración excepcional, 
siendo el griego soldado desde los diez^ y ocho hasta los sesenta años. Aunque 
los ejércitos fueron en un principio temporales, había oficiales permanen- 
tes, llamados polemarcas, que mantenían las tradiciones y vigilaban las 
maniobras de los hombres á quienes se ejercitaba en tiempo de paz. Los 
ciudadanos ricos formaban la caballería y generalmente cada uno de ellos 
iba acompañado de siete ilotas como auxiliares ó criados. Los bailarines 
eran tenidos por indignos de llevar Lis armas. 

La inñintería griega comprendía dos elementos: los hoplitas, hombres 
pesadamente armados, y los psy litas (i), soldados destinados á combatir 
con azagayas y hondas. La falange macedónica era una masa de comba- 
tientes que variaba de 6.000 á 16.000 hombres, apretados unos contra 




Soldado persa de caballería 



(i) Arqueros. 



300 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Otros á 1 6 filas de fondo y cubiertos de sólidas armaduras; cada falangista 
llevaba una pica de siete metros de largo que los de las cinco primeras 
filas empuñaban con am.bas manos apuntándola hacia el enemigo, de ma- 
nera que las picas de la primera fila avanzaban cinco metros delante del 
frente de batalla, las de la segunda cuatro y así sucesivamente hasta las de 
la quinta, que todavía sobresalían un metro por fuera de la primera. 

La falange, vista de frente, era, según dice Plutarco, «una especie de 
monstruo indomable, erizado de puntas de hierro (i).» Las demás filas 
empujaban á las que estaban delante y les impedían huir; además reem- 
plazaban inmediatamente á los muertos y heridos de las primeras, de ma- 
nera que por más que disminuyese el número de combatientes, el frente 
siempre era el mismo y la acción del combate no menguaba. En un terre- 
no llano y despejado, cuando la falange podía permanecer en orden, esta- 
ba segura de derrotar al enemigo. 

Parece increíble lo mucho que la organización de la República roma- 
na recuerda lo que vemos en nuestros días. Los romanos tenían el servi- 
cio obligatorio, en virtud del cual todo ciudadano válido, desde la edad de 
diez y siete á la de cuarenta y cinco años, estaba obligado á empuñar las 
armas. Del ejército estaban excluidos la mayoría de los esclavos y duran- 
te el Lnperio los judíos. Por excepción podía eludirse el servicio mihtar 
pagando un impuesto llamado auriim tironicum, que servía para comprar 
substitutos; pero esto no rezaba con los hijos de los veteranos, los cuales 
eran por herencia reclutas ó tirones y los jefes los inscribían de oficio en 
unos registros (matricula). Los que servían más tiempo del que les corres- 
pondía, los reenganchados, eran designados con el nombre genérico de 
evocati. El Senado romano era el que decidía á qué cifra debía elevarse el 
efectivo del ejército cuando procedía formarlo; en caso de peligro inmi- 
nente se recurría á la leva en masa, llamada conjuratio porque en tal caso 
los soldados prestaban juramento, no de una manera individual, sino co- 
lectiva. Cuando se trataba de levas regulares (legitima düecíio) , un edicto 
de los Cónsules hacía el llamamiento de las clases^conMOC^náo á los junio- 
res para que acudieran al sorteo hasta completar la cifra fijada por el Se- 
nado (2). 

Los que tenían el honor de ser «escogidos (3) por los dioses» para ser- 
vir á su patria, prestaban juramento individual (4) ante el cónsul, juez 
único de los casos de reforma ó de exención. El joven romano, apto para el 
servicio militar, que no respondía á la convocación, quedaba reducido á la 
condición de esclavo (5). 



(i) Riquier. 

(2) Juniores sorte... - Los hombres de la reserva se llamaban séniores. 

(3J Dilecti. 

(4) Sacramentum. 

(5) Qiii non respondebant, in servitutem. 



LIBRO QUINTO 



¡CI 



Una serie de penas rigurosas aseguraba la disciplina: la reprensión (i), 
que imponía al soldado qae había incurrido en falta la cebada en vez de 
trigo como alimento; las corveas penosas; la flagelación (2) (cuando cada 
uno de los hombres de la legión aplicaba un golpe al culpable, éste podía 
morir de resultas del castigo); la degradación (3) en presencia de las tropas: 
el general mandaba comparecer al soldado indigno delante de las legiones 
armadas, y después de haberle arrancado 
las vestiduras militares, le decía en alta voz: 
«¡Vete! Ya no necesito tus servicios (4).» Fi- 
nalmente, el indisciplinado y el traidor 
eran condenados á muerte. 

Las recompensas consistían en felicita- 
ciones, medallas, plumeros y coronas: la 
corona de encina era distinción suprema 
y llevaba inscritas estas palabras: «Por ha- 
ber salvado á un ciudadano (5),» y el padre 
de tan buen soldado tenía derecho, según 
dice Plinio el Viejo, á los mismos honores 
que su hijo. 

En nuestros días, más de un hijo de fa- 
milia acomodada se ingenia para eludir el 
deber patriótico; en Roma, en cambio, los 
más ricos eran llamados antes que los otros: 
así, según Dionisio de Halicarnaso, los que 
estaban inscritos por un censo de loo.ooo 
ases formaban parte del primer llamamien- 
to; los inscritos por 75.000 figuraban en 
la segunda clase, y así sucesivamente, y 
únicamente en caso de necesidad absoluta 
tomaban las armas los pobres (proletarii) 
que cobraban sueldo del tesoro público, al 
revés de los patricios, que venían obligados á costearse el equipo y la manu- 
tención. De die:{_y siete á cuarenta y cinco años io¿o romano útil estaba obli- 
gado á servir á su patria. La legión romana tal como estaba organizada, 
compuesta de hombres que gozaban del derecho de ciudadanía, poseía una 
fuerza ofensiva que cuadra maravillosamente con la ambición del pueblo 
á que pertenecía (6); en vez de formar en masa profunda como la falan- 
ge, se dividía en tres hneas separadas por intervalos y dispuestas unas de- 




Vélite romano 



(0 

(^-) 

(3) 
(4) 
(5) 
(6) 


Castigatio. 
Fustariwn. 
Ignominiosa missio. 
... Tua opera non iitor 
Ob civein servatum. 
j\l. de la Barre Dui-nr 



302 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

tras de otras á modo de tablero de ajedrez, y en este tablero les espacios 
huecos eran iguales á los llenos, de suerte que haciendo avanzar la segun- 
da fila á la línea de la primera se obtenía, cuando era necesario, una for- 
mación compacta. Estas tres líneas comprendían los astiarios, los «prínci- 
pes» y los triarlos, colocados delante, en medio y detrás respectivamente. 
Además de los soldados de fila, había, como entre los griegos, hombres 
. armados ligeramente, llamados vélites, que empezaban el combate como 
tiradores, con azagayas: el número de vélites era igual al de los astiarios, 
es decir, de 1,200, lo que daba 4.200 infantes por legión, cifra que pos- 
teriormente se elevó á 6.000. En la guerra de las Galias, César nunca 
tuvo á sus órdenes más de 90.000 soldados; generalmente su ejército se 
componía de seis legiones (i). 

Con razón se ha hecho observar la correlación que existe entre la pa- 
labra «hostia,» víctima, y hostis, enemigo, y es que, en efecto, casi siem- 
pre el vencido era una víctima destinada á la venganza del vencedor, á no 
ser que, como luego veremos, una herida lo hubiese «hecho sagrado.» 

Hasta fecha relativamente reciente no sugirieron la civilización y la 
humanidad la idea de conservar respectivamente los prisioneros para can- 
jearlos luego entre sí los beligerantes. Pero en lo antiguo, ¡cuan ciertas 
eran las palabras «Vencer ó morir,» que los jefes repetían en las batallas y 
que se hallaban también escritas en los estandartes! No era esta una vana 
fórmula, una frase pomposa, sino un recordatorio eficaz de una verdad 
amenazadora. Todavía en la época de Corneille se empleaba comúnmen- 
te la palabra «hostie» para designar una víctima en general (2). 

La cobardía es considerada como falta imperdonable, sobre todo entre 
los pueblos belicosos: Tácito nos dice que los germanos ahorcaban á los 
traidores y anegaban á los cobardes; también pueden citarse decretos 
de concilios imponiendo penas á los ruines que se negaban á seguir al rey 
en sus expediciones militares (3). A propósito de esto, recordemos la in- 
geniosa etimología que muchos dan de la palabra poltrón: según ellos, 
derívase de la raíz pal (abreviación de pollex, pulgar) y truncatns, cortado; 
de modo que el pollice trnnciis ó iriincaíiis será el que se ha cortado el pulgar 
para no ser soldado (4). Es indudable, en efecto, que el empleo del pul- 

(i) O sean unos 3G.ooo hombres. 

(2) «De tous les combattanis a-t-il fait des hasties?» 

Horace, III, 2. 

ccPlre barbare achéve, acheve ton ouvrage! 
Cette seconde hastie est digne de ta rage.» 

Po¡yeucte, V, 5. 

(3) ...Si se substraxerit. Coll. des Conc, tomo IX, Labbe. 

(4.) Scííún Littré, poltrón se deriva de la palabra alemana Polster, almohada; de suer- 
te que poltrón seria un hombre perezoso que busca una vida regalada, MenageyGenin 
hacían á&v\va.i poltrón del antiguo vocablo ívrxncés yoiitre, yegua joven... Preferimos la eti- 
mología latina que, aun siendo discutible, tiene la ventaja de responder al significado de la 
palabra jco/író)¡. 



LIBRO QUINTO 



303 



gar era absolutamente indispensable, sobre todo, para los arqueros. En 
nuestros días, ¿no hemos visto á los tribunales condenar á muchos jóvenes 
quintos que habían tenido el triste valor de cortarse el pulgar con la espe- 
ranza de ser declarados inútiles (i)? 
La principal fuerza de las armas 
galas, según Pausanias (2), consistía 
en sus tropas montadas; cada caballe- 
ro iba acompañado de dos servidores, 
también montados. Los galos colga- 
ban del cuello de sus caballos las ca- 
bezas de los vencidos, ó las fijaban en 
las puertas de sus casas, como más 
adelante los señores feudales clava- 
ban a la entrada de sus castillos las de 
los animales fieros, y untaban con 
aceite de cedro las de los grandes ca- 
pitanes muertos, conservándolas cui- 
dadosamente en cajas especiales. La 
le}' de los salios tomó la precaución 
de prohibir que se quitaran estos glo- 
riosos trofeos. Los galos, para com- 
batir, se descubrían el torso: mostrar 
de esta suerte á los ojos de todos el 
horror de las heridas y la sangre cho- 
rreando por las desgarradas carnes, y 
no temer que con ello menguara el 
valor délos demás, es una prueba in- 
comparable del valor guerrero de un 
pueblo. Este hecho se cita especial- 
mente de los allobroges (3). Este va- 
lor de los galos no les impedía, sin 
embargo, pensar en las protecciones 
útiles, como la de colocar en primera 
fila á esclavos cubiertos de hierro; pero 
el soldado romano, armado de hacha 
y destral, abrió brecha al través de 
aquella muralla movible, á la que fué 
preciso renunciar porque aquellos crupelarios, una vez derribados, no po- 

(i) Citemos especialmenie el caso de Germán Matignón que compareció ante el tribu- 
nal de Jonzac y fué condenado, en apelación, por la Sala á tres meses de prisión por haber- 
se hecho saltar el pulgar en la boca de un fusil. 

(2) Geógrafo é historiador griego del siglo ii. 

(3) Diod. de Sicil., V, 20.— Los allobroges eran un pueblo de la Galia, de la parte del 
Delfinado. 




Prisioneros galos y trofeos. (Arco y teatro 
de Orange.) 



304 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

dían volver á levantarse. Los galos, en sus empresas guerreras, llevaban 
también consigo carros que, atados unos al lado de otros, servían de de- 
fensa antes del ataque y evitaban las sorpresas durante la noche. 

En tiempo de los monarcas francos, los hombres de armas se junta- 
ban todos los años, en un principio en el mes de marzo y posteriormente 
en el de mayo, decidiéndose en estas asambleas la paz ó la guerra. 

El servicio militar, en su origen, era un deber relativo: el jeíe propo- 
nía una expedición á sus hombres, y si éstos la aprobaban, emprendían la 
marcha. Supongamos declarada la guerra: el rey llama á las armas á los 
señores, y éstos, á su vez, se rodean de sus vasallos, que combatían en se- 
gunda fila (i). Los caballeros nobles representan la gran fuerza mihtar. 
La infantería es, sin duda alguna, fuerte y valiente; pero nadie, hasta cier- 
to punto, se cuida de ella, porque es indiscutible que el infante era impo- 
tente contra la gran caballería, completamente armada de hierro. Los ca- 
balleros, formados en grupo con su pendón, constituyeron la unidad 
ordinaria, de manera que se contó el electivo de los caballeros «por pen- 
dones,» cada uno de los cuales correspondía á cinco lan:^is proporcionadas 
y cada una de éstas se componía de un caballero y cuatro hombres de sé- 
quito. Por lo que toca á la ilustre corporación conocida con el nombre de 
Caballería, ha sido tan bien estudiada en obras magistrales, que sería teme- 
rario empeño de nuestra parte querer completarlas. 

La poesía ha cantado en todas las épocas las hermosas gestas y brillan- 
tes empresas de los guerreros; la Caballería, con sus costumbres aventu- 
reras, se prestaba maravillosamente á esta glorificación, y por esto sirvió de 
tema favorito, tema encantador, patriótico é inagotable que inspiró á los 
trovadores (2). He aquí uno de esos cantos que traducimos conservándo- 
le su exquisita forma: «¿Quién es el gentil bachiller (bajo caballero) naci- 
do en medio de las armas, amamantado en un yelmo, mecido en un es- 
cudo, alimentado con carne de león y que se duerme entre el fragor del 
trueno?.. — Tiene el rostro del dragón, los ojos del leopardo y la impe- 
tuosidad del tigre. — En el combate se embriaga -de furor y descubre á su 
enemigo á través de los torbellinos de polvo^ á la manera que el halcón 
ve su presa á través de las nubes. — Rápido como el rayo, derriba de su 
corcel al paladín, y su puño, como una maza, puede aplastar á uno y á 
otro, — Para dar cima á una gran aventura, no temerá cruzar los mares de 
Inglaterra ó las cumbres del Jura. — En la batalla huyen ante él como la 
paja ligera huye ante la tempestad. — En las justas, ni hierro, ni placas, 
ni lanza, ni escudo pueden resistir sus golpes. — Las espadas rotas, los 

(i) Los soberanos, en caso de guerra, alquilaban mercenarios llamados soudoyers 
(asalariados), que reemplazaron á \os franco- arqueros, ó tropas permanentes á cargo de las 
parroquias. 

(2) Los trovadores, poetas del Norte, se dedicaban con preferencia á la poesía épica y 
caballeresca; los de la Provenza de la Kdad media recorrían los castillos del Mediodía de 
Francia cantando sonetos, pastorales y poemas «de gaya ciencia.» 



LIUKO QUINTO 



305 



caballos con el aliento humeante, las picas, las cotas de malla, hechas 
pedazos: tales son las fiestas y los espectáculos gratos á su noble corazón. 
— Gústale recorrer los montes y los valles para atacar á los osos, á los 




Infantería del siglo xv. (Copia de un grabado de Juan Burgkmaier.) 

jabalíes y á los ciervos, y durante su sueño el casco es su almohada.» 

Varias Ordenanzas de 1314, 1338, etc., indican que sólo los nobles 

estaban sujetos al bmi (i), es decir, al llamamiento directo del rey; todas 

las demás personas en estado de poder llevar las armas estaban compren- 

(i) Ban, proclamación. La banliciie era la circunscripción feudal en donde á son de 
trompa el señor hacía el llamamiento á sus vasallos. 

Tomo II 20 



306 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

didas en el arriere-ban. Para que los subditos se viesen obligados á entrar 
en el ejército, era preciso que el arriére-han fuese objeto de una convoca- 
ción general, por ejemplo, en caso de peligro inminente y público. 

Ya en tiempo del rey Juan (30 de abril de 13 51) se aseguraba un suel- 
do (i) á las gentes de guerra para su subsistencia; pero hasta el reinado 
de Carlos VII no se constituyó la fuerza armada de un modo permanente 
3' duradero, gracias á las Ordenanzas de 1439 y 1446: desde aquel mo- 
mento la guerra es asunto del rey y queda prohibido á los barones per- 
cibir nada fuera de sus derechos, á pretexto de empresas bélicas. 

Existe una profunda diferencia entre las guerras antiguas y las moder- 
nas; en otro tiempo todo estaba permitido, todo era, por decirlo así, líci- 
to para asegurarse la victoria; en la actualidad el empleo de la fuer::a 
contra los enemigos hállase limitado por ciertas restricciones resultantes, 
bien de costumbres, bien de convenios internacionales. «Las naciones ci- 
vilizadas, según frase de Talleyrand, han de hacer en la paz el mayor bien 
y en la guerra el menor mal posible (2).^ En todo tiempo, siempre que se 
ha tratado de un combate privado, de un duelo, los dos adversarios han 
luchado con armas iguales, midiéndose antiguamente los bastones de los 
villanos como hoy en día se miden las espadas de los duelistas puestos 
frente á frente. Pues bien: para las luchas entre naciones, el derecho in- 
ternacional procura también equilibrar las probabilidades dentro de la 
medida más equitativa. Los medios prohibidos como bárbaros son las 
crueldades y la perfidia. Asimismo está vedado el empleo de ciertos proce- 
dimientos de destrucción, como por ejemplo: la metralla, el vidrio iriliira- 
do, las balas deformadas y los proyectiles con cadena en las guerras continenta- 
les, y los proyectiles rojos en las marítimas. El papa Inocencio III tomó 
la iniciativa de inducir á las naciones cristianas á que renunciaran á los 
proyectiles y se concretaran á las armas blancas; pero su tentativa fracasó. 

Mientras los pueblos civilizados firman pactos para determinar las 
condiciones bajo las cuales podrán destruirse «convenientemente, « ma- 
tarse conforme á las reglas, los salvajes, con su lógica primitiva, se dicen 
que desde el momento en que en la guerra se considera que el derecho 
está de parte del más fuerte, sería absurdo guardar consideraciones á sus 
adversarios en vez de aniquilarlos por todos los medios imaginarios. De 
aquí que empiecen por envenenar sus armas, á fin de que causen con más 
seguridad la muerte; y como el suelo de América produce gran cantidad 
de esencias mortales, los indios del Nuevo Mundo eran maestros consu- 
mados en el arte de preparar los venenos, de tal modo que aun después 
de ciento cincuenta años se han ensaj'ado en Europa algunos de esos dar- 



(i) En nuestros días, un soldado, paga inclusive, cuesta á su país una cantidad pro- 
porcional á los números siguientes: en Francia, 40; en Alemania, 48; en Rusia, 87; en 
Austria, 84; en Italia, 33; en Inglaterra, S6, y en los Estados Unidos, 440. 

(2) Carta á Napoleón, 20 de noviembre de 180O. 



LIBRO aUINTO 



307 



dos mojados en el jugo del manzanillo que conservaban todavía una gran 
parte de su virtud maligna. Los asiáticos, muchos siglos antes de Alejan- 




Un torneo en el siglo xv. (Miniatura de las Crónicas de Froissart.) 

dro, y los habitantes del Lacio, antes de la fundación de Roma, usaban 
flechas envenenadas. Según Estrabón, los habitantes de la Cólquida las 
mojaban en una infusión que mataba infaliblemente á las personas alean- 



3C8 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

zadas por el dardo y difundía un olor tan fuerte que ahogaba d los que no 
resultaban heridos. Los escitas untaban las suyas con virus de víbora, y 
Plinio asegura que las heridas por ellas producidas eran incurables. Las 
flechas de Macassar denominadas aleñas son tan temibles, que el más lige- 
ro rasguño por ellas producido ocasiona inmediatamente la muerte entre 
horribles convulsiones, siendo en vano que se recurra á la amputación, 
pues el veneno se enseñorea tan de prisa del resto del cuerpo, que la ope- 
ración resulta inútil. Los javaneses envenenan la hoja de sus puñales cuan- 
do la templan; pero de mil heridas no hay una sola que sea fatal. Los ha- 
bitantes de las islas Marianas ponen en sus bastones ciertos huesos pun- 
tiagudos convenientemente preparados; la más pequeña esquirla de estos 
huesos produce una especie de intoxicación, no habiéndose encontrado 
todavía ningún remedio contra tan sutil agente. «Nos preguntábamos, 
dice Stanley, en qué consistía la substancia homicida inoculada por las ar- 
mas de los africanos; pues bien, cuando regresábamos de Nyanza para 
socorrer al mayor Barthelot, encontramos entre las cabanas unos paque- 
tes de hormigas encarnadas, y entonces supimos que los cuerpos de estos 
insectos, secados, reducidos á polvo y luego cocidos en aceite de palma, 
servían para frotar las puntas de las flechas (i).» La Europa civilizada, en 
sus marciales ardores, habíase apropiado en parte la idea de los salvajes, 
de tal manera que todavía en el siglo xvi nadie tenía escrúpulo alguno en 
«envenenar los dardos.» 

Cuando la conquista del Nuevo Mundo, los españoles amaestraban 
perros para la guerra, y sabido es el furor con que estos animales despe- 
dazaban á los americanos. Esta inchnación, ó más bien esta educación per- 
versa, parece que ha persistido entre los perros del Perú^ que todavía dan 
pruebas de gran encarnizamiento contra los indios, asegurándose, por otra 
parte, que los perros educados por éstos no odian menos á los españoles. 
¿Hemos de admitir que el perro adivina y comparte los sentimientos de 
su amo? El simple amaestramiento basta para explicar la dirección dada al 
instinto del animal. Por ejemplo, los individuos tjue se dedican al contra- 
bando, sobre todo en las fronteras belgas, encierran en una habitación al 
perro que quieren utilizar, cuidando antes de abozalarle; luego entra en la 
pieza un individuo disfrazado de aduanero y armado de un enorme bastón, 
que apalea desapiadadamente al pobre animal, al cual desde aquel día ins- 
pira espantoso terror el uniforme de aquel funcionario. Así es que cuando 
el perro que lleva tabaco de contrabando divisa al aduanero de servicio 
hace maravillas para evitar su encuentro. 

En el siglo xix, la idea de suprimir de la guerra los males superfluos- 
motivó el Convenio de San Petersburgo, firmado por todos los Estados 

(i) Scotíisli Geographical Maga^iinc.—Sí&viXtY refiere que, envolviendo en hojas fres- 
cas la punta del dardo, evitan los salvajes el envenenarse á sí mismos por el contacto de 
sus terribles armas. 



LIBRO QUINTO 



309 



europeos, y á tenor del cual las partes contratantes renunciaron mutua- 
mente, con un fin humanitario, á emplear proyectiles explosibles ó de un 
peso inferior á 400 gramos (i). Tampoco debe hacerse uso de veneno para 
estropear el agua de las fuentes ó de los rios^ m 
diseminar en territorio enemigo substancias peli- 
grosas susceptibles de desarrollar en él enferme- 
dades contagiosas. Así como la astucia y las si- 
mulaciones son estratagemas de «buena lid» entre 
los combatientes, la. perfidia no es un medio líci- 
to; así sería desleal sohcitar un armisticio y que- 
brantarlo por sorpresa; fingir rendirse para luego 
fusilar al enemigo más de cerca, designar como 
hospital un almacén de municiones, etc. ; Sería 
astucia culpable servirse de los uniformes y de 
las insignias del adversario? El que viste los unos 
ü ostenta las otras declara con ello que pertenece 
á tal ó cual partido; trátase de un lenguaje muy 
inteligible al que es preciso reconocer, á lo que 
parece, tanto valor como á una palabra ó á un 
signo escrito. Sin embargo, se ha admitido que 
cierto disfraz es aceptable, siempre y cuando en 
el momento decisivo, es decir, en el momento de 
venir á las manos, los beligerantes enseñen su 
verdadero pabellón y revelen ser lo que en reali- 
dad son. 

El derecho marítimo ha hecho más, pues ha 
determinado por medio de demostraciones espe- 
ciales cómo deben emplearse las estratagemas, y 
fijado el momento en que éstas han de cesar so 
pena de convertirse ya en perfidia. Cuando se 
encuentran dos buques de guerra, el que desea 
conocer realmente la nacionalidad del otro enar- 
bola su pabellón y dispara un cañonazo; el otro 
ha de contestar de la misma manera, siendo ese 
cañonazo, ó disparo de seguridad, la palabra de 
honor dada por el comandante de que el pabellón 
que flota es verdaderamente el de la nación á que 
pertenece. 

En caso de sitio ó de bombardeo, es obligatorio asegurarse previamente 
de lo que piensa hacer la plaza, intimándole al efecto la rendición, á no 
ser que de los preparativos de defensa resulte clara la intención de resistir; 

(i) II de d¡cie:nbre de 1868. Véase también: Convenio de La Haya, 29 de julio de 
1899. 




Cerbatanas brasileñas para 
flechas envenenadas. (Mu- 
seo EtnográficodeMunich.) 



310 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

también se permite á los habitantes inofensivos substraerse á los horrores 
de la guerra retirándose de la población. El bombardeo de Paris en 1871 
sin previa denuncia motivó las reclamaciones de varios miembros del 
cuerpo diplomático que residía en la capital, de quienes se hizo intérprete 
el ministro de Suiza, M. Kern, en una carta dirigida al canciller alemán (i). 
La respuesta de Bismarck fué la siguiente: «Reservando á los gobiernos 
de Vuestra Excelencia y de los que con vos firman la iniciativa de un exa- 
■ men más profundo de la cuestión teórica, me Hmito á sostener que la de- 
nuncia previa de un bombardeo no es necesaria según los principios del 
derecho de gentss, ni está reconocida como obligatoria por los usos mili- 
tares.» Obsérvese que precisamente porque los diplomáticos entendían 
que debía haber precedido aviso, tomó el decano de los mismos la inicia- 
tiva de la protesta. Según refiere el Monitcur Ojficid de 10 de enero de 
1 87 1, un solo proyectil caído en una escuela de Vaugirard había despeda- 
zado á cuatro niños y herido á cinco. De todos modos, nuestros oficiales 
consideraron, lo mismo en Roma que en Crimea, como un deber estricto 
avisar al enemigo los bombardeos proyectados. 

Hablemos ahora de los heridos. 

Leemos en Diodoro de Sicilia que los soldados egipcios heridos en la 
guerra eran asistidos por médicos que pagaba el tesoro público (2). Tam- 
bién los griegos tenían en el sitio de Troya sus médicos para los hombres 
que quedaban fuera de combate, y debían tenerlos en gran estima á juzgar 
por las palabras que Homero pone en boca deldomeneo: «Hijo de Neleo, 
apresúrate á retirar á Macaón de entre los guerreros; llévatelo en tu carro 
junto á los barcos, porque en la guerra un médico vale por sí solo tanto 
como mil combatientes.» Estos médicos curaban asimismo las heridas de 
los vencidos, como lo hace observar Jenofonte, quien recomienda á los 
jefes de ejército la piedad respetuosa para el valor desgraciado (3). Duran- 
te seis siglos Roma careció, según parece, de médicos; después, los gene- 
rales romanos llevaron algunos en las expediciones militares. César los de- 
claró ciudadanos y Augusto los eximió de impuestos. Todo herido era 
considerado como sagrado, y los mismos caudillos que no vacilaban en 
asesinar á los vencidos sanos nos han legado esta máxima: <íUn enemigo he- 
ridoes un hermano (4\» En la actualidad, y por virtud del Convenio de Gi- 
nebra, los heridos y los enfermos quedan bajo la protección de las poten- 
cias europeas, las cuales aseguran, en nombre de la humanidad doliente, 
la neutralidad de las ambulancias. 

El presente estudio sería incompleto si no dijéramos nada délos rehenes, 
especie de fianza personal dada en garantía del cumplimiento de un corn- 



il) En i3 de enero de 1871. 

(2) Diodoro, libro I, cap. LXXXII. Véase Guerre Cont., por M. G. Guelk 

(3) Cyropedia, V, cap. IV; III, cap. II. 

(4) Hostes dum vulnerati, f ¡-aires. 



LIBRO aUlNTO 3 I I 

premiso internacional; los individuos entregados en calidad de rehenes 
habían de ser tratados con todas las consideraciones que una hospitalidad 
leal impone. Según dicen Plutarco y Tácito, los romanos y los germanos 
constituían en prenda hasta á las mujeres y d los niños (i). Pero así como 
la entrega voluntaria de rehenes, como garantía de una promesa, es una 
cosa lícita y respetable, la aprehensión de rehenes, empleada como medio de 
terror y de intimidación, es un abuso de la fuerza, un atentado contra el 
derecho natural. 

Se han preguntado algunos si el derecho de gentes permitía matar á 
un enemigo valiéndose para ello de un asesino, caso muy distinto de un 
golpe mortal asestado durante un combate. En este punto hay que esta- 
blecer una distinción, por razón de la cualidad del que mata en tales cir- 
cunstancias: habría perfidia si el asesino utilizado fuese subdito del prín- 
cipe ó caudillo á quien se propone matar ó se hubiese introducido en su 
campo como parlamentario, peticionario, extranjero, etc., mas no si nin- 
gún compromiso le ligara con la víctima. En este último caso estaba com- 
prendida la audaz empresa de Mucio Scévola, quien con una frase justificó 
su conducta: «Como enemigo, he querido matar á un enemigo. ;> El mis- 
mo Porsena encontró esta conducta heroica (2); Valerio Máximo la cali- 
fica de acción honrada (3), y Cicerón la ensalza en su discurso por Sexto. 
Lo propio debe decirse de Pipino, padre de Carlomagno, que, acompaña- 
do de un solo guardia, atravesó el Rhin para ir a herir inopinadamente á 
su adversario. 

Para los pueblos civilizados la deslealtad es tan ilícita entre beligeran- 
tes como entre particulares; pero este es un concepto nuevo y relativa- 
mente reciente de los deberes internacionales. Abramos Homero y en él 
leeremos frque es menester dañar d su enemigo, por fuerza franca, sea 
por dolo, d la luz del sol ó secretamente;» y en efecto, sus héroes no vaci- 
lan nunca en emplear el fraude, de cualquiera clase que sea. Según Píndaro, 
todo es permitido para destruir el poder del adversario; Jenofonte ensalza 
la astucia como la cosa mejor en la guerra (4), y de igual opinión es Poli- 
bio (5). 

También en Virgilio encontramos esta idea: ¡Astucia ó valor, qué 
importa cuando se trata de enemigos! Plutarco piensa del mismo modo y 
Luciano cree que los que en tal caso engañan son dignos de elogio (6). Fi- 
nalmente, los mismos jurisconsultos romanos declaraban que no había en 
ello nada de censurable (7). 



(i) Plutarco, De dar. mulicr.—Tdcho, Anales, Xü, é Historia, IV. 

(2) Tito Livio, II. 

(3) Valerio Máximo., libro III, cap. III. 

(4) De Cyri. instit., I, y De reeqiiestri. 

(5) Libro IX. 

(6) Luciano, Phil. 

(7) Dig., De dolo, I. 



Sí- HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

¿Hay derecho para mentir á un enemigo? Platón (i), Jenofonte (2), 
Filón el Judío (3) y otros varios autores encuentran muy legítimo el em- 
pleo de falsas expresiones para con aquellos á quienes se hace la guerra... 
Según el derecho de gentes, no puede admitirse la mentira cuando se re- 
laciona con una afirmnción formulada por juramento ó con una promesa 
hecha aunque sea á un enemigo, porque el interés nunca puede sobrepo- 
nerse al honor, y una palabra dada en nombre de la nación es por esto 
mismo más respetable y más sagrada. 

Varias sectas religiosas de las que todavía existen representantes sos- 
tienen que niíuca es lícito dar ¡a muerte, ni siquiera en caso de guerra. Sien- 
do esta creencia incompatible con el servicio militar, los cuákeros envia- 
ron en 1 79 1 al tribunal de la Asamblea Nacional (4) una diputación que 
presentó la siguiente instancia: «Habéis dado, señores, un gran ejemplo á 
las naciones que todavía persiguen las opiniones religiosas, y esperamos 
que éstas no dejarán de seguir esos grandes principios de justicia á los cua 
les ha permanecido invariablemente fiel nuestra secta desde su orisren: uno 
deestosprmcipioses el que nos prohibe matar á los hombres bajo ningún 
pretexto; los cuákeros han demostrado en laPensilvania que se puede sos- 
tener un gran establecimiento sin aparato militar. Os pedimos que jamás 
manchéis nuestras manos con sangre de ningún hombre; los americanos 
nos han otorgado esta dispensa y nunca hemos dejado de serles útiles.» 
También los anabapustas del departamento del Meurthe acudieron ante la 
Asamblea Nacional (5) manifestando que sus convicciones les vedaban de- 
rramar sangre humana, aun en guerras justas, y en nombre déla declaración 
de los Derechos concerniente á la hbertad de cultos, sohcitaron que se les 
eximiera de empuñar las armas, ofreciéndose en cambio á servir á su pa- 
tria con todos los medios pecuniarios. Los memnonitas de los Estados Uni- 
dos y de Rusia rechazan igualmente como inmoral el uso de las armas, y 
una de sus iglesias del cantón suizo de Neuchatel persiste en su resisten- 
cia. Los de Holanda y del Sur de Alemania se han sometido al servicio 
militar desde principios del siglo xix; pero los de Prusia son destinados al 
cuerpo de Sanidad á fin de salvar sus escrúpulos de conciencia. 

En el siglo xvi, una secta de anabaptistas, los bacularios, gentes con bas- 
tón (6), profesaban acerca de la guerra una opinión extravagante. En su 
concepto, es un crimen llevar otras armas que un bastón, y no es nunca 



(O De repitbl., II. 

(i) De Cyr. iiistit., I, y Socrat., II. 

(3) De mif^rat. Abrali. — Filón nació en Alejandría hacia el año 20 antes de J C. 

(4) Sesión del 10 de febrero de 1791. Los cuáqueros ó tembladores están extendidos 
en Inglaterra y en América. 

(5) Sesión del 1 5 de agosto de i ygS. Los anabaptistas, como indica su nombre, preten- 
dían que todo cristiano había de ser rebautizado después de cumplidos siete años. 

(6) De bacnlus bastón. 



LIBRO QUINTO 3 I 3 

lícito rechazar la íuerza con la fuerza, puesto que Jesucristo ha prohibido 
servirse de la espada, so pena de perecer por ella... Los bacularios olvidan 
que los deberes de los ciudadanos son diferentes de los de los simples par- 
ticulares y que la sociedad tiene derechos superiores á los de los indivi- 
duos. Siendo, como es, el Dios de paz al mismo tiempo el Dios de las ba- 
tallas, el uso de la espada es tan legítimo como necesario; en cambio, el 
empleo del bastón casi nunca está justificado: como protesta, es demasia- 
do violento; como defensa, es muy insuficiente. 

La guerra es un fenómeno tan universal que aparece en todas las fe- 
chas de la historia con la permanencia de un hecho normal; es una espe- 
cie de ley de la naturaleza, un mal inevitable. Y preciso es reconocer que 
en la mente de los pueblos no hay gloria superior á la de las armas; en 
realidad, una nación ocupa un puesto más ó menos elevado en la jerarquía 
general, según sea la superioridad que en el arte militar demuestra. Ade- 
más, el prestigio anejo al valor y al desprecio de la muerte ha seducido á 
los mismos filósofos, quienes han visto en el soldado un sacrificador en- 
cargado de ejecutar en el campo de batalla la misteriosa justicia de Dios 
sobre la humanidad. José de Maistre, impresionado por el hecho de serla 
guerra un azote común á todas las épocas, ha escrito sobre este asunto 
•elocuentes páginas evidentemente exageradas, en las cuales diviniza en 
cierto modo ese mal odioso, en vez de tratar de inspirar hacia él un horror 
profundo. «No debe sorprendernos, dice, que todas las naciones del uni- 
verso hayan visto unánimemente en ese azote algo más particularmente 
divino que en los demás; creed que si el título de Dios de los ejércitos 
brilla en todas las páginas de la Escritura, es en virtud de una razón gran- 
de y profunda... La carnicería permanente (i) está prevista y ordenada en 
el gran todo; pero ¿se detendrá esta ley ante el hombre? Seguramente que 
no. Sin embargo, ¿qué ser exterminará al que á todos extermina? ¡El! El 
hombre está encargado de matar al hombre, y la guerra será la que acom- 
pañará el decreto. ¿No oís cómo la tierra grita y pide sangre?.. La tierra 
no ha clamado en vano: la guerra se enciende. El hombre, acometido re- 
pentinamente de un furor divino, ajeno al odio y á la cólera, avanza en 
el campo de batalla, sin saber lo que quiere, ni siquiera lo que hace... 
Así se cumple sin cesar, desde la cresa hasta el hombre, la gran ley de la 
destrucción de los seres vivos. La tierra entera, continuamente empapa- 
da de sangre, no es más que un ara inmensa en donde todo cuanto vive 
ha de ser inmolado sin fin, sin medida, sin descanso, hasta la consuma- 
ción de las cosas, hasta la extinción del mal, hasta la muerte de la muer- 



( i) ¡Cómo! ;Acaso la competencia vital que hace que los animales se destruyan unos á 
otros, puede ser en algo comparable con estas colosales inmolaciones, en las que la inteli- 
gencia del hombre, haciendo un llamamiento á todos los recursos destructores que la cicn- 
.cia puede proporcionar, derriba á lo más escogido de la nación.' 



314 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

te.» Esta página es de innegable elocuencia, mas no por esto es menos 
deplorable la apología que en ella se hace de la guerra... ¡No! La guerra, 
llaga de las naciones, no es un don divino, sino un mal tanto más digno 
del nombre de calamidad cuantas más víctimas ocasiona. Dios nos conce- 
de á cada uno de nosotros la facultad de hacer el bien ó de resistirnos á 
practicarlo, y de esta libertad se deriva nuestra nobleza; pero ¿deduciremos 
de ello que nuestros errores son «divinos» porque son posibles? Además, 
el autor no establece distinción alguna entre las antiguas costumbres de 
Israel, «de corazón duro,» y la ley de Caridad traída por Aquel que vino 
á decir á la humanidad sangrienta y conturbada: "La paz sea con vos- 
otros.» Por otra parte, Emilio Girardín, que sostiene una tesis diametral- 
mente opuesta á la de de Maistre, ha creído poder escribir esta frase: «La 
guerra es el asesinato, es el robo, aclamados, ennoblecidos, coronados; 
sí, es el robo y el asesinato substraídos al patíbulo por el arco de triunfo.» 
A estas apreciaciones igualmente exageradas puede oponerse este sabio 
principio que concilia los preceptos de la sana moral con las imperiosas 
reglas del derecho: la guerra es justa, honorable y necesaria, cuando se 
funda en la legítima defensa. «La vida de los Estados, dice con razón Mon- 
tesquieu, es como la de los hombres: éstos tienen el derecho de matar en 
el caso de deiensa natural: aquéllos tienen también el derecho de hacer la 
guerra por su propia conservación (i).>> 

En su poética glorificación de la guerra, de Maistre ha llegado á escri- 
bir: «Diríase que la sangre es el abono de esa planta que se llama Genio.» 
En concepto del doctor Lieber, la guerra es un «elemento de civihzación;» 
y asimismo para M. Ortolán es un «medio de propagar las ideas generosas 
y el progreso.» ¿La guerra un medio de civilización y de progreso? No 
siempre, ciertamente... Y de todos modos, ¡á qué precio! 

Se ha calculado que desde principios del siglo xix hasta 1870 esa te- 
rrible calamidad había segado ¡seis millones de hombres! Por otra parte, si la 
guerra desarrolla el valor, ¿acaso no suscita al mismo tiempo el odio, la 
venganza, las represalias, la afición á la sangre y los instintos de saqueo y 
de destrucción? 

¡Sí, bello es un himno de victoria! Pero, por fuertes quesean las voces 
que lo canten, jamás apagarán los desgarradores lamentos de las viudas y 
de los huérfanos,' ni los gritos de dolor de los infelices heridos, atravesa- 
dos por balas fratricidas. 



( I ) Espvit des Lois. 



CAPITULO V 

SACRIFICIOS HUMANOS; SUTTIAS DE LAS VIUDAS IXDAS, CAMBIO DE LA SAXGKE 

Sacriücios propiciatorios entre los egipcios, los fenicios, los persas, los helenos, etc.— Pa- 
pel de las victimas propiciatorias en las Thargelias áticas.— Animales, muñecas y ma- 
niquíes que reemplazan los holocaustos humanos: los argei.—Cuho de las divinidades 
sanguinarias.— Juegos homicidas de los gladiadores. — Origen y explicación de las he- 
catombes humanas, en otro tiempo y en la actualidad. — Ritos sangrientos entre los an- 
tiguos mexicanos. — Las matanzas de niños. — Relación detallada de las Grandes Cos- 
tumbres en el Dahomey: inmolaciones y tormentos. El juego abominable de las cestas. 
— La roca fatal en el reino de Benin.— Descripción de ritos propiciatorios en el Congo, 
en Guinea, etc.— Los teticheres y el corazón humano — La hoguera de las viudas indas 
ó sitttias- Muerte de las cuarenta y siete viudas de Marava.— Historia de la esposa del 
rajah de Brahmapur. —Ceremonial del cambio de sangre en el país negro: cartas de 
M. Dunod, del duque de Uzes, etc.— Papel de la sangre en las iniciaciones y en los tra- 
tados. — Virtud atribuida á los brebajes de sangre. 

La idea de ofrecer sacrificios para tener el cielo propicio ó para calmar 
sus iras, es una de las nociones esenciales que encontramos en los ritos de 
toda religión. Pero el gentilismo colocaba al lado de sus dioses benévolos 
otros tan feroces como exigentes en punto á elección y premio de los ho- 
menajes, quienes necesitaban como holocausto, según se creía, no sólo el 
sacrificio de los animales, sino también el del rey de la creación. 

La Sagrada Escritura, que con tanta fi-ecuencia nos presenta el espec- 
táculo de las vidas segadas en Israel, condena, sin embargo, toda inmo- 
lación humana en cuanto signifique modo de adoración propiciatoria; y 
si Dios manda á Abraham que empuñe la cuchilla contra su hijo, detiene 
á tiempo su brazo dócil, pronto á herir. 

En Heliópolis, en Egipto, cada día se daba muerte á tres hombres (i); y 
Ensebio refiere que en Fenicia se sorteaban anualmente los nombres de 
los niños que habían de ser ofrecidos al dios cruel. La divinidad suprema 
de los fenicios, Baal, á quien también se adoraba bajo el nombre de Mo- 
loch como dios del fuego, era honrado por medio de un brasero lleno de 
cuerpecitos infantiles. Asimismo entre los helenos Aquiles sacrifica á doce 
troyanos y Aristomenes ofrece trescientos á Zco. En Esparta Licurgo de- 
creta la prohibición de esta barbarie, lo cual demuestra que en su tiempo 
era tal costumbre admitida. 



(i) Según Manethon. 



3l6 HISTORIA DE LAS CREEXCIAS 

En la época de las Thargelias áticas se escogían anualmente algunos 
jóvenes griegos á quienes se cargaban las jaitas de todos, y después de ha- 
berlos engordado para que fueran más dignos del dios, se les azotaba con 
ramas de higuera y se les quemaba, como expiación pública. 

En Persia, á pesar de una civilización relativamente avanzada, vemos 
que la esposa de Jeries manda enterrar vivos á doce hombres para apaci- 
guar á los dioses infernales. 

En la antigua Roma se mataban niños en la fiesta de varios dioses 
lares, y en determinados días se arrojaba al Tiber á algunos hombres y 
mujeres á fin de conjurar las calamidades. 

Añadamos, sin embargo, que con el tiempo el holocausto humano fué 
meramente simbólico (i); así en Roma el artificio consistió en no ofrecer 
más que muñecas de lana ó también maniquíes de junco, llamados ¿^r^ív', que 
los sacerdotes ó las vestales echaban al río en la época de los idus de ma- 
yo en conmemoración del pasado. Como ejemplo de inmolación volunta- 
ria puede citarse la historia de Curcio (2), quien, para obedecer á los 
oráculos, precipitóse con su caballo en la sima que un terremoto había 
abierto en medio del Foro (3). 

El espectáculo continuo de las escenas bélicas que presenciaron las pri- 
meras sociedades, lejos de inspirar horror á la sangre, ha excitado, por el 
contrario, constantemente la imaginación guerrera de los pueblos, hasta 
el punto de que en tiempo de paz, en vez de disfrutar de la calma á tanta 
costa conquistada, los griegos, y sobre todo los romanos, buscaron como 
diversión pública los juegos homicidas conocidos con el nombre de com- 
bates de gladiadores. El origen de estos combates se remonta, al parecer, á 
la antigua costumbre del cesto (4), especie de boxeo sangriento que forma- 
ba parte de las fiestas populares y sagradas. Un autor que se ha ocupado 
especialmente de estas materias, M. C. Carpentier, dice: «No era cosa ra- 
ra ver á personajes ilustres descender á la arena con las manos cubiertas 
de enormes guantes de cuero reforzados con planchitas de plomo, pelear 
á puñetazos, romperse las mandíbulas, hundirse el pecho y quebrarse los 
huesos ^ara celebrar los funerales de los muertos ú honrar su memoria.» 

En tiempo de la guerra de Troya, Homero nos presenta al sabio Nés- 
tor jactándose de haber sido vencedor en las luchas del cesto, y nos hace 
asistir á un pugilato famoso entre Epeo y Euryalo, con motivo déla muer- 
te de Patroclo. También Virgilio nos describe á Eutelio y Darés, compa- 
ñeros de Eneas, dándose furiosas puñadas para celebrar la memoria de 
Anquises, cuya tumba se acababa de descubrir. 

Los combates de gladiadores propiamente dichos gustaban aún más 



(i) a veces se reemplazaba á los niños con abras. 

(2) 362 antes de J. C. 

{'i) Tito Livio. 

(4) Se llamaba también cesto el mismo guantelete que los atletas usaban. 



LIBRO aUINTO 



3 W 



que los de cesto y fueron introducidos en Roma por Marco }■ Junio Bruto, 
con objeto de honrar las cenizas de su padre, habiendo sido acogido este 
espectáculo en la ciudad «con extremado favor,» según dice Tito Livio. 
En un principio solamente luchaban unos pocos hombres durante un solo 
día; pero después los combates fueron de algunas docenas y hasta cen- 
tenares de individuos y duraron varios días seguidos. Así por ejemplo, coa 
motivo de la muerte de Valerio Lavino, lucharon veinticinco parejas de 




BiiíiiiaiHiiiMííaaiMMii^^ 






'""-■'-'-' \ 



'{'"'■km i\ V í^ 




Sacrificio humano representado en el hipogeo de Vulci 

combatientes durante cuatro días; más adelante fueron treinta y siete pa- 
rejas con ocasión del entierro de Tiberio Flaminio, y finalmente, cuando 
el de Licinio, el número de parejas se elevó á sesenta. A medida que 
avanza la historia romana, muéstrase cada vez más ardiente la pasión de 
los combates, contándose entre los nmertos varios caballeros, hijos de pre- 
tores y hasta senadores. Julio César, para festejar la dedicación del tem- 
plo de Venus, mandó celebrar luchas á pie, á caballo y hasta en elefante, 
y Augusto en su testamento se alabó de haber hecho bajar á la arena á 
unos die:{^ mil gladiadores. 

Para gozar del espectáculo de todos los géneros de guerra se simulaban 
también combates de buques, que eran los más caros; con este objeto se ca- 
vaban grandes estanques á fin de llevar el agua del río al centro de vastos 
anfiteatros, y en este lago artificial maniobraban verdaderos barcos que 
procuraban echarse á pique ó abordarse unos á otros. Para estos combates 
navales ó nanmaquias, algunos de los cuales se han hecho célebres, hizo 



3 1 8 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

disponer Julio César d orillas del Tíber un sitio especial, y fueron en tan- 
to número los curiosos que allí acudieron, que hubo que alojarlos en in- 
mensas tiendas de campaña levantadas al aire libre^ en donde esperaron 
el día de la fiesta. El gran circo y el Coliseo estaban dispuestos también 
de manera que pudieran ser inundados y transformados en naumaquias. 
En el reinado de Nerón diez y nueve mil com.batientes tripularon dos flo- 
ras hostiles que maniobraron una contra otra en el lago Fucino (i). 

Tito organizó muchos espectáculos maravillosos con' motivo de la de- 
dicación del anfiteatro y de los baños de su nombre: muchos hombres, 
según refiere Dión Casio, se hicieron gladiadores, no siendo menor el nú- 
mero de los que lucharon en grandes grupos por tierra y por mar; otros 
se batieron en los bosques de Cayo y Lucio. Verificóse además, al tercer 
día, un combate naval entre tres mil hombres, y por espacio de cien días 
no cesaron los espectáculos de esta clase. 

Suetonio y Tácito dicen que hasta se armaba á las mujeres, sin duda 
con el objeto de que sus heridas y sus gritos proporcionasen emociones 
más tuertes á los estragados espectadores. 

Tan profunda, tan general era la perversión del sentido moral, que 
entre los magnates y los ricos estaba de moda obsequiar á sus amigos con 
combates, del mismo modo que hoy se les obsequia con comedias ó con- 
ciertos (2). Medio acostados, según antigua costumbre, en torno de las 
mesas, en lechos incrustados de plata ó de concha, ceñidas las sienes con 
coronas de flores, entre los lánguidos vapores de la embriaguez, los co- 
mensales saboreaban todas las peripecias de aquellos dramas, viendo co- 
mo unos desgraciados se arrojaban contra otros, se desgarrábanlas carnes, 
se cubrían de sangre y al fin expiraban á sus pies sobre los pavimentos de 
mosaico. 

Aunque en los diversos casos que dejamos descritos perecieron nume- 
rosas víctimas, aquellos juegos sanguinarios no tuvieron nada de común 
con el sentimiento del culto que inspiró los sacrificios humanos. Tampoco 
han de confundirse las matanzas de la guerra con las inmolaciones propi- 
ciatorias: en aquéllas el vencedor obedecía ante todo á una preocupación 
de venganza, librándose del cuidado de conservar vivos á enemigos cuyas 
represalias temía; en cambio, en el verdadero sacrificio humano, el salvaje 
de hoy como el pagano de ayer se propone ante todo complacer á la divi- 
nidad, porque la oblación del hombre le parece más digna de obtener los 
íavores celestes. Los vencidos parecen expresamente designados parala ex- 
piación; ellos, pues, serán los primeros sacrificados; luego vendrán los es- 
clavos robustos, las vírgenes jóvenes, los niños candidos, criaturas selec- 
tas cuya ofrenda se supone que ha de ser más agradable; y de este modo 

(i) Hoy lago Celano. 
(2) M. Carp. 



LIBRO QUINTO 



319 



espera el salvaje que el Espíritu manifestará mejor su contento colmándo- 
le de beneficios. Cuanto más rara y preciosa es la víctima, tanto más útil 
y meritorio se considera el sacrificio, lo cual explica, filosóficamente ha- 
blando, aunque sin justificarla, la efusión de sangre humana en los alt.ires 
de los pueblos no civilizados. 

Gracias á un extenso trabajo publicado por un norteamericano, M. Ban- 
croft (i), conocemos algunas antiguas costumbres del Nuevo Mundo. Los 
habitantes del antiguo JVIéxico han sido tal vez el pueblo más cruel y san- 
guinario del universo; por esto los aventureros españoles, al abordar 



Q.VÍ BV¿í PVG NAJNITIBVS SIMrvlA^^CHp;.ío^FERRyH 




Combate de gladiadores, según un mosaico (\Mnckelmann) 

aquellas costas, quedaron espantados de lo que vieron. «México (llamado 
Tenochtilán antes de la conquista española) (2), era teatro de continuas 
matanzas que se ejecutaban al pie de los altares en proporciones jamás co- 
nocidas en la Roma de los Nerones y de los Heliogábalos, sin que pueda 
saberse con certeza si esta afición á la sangre era hija de una crueldad in- 
nata en los Pieles Rojas ó de las inspiraciones del fanatismo sacerdotal. Un 
hecho apenas creíble es el de que los sacrificios fuesen desconocidos en los 
orígenes de la dominación azteca y se multiplicaran á medida que fué avan- 
zando la civilización. Moctezuma hizo derramar en los templos mexicanos 
mares de sangre, calculándose en cerca de veinte mil el número de las 
personas asesinadas anualmente, sin contar las que se inmolaban en las 
solemnidades excepcionales: asi, por ejemplo, cuando la inauguración del 
templo del dios de la guerra, verificada en 1486, se dio muerte de una 
sola vez á setenta mil hombres. Los compañeros de Cortés pudieron con- 
tar en ciertos templos hasta denlo treinta mil cráneos amontonados como 

(i) The nativcs races oftlie Pacific States, b vol., San Francisco. 
(2) Rev. poU, Alf. Rambaud. 



120 



HISTORIA DE LAS CREENCIAS 




trofeos. Los así inmolados eran generalmente cautivos; de aquí que mu- 
chas veces, cuando los sacerdotes del dios querían sangre, se declaraba la 
guerra contra algún pueblo vecino con el solo objeto de tener prisioneros. 
Por último, en México, como en Cartago y en Tiro, se sacrificaba á los 
niños. «Conforme al ceremonial, se tendía á la víctima sobre una mesa 
de jaspe, y varios sacrificad ores, de largos é incultos cabellos, después de 
haber cambiado su traje negro por una túnica encarnada, ¡e abrían el pecho 
con un cuchillo de obsidiana y le arrancaban el cora::fin palpitante todavía. En 
algunos casos se abrían en las paredes del templo nichos en los cuales se 

emparedaba á hombres vivos. También se 
consideraba ofrenda muy agradable al dios un 
combate de guerreros matándose unos á otros 
en un vasto embaldosado de piedra ó de már- 
mol. En la fiesta de la diosa Xilonen se hizo 
subir á una mujer sobre los hombros de otra, 
y puesta encima de esta ara viva, fué dego- 
llada en presencia de la nmltitud. Pero más 
horrorosos que todos los otros eran tal vez 
los holocaustos ofrecidos á Xiuhtecutli, el 
dios del fuego: después que el sacerdote del 
falso dios había arrojado al rostro de la vícti- 
ma un polvo narcótico extraído de la planta 
yautli, los sacrificadores la cogían como un 
fardo inerte y la ataban á unas parrillas llenas de carbones ardientes, en 
donde atroces dolores la sacaban al fin de su sopor. Desde la parte baja del 
templo, el pueblo fanatizado veía retorcerse sobre el brasero miembros 
humanos convulsos, y antes de que el paciente expirara lo sacaban del 
fuego, y palpitante todavía lo tendían encima de una mesa para abrirle el 
vientre y arrancarle el corazón por el procedimiento ordinario. Después 
de cada sacrificio, se distribuía á los sacerdotes, á los nobles y al pueblo la 
carne de las víctimas (i).» 

Lo que antiguamente pasaba en México se reproduce en nuestros días 
en muy análogas condiciones entre los descendientes de Cam, refractarios 
como ningún otro pueblo á las leyes del progreso. Los recientes sucesos 
ocurridos en el Dahomey han permitido á nuestros oficiales y á nuestros 
misioneros estudiar más completamente esa región de África, en donde 
los sacrificios humanos son práctica constante. Ya en 1862, el P. Borghero^ 
superior de la misión católica francesa en el Dahomey, escribía: «A la muer- 
te de Ghezo, la aristocracia dahomeyana se dividió en dos partidos, uno que 
quería la conservación de las antiguas costumbres que exigían el sacrifi-' 

( I ) El P. de Gand refiere que había hechiceros que hacían voto de no alimentarse más 
que de carne humana; Bernardo Díaz asegura t^ue t'sta se vendía, en su tiempo, en el mer- 
cado como artículo de consumo corriente. 



Naumaquia, 
según una medalla de Domiciano 



LIBRO Q,UINTO 



321 



cío anual de millares de víctimas, 3^ otro que reclamaba la abolición de 
las mismas. El entronizamiento del hijo primogénito del difunto, el prm- 
cipe Bahudú (i), hizo triunfar las leyes antiguas, que recobraron todo el 
vigor sanguinario exigido por los feticheres. No se crea que las matanzas 
se reserven únicamente para las grandes fiestas; al contrario, no pasa día 
sin que la cuchilla del fanatismo corte algunas cabezas. La sangre de tres 




Gladiadores combatiendo con bestias feroces 



mil criaturas humanas había regado la tumba de Ghezo, el padre de 
Bahudú (2).» 

«El palacio del rey, escribe M. Dubarry, estaba rodeado de un muro 
de tierra seca, de quince á veinte pies de altura y erizado á trechos de 
garfios de hierro que sostenían cabezas humanas, unas blanqueadas por el 
tiempo, otras cubiertas todavía de algunos fragmentos de carne, y otras, por 
último, recientemente cortadas. ¡Tal es el adorno habitual de todas las re- 
sidencias reales del Dahomey!.. Dondequiera que se ven huesos humanos 
amontonados, puede decirse con seguridad: ffEl rey habita aquí, ó por lo 
menos aquí viene.;) 

(i) El déspota del Dahomey era en 1874 Bahudú, primogénito de Ghezo que había 
fallecido en i858. 

(2) Ann. Prop. de la F. 

Tomo II 21 



322 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Los habitantes del reino de Benín (i), dice M. Demays, nada tienen 
que envidiar á sus vecinos del Dahomey en punto á salvajismo de cos- 
tumbres. En medio y cerca de la desembocadura del río, enfrente de Abo, 
puede ver el viajero una roca en la cual el rey sacrificaba todos los años á 
una doncella que era aplastada sobre la misma peña. Los misioneros han 
conseguido recientemente la abolición de esta tradición abominable. 

En verdad parece que la primera virtud de los caudillos africanos sea 
el soberano desprecio de la vida de sus subditos. Un viajero, de regreso 
de Ibini, refiere que antes de entrar en la capital hubo de atravesar una 
ancha vía denominada camino de los cadáveres por razón de su destino ha- 
bitual: á ambos lados del mismo había escalonados innumerables cuerpos 
inanimados; los semblantes contraídos en horribles muecas y crispados 
por las ansias de la agonía, y los cuerpos rígidos ó contorsionados en un 
dolor supremo, revelaban las torturas atroces que habían precedido á la 
muerte. En todas partes se veían fetiches, porque los indígenas creen vi- 
vir en una atmósfera de genios maléficos; temerosos además de los de- 
monios y sobre todo de los magos, cúbrense de talismanes ó ^risgris de 
toda clase: adornos de uñas de pantera, sesos de leopardo, cenizas produ- 
cidas por la calcinación de huesos de europeo, etc. Un poco más allá, en 
el mismo camino, destacábanse sobre el azul del cielo tres cadáveres de 
mujeres que habían sufrido el supHcio de la crucifixión: aquellas infelices 
tenían los brazos y las piernas atados á una especie de caballete formado 
con palos horizontales suspendidos en dos troncos de árboles todavía ver- 
des, y sus cuerpos estaban casi completamente descuartizados; eran tres 
ofrendas destinadas á regocijar á los fetiches. 

Los exploradores del Congo dicen que los ba-yanzi practican inmola- 
ciones á la muerte de sus caudillos. 

El teniente Van Gele, dice M. Pilgrim, que era comandante de la es- 
tación del Ecuador, hubo de presenciar una de esas escenas que inspiran 
tanto asco como indignación: habiendo fallecido un caudillo importante, 
las tribus vecinas resolvieron proceder á una matanza de esclavos, «cuyos 
manes habían de ir á reunirse con el difunto en la región de los Espíritus,» 
y en su consecuencia, los parientes del muerto se procuraron tantos es- 
clavos como sus recursos les permitieron comprar, que fueron catorce de 
ambos sexos. Las mujeres fueron estranguladas una á una de la manera 
siguiente: un indígena se encaramó á un árbol y ató en la punta de una 
gruesa rama una cuerda cuyo extremo fué arrollado al cuello de la negra; 
la rama, abandonada luego á sí misma, recobró su posición normal, y ha- 
ciendo las veces de resorte natural, 'levantó á la desgraciada y la balanceó 
en el aire en todas direcciones... A la vista de los espasmos de la moribun- 
da, una explosión de alegría desenfrenada estalló entre los espectadores. 



(i) Situado en el extremo oriental de la Guinea, J. des Voy.^ núm. 8og. 



LIBRO QUINTO 



'>'>'• 

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En cuanto á los hombres, uno á uno fueron decapitados delante de los 
grupos que con el atractivo de aquel sangriento espectáculo habían acu- 
dido de muchas leguas á la redonda. La víctima estaba sentada en una es- 
pecie de tajo, con las rodillas, los tobillos y los brazos oprimidos entre 
unos maderos muy parecidos á cortos zancos y clavados en el suelo de 
modo que impidieran el menor movimiento. Un aro de junco en forma 
de collar estaba atado por medio de una especie de babera á un gran nudo 
puesto encima de la cabeza y una larga cuerda ataba este nudo á una pér- 
ti<^a de nueve metros de longitud colocada á cierta distancia del paciente. 




Escena de sacrificio. (De una antigua pintura mexicana.) 

Cuando la cuerda quedaba atada al extremo de la pértiga flexible, el cuer- 
po de la víctima, quieras que no^ se enderezaba; entonces hacía su apari- 
ción el verdugo armado de un sable de hoja corta, y después de haber tra- 
zado con yeso en el cuello del paciente un círculo, se apartaba algunos 
pasos, medía la distancia, extendía dos veces el arma hasta el sitio en donde 
quería dejarla caer, y luego de un golpe rápido segaba la cabeza, que dan- 
do botes, iba á parar lejos como lanzada por una azagaya. Terminada la 
operación se pusieron á hervir las cabezas para separar de ellas la carne, 
y los cráneos sirvieron de ornamento macabro en las estacas que rodea- 
ban la tumba del caudillo. 

Un misionero, el P. Allaire, hace la siguiente descripción de un feti- 
chere verdugo: «En su crespa cabellera hay clavadas más de doscientas 
plumas de diferentes colores; anchas líneas blancas rodean sus ojos; en su 
frente y en sus mejillas se ven arabescos rojos que contrastan con el color 
negro de su piel, y sus brazos y sus piernas desnudos están adornados con 
grandes rayas amarillas y encarnadas. Durante los miiltiples preparativos 



324 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

y la ejecución gesticula, repitiendo un canto de muerte acompasado.» 
Entre los negros de la Guinea, los entierros de los caudillos van tam- 
bién acompañados de espectáculos sangrientos. «Al mediodía, dice un 
testigo ocular (i), nos dirigimos á la plaza del mercado: dos buitres re- 
voloteaban por encima de dos cadáveres decapitados y casi calientes toda- 
vía; varios grupos de cincuenta á cien mujeres ejecutaban una danza cuyos 
movimientos se parecían algo á los de los patinadores; otras mujeres lle- 
vaban sobre sus cabezas los vestidos de la difunta metidos en jarros de 
brillante cobre. Estas últimas, cuyo aspecto recordada el de las Furias, 
tenían el rostro, el pecho y los brazos embadurnados, las unas de sangre 
verdadera y las otras de tierra roja. La multitud era inmensa; el ruido de 
los tambores, de los cuernos y de las armas de fuego, los aullidos, los ge- 
midos, los gritos de toda clase, aumentaban la impresión de horror que 
invadía nuestras almas. Y ¡quién lo diría!^ en las miradas de los infelices 
destinados á morir se reflejaba más bien la apatía que el terror... Un viejo 
odumata (sacerdote), que pasó por allí tumbado en su hamaca, nos reco- 
mendó que nos fijáramos bien en lo que iba á suceder. En el mismo ins- 
tante anuncióse la llegada del rey á la plaza, y la muchedumbre se lanzó 
al encuentro del cortejo real: á la izquierda de aquél agrupábanse trece vic- 
timas escoltadas por verdugos vestidos de negro. De pronto sonó junto al 
rey una descarga de fusilería que se repitió en toda la línea, y los ejecuto- 
res se dispusieron á desempeñar sus funciones. Sorprendiónos en extremo 
la impasibilidad con que la primera víctima soportó la tortura cuando la 
acerada hoja de un largo cuchillo le perforó las mejillas; después, el ver- 
dugo^ cogiendo un sable, cortó la mano derecha del paciente, y por último, 
lo decapitó. Sucesivamentefueron sometidos á igual supHcio los otros doce 
desdichados. También fueron inmoladas mujeres en el lugar mismo de la 
sepultura, pues es costumbre regar con sangre la fosa en honor del Genio 
de la Tierra. Y luego que se hubieron alineado en el fondo de la hoya las 
cabezas humanas, formando un fúnebre pavimento, un esclavo asestó por 
detrás un violento golpe en la nuca de uno de los que llevaban el muerto, 
el cual cayó sin sentido sobre el cadáver, llenándos'e entonces rápidamen- 
te la fosa.» Todo esto tiene por objeto captarse el flivor de los genios y 
dar al espíritu del difunto «compañeros que le distraigan en la región de 
las tinieblas.» 

El rey Behanzin, al tomar posesión del trono, manifestó al Dr. Bayol 
su propósito de matar á chico mil cautivos en señal de regocijo popular. De 
estas fiestas bárbaras ha hecho M. Euschard la siguiente descripción: «Los 
toques del gongo anunciaron á las poblaciones que iba á empezar la Gran 
Costumbre, y apenas amaneció fueron ejecutados cien hombres y otras tan- , 
tas mujeres; después fueron arrojados al sepulcro regio sesenta hombres 

(i) Relación de M. Rodwich, enviado inglés. 



LIBRO aUlNTO 



325 



vivos, cincuenta carneros, cincuenta cabras y cuarenta gallos. En el entre- 
tanto, el nuevo rey se paseaba alrededor de su palacio, y sus soldados de 
ambos sexos, es decir, sus amazonas y su milicia masculina, disparaban 
salvas de fusilería; cuando de nuevo se aproximó á la tumba, sacrificáronse 
en su presencia otros cincuenta esclavos. De este modo fueron asesinados 
en pocos días más de cinco mil seres humanos, las mujeres en el interior 
del palacio v los hombres en vastos terraplenes levantados en el centro de 




Una muier crucificada en Benín en honor del dios de la Lluvia 



la plaza del mercado principal; las cabezas, inmediatamente después de 
cortadas, eran clavadas en las puertas del palacio como adorno y también 
como homenaje. «Después de haber sido bien recibido por el Bahudú, 
condujéronme al lugar en donde el día antes habían sucumbido tantos 
desgraciados y luego me hicieron subir á una plataforma delante de la cual 
estaban alineadas multitud de cabezas humanas. ¡Todo el suelo del mer- 
cado estaba empapado en sangre! Aquellas cabezas eran las de los cautivos 
en quienes se había agotado el arte infernal de las torturas. Mas no fué 
esto todo, sino que trajeron veinticuatro cesias, cada una de las cuales con- 
tenía un hombre vivo que sólo sacábala cabeza, y después de haberlas co- 
locado durante un momento en fila delante del rey, las arrojaron una tras 
otra desde lo alto de la plataforma á la plaza, en donde la multitud, dan- 



326 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

zando, cantando y vociferando, se disputaba aquella ganga como en otros 
países se disputan los chiquillos los confites de los bautizos. Todos los que 
tenían la suerte de apoderarse de una víctima y aserrarle la cabe:(a, podían 
ir inmediatamente á cambiar su trofeo por una sarta de monedas de cau- 
ris (i) que se concedía como prima. Al íinal hubo una gran revista en la 
que tomó parte todo el ejército, compuesto de cincuenta mil combatientes, 
de ellos diez mil amazonas; y aun después de la revista fueron martiriza- 
dos tres grupos de cautivos, á quienes se les cortó la cabeza y con un cu- 
chillo mellado, por añadidura, á fin de que durara más el tormento. De 
todos los espectáculos ninguno seguramente más espantoso que éste.» 

«En Abomé, capital del Dahomey, escribe á su vez M. Courdioux (2), 
misionero en Benín, todos los días se colocan á derecha é izquierda de la 
entrada del palacio real, sobre unos montones de tierra, cuatro ó cinco 
cabezas recientemente cortadas. Estos muertos han de realizar, según pa- 
rece, una misión en el mundo de los espíritus: una de las almas se consi- 
dera que va á juntarse con las esposas del padre del rey, otra con los sol- 
dados del monarca difunto, y las demás con éste para su servicio cotidia- 
no. Por la noche se sacrifican nuevas víctimas y los cañonazos que á in- 
tervalos fijos se disparan sirven de anuncio de los sacrificios. Uno de los 
regocijos públicos consiste en levantar en las plazas públicas horcas de 
las cuales penden cadáveres, y el rey, conducido en hamaca por sus 
amazonas, se recrea pasando por debajo de estos repugnantes arcos de 
triunfo. «Después el déspota y sus ministros distribuyen al pueblo rega- 
los, consistentes en piezas de tela, objetos de vidrio, cabras, caimanes y 
también hombres ó mujeres atados hasta el cuello y colocados en cestas 
planas. El rey, sentado bajo un gran quitasol, fuma tranquilamente mien- 
tras sus ministros hacen á aquellos desgraciados encargos para el otro 
mundo; y á una señal del soberano, las cestas son arrojadas á la nmltitud 
desde una altura de seis ó siete metros por lo menos... Entonces se des- 
arrolla una escena indescriptible: funcionarios y particulares, hombres, 
mujeres y niños, se precipitan sobre las víctimas, se' las quitan unos á otros, 
y se comen á veces miembros todavía calientes y palpitantes...» 

Así que muere un rey del Dahomey, dice otra relación (3), se le eri- 
ge un cenotafio, en cuyo centro se levanta un ataúd de barro amasado en 
sangre de un centenar de cautivos, destinados á servir en el otro mundo de 
guardias al soberano. Colócase el cuerpo del difunto en el ataúd con la 
cabeza apoyada en los cráneos de los caudillos por él vencidos, se amon- 
tona en el cenotafio la mayor cantidad de huesos posible y se introducen 
en él ocho bailarinas de la corte y cincuenta soldados, que se ofrecen «vo- 
luntariamente,» según se afirma, á sacrificarse por los manes del rey di- 

(i) Moneda que equivale á unos -i'S o francos. 

(2) Miss. Lyóu, pág. 478. 

(3) Rei>. de Géog., enero, iSjg. 



LIBRO QUINTO 



327 



funto, considerando como un honor el acompañar á su soberano al reino 
de las sombras. Durante diez y ocho meses, el príncipe heredero gobierna 
sólo como regente, y una vez cumplido aquel plazo, dirígese públicamen- 
te á la sepultura de su antecesor, manda abrirla y saca de ella el cráneo 
del muerto, hecho lo cual blande la espada y se proclama rey. Con tal 
motivo se inmolan millares de víctimas humanas destinadas á llevar al difun- 
to rey la noticia de la coronación de su sucesor, en tanto que con barro mez- 




Lacasade Ju-Juenüwatü, junto á Benin, 
lugar en donde se celebran los ritos canibalescos y los sacrificios humanos 

ciado con sangre de las víctimas se modela un gran vaso en el cual se 
encierran y sellan definitivamente el cráneo y los huesos del monarca fa- 
llecido. Terminada esta ceremonia, empiezan las matanzas en todo el rei- 
no. En Wydah son arrojados al mar un miaríno y dos guardianes del 
puerto, que han de guiar al rey difunto en el caso de que éste deseara em- 
barcarse. En el Dahomey, cuatro hombres, acompañados de un gamo, de 
un mono y de un pájaro, son llevados delante de la tumba real, y á todos, 
excepto al pájaro, se les corta acto continuo la cabeza, dándoles al propio 
tiempo la orden especial de ir á dar cuenta á los espíritus de todo lo que 
el rey se propone hacer en honor del difunto: uno de los hombres sacri- 
ficados ha de ir á comunicar esto á los espíritus que frecuentan los merca- 
dos del país; el segundo, á los animales que viven en el agua; el tercero, 
á los espíritus que viajan por los caminos reales; y el cuarto, á los habi- 



328 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

tantes del firmamento. El gamo ha de cumplir igual misión cerca de los 
cuadrúpedos que recorren los bosques, y el mono tiene que encaramarse 
hasta la cima de los árboles para enterar á sus semejantes; en cuanto al 
pájaro, más feliz que sus compañeros, recobra la libertad, á fin de que 
elevándose en los aires refiera las mismas cosas á los seres que lo pueblan. 
De esta manera todo el universo podrá conocer el programa de las fiestas 
que se preparan... 

En el fondo de estas aberraciones, por lamentables que sean á veces, 
el filósofo puede discernir dos nociones instintivas, por desgracia muy des- 
viadas: la creencia en la supervivencia de las almas y en la eficacia de los 
sacrificios propiciatorios. 

Aparte de las Costumbres, el rey negro envía á menudo á sus antepa- 
sados las almas de diversos mensajeros, sea una mujer, sea un esclavo, sin 
más objeto que tener á los muertos al corriente de lo que pasa en la tierra. De 
manera que los infelices emisarios son, en cierto modo, «repórters» para el 
otro mundo; y el P. Baudin afirma que no es esto ninguna exageración: 
«Un día el rey de Dahomey, después de haber enviado á su antecesor los 
consabidos correos, se acordó de que en sus recomendaciones había omi- 
tido un detalle insignificante... En esto pasó cerca de él una vieja que lle- 
vaba un cubo de agua en la cabeza; el rey la llamó y le dio sus instruccio- 
nes para las regiones misteriosas. La infeliz, temblando de pies á cabeza, 
pidió y suplicó que la perdonara: «No he hecho ningún mal, decía. — 
Ya lo sé, respondió el rey, pero necesito que vayas adonde está mi pa- 
dre. Conque, vete y prepárate á morir.» Era inútil toda resistencia; la po- 
bre anciana se arrodilló, bebióse media botella de aguardiente y á una señal 
del rey el Mehu le cortó la cabeza. 

Cuando los encargados de estas misiones postumas son enemigos ven- 
cidos, prodúcense escenas de repugnante barbarie, pues en vez de la 
muerte ordinaria se les aplican refinados tormentos: «En Porto Novo, 
refiere el P. Bandín, presencié un entierro regio que duró nueve días y 
que costó la vida á numerosas víctimas: una de ellas fué desollada en vida y 
con su piel se hizp un tambor para que sirviera en la's ceremonias. El rey del 
Dahomey estaba guardado en sus palacios por un ejército de mujeres-sol- 
dados que, consagradas á celibato perpetuo, bien podrían llamarse vesta- 
les guerreras. La guardia pretoriana del caudillo dahomej^ano se ha cu- 
bierto de gloria en los campos de batalla, y los guerreros no poseen un 
valor tan grande ni un corazón tan indomable como esas mujeres que sólo 
piensan en proyectos de luchas y de combates. Las amazonas se recluta- 
han entre las jóvenes cautivas confiadas á las esposas del rey, y su traje 
consistía en una chaqueta sin mangas, un pantalón muy corto, cubierto . 
de un tonelete largo en tiempo de paz y corto en tiempo de guerra, 
y en un gorro con un caimán ó un animal cualquiera bordado. Estas ama- 
zonas vivían en Abomey, en los diversos palacios del rey, y su número, en 




LIBRO Q.UINTO 329 

concepto de «guardias,» no pasaba de 1.500.)) Las amazonas tenían gran- 
des celos de los guerreros, hacían los mismos ejercicios que ellos y en sus 
cantos de guerra decían á su señor: «Eres más fuerte que el león y bajo tus 
órdenes ningún prodigio es imposible.)) Además le juraban que en la 
próxima batalla se arrojarían sobre sus enemigos y al través de las balas 
irán á «devorar el fusil de sus ,,^,^^ t^^c^t-v^^ 

adversarios.» Estas declarado- í^¿ 
nes enfáticas agradaban sobre ' '"'¡^ 
manera, según parece, a ou ,^- 

Majestad dahomeyana. Las ar- ^''-'-.\'- 

mas de fuego éranles necesa- '■="-VvvM'^ 

rías para resistir á nuestros sol- — t. . v. — 

dados, pero sus armas predi- Cucmllo indio para arrancar la piel del cráneo 

lectas para las expediciones re- 
gionales contra las tribus vecinas eran la maza (aglopo) y unos enormes 
cuchillos. 

La caída de Behanzín, de sus ministros, de sus feticheres y de sus 
amazonas, presta gran interés al himno guerrero que resonaba, no hace 
aún mucho tiempo, al aproximarse nuestros intrépidos infantes; 

«¡Dahomey, Dahomey!, eres el señor del universo. Tus valientes hijas jamás 
retroceden ante el enemigo. 

«¡Dahomey, Dahomey!, tus hijas son más valientes que los hombres. Las 
leonas son más terribles que los leones, porque tienen que defender á sus pe- 
queñuelos. Y nosotras, las amazonas, hemos de defender al rey, á nuestro rey y 
á nuestro dios. ¡Ki-ni-Kini-hini! 

»E1 enemigo huirá ante nuestra presencia. Y nosotras regresaremos victorio- 
sas trayendo cabezas ensangrentadas para ofrecerlas á los fetiches. 

))¡ Dahomey, tú serás el dueño del universo (i)!» 

Esta «Marsellesa)) dahomeyanana carece de nobleza y de color; de to- 
dos modos, demuestra que esas terribles salvajes tienen un sentimiento poé- 
tico que no habríamos sospechado en ellas. Terminemos este punto con 
algunas líneas tomadas del diario de viaje de un testigo ocular (2): «Du- 
rante una noche habíanse hecho construir en la ciudad barracas de paja 
cubiertas por una inmensa tela blanca. Cuando nos acercamos á ellas, 
vimos con espanto que ochenta y siete prisioneros, con las manos y los 
pies atados á los montantes que sostenían los techos de esas construccio- 
nes, esperaban la hora de la muerte... Una amazona, que tendría aproxi- 
madamente veinte años, adelantóse resueltamente hacia dos hombres que 
tenían cogido á un condenado: era una guerrera recién reclutada que aún 

(i) Canto de guerra recogido por M. Vigné de Octón. 

(2) Extracto del relato de M. Angot, secretario de M. Bayol en 1890, muerto en el Se- 
negal, en donde era administrador colonial. 



330 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

no había tenido ocasión de matar, y cuyo valor se quería poner á prueba. 
Armada de un sable bien afilado, que empuñaba con las dos manos, de- 
capitó á la víctima; entonces el verdugo (mingan) mandó recoger la cabe- 
za del suelo y llevarla al palacio del rey, mientras la joven amazona que 
de esta suerte acababa de conquistar su patente de habilidad, limpió con la 
mano la sangre que había quedado en el sable y se la bebió sin pestañear.» 

Los salvajes, en general, creen que las enfermedades y la muerte, en 
cuanto presentan un carácter excepcional ó aun accidental, son conse- 
cuencia de un maleficio; de aquí que consideren como un deber de los 
sobrevivientes apaciguar, sea al espíritu maligno, sea á las almas de los 
difuntos. Véase, entre otros, el acto de que se hizo culpable uno de los 
caudillos del Gabón, el rey Dionisio: «Dominado por las preocupaciones 
de su país, según las cuales la muerte se considera como resultado de un 
sortilegio ó de bebidas envenenadas y es preciso calmar á los manes por 
medio de inmolaciones de esclavos, el rey Dionisio resolvió, á la muerte 
de una de sus esposas, la que él más quería, hacer enterrar viva debajo del 
ataúd ¿i una esclava de unos catorce años, creyendo con ello honrar la me- 
moria de la mujer cuya pérdida lloraba (i).» 

En Bonga, muy cerca de Liranga, se agarrota á la víctima antes de in- 
movilizarla en el suelo; luego se le pone un gran trozo de madera en la 
garganta, y el ejecutor, haciendo fuerza con la lanza y apoyando los pies 
en los dos extremos de la madera^ estrangula al desdichado. Si un caudillo 
quiere ir de caza, reúne á los amigos que han de acompañarle, pero antes 
de partir es necesario derramar sangre para que la expedición tenga buen 
éxito y á este efecto se degüella con un cuchillo ordinario á un pequeño 
esclavo de diez ó doce años (2). 

En la costa de los Esclavos, los negros ofrecen hecatombes humanas, 
especialmente á Ogún, dios de la guerra y hermano de Chango, dios del 
trueno, á quien está consagrado el río de su nombre que pasa por delante 
de Abecuta; ó mejor dicho, Ogún y el río son una sola y misma cosa. Ogún 
es el primero que enseñó á los negros á trabajar el metal; su símbolo es el 
hierro, y particularmente un cuchillo, un sable ó una estaca con una cam- 
panita en su extremo superior; y tiene en Porto Novo un templo, consis- 
tente en una miserable choza redonda, cubierta de paja, con una estera 
colgada á modo de puerta. Alrededor de esta choza álzanse las cabanas de 
sus sacerdotes y en el interior de la misma hay un montón de hierros vie- 
jos que los sacerdotes rocían de cuando en cuando con aceite de palma, 
para lo cual el fetichere echa aceite en un cráneo humano, se llena de él la 
boca y lo lanza con fuerza sobre aquellos hierros. Cuando Ogún tiene 
hambre, es menester darle carne humana; entonces se emprende una gue-' 
rra, y cierto número de prisioneros son destinados á la muerte. Después 

(i) Le Ga6o?2 (Miss. cath. Lyon). 
(2) M. A. Allaire, mis. apóst. 



LIBRO QUINTO 



-) ■) r 



de haberlos clavado por los pies en un madero, estos infelices son expues- 
tos á los rayos del sol, y en cuanto se desmayan, se echa aguardiente sobre 
sus heridas abiertas, en tanto que la multitud salta y baila; y allí permane- 
cen los cautivos hasta que mueren (i). 

Entre los negros de la Guinea, los ritos de este género se celebran más 
bien de noche... El sonido del tambor y el canto de los feticheres indican 
que ha llegado el momento de pensar en las divinidades. La víctima es 
amordazada y se le corta la cabeza de manera que la sangre caiga sobre el 
ídolo, después de lo cual el cadáver es arrastrado y arrojado á unos fosos 
ó entre matorrales. Previamente los feticheres le han abierto el vientre para 




Cuchillo para sacrificios é instrumento de martirio, de la isla de Pascua. 
(Museo Etnográfico de Berlín.) 

extraer el corazón, que guardan y hacen secar á fin de tener talismaaes ó 
grigrís y de inspirar ardor á los combatientes, á cual objeto se reduce 
aquella entraña á polvo que, mezclado con aguardiente, da cada caudillo 
á beber á sus guerreros. Si el sacrificio es para la laguna ó para el mar, el 
cadáver es arrojado al agua. Cuando se trata de conjurar á los malos es- 
píritus como Elegba, se depositan las entrañas delante del ídolo y el cuer- 
po permanece suspendido al lado del dios hasta su completa putrefacción. 
«Estas lúgubres prácticas se verifican con diversos pretextos: un día, por 
ejemplo, un príncipe de las selvas que se sentía enfermo consultó á lía, 
y habiendo contestado los hechiceros que la enfermedad procedía de un 
espíritu irritado y que no cesaría mientras no se ofreciese el sacrificio de 
un ser humano, el oráculo fué obedecido. Otro príncipe, en guerra con- 
tra Porto Novo, al ver que el desaliento cundía entre sus soldados, interro- 
gó á sus feticheres, quienes le dijeron que recurriese á un talismán; para 
prepararlo, apoderáronse de un niño, mientras su madre, joven esclava, 
iba por agua, y lo machacaron vivo en un mortero, elaborando los hechice- 
ros con aquellos restos varios hechizos para el príncipe y para sus sol- 
dados.» 



(i) Del relato de M. Courdiou.x, misionero en Benín. 



332 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Compréndese el ardor de nuestros misioneros cuando dicen que lle- 
vando á esas regiones la ley de caridad pueden conjurar tales abomina- 
ciones. 

Hablemos ahora de otro género de sacrificios, el de las viudas indas 
sobre la pira de sus esposos, al que se da el nombre de siiíty (i). Los brac- 
manes se dedican á sugerir á las mujeres una abnegación absoluta á sus 
maridos, hasta el punto de persuadirlas de que no deben sobrevivirles; 
por lo menos, tal era la costumbre no hace aún mucho tiempo. «La que 
sube á la pira, dicen aquellos sacerdotes, se iguala á Arundhenti, la espo- 
sa de Vashisht, y merece por ello ir á habitar en el cielo y vivir allí du- 
rante tres cotis y medio, ó sean 35 millones de años, en compañía de su 
marido (es decir, un número de años igual al de poros que, según ellos, 
hay en el cuerpo humano). Tal sacrificio purifica tres generaciones sucesi- 
vas, y aunque el esposo hubiese cometido los mayores delitos, incluso el 
de asesinar á un bracmán, será perdonado «gracias á su viuda (2).» 

Las suttias se practicaron en todo el Indostán de una manera regular 
hasta el año 1824. Citemos algunos episodios retrospectivos. En 17 10, 
cuando murió el principe de Marava, que tenía más de ochenta años, sus 
cuarenta y siete mujeres perecieron en la hoguera que consumió los restos 
mortales de aquél (3); al eíecto abrióse una gran fosa que se llenó con 
trozos de leña entrecruzados, se colocó encima el cuerpo del difunto, ri- 
camente vestido, y se prendió fuego á la hoguera; entonces apareció la 
cohorte de las infelices mujeres, adornadas con pedrerías y coronas de flo- 
res, que dieron varias vueltas en torno de la pira cuyo calor se sentía des- 
de muy lejos. La principal de ellas llevaba la espada del difunto, y diri- 
giéndose al heredero del trono le dijo: «Esta es el arma que usaba el prín- 
cipe para vencer á sus enemigos; no la empleéis más que para este obje- 
to... Puesto que el rey no existe, nada debe retenerme en este mundo y 
no me queda sino seguirle...» Y diciendo estas palabras volvióse de cara 
á la hoguera, invocó á sus dioses y se arrojó en medio de las llamas. La 
segunda, que era hermana del príncipe rajah llamado Tudomán, contem- 
pló con tranquila mirada la hoguera y á los asistentes, y diciendo en alta 
voz: a ¡Chiva! ¡Chiva, !n se arrojó á la pira como la primera. Siguiéronla in- 
mediatamente las demás; pero una de ellas, loca de terror, imploró de un 
soldado cristiano que la salvara; éste se turbó de tal manera que, sin que- 
rer, empujó á la suplicante y la hizo caer involuntaiiamente en la hogue- 
ra. Aquellas mujeres, no obstante la intrepidez que al principio habían 
demostrado, apenas sintieron los dolores del fuego prorrumpieron en gri- 
tos desgarradores y trataron de agarrarse al borde de la fosa; entonces el 
verdugo lanzó sobre sus cabezas gran número de trozos de leña, bien para 

(i) En indo siittea. 

(2) Cur. Theol.Ch. Delahaye. 

(?) Cartas del P. Martin, 1 7 10. 



LIBRO QUINTO 333 

rematarlas, bien para aumentar la hoguera, y al poco rato no se escuchó un 
solo lamento. Cuando los cuerpos estuvieron consumidos, los bracmanes 
se aproximaron á la pira, todavía humeante, y practicaron algunos ritos 
supersticiosos. Al día siguiente recogieron los huesos calcinados, confun- 
didos con las enfriadas cenizas, y después de haberlos envuelto en paños, 
los llevaron á Ramesuren y los arrojaron al mar. Cerca de la hoguera se 
edificó un templo en donde diariamente se ofrecieron sacrificios en honor 
del príncipe y de sus esposas, las cuales figuraron desde entonces en la 
categoría de diosas. 

Creíase generalmente que las esposas indas se arrojaban voluntaria- 
mente á las llamas, pero en realidad no estaba en su mano evitar este su- 
plicio, y la costumbre arraigada, el pundonor y el temor de ser vilipen- 
diadas hacían de esta resignación una especie de deber. Si alguna inten- 
taba substraerse á esa muerte inhumana, dice el P. Martín, sus propios 
padres la obligaban á morir en aquella forma á fin de conservar «la dig- 
nidad de la familia.» Cuando se veía que alguna estaba á punto de flaquear, 
se le administraba un brebaje embriagador denominado hang (r), capaz, 
por sus propiedades narcóticas, de disipar todo miedo á la muerte. En 
aquel país las mujeres del pueblo eran, desde este punto de vista, más 
felices que las princesas y las esposas de los magnates, puesto que aquella 
ley bárbara no rezaba con ellas; y las que por excepción la aceptaban lo 
hacían solamente por vanidad ó por la esperanza de conquistar una gloria 
postuma y de merecer un monumento suntuoso en el lugar mismo del sa- 
crificio. 

«Regresando de Chitpur, dice un viajero, vi, á cosa de las seis de la 
noche, una multitud de indos agrupados en la orilla del río, y supe que 
iba á celebrarse un sacrificio de viuda. Como nunca había presenciado se- 
mejante espectáculo, dirigí mi embarcación hacia el sitio en donde estaba 
aquella muchedumbre, no tanto para satisfacer una curiosidad malsana, 
como para evitar, á ser posible, que la desdichada consumara el sacrificio. 
Infórmeme de lo que sería oportuno hacer para salvarla, pero me conven- 
cieron de que nada debía intentar, puesto que la viuda había expresado cla- 
ramente el deseo de ser quemada con el cuerpo de su marido y que la au- 
toridad había autorizado la consumación de tal propósito... Entonces vi á 
una vieja, más muerta que viva, á quien auxiliaba otra mujer y rodeaban 
tres hombres que eran, según se me dijo, parientes suyos. Llegado el cor- 
tejo á la orilla del río, derramáronse algunos cántaros de agua sobre la 
cabeza de la víctima y le pusieron en la mano un paquete de hojas que 
apenas podía sostener, después de lo cual la despojaron de sus adornos y 
la acercaron á la pira en donde yacía el cadáver de su esposo. En aquel 
momento, excitada por las vociferaciones de la muchedumbre, subió á 



( I ) Kspecie de i nfusión de lino y de opio. 



334 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

aquella lúgubre ara, y una vez allí, la ataron con una cuerda al cadáver; in- 
mediatamente desapareció sepultada bajo una enorme masa de paja y de 
bambúes secos á los que se prendió fuego: una gran llamarada surgió de 
entre espesos torbellinos de humo y en poco tiempo quedó consumada la 
obra de destrucción,» 

Acababa de morir un rajah deBrahmapur, cuyo cadáver estuvo expues- 
to durante dos días en un carro, en tanto que los bracmanes anunciaban 
al pueblo que la esposa del difunto tenía intención formal de compartir 
la hoguera con su dueño y señor (i). En la tarde del día tercero, los sa- 
cerdotes del íiilso dios, seguidos de los músicos, transportaron el cuerpo 
del rajah al sitio en que debía verificarse la ceremonia suprema; detrás del 
carro mortuorio iba la viuda que apenas podía sostenerse y á la que dos 
fanáticos empujaban, y así llegó la comitiva delante de la pagoda, junto á 
la cual habíase dispuesto un montón de madera de sándalo que, impreg- 
nada de aceite perfumado, había de arder rápidamente y devorar las pre- 
sas que le serían entregadas. Durante la noche, la viuda, encerrada en la 
pagoda, no cesaba de beber el embriagador hang, á fin de morir sin espan- 
to, y apenas lucieron los primeros resplandores del alba, abrióse la puerta 
del templo dando paso al jefe de los bracmanes, que llevaba en la mano 
una tea encendida, y á otros dos sacerdotes que arrastraban á la viuda, es- 
coltada por otras cuatro víctimas. En aquel momento la desdichada, sin- 
tiéndose poseída de natural terror, echóse hacia atrás; pero los bracmanes 
la cogieron y la tendieron violentamente sobre los leños preparados, á los 
cuales apresuróse á prender fuego el que llevaba la tea. Estalló entonces 
un clamor general que no cesó hasta que dejaron de oirse los gritos de 
las cinco mujeres, y la muchedumbre, en cuanto pudo acercarse á la ho- 
guera, estrujóse materialmente para apoderarse de un fragmento de la 
suttia, como si fuese un talismán eficaz (2). 

El número de templos dedicados á esas viudas, de las que se dice que 
se inmolaron voluntariamente, es muy considerable; los hay á lo largo de 
todos los ríos de la India. Por espacio de muchos años los ingleses asis- 
tieron impasibles y hasta oficialmente á esta especie de suicidio practicado 
por las mujeres indas (3). A la administración de lord Guillermo Ben- 
tinck corresponde, sin embargo, el honor del reglamento que prohibió 
estas salvajadas en las posesiones inglesas. En 1829, el coronel Sleeman, 
jefe del distrito de Jubulpore, recibió una petición firmada por los jefes 
de una ilustre familia de bracmanes de la comarca, solicitando permiso 
para que la viuda de uno de sus parientes pudiera ocupar un sitio en la 
hoguera destinada á quemar el cuerpo de su marido; y habiendo negado 



(O L!Ind pitt. (Journ. des V., núm. 6g). 

(2) Loe. cit. 

(3) Los ingleses explican su actitud por el compromiso contraído por ellos de no inter- 
venir en los ritos religiosos de los pueblos puestos bajo su protectorado. 



LIBRO QUINTO 



33 



5 



aquél la autorización, declaró la viuda que se dejaría morir de hambre. 
Mas luego, volviendo sobre su acuerdo, hizo que se reiteraran cerca del 
oficial las más apremiantes súplicas, que acabaron por conmover á toda la 
región. Sleeman, queriendo intentar un último esfuerzo para disuadirla 
de su proyecto fanático, se avistó con aquella mujer; pero, á pesar de ha- 
ber agotado todos los argumentos que el sentimiento humanitario puede 




Calabaza para el betel, de Nueva Guinea. (Cliristy Collection, Londres.) 

sugerir, no logró quebrantar la resolución de la inda (i). «No hay en 
mí, dijo ésta con exaltación, más que un poco de tierra que deseo mezclar 
con las cenizas de mi marido, puesto que mi alma me ha abandonado. El 
fuego no producirá dolor alguno á mi cuerpo, y si de ello dudáis, decid 
que acerquen un brasero y veréis cómo se consume mi brazo sin que mis 
labios exhalen la más leve queja.» El coronel, viendo que nada podía con- 
seguir, cedió; pero exigió del jefe de la familia que se comprometiera por 
escrito á no permitir en lo sucesivo entre los suyos la costumbre de la sttttia. 
La viuda, en cuanto supo que la autoridad le permitía realizar sus deseos, 
mostró extraordinaria alegría; y llegado que hubo á la ardiente hoguera, 
adonde se dirigió mascando una hoja de betel, arrojó al fuego las flores y 



(i) Anuales médic-psychol., oct , itib^.—Du suicide, p. deBoismont. 



33^ HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

el coliar que llevaba, recitó en voz baja una invocación y fué á tenderse 
en medio de las llamas sin lanzar siquiera un gemido. 

Terminaremos este capitulo ocupándonos de una interesante costum- 
bre que se practica con ocasión de la firma de los tratados con los jefes 
de ciertas tribus africanas: nos referimos al cambio de la sano-re. M. Dunod, 
funcionario en el Congo francés, ha referido cómo este cambio acompaña 
generalmente los pactos de amistad concertados entre Francia 3;^ los caudi- 
llos salvajes que aceptan su protectorado. «El ceremonial de la firma del 
tratado y entrega del pabellón varía según la tribu. En lo que á mí se re- 
fiere, he aquí el modo como se ha procedido en el río Djondo, afluente 
del Ubanghi (i): á mi entrada en la aldea, el caudillo me ofrece un asien- 
to y se sienta éntrente de mí; colócase en el suelo, delante de nosotros, 
una ancha hoja de banano sobre la que hay colocados un pedazo de ocre 
rojo, sal y una vaina cogida de un árbol fetiche, y sólo falta ya proceder 
al cambio de la sangre... El personaje que desempeña las funciones de 
operador empuña un cuchillo, raspa con él la vaina fetiche y mezcla los 
polvos de ésta con la sal puesta en la hoja de banano. Durante esta ope- 
ración, desnudáronme el brazo derecho hasta más arriba del hombro, y el 
caudillo trazó en él, con el pedazo de ocre, una ancha raya encarnada, 
hecho lo cual el operador, cogiéndome el antebrazo, pellizcó mi carne en- 
tre el pulgar y el índice de su mano izquierda, y con su cuchillo hizo un 
corte en la parte que sobresalía entre sus dedos. Brotó la sangre y los ros- 
tros se animaron; si no hubiese salido en cantidad suficiente, habría sido 
preciso practicar una segunda incisión. El caudillo, á su vez, suh'ió una 
operación análoga. Mas no para aquí la cosa, sino que es preciso que cada 
uno de los contratantes beba la sangre de su aliado, después de espolvoreada 
con sal la herida; y por último hay que frotarse respectivamente los bra- 
zos, aplicando la herida del uno sobre la del otro y pronunciando la pa- 
labra Zin, que quiere decir amigo.» En esta forma concertó M. Dunod, á 
lo largo del río Djondo, tratados de protectorado con diez y seis distintas 
tribus, para cada uno de los cuales hubo de practicar el cambio de sangre 
con los caudillos, con grave detrimento de su brazo, que á íuerza de tan- 
tos cortes acabó por hincharse considerablemente. 

El joven duque de Uzés, refiriendo un episodio de su viaje al Con- 
go (2), escribe: «El caudillo de la aldea quería proceder al cambio desan- 
gre con nosotros, pero mi compañero Julián se contentó con frotar vigo- 
rosamente su brazo con el de aquél. Este incidente me mueve á hablar de 
este cambio, que de tanto predicamento goza entre las poblaciones del 
Ubanghi. Si dos personas quieren unirse en amistad eterna, se colocan 
una al lado de otra; un fetichere, que es á la vez sacerdote, médico y ci- 

(1) Conf. á la Soc. de Gécg., por M. Dunod. 

(2) Voy age dii duc d'U;^és, 1895. 



LIBRO QUINTO ^ 337 

rujano, adelántase por entre la multitud congregada, y con un cortaplu- 
mas hace una pequeña incisión en el antebrazo de cada contratante, y és- 
tos entonces aproximan sus heridas de manera que el roce produzca la 
mezcla de la sangre. El caudillo de la aldea ostentaba unas diez cicatrices 
de este género.» 

Refiérese que en el Dahomey ciertas sectas de íeticheres acechaban 
ávidamente la ocasión de beber sangre humana á fin de volverse clarevi- 
dentes y de poder adivinar el porvenir; á cual efecto el fetichere asistía á 
las ejecuciones provisto de una calabaza, y en cuanto caía la cabeza del 
reo, ¡leñaba de sangre humana su recipiente y se ¡a bebía poco á poco, conven- 
cido de que este brebaje horrible le infundiría el poder que deseaba (i). 
Existen en Guinea multitud de sociedades secretas en las que la iniciación 
se denomina también «mezcla de la sangre:» todo nuevo adepto se hace 
una ligera herida y mezcla su sangre con la del iniciador, siendo este pac- 
to considerado como indisoluble. En las poblaciones del Yomba, estas 
asociaciones, muy sólidamente organizadas, han obligado á veces á los po- 
deres públicos á realizar violentas represiones, puesto que están estrecha- 
mente unidas con los más importantes caudillos de las principales sectas 
religiosas; de aquí la influencia que ciertas clases de sacerdotes y sacerdo- 
tisas ejercen sobre inmensos territorios (2). Para traducir la significación 
y el alcance de esta especie de consanguinidad, hija de un pacto ó de un 
acuerdo, los negros emplean una expresión muy notable, dando á los con- 
tratantes el nombre de hermanos voluntarios . 



(i) Rd. Foa. 

(2) La Cote des Esclaves. Miss. G Lyon. — Véase también el R. P. Holley, superior de 
la misión de Abeocuta. 



Tomo II 22 



CAPITULO VI 



ANTROPÓFAGOS ANTIGUOS Y CANÍBALES MODERNOS 

;Eran antropófagos los primeros hombres? — Estudio basado en los descubrimientos pre- 
históricos. — Los grandes monos no son carnívoros: una observación sobre este particu- 
lar. — ¿Reconoce la antropofagia por causa el hambre?— El canibalismoentre los hurones, 
los caribes, los malayos, los iroqueses, los basutos, los bosquimanos, los vicíanos, los 
niam-niam... — Mataderos y mercados de miembros humanos. — Historia de la misión 
Hodister. -El canibalismo en la antigua China. — Opinión de los pieles-rojas sobre la 
carne humana.— Actos de canibalismo realizados por europeos hambrientos.— Los crí- 
menes de Kra-nda (Ojo de liebre). — El devorador de hombres en Fuerte Providencia. — 
Costumbres sanguinarias de los mombutúes — Niños asados en las parrillas parala me- 
sa real. — Munza, rey de los antropófagos.— Alimento de seso humano entre los canacos. 
— Los antropófagos del Alto Cavaliy y del Congo. — Salvajadas de las mujeres n'asakaras 
y de los budjos, según la misión Marchand.— El canibalismo juzgado por los misioneros. 

Inmolar d un semejante por venganza es ya cosa odiosa ciertamente; 
pero ¡qué indignación más protunda no debe inspirar el salvaje apetito de 
carne humana que se denomina antropofagia! Y sin embargo, no es posi- 
ble la duda: en diversos puntos del globo han existido y existen aún seres 
de nuestra especie que han encontrado y encuentran un placer abomina- 
ble en beber la sangre de sus hermanos, en hartarse con su carne desgarra- 
da en pedazos, como pudieran hacerlo las fieras más crueles del desierto. 

En el comienzo del presente capítulo se plantea un grave problema..: 
¿eran caníbales los pueblos primitivos?.. ¿Sentíanse incitados á devorarse 
unos á otros por gusto ó por hambre? Cierta escuela, que siempre se pre- 
cipita cuando se trata de asimilarnos á los seres interiores, responde afir- 
mativamente, asegurando que las primeras sociedades practicaron esta cos- 
tumbre durante períodos más ó menos largos... La mejor manera de es- 
clarecer el problema consiste en interrogar los recientes descubrimientos 
prehistóricos. ¿Puede la paleontología (i) suministrarnos algunas indi- 
caciones acerca de este particular? En las cavernas de Chauvaux (Bélgica) 
y de Arbas de l'Herm se han encontrado osamentas humanas más ó me- 
nos carbonizadas ó rajadas, para extraer de ellas la medula según se cree; 
varios de estos huesos muestran en sus extremos esponjosos huellas de 
dientes (2)... En los alrededores de Lourdes y de Bruniquel y en otros si- 

(i) Ciencia de los seres antiguos. 

(2) M. Marión, en una estación de la edad del reno, en Saint-Marc, cerca de Aix, en 
Provenza, ha encontrado huesos humanos en hogares prehistóricos, lo cual, según él, es 



LIBRO QUINTO 



339 



tios, varios sabios han heclio iguales observaciones, deduciendo de ellas 
la existencia del canibalismo originario. Capellini en Italia, Ricardo Owen 
en Escocia, Spring en Bélgica, etc., participan de la misma opinión. Y sin 
embargo, á pesar de lo que todos estos autores afirman, la antropofagia 
en las edades primitivas no está en modo alguno demostrada. 

Se han visto, por ejemplo, huesos humanos roídos... Corriente; pero 
¿roídos por quién? ¿Por otros hombres ó por animales roedores? Ahora 
bien, no puede afirmarse, sin incurrir en temeridad, por el examen de las 
simples huellas, que el diente que se clavó en el hueso fuese realmente 
un diente humano. Por otra parte, otros sa- 
bios explican este hecho de la manera más 
sencilla: «Los esqueletos, dice M. Cartaillac, 
aparecen á veces cubiertos de una capa encar- 
nada, lo que parecería demostrar que hubo 
descarnamiento previo, ya para incinerar las 
carnes, como purificación simbólica, ya para 
que éstas no fuesen pasto de los carnívoros.» 
De suerte que para exphcar las señales im- 
presas en los huesos no es necesaria la hipó- 
tesis de la antropofagia. Estas señales y estas 
roturas pueden ser consecuencia de la labor 
de despedazamiento operada por medio de 
piedras melladas y de cuchillos de sílice que 
constituían los instrumentos de aquella épo- 
-ca. M. de Mortillet tampoco cree en la antropofagia originaria. De todos 
modos, la observación deM. Cartaillac encierra una respuesta razonada á 
aquellos que atribuyen este apetito á nuestros antepasados (i). 

En resumen; para honor de la humanidad no está probado en manera 
alguna que el canibalismo haya puesto á los primeros hombres al nivel de 
las bestias feroces (2"). Y siendo esto así, ¿por qué tratar de aproximarse á 
éstas apoyándose en la presunción más incierta y en la hipótesis más pro- 
blemática? La razón de ello está en que el deseo, el propósito secreto de 
contradecir la noción tradicional de un ser humano llamado á destinos su- 
periores, constituye la característica de cierta escuela, enemiga encarniza- 
da de las ideas espiritualistas á las que quiere combatir por todos los me- 
dios. Si es preciso, no vacilará en sostener tesis contradictorias, es decir, 




Maxilar inferior humano usado 
como brazalete, Nueva Guinea. 
(Christy Collection, Londres.) 



una prueba de que en la época arqueolitica las poblaciones que habitaban en las inmedia- 
ciones de aquella estación se alimentaban de carne humana; y en apoyo de esta tesis cita 
el hecho de no haber señales de sepulturas en la región.. ;Acaso no puede contestarse á 
esto que si no hay sepulturas es porque los cadáveres eran quemados en hogares que sena 
más exacto denominaran-as? 

(i) Rev. quest. scient.,QTu%Q.\as,XW. 

(2) Durante la época cuaternaria siguió siendo desconocido el canibalismo (M. de 
Mortillet). 



3^0 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

en enseñar^ ora que los hombres en su origen se comían unos á otros, ora 
que nuestros antepasados eran pitecoides... Y sin embargo^ si esta hipó- 
tesis fuese exacta, el apetito carnívoro debería aparecer muy acentuado en- 
tre los grandes monos, cuando precisamente lo mismo el gorila ó el 
chimpancé de la América intertropical que el orangután y el gibón de la 
Malasia se alimentan, por el contrario, exclusivamente de hojas, frutas y 
yemas de plantas. 

Pero, dado que han existido y existen todavía pueblos que devoran á 
sus semejantes, ¿cuál es la verdadera causa de esta ferocidad? En opinión 
de ciertos autores, la antropofagia es hija de un apetito frenético, de un 
hambre exaltada, según las expresiones empleadas por muchos de ellos; el 
hombre, á falta de alimento suficiente, debió pensar, en sentir de tales 
autores, en alimentarse con carne parecida á la suya. Por muy admisible 
que parezca de pronto la idea, quizás no es del todo exacta, y M. Tous- 
senel se excede seguramente cuando á propósito de esto escribe esta frase 
alarmante para el orden social: «Disculpo á todos los culpables que tienen 
hambre.» Por otra parte, no es en los territorios más áridos en donde el 
canibalismo aparece en todo su desarrollo é intensidad; así lo encontra- 
mos entre los hurones, los caribes, los iroqueses, en la Malasia, en Nue- 
va Zelandia, y entre los cafres basutos, pueblos todos que poseen frutos 
abundantes y variada caza, entre los mombuttúes ricos en ganados, y en 
muchas islas de Polinesia. Entre estas regiones las hay que son excepcio- 
nalmente fértiles y que producen toda clase de animales y vegetales. En 
cambio, no se manifiesta la afición al canibalismo en otros territorios casi 
incultos, como, por ejemplo, entre los bosquimanos, gentes miserables 
hasta el punto de padecer hambre constantemente y que generalmente 
sólo se alimentan de gusanos, de raíces, de larvas de hormigas y de salta- 
montes. 

Asimismo, ¿puede citarse algún pueblo en que el hambre sea más es- 
pantosa y la indigencia más lamentable que entreJos esquimales? ¿Existe 
algún otro tan necesitado como él «de alimentos azoados» que permitan 
á su organismo resistir el clima mortífero que entorpece sus miembros }• 
paraliza su actividad?.. Y sin embargo, en todas aquellas desoladas lla- 
nuras la sangre humana ha sido y signe siendo respetada, por grandes que 
las torturas del hambre sean. No hablamos aquí, por supuesto, de los 
casos de hambre, de sitios ó de naufragios de que luego nos ocuparemos, 
sino del hecho habitual de la antropofiígía, porque algunos hechos aisla- 
dos y excepcionales no constituyen una costumbre. 

Otros ejemplos demuestran también que el canibalismo no se deriva 
únicamente del hambre; así, por ejemplo, en las islas Viti, con un clima 
admirable y en un pueblo que cultiva el ñame y el taro, existiría la antro- 
pofagia como institución nacional. En Mbau, capital de la isla y residen- 



LIBRO QUINTO 



341 



cia del rey Takambau, la carne humana se vendía públicamente, á la vista 
del caudillo; los hornos y las marmitas destinados á cocerla no cesaban 
apenas de funcionar, y hasta había mataderos en donde diariamente, pero 
sobre todo en los días de fiesta, se sacrificaban esclavos, actos de salvajis- 
mo que relatan detalladamente varios testigos oculares (i). Asimismo en 
las montañas del Orissa (2), una de las regiones más cultivadas de la In- 
dia, las poblaciones se complacían en despedazar víctimas humanas (3) 
previamente engordadas , y en 
distribuir los pedazos de su 
carne entre los presentes, en 
honor de Bera, diosa de la 
tierra. 

Todos los pueblos del 
Norte, como afirma M. H. 
Revoil (4), sienten horror 
por la carne humana; en cam- 
bio el canibalismo está muy 
arraigado entre los maoríes, 
en la Nueva Caledonia, en- 
tre los fidjianos ó vetlanos y 
los canacos, y en el África 
central entre los mubatos, 
los niam-niam y otros. Para 
los battas de Sumatra cons- 
tituye una gran fiesta devo- 
rar un viajero, con preferen- 
cia blanco, si para ello ha- 
llan ocasión. Al parecer, el 
canibalismo de estos battas 

se deriva de una antigua costumbre jurídica, según la cual los criminales 
son despedazados «y los indígenas devoran los trozos de su carne adere- 
zados con una especie de salsa en la que entran como principales compo- 
nentes la sal y el limón.» 

Los niam-niam, aun siendo buenos agricultores y á pesar de que sus 
cosechas y sus cazas bastarían para alimentar grandes mercados, se sien- 
ten inclinados al canibalismo y no pueden negar esta afición especial. Los 
mubatos, más civilizados que los niam-niam, son aún más aficionados 
que sus congéneres á la carne humana, y hacen de este manjar repugnan- 




Maorí 



(i) Seeman y Pritchard. V. Alf. Jacobs, Les dern. anthropophages, Rev. des Deux 
Mondes, XXXVI, pág. 078. 

(2) Sacrif. hiun. dans Vlnie. Bart. S.-IIil,, J des S.iv., agosto 1867. 
(?) Llamadas merialis (Loe. cit.). 
(;) H.Kqvo'ú, Vie saiivage. 



342 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

te SU comida ordinaria, utilizando como condimento, en vez de manteca 
ó aceite, la grasa de sus semejantes que recogen cuidadosamente. Es más, 
por precaución salan hasta el resto de los miembros que no han devorado,. 
y es frecuente ver entre ellos prisioneros bien ahmentados y tenidos en 
reserva á fin de encontrarlos «á punto» en el momento deseado. 

En el siglo xviii, sobre todo, dice M. de Varigny, se creía que la fe- 
rocidad del hombre estaba en razón directa de la pobreza del territorio 
que ocupaba; que, «nacido aquél bueno y pacífico,» según el lenguaje de 
Rousseau, no se volvía feroz sino bajo la influencia de las privaciones, y 
que, por el contrario, mostrábase pacífico y bondadoso allí donde la na- 
turaleza le prodigaba sus dones y sus riquezas. Esto era un puro sofisma, 
y una observación más atenta ha demostrado, según acabamos de ver, 
que en el Alto Congo, esa región de belleza soberana, como decía Li- 
vingstone, habitaban los manyemas, que son los más temibles devorado, 
res de hombres. 

Algunos casos de carestía excepcional han dado lugar más de una vez 
en Europa á escenas de verdadero salvajismo; así durante el memorable 
sitio de París por Enrique IV (1590), los lansquenetes hambrientos orga- 
nizaron á la caída de la noche la caza de niños en la capital que en tan 
apurada situación se encontraba, y cogiendo á los que podían pillar en 
lugares solitarios, los mataban sin piedad para «hacer con ellos fiesta» á 
falta de otro alimento. Hace algunos años, unos marineros ingleses per- 
didos en medio del Océano en una frágil embarcación, después de tres 
días de un hambre espantosa tuvieron el triste valor de matar á un gru- 
mete, su pequeño compañero, y comer su carne cruda y palpitante. Lleva- 
dos ante los tribunales ingleses por este inaudito asesinato, fueron al fin 
absueltos por razón de las delirantes torturas que les habían sumido en 
un estado de estupidez capaz de atenuar sensiblemente lo odioso de su 
conducta. 

Puesto que la antropofagia (considerada, no ya como episodio accidental, 
sino como costumbre) no resulta forzosamente de la necesidad de calmar 
el hambre, ¿cuál es su causa primera y determinante? Hay un hecho muy 
significativo, y es que esta pasión se encuentra sobre todo entre las tribus 
belicosas, para las cuales el canibalismo es consecuencia de su animosidad 
y de su embriaguez guerrera. Atacará su enemigo, apoderarse de él, herir- 
le y matarle, en vez de conservarlo como prisionero, y luego no sólo in- 
molar al vencido, sino devorarlo para saciar un odio implacable, son actos 
que constituyen, en concepto del salvaje, una progresión de venganza tan 
oportuna como natural; porque para él llevar la violencia hasta los últi- 
mos límites de las represahas es una gloria y al mismo tiempo una espe- 



(il J. des voy., núm.B) 13. 



LIBRO aUlNTO 



343 



cié de deber para con los de su tribu, cuya fama terrible es la mejor sal- 
vaguardia contra las empresas de los vecinos, siempre dispuestos á la agre- 
sión, siempre armados para la rapiña. 

M. Toussenel ha sostenido la tesis original de que las tribus antropó- 
fac^as son las que se ven privadas del más precioso de los animales domés- 
ticos, el perro, porque la leche y la carne de los rebaños preservan á los 
pueblos pastores de los criminales consejos del hambre. «Sí, dice; donde 




Mujer niam-nianí (de fotografía) 

no hay perros no hay rebaños, y, por consiguiente, la antropofagia es m- 
compatible con la posesión del perro. No encontraréis esta afición depra- 
vada entre los caldeos, egipcios, árabes, mongoles y tártaros, es decir, en- 
tre los pueblos á quienes el perro ha dado el rebaño y que han dejado de 
verse reducidos á pedir á la caza toda su subsistencia; en cambio, veréis 
desplegarse los furores sanguinarios entre los pueblos privados de aquel 
animal, entre los indígenas de América, en las islas de Borneo, en las Cé- 
lebes, en Timor, etc.. La prueba de que la falta del perro ha impulsado 
á las poblaciones de América á la antropofagia está en que esta horrible 
costumbre no ha penetrado nunca en la choza de los esquimales que ha- 
bitan la región más septentrional del Nuevo Continente. Y no veo más 
que una razón para explicarla anomalía que ofrece la comparación de las 
costumbres del esquimal con las del caribe: aquél ha gozado_, desde tiem- 



344 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

po inmemorial, de la presencia del perro, al paso que éste no ha tenido 
la ventaja de conocer este animal.» 

De todos los sucesos trágicos de que han sido recientemente testigos 
los territorios salvajes, tal vez no ha habido ninguno más conmovedor que 
los que se relacionan con la misión de M. Hodister, agente comercial bel- 
ga. Citaremos dos episodios: ^<Una noche, dos compañeros de la misión, 
M. Noblesse y el teniente Mikils, viéronse obligados por el hambre á aven- 
turarse en las inmediaciones de una aldea para coger bananas. M. Nobles- 
se fué cogido y en seguida muerto y decapitado; en cuanto al teniente, 
condujéronle á Riba-Riba, en donde le sometieron á los sufrimientos más 
atroces. Después de haberle cortado la nariz, la lengua y las orejas, le hi- 
cieron por fuerza asistir á un festín en el que fué devorado el cuerpo de su 
infortunado compañero, después de lo cual fué á su vez decapitado. Al 
cabo de unos días llegaba allí con su pequeña escolta M. Hodister, que 
ignoraba la suerte de Mikils y no preveía ciertamente lo que á él mismo 
le esperaba. Por sus excelentes cualidades había sido designado para k mi- 
sión pacífica, que consistía en escalonar á lo largo del río factorías comer- 
ciales 3^ que hasta entonces había realizado tranquilamente. Desembarcó, 
pues, sin la menor desconfianza, pero muy pronto él y los suyos viéronse 
cercados y desarmados, repartiéndose los indígenas los miembros de los 
infelices soldados de su escolta. El suplicio á que se le sometió fué aún 
más bárbaro que el aplicado á Mikils, puesto que le cortaron los brazos y 
se los comieron en presencia suya y luego le decapitaron. Únicamente se 
salvó de aquella matanza su hoy, el cual á su regreso relató lo ocurrido.» 

Hace poco tiempo, una relación canadiense publicaba los detalles de 
un drama desarrollado entre los indios de raza nascuapi: uno de éstos ha- 
bía emprendido un viaje en compañía de su hija, que tenía once años, y 
después de varias peripecias, encontrándose un día sin tener qué comer, 
no vaciló en matar á la chiquilla y en comerse su carne. Este hecho fué 
inmediatamente denunciado al coronel del distrito, el cual abrió inmedia- 
tamente una información. 

Una correspondencia de Hamburgo refiere que los náufragos del bu- 
que noruego «Tekla» estuvieron diez y seis días perdidos en el Océano 
Atlántico; cuando se agotaron los víveres, royeron las cuerdas y luego en 
su delirio mataron á un hombre de la tripulación, un holandés, 3' se lo co- 
mieron. Después, cinco marineros de los nueve que en la embarcación 
iban se volvieron locos y se arrojaron al agua. 

En la provincia de Chan-Si, durante el hambre terrible que asoló la 
China desde 1876 á 1878, vendíase carne humana en los mercados; pero 
esto fué consecuencia del azote, no de un gusto depravado de los chinos. 
Es más, los mandarines mostráronse severísimos en aquella ocasión: un 
individuo que vendía aquella mercancía horrible anunciándola como car- 



LIBRO QUINTO 34) 

ne de cerdo, fué detenido, encerrado en una jaula y expuesto en la plaza 
pública y condenado d morir de hambre; otro, sorprendido en flagrante 
delito de asesinato con el mismo objeto, sufrió una pena análoga. 

Un misionero (i) nos ha referido que cierto día se le acercó un cau- 
dillo de salvajes pieles-rojas, manifestándole deseos de convertirse al cris- 
tianismo. Después de haberle interrogado, el sacerdote le dijo que no 




Fidjiano 

estando permitida por la ley de Cristo la poligamia, no podría ser admi- 
tido al bautismo hasta que no tuviese más que una esposa. Poco tiempo 
después volvió el salvaje á visitarle: «Padre, le dijo, ya no tengo más 
que una mujer, y aquí vengo. — Muy bien, hijo mío; ¿y qué habéis hecho 
de la otra? — Me la he comido, padre,» respondió el salvaje sin descon- 
certarse. 

En algunos dialectos de la Polinesia una misma palabra significa bueno 
y bien, malo y mal; por esto es tan difícil para los misioneros hacer com- 
prender á los caledonianos que es un acto culpable el de comerse á un 



(i) El R. P. Papetard. 



346 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

semejante: «Te aseguro que es bueno,» respondían una vez á un obispo 
que les afirmaba que era un mal. 

Parece que cuando los salvajes han probado por vez primera carne hu- 
mana, sienten en lo sucesivo un deseo de volverla á comer tan violento, 
que se asemeja á un acceso de frenesí; pensando en ella sus facciones se 
contraen, sus ojos echan chispas y sus labios se agitan en un movimiento 
de masticación que hace estremecer. 

«Hallándome á orillas del gran lago de los Osos, escribe M. Em. Pe- 
titot, trabé conocimiento con un viejo septuagenario de fisonomía dulce y 
tímidos ademanes, que se llamaba Kra-nda (Ojo de liebre). ¡Juzgúese de 
mi asombro cuando, después de haberse marchado, supe por sus compa- 
triotas esclavos que en otro tiempo aquel hombre había devorado á varias 
personas de su familia, entre ellas dos esposas, un cuñado y sus propios 
hijos! Sin embargo, después de su bautismo corrigióse Kra-nda de aquel 
vicio y nunca más hubo que echarle en cara nuevos excesos.» «En aquella 
misma época, añade el autor, vi en el fuerte Simpson, capital del inmenso 
distrito de Mackenzie, á otro carnívoro de la misma especie que había de- 
vorado ya siete víctimas. Este individuo, llamado iT/o-Z't'/ra (el padre de la 
hierba), había cometido sus mayores crímenes cerca del fuerte abundan- 
temente provisto, lo cual demuestra que no es la necesidad el único mó- 
vil de la antropofagia... He visto la torrentera de donde el viejo devorador 
de hombres Klo-betra tuvo el valor de desenterrar á su propia esposa para 
comérsela: aquel fué su primer crimen, al que siguieron otros seis. Nuevo 
Saturno, mató y devoró á todos sus hijos excepto al último, que quizás se 
reservaba para un momento de carestía... Un día, en un sendero del bos- 
que encontré á un joven que tiraba de un trineo en donde iba un mori- 
bundo: era el hijo de Klo-betra que conducía á la misión al viejo caníbal 
convertido. Cuando regresé al Fuerte-Providencia, encontré «al devorador 
de hombres» esperando resignado la muerte, gracias á la intervención de 
los misioneros, lo que no le impidió decirme en voz baja, incorporándose 
en su lecho: «¡Hijito! Blancos malos, no quieren que me cure. ¡Oh, si 
tuviese un pedacito de carne humana para ponerlo debajo de mis dientes, 
estaría contento!» 

En ninguna parte de África está tan generalizada la antropofagia como 
en el territorio de losmombutúes, en el que, sin embargo, abunda la caza. 
Estos salvajes consideran los países situados al Sudeste, en la dirección del 
lago Alberto-Nyanza, como tierras de caza y de saqueo adonde van á sur- 
tirse de ganado humano. Los cadáveres de los que sucumben en la lucha 
son repartidos inmediatamente entre los vencedores, y luego cortados en 
tiras que se secan y ahuman para que sirvan de provisiones de boca. Los 
vencidos, reunidos en grupos como rebaños de carneros, son guardados 
como botín y comidos á medida de las necesidades, reservándose para la 
mesa del rey á los niños, que tienen la carne más delicada. «Durante mi 



LIBRO QUINTO 347 

estancia entre los mombutúes, dice M. Schweinfurth (i), corría el rumor 
de que cada día se mataba un niño para la mesa del rey Munza: las regias 
esposas desempeñaban por turno las funciones de cocineras de aquel ogro 
africano.» El mismo viajero sorprendió en otra ocasión á varios hombres 
de aquella comarca ocupados en escaldar un cuerpo humano antes de des- 
pedazarlo para ponerlo en el asador; y algunos días después, paseando á 
Ja ventura, observó en otra choza un brazo de hombre suspendido enci- 
ma del fuego para ser acecinado. 

En la playa de la isla de los Estados, en la Tierra del Fuego, álzase un 
faro cuyo entretenimiento corre á cargo 
de la República Argentina. Los emplea- 
dos de este faro, explorando un día la 
isla, encontraron cuatro barriles que con- 
tenían seres humanos despedazados y sa- 
lados; y luego supieron que eran los res- 
tos de marinos europeos que una tripu- 
lación náufraga había guardado como 
alimento de reserva (2). 

La carne humana, según parece, tie- 
ne un sabor análogo al del muy grosero 
animal que se alimenta de bellotas. «Esta 
carne, dice un navegante que está muy 
al corriente de la vida de los pueblos no 
civilizados, no es mala, pero sí insípida. 
He conocido un misionero que había co- 
mido de ella, creyendo que era de cerdo, 
única, por otra parte, que podía encon- 
trarse en la isla... Los naturales no le 
confesaron hasta mucho después la siniestra pasada que le habían jugado.» 
«Cuando mi campaña en Oceanía, nos escribe un antiguo^ oficial de 
marina, iba embarcado en la Ariane, corbeta de guerra que había sido en- 
viada á la Micronesia y á la Melanesia para enseñar nuestro pabellón á los 
salvajes entre los cuales acababan de establecerse nuestros misioneros. 
Apenas hubimos anclado en la rada de San Cristóbal, una de las islas Sa- 
lomón, adquirimos la certeza de que varios de aquellos misioneros que se 
habían aventurado por las mesetas que dominan la rada habían sido ase- 
sinados y devorados. Para vengar á aquellos desgraciados organizamos una 
expedición que no dio otros resultados que incendiar algunas aldeas y dar 
muerte á algunos indígenas que se habían escondido entre los matorrales... 
Más adelante fué á Tahití para relevarnos la corbeta Alcméne, cuyo coman- 
dante, encontrándose en Nueva Caledonia, envió á tierra, con objeto de 

(i) En el cora:^ón del África. 
(2) F. de Cazane. 




Huesos humanos en un tronco de ár- 
bol, monumento caníbal de Fidji. 
(Museo Etnográílco de Leipzig.) 



348 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

hacer aguada, dos embarcaciones mandadas por los aspirantes Devarenne 
y de Saint-Phalle. Los tripulantes y sus oficiales, que confiadamente se ha- 
bían alejado de la playa, viéronse atacados por los naturales, quienes die- 
ron muerte y se comieron á dos aspirantes y á algunos marineros, pudien- 
do los demás regresar á darás penas á las canoas y bogar mar adentro (i). 

Los testimonios de los navegantes que han recorrido las islas de Nue- 
va Pomerania y los de los comerciantes que han negociado con los habi- 
tantes de las mismas permiten afirmar que, excepto en la isla Rook, situa- 
da cerca de Nueva Guinea, reina la antropofagia en las islas del Vicaria- 
to (2), cuyas tribus la practican, en tiempo de guerra, con los enemigos. 

Está probado asimismo que varios padres y un hermano maristas fueron 
devorados en una fiesta por los salvajes de San Cristóbal; y que habiendo 
sido uno de ellos considerado demasiado flaco, fué cebado, según la cos- 
tumbre, durante varias semanas antes de que su carne se sirviera en la 
mesa de aquellos caníbales. 

Varios colonos que se evadieron de Puerto-Bretón al Nuevo Mecklem- 
burgo, llamado entonces Nueva Francia, fueron también devorados; igual 
suerte les ha cabido á muchos traficantes de copra (3) establecidos en 
distintos lugares, y más de una tripulación de un buque ha sido asesinada 
total ó parcialmente con el mismo objeto en las costas de Nuevo-Mecklem- 
burgo y en las islas del Duque de York. M. Romilly, que hace algunos 
años era el representante de Inglaterra en aquellas regiones, asegura que 
el manjar favorito en Nuevo Mecklemburgo era el seso humano, mezclado 
con sagú y coco. M. Julio Garnier, por su parte, asegura haber visto entre 
los canacos algunos ancianos que se deleitaban comiendo esa substancia. 

En Baining, cerca de Vlavolo, escribe un misionero (4), existe una 
tribu de una ferocidad particular, que habitualmente se alimenta de carne 
humana, para lo cual se pasa la vida dedicada á la caza del hombre... Sa- 
biendo que estos salvajes venden un cierto número de niños á los canacos 
de los distritos vecinos, quienes los emplean en sus plantaciones, envié 
nuestra canoa con la esperanza de rescatar á algunos de esos pobres mu- 
chachos. El manileño á quien encomendé esta misión sólo encontró una 
niña de cuatro años, y los indígenas de Baining le expresaron lo mucho 
que sentían que no hubiese ido un mes antes «porque entonces, le dijeron, 
teníamos muchos niños para vender; pero como no hemos podido pescar, 
á causa del mal tiempo, hemos tenido hambre y los hemos asado para ali- 
mentarnos (5).» 

Las crónicas judiciales de nuestro tiempo han relatado un caso singular 

(i) M. P. de Saint-Genis. 

(2) En NoiiveÜe Pomiranie, por monseñor Couppc, vicario apostólico [Miss. Caih., 
Lyón, 366 ) 

(3) Medula del coco secada, que sirve para la fabricación del aceite. 

(4) Loe. cit., 367. 

(5) Loe. cit., 367. 



LIBRO QUINTO 



349 



de canibalismo musulmán. El tribunal de Kazan juzgaba á un padre y á 
un hijo acusados de haber asesinado á una niña, y el sumario y los infor- 
mes pronunciados en el acto del juicio demostraron que el joven Saitfuti- 
ne, que padecía de una enfermedad crónica, había consultado con el sacer- 
dote musulmán, el cual le había aconsejado que se comiera el corazón hu- 
meante de un ser humano. En vista de ello, ayudado por su padre, mató á 
una joven criada, y habiéndole arrancado el corazón, se lo comió para cu- 
rarse. Los dos culpables fueron condenados á doce años de trabajos for- 
zados, y el médico musulmán á la pena de deportación (i). 

Nuevos casos se agregan continuamente á los episodios sangrientos ya 




Vasos de los aschantis hechos con cráneos humanos. (Museo Británico.) 

conocidos. En 1894 recibióse de Nueva York (2) un telegrama concebi- 
do en estos términos: «Comunican de San Francisco que el capitán, el 
propietario y el segundo del buque francés Consíontine, que hacía el tráfico 
con las Nuevas Hébridas, han sido asesinados por la tripulación, compues- 
ta de canacos: el capitán fué cocido y comido con ocasión de un regocijo 
público.» 

Una carta del sargento Bratleres (3), que operó con nuestras tropas del 
Sudán contra Samory, contiene interesantes detalles sobre los antropó- 
fagos del Alto Cavally: «Había oído hablar como todo el mundo, escribe, 
de las comidas de los caníbales; pero sentía cierta incredulidad, pues los 
más de los culpables daban siempre la misma respuesta: «¡No sería yo 
quien comiera hombres! ¡Esto sólo sucede más lejos, en el bosque!» Pero, 
ahora que lo he visto, ya no me es posible dudar...» Y acto seguido re- 
fiere que sorprendió á la tribu de los guerzesque se disponía á despedazar 
á varios cautivos: á uno le habían cortado un brazo, á otro un pedazo de 
carne de las partes blandas «y hasta vi á un hombre vivo, añade, á quien 
habían arrancado la mejilla como bocado de lo más escogido. « 

(i) Marzo de 1S92. 

(2) Havas, i'i de diciembre de 1894. 

(3) Septiembre de 1898, 



35° HISTORIA DE LAS CREEXCIAS 

La misión Marchand pudo presenciar, durante su memorable expedi- 
ción, una escena salvaje de los budjos, que no reparaban en pescar, para 
comérselos, los cadáveres humanos. procedentes de piraguas zozobradas á 
orillas del Ubanghi, delante de la residencia de los Padres del Espíritu San- 
to; y aun fué necesario hacer guardia por espacio de ocho días en las tum- 
bas del cementerio para impedir que los indígenas desenterrasen los cadá- 
veres que encerraban. Las mujeres n'asakaras especialmente tienen, al pa- 
recer, una gran habilidad para despedazar los cadáveres y asar y preparar 
los trozos de los mismos, que son para ellos un manjar de los más apre- 
ciados. 

Terminaremos con algunas líneas que tomamos de una publicación 
del P. Allaire sobre el Congo: «No describiré el espectáculo sin nombre 
del que desgraciadamente hube de ser impotente testigo cuando llegaba 
demasiado tarde á las aldeas sorprendidas por el enemigo. Aquí y allí ya- 
cían cabezas humanas separadas de sus troncos, miembros hábilmente 
despedazados^ y los infames vencedores se escapaban llevándose cada uno 
el pedazo preferido, invitándome á que hiciera lo propio y admirándose 
de mi repugnancia á la carne de mis semejantes. «Haces mal, me decían 
á menudo; deberías probarla y luego querrías comerla siempre: ¡es tan 
buena! — ¿Ves esta cabeza?, me decía uno de aquellos hombres acarician- 
do un cráneo, todavía ensangrentado, que había puesto como trofeo al 
extremo de una pica delante de su choza. Es la de uno á quien conociste 
mucho; hace tres días lo asamos y estaba excelente. Hubieras debido ve- 
nir antes para probarla.» ((Personalmente, añade el misionero, he sido más 
de una vez objeto de la alarmante codicia de los caníbales.» 

Hagamos una observación importante: la antropofagia no es hija sola- 
mente de un gusto depravado ó de un sentimiento de venganza; nace 
también de la creencia de los salvajes de que, asimilándose á su víctima 
por la nutrición, se apropian á la vei sus cualidades y sus virtudes. ¿Con- 
tradice esta idea la que hace poco expresábamos acerca del deseo de repre- 
salias guerreras? En modo alguno; antes al contrario, lo que hace es con- 
firmarla, porque beber la sangre del enemigo es, no sólo saciar el odio 
que inspira, sino además, para el vencedor, hacer suyo el valor marcial de 
un combatiente que figura entre los más escogidos de la tribu beligerante. 
Nada más conforme con la rudimentaria psicología de los salvajes que la 
creencia en esta virtualidad y en esta transfusión directa. Los neo-zelan- 
deses, por ejemplo, buscaban con avidez el ojo izquierdo de los vencidos, 
que era, según ellos, el sitio en donde residía el alma del difunto (vaidua). 
((Comerlo, decían, es doblar el propio ser.» 

Un oficial de marina (i) vio en las islas Marquesas al rey comerse, por 
consejo de los feticheres, la carne de un robusto indígena, guisada con pi- 

(i) M. Chevé. 



LIBRO QUINTO 



351 



miento y batatas rellenas, «á fin de hacer pasar á su cuerpo decrépito y dé- 
bil la agilidad y el vigor de la joven víctima.» Entre esos insulares, también 
los ojos estaban reservados á los guerreros, y por virtud de la misma su- 
perstición el corazón debía comtxst crudo, á diferencia del resto del cuerpo... 
¿Será hija de ideas análogas la costumbre que tienen los pastores de 
los Abruzzos y de otras partes de cortar las puntas de las orejas de los pe- 
rros del rebaño, h'eirlas y darlas luego á comer á sus fieles guardianes á 
fin de que en lo sucesivo sean más atentos y más vigilantes? Si beber al- 
cohol estimula las fuerzas y absorber opio las embota, el salvaje, racioci- 




Cuchillos del Congo central, según Stanley 

nando con su ínfima lógica, puede pensar que comer un corazón ha de dar 
valor y tragarse una oreja ha de comunicar mayor finura al oído. 

Conforme con el sistema que hemos adoptado, es decir, tratando de 
iluminar el pasado con la luz del presente, llegamos á la siguiente conclu- 
sión: más de un pueblo antiguo (i) señalado como caníbal (escitas, sárma- 
tas, escandinavos), quizás trataba más bien de asimilarse las cualidades de 
sus enemigos, por medio de un rito sanguinario, que de sustentarse habi- 
tualmente con su carne. 

Para completar este estudio, pidamos á uno de los más autorizados 
misioneros lo que piensa íntimamente del crimen de la antropofagia, que 
ha podido estudiar sobre el terreno durante largos años. Su testimonio, 
competente como pocos, pesa más que los razonamientos de teóricos y 
filósofos que no han visto salvajes sino en su imaginación y en los libros 
de viajeros que con frecuencia tienen más de fantasía que de realidad; por 
esto merece ser reproducido textualmente. Hablando de las prácticas de 
que nos ocupamos y de las cuales fué contristado testigo, no vacilad mi- 
sionero en calificarlas de «actos de devoción feroz,» inspirados sobre todo 
por una desviación del culto de los antepasados. «Las tribus antropófiígas, 
á lo menos las que yo conozco, escribe, ven en esta costumbre sanguina- 
ria un sacrificio que consideran grato á los manes de sus maj^ores. Este 

(i) No hablamos, por supuesto, de los lestrigones, ni de los cíclopes de la Odisea, co- 
mo tampoco de la historia de Lycaón ni de la del hijo de Tántalo, porque todo .esto perte- 
nece al terreno de la inilologia. 



35^ HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

sacrificio lo consuman con un celo feroz que nos espanta, pero el móvil 
primordial es el que dejo indicado (i).» 

He aquí un nuevo punto de vista digno de ser consignado. Pero, en 
este caso, el relato de las horribles escenas de canibalismo debe inspirar- 
nos conmiseración, y no odio y desprecio, hacia esos pobres ofuscados, 
cuya conciencia seria temerario juzgar con las luces de la civilización y con 
el sentimiento puro de la caridad cristiana, de que nuestros espíritus y nues- 
tras costumbres continúan, á pesar de todo, impregnados como de una 
savia generosa y fecunda. Sí; si esta opinión es fundada, ¿y cómo dudar 
de que lo sea?, se comprende la abnegación heroica de nuestros misione- 
ros y el poco aprecio en que tienen su vida cuando se trata de arrancar a 
los salvajes á esas odiosas aberraciones. Se comprende que el sacerdote 
celoso, el apóstol del Evangelio, en vez de sentir sólo el horror que en 
los salones nos hace estremecer de indignación, sienta una atracción irre- 
sistible, un amor ardiente por esos desgraciados que cometen terribles crí- 
menes obedeciendo dócilmente al fanatismo ciego que les inspira. Y por 
esta razón el misionero, llevado de un ardor generoso hacia «sus herma- 
nos del desierto,» sacrifica su existencia con alegría, hasta con entusias- 
mo, diciéndose que cada gota de su sangre derramada en el africano sue- 
lo evita tal vez una inmolación humana. Obra esta de doble redención, 
porque, al salvar las almas en nombre de un Dios bueno, defiende al mis- 
mo tiempo á las humanas víctimas que la maza del fetichere habría herido 
sin piedad en nombre de un dios fero^ ávido de sangre; obra magnífica, 
grandiosa y patriótica cerno otra ninguna, obra de Fe, de Civilización y 
de Libertad. 

¿De modo, pues, que testimonios tan respetables como formales nos 
declaran, nos aseguran que el rey de la creación es menos perverso, me- 
nos culpable de lo que comúnmente se cree? Pues bien; comencemos por 
regocijarnos de poder substituir á la indignación y al anatema una tierna 
piedad; felicitémonos de tener el derecho de amar un poco más á la hu- 
manidad entera, aun mirándola en sus representantes menos dignos; pero, 
sobre todo, ayudemos á la obra del apostolado, única que ilustrando 
y regenerando á los pueblos no civilizados puede hacer un día de ellos 
verdaderos hermanos nuestros. 



(i) El R. P. Le Roy, mis. en el Zangue'bar. 



FIN DEL TOMO SEGUNDO 



índice del tomo segundo 



Páginas 
LIBRO TERCERO 



Capitulo primero. — Fiestas religiosas de los pueblos no cristianos.— Nociones ge- 
nerales sobre los regocijos públicos. — Principales fiestas en Egipto, en Cal- 
dea, en Persia, en Fenicia, entre los hebreos. — Regocijos de los griegos: Pana- 
teneas, juegos olímpicos...; el juramento de los combatientes upor el cerdo 
inmolado;» el pugilato y el paneracio— Relación existente entre las divinidades 
y los calendarios del paganismo.— Meses áticos ó romanos dedicados á los dio- 
ses.— Días fastos, nefastosyseminefastos... Fiestas pacíficas y juegos sangrien- 
tos de los romanos.— Fiestas del Ganges y de los Santos Ríos entre los indos. 
— ;Cuáles eran las inmolaciones en honor de la diosa Gangaí - Espantosos sa- 
crificios á Pury: el carro matador de Vichnú.— Fiestas militares del Gujerate. 
—Descripción de las fiestas de la Labranza y de los Faroles en China: ceremo- 
nias extravagantes. La liebre lunar. — Solemnidades sagradas en las familias 
anamitas y chinas; gorro viril, aguja en el moño. — El Kia-pii y los altares do- 
mésticos. — Descripción de las caristias: se supone que en ellas están presentes 
las almas de los antepasados. — Fiesta del camello entre los persas.— Fiestas sal- 
vajes de los antiguos mexicanos: el dios Vitzliputzli, ofrendas de corazones de 
niños. — El día de las Purificaciones en el Perú, etc 5 

Cap. IL — Fiestas populares desde la era cristiana. — El día de año nuevo y sus vi- 
cisitudes: años de trece y de nueve meses; días de cuarenta y ocho horas...— 
Origen de los aguinaldos: la diosa Strenia.— Decreto de 1 793 relativo á los agui- 
naldos. — El día primero de año en la Indo-China, entre los anamitas, en el Ja- 
pón, en el Turkestán, en Persia, entre los musulmanes...— La fiesta del asno en 
la Edad media. — Fiesta de Santa Genoveva en 1793. — La Epifanía, la torta de 
Reyes y el haba: investigaciones históricas é inéditas. — La parte de Dios y la de 
la Virgen. — El haba y Luis XIV.— Decretos del Parlamento sobre la torta de Re- 
yes.— El Carnaval y sus orígenes.— Martes de Carnaval: el maniquí de paja.— 
Cortejo del buey violonnc en tiempo de Carlos VII. — El Carnaval en Roma y en 
Bosnia. .— Penitencias públicas del Miércoles de Ceniza.— La iV/z-Careme y las 
lavanderas.— El Domingo de Ramos en la Edad media; los prisioneros.— Los 
garbanzos y el Domingo de Ramos en Provenza. — La Semana Santa en Sevilla: 
flagelación de los penitentes en tiempo de Carlos III. — Papas y reyes el día de 
Jueves Santo: el lavatorio de los pies. — El Viernes Santo y la ceremonia de los 
tumores fríos. — El Viernes Santo y el indulto de los reos de muerte en España. 
— El Sábado Santo en Nueva Granada 24 

Cap. \ll.— Fiestas populares después de la era cristiana (continuación). — La Pascua 
de los hebreos y la Pascua de los cristianos: la hierba amarga y el cordero pas- 
cual. — Pascua en la Edad media.— Historia de los huevos de Pascua: la colecta 
de los huevos. — Pirámides de huevos en el palacio de Luis XIV.— La Pascua 
Tomo II 2 3 



354 índice 

Páginas 

rusa: el cordero de manteca. — Kl lunes de Pascua entre los jóvenes húngaros: 
el banquete de aguíi.— Origen de los poissons á'ízir// (inocentadas): burlas his- 
tóricas.— Los árboles de mayo y las corporaciones. — Las Fiestas mayas en Es- 
paña. — ;Cuándo estaba prohibido pegar á la esposa? La cabalgata en asno, cos- 
tumbre de Luxeuil. — Las procesiones de! Corpus en 1792: relato oficial.— Des- 
cripción de la fiesta del Ser Supremo.— Fiesta de las doncellas: el sombrero de 
rosas. — Las solemnidades de la hoguera de San Juan: ramas de nogal y dientes 
de ajo. — Proveedor ordinario de los gatos para la hoguera de San Juan.— Fies- 
tas en el Chatelet de París: los paraninfos de septiembre; las confituras de los 
bachilleres.— Misterios y farsas del reino de la Curia. — El día de Difuntos en 
Roma: el convento de los Capuchinos.— La fiesta de San Nicolás en Hungría. . 52 

Cap. IV.— Costumbres populares del día de Navidad.— Regocijos de Navidad en 
nuestras antiguas provincias: elcorderillo salvador del rebaño; bendición infan- 
til en la cena de Nochebuena...— Representación del misterio de la Natividad 
en Ruán: descripción.— La Navidad en Bélgica y en España. — El Christmas in- 
glés y los g'/ee.— Costumbres suecasy noruegas el día de Navidad: la comida de 
los pájaros...— Regalos simbólicos de Navidad en Rusia —El Christkind ale- 
mán y Nicolás el Velludo, terror de los niños, — Procesión del salchichón en 
Alemania en el siglo xvi; una fiesta en Koenigsberg. -Los niños predicadores 
en Roma —Historia del Leño de Navidad.— Curioso significado legal del «bri- 

borión.))— Navidades populares de diversas provincias. Carolas y villancicos 

bilingües: varios ejemplos. — Extrañezas de los regocijos del día de Inocentes: 
protesta de Gersón. — Decretos del Parlamento sobre la fiesta de los Loco?. . . 70 

Cap. V. — Costumbres relativas al domingo y alas fiestas baladorias.— VA átscanso 
del séptimo día, según los antiguos anales de la China.— El número siete en la 
historia.— El chabbath (sábado) de los hebreos: ;á qué distancia podia exten- 
derse el paseoí— Las treinta y nueve reglas del sábado.— El domingo y los pri- 
meros emperadores cristianos.— Legislación de los trabajos serviles; confisca- 
ción de caballos ó «del buey de la derecha»...— El baile y los saltimbanquis del 
domingo — Los barberos y «el día del Señor.»— Diversas herejías relativas al 
domingo: aerianos y sabbatarios...; el ayuno del domingo —El decadi republi- 
cano y sus vicisitudes: extrañas decisiones del Tribunal de Casación. — Los re- 
gocijos de los decadís.— Una observación de Julio Simón.— El domingo en el 
siglo xix; los presidiarios y los reglamentos de las penitenciarías — El descan- 
so de los funcionarios y el descanso de los «trabajadores.»— Las fiestas balado- 
rias en la Edad media: extravagantes regocijos y decretos de los Parlamentos. 
— Paseo grotesco y procesos satíricos según los documentos judiciales. ... qi 



LIBRO CUARTO 



Capítulo primero.— £/ cm/ío de los antepasados desde los tiempos prehistóricos. 
— Sentimiento universal de los pueblos y de las legislaciones sobre el amor 
filial y el amor paternal comparados.— El salvaje, considerado como hijo y 
como padre. — ;Existía la piedad filial en los tiempos prehistóricos' Lo que re- 
vela la antropología. - Las sepulturas de la edad paleolítica: actitud de los cadá- 
veres y diversos modos de inhumaeión— Ritos funerarios en la edad de piedra: 
incineración é inhumación.— Esqueletos pintados de encarnado: significación 
probable; costumbres análogas entre los batekés.— Primeros monumentos en 
honor de los muertos.- La trepanación de los cráneos prehistóricos: significa- 
ción. — Culto de los muertos en Egipto: las entrañas y el corazón Detalles 

acerca de los procedimientos de momificación y de los ritos funerarios.— De la 
condición de las almas en el Amenthi; palabras de justificación y juicio.— El 



ÍNDICE 3 5 5 

Páginas 

sentimiento filial entre los hebreos. — El luto entre los griego^: cabellos rasura- 
dos, crines cortadas, tañedores de flauta...— Hijos y padres, según Platón.— Los 
antepasados adorados entre los romanos: reglas del culto del Hogar.— Descrip- 
ción de los entierros, según las costumbres y las leyes — Asociaciones funera- 
rias para perpetuar el culto.— Banquetes alegres en honor de los difuntos.— 
Teorías de los antiguos relativas al «último aliento.» ro5 

Cap. II.— Piedad Ji i ¡al y ritos funerarios ¡Europa y ^s/í?;.— Particularidades del 
duelo y de la cremación en Francia.— Entierros á bordo.— El sentimiento filial 
en las leyes inglesas, en el país de Gales y en Irlanda: el Senchus Mor,— Cos- 
tumbres extrañas de los antiguos noruegos.— La autoridad materna en los có- 
digos austríacos y rusos.— Pérdida de la autoridad paterna por virtud de dispo- 
siciones judiciales.— Los árboles.— Ataúdes en la antigua Sajonia.— Ceremonial 
funerario entre los mahometanos; luto verde ó encarnado.— El luto de los hijos 
en China; el bastón del llanto; el remiendo del fardo; costumbres piadosas 
chinas— El gorro viril y el joven chino.— Ataúd ofrecido como regalo.— Des- 
cripción de un cortejo fúnebre en el Celeste Imperio.— Cómo honran á sus 
padres los indígenas de la Cochinchina.— Privilegios concedidos por el código 
anamita al buen hijo.— Hijos y padres siameses: ceremonia del tupé afeitado. 
—Fiestas mortuorias en Siam: carreras, teatros, fuegos artificiales...— Catafalco 
de lomo de elefante en Birmania: embalsamamiento por medio de la miel — 
Ritos funerarios de las tribus andamanianas; collares de huesos, danza del llan- 
to...— Sumersiones piadosas en el Indostán— Perros sepulcrales de las regiones 
caspianas.— Extraña tarifa de la felicidad celeste para los indos.— Culto filial en 
el Japón; los gatos y la vela de los difuntos i33 

Cap. l\\.— Piedad filial \^ ritos funerarios (África, América, Oce¿inííij. -Procedi- 
mientos empleados con los padres moribundos en Senegambia —Colección 
de mortajas de los congoanos.—Costumbres fúnebres en el Gabón: creencias 
supersticiosas.;— Han existido salvajes que se comieran á sus padres." Masaje- 
tas, calacios y tribus del Cáucaso. — Los sacerdotes de Ifa y los muertos en Gui- 
nea; el sacrificio del «babalawo» y la ofrenda de una gallina «adié irana.»— El 
genio «abiku» y las enfermedades conjuradas.— Culto de los muertos en Cafre- 
ría.— Ofrendas á las sombras paternas en el Zanguebar: el «mzimu;» las estatui- 
tas sepulcrales— La autoridad del jefe de familia en Wo-pokomo.— Efectos de 
la maldición paternal en Madagascar.— Procedimientos de inhumación entre 
los africanos.— Cadáveres ahumados entre los americanos. — Grutas sepulcrales 
de los incas. — La cremación en América: el sudario de amianto — El «lanza- 
miento al mar» de los difuntos en Oceanía: estudio sobre las canoas mortuo- 
rias.— Entierros en los árboles entre los polinesios —Un entierro en Nueva Ca- 
ledonia.— Mutilaciones por piedad filial en Nueva Zelanda.— El luto en Austra- 
lia: la mortaja de kanguro.— Apéndice. El culto de los antepasados y la teoría 
del hombre-mono: estudio crítico sobre el transformismo i65 



LIBRO QUINTO 



Capítulo primero.— O/e íiíÍít histórica sobre el homicidio y el asesinato.— Lz. ven- 
ganza de las primeras edades.— Modalidades de la ley del tallón. —El homicidio 
en Grecia: la ley de Rhadamante. — Maleficios mortales de los romanos.— El 
precio de la sangre entre los bárbaros: curiosas composiciones de la ley sálica. 
—Tarifa de las heridas en diversos pueblos.— La primera ley contra el asesina- 
to.— Lo que valia la vida entre los godos y en la legislación grussiniana (Rusia). 
— La imagen de la Virgen y el supuesto derecho de venganza.— Antiguas cos- 
tumbres de Irlanda en caso de asesinato: carta de San Patricio. — El homicidio 



356 



índice 

Páginas 



y las heridas ante las jurisdicciones eclesiásticas.— ^Cuáles eran los derechos de 
los obispos sobre los clérigosí— Análisis de las penas eclesiásticas: excomunión, 
penas públicas, peregrinaciones, ayunos... Descripción del ceremonial del ana- 
tema.— De las diversas clases de penitentes. — ^Podia lanzarse la excomunión 
por motivos humanosí — Qué debe entenderse por excomunión de ios animales: 
textos y lísentencias de muerte.»— El derecho de asilo y el homicidio. -La fic- 
ción del templo ambulante y los culpables 195 

Cap. II. — Suicidio y parricidio; documentos chinos sobre el infanticidio. — Las re- 
ligiones y el sí//c/'dío.— Influencia del panteísmo y de la metempsicosis en los 
suicidios colectivos: India, Japón...— ¿I suicidio por venganza en China.— Di- 
lerencia entre la muerte voluntaria entre los hebreos, los griegos y los roma- 
nos.— La muerte de las viejas entre los godos: la roca de los antepasados entre 
los visigodos.— Opinión de los concilios y de los Padres de la Iglesia sobre el 
suicidio.— Curiosos textos de la ley sálica respecto de los ahorcados. — Procesos 
á los cadáveres de los suicidas. — ¿Ls punible la complicidad del suicidio? Episo- 
dios judiciales.— Los clubs del suicidio durante la primera República. —Refuta- 
ción del supuesto derecho de morir.— La muerte voluntaria según las estadís- 
ticas recientes: influencia de la edad, del sexo y de la proíesión. — Célibes y 
casados; géneros de muerte preferidos.— El parricidio entre los hebreos. — Sin- 
gular penalidad de la Ley de las doce tablas.— Cómo se castigaban en Francia los 
parricidios antes de 1 79 ' .—Actual ceremonial de la ejecución de los parricidas. 
— Horrible suplicio del Kiao en China. — Leyes y libros chinos sobre el infan- 
ticidio. — Edictos sobre la anegación de las doncellas. — Relato sobre la venta de 
los niños chinos. --Testimonio del general Tchen-Ki.Tong.— Una información 
sobre el infanticidio en Cantón 219 

Cap. lll.— Suplicios capitales en los diversos pueblos. — Necesidad social de la repre- 
sión de los crímenes. — Castigos de los antiguos egipcios: el istilham y el cham- 
gat.— La lapidación de los hebreos: ¿quién arrojaba la primera piedrar — La de- 
capitación, la sierra, el anegamiento, el aplastamiento, la flagelación, el suplicio 
de la cruz. — Extrañas penalidades aplicadas entre los persas. —Entre ios griegos: 
el veneno, el báratro... — Estrangulación en Roma, hacha, precipitación, gemo- 
nías, interdicción del agua y del fuego. — Pena de muerte entre los bárbaros. — 
«Muertes» viles é innobles en la Edad media y muerte de los hidalgos. — Signi- 
ficación feudal de las picotas.— Sentencias contra «los hombres de paja.»— Siste- 
mas de ejecución de la época moderna: la Convención y la guillotina de Schmitt. 
— El hacha y la espada en Alemania.— El garrote en España.— La pena de la 
ergástula entre los itaÜanos — La horca en Inglaterra; el molino de disciplina. — 
Electrocución, gasocución y linchamiento en los Estados Lkiidos. — El condena- 
do-verdugo en Benín. — La trituración ó tahrys en el país del Nílo, y el palo de 
los persas. — Los suplicios en el Tonkm.— Una ejecución capital en Pekín; el 
pan-tse, la canga, la muerte lenta.— Los acusados delante de sus jueces en Can- 
tón: acta de una audiencia. — Fisonomía típica de los criminales según la cien- 
cia. — Criminalidad comparada del hombre y de la mujer 241 

Cap. IV. — El homicidio en la g-2/írr¿i.— Descripción de las primeras armas. — El 
hombre prehistórico y las hachas de piedra. — Relación entre el genio de los 
pueblos y sus procedimientos belicosos. — De cómo la artillería es anterior á la 
fabricación de la pólvora. — Las primeras armas de fuego en la guerra.— Inven- 
tos y procedimientos de destrucción: elefantes armados, carros, fuego griego. 
— Talismanes de batalla y espadas encantadas; fórmulas llamadas cabalísticas 
«para ser invulnerable.» — Leyes de Moisés sobre la guerra. — Organización de 
los ejércitos en Egipto, Grecia y Roma: sorteo, duración del servicio, castigos... 
— Los cobardes entre los germanos y los romanos. — Cómo combatían los galos. 
— Condición de los soldados en tiempo de Carlomagno. — La hueste y la cabal- 
gada en los Establecimientos de San Luis. — Un llamamiento á las armas du- 



índice 3 57 

Páginas 

rante el feudalismo; jinetes y «lanzas proporcionadas.» — Canto guerrero «del 
batallador.»— Los reyes, las soldadas y los ejércitos permanentes.— Instrumen- 
tos de destrucción en las guerras modernas: ¿cuáles están prohibidos?— Bombar- 
deo, heridos, rehenes...— Sectas que prohiben llevar armas.— ¿-Es la guerra un 
mal necesario.' 277 

Cap. N .—Sacrificios humanos; suttias de las viudas indas, cambio de la sangre.— 
Sacrificios propiciatorios entre los egipcios, los fenicios, los persas, los hele- 
nos, etc.— Papel de las victimas propiciatorias en las Thargelias áticas. — Ani- 
males, muñecas y maniquíes que reemplazan los holocaustos humanos: los 
argel. — Culto de las divinidades sanguinarias.— Juegos homicidas de los gla- 
diadores. — Origen y explicación de las hecatombes humanas, en otro tiempo y 
en la actualidad.— Ritos sangrientos entre los antiguos mexicanos.- Las ma- 
tanzas de niños.— Relación detallada de las Grandes Costumbres en el Daho- 
mey: inmolaciones y tormentos. El juego abominable de las cestas.— La roca 
fatal en el reino de Benín.— Descripción de ritos propiciatorios en el Congo, en 
Guinea, etc.— Los feticheres y el corazón humano.— La hoguera de las viudas 
indas ó szíííwí.— Muerte de las cuarenta y siete viudas de Marava.— Historia de 
la esposa del rajah de Brahmapur.- Ceremonial del cambio de sangre en el 
país negro: cartas de M. Dunod, del duque de Uzes, etc.— Papel de la sangre en 
las iniciaciones y en los tratados.— Virtud atribuida á los brebajes de sangre. . 3 1 5 

Cap. y L~ Antropófagos antiguos y caníbales moierHOí.—; Eran antropófagos los 
primeros hombres:— Estudio basado en los descubrimientos prehistóricos.— 
Los grandes monos no son carnívoros: una observación sobre este particular. 
—¿Reconoce la antropofagia por causa el hambreí— El canibalismo entre los 
hurones, los caribes, los malayos, los iroqueses, los basutos, los bosquiínanos, 
los vicíanos, los niam-niam...— Mataderos y mercados de miembros humanos. 
-Historia de la misión Hodister.— El canibalismo en la antigua China.— Opi- 
nión de los pieles-rojas sobre la carne humana — Actos de canibalismo realiza- 
dos por europeos hambrientos.— Los crímenes de Kra-nda (Ojo de liebre).— El 
devorador de hombres en Fuerte Providencia.— Costumbres sanguinarias de 
los mombutúes.— Niños asados en las parrillas para la mesa real.— Munza, rey 
de los antropófagos. —Alimento de seso humano entre los canacos.— Los antro- 
pófagos del Alto Cavally y del Congo.— Salvajadas de las mujeres n'asakaras y 
de los budjos, según la misión Marchand — El canibalismo juzgado por los mi- 
sioneros 



CATALOGO 

DE OBRAS PUBLICADAS POR LA CASA EDITORIAL 
DE MONTANER Y SIMÓN. - BARCELONA 



SECCIÓN DE HISTORIA 

HISTORIA GtENERAIj DEL ARTE. Magnífica edición, la más lujosa de cuantas ha 
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setas artísticamente encuadernados. — Pi.ntura Y Escultura. Un tomo de 952 páginas con 
1,157 grabados intercalados en el texto y 49 láminas sueltas, algunas de ellas preciosas cro- 
molitografías, que se vende á 75 pesetas, lujosamente encuadernado. — Tr.AJE. Dos tomos, que 
constan de 300 páginas de te.xto y de 240 bellísimas cromolitografías, y se venden, artística- 
mente encuadernados, al precio de 1 15 pesetas.— Mueble, Tejido, Bordado y Tapiz, 
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que las anteriores, va ilustrada con numerosos y perfectos grabados, y se vende al precio de 
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das aparte y variedad de grabados intercalados en el texto. Se vende al precio de 70 pesetas. 

HISTORIA GENERAL DE FRANCIA. Colección de las obras más notables y mo- 
dernas que se han publicado sobre la Historia de Francia. Comprende: I. Historia de 
Francia desde su origen hasta la Revolución. Notable obra que se publica en Fran- 
cia con extraordinario éxito bajo la dirección del sabio historiador M. Ernesto Lavisse, de la 
Academia francesa y catedrático de la Universidad de París, con la colaboración de los más 
renombrados catedráticos de las Universidades de Francia. — II. Historia de la Revolu- 
ción francesa, el Consulado y el Imperio. Obras de reconocido mérito escritas por el 
célebre historiador y estadista M. Adolfo Thiers, precedidas de un juicio crítico de la Revo- 
lución y sus hombres por D. Emilio Castelar, cuyos originales son de exclusiva propiedad de 
esta Casa editorial. — III. La nueva Monarquía (1815-1848). La segunda República 
y el segundo Imperio. Guerra Franco-Ale.mana (1870). Notable obra escrita por 
Pedro de la Gorce, que ha merecido ser premiada por la Academia francesa. — IV. La nueva 
República. Thiers. La Commume. Mac Mahón. Grevy. Carnot. Perier. Faure. 
Loubet. Obra interesantísima, redactada á vista de los documentos más auténticos y las más 
completas monografías. — Edición profusamente ilustrada con magníficas reproducciones de los 
más curiosos códices que existen en la Biblioteca Nacional de París, grabados, mapas, facsí- 
miles de manuscritos importantes, así como copias de los más renombrados cuadros existen- 
tes en los museos de Europa. Publícase por cuadernos semanales de dos reales, los cuales cons- 
tan de cuatro pliegos de 8 páginas de texto cada uno. 

HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA, desde los tiempos primitivos hasta la 
muerte de Fernando VII, por D. Modesto Lafuente, continuada hasta nuestros días por 
D. Juatt Valera, con la colaboración de D. Andrés Borrego y D. Antonio Pirata. — Notable 
edición ilustrada con más de 6.000 grabados intercalados en el texto, comprendiendo la rica 



y variada colección numismática española.— Sq\% magníficos tomos en tamaño folio, ricamente 
encuadernados con tapas alegóricas tiradas sobre pergamino, y canto dorado. Su precio 310 pe- 
setas ejemplar. Se ha impreso asimismo una edición económica de este libro, distribuida en 
25 tomos lujosamente encuadernados, á 5 pesetas uno. 

HISTORIA DE LA AMÉRICA ANTECOLOMBIANA, escrita por D. Francis- 
co Pi y yl/az-r'a//.— Magnífica edición ilustrada con cromolitografi'as y grabados que representan 
monumentos, vistas, retratos, ídolos, antigüedades de toda clase, etc., etc.— Se vende encua- 
dernada en dos tomos de unas i.ooo páginas cada uno al precio de 85 pesetas. 

LA CIVILIZACIÓN DE LOS ÁRABES, obra escrita en francés por el doctor Gus- 
tavo Le Bon, traducida y anotada por D. Luis Carreras é ilustrada con delicadísimos graba- 
dos intercalados en el texto, tomados de fotografías y documentos auténticos.— Un tomo de 
tamaño casi folio, encuadernado con tapas alegóricas, se vende al precio de 12 pesetas. 

LA REVOLUCIÓN RELIGIOSA (Savonarola-Lutero-Calvino y San Ignacio 
DE Loyola), por D. Emilio Castelar. — Edición ilustrada con láminas en colores y grabados 
en acero. Esta obra consta de cuatro abultados tomos en cuarto mayor, encuadernados rica- 
mente con tapas alegóricas, y se vende al precio de pesetas 120. 

HISTORIA DE FELIPE SEGUNDO. Notable obra escrita por H. FornerSit, pre- 
miada por la Academia Francesa, y traducida por D. Cecilio Navarro. Un tomo con ilustra- 
ciones. Se vende encuadernado al precio de 14 pesetas. 

HISTORIA UNIVERSAL, escrita parcialmente por veintidós profesores alemanes bajo 
la dirección del eminente historiador Guillermo Oncken. Historias generales de los grandes 
pueblos Estudios de las grandes épocas. Monografías de los grandes hechos. Biografías de los 
grandes hombres. Traducción directa del alemán por reputados escritcAres, revisada por Don 
Nemesio Fernández Cuesta. — Edición ilustrada espléndidamente con grabados intercalados, 
mapas, facsímiles rarísimos, monedas, armas, y el completo de las cromolitografías que cons- 
tituyen la magnífica obra Historia del traje en la antigüedad y en nuestros días, 
por el profesor Federico Hottenrot. Consta de 16 tomos y se venden al precio de 317 pesetas. 

HISTORIA DE LOS ESTADOS UNIDOS, desde su primer período hasta la admi- 
nistración de Jacobo Buchanan, por_/. A. Spencer, continuada hasta nuestros días por Hora- 
cio Greeley, traducida por D. E. Leopoldo de Verneuil. — Tres tomos ilustrados que se venden 
encuadernados al precio de 90 pesetas. 

HISTORIA DE LOS ROMANOS, desde los tiempos más remotos hasta la invasión de 
los bárbaros, por Víctor Diiruy, traducida por D. Cecilio Navarro. — Edición profusamente 
ilustrada. Consta de dos tomos y se venden encuadernados al precio de 34 pesetas. 

GERMANIA, dos mil años de historia alemana, ^^oxjuan Sckerr, traducida directa- 
mente del alemán.— Edición profusamente ilustrada. Un tomo en cuarto mayor ricamente en- 
cuadernado con tapas alegóricas. Su precio 12 pesetas. 

NUESTRO SIGLO. Reseña histórica de las artes, literatura, ideas religiosas, morales y 
políticas, movimiento científico, y cuanto constituye el modo de ser de las actuales generacio- 
nes, por Otto von Leixner. Traducción del alemán, revisada y anotada por D. Marcelino Me- 
néniez Pelayo. — Edición ilustrada. Un tomo en cuarto mayor, ricamente encuadernado con 
tapas alegóricas. Su precio 12 pesetas. 



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